Blogs

Qiu Xialong: Seda Roja

13 Julio 2010 por Juan Carlos Rodríguez

qiu_xiaolong2.jpg

A veces, ya se sabe, la novela negra es un magnífica lectura para las vacaciones, en la que permite evadirse de cuanto sucede alrededor. Lo es, sin duda. Pero también es mucho más. En el caso de Qui Xialong (Shangai, 1953) es, además, otras cosas, todas sugerentes: una herramienta perfecta para conocer la Shangai oculta, un retrato extraordinario de las contradicciones de la China contemporánea, una herramienta de denuncia del doble juego político y su difícil equilibrio con la corrupción económica, un ingrediente para saborear la comida china, una antología para conocer más y mejor la poesía clásica china… En fin, todo ello de la mano del inspector jefe Chen Cao, que protagoniza no sólo “Seda roja”, sino las otras cuatro novelas con las que previamente había seducido a muchos lectores en la editorial Almuzara: Muerte de una heroína roja, Visado para Shanghai, Cuando el rojo es negro y El caso de las dos ciudades. Es decir, que Xialong –que desde los 13 años vive en Estados Unidos– a través del extraordinario Chen Cao nos enseñará China con otros ojos. Y nunca más la volveremos a ver igual.

sedaroja.jpg

Qiu Xialong: Seda Roja (Tusquets), Barcelona, junio de 2010, 357 páginas, 19,00 €

Boris Pahor: Necrópolis

13 Julio 2010 por Juan Carlos Rodríguez

pahor.jpg

Boris Pahor (Trieste, 1917) es, con Primo Levi, Imre Kértesz y Robert Antelme, la gran memoria del holocausto. No debidamente conocido aquí, la publicación de Necrópolis muestra la honda capacidad de Pahor para, partiendo de su propia autobiografía, llegar al corazón del lector. Estamos en el campo de concentración de Natzweiler-Struthof, en la Alsacia, un hombre acaba de llegar junto a un grupo de turistas. No es un visitante cualquiera: es un ex deportado que regresa al lugar de su encierro. De pronto, frente al barracón y el alambre de espino transformados ahora en museo, afloran los recuerdos. Hambre, frío, golpes, insultos, dolor, infierno. Aquel hombre, ahora de nuevo frente al terror, es el propio Pahor, que sorprenderá al lector porque más allá de lo esperado –la descripción de la locura y el horror –, conmueve recordando atisbos de humanidad en la solidaridad entre los prisioneros, pero también con una prosa casi poética, trascendente y extraordinaria. Una novela que no debe pasar desapercibida.

necropolis.jpg

Boris Pahor: Necrópolis (Anagrama), Barcelona, junio de 2010, 264 páginas, 17,50 €

Amitav Ghosh: Mar de amapolas

13 Julio 2010 por Juan Carlos Rodríguez

amitav.jpg

El gran autor indio contemporáneo es tan deslumbrante como la propia India. Autor de una obra maestra como “El palacio de cristal” (Anagrama, 2000), publica ahora la primera novela de una futura trilogía que está llamada a contar la historia del Océano Índico en el siglo XX, a partir del Imperio Británico en la India y el cultivo de opio destinado al mercado chino, que, al fin y al cabo, Ghosh (Calcuta, 1956) considera el elemento que financió el colonialismo. Con el uso extraordinario que siempre hace el autor británico del lenguaje, Ghosh arranca su historia con el viaje en barco hacia las Islas Mauricio de siete personajes, encabezados por Deeti, una mujer humilde y ojos claros, que inician una magnífica epopeya en busca de su propio destino. Ese barco es el Ibis, un barco negrero reconvertido en transporte de girmitiya, es decir, trabajadores indios para las plantaciones de opio de Isla Mauricio. Esclavos al fin y al cabo. Ghosh contará la historia de cada uno de estos personajes en tres partes: Tierra, Río y Mar, para seducirnos con el poder de la magia, el mito y la historia.

mar-de-amapolas.jpg

Amitav Ghosh: Mar de amapolas (Emecé), Madrid, junio de 2010,  640 páginas, 23€

Veit Heinichen: La calma del más fuerte

22 Junio 2010 por Juan Carlos Rodríguez

veit.jpg

El éxito de la novela negra, vista la sobreexcitación de los editores, está dando últimamente mucho gato por liebre. Suele ocurrir. No es el caso del alemán Veit Heinichen y su comisario Proteo Laurenti. A partir de la asunción de los cánones contemporáneos de la novela policíaca y su maridaje con una manifiesta ironía, Heinichen eligió la ciudad de Trieste y su peculiar marco geográfico como protagonista indiscutible de una serie de novelas de la que La calma del más fuerte es la sexta entrega publicada en España, tras Muerte en lista de espera (2005), A cada uno su propia muerte (2006), La larga sombra de la muerte (2007), Los muertos del Carso (2008) y La Danza de la Muerte (2008).

Sin ser ni mucho menos Claudio Magris, ni pretender serlo, Heinichen ha popularizado Trieste como escenario perplejo de una literatura que se pregunta constantemente sobre ciertos absurdos de la política, la economía y la delincuencia, que alcanza en la ciudad italiana –germen de la europeidad y abierta al Este– algunos matices extraordinarios. En Heinichen está presente una preocupación intelectual por el futuro de la Unión Europea que le hace prácticamente único, pero también habita en él cierta angustia por el hombre contemporáneo a la vez que, en pos del equilibrio, dota a sus personajes, especialmente a Laurenti y su círculo inmediato -como el irreductible Galvano-, de un gran humanismo. Ciertamente una serie exquisita.

lacalmadelmasfuerte.jpg

Veit Heinichen: La calma del más fuerte (Siruela), Madrid, mayo de 2010, 307 páginas, 22,95 €

José Saramago o el elogio de la perplejidad

22 Junio 2010 por Juan Carlos Rodríguez

saramago.jpg

Escritor tardío, José Saramago no tuvo nada que decir hasta los cuarenta años. Esa era la edad en el que, defendía, la experiencia le da a uno el bagaje justo para expresar literariamente su conexión con el mundo, lo que para él era al fin y al cabo la literatura. Sus novelas -con esa excepcional Ensayo sobre la ceguera, ante todo- expresaban justamente ese diálogo con el compromiso moral y colectivo. Quizás lo peor que le pudo pasar fue ganar el Nobel. Entonces, se sintió en la necesidad de poner delante del ser novelista al hombre político, comprometido y fugaz. Hasta entonces su literatura había estado teñida de un vibrante compromiso social, de un otear el mundo con los pies enfangados, de la reivindicación del hombre dolorido por lo que sucede a su alrededor. De un hombre moral y colectivo. Tras el Nobel, el escritor se disipó, para quedarse tan sólo el activista.

No se calló nunca, y encabezó todas las batallas en las que -equivocado o no- le ofreciera una trinchera y una guerra que a él, contra la Iglesia o contra la dictatura de Fidel, contra el Gobierno Aznar o contra la intervención en Irak-, le pareciera justa. A veces hasta el cansancio. Se creyó, con el Nobel, en la obligación de devolver a la sociedad lo que le dictaba su corazón caliente, de izquierdas y angustioso. Triunfó entonces algo así como un líder de masas, pero se perdió al escritor. Ante Saramago no se podía ser indiferente -decía justo a veces, engoladamente, lo que se esperara que dijera, pero nunca se traicionó-, cautivaba o sembraba un rechazo ideológico que él incomprendía, pero que nada tenía que ver con su literatura. Al menos con su primera literatura. Aquella insinuante Memorial del convento, novela que en 1982 atisbaba una voz renovada, diferente, fresca.

“Escribo para comprender”

Su narrativa era sencilla en el trazo, compleja en el sentido e inteligente en la composición, esa narrativa que parecía haber llegado rápidamente a su culmen con El año de la muerte de Ricardo Reis, absorbente indagación del universo de Fernando Pessoa, con quien le unía más allá de su nacionalidad portuguesa su intensa búsqueda hacia la comprensión del mundo. “Escribo para comprender”, confesó. Quizás no era cierto, más bien vivió para comprender y escribió para compartir ese proceso hacia el conocimiento de los entresijos de vivir. Por eso, atravesada la frontera de un autor de culto a una creciente popularidad con Historia del cerco de Lisboa, alcanzó al gran público con El evangelio según Jesucristo, en donde Saramago con más o menos acierto literario, sin embargo exploró una religiosidad moral en busca, más que del hombre de fe, del hombre de acción. Si preservaba la figura de Cristo, preparaba la pira a la que condenaría a la Iglesia, sobre todo en su última novela, Caín.

Aquí ya no es un escritor que busca y da testimonio de lo que ha encontrado; aquí, ya de vuelta, escribió más desde el rencor que desde la perplejidad. Aún disfrazándolo de ironía, su condena judeocristiana, estaba envuelta de ceguera. Su lucha con Dios no era la lucha del hombre de El evangelio según Jesucristo, era la lucha del número, del soldado, del militante. Escribía ya el político, el ideólogo, pero el escritor desapareció por completo. Lo había hecho en El viaje del Elefante, trama histórica en la que el discurso en defensa del humanismo apenas se sostiene literariamente. Ese colofón indebido no ha de ocultar sin embargo a un escritor que, antes de la fama y de las coronas de laurel, del hombre público y la batalla política, trazó algunas novelas memorables que angustiaba al lector, que le despertaba, que le incitaba a mirarse por dentro, que le preguntaba directamente a los ojos por su lugar en el mundo.

El “eterno campesino”

Es el Saramago de las novelas inquietantes: Todos los nombres, Ensayo sobre la ceguera, La caverna, El hombre duplicado y Las intermitencias de la muerte, un quinteto que aunque encierra distintos matices de calidad, retrata más acertadamente que ningunas otras a su autor. Era la literatura de un “eterno campesino”, como se definía, que había dejado atrás la aldea y alcanzado el bullicio de la ciudad pero que intentaba relatar la perplejidad que le causaba no ver el horizonte. Mirar y no ver futuro para el hombre. Aún así no pretendía volver a la aldea, sino de, si hay que decirlo de algún modo, sociabilizar esa ciudad con la bondad de un campesino. En La caverna se ve mejor que en ninguna novela esto mismo.

Luego, ya está dicho, se fue diluyendo: el campesino encontró la ideología y confundió a quien no estaba a su lado con el enemigo. Escribió de más, y estaba en todas partes. Pero sus lectores echaban de menos la inocencia perdida, la sutil madeja en la que sus personajes sin nombre iban tirando de un mundo cada vez más incomprensible, a la vez que no se daban por derrotados y trataban de alertar sobre la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron… En ese sentido, toda la obra -amplía, en 47 años de literatura y 87 de vida- de Saramago es política, pero lo son desde un compromiso por el hombre, por el medio ambiente, por la bondad, por el corazón, por la vida, que apenas tiene que ver por el brote final de ideología sin vuelta atrás. Quizás este último Saramago le ha dañado mucho a Saramago. Sin ese Saramago en continua palestra y discurso enquistado, este Saramago literario y campesino, parabólico y humano, habría sido más leído aún, porque a él también le afectaba esa rara infección que acaba con ciertos escritores públicos: que se le conoce más por lo que dice que por lo que ha escrito. Así acabó sucediendo.

El mensaje de Saramago

Si estaba en todas las sopas, leerle acababa pareciendo un riesgo de indigestión. A veces -ya está dicho- eso era lo que ocurría, pero si el lector tiene la paciencia o la precaución de volver atrás y buscar La balsa de piedra o El año de la muerte de Ricardo Reis -su novela más literaria- descubrirá a un escritor preciso, dolido, ferviente, frágil incluso, que nos zarandea como sólo saben hacer unos pocos elegidos que devuelven la literatura a su estado primario convirtiendo la lectura en angustia y conmoción, nada que ver con el panfleto o la retórica. Nunca fue, en cambio, ocioso. Activo y nervudo, nunca hablaba ni escribía sin un mensaje. Lo suyo estaba bien lejos de entretener a las masas, aunque a veces se convirtiera en un fiero león de circo. Pero no olvidemos que, antes de todo, Saramago ya estaba ahí, preguntándose que es esto de vivir y contando a todo el que lo quisiera leer lo que había ido descubriendo a cada paso. Y eran los pasos de un yo lúcido y persistente.

Ha muerto Saramago. El Saramago portuñol, el Saramago ibero, el Saramago de Lanzarote, el Saramago de Pilar del Río. El Saramago que acabó convirtiéndose él mismo en nuestra mala conciencia pública: siempre presente para recordarnos que así no puede ser. Pero aquí y ahora también ha muerto ese Saramago que nos regaló unas cuantas novelas en las que aprendimos a ser mejores. Otras le sobraron. Pero esa es, precisamente, la ley de la literatura y de la vida. Unas veces acertamos; otras, no. Fue escritor cuando quiso serlo, lo dejó de ser cuando intentó también ser más que un novelista de éxito. Había también un Saramago íntimo y personal, al que realmente pocos accedieron. Queda para los suyos. Pero al fin y al cabo lo que permanecerá con un eco universal serán tres, cuatro, novelas imprescindibles para conocer la perplejidad de vivir en las dos últimas décadas del siglo XX.

Marie NDiaye: Tres mujeres fuertes

15 Junio 2010 por Juan Carlos Rodríguez

marie-ndaye.jpg

Tres mujeres que dicen no, tres mujeres que luchan por su dignidad. Esos tres testimonios son los que sostienen esta hermosa novela, que encierra algo que demasiadas veces echamos en falta en la literatura de hoy: un soplo de esperanza. Lo que une los relatos protagonizados por cada una de las mujeres protagonistas de esta novela –último y justo premio Goncourt en la vecina Francia–, es decir, Norah, Fanta y Khady Demba es la fuerza interior de su lucha diaria por la supervivencia, a caballo entre África y Europa. Cada una con su vida y con sus miserias van mostrándose en un estilo intimista, minucioso, ralentizado.

Para el lector español supone el descubrimiento de Marie NDiaye (Pithiviers, París, 1967), autora de origen senegalés y una de las más atrevidas autoras de la literatura francesa, pero, sobre todo, es también una lectura absorbente, vibrante, que retrata con detalle la vida misma y su dureza. Y que recuerda que siempre habrá un espacio para la magia y la esperanza sin luchamos por ello. Para los muchos seguidores que tiene, por ejemplo, Anna Gavalda, NDiaye supone un escalón literario y comprometido más arriba, más redondo, más versátil, más atractivo. Una autora que nos dará que leer.

tresmujeresfuertes.jpg

Marie NDiaye: Tres mujeres fuertes (El Acantilado). Barcelona, Marzo de 2010, 296 páginas, 20 €

Herta Müller: Todo lo que tengo lo llevo conmigo

15 Junio 2010 por Juan Carlos Rodríguez

hertamuller.jpg

Resulta evidente que un Premio Nobel supone, en muchos casos, ante todo visibilidad. Y en el caso de Herta Müller (Nitzkydorf, 1953), descendiente de la comunidad germánica asentada en Rumanía, más aún. Pese a que en España se había publicado su impactante novela El hombre es un gran faisán en el mundo o sus relatos de En tierras bajas, es evidente que el gran público tan sólo ha vuelto sus ojos hacia ella con el rutilante galardón. De algún modo, sin embargo, la literatura de Müller nunca dejará de ser minoritaria porque encierra angustia literaria, experiencia colectiva y compromiso con la historia.

Es decir, una apuesta que excede con mucho la trivialidad de la novela de ocio reinante. Quizá ninguna obra como Todo lo que tengo lo llevo conmigo para mostrar la gran literatura de Müller, que aquí consigue transformar la brutal experiencia individual de su protagonista, inspirado en el poeta Oskar Pastior, en testimonio de un pueblo: la represión que sufrieron la minoría alemana en Rumanía a manos de la Rusia de Stalin. A estas alturas, parece mentira que sigamos sorprendiéndonos por las miserias del socialismo soviético. Pero así es. Al punto que, leyéndose la novela, muchas veces parece que leemos al mismísimo Primo Levi, lo único que los carceleros nazis son aquí estalinistas. La misma angustia e idéntico dolor. Una novela formidable.

todo-lo-que-tengo.jpg

Herta Müller: Todo lo que tengo lo llevo conmigo 
(Siruela), Colección Nuevos Tiempos, Madrid, marzo de 2010, 272 páginas, 19,90 €

El poder de la lectura

1 Junio 2010 por Juan Carlos Rodríguez

feria-libro-madrid.jpg

Con motivo de la Feria del Libro de Madrid, siempre es adecuado -así lo pienso-, un homenaje a la lectura y los lectores, a esa literatura, a eso autores y esas novelas que nos siguen dando la vida.

Las novelas no pretenden decir la verdad de lo que son las cosas, sino que buscan encontrar un sentido para lo que nos pasa. O como dice Richard Ford, nos dan la vida, nos acerca y nos encierra en ella. Libros, al fin y al cabo, en los que hemos aprendido acerca del prójimo, del amor, de la libertad, de la responsabilidad, del compromiso.“Leer no nos separa del mundo. Nos introduce en él de manera diferente –según el francés Michèle Petit–. Lo más íntimo tiene que ver con lo más universal, y eso modifica la relación con los otros”. Los libros, al fin y al cabo, nos humanizan.

Leer nos hace mejores. Proust se atrevió a decir que hay “ciertos casos patológicos de depresión espiritual en los que la lectura puede convertirse en una especie de disciplina terapéutica”. Elena Poniatovska añade: “Al ayudarnos a tener una vida interior, el libro se convierte en un paliativo contra la soledad, la tristeza y las desgracias que a todos nos suceden”. Y es clásica la cita de Bossuet: “En Egipto se llamaban a las bibliotecas el tesoro de los remedios del alma. En efecto, curábase en ellas de la ignorancia, la más peligrosa de las enfermedades y el origen de todas las demás”. La frase enlaza con otra de Flaubert: “La literatura consuela de múltiples infortunios”.

Libros que nos leen a nosotros

Bloom refiere que toda práctica de la lectura nos debe permitir “encontrar, en aquello que sintamos próximo, aquello que podamos usar para sopesar y reflexionar”.  Por eso los grandes libros son los que no sólo permiten que los leamos, sino también nos leen ellos a nosotros. Ser leído por un libro es una de las experiencias más fascinantes que nos es dado alcanzar. Es decir, pensarnos a nosotros mismos. La literatura de calidad  juega un papel determinante no sólo como forma de conocimiento, sino como forma de construirse a sí mismo.

Veamos: un roedor que metaboliza los libros que devora ha sido uno de los grandes éxitos de los últimos años. Parábola feliz sobre el amor a la lectura, Firmin, de Sam Savage, que epitomiza el valor transformador de los libros y el papel demiúrgico del lector. Justo Navarro dice de ella: “Una estupenda fábula sobre los poderes transformadores, prodigiosos, de la literatura, y sobre los efectos que produce el haber crecido devorando libros: sensibilidad, poder de observación, sentido del humor, inteligencia y humanidad”.

Un único corazón pendiente de la lectura

La idea de que la palabra tiene efecto en las personas está implícita en el empleo de fórmulas verbales presente ya en gran parte de las culturas primitivas. Pero nunca, había sido un acto individual. No hay una masa que enardecer, y sí un único corazón pendiente de la lectura. Handke escribió en 1967 un pequeño y provocativo ensayo titulado Yo habito una torre de marfil en el que señala que “habiéndome dado cuenta de que yo mismo he podido cambiar gracias a la literatura, que la literatura ha hecho de mí otro, espero sin cesar de la literatura una nueva posibilidad de cambiarme”. Y cita a Flaubert, Dostoievski, Kafka, Faulkner, Robbe-Grillet… como responsables de “haber cambiado mi conciencia del mundo”.

Aunque eso no es lo importante, sino que son autores cuyo mérito esencial, dice Handke, es que ofrecen “una posibilidad de la realidad todavía no pensada y todavía no consciente: una nueva posibilidad de ver, de hablar, de pensar, de existir”. Richard Ford sostiene que “el arte es orden, la vida incertidumbre”. Eso explica cómo el arte actúa en nosotros: ordena nuestra vida. Hay novelas que apaciguan, que nos alegran, que nos transmite amor, generosidad, valentía, compasión… del mismo modo, que otras nos alteran, nos seducen, nos enervan, nos ofuscan.

Verdaderos compendios de literatura

Don Quijote, acaso como ningún otro libro, nos ha enseñado que leer nos da vida. La literatura no tiene más función que la de proporcionarnos unas instrucciones de uso para la vida. Eso es: educación de la mirada, un desafío a nuestra indiferencia. Ayuda, si se puede llamar así, se encuentran frecuentemente en libros que conforman verdaderos compendios de sabiduría: Las mil y una noches, Los viajes de Gulliver o Jane Eyre, sino también libros como Los ojos del hermano eterno, de Stefan Zweig.

Este virtuoso y estratega que era Zweig traza con sabiduría las fases que debe atravesar un asesino para reconciliarse con su destino y encontrar la paz. Dice de él Pablo D’Ors: “No hay un libro que haya recomendado más: es breve y enjundioso, está preñado de humanidad y se lee como la seda”. En todo caso, ahí está la frase de William Somerset Maugham en Diez grandes novelas y sus autores (Tusquets): “Las personas sensatas no leen una novela como si fuera una obligación. Las leen para divertirse”.

Pilar Adón: El mes más cruel

1 Junio 2010 por Juan Carlos Rodríguez

adon.jpg

Si no lo saben, ya se lo digo, que Pilar Adón (Madrid, 1971) es una de esas autoras sensibles y secretas que dan lustre a cualquier literatura. De carrera breve y rigurosa –como debe ser: con sus novelas El hombre de espaldas (1999) y Las hijas de Sara (2003), además de otro magnífico libro de relatos, Viajes inocentes (2005)– siempre ratifica una especial sensibilidad para desvelar las tormentas interiores del alma humana. En esta colección de catorce relatos recurre a temas que en ella son casi obsesión porque simbolizan, con el peso de los mitos y de los cuentos infantiles, la historia de la literatura universal,  Eso es: el miedo, la soledad, la locura, la muerte, el temor a vivir o el deseo de tener un verdadero hogar. El mes más cruel nace de Abril y un  verso de T. S. Eliot en La tierra baldía, pero, para el lector, encerrará el misterio de vivir, porque pocos autores son capaces, como Adón, de atrapar la cotidiano y sus trampas. Leerla es siempre regresar al alma misma de la literatura.

elmescruel.jpg

Pilar Adón: El mes más cruel (Impedimenta), Madrid, abril de 2010, 208 páginas, 17,90€

Anna Gavalda: La sal de la vida

1 Junio 2010 por Juan Carlos Rodríguez

 gabalda.jpg

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que Anna Gavalda (París, 1970), ciertamente la autora francesa hoy más seguida, era aún una escritora oculta. No hace mucho, poco más de diez años, desde ese portentosa narración que fueron los relatos de Quisiera que alguien me esperara en algún lugar. Llegó después la inevitable novela, La amaba, con la que se consagró, seguidas de otras dos entregas: Juntos nada más y El Consuelo. Leído lo cual, nada ya es equiparable a ese deslumbramiento inicial, pero, sin embargo, la Gavalda ha logrado convertirse en mucho más que una novelista de relaciones personales: en una voz literaria que, lejos de transcribir una nueva ficción, retrata algo tan gozoso, divertido –triste a veces– como es el corazón humano. El de cualquiera de nosotros. En La sal de la vida, novela corta, quizás no encontremos sorpresa alguna, sino tan sólo una relato, breve y desbordante, como le corresponde a la autora francesa, en la que cuatro hermanos vuelven a reunirse para vivir de nuevo su infancia, su inocencia y su amor. Esa felicidad que luego la vida nos va quitando. Y que la literatura, al menos, nos devuelve.

lasaldelavida.jpg

Anna Gavalda: La sal de la vida (Seix Barral), Barcelona, mayo de 2010, 180 página, 12 €