
A un mal año, le ha correspondido una interesante propuesta literaria. El balance de la novela española y extranjera destacando las mejores obras de 2009, está marcado por la irrupción de nuevos autores, a los que se les debe esperar con renovadas energías en los próximos años.
Entre los novelistas españoles caben destacan los clásicos Álvaro Pombo, Antonio Muñoz Molina o Javier Cercas, pero también novedades como David Monteagudo y Lorenzo Luengo.
Mientras que en las desilusiones -más que estrictamente las “peores”, que en cierto modo lo son en cuanto más han fracasado en sus expectativas- están Pablo Tusset (en la foto superior), Idelfonso Falcones o Maruja Torres. De acuerdo, que hay, incluso por encima de ellos, novelas lamentables (los editores no andan, pese a la crisis, demasiado finos) pero el criterio de valoración ya lo hemos dejado claro: novelas muy por debajo de lo exigible a sus autores.
Las mejores:
1. Álvaro Pombo: La previa muerta del lugarteniente Aloof (Anagrama)
Pombo, de nuevo, podríamos decir. Pero no: un Álvaro Pombo (Santander, 1939) desconocido, rejuvenecido, triunfante, aventurero, por supuesto. Transformado. Aparentemente novela de aventuras -al fin y al cabo, trata de la gran aventura que es la vida-, Pombo da voz a dos narradores atípicos y contrapuestos: uno es un lugarteniente sin nombre que atiende al mote de Aloof, “reservado”, en inglés, protagonista absurdo en una guerra absurda en la que es capturado y finge pertenecer al ejército enemigo. Otro es, tal cual, un narratólogo, un “francotirador” académico que descubre los textos de Aloof y siente la necesidad apremiante de leerlo todo, de saberlo todo, de ese Aloof desconocido. Y, dentro del relato de Aloof, un enigmático Lord Redkins, que observa en la distancia cuanto ocurre, y un vengativo “cagón”, Santos Alipio Saavedra.
Entre ellos, componen un canto a la vejez, a la libertad, a la literatura, al renacimiento, pero también al dolor, la soledad y la pérdida. Una sutil mezcla de memorias, las de Aloof, con las reflexiones que suscita su lectura al académico que hace la guerra por su cuenta, un diálogo casi cartesiano acerca de la vulnerabilidad de la vida, del verdadero sentido de la aventura. Al fin y al cabo, lo ha dicho el propio autor: “Hoy que tenemos todos los mapas, puede que la auténtica aventura sea la interior”.
2. Antonio Muñoz Molina: La noche de los tiempos (Seix Barral)
En cierto modo, Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) ha escrito el libro que siempre quiso escribir. Desde “El Jinete Polaco” a Sefarad” están en “La noche de los tiempos” (Seix Barral). Una novela que comprende, resume y rebasa la trayectoria literaria de un autor que ha erigido una obra soberbia, sin medias tintas, en el que se defiende que España en 1936 fue algo más que el combate de rojos y fascistas, era una España de multitud de matices, y que se llevo por delante a muchos españoles que imaginaban sin rencor y sin sangre otra España posible.
En “La noche de los tiempos”, Muñoz Molina, escribe: “El alma de las personas no está en sus fotografías sino en las cosas menudas que tocaron, las que tuvieron el calor de las palmas de sus manos”. Y esa frase resume a la perfección el devenir de la novela y de su protagonista, Ignacio Abel, arquitecto de la Ciudad Universitaria al que la guerra civil arrojará al exilio. Pero el destino de Abel, que persigue también la sombra de una amante judía y norteamericana, se encierra en un argumento políticamente incorrecto que no hace apología de la resistencia antifranquista ni cae en el tópico maniqueo de identificar la intelectualidad con el izquierdismo. Una obra valiente, intelectual y literariamente.
3. Javier Cercas: Anatomía de un instante (Mondadori)
“Anatomía de un instante” es una novela, un ensayo, una crónica, todo en una, aunque a Javier Cercas no le guste llamarle “novela” y deje su calificación al gusto del lector que ineludiblemente se encuentra con ficción, pero también con historia, periodismo y fascinación. La mejor definición, no obstante se la ha dado el propio Cercas, comparándola con la que le hizo famoso, “Soldados de Salamina”: “Ahí el protagonista era un tipo que quería escribir una crónica y hace una novela, y aquí quiere escribir una novela y hace una crónica, para darse cuenta de que al final necesita la novela. La ficción es indispensable para entender la realidad”. O sea, que para entender el 23-F necesitamos de la ficción. Esa es la enseñanza de la novela que reescribe el golpe de Estado como nunca hasta ahora se había hecho.
Para afrontar el libro, sin embargo, habremos de tener en cuenta algunos titulares de Cercas. A saber: “No era muy partidario de hacer promoción de este libro por un motivo. Todo lo que tenía que decir del libro está en el libro”, “Yo no creo que existan enigmas sobre el 23-F”, “Hay tres tipos que no deciden no tirarse al suelo. El libro parte de una pregunta elemental: ¿por qué ellos tres y no otros?”, “Yo hubiese deseado que alguno más se hubiera quedado de pie”, “El Rey se equivocó también, hizo cosas que no debía hacer que facilitaron el golpe, pero rectificó a tiempo y lo evitó. Sólo él podía hacerlo”, “No voy a decir que yo he descubierto la verdad del 23-F”. Todo ello es verdad. Pero, sí, quizás el mejor mérito de Cercas es que, por fin, alguien que sabe lo que escribe y cómo escribirlo se atreve a profundizar en el 23-F. Aunque acabemos con las mismas incógnitas con las que empezamos a leerlo.
4. David Monteagudo: Fin (El Acantilado)
No deja de ser curioso que sea en el género fantástico -o quizás, más bien alrededor del género fantástico, porque la norma parece ser la hibridación de géneros- en donde la última literatura española está encontrando los más patentes ejemplos de renovación. No hace caso nombrar a Albert Sánchez Piñol, por ejemplo, incluso a Luis Manuel Ruiz. La cuestión es que con sorpresa ha sido acogida la irrupción en el escaparate de David Monteagudo (Viveiro, Lugo, 1962) con “Fin”, una novela que rápidamente ha encontrado el fervor de los lectores y que, una vez más, viene a convertirse en un referente del sinsentido editorial reinante. De editor en editor, de agente en agente, Monteagudo paseó su manuscrito -y el de otras tantas novelas, ocho que lleva escrita- recibiendo tan sólo palabras de consuelo.
Hasta que Jaume Vallcorba vio en “Fin” lo que describe como “una novela moral y psicológica con el desarrollo de una novela de terror metafísico“. Lo es. Y, sobre todo, sorprendente. Pese a que arranca en un lugar común en homenaje a las películas de terror de serie B: un grupo de antiguos amigos, que ya no tienen nada en común excepto un turbio episodio vivido veinticinco años atrás, se reúne en un refugio de montaña para pasar un fin de semana. La reunión sigue fielmente el guión habitual de estos casos, pero, en plena celebración y retrato de clase media, un suceso externo alterará por completo sus planes. Y es entonces ya avanzando el inicio cuando la novela se dispara inconteniblemente hacia una impecable resolución.
5. Lorenzo Luego: Amérika (Algaida)
“Amerika” (Algaida) es una novela rara, compleja, tiene eco diferente. Su autor, Lorenzo Luengo (Madrid, 1974), es bien conocido en los circuitos de los premios de relatos y novelas cortas: por ejemplo, obtuvo el Juan March Cencillo por “El quinteto peregrino”. Y por fin da el salto al escaparate con una novela que, evidentemente, también ha tenido el respaldo de un galardón: el Ateneo Joven de Sevilla, pero, sobre todo, ha entusiasmado a cuantos la han leído. Novela que produce muchas sorpresas, sorpresas a cada paso, y está profundamente influida por el mundo cinematográfico.
Ambiciosa, coherente, brillante, Luengo concede gran parte del misterio de su novela a su protagonista, Leonardo Rilke, y su búsqueda de la perfección. Un personaje truculento, que cambia la realidad para que funcione, excéntrico millonario, que contrata a un escritor en horas bajas para que escriba un guión a partir de las notas que el gran director de cine Jacques Tourneur dejó antes de morir sobre su última película, nunca rodada, Otro invierno en Amerika. El guionista contratado por Rilke se irá sumergiendo así en la vida de la estrella de cine mudo June Caprice, los crímenes del asesino en serie Melmoth Kane o la forja del monumento de Rushmore, en un turbador descenso a la fundación mítica de la América moderna que le llevará a descubrir qué secretos se ocultan tras la fallida película de Tourneur, y cuál es el verdadero plan de Leonardo Rilke. Un argumento, y un desenlace, que revela la cara oculta de la belleza, el amor, el deseo y la muerte.
6. Pablo d’Ors: El amigo del desierto, Anagrama, Barcelona, 2009, 137 páginas
La buena literatura siempre resistirá. Mientras persistan escritores como Pablo d’Ors en “contemplar y crear”, como en algún momento de esta novela afirma Pavel, su protagonista desde una casa de Beni Abbès, con el desierto del Sahara como un infinito mar de fondo. Hemos llamado protagonista a Pavel, quizás de un modo convencional, porque en esta última novela del siempre sugerente d’Ors el protagonismo habita en la búsqueda del hombre interior, en el paisaje, en las ideas, en el silencio. En cierto modo, estamos ante una novela mística, profunda, parabólica, si cabe.
Porque aunque, como siempre suele proceder Pablo d’Ors, habita en ella un lenguaje sencillo, claro y diáfano, capaz en cambio de suscitar en el lector hondura y emoción. En cierto modo, es como dice Pavel, que se inscribe en una asociación llamada “Amigos del desierto”, y que frente al Sahara ve cómo se transforma su vida y su corazón: “Me limito a contemplar el paisaje y a reproducir la esencia de lo contemplado en unos pocos trazos, convencido de que en esa contemplación y creación radica el único éxito posible de toda búsqueda”.
Contemplación y creación no sólo es lo que hace d’Ors, es a la vez lo que transmite y lo que exalta esta novela. Pero no la enmarquemos, porque está llena de sugerencias, de matices y de bondades que en cada lector se dejarán sentir de una u otra manera.
Una coda hispanoamericana…
1. Jorge Ibargüengoitia: Las muertas (RBA)
Una joya. Lectura imprescindible. La obra maestra de Jorge Ibargüengoitia, uno de los grandes escritores mexicanos del siglo XX, injustamente ignorado en España, pese a que murió en Madrid en el famoso accidente aéreo de Barajas de 1983. Aunque, hasta cierto punto, da igual donde muriera el maestro Ibargüengoitia, lo peor no es eso. Sino otro “pese”, o sea, a pesar de que es una de las cumbres de la narrativa en español del siglo XX.
Dramaturgo visceral, narrador excepcional, Ibargüengoitia, afincado en París, cogió aquel vuelo siniestro para acudir a un congreso de escritores hispanoamericanos en Bogotá. Con su muerte se quebró una de las voces más personales, más germinales, más luminosas de la literatura hispanoamericana, al que, aún en México, se le constriñe como un escritor humorístico, pero que es en la tragedia en donde su pluma se encuentra con su verdadero brío, de cierto eco a Rulfo, a tierra, a sangre, a tradición, pero definitivamente transgresor y vanguardista. Una tragedia que, como en las obras de teatro de Lorca, hecha suya reinventa la tradición para encarnar una denuncia o un lamento. Reedición, sí, pero Ibargüengoitia ha sido tan mal leído y editado (hasta ahora) que sigue siendo una novedad.
2. Leonardo Padura: El hombre que amaba a los perros (Tusquets)
Es notable la evolución de Leonardo Padura (La Habana, 1955), que ha crecido hasta convertirse en uno de los novelistas hispanoamericanos más interesantes del momento. Más allá de sus tempranas -y fabulosas- novelas del comisario Mario Conde, la novela negra ha ido dejando paso a otra serie de novelas de largo aliento, como “La novela de mi vida”, en torno a la figura del poeta José María Heredia. Pero en todos los casos, y aquí tenemos la ratificación, Padura escribe sobre los contornos de la moralidad, de la dignidad y de la fidelidad. Con El hombre que amaba a los perros, Padura ha creado, probablemente, su mejor novela, la más luminosa, por todo lo que ilumina y expresa, mucho más en cualquier caso de lo que podría parecer, acerca de la perversión de las utopías.
En principio, Padura parte de un personaje contemporáneo, Iván, un joven cubano que malvive a cargo de un paupérrima consulta veterinaria, que, a raíz de la muerte de su mujer, rememora como en 1977 conoció a un enigmático hombre que paseaba por la playa con dos galgos rusos, que le comienzan a contar la vida de Ramón Mercader, el asesino de Trotski. A partir de ello, Iván reescribe la memoria y la biografía de ambos, víctima y verdugo, más unidos de lo que podría parecer. Y, sobre todo, más presente de lo que imaginamos, tantos sueños rotos, tanta sangre, tanta traición, tanta hambre.
Las peores:
1. Pablo Tusset: Sakamura, Corrales y los muertos rientes (Destino)
El incierto Pablo Tusset -ya saben: un seudónimo, un escritor que nunca concede entrevistas y cuyas escasas fotos no se sabe si son realmente suyas- regresa. Aunque Tusset, sea dicho, nunca es el mismo. Más en la línea desvergonzada de “Lo mejor que le puede pasar a un cruasán” que en la ambiciosa obra de relojería literaria de “En el nombre del cerdo”, Tusset vuelve con otro remiendo de novela policiaca, “Sakamura, Corrales y los muertos rientes” (Destino), aunque esta vez lleva a sus extremos el surrealismo, la caricatura, como queramos llamarle, al punto que no se sabe muy bien de qué se está riendo: si del nacionalismo vasco y catalán, si de la España de las autonomías, si de la clase política, si de la monarquía, si de la Guardia Civil, si de la Interpol, si de los fanáticos musulmanes, si del mismo éxito del “género negro”, si de los lectores…
Lo más probable es que Tusset, en su elocuente caracterización como un escritor humorístico, se ría de todo, y eso supone, entre otras cosas, que el hecho mismo de la estructura y construcción de esta novela, sin duda, en la que lleva la comedieta del cruasán a sus últimas consecuencias, al punto que, trasplantado a la literatura, ha compuesto un Torrente literario, simbolizado en ese Corrales, cabo de la Guardia Civil, diana en la que dan todos los tópicos: machista, chulo, idiota, engreído, ridículo… aunque no es cuestión de un personaje. No. La novela es una recreación del absurdo imaginativo de Santiago Segura, que ciertamente ya se vislumbraba en “Lo mejor que le puede pasar a un cruasán”, pero que no pensábamos que iba a llegar a estos términos irreverentes…
2. Idelfonso Falcones: La mano de Fátima (Grijalbo)
Con la lectura de Idelfonso Falcones, el crítico suele quedarse en la encrucijada. Incapaz de dictaminar o de consolidar sus conclusiones ante una novela, “La mano de Fátima”, que funciona, que te atrapa, que encuentra rápidamente el interés del lector ante todo con un personaje -Hernando Ruiz, o Ibn Hamid- que resume por sí mismo el devenir de los moriscos en la España de finales del siglo XVI y comienzos del XVII.
Así las cosas, lo mejor es revelar por qué estamos en la encrucijada. Es innegable, si queremos ser honesto, que la novela, como he dicho, es sólida en su estructura y en el dibujo de sus personajes, fundamentalmente este “nazareno” llamado Ibn Hamid, cristiano nuevo de Juviles o Hernando Ruiz; que la novela emerge con interés y con intriga acerca, hasta preocupación, por el devenir del dicho Hernando, arriero, cuidador de caballos de Ben Humeya, domador en las caballerizas reales de Felipe II, copista del árabe… musulmán de corazón y ejercicio puertas adentros. Sin embargo, ahí se queda.
En ella, se consumen muchos de los grandes defectos de la narrativa histórica, en general, y española en concreto. Por ejemplo: sus carencias literarias, la morosidad de su narrativa, la inconveniencia o falta de armonía entre un lenguaje contemporáneo y el uso de vocabulario de época, el exceso de paginación en cuanto que sirve al autor para contar cuanto más mejor (cuanto más, peor diría yo), la descontextualización de muchas escenas mal retratadas, el contraste entre el detallismo en algunas fases de la novela con la generalización de otras, el contagio en determinados momentos de un tono histórico banalizado… porque Falcones, en el fondo, está claro que lo que busca no es regalarnos un personaje inolvidable sino que busca erigir a su alrededor la historia lo más completa posible de la vida y expulsión de los moriscos de la España, de lo que se cumple 400 aniversarios.
Y, ya lo vemos, elige además un modelo escrito y reescrito hasta la extenuación: la novela biográfica. Es decir, elegir la vida de un personaje como hilo conductor de un contexto general.
3. Maruja Torres: Esperadme en el cielo (Destino)
Hay novelas con las que no habría que ensañarse -ya lo digo: no esperen de ésta sangre- porque aún estando muy justitas de calidad, faltándole interés, careciendo de la más mínima ambición, sin embargo no se le puede negar que, como ésta, es una obra diáfana, frágil, sentimental. No hay truco, no hay engaño, no hay gato por liebre: la obra de Maruja Torres no quiere tener ni siquiera un mínimo de lucidez narrativa, sino que se centra exclusivamente en el homenaje, el recuerdo, el amor, a dos amigos que se fueron y con los que la autora, convirtiéndose también en una protagonista -muerta, por supuesto- se reencuentra en el cielo.
Así que a Maruja Torres no se le puede encarar por una novela así, surrealista y visceral, fracasada como artefacto narrativo, pero que a los seguidores de la autora, a los que siguieron y persiguieron la obra de Terenci Moix o de Manolo Vázquez Montalbán, les gustará -incluso, les entusiasmarán- porque rebosa de guiños, de confesiones, de besos. Maruja Torres la hila con el único material que no admite dudas: la propia memoria, una memoria generacional, que nació en el Barrio, el Raval, y que se pasea por tantos santos -Sant Pau, Sant Ramon- y tantas putas (ese Barrio depauperado de los 50 y 60, irreconocible hoy) durante el reencuentro de tres amigos que, de nuevo, gozan hablando de cine -son infinitas las referencias: desde “Una mujer para dos” a “El ladrón de Bagdad”- y de literatura, comiendo en Casa Leopoldo…