
Escritor tardío, José Saramago no tuvo nada que decir hasta los cuarenta años. Esa era la edad en el que, defendía, la experiencia le da a uno el bagaje justo para expresar literariamente su conexión con el mundo, lo que para él era al fin y al cabo la literatura. Sus novelas -con esa excepcional Ensayo sobre la ceguera, ante todo- expresaban justamente ese diálogo con el compromiso moral y colectivo. Quizás lo peor que le pudo pasar fue ganar el Nobel. Entonces, se sintió en la necesidad de poner delante del ser novelista al hombre político, comprometido y fugaz. Hasta entonces su literatura había estado teñida de un vibrante compromiso social, de un otear el mundo con los pies enfangados, de la reivindicación del hombre dolorido por lo que sucede a su alrededor. De un hombre moral y colectivo. Tras el Nobel, el escritor se disipó, para quedarse tan sólo el activista.
No se calló nunca, y encabezó todas las batallas en las que -equivocado o no- le ofreciera una trinchera y una guerra que a él, contra la Iglesia o contra la dictatura de Fidel, contra el Gobierno Aznar o contra la intervención en Irak-, le pareciera justa. A veces hasta el cansancio. Se creyó, con el Nobel, en la obligación de devolver a la sociedad lo que le dictaba su corazón caliente, de izquierdas y angustioso. Triunfó entonces algo así como un líder de masas, pero se perdió al escritor. Ante Saramago no se podía ser indiferente -decía justo a veces, engoladamente, lo que se esperara que dijera, pero nunca se traicionó-, cautivaba o sembraba un rechazo ideológico que él incomprendía, pero que nada tenía que ver con su literatura. Al menos con su primera literatura. Aquella insinuante Memorial del convento, novela que en 1982 atisbaba una voz renovada, diferente, fresca.
“Escribo para comprender”
Su narrativa era sencilla en el trazo, compleja en el sentido e inteligente en la composición, esa narrativa que parecía haber llegado rápidamente a su culmen con El año de la muerte de Ricardo Reis, absorbente indagación del universo de Fernando Pessoa, con quien le unía más allá de su nacionalidad portuguesa su intensa búsqueda hacia la comprensión del mundo. “Escribo para comprender”, confesó. Quizás no era cierto, más bien vivió para comprender y escribió para compartir ese proceso hacia el conocimiento de los entresijos de vivir. Por eso, atravesada la frontera de un autor de culto a una creciente popularidad con Historia del cerco de Lisboa, alcanzó al gran público con El evangelio según Jesucristo, en donde Saramago con más o menos acierto literario, sin embargo exploró una religiosidad moral en busca, más que del hombre de fe, del hombre de acción. Si preservaba la figura de Cristo, preparaba la pira a la que condenaría a la Iglesia, sobre todo en su última novela, Caín.
Aquí ya no es un escritor que busca y da testimonio de lo que ha encontrado; aquí, ya de vuelta, escribió más desde el rencor que desde la perplejidad. Aún disfrazándolo de ironía, su condena judeocristiana, estaba envuelta de ceguera. Su lucha con Dios no era la lucha del hombre de El evangelio según Jesucristo, era la lucha del número, del soldado, del militante. Escribía ya el político, el ideólogo, pero el escritor desapareció por completo. Lo había hecho en El viaje del Elefante, trama histórica en la que el discurso en defensa del humanismo apenas se sostiene literariamente. Ese colofón indebido no ha de ocultar sin embargo a un escritor que, antes de la fama y de las coronas de laurel, del hombre público y la batalla política, trazó algunas novelas memorables que angustiaba al lector, que le despertaba, que le incitaba a mirarse por dentro, que le preguntaba directamente a los ojos por su lugar en el mundo.
El “eterno campesino”
Es el Saramago de las novelas inquietantes: Todos los nombres, Ensayo sobre la ceguera, La caverna, El hombre duplicado y Las intermitencias de la muerte, un quinteto que aunque encierra distintos matices de calidad, retrata más acertadamente que ningunas otras a su autor. Era la literatura de un “eterno campesino”, como se definía, que había dejado atrás la aldea y alcanzado el bullicio de la ciudad pero que intentaba relatar la perplejidad que le causaba no ver el horizonte. Mirar y no ver futuro para el hombre. Aún así no pretendía volver a la aldea, sino de, si hay que decirlo de algún modo, sociabilizar esa ciudad con la bondad de un campesino. En La caverna se ve mejor que en ninguna novela esto mismo.
Luego, ya está dicho, se fue diluyendo: el campesino encontró la ideología y confundió a quien no estaba a su lado con el enemigo. Escribió de más, y estaba en todas partes. Pero sus lectores echaban de menos la inocencia perdida, la sutil madeja en la que sus personajes sin nombre iban tirando de un mundo cada vez más incomprensible, a la vez que no se daban por derrotados y trataban de alertar sobre la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron… En ese sentido, toda la obra -amplía, en 47 años de literatura y 87 de vida- de Saramago es política, pero lo son desde un compromiso por el hombre, por el medio ambiente, por la bondad, por el corazón, por la vida, que apenas tiene que ver por el brote final de ideología sin vuelta atrás. Quizás este último Saramago le ha dañado mucho a Saramago. Sin ese Saramago en continua palestra y discurso enquistado, este Saramago literario y campesino, parabólico y humano, habría sido más leído aún, porque a él también le afectaba esa rara infección que acaba con ciertos escritores públicos: que se le conoce más por lo que dice que por lo que ha escrito. Así acabó sucediendo.
El mensaje de Saramago
Si estaba en todas las sopas, leerle acababa pareciendo un riesgo de indigestión. A veces -ya está dicho- eso era lo que ocurría, pero si el lector tiene la paciencia o la precaución de volver atrás y buscar La balsa de piedra o El año de la muerte de Ricardo Reis -su novela más literaria- descubrirá a un escritor preciso, dolido, ferviente, frágil incluso, que nos zarandea como sólo saben hacer unos pocos elegidos que devuelven la literatura a su estado primario convirtiendo la lectura en angustia y conmoción, nada que ver con el panfleto o la retórica. Nunca fue, en cambio, ocioso. Activo y nervudo, nunca hablaba ni escribía sin un mensaje. Lo suyo estaba bien lejos de entretener a las masas, aunque a veces se convirtiera en un fiero león de circo. Pero no olvidemos que, antes de todo, Saramago ya estaba ahí, preguntándose que es esto de vivir y contando a todo el que lo quisiera leer lo que había ido descubriendo a cada paso. Y eran los pasos de un yo lúcido y persistente.
Ha muerto Saramago. El Saramago portuñol, el Saramago ibero, el Saramago de Lanzarote, el Saramago de Pilar del Río. El Saramago que acabó convirtiéndose él mismo en nuestra mala conciencia pública: siempre presente para recordarnos que así no puede ser. Pero aquí y ahora también ha muerto ese Saramago que nos regaló unas cuantas novelas en las que aprendimos a ser mejores. Otras le sobraron. Pero esa es, precisamente, la ley de la literatura y de la vida. Unas veces acertamos; otras, no. Fue escritor cuando quiso serlo, lo dejó de ser cuando intentó también ser más que un novelista de éxito. Había también un Saramago íntimo y personal, al que realmente pocos accedieron. Queda para los suyos. Pero al fin y al cabo lo que permanecerá con un eco universal serán tres, cuatro, novelas imprescindibles para conocer la perplejidad de vivir en las dos últimas décadas del siglo XX.