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Roberto Bolaño: El Tercer Reich

5 Febrero 2010 por Juan Carlos Rodríguez

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Otro Bolaño, póstumo e incierto. El “El Tercer Reich” reabre el universo del escritor chileno como nunca lo habíamos saboreado desde la inevitable y extraordinaria “2666”, novela que está en cierto modo sugerida en esta breve, temprana y lúdica novedad. Lúdica, porque aunque Bolaño nunca previó su publicación (al menos, no quiso en vida y la corregía insistentemente) la decisión de la familia del escritor –fallecido con 50 años en 2003– y del “Chacal”, el agente Andrew Wylie, en sacarla a la luz tiene, indiscutiblemente, un componente festivo, de bienvenida y alegría para sus múltiples lectores. Pero, quizás más rápidamente de lo que debería, éstos se darán cuenta de que éste es un Bolaño ya conocido, apenas novedoso, aunque siempre inquietante, lúcido, inteligente.

El hecho de que “El Tercer Reich” sea anterior a “2666” y “Los detectives salvajes”, de hecho fue escrita en 1989 y a modo de diario, le resta asombro aunque no valor. Asombro porque en ella ya se rastrea el Bolaño maestro narrativo, pero aún alejado de la cima narrativa que, años más tarde, le encumbraría mundialmente sin que él apenas llegara a enterarse. Y ese es, precisamente, el gran valor de esta novela que, así enmarcada, es inevitablemente sugerente. El argumento remite a un escritor fracasado Udo Berger, juegos de guerra, alemanes en la Costa Brava, una desaparición… en fin, sus grandes temas. Un gran regalo.

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Roberto Bolaño: El Tercer Reich (Anagrama), Barcelona, 2010,  368 páginas, 18€

Ramiro Pinilla: Las ciegas hormigas

1 Febrero 2010 por Juan Carlos Rodríguez

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Cincuenta años después Ramiro Pinilla(Getxo, 1923) logra rescatar “Las ciegas hormigas”, su primera novela y con la que logró ganar el Premio Nadal en 1960 y el Premio Nacional de la Crítica en 1961, y que edita ahora en edición definitiva, corregida, pero apenas retocada en lo sustancial porque “la escribí en libertad cuando no la había, tan libre como lo haría hoy que sí la hay”. Así que propiamente no podemos hablar de reedición, sí acaso se aproxima a una novedad. Lo es, en cuanto a que no ha sido una novela lo suficientemente leída, y ahora que Ramiro Pinilla ha regresado al escaparate literario, es justo darle una nueva oportunidad a una obra conmovedora, que encarna con toda su fuerza el realismo más infortunado, cruda y notable, con personajes al límite debatiéndose entre el sentimiento y el instinto animal de superviviencia.

Un furioso temporal arroja en la costa cantábrica arroja contra los acantilados de Getxo un barco inglés y su carga de carbón. Todo el pueblo, acuciado por la necesidad, se echa de noche a las rocas a recoger aquel oro negro, entre ellos Sabas Jaúregui y sus cuatro hijos. Pero la verdadera tragedia aún está por llegar. Con ella, Pinilla ganó el Nadal y se le comparó, incluso, con Sánchez Ferlosio, y diez años después fue finalista del Planeta con “Seno”. Entonces, sobre todo desilusionado de las trampas de la edición española, se sumerge en un largo silencio tan sólo alterado por la aparición de algunas de sus obras en editoriales locales sin apenas difusión. Hasta que en 2004 decide que ya es hora de volver a primera línea y se encomienda a Tusquets, en donde publica la excepcional trilogía “Verdes valles, colinas rojas”, compuesta de tres novelas: “La tierra convulsa”, “Los cuerpos desnudos” y “Las cenizas del hierro”, de nuevo Premio Nacional de la Crítica, y además Premio Nacional de Narrativa en 2006. Culminación literaria de una carrera literaria encomiable.

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Ramiro Pinilla: Las ciegas hormigas  (Tusquets), Barcelona, Enero 2010, 328 páginas, 19 €

Salinger, tras los patos de Central Park

29 Enero 2010 por Juan Carlos Rodríguez

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Ya está Salinger buscando los patos de Central Park. En invierno, sólo en invierno, podía haber muerto. ¿Ha muerto Salinger? ¿Cuándo? ¿Pero no había muerto ya? No. El escritor invisible decidió en 1965 resguardarse entre el centeno, esconderse de la popularidad y del mundo, autocastrarse para erigir sobre su sombra uno de los mayores mitos de la Historia de la Literatura. Más allá de Houlden Caufield, todo un arquetipo del joven posmoderno caprichoso e insensato, que adelantó a las páginas de la literatura y de la sociedad, es Jerome David Salinger “un nombre imprescindible en cualquier aproximación a la historia del arte del No”, como escribió Vila Matas. Del No y del Sí. De la novela y de la vida. “Dios, cómo le amo, Salinger. ¿Podría decirme por qué lleva tantos años sin publicar nada? ¿Existe un motivo esencial por el que se deba dejar de escribir?”.

Es lo que se preguntaba Bartleby el escribiente y el sistema solar mismo de lectores fascinados por sus cuatro libros tan deslumbrantes como famosísimos -usando de nuevo dos adjetivos de Vila-Matas y universales- escritos en doce años que ya estaban inscritos en la historia universal del arte literario y clavado, más aún que ese Caufield mefistólico y cáustico, aquel Seymour Glass de ese relato redondo que es “Un día perfecto del pez banana”, en nuestro corazones.

“Ni escribir es más valiente”

Seymour y toda la familia Glass, Caufield, el Sargento X, con los que Salinger insistió literariamente, primero, en no crecer con la seriedad que se esperaba y, segundo, como una vida que se consume sin tocarla, en temer la muerte, a la vejez, al dolor, a la fama. Aunque, más que personajes y el mito icónico que vinculó “El guardián entre el centeno” con el asesinato de John Lennon, la respuesta al mito no está tanto en “El Recluso”, en ese calificativo con el que durante décadas se le ha nombrado a J.D. Salinger, sino está tanto en la revolución de su prosa y la expectativa de qué hubiera sido capaz de escribir. O que ha escrito. Porque con él habrá que ver si muere su literatura, esos manuscritos que la leyenda imagina depositados en una caja fuerte rescribiendo la vida de los Glass, escribiendo diez páginas diarias.

Dios, diez páginas durante sesenta años de noes, de silencio, de huida, de espaldas a la bulla de la fama y el temor del lector. “El guardián entre el centeno” lo escribió con 32 años, en 1951, en una primera edición que se cotizan a 1.300 dólares el ejemplar. ¿A dónde habría llegado la prosa de Salinger? A veces, ya se sabe, “no escribir es un acto más valiente que hacerlo”, mayor aun es no publicar, sobre todo cuando se ha sido capaz de construir una obra que ha influido como ninguna otra en la historia de la literatura del siglo XX y en la vida de millones de lectores en todo el mundo.

“Escribo para mí mismo”

Esa levedad, ese sentido del humor, esa adjetivación pulcra y sorprendente, esa ligereza cuando se imponía la gravedad, la gravedad cuando aparecía la levedad. Peso Salinger nunca dejó de escribir. “Me gusta escribir. Amo escribir”, dijo en 1974 en una de sus raras entrevistas con The New York Times. “Pero escribo sólo para mí mismo, y para mi placer”.Frase maldita de la literatura de todos los tiempos. Ay, de los lectores. ¿De qué habrá sido capaz la máquina de escribir de Salinger, quién sabe si torturador, tan famosa como él? Esa máquina que se dice que se llevó a las trincheras de la II Guerra Mundial, tecleando interrogatorios a los prisioneros nazis, mientras avanzaba en “El guardián entre el centeno”.

Nunca dejó de ser un interrogador. Esto lo describe muy bien su hija Margaret en su libro biográfico “El guardián de los sueños”: “La guerra, como algo inacabado, siempre estuvo presente en su cabeza durante los años que viví en casa. Incluso de adolescente, cuando llegaba a casa y empezaba a darme la lata con algo, como hacen los padres con los adolescentes. Le decía: ‘Papá ¡deja de interrogarme, ya!’. Y él contestaba: ‘No puedo evitarlo, es lo que soy’. No usaba el pasado sino el presente, como si todavía estuviera interrogando a los prisioneros. ‘Es lo que soy.’ Da un poco de miedo.

Interrogarse, interrogarnos

Pero esa era también su literatura: preguntas y preguntas acerca de la vida, de crecer, del paisaje, de la ventanilla de los taxis, de Central Park, de la alienación, del entorno, de la familia, del amor y de la muerte. Parecía y parece que las respuestas no importaban, al menos tanto como hacerse la pregunta oportuna. Puede que la vida sea eso, Caufield. Interrogarse. Interrogarnos. Puede también que la vida se acabe sobre una trinchera, viendo a jóvenes alcanzar la muerte aún adolescentes. No se suele recurrir a Salinger como un escritor de guerra, pero es en la guerra donde nace su literatura.

Su hija Margaret describe esa estampa de su padre hierático: “Un día estaba de pie al lado de mi padre, tendría yo unos siete años, y estuvo durante una eternidad con la mirada perdida puesta sobre las espaldas de los jóvenes albañiles que construían una nueva parte de la casa, iban sin camiseta y el sudor brillaba sobre sus músculos bajo el sol. Cuando volvió a la vida, me dijo: ‘Todos estos chicos, tan fuertes, siempre estaban en las primeras filas, siempre eran los primeros en caer, uno tras otro’, dijo, haciendo un gesto con las manos como si apartase grandes montañas de cuerpos”.

Grandes montañas de mitos, de leyendas, que definen al escritor fervoroso de la contracultura a la vez que le han dibujado durante décadas como paramilitar, ferviente republicano, intrasigente, obsesionado por las religiones, por la macrobiótica, por alcanzar una vida casi eterna. No la ha conseguido, o sí. Sí será la vida eterna la de “Nueve cuentos”, la de “Levantad carpitero la vida del tejado”, la de “El guardián entre el centeno”. Porque puede que la vida cambie, pero el corazón de un adolescente siempre se hace las mismas preguntas. ¿Qué es esto de vivir?

Oriana Fallaci: Un sombrero lleno de cerezas

29 Enero 2010 por Juan Carlos Rodríguez

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El “yo” de la periodista Oriana Fallaci (Florencia, 1929-2006) es también “el mosaico de personas” que compone su árbol genealógico. Cercana la muerte –“cuando el futuro se había vuelto muy corto”–, Fallaci emprendió un “obsesivo viaje hacia atrás” con el que examinar los sonidos y las imágenes de su biografía. Pero, aún mucho más hacia el pasado, también rebuscó entre los “acontecimientos” y las “criaturas” que la habían precedido: sus padres, con la historia a cuestas de sus propios antepasados. Divertido e irónico, él, Edoardo; apasionada y compasiva ella, Tosca. Ellos y sus historias de familia componen esta obra de desbordante narrativa, novelesca al punto de que la ficción rellena lúcidamente los huecos de la memoria. “La saga que debía ser escrita, el cuento de hadas que debía reconstruirse con la imaginación”, como la denomina la autora, comienza hace dos siglos: en los años en los que se fraguó la Revolución Francesa con una legendaria antepasada sienesa que insultó a la cara a Napoleón, y que enlaza con la Italia incierta de Mazzini, Garibaldi o Victor Manuel para cruzar el Atlántico siguiendo los pasos de la Revolución Americana. Entre ellos están los Ferrier y Falacci paternos, los Launaro y Cantini maternos. Pero, sobre todo, un sorprendente legado y testamento literario, lleno de riqueza estilística y lingüística.

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Oriana Fallaci: Un sombrero lleno de cerezas (La Esfera de los Libros), Madrid, 2009, 833 páginas, 24,90 €

Sigismund Krzyzanowsky: La nieve y otros relatos

25 Enero 2010 por Juan Carlos Rodríguez

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Este es un descubrimiento. Literalmente. El que hace Jesús García Gabaldón de un “escritor inexistente”: Sigismund Krzyzanowsky (Kiev, 1887-Moscú, 1950), escritor fantástico, maestro de la sátira y de la denominada “prosa realista experimental” que no consiguió publicar ningún libro en vida. Gabaldón, responsable de la edición de estos relatos, lo denomina “un clásico moderno imprescindible de la literatura europea, uno de los grandes autores del siglo XX”. Hijo de una familia católica polaca y de una biografía excepcional, Krzyzanowsky padeció el silencio soviético, materializado en la calificación de su obra paródica como “vanilocuencia maliciosa”.Él, sin embargo, siguió escribiendo para el cajón, aunque de vez en cuando lo intenta y la censura se lo impide. Hasta que la II Guerra Mundial cae sobre él como una depresión infinita, y nunca más vuelve a escribir ficción. Hoy es objeto de un rescate que trata de señalarlo como el gran escritor ruso moderno a lo Poe, un verdadero maestro del estilo. La edición de Gabaldón, la primera que se traduce al español de la obra de Krzyzanowski, busca ante todo ofrecer una variedad temática en siete relatos escritos entre 1922 y 1939, a partir de la edición de sus obras completas en cinco volúmenes en Rusia en 2001. La publicación de  “La nieve roja”, el que le da nombre al libro, es mucho más reciente: 2006.Y, sí, baste añadir, que Sigismund Krzyzanowsky, contado todo lo cual, no defrauda. En él está el genio y una prosa actual y subyugante.

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Sigismund Krzyzanowsky: La nieve y otros relatos (Siruela), Madrid, 2009, 180 páginas, 16,90 euros

Eduardo Mendoza: Tres vidas de santos

19 Enero 2010 por Juan Carlos Rodríguez

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Un regalo. Lo es, sin duda. Leída tardíamente, no menos que lo que Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) ha tardado en publicar estos tres relatos, que nos sirven más o menos como ejemplos de las ramificiones de la literatura de Eduardo Mendoza. Con el tono general de la ironía como música de fondo, estos tres textos aparentemente fueron concebidos como ejercicio de estilo en momentos muy diferentes de su trayectoria, por tanto, sobre todo, aportan al lector básicamente un complemento a esa otra obra –ya sea en su vertiente adjetivada como seria (“La ciudad de los prodigios”) o en la otra tenida por humorística, a la que se adscribe, por ejemplo, “El misterio de la cripta embrujada”. Estos  tres relatos hagiográficos –de algún modo, en sus protagonista hay un aura si no de santidad, si de rara y paciente humildad– están más cerca de esta última veta, pero sin embargo son notablemente dispares entre sí, como si tuvieramos tres matices o gradaciones dentro de un mismo estilo, aunque no son ni uno ni otro, sino algo así como un Mendoza interpuesto o intermedio, más bien tragicómico.

Independientemente al hecho de que los tres hayan sido escritos con notable diferencia temporal o que posean  distintas variaciones de un mismo estilo narrativo, prima lo que les unes: y es esa inquietud de con el humor establecer, subterráneamente, un discurso serio, de crítica social y compromiso literario. Está en los tres: ligeramente perceptible en “La ballena” con el estamento eclesiástico, bastante más nítido en “El final de Dubslav” con el estamento académico y, sobre todo, en “El malentendido” con el estamento editorial. Uno y otro, más disparatado el primero, oscuro el segundo y torticeramente serio el tercero, nunca se cae la sonrisa del rostro y disfrutas. Quizás echamos de menos al Mendoza de “La verdad del caso Savolta”, quizás nunca vuelva ya, pero éste que sobrevuela en torno a “Sin noticias de Gurb” sin ser sobresaliente, ni mucho menos, nos permite leer con beatitud y alegría, que tampoco viene mal.

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Eduardo Mendoza: Tres vidas de santos (Seix Barral), Colección Biblioteca Breve, Barcelona, 2009, 192 páginas, 16,50 euros

Heimito von Dorerer: Los demonios

19 Enero 2010 por Juan Carlos Rodríguez

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Tras dedicarse durante veinticinco años a la obsesiva composición de esta novela, sin saber a ciencia cierta a dónde lo llevaría, Heimito Von Doderer (Viena, 1896-1966), se ha ganado un lugar propio en la historia de la Literatura contemporánea como el gran cronista de Viena. Cronista, sí, es un adjetivo que encarna perfectamente el recorrido por esta Viena en el umbral de la II Guerra Mundial, en la que van ensartándose minuciosamente una inmenso corolario de personajes, que para Von Dorerer no son más que un elemento del paisaje, de esa Viena en la que convive el suntuoso imperialismo y la decadencia provinciana. Más allá de que nos suene a exagerado paralelismos con Proust o Musil, en Von Dorerer habita una extraordinaria voluntad de que a través de la literatura se vea, se sienta, se viva una ciudad en la que ya se siente que algo terrible va a desencadenarse.

Es un paseo puntilloso y proverbial por una ciudad en la que asomándonos a sus cafés, a sus edificios administrativos, sus salones, sus jardines. Con ironía, con lentitud, con cierta dulzura incluso, Von Dorerer despliega ante todo un humanismo innegable, que vemos en su pasión, en la intensidad, en la vitalidad frente al horror incipiente. Publicada en alemán en 1954 –en una mezcla oportuna de germanías, mezclando jergas administrativas con asomos verdaderamente coloquiales, imposibles de traducir a cualquier otro idioma–, por fin contamos en castellano, al menos, con una traducción solvente. A disfrutarlo.

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Heimito von Dorerer: Los demonios (Acantilado), Barcelona, 2009, 1.664 páginas, 48 euros

P.D. Con el nuevo año, vamos a cambiar las entradas del blog. Las críticas dejarán de ser de largo aliento (aunque siempre habrá excepciones), y se convertirán en reseñas más breves, que por tanto serán actualizadas con mayor prontitud, a fin de intentar aumentar el número de referencias expuestas, ante la avalancha que se nos viene encima en el primer trimestre del año. Aunque primero vamos a saldar algunas cuentas pendientes de 2009. Gracias

Paul Auster: Invisible

4 Enero 2010 por Juan Carlos Rodríguez

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Pensaba en Auster, en lo acertado que suelen ser sus títulos: “Invisible” (Anagrama) es el último. Y lo es: ciertamente es una novela invisible, sin rastro, difícil de apreciar, anodina , salvo el segundo capítulo, de un inusitado ardor léxico y sexual, ni mucho menos inhabitual en la narrativa de Paul Auster (Newark, 1947), pero que ha lanzado el libro, que acaba convirtiéndose en un producto morboso, de ese morbo aproximadamente inocente que le llega a todo escritor de edad madura, que no incomoda, pese a su narración incestuosa y visceral, pero que no acaba de encajar ni en la propia novela ni en la larga trayectoria austeriana.

Auster, y no es un juego de palabras, es austero en el énfasis verbal de sus novelas,  que se alimentan de una narratividad pretendidamente realista, pulcra, común, sin alardes. Para él, la literatura está, más que en el lenguaje, en la trama, en sus dobleces, en sus guiños, en sus sorpresas y sus casualidades. En el argumento, y en cómo éste se alimenta de la confusión metaliteraria con el propio autor. Es una marca, lo fue, pero acaba conviertiéndose, en ésta y en las últimas novelas, en un cliché sobreescrito una y otra vez. Y si este argumento tan sólo descansa su eficacia en unas páginas de onanismo, literario o no,  y en un impúdico juego de personas y tiempos verbales más propio de un animoso aspirante de escritor en un taller literario poco hay que contar de la novela.

1967 en tres capítulos

Ni de Adam Walker, su protagonista, ni de su año 1967. Ese año que cambiará la vida de Walker después de vivir la primavera (el encuentro con un espía y profesor francés, que acaba resultando un matón), el verano (el incesto de 37 días) y el otoño (el viaje a Francia, el reencuentro con la bella Margot y su venganza con el espía francés), en los que no entraré a fondo para no acabar de espantar a sus seguidores, que son muchos. Ese Adam Walker, al fin y al cabo, se pone a escribir acerca de aquel año cuando apenas le queda vida, ya décadas después. Y será un viejo compañero de universidad de aquel mismo año, 1967, al que le entrega el manuscrito de lo que va acabando… y que será quien lo resuelva, y aquí sí que ya lo adelanto, sin pies ni cabeza, de una manera absolutamente fallida.

Que Auster es Auster, pues sí, y… vamos a quedarnos con la Trilogía de Nueva York. Quizás no vale insistir en lo acartonado y fútil de sus últimas novelas, pero siempre es bueno saber que no es la impresión perdida de uno, sino también, por ejemplo, de The New Yorker, la revista en la que algún día, ya hace mucho, por cierto, fue Dios en Manhattan. La crítica de “Invisible” es terrible, y pone por cierto el dedo en la llaga del posmodernismo que se suele, innevitablemente, adjetivársele a Auster. Ya no lo es. Se ha quedado en el camino, del mismo modo que su literatura más que novela, se queda en un intento de novela, porque al fin y al cabo novelar es más que dejar en el lector la responsabilidad acerca de lo leído.

Juego de dobleces y falso realismo

Me explico, antes que ir al New Yorker. Auster suele afirmarse y desmentirse en sus novelas, o más bien son sus protagonistas y lo hacen acerca de elementos principales de la narración,  con lo cual siempre es el lector el que elige si cree o no al narrador o personaje que desmiente ese pasaje, y de esa creencia su lectura será una u otra. La estrategia, que no deja de serlo, vale una o dos veces, pero cuando se convierte en sistema, corre el riesgo de, como sucede en “Invisible”, aparente más bien un defecto, una renuncia o una incapacidad para acabar la novela. Que, como ya se ha dicho, a raíz del fracasado último capítulo, es lo que parece.

Decía The New Yorker: El ochenta por ciento de una novela típica de Auster procede de manera indistinguible del realismo estadounidense; el restante veinte por ciento hace una especie de cirugía postmoderna sobre el ochenta por ciento, muchas veces arrojando dudas sobre la verosimilitud de la trama (…) Lo que obtiene frecuentemente Auster es lo peor de los dos mundos: realismo falso y escepticismo superficial. Estos dos puntos débiles están relacionados. Auster es un narrador apasionante, pero sus historias son afirmaciones más que persuasiones.

No hay mucho más que añadir. Sí, mostrar ese acuerdo con lo apasionante, que se explica en otro párrafo de la crítica: Uno lee las novelas de Auster muy rápidamente porque están escritas de manera lúcida, porque la gramática de la prosa es la gramática del realismo más familiar (un estilo que es, de hecho, cómodamente artificial), y porque las tramas, llenas de giros engañosos y sorpresas y violentas irrupciones, tienen lo que el Times alguna vez describió como “toda la tensión y el ritmo de un bestseller de suspenso”. No hay obstáculos semánticos, dificultades léxicas o desafíos sintácticos.

¿Un estilo caduco y envejecido?

Y es cierto. Son novelas que se dejan leer encandiladamente, en cuanto que ese aposento de suspenso que contienen, invitan a no dejarlas, a leerlas de un tirón, como cual best-seller, a lo que en cierto modo Auster también acaba pareciéndose. Porque, alcanzado el punto de final, apenas uno se da cuenta que ha traspasado unas horas de entretenimiento, con alguna emoción, pero con escaso poso para que los personajes te ronden o la novela se niegue a abandonarte, atormentándote o persuadiéndote una vez más. Sí, definitivamente, Auster se quedó viejo. Siempre podría rejuvenecerse, pero será complicado a novela cada diez meses, sometiéndose a su público de siempre, sin un intento serio de ponerse él mismo ante su fantasma.

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Paul Auster: Invisible (Anagrama), Barcelona, 2009, 288 páginas, 18 €

Lo mejor y lo peor de la novela española de 2009

4 Enero 2010 por Juan Carlos Rodríguez

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A un mal año, le ha correspondido una interesante propuesta literaria. El balance de la novela española y extranjera destacando las mejores obras de 2009, está marcado por la irrupción de nuevos autores, a los que se les debe esperar con renovadas energías en los próximos años.

Entre los novelistas españoles caben destacan los clásicos Álvaro Pombo, Antonio Muñoz Molina o Javier Cercas, pero también novedades como David Monteagudo y Lorenzo Luengo.

Mientras que en las desilusiones -más que estrictamente las “peores”, que en cierto modo lo son en cuanto más han fracasado en sus expectativas- están Pablo Tusset (en la foto superior), Idelfonso Falcones o Maruja Torres. De acuerdo, que hay, incluso por encima de ellos, novelas lamentables (los editores no andan, pese a la crisis, demasiado finos) pero el criterio de valoración ya lo hemos dejado claro: novelas muy por debajo de lo exigible a sus autores.

Las mejores:

1. Álvaro Pombo: La previa muerta del lugarteniente Aloof (Anagrama)

Pombo, de nuevo, podríamos decir. Pero no: un Álvaro Pombo (Santander, 1939) desconocido, rejuvenecido, triunfante, aventurero, por supuesto. Transformado. Aparentemente novela de aventuras -al fin y al cabo, trata de la gran aventura que es la vida-, Pombo da voz a dos narradores atípicos y contrapuestos: uno es un lugarteniente sin nombre que atiende al mote de Aloof, “reservado”, en inglés, protagonista absurdo en una guerra absurda en la que es capturado y finge pertenecer al ejército enemigo. Otro es, tal cual, un narratólogo, un “francotirador” académico que descubre los textos de Aloof y siente la necesidad apremiante de leerlo todo, de saberlo todo, de ese Aloof desconocido. Y, dentro del relato de Aloof, un enigmático Lord Redkins, que observa en la distancia cuanto ocurre, y un vengativo “cagón”, Santos Alipio Saavedra.

Entre ellos, componen un canto a la vejez, a la libertad, a la literatura, al renacimiento, pero también al dolor, la soledad y la pérdida. Una sutil mezcla de memorias, las de Aloof, con las reflexiones que suscita su lectura al académico que hace la guerra por su cuenta, un diálogo casi cartesiano acerca de la vulnerabilidad de la vida, del verdadero sentido de la aventura. Al fin y al cabo, lo ha dicho el propio autor: “Hoy que tenemos todos los mapas, puede que la auténtica aventura sea la interior”.

2. Antonio Muñoz Molina: La noche de los tiempos (Seix Barral)

En cierto modo, Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) ha escrito el libro que siempre quiso escribir. Desde “El Jinete Polaco” a Sefarad” están en “La noche de los tiempos” (Seix Barral). Una novela que comprende, resume y rebasa la trayectoria literaria de un autor que ha erigido una obra soberbia, sin medias tintas, en el que se defiende que España en 1936 fue algo más que el combate de rojos y fascistas, era una España de multitud de matices, y que se llevo por delante a muchos españoles que imaginaban sin rencor y sin sangre otra España posible.

En “La noche de los tiempos”, Muñoz Molina, escribe: “El alma de las personas no está en sus fotografías sino en las cosas menudas que tocaron, las que tuvieron el calor de las palmas de sus manos”. Y esa frase resume a la perfección el devenir de la novela y de su protagonista, Ignacio Abel, arquitecto de la Ciudad Universitaria al que la guerra civil arrojará al exilio. Pero el destino de Abel, que persigue también la sombra de una amante judía y norteamericana, se encierra en un argumento políticamente incorrecto que no hace apología de la resistencia antifranquista ni cae en el tópico maniqueo de identificar la intelectualidad con el izquierdismo. Una obra valiente, intelectual y literariamente.

3. Javier Cercas: Anatomía de un instante (Mondadori)

“Anatomía de un instante” es una novela, un ensayo, una crónica, todo en una, aunque a Javier Cercas no le guste llamarle “novela” y deje su calificación al gusto del lector que ineludiblemente se encuentra con ficción, pero también con historia, periodismo y fascinación. La mejor definición, no obstante se la ha dado el propio Cercas, comparándola con la que le hizo famoso, “Soldados de Salamina”: “Ahí el protagonista era un tipo que quería escribir una crónica y hace una novela, y aquí quiere escribir una novela y hace una crónica, para darse cuenta de que al final necesita la novela. La ficción es indispensable para entender la realidad”. O sea, que para entender el 23-F necesitamos de la ficción. Esa es la enseñanza de la novela que reescribe el golpe de Estado como nunca hasta ahora se había hecho.

Para afrontar el libro, sin embargo, habremos de tener en cuenta algunos titulares de Cercas. A saber: “No era muy partidario de hacer promoción de este libro por un motivo. Todo lo que tenía que decir del libro está en el libro”, “Yo no creo que existan enigmas sobre el 23-F”, “Hay tres tipos que no deciden no tirarse al suelo. El libro parte de una pregunta elemental: ¿por qué ellos tres y no otros?”, “Yo hubiese deseado que alguno más se hubiera quedado de pie”, “El Rey se equivocó también, hizo cosas que no debía hacer que facilitaron el golpe, pero rectificó a tiempo y lo evitó. Sólo él podía hacerlo”, “No voy a decir que yo he descubierto la verdad del 23-F”. Todo ello es verdad. Pero, sí, quizás el mejor mérito de Cercas es que, por fin, alguien que sabe lo que escribe y cómo escribirlo se atreve a profundizar en el 23-F. Aunque acabemos con las mismas incógnitas con las que empezamos a leerlo.

4. David Monteagudo: Fin (El Acantilado)

No deja de ser curioso que sea en el género fantástico -o quizás, más bien alrededor del género fantástico, porque la norma parece ser la hibridación de géneros- en donde la última literatura española está encontrando los más patentes ejemplos de renovación. No hace caso nombrar a Albert Sánchez Piñol, por ejemplo, incluso a Luis Manuel Ruiz. La cuestión es que con sorpresa ha sido acogida la irrupción en el escaparate de David Monteagudo (Viveiro, Lugo, 1962) con “Fin”, una novela que rápidamente ha encontrado el fervor de los lectores y que, una vez más, viene a convertirse en un referente del sinsentido editorial reinante. De editor en editor, de agente en agente, Monteagudo paseó su manuscrito -y el de otras tantas novelas, ocho que lleva escrita- recibiendo tan sólo palabras de consuelo.

Hasta que Jaume Vallcorba vio en “Fin” lo que describe como “una novela moral y psicológica con el desarrollo de una novela de terror metafísico“. Lo es. Y, sobre todo, sorprendente. Pese a que arranca en un lugar común en homenaje a las películas de terror de serie B: un grupo de antiguos amigos, que ya no tienen nada en común excepto un turbio episodio vivido veinticinco años atrás, se reúne en un refugio de montaña para pasar un fin de semana. La reunión sigue fielmente el guión habitual de estos casos, pero, en plena celebración y retrato de clase media, un suceso externo alterará por completo sus planes. Y es entonces ya avanzando el inicio cuando la novela se dispara inconteniblemente hacia una impecable resolución.

5. Lorenzo Luego: Amérika (Algaida)

“Amerika” (Algaida) es una novela rara, compleja, tiene eco diferente. Su autor, Lorenzo Luengo (Madrid, 1974), es bien conocido en los circuitos de los premios de relatos y novelas cortas: por ejemplo, obtuvo el Juan March Cencillo por “El quinteto peregrino”. Y por fin da el salto al escaparate con una novela que, evidentemente, también ha tenido el respaldo de un galardón: el Ateneo Joven de Sevilla, pero, sobre todo, ha entusiasmado a cuantos la han leído. Novela que produce muchas sorpresas, sorpresas a cada paso, y está profundamente influida por el mundo cinematográfico.

Ambiciosa, coherente, brillante, Luengo concede gran parte del misterio de su novela a su protagonista, Leonardo Rilke, y su búsqueda de la perfección. Un personaje truculento, que cambia la realidad para que funcione, excéntrico millonario, que contrata a un escritor en horas bajas para que escriba un guión a partir de las notas que el gran director de cine Jacques Tourneur dejó antes de morir sobre su última película, nunca rodada, Otro invierno en Amerika. El guionista contratado por Rilke se irá sumergiendo así en la vida de la estrella de cine mudo June Caprice, los crímenes del asesino en serie Melmoth Kane o la forja del monumento de Rushmore, en un turbador descenso a la fundación mítica de la América moderna que le llevará a descubrir qué secretos se ocultan tras la fallida película de Tourneur, y cuál es el verdadero plan de Leonardo Rilke. Un argumento, y un desenlace, que revela la cara oculta de la belleza, el amor, el deseo y la muerte.

6. Pablo d’Ors: El amigo del desierto, Anagrama, Barcelona, 2009, 137 páginas

La buena literatura siempre resistirá. Mientras persistan escritores como Pablo d’Ors en “contemplar y crear”, como en algún momento de esta novela afirma Pavel, su protagonista desde una casa de Beni Abbès, con el desierto del Sahara como un infinito mar de fondo. Hemos llamado protagonista a Pavel, quizás de un modo convencional, porque en esta última novela del siempre sugerente d’Ors el protagonismo habita en la búsqueda del hombre interior, en el paisaje, en las ideas, en el silencio. En cierto modo, estamos ante una novela mística, profunda, parabólica, si cabe.

Porque aunque, como siempre suele proceder Pablo d’Ors, habita en ella un lenguaje sencillo, claro y diáfano, capaz en cambio de suscitar en el lector hondura y emoción. En cierto modo, es como dice Pavel, que se inscribe en una asociación llamada “Amigos del desierto”, y que frente al Sahara ve cómo se transforma su vida y su corazón: “Me limito a contemplar el paisaje y a reproducir la esencia de lo contemplado en unos pocos trazos, convencido de que en esa contemplación y creación radica el único éxito posible de toda búsqueda”.

Contemplación y creación no sólo es lo que hace d’Ors, es a la vez lo que transmite y lo que exalta esta novela. Pero no la enmarquemos, porque está llena de sugerencias, de matices y de bondades que en cada lector se dejarán sentir de una u otra manera.

Una coda hispanoamericana…

1. Jorge Ibargüengoitia: Las muertas (RBA)

Una joya. Lectura imprescindible. La obra maestra de Jorge Ibargüengoitia, uno de los grandes escritores mexicanos del siglo XX, injustamente ignorado en España, pese a que murió en Madrid en el famoso accidente aéreo de Barajas de 1983. Aunque, hasta cierto punto, da igual donde muriera el maestro Ibargüengoitia, lo peor no es eso. Sino otro “pese”, o sea, a pesar de que es una de las cumbres de la narrativa en español del siglo XX.

Dramaturgo visceral, narrador excepcional, Ibargüengoitia, afincado en París, cogió aquel vuelo siniestro para acudir a un congreso de escritores hispanoamericanos en Bogotá. Con su muerte se quebró una de las voces más personales, más germinales, más luminosas de la literatura hispanoamericana, al que, aún en México, se le constriñe como un escritor humorístico, pero que es en la tragedia en donde su pluma se encuentra con su verdadero brío, de cierto eco a Rulfo, a tierra, a sangre, a tradición, pero definitivamente transgresor y vanguardista. Una tragedia que, como en las obras de teatro de Lorca, hecha suya reinventa la tradición para encarnar una denuncia o un lamento. Reedición, sí, pero Ibargüengoitia ha sido tan mal leído y editado (hasta ahora) que sigue siendo una novedad.

2. Leonardo Padura: El hombre que amaba a los perros (Tusquets)

Es notable la evolución de Leonardo Padura (La Habana, 1955), que ha crecido hasta convertirse en uno de los novelistas hispanoamericanos más interesantes del momento. Más allá de sus tempranas -y fabulosas- novelas del comisario Mario Conde, la novela negra ha ido dejando paso a otra serie de novelas de largo aliento, como “La novela de mi vida”, en torno a la figura del poeta José María Heredia. Pero en todos los casos, y aquí tenemos la ratificación, Padura escribe sobre los contornos de la moralidad, de la dignidad y de la fidelidad. Con El hombre que amaba a los perros, Padura ha creado, probablemente, su mejor novela, la más luminosa, por todo lo que ilumina y expresa, mucho más en cualquier caso de lo que podría parecer, acerca de la perversión de las utopías.

En principio, Padura parte de un personaje contemporáneo, Iván, un joven cubano que malvive a cargo de un paupérrima consulta veterinaria, que, a raíz de la muerte de su mujer, rememora como en 1977 conoció a un enigmático hombre que paseaba por la playa con dos galgos rusos, que le comienzan a contar la vida de Ramón Mercader, el asesino de Trotski. A partir de ello, Iván reescribe la memoria y la biografía de ambos, víctima y verdugo, más unidos de lo que podría parecer. Y, sobre todo, más presente de lo que imaginamos, tantos sueños rotos, tanta sangre, tanta traición, tanta hambre.

Las peores:

1. Pablo Tusset: Sakamura, Corrales y los muertos rientes (Destino)

El incierto Pablo Tusset -ya saben: un seudónimo, un escritor que nunca concede entrevistas y cuyas escasas fotos no se sabe si son realmente suyas- regresa. Aunque Tusset, sea dicho, nunca es el mismo. Más en la línea desvergonzada de “Lo mejor que le puede pasar a un cruasán” que en la ambiciosa obra de relojería literaria de “En el nombre del cerdo”, Tusset vuelve con otro remiendo de novela policiaca, “Sakamura, Corrales y los muertos rientes” (Destino), aunque esta vez lleva a sus extremos el surrealismo, la caricatura, como queramos llamarle, al punto que no se sabe muy bien de qué se está riendo: si del nacionalismo vasco y catalán, si de la España de las autonomías, si de la clase política, si de la monarquía, si de la Guardia Civil, si de la Interpol, si de los fanáticos musulmanes, si del mismo éxito del “género negro”, si de los lectores…

Lo más probable es que Tusset, en su elocuente caracterización como un escritor humorístico, se ría de todo, y eso supone, entre otras cosas, que el hecho mismo de la estructura y construcción de esta novela, sin duda, en la que lleva la comedieta del cruasán a sus últimas consecuencias, al punto que, trasplantado a la literatura, ha compuesto un Torrente literario, simbolizado en ese Corrales, cabo de la Guardia Civil, diana en la que dan todos los tópicos: machista, chulo, idiota, engreído, ridículo… aunque no es cuestión de un personaje. No. La novela es una recreación del absurdo imaginativo de Santiago Segura, que ciertamente ya se vislumbraba en “Lo mejor que le puede pasar a un cruasán”, pero que no pensábamos que iba a llegar a estos términos irreverentes…

2. Idelfonso Falcones: La mano de Fátima (Grijalbo)

Con la lectura de Idelfonso Falcones, el crítico suele quedarse en la encrucijada. Incapaz de dictaminar o de consolidar sus conclusiones ante una novela, “La mano de Fátima”, que funciona, que te atrapa, que encuentra rápidamente el interés del lector ante todo con un personaje -Hernando Ruiz, o Ibn Hamid- que resume por sí mismo el devenir de los moriscos en la España de finales del siglo XVI y comienzos del XVII.

Así las cosas, lo mejor es revelar por qué estamos en la encrucijada. Es innegable, si queremos ser honesto, que la novela, como he dicho, es sólida en su estructura y en el dibujo de sus personajes, fundamentalmente este “nazareno” llamado Ibn Hamid, cristiano nuevo de Juviles o Hernando Ruiz; que la novela emerge con interés y con intriga acerca, hasta preocupación, por el devenir del dicho Hernando, arriero, cuidador de caballos de Ben Humeya, domador en las caballerizas reales de Felipe II, copista del árabe… musulmán de corazón y ejercicio puertas adentros. Sin embargo, ahí se queda.

En ella, se consumen muchos de los grandes defectos de la narrativa histórica, en general, y española en concreto. Por ejemplo: sus carencias literarias, la morosidad de su narrativa, la inconveniencia o falta de armonía entre un lenguaje contemporáneo y el uso de vocabulario de época, el exceso de paginación en cuanto que sirve al autor para contar cuanto más mejor (cuanto más, peor diría yo), la descontextualización de muchas escenas mal retratadas, el contraste entre el detallismo en algunas fases de la novela con la generalización de otras, el contagio en determinados momentos de un tono histórico banalizado… porque Falcones, en el fondo, está claro que lo que busca no es regalarnos un personaje inolvidable sino que busca erigir a su alrededor la historia lo más completa posible de la vida y expulsión de los moriscos de la España, de lo que se cumple 400 aniversarios.

Y, ya lo vemos, elige además un modelo escrito y reescrito hasta la extenuación: la novela biográfica. Es decir, elegir la vida de un personaje como hilo conductor de un contexto general.

3. Maruja Torres: Esperadme en el cielo (Destino)

Hay novelas con las que no habría que ensañarse -ya lo digo: no esperen de ésta sangre- porque aún estando muy justitas de calidad, faltándole interés, careciendo de la más mínima ambición, sin embargo no se le puede negar que, como ésta, es una obra diáfana, frágil, sentimental. No hay truco, no hay engaño, no hay gato por liebre: la obra de Maruja Torres no quiere tener ni siquiera un mínimo de lucidez narrativa, sino que se centra exclusivamente en el homenaje, el recuerdo, el amor, a dos amigos que se fueron y con los que la autora, convirtiéndose también en una protagonista -muerta, por supuesto- se reencuentra en el cielo.

Así que a Maruja Torres no se le puede encarar por una novela así, surrealista y visceral, fracasada como artefacto narrativo, pero que a los seguidores de la autora, a los que siguieron y persiguieron la obra de Terenci Moix o de Manolo Vázquez Montalbán, les gustará -incluso, les entusiasmarán- porque rebosa de guiños, de confesiones, de besos. Maruja Torres la hila con el único material que no admite dudas: la propia memoria, una memoria generacional, que nació en el Barrio, el Raval, y que se pasea por tantos santos -Sant Pau, Sant Ramon- y tantas putas (ese Barrio depauperado de los 50 y 60, irreconocible hoy) durante el reencuentro de tres amigos que, de nuevo, gozan hablando de cine -son infinitas las referencias: desde “Una mujer para dos” a “El ladrón de Bagdad”- y de literatura, comiendo en Casa Leopoldo…

Álvaro Pombo: La previa muerte del lugarteniente Aloof

31 Diciembre 2009 por Juan Carlos Rodríguez

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Es, para mi gusto particular, la mejor novela española del año. Sí, quizás seguida muy de cerca el Antonio Muñoz Molina del exilio y por Javier Cercas y su disquisición del 23-F, pero superior porque está imantada de esa sorpresa lectora, de esa magia de las palabras, de giros en los presupuestos novelísticos, que debe tener toda gran novela. Drama y pudor, humor y venganza, inteligencia y acción, amor y remordimiento, se concentran en esta breve novela que Álvaro Pombo (Santander, 1939) se ha sacado de la manga, quizás como un juego, pero que acabará recordándose, leyéndose en la posteridad. Una gran joya.

Pombo, de nuevo, podríamos decir. Pero no: un Álvaro Pombo desconocido, rejuvenecido, triunfante, aventurero, por supuesto. Transformado. Aparentemente novela de aventuras –al fin y al cabo, trata de la gran aventura que es la vida–, Pombo da voz a dos narradores atípicos y contrapuestos: uno es un lugarteniente sin nombre que atiende al mote de Aloof, “reservado”, en inglés, protagonista absurdo en una guerra absurda y sin nombre que bien podría ser nuestra guerra civil o cualquier guerra, incluso una balcanizada y nueva guerra civil entre españoles, en la Aloof es capturado y finge pertenecer al ejército enemigo. 

 Un diario extraordinario

Aloof –está claro que ese no es su verdadero nombre– escribe un diario en el que plasma, brevemente, un capítulo de amistad, venganza y remordimiento que cambiará su vida. Y todo ello comenzará con el encuentro con un enigmático Lord Redkins, un periodista británico que observa en la distancia cuanto ocurre en esa guerra absurda y juega a habitar en los dos bandos. Ambos, Aloof y Redkins (será el propio Redkins quien dará nombre al lugarteniente) caerán prisioneros de Santos Alipio Saavedra, un cabo, al que Aloof subestimará, incapaz de prever su reacción, cegado por la cercanía de Redkins, cuando esa misma cercanía será la que transformará del mismo modo a Santos Alipio Saavedra, mayormente nombrado en la novela como “el cagón”, debido a las circunstancias en la que Aloof lo conoció.

El otro narrador es, tal cual, un narratólogo, un “francotirador” académico que descubre los textos de Aloof y siente la necesidad apremiante de leerlo todo, de saberlo todo, de ese Aloof desconocido. Porque, de repente, ha encontrado en él un motor nuevo para su aburrida vida. Aloof será un espejo, a través del que el crítico y académico experimentará el mismo nervio –el mismo en el que se define la amistad, el amor o los celos– que Aloof sintió al conocer a Redkins. Eso es lo que el narratólogo va plasmando en su texto, escrito que va sutilmente transformándose a la par que lo hace el cuaderno manuscrito de Aloof.

De Hašek a García Márquez

En este primero, el manuscrito de Aloof, el arranque es engañoso, porque durante sus primeras páginas tenemos ante nosotros un canto acerca del absurdo, de la ignominia, de la guerra, con cierta reminiscencia a la maravillosa novela, rescatada por Círculo de Lectores el año pasado, “Las aventuras del buen soldado Svejk”, de Jaroslav Hašek, joya de la irreverencia y la sátira protagonizada por uno de los personajes más memorables de la literatura, un peculiar Quijote checo que ocupa por derecho propio un lugar de honor en la literatura de todos los tiempos.

Sin embargo, tras diversas escenas de guerra, el relato vira en cuanto aparece en el mismo Lord Renkins, bajo la apariencia de un reportero británico que, de un bando a otro, quiere tomar un verdadero pulso a la contienda. Aloof encuentra entonces en Renkins un gemelo, un espejo, alguien con el que, permaneciendo a su lado, debatiendo, explicándose, dialogando simplemente, es capaz encontrar una felicidad desconocida. Algo, y aquí Pombo lo desliza con fría sutileza, que bien podría ser amor, aunque desmarcado de cualquier contubernio sexual.

 Testimonio de curiosidad y admiración

Algo así sucede también en la narración del “narratólogo” sin nombre, porque las primeras incidencias del texto buscan sencillamente un trasfondo filológico, a partir de una admiración, digamos, del lector y del académico ante lo que está leyendo. Pero, igualmente que ese mismo diario, cambia para erigirse en un testimonio de curiosidad y admiración por Aloof que le lleva al autor a dilucidar si Aloof existió realmente, si lo que escribió sucedió o si, por el contrario, es todo un invento literario. La pesquisa le llevará hasta un coronel fallecido y a doña Isabel, su viuda.

En honestidad con el lector, esta crítica ya no debe desvelar más, tan sólo confesar que entre los tres personajes –Aloof, Redkins y Santos Alipio Saavedra, y en este último habita una inevitable efervescencia a García Márquez– componen un canto a la libertad, a la literatura, al renacimiento, a la amistad, al amor, a la pasión intelectual. Aunque llegue, más tarde, también la venganza y el remordimiento. Un diálogo casi cartesiano acerca de la vulnerabilidad de la vida, del verdadero sentido de la aventura. Al fin y al cabo, lo ha dicho el propio autor: “Hoy que tenemos todos los mapas, puede que la auténtica aventura sea la interior”. 

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Álvaro Pombo: La previa muerte del lugarteniente Aloof (Anagrama), Barcelona, 2009, 179 páginas, 16 €