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Máxima paranoia comunista en Pekín

30 Septiembre 2009 por Juan Pablo Cardenal

China ha cambiado mucho en estos últimos 60 años, cuando se fundó la República Popular, pero los tics paranoicos de la dictadura siguen igual de vigentes que siempre. Pekín vestirá mañana sus mejores galas para celebrar seis décadas de poder comunista con un macro-desfile militar típicamente norcoreano.

Como ya ocurrió durante los Juegos Olímpicos del pasado año, será una fiesta privada del Partido Comunista chino (PCCh). Ya saben, aprovechan los aniversarios positivos -como la fundación de la república- para justificar su existencia, mientras que los negativos -la masacre de Tiananmen- sirven para apretar las clavijas y reprimir a placer.

El caso es que estos días todo el mundo es un enemigo potencial. La capital, especialmente las inmediaciones del centro y la plaza de Tiananmen, está literalmente tomada por el despliegue militar y policial esperado. Desde hace semanas hay más de 200 controles en los accesos la capital, para impedir que los chinos de a pie puedan participar de la fiesta nacional. Es la limpieza habitual.

Están prohibidos también los fuegos artificiales y se ha impedido que otras ciudades del país hagan cualquier tipo de celebración por el aniversario. Si el chino común quiere vibrar y emocionarse, que lo haga por televisión. Porque claro, el monopolio de la conmemoración corresponde en exclusiva al PCCh, poder omnipresente del gigante asiático.

Tampoco faltan las restricciones en visados, tráfico aéreo, rodado y de mercancías, mientras que metro, edificios enteros de oficinas, comercios y colegios han sido obligados a cerrar total o parcialmente. El aeropuerto de la capital permanecerá mañana completamente cerrado y la censura y bloqueo en Internet llevan semanas en pleno apogeo.

Hay más. Está prohibido volar cometas y palomas mensajeras y han lanzado una campaña de exterminación contra ratas, cucarachas y mosquitos, considerados en esta ocasión enemigos de la patria. Aunque no tan enemigos como la prensa extranjera, que a 15 horas del magno acontecimiento no sabemos aún si podremos acceder al desfile.

La mayoría solicitamos la pertinente acreditación, que nos fue concedida, pero dicha acreditación da sólo acceso a una sala de prensa donde el régimen canaliza la propaganda. Para ver el desfile esperamos una invitación adicional que, a 15 horas del mismo, sigue sin llegar. Quizás no llegue nunca.

Y lo que es peor: los periodistas elegidos serán llevados en autobús a las dos de la madrugada hasta el lugar del desfile, donde tendrán que esperar durante horas hasta que empiece la ceremonia sin que opción de moverse, beber agua ni ir al servicio. Además, parece ser que, quienes vayan, se mojarán de lo lindo.

Y ello en base a que, según anunciaron las autoridades comunistas, lanzarán los habituales cohetes con yoduro de plata para provocar lluvia en las nubes. La lluvia empezará esta tarde y continuará durante toda la madrugada para que mañana Pekín amanezca limpia y soleada. Así el festival nacionalista chino con tintes imperialistas será todo un éxito.

Ya saben, si la madre naturaleza osa entorpecer la juerga comunista, se la domestica y punto, que es lo que hicieron ya durante la ceremonia de inauguración de Pekín 2008. Ahora, son las 4,50 horas de la tarde en Pekín, 10,50 de la mañana en España, y aún no llueve en la capital, pero el cielo amenaza lluvia.

Pero qué quieren que les diga. Ojalá se les vaya la mano con los cohetes y caiga sobre Pekín un diluvio universal que ponga patas arriba la fiestecita privada del PCCh. El meteorólogo oficial acabaría en un campo de trabajo, o lo freirían en la silla eléctrica, pero sería un lujo para quienes no comulgamos con esta dictadura cruel e indigna.

Las peripecias de González-Sinde en Pekín

10 Septiembre 2009 por Juan Pablo Cardenal

No es intrínsicamente malo que España desembolse medio millón de euros para ser “invitada de honor” en la Feria Internacional del Libro que se celebró la semana pasada en Pekín. Ya sabemos que somos un chollo cuando se trata de engatusarnos con esa etiqueta que, a cambio de aflojar la pasta, nos hace sentir importantes.

Con el anzuelo del pedigrí ya nos colocaron en 2007 el engendro del Año de España en China, que no fue más que cultura española gratis total a cambio de mucho intangible y potencialidad futura. Por supuesto, eso nunca se traduce en un mayor equilibrio en la balanza comercial bilateral, que sigue reflejando una evidencia indiscutible: que por mucho que España sea “el mejor amigo de China dentro de la UE”, los chinos no compran nuestros productos.

Ahora bien, respecto a nuestra presencia en la feria pekinesa, acepto pulpo como animal de compañía, inclusive teniendo en cuenta las pírricas ventas del sector editorial español en China (2,5 millones al año), que tres de cada cuatro libros que circulan por ese mercado son piratas o que los chinos aprovechan ferias como esa para fotografiar, página a página, obras enteras con sus teléfonos móviles.

Pero ya que hemos hecho un esfuerzo económico, por lo menos la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, podría haber estado a la altura. Debo decir que, al lado del everyday bonsáis de Zapatero que nos avergonzó a todos, su inglés alivia. Pero en lo demás, dio en Pekín un recital. Típicamente peronista, se entiende.

Porque como Cristina Kirchner en España, González-Sinde llegó tarde a todas partes en un país que considera ofensiva y una falta de respeto tremenda la impuntualidad. Quizás sus asesores se lo dijeron, pero se supone que la ministra tiró de relativismo también con las formas. A una contrariada Liu Yandong, la única mujer en el todopoderoso Consejo de Estado chino, la plantó 20 minutos.

Y a la representación teatral del Quijote en chino, que se hacía por vez primera, llegó 15 minutos tarde. Eso sí, al famoso mercado de las copias de Pekín, llegó puntual. Pero más lamentable aún que a una ministra de Cultura se la viera por el mercado de las copias  fue su comprensión, condescendencia y discurso blandito respecto a la impunidad con la que se violan los derechos de autor en China.

Lo que no está nada mal viniendo de una defensora a ultranza del robo-canon de la SGAE y de quien ha declarado la guerra a la piratería y a las descargas en Internet. Ahí quedan las andanzas de la ministra en Pekín. Imbatible.

10 años de la ilegalización de Falun Gong en China

20 Julio 2009 por Juan Pablo Cardenal

Hoy se cumplen 10 años de la ilegalización en China del grupo espiritual Falun Gong. En la última década, sus practicantes han sido sometidos a una persecución implacable. Las datos de la represión son estremecedores: cientos de miles de detenciones en campos de trabajo, 87.000 casos documentados de abusos y tortura, denuncias de tráfico de órganos en los condenados a muerte y entre 2.000 y 3.300 muertos, según sus seguidores. Hoy, la campaña de terror continúa.

Ante semejante parte de guerra, la pregunta es evidente: ¿por qué un grupo espiritual, que se basa en prácticas espirituales y en ejercicios físicos y no tiene motivación política, ni forma de culto, ni estructura de liderazgo, está siendo perseguido con tanta saña? Para responder, hay que remontarse a 1992, cuando su fundador, Li Hongzhi, introdujo Falun Gong en el país asiático. Entonces, China llevaba 15 años de apertura económica y es fácil intuir la esquizofrenia de muchos chinos.

Repasemos. Desde la fundación de la República Popular, en 1949, se prohibieron las religiones, así que el pueblo fue adoctrinado en los valores del comunismo. Sin embargo, éste fracasó estrepitosamente en China y en todo el mundo, así que a la muerte del dictador Mao Zedong, Pekín abrazó el capitalismo con la fe del converso. El pistoletazo de salida fue el “¡enriquecerse es glorioso!” de otro dictador ilustre, Deng Xiaoping.

O sea, que todo lo que había sido malvado durante décadas pasó a ser, de la noche a la mañana, la receta del futuro. En media de una mayor tolerancia, se disparó el número de personas que se refugió en las distintas religiones. En ese caldo de cultivo, nació Falun Gong. Y, claro, en una sociedad china desorientada y huérfana de anclajes morales, caló hasta los huesos. En 1999, sólo siete años después, Falun Gong había captado a 100 millones de incondicionales, muchos en la propia cúpula del Partido Comunista y en las Fuerzas Armadas.

Hasta que, un día de abril de ese año, firmó su sentencia de muerte. Unos 10.000 practicantes se manifestaron frente a Zhongnanhai, sede del poder comunista en Pekín, en protesta por una polémica actuación policial, días antes, en una manifestación en Tianjin. Llegaron uno a uno y en silencio se sentaron pacíficamente en el suelo. Semejante disciplina y capacidad organizativa, burlando además a los servicios de Información de la dictadura, hizo saltar los plomos al régimen, que vio desafiada su autoridad.

Dos meses después, un día como hoy hace exactamente una década, Falun Gong fue ilegalizada por iniciativa del entonces presidente y también gran dictador Jiang Zemin. Oficialmente, fueron ilegalizados por no estar registrada como religión, por difundir superstición y por fraude. Sin embargo, no hay duda de cuál es la verdadera razón: ante la aceptación social de Falun Gong, el Partido Comunista chino ve amenazado su monopolio de poder.

Así que la consigna oficial fue típicamente comunista: la erradicación total. Para la campaña de aniquilamiento crearon la infausta Oficina 610 que, desde entonces, actúa en todos los niveles administrativos y territoriales, para que no se escape ni uno. La cacería es inaudita: mucha gente corriente, chinos mayormente humildes que practican su espiritualidad casi en la intimidad, han sido condenados por ello a penas de varios años de cárcel bajo condiciones salvajes, según denuncian. A muchos les han destrozado la vida.

En el aniversario, conviene recordar que estas cosas siguen ocurriendo a diario en China. Así son, de hecho, el Gobierno y el partido único que monopolizan el poder en el país que está llamado a ser la próxima potencia hegemónica en este siglo. Es una vergüenza. Sobran más comentarios.

Réquiem por los uigures olvidados

7 Julio 2009 por Juan Pablo Cardenal

Una revuelta para denunciar la injusticia que sufre la población uigur en China desembocó, hace días, en un nuevo baño de sangre. Aconteció en la musulmana y remota provincia de Xinjiang, donde el pasado domingo estalló la ira popular como consecuencia de un episodio de violencia étnica en una fábrica de Cantón, a miles de kilómetros de Urumqi.

El parte de guerra es desolador: al menos 156 muertos, más de 800 heridos y 1.500 detenidos, según la prensa oficial china. Lo que, muy probablemente, significa que el número de muertos podría ser incluso mayor. En verdad, no se sabe realmente cómo una protesta que en principio tenía que ser pacífica derivó en una tragedia semejante.

Unos dicen que todo estalló cuando militares y antidisturbios empezaron a disparar indiscriminadamente contra los manifestantes, provocando a continuación una batalla campal. En cualquier caso, parece fuera de toda duda que los civiles de la etnia ‘Han’ fueron víctimas propiciatorias: entre los uigures se desató la ‘caza del Han’.

Sin que aún se sepan las identidades de los fallecidos, el resultado fue el conocido: la mayor masacre ocurrida en China desde los incidentes de Tiananmen de 1989. ¿Por qué? Para entenderlo, hay que mirar a la otra provincia rebelde del país asiático: Tíbet. En su lucha por tratar de resistir la implacable colonización china, han seguido caminos paralelos. Y, cíclicamente, se enfrentan al poder comunista sabiendo que no pueden ganar y que las represalias serán terribles.

De entrada hay la cuestión histórica, no siempre exenta de polémica, interpretaciones y matices, de que ambas regiones fueron anexionadas por la fuerza y contra la voluntad de sus pueblos. Pero hay, en verdad, factores cotidianos, que ocurren a diario tanto en Xinjiang como en Tíbet, para explicar las crecientes tensiones y la resistencia a la dominación china. Son básicamente dos.

Por un lado, la discriminación económica y social de uigures y tibetanos en su propia tierra. Por otro, la presión y represión sobre la religión –musulmana y budista tibetana-, que en ambos territorios juega un papel central en la sociedad. Respecto al primero de los factores, los uigures insisten en que se han quedado al margen del desarrollo que disfruta la provincia, consecuencia de un sistema diseñado a imagen y semejanza de la etnia ‘Han’.

Pekín confía en los logros de la modernización para ir desactivando, poco a poco, el conflicto. De hecho, que Xinjiang sea una provincia estratégica por ser la reserva de gas y petróleo de China, ha asfaltado una fabulosa inversión en infraestructuras a lo largo y ancho de la provincia. Sin embargo, ambos factores, los recursos naturales y la vía férrea que comunica Xinjiang con el centro de China, conjugan entre si para alimentar la hostilidad contra los ‘Han’.

La denuncia uigur es inequívoca: el mismo tren que expolia los recursos naturales de la región es el que transporta en oleadas a los chinos ‘Han’ que, después de varias décadas, han logrado diluir la presencia autóctona. En la capital Urumqi, por ejemplo, los uigures son ya minoría. La conquista silenciosa por la vía de la asimilación demográfica, en medio de un escenario de injusticia económica y de represión religiosa, es sin duda una bomba de relojería a punto de estallar.

La cuestión religiosa no es mucho mejor. Pekín ve en las mezquitas y su entorno al ariete de la resistencia uigur, de ahí que ejerza una fuerte presión sobre los imanes y los fieles. Desde la perspectiva musulmana, eso es intolerable. Pero desde los atentados del 11-S, el régimen comunista vincula a los musulmanes de Xinjiang, por lo general pacíficos y alejados del radicalismo islámico, con el terrorismo internacional de Al Qaeda.

Por tanto, la coartada perfecta para no distinguir entre el separatismo violento –que lo hay- de la resistencia pacífica. Pekín, por ejemplo, ha puesto el grito en el cielo después de que el archipiélago de Palau, en medio del Pacífico, haya decidido acoger a 17 presos uigures de Guantánamo a petición de EEUU. China les reclama para juzgarlos como sospechosos de terrorismo; esto es, para freírlos a fuego lento.

El efecto secundario de esa homogeneización a la fuerza impacta directamente en la cultura e identidad uigures. El último capítulo se escribe desde Kashgar,primera capital de la globalización y antiguo cruce de caminos cultural y comercial durante la época de la Ruta de la Seda. Pekín ha decidido arrasarla: un 85 por ciento de la ciudad vieja, que pasa por ser el mejor ejemplo de ciudad islámica tradicional en Asia Central, va a ser reducida a escombros para levantar en su lugar una ciudad china clásica, con sus prostíbulos, karaokes, centros comerciales y demás estética muy próxima al mal gusto.

O sea, que lo que no pudieron destruir saqueadores implacables como Genghis Khan, lo harán las excavadoras de Pekín. Así es China: capaz de hacer desaparecer de un plumazo una cultura milenaria si de ello depende el éxito de la asimilación total que sirva a los propósitos del Partido Comunista, esto es, mantener la unidad territorial y someter a los rebeldes. En este estado de cosas, no es extraño que, en un último acto heroico, los autóctonos moradores de Xinjiang traten de impedir su aniquilamiento.

Aún a riesgo de mantener vivo el polvorín, Pekín sigue fiel a sus principios y modus operandi típicamente comunista: mantener el rumbo y la velocidad de crucero, rechazar la mano tendida o la flexibilidad en sus planteamientos en tanto en cuanto son vistas como un signo de debilidad y pasar la apisonadora cuando sea menester, en la confianza de que la política de tierra quemada, el poderío chino, acabará sepultando cualquier atisbo de resistencia.

En ese sentido, la batalla es desigual: réquiem por los uigures de Xinjiang. Pero aún sin un Dalai Lama que ejerza de voz de la conciencia en el mundo libre, la esperanza es que, por mucho que traten de aplastarlos, no podrán callarlos para siempre.

China declara la guerra a Internet

30 Junio 2009 por Juan Pablo Cardenal

A partir mañana, la censura indiscriminada en el Internet chino vendrá de serie. Esto es, por cortesía del Gobierno comunista, desde entonces todos los ordenadores vendidos en China llevarán preinstalado un software que bloqueará automáticamente el acceso a pornografía en la red.

La verdad, a mi la pornografía me da igual. Creo que cada uno es libre de consumir lo que le venga en gana si eso le dispara el automático, sin más límite que la ley y el sentido común. Pero a la vez que defiendo la libertad personal, también digo que puedo entender que el Gobierno chino quiera poner coto a según qué desmanes en los contenidos de Internet.

Ocurre, sin embargo, que lo que aquí se ventila es de naturaleza distinta. Principalmente, porque el objetivo oficial de obligar a la instalación de ese software no es sólo cuestión de higiene, sino de control. Esto es, usar la coartada de la moral colectiva para censurar, controlar y, eventualmente, reprimir. Por tanto, no compro ese repentino ataque moralista que le ha dado a este régimen sin escrúpulos.

Porque, si tanto les preocuparan los escándalos públicos, acabarían de un plumazo con la prostitución que se ejerce a gran escala en cada esquina de cualquier rincón del país. Ello en base a que es ejercida habitualmente en pseudo-peluquerías, o en salas de masajes, donde jovencitas normalmente pobres y cortas de ropa esperan con mirada triste a los clientes para ganarse la vida. Eso sí que es obsceno, por humillante y cruel.

Por tanto, ¿en qué consiste la jugada de citado software? Muy sencillo: con la coartada de la protección moral del personal, Pekín va a dar una vuelta de tuerca definitiva para poner a Internet bajo control total y definitivo. Los expertos denuncian, de hecho, que dicho programa es como meter un caballo de Troya en el ordenador del usuario: se podrá controlar desde el exterior, permitirá recabar y quizás robar datos personales e información, saber por dónde navega el usuario y con quién se relaciona, además de bloquear los webs con contenido -cómo no- antirrevolucionario y sensible.

Según Reporteros Sin Fronteras, semejante espionaje masivo transformará el Internet chino en un gigantesco Intranet. O sea, es el fin de Internet tal cual se entiende en el mundo libre. A ello se suma, no lo olvidemos, todo lo que ya sabemos del Internet chino: que a medida que se va haciendo grande -300 millones de usuarios-, crecen las ansias del régimen por controlarlo por todos los flancos.

A saber, la censura masiva de webs y blogs al levantar la llamada ‘Gran Muralla cibernética’; la policía de cibernética de supuestamente 30.000 efectivos; y los 280.000 censores a sueldo del régimen que intervienen en chats, foros de debate y webs con el objetivo de remar a favor de la corriente establecida por el Partido Comunista y para informar a las autoridades sobre ‘contenidos peligrosos’ en la Red.

En la comparecencia semanal del Ministerio de Exteriores, hoy en Pekín, el portavoz de turno se ha negado a contestar las cinco preguntas que le han lanzado a quemarropa los corresponsales extranjeros: “no voy a comentar nada, le emplazo a que hable con las autoridades competentes”, dijo. O sea, un caradura de cemento armado.

El asunto es un escándalo en todo el mundo, no sólo porque el software en cuestión encima lo han pirateado a una empresa estadounidense, sino porque ha puesto en pie de guerra a los sufridos internautas chinos. Sin embargo, no duden de que Pekín hará lo que suele: hacer oídos sordos al clamor popular, seguir con su agenda represora, no ceder ni un milímetro, aplastar a quien se queje y encima pretender tener razón. La esencia típicamente comunista.

La magnitud de la polémica es tal que,  por una vez, hasta EEUU y –sobretodo- Europa han levantado la voz. “El objetivo, contrariamente a lo que afirman las autoridades chinas, es censurar Internet y limitar la libertad de expresión”, denuncian. En represalia, Pekín amenazó la semana pasada a Google por promover la pornografía, exigiéndole la supresión de ciertos servicios.

Y claro, Google, en el dilema entre ser cómplice de la censura y la dictadura o perder el paso en el mercado más grande del mundo, optó de nuevo por bajarse los pantalones hasta los tobillos y aseguraron que rectificarán. Lo mismo que Yahoo, otro gigante del sector que con su colaboracionismo consiguió hace años que Pekín encarcelara durante años a un disidente. Dictadura, Yahoo y Google encamados: eso sí que es porno a escape libre. Mientras, los ciudadanos chinos serán desde mañana un poco menos libres si cabe.

La idiocia según Jackie Chan

20 Abril 2009 por Juan Pablo Cardenal

Supongo que al actor Jackie Chan tantos mamporros recibidos en el transcurso de sus nefastas películas de artes marciales han acabado por fundirle los plomos del cerebro. La verdad es que el personaje siempre me ha caído bastante gordo, porque esas películas de boxeador retirado no tienen pase. Pero, además, el tipo me recuerda esos viajes en autobuses llenos de reclutas, ruta Barcelona-Zaragoza, en los que llegábamos al cuartel justo para diana y después de interminables sesiones de video que intercalaban películas porno con otras de artes marciales.

Años más tarde aterricé en China y el amigo Chan siguió más o menos visible, normalmente en forma de alguna declaración a favor de la dictadura china. Incluso una vez, en un ataque de debilidad, entré en uno de sus negocios en Shanghai, un restaurante japonés que creo recordar que estaba bastante bien pero que creo que acabó cerrando, que es lo mínimo que se merece. El caso es que esas declaraciones en plan pelotari del régimen tenían su razón de ser: tiene negocios por un tubo en China. Y no sólo sus películas, que por cierto son tan malas que en China causan furor.

No hay nada más poderoso que el caballero Don Dinero, ¿no señor Chan? Porque claro, el actor es nacido en el Hong Kong británico, después de que sus padres recalaran allí tras salir por piernas de China durante la guerra civil. Incluso, los valores democráticos debieron tener alguna influencia en él, porque llegó a criticar con dureza la masacre de Tiananmen de 1989 y la posterior represión y caza de brujas que siguió. Hasta que China empezó a brindar oportunidades de hacerse rico. Entonces prefirió sus negocios a sus principios. Se vendió al diablo.

Desde entonces ejerce, en su ámbito, de perro faldero del poder comunista. El premio a tanto coqueteo lo recibió en los JJOO de Pekín, en los que participó no sé muy bien cómo en las ceremonias de apertura y clausura. Los servicios prestados, desde luego. Ahora, en su última comparecencia, se ha vuelto a lucir. Fue en un foro de negocios en Hainan, hace un par de días, cuando dijo que una sociedad libre no sería beneficioso para China. “No estoy seguro de que sea bueno tener libertad. Estoy llegando a la conclusión de que los chinos debemos estar controlados. Si no, haríamos lo que nos diera la gana”, dijo.

Terminó su alegato diciendo que sociedades libres como Taiwán y Hong Kong son “caóticas”, lo que levantó cierta polémica y críticas entre la audiencia de ambos territorios. Pero, créanlo, los hombres de negocios chinos, todos esos que se han beneficiado de la dictadura y del status quo imperante para hacerse ricos, lo aplaudieron. Ante lo cual, qué quieren que les diga: se definen a si mismos. Hay gente tan burra que tiene hasta miedo de ser libre.

Además, me pregunto, ¿por qué todos esos tipos, incluido el karateca de Wan Chai, niegan a los demás lo que ellos disfrutan (parcialmente) por su condición de ricos o por tener el guanxi (contactos) adecuado? Eso de negar los derechos a terceros mientras ellos los disfrutan es lo mismo que hacen los extranjeros que residen en China y que beben los vientos por esta dictadura cruel. Es de un cinismo impresentable.

A Jackie Chan habría que preguntarle por qué niega sus derechos a toda esa gente que es atropellada a diario en la China actual; que además, es probablemente la misma que ve sus películas y le llena los bolsillos para que él pueda ser libre en lugares como Hong Kong, Taiwán o Hollywood. O sea, los privilegios de clase sólo para los elegidos. Debe pensar que sus compatriotas son idiotas.

Un infierno en la Tierra

25 Marzo 2009 por Juan Pablo Cardenal

Hace días el Dalai Lama criticó con inusual dureza a China acusándola de someter a los tibetanos a “un infierno en la Tierra”. Fue su reacción a la obscena intervención del presidente Hu Jintao ante los obedientes delegados del Legislativo comunista: “debemos construir una Gran Muralla en nuestra lucha contra el separatismo y salvaguardar la unidad de la madre patria”, declaró en referencia a un Tíbet que, de facto, sigue bajo el yugo de la ley marcial.

Con comentarios así, sería de agradecer que la Audiencia Nacional se pusiera manos a la obra y acelerara la causa abierta contra siete altos cargos chinos por un delito de lesa humanidad. Así se prestigiaría un poco. Porque, claro, después de 60 años de abusos y crueldad en Tíbet, lo decente sería crujir del todo a esos siete magníficos de la barbarie habitual. Condena simbólica, sin duda, pero humillante para Pekín. Y, ya puestos, se podrían calzar también al Politburó en bloque: eso sí que sería justicia universal.

Y es que, desde la invasión, el totalitarismo chino ha mostrado en el Tíbet su peor cara. Sofocaron a sangre y fuego la primera sublevación, en 1959, lo que llevó al exilio al líder espiritual del budismo tibetano. Eso fue sólo el principio: siguió la represión religiosa, el aniquilamiento cultural, la discriminación económica contra los tibetanos y a favor de los colonos chinos, la asimilación étnica y la homogenización a la fuerza con la coartada de la modernización.

En total, más de un millón de muertos, según los tibetanos. Un 20 por ciento de la población autóctona. Con esa hoja de servicios, lo inaudito es que Pekín mantenga ese discurso entre rencoroso y esquizofrénico contra el Dalai Lama, como si fueran ellos las víctimas y pese a su poderío militar, económico y diplomático. Resulta inaudito la hostilidad que muestran contra un puñado de monjes que, sin embargo, son capaces de hacerles perder los nervios con bastante frecuencia.

La última vez, ayer mismo, cuando bloquearon el YouTube chino para impedir que se vieran en China unas imágenes que muestran, supuestamente, la represión de la dictadura durante los altercados del año pasado en Lhasa y otras ciudades tibetanas. Las imágenes, colgadas en la web del Gobierno tibetano en el exilio, son tremendas, por duras y explícitas. A Pekín le habría bastado con ningunear el caso; pero no, su respuesta es bloquear YouTube. Sacar el lanzallamas es lo que más les pone.

Pero entonces no se pueden quejar de que la opinión pública internacional les critique. Es lo mismo que cuando cierran el Tíbet a los extranjeros, en concreto a los periodistas extranjeros, para que no haya testigos de sus tropelías. Tienen todo el derecho, desde luego, pero que entonces no se sorprendan si a los periodistas nos predispone a favor de la causa tibetana. Si no tienen nada que esconder, si lo que muestra el vídeo de YouTube no es verdad, que dejen que los periodistas lo comprueben por si mismos. 

Por supuesto, todo ello acontece sin rastro alguno de autocrítica. Lo que demuestra el alma de este sucio régimen: cuando se sabe fuerte, no negocia, sino que aplasta e impone. Preludio de lo que nos espera cuando China se convierta en una superpotencia. Pero su fracaso es que la represión no ha podido silenciar las protestas.

También, en su estrategia de esperar a que muera el Dalai Lama para liquidar el problema tibetano, dejan un cabo sin atar: ¿qué ocurrirá con todos esos jóvenes que no comparten la ‘tercera vía’ y el acercamiento pacífico del Dalai Lama cuando éste muera? Ahora el líder espiritual del budismo tibetano los mantiene a raya, pero ¿qué ocurrirá cuando él no esté? ¿Se radicalizarán o empuñarán las armas? ¿Se incendiará el Tíbet?

China ha sido muy torpe al no solucionar el conflicto a lo largo de los últimos 60 años. Si la cosa va a peor, serán los únicos culpables.

El Partido Comunista se retrata en su mezquindad

11 Marzo 2009 por Juan Pablo Cardenal

Sabrán que la sesión anual de la Asamblea Nacional Popular, que se celebra estos días en Pekín, no sólo es una gran mentira, sino que no sirve absolutamente para nada. En Occidente tiene, sin embargo, cierta resonancia mediática principalmente porque, dado el hermetismo habitual del régimen chino, es una de las contadas ocasiones para tratar de intuir qué se cuece en el seno de la dictadura.

Desde luego, cualquier parecido con una Cámara legislativa al estilo democrático es pura coincidencia, por mucho que la prensa oficial china nos indigeste el desayuno con esas obscenas fotos en las que se ve a un puñado de delegados de Tíbet o Xinjiang envueltos en Tiananmen en trajes tradicionales. Hay que ser caradura para encima querer pasar por ejemplo de tolerancia.

En fin, que en la mencionada Asamblea se debate mucho pero no cambia absolutamente nada, porque las leyes y las políticas ya están decididas de antemano por el omnipresente Partido Comunista chino (PCCh), que como saben decide hasta el número de hijos que pueden tener los chinos. Así que los casi 3.000 delegados se dedican, mayormente, a refrendar la legislación propuesta en votaciones de máximo consenso. Nada nuevo: las apariencias y el modus operandi clásico de las dictaduras.

Con todo, en la sesión anual de este año llevamos tres intervenciones de cierto interés. La primera, las dos horas y media de discurso rocoso del primer ministro, Wen Jiabao. No quiero ni imaginarme al habitualmente soñoliento Pedro Solbes asistiendo a uno de ellos, porque dudo que aguantara más de un asalto. Y a los chinos, que en una reunión de una hora son capaces de responder sin despeinarse 12 veces al teléfono y enviar otros tantos sms, les salta el automático cuando la cultura que no se respeta es la suya.

Así que Solbes roncando en el Gran Palacio del Pueblo sería “una ofensa al pueblo chino” que tendría consecuencias: España dejaría de ser “el mejor amigo de China dentro de la UE”, como gusta presumir a la diplomacia española, y ya no les podríamos exportar ni jamón.

En fin, volviendo a Wen Jiabao: se marcó un discurso en clave económica que confirmó que China está en apuros y que al PCCh le alarma un estallido social. Así que ahora dicen que van a hacer lo que no han hecho durante los últimos 30 años: dar prioridad al gasto social.

El segundo discurso inestimable fue el del presidente chino, Hu Jintao, quien se acordó del Tíbet en la víspera del 50 aniversario de la insurrección tibetana que acabó en baño de sangre y con el Dalai Lama en el exilio. “Tenemos que construir una Gran Muralla en nuestra lucha contra el separatismo, salvaguardar la unidad de la madre patria y propulsar la estabilidad a largo plazo del Tíbet”, dijo sin ponerse colorado. Pues qué quieren que les diga, personalmente me da vergüenza ajena el comentario.

Después de las barbaridades que llevan haciendo los chinos en Tíbet desde 1950, incluida la represión de 1989 que lanzó Hu Jintao siendo secretario del PCCh en Tíbet, da eso, vergüenza ajena. Habría que preguntarle qué es lo que les queda por hacer allí, cuánto más sufrimiento están dispuestos a sembrar después de que en el camino hayan quedado 1,2 millones de muertos de entre una población de seis millones -según fuentes tibetanas-, además de una cultura aniquilada.

Tanto el presidente como esta dictadura cruel que ha masacrado sin descanso desde que Mao Zedong invadiera el territorio, se han retratado perfectamente. Una vez más.

Igual que el número dos de la jerarquía comunista, Wu Bangguo, quien en el tercer discurso para la posteridad se retrató de pies a cabeza. “China no será nunca una democracia. Nunca adoptaremos el sistema de los países occidentales ni introduciremos un sistema multipartidista. Aunque los órganos del Estado tienen distintas responsabilidades, todos se adherirán a la línea, principios y políticas del PCCh”, dijo también sin pestañear.

Desde luego, no es ninguna sorpresa para quien no tenga un cuadro de fiebre amarilla.

Pero quizás es el momento de preguntar a toda esa legión de incondicionales, desde la vicepresidenta del Gobierno, María Fernández de la Vega, hasta los empresarios y consultores occidentales con agenda que necesitan creer a toda costa no sólo en China, que sería legítimo, sino en el PCCh, si siguen pensando que la prosperidad económica acabará impulsando la reforma política. La milonga esa, que roza lo indecente y lo mentiroso, fue lo primero que me dijeron cuando llegué a China hace ahora casi seis años.

El PCCh no compartirá jamás el poder, a ver si se enteran algunos. O lo pierde porque se viene todo abajo y estalla una revolución, que es como siempre han acontecido los cambios en China, o se aferra a él y lo monopoliza con mano de hierro. En cualquier caso, retratada queda, estos días, la mezquindad del PCCh.

Nieve de mentira en Pekín

19 Febrero 2009 por Juan Pablo Cardenal


Pekín ha amanecido hoy cubierto de blanco. Así que, a las 7 de la mañana, degustaba un café delante de la ventana, disfrutando de una estampa inaudita en la capital china. Lo objetivamente feo mejora con el blanco elemento, sin duda, sobretodo a esa hora intempestiva en la que la nieve sigue mayormente virgen.

Unos 45 minutos después, salía de casa de la mano de mi hija, en dirección al colegio. El frío apretaba de lo lindo, siete grados bajo cero, pero como pueden imaginar la pequeñaja se recreó en cada minuto de la jugada. “Gusta playa, papá”, decía ante tanta novedad y en medio del disfrute.

En invierno, no suele llover ni nevar prácticamente nunca en Pekín, aunque hace un frío que se caen los pájaros. Así que semejante espectáculo fue muy bonito mientras duró, porque la decepción no tardó en llegar. Xinhua, la agencia de noticias, lo confirmó: la nieve que cayó durante la noche era artificial.

O sea, que 28 cohetes lanzaron 500 proyectiles de yoduro de plata a las nubes con el propósito de provocar lluvia y paliar la sequía que azota al norte de China. Ya saben, lo mismo que hicieron durante la inauguración de los Juegos Olímpicos: ametrallar con química a las nubes como si fueran disidentes o practicantes del Falun Gong, y teledirigir la lluvia.

Una cosa muy comunista, desde luego, eso de domesticar la naturaleza. En fin, que no entro a valorar el tema de la sequía esta vez, aunque habría mucho que hablar sobre lo que ha hecho el Gobierno para provocarla y lo poco para remediarla. Me quedo con una reflexión: una vez más, en China casi todo es mentira. Hasta la nieve es artificial.

Suerte que mi hija tiene poco más de dos años y no puede saber de dónde viene la nieve, ni le importa, ni lo entendería si se lo explicara. Porque claro, tiene que ser una desilusión que, siendo niño, te digan que la nieve es artificial. Que es una farsa, que no es nieve normal.

La verdad, a esa primera hora de la mañana, mientras pisaba esa nieve que ahora sé que iba hasta las cejas de yoduro de plata, les confieso que no las tenía todas conmigo, puesto que la nieve no era tan blanca, ni tan limpia, ni tenía el tacto apropiado. Qué iluso, no pensé que nos estarían engañando de nuevo.

Pero alguna sospecha se cocía en mi interior porque me sorprendí diciendo: “¡pero qué fea es la nieve china, joder!”

Atraco en el quirófano

17 Febrero 2009 por Juan Pablo Cardenal

Digamos que, por razones personales, he vivido de cerca en qué consisten los servicios médicos para extranjeros en China. En general, debo explicarles que el sistema sanitario chino deja bastante que desear: cuanto peor es el hospital, más barato es. Y viceversa. Y ya que la financiación del Estado no alcanza ni el 20 por ciento, los hospitales se financian fundamentalmente a través de la venta de medicamentos. O sea, una cosa aproximadamente desastrosa.

En fin, cuento todo esto para aclarar porqué, desde una perspectiva occidental, no es una buena idea participar de ese sistema público de salud. Es cierto que entre los distintos hospitales hay niveles y que no es lo mismo una gripe común que una operación de ligamentos cruzados de rodilla, pero es cuestión de confianza: sé lo suficiente sobre China como para estar seguro de que, en la medida de lo posible, no debo poner mi salud ni la de los míos en según qué manos.

Por tanto, ¿cuál es la alternativa? La mayoría no tenemos otra opción que el clásico hospital para extranjeros: una propuesta que, de entrada, se intuye más o menos aseadita, con médicos chinos y extranjeros y muchas enfermeras que hablan inglés. De ahí que no sea ninguna sorpresa que las tarifas sean un abuso, o sea, un escándalo. Por ejemplo, el hola buenos días en una emergencia del Beijing United Family Hospital se cotiza a 150 euros antes de saber si el chichón de tu hija requiere puntos o no. Eso es lo que gana un obrero en China en mes y medio de trabajo de sol a sol.

Da igual que, total o parcialmente, lo pague el seguro. Es una cuestión conceptual pelear contra la obscenidad. Veamos un ejemplo real. Cristina, española, embarazada y residente en China. Se visita de urgencia por unos dolores abdominales en el hospital equivalente en Shanghai. En cuestión de cinco minutos le diagnostican sin confirmarla una apendicitis aguda. Hay que operar de urgencia. En menos de diez minutos tiene una vía metida en vena. Y a continuación dan el aviso: la operación vale 100.000 yuanes, nada menos. O sea, unos 11.500 euros.

¿Dónde acaba el diagnóstico médico y dónde empieza el negocio? Pero, siguiendo el consejo de varios médicos españoles que advierten del peligro de no operar y sufrir una peritonitis, Cristina entra en quirófano. Tajo al canto, adiós al apéndice y a hacer caja. Eso fue en diciembre. A día de hoy no ha recibido aún el pertinente estudio patológico, que es lo propio. Lo que es un poco sospechoso, ¿no creen? Pero bueno, la vida continúa y Cristina está a punto de dar a luz y tiene que decidir dónde. Habla con el Beijing United Family Hospital a propósito de un paquete que ofrecen a las parturientas.

Imagínenselo: un atraco. El paquete básico de un parto habitual, 6.485 euros; el paquete básico de una cesárea, 11.798 euros. Y por cada día adicional en el hospital, porque a veces las cosas se complican, se paga a 796 euros la noche, excluido el fee médico, análisis y medicamentos. O sea, el precio de una suite presidencial en uno de los mejores hoteles de lujo del mundo, donde además seguro que te hacen la ola. La cosa es tan demencial que la descripción de los servicios prestados no tiene desperdicio: incluye la cremita que le ponen a recién nacido para que no se le irrite el culito. No vaya a ser.

Y una serie de obsequios marca de la casa, desde flores a la foto familiar, pasando por manicura o pedicura para la feliz mamá y una cena con velitas y botella de vino. ¡Pero cómo va a beber alcohol si le tiene que dar teta a la criatura! Entenderán que crea que es para coger el lanzallamas y carbonizar hasta el retrato de Mao Zedong en la plaza de Tiananmen. Y es que, ¿saben lo que cuesta el mismo servicio en uno de los mejores hospitales del mundo, en Bangkok? Apunten: la cesárea programada, 1.700 euros.

Qué quieren que les diga. El abuso es tan escandaloso, que si te quejas, el hospital pekinés se presta a negociar el paquete a la baja, que es la prueba irrefutable de su mala conciencia y de que encima, además de golfos, son tontos. Pero no crean que lo que les explico es un caso aislado; casi todo en China funciona así. Una pelea constante por cuestiones conceptuales. Lo que es todo un drama para quienes, como quien escribe, no tienen la picardía de elegir bien las batallas.

En cualquier caso, estarán conmigo que es un agotamiento. Que se vayan al infierno, carajo.