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Archivo de Noviembre, 2008

EL CRACK (el serial) - Capítulo VII

Viernes, 28 Noviembre 2008

Mr. Importante y Helen Hunt: algo así como Mejor Imposible 

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–¿Se encuentra bien? –me pregunta la guapa y rubia camarera.

–Perfectamente, ¿por qué?, ¿le parezco que tenga algún problema?

–¿Quitando que lleva diez minutos golpeándose la cabeza contra la mesa, que en breve va a tener un chichón de aúpa, y que todo el restaurante le está mirando?… Aparte de eso no creo que tenga ningún problema. 

Sarcástica. En cuanto sales del circuito de restaurantes de lujo y chic que sueles frecuentar las camareras se vuelven impertinentes, sarcásticas y listillas. Cuanto más al Bowery te vayas más ‘enteradillas’ te las encuentras. No sé que pasa con las malditas camareras de esta ciudad. Después de Mejor Imposible todas quieres ser Helen Hunt y encontrar un psicópata-maniático que las saque de servir mesas.  

*** 

En un primer momento pensé en tirar la toalla. Estaba claro que papá no confiaba, ni nunca había confiado, en mis dotes como financiero. Me había creado una oficina de juguete, me había dado un puesto florero, atribuciones ficticias… todo para mantenerme entretenido mientras sus operaciones americanas estaban a salvo de mis torpes zarpas. ¿Por qué razón iba a querer ahora un plan de choque anticrisis? Estaba seguro de que era un encargo fantasma. Sin embargo algo tuvo que pasar mientras me debatía en la inconsciencia del colapso etílico, que cuando desperté (en mi apartamento, en la cama y desnudo… ¿Warren?) tenía el firme propósito de emplearme a fondo para sorprender a mi padre y ponerlo en evidencia, que se arrepintiera de nunca haberme dado una oportunidad real. 

Así que me metí en la web de la Reserva Federal y me descargué los últimos discursos de Bernanke. Llamé a Warren y le pedí que me pasara sus apuntes de la universidad (que al fin y al cabo eran los míos, yo se lo fotocopiaba todo porque no iba a clase apenas), pero me dijo que los apuntes habían pasado a mejor vida el día después de nuestra graduación (¡“coño –pensé– si los quemamos juntos en una pira que montamos en el campus, qué cabeza la mía!”), así que se ofreció para pasarme varios de los informes ultraconfidenciales y altamente secretos de su firma de inversiones. Al principio no quería, pero después recapacitó y dijo que qué diablos, que si habíamos compartido habitación, apuntes, chicas y gafas del cerca, no importaba compartir también los informes ultrasecretos. Pillé un diccionario de términos económicos en la oficina (le había echado por encima un ojo a los informes y no me enteraba de nada) y me dispuse a buscar un lugar tranquilo para trabajar. Un lugar lejos de Wall Street, no quería ponerme a trabajar pensando en que he sido el hazmerreír de la calle durante todo este tiempo, así que la oficina quedó descartada, como también descarté la Biblioteca Pública por ser domingo (y por ser persona non grata tras el desgraciado incidente que protagonicé en su hall con Amanda Lepore, David Lachapelle y un orangután tras una noche de desbarre).  

Me encaminé rumbo sur hacia el Bowery, casi casi en el límite de Chinatown donde ya se podía percibir el pestazo de pescado seco de sus calles,  en busca de un pequeño restaurante con cartel de “abierto 24 horas”. El lugar perfecto para trabajar todo el día (consumiendo continuamente para que no me echaran, lo que no es ningún problema para mí, mi cartera y mi metabolismo) sin que nadie te importune. Claro está, no conté con la camarera Helen Hunt. 

*** 

–¿Necesita algo?

–Café, más café.

–No ha tocado el café que le he traído hace tres minutos.

–Se ha enfriado.

–Apuesto a que ni siquiera le gusta el café y que sólo lo pide para poder seguir sentado en la mesa golpeándose una y otra vez sin razón aparente.

–Pues te equivocas, sí me gusta el café –no me gusta en absoluto– y sí tengo una buena razón para golpearme la cabeza.

–¿Y es…?

–No creo que una camarera pueda entender complejos razonamientos económicos que estoy dirimiendo en estos instantes –tenía que haberle contestado “¡¿Y a ti qué te importa?!”, pero debe ser verdad eso del ‘efecto psicólogo’ de los camareros y barmans porque me moría por contárselo todo.

–Ajá –responde ella estudiando mi situación– supongo que esos complejos razonamientos económicos responden a esos complicados diagramas económicos que está usted dibujando es ese cuaderno de Hello Kitty y que a una pobre e inculta camarera como yo sólo le parece un muñequito ahorcado, asesinado con puñales, estrangulado… ¿Y qué es eso? ¿Con pinzas de la ropa por todo el cuerpo? 

Eran pirañas. De hecho eran las 1001 formas atroces que había imaginado para la muerte de mi padre. Las pirañas asesinas no eran las que más me motivaban. Me sonrojé al ser acusado de escribir un complejo informe económico en un cuaderno Hello Kitty, pero había tenido que improvisar por el camino porque había olvidado coger papel y boli y lo había tenido que comprar en una librería infantil que estaba abierta en domingo (escondí el lápiz de Barbie para que Helen Hunt no tuviera más carnaza). Me miró con las cejas levantadas esperando que yo dijera algo. Cosa que no hice porque no se me ocurría nada ingenioso a su altura. 

–¿Me traes el café que te he pedido? –le dije enfurruñado como un niño. Ella suspiró y se dio media vuelta. 

*** 

Puppy me ha llamado una docena de veces para preguntarme dónde estoy, que quiere sexo. Las ricas herederas it-girls de Internet son así, no se molestan con los convencionalismos sociales, te sueltan a bocajarro que tienen las mismas o más necesidades biológicas que los hombres y se quedan tan panchas. No se preocupan sobre si les vas a perder el respeto por ser tan ‘directas’. Si se lo pierdes compran uno nuevo con su inabarcable fortuna en forma de fondo fiduciario. Le he dicho que no estoy de humor para sexo (palabras realmente inauditas en mi boca) y que pase de mí hasta el martes. Antes de colgar le he preguntado, para que me levante la moral, si seguiría siendo novia mía si yo no fuera financiero y me hundiera en la pobreza. “Por supuesto que no” me dijo antes de colgar tras mandarme besitos de Mr.Chow. 

Convencer a mi padre de que soy un financiero cojonudo se acababa de convertir en una necesidad vital. Si perdía mi estatus podía quedar reducido a un ente asexual, es decir, un ente con el que ninguna chica de las que merecen la pena en Nueva York quisiera revolcarse conmigo. Podría terminar mis días teniéndome que conformar con Helen Hunts, como la impertinente que volvía a acercarse sin ser solicitada. 

*** 

–¿Has resuelto los problemas del mundo ya, vaquero?

–¿Desde cuándo me tuteas, Helen Hunt?

–Desde que terminó mi turno –miró el reloj– hace tres minutos. Llevas aquí desde que entré a trabajar, ¿piensas quedarte toda la vida? ¿Mandamos a recoger tus cosas a tu apartamento?

–Si pretendes echarme lo llevas claro, porque seguiré pidiendo café hasta que me parezca necesario. Mi tarjeta de crédito está lo bastante saneada como para estar aquí hasta que tus nietos se jubilen, Helen Hunt.

–Bueno, pues espero que tu cash esté igualmente saneado, porque aquí no aceptamos tarjetas –me señala un gran cartel sobre la caja registradora, ¡mierda!– y segundo, me llamo Belinda, no Helen Hunt. Y como mi encargado, Karim, ha empezado a emparanoiarse con que eres un poli de inmigración, ¿por qué no me cuentas tú problema y vemos si existe una solución civilizada en la que no intervengan armas de fuego ni sierras mecánicas –señala los dibujitos de mi cuaderno– para que puedas irte a tu casa? 

Mi cabeza me dice que la mande a paseo, pero de pronto me sorprendo contándoselo todo, con pelos y señales, confesándole lo humillado que me he sentido y lo asustado que estoy con la reunión del martes. Le confieso que no tengo ni idea de cómo redactar un “plan de choque” y que las ideas me escasean, que he picado de aquí y allá, recogido un poco de un informe, un poco de otro… pero que todo lo que tengo entra en media carilla de una de las hojas del cuaderno Hello Kitty. 

–Peliagudo, sí señor –me dice poniendo cara de pensadora profunda–. Quizá tengas un enfoque erróneo. Quizá tu padre no tenga expectativas sobre qué le vas a presentar, sino cómo lo vas a hacer.

–¿Qué quieres decir?

–A ver. Cuando no tienes dinero y tienes que hacer un regalo importante, ¿qué sueles hacer?

–¿Sin dinero? –me pongo a pensar bloqueado.

–Vale, vale, lo pillo, el no tener dinero es un escenario no experimentado ni imaginado. Así que te lo voy a decir yo. Cuando no tienes dinero compras cualquier tontería que entre en tu presupuesto y lo envuelves como si fuera el regalo más espectacular del mundo. El efecto visual bloquea el efecto “falta de valor real”. Es como si de entrada te explotara el flash de una cámara fotográfica en los ojos y te cegara, así que todo lo que venga después no importa.

–Insinúas que lo que debiera hacer es coger la mierda de ideas que tengo y “empaquetarlas” de forma espectacular –vaya, es lo mismo que hicieron con las subprimes.

–Sí, de manera ingeniosa –¿“ingeniosa”? Por un momento pienso en marionetas. En una presentación donde Mr. Calzeto (mi mano metida en un calcetín rosa, como cuando era pequeño) cuente las bondades de mi exiguo plan anticrisis. Descarto la idea radicalmente.

–Pero ingeniosa, ¿cómo?, ¿con mucho diseño?, ¿con nuevas tecnologías?

–Eso es.

–¡Eso es! 

El lunes a primera hora me plantaré en Baron & Baron, mi agencia de diseño de cabecera, y pagaré lo que sea para que me hagan una presentación en papel, y otra digital-interactiva, y todo con mucho diseño, de las que hacen épocas y después sale en libros recopilatorios de Taschen. Papá se va a caer de espaldas. 

Helen Hunt se levanta y se cuelga su mochila. Yo me busco en los bolsillos y encuentro un billete de 20. La cuenta asciende a 35 dólares. ¡Maldita mi suerte! ¡¿Por qué existen aún sitios donde las tarjetas de crédito son ciencia ficción?! Ella me coge el billete y me dice que está bien, que me lo dejan a deber, pero que vuelva y pague lo que falta, que confía en mí, y se saca quince dólares del bolsillo de las propinas y lo une a mi billete. Me sonríe tal y como haría la verdadera Helen Hunt. 

Salgo apresuradamente del local, pero me detengo en seco y vuelvo a entrar, y le digo: 

–Ey, Belinda, tu serías mi novia a pesar de que fuera pobre y no tuviera trajes caros.

–Me temo que no salgo con tíos que me deben pasta, en caso de que me estés pidiendo una cita. Pero lo de ser pobre nunca ha sido un impedimento para que me cuelgue de un tío. Si vieras al último con que salí, era aspirante a actor, no te digo más, insolvente total. Y no era ni la mitad de guapo que tú. Así que sí, sí sería tu novia en caso de que fueras pobre, no me debieras dinero y no fueras tan infantil como mi sobrino de cinco años. 

Ahora soy yo quien le sonrío a ella. Era justo lo que necesitaba oír.

Mi uniforme navideño… el Uniforme Rudnick

Mircoles, 26 Noviembre 2008

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Cada persona tiene iconos visuales y emocionales vinculados a la Navidad, sea creyente o no. En mi caso, cuando se colocan las luces de colores, que ya no desean Feliz Navidad sino Paz y Amor en un ejercicio de ‘corrección’ política, me entran unas ganas irrefrenables de vestir totalmente de negro salvo por un blazer gris claro. ¿Qué tiene que ver ese look en especial con la navidad? Pues para encontrar la asociación hay que hacer casi una labor freudiana: todo viene de un reportaje de un número de diciembre de Vogue USA de mediado de los 90 en que aparecía el escritor Paul Rudnick de esta guisa cargado de paquetes en medio del tráfico de Nueva York (iba sobre shopping o algo así, hasta ahí no llega mi memoria, lo que recuerdo perfectamente es la imagen). Aquello debió parecerme de lo más sofisticado. La bohemia literaria mezclada con el chic neoyorquino. Pantalón negro, jersey de cuello vuelto negro, blazer gris de cuadritos casi imperceptibles…  

Lo cierto es que no sólo es un clásico para mí, sino que los diseñadores, sobre todo los americanos, reinterpretan este estilismo cada temporada. Pueden sustituir el jersey de cuello alto por una camisa negra, pueden permutar el blazer por una chaqueta cruzada, o puede jugar con la gama de los grises llevándola del claro más claro al marengo más oscuro… pero la base de ese look siempre se puede encontrar en la temporada invernal. 

Si nos paramos a pensar, no es más que una combinación de básicos, un look de fondo de armario. Cada pieza descrita es un comodín que no puede faltar en ningún armario. El conjunto resulta de lo más urbanita y sofisticado a pesar de integrar solo básicos, después de todo es una variante práctica del minimalismo, y este, mal que le pese a muchos, sigue siendo la quintaesencia de la elegancia sin dramatismo. 

No sé qué sabor tendrá, o a qué olerá la Navidad para aquellos que lean estas líneas, pero para mí, por extraño que parezca la Navidad se viste del ‘Uniforme Rudnick’.

Tabiques de papel… nada que ver con las VPO

Lunes, 24 Noviembre 2008

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Después de aquel cajón de Jasper Morrison (The Crate fabricado por Established and Sons) que ya reseñé en su momento en las páginas de elEconomista, tenía muy claro que la decoración del siglo XXI pasaba por “lo obvio reinventado”. Lo que no pensaba es que la frase aquella de “las paredes de esta casa son de papel” se convirtiera en una afirmación literal.

Los diseñadores canadienses (aunque le pese a los chicos de South Park de Canadá también llegan cosas interesantes) Stephanie Forsythe y Todd MacAllen han desarrollado un nuevo concepto decorativo a través de su serie ‘Soft’. Todo nace de una necesidad personal. Su estudio, un amplio loft de Vancouver, empezaba a necesitar elementos de separación polivalentes, así que se les ocurrió crear muros de papel (softwall) con una estructura de panal de abeja que eran ligeros, flexibles, y permiten ser apilados cuando quieren ser recogidos. Eso es el germen de toda la serie creada por esos diseñadores que forman el estudio Molo. Ya son cuatros años en el mercado lo que cumple el concepto, y se ha expandido a elementos decorativos, iluminación y sillones muy particulares.

Pero seamos sinceros, la serie sofá ni es tan original ni tan ecológica como predica. Original no lo es porque se basa en técnicas decorativas chinas que se remontan a más de 2000 años. Y tampoco es totalmente ecológica porque por requerimientos técnicos la cantidad de papel reciclable que se usa es sólo del 50%. A veces pienso que el secreto para ser creativo hay que retrotraerse a la infancia cuando de una caja de cartón hacíamos desde una casa, a un coche, una mesa o cualquier otro invento genial.

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EL CRACK (el serial) - Capítulo VI

Viernes, 21 Noviembre 2008

¿Quién soy yo? 

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La cuenta atrás ha empezado. Un “plan de actuación”. Eso es lo que me pidió papá. ¿Pero qué demonios en un plan de actuación? He googleado el término a ver si tengo suerte y me lo explican en la Wikipedia o encuentro alguna web que tenga alguna plantilla que me ayude a redactar uno. En Georgetown nos mandaban a hacer este tipo de cosas, ‘casos prácticos’ lo llamaban, debería recordar de qué iban. Lo malo es que por orden de apellido siempre me tocaba hacer estos trabajos con Elijah Rockefeller, todo un cerebrito que no me dejaba participar en nada. Decía que era más rápido que lo hiciera él todo y que yo sólo pusiera mi nombre, porque si me tenía que ir explicando todo a cada paso no terminaríamos nunca.  

Nada, dos horas y veinte minutos afanándome en Google y no encuentro nada que pueda plagiar con dignidad. Le pido a Robert que entre en el despacho, este chico es una máquina buscando en la red. 

–¿Quería?

–¿Si tuvieras que buscar un ‘plan de actuación’ en Internet dónde…?

–¿Un plan de actuación? ¿A qué se refiere? 

Decido ser franco y contarle lo que necesito. Confesando mi ignorancia ahorraremos el tiempo de tratar de salir con dignidad del trance. 

–…por eso necesito encontrar un ‘plan de actuación’ en la red. Algo como uno de esos currículum estándares que uno rellena con sus datos.

–Me temo que no encontrará nada por el estilo –lo dice con ese gesto de condescendencia que ponen los camareros de los restaurantes franceses cuando les pides que te traduzcan la carta.

–¿Y eso por qué? –le pregunto un tanto cabreado ya.

–Primero porque lo que usted llama “plan de actuación” responde a circunstancias muy concretas de la realidad de una empresa y es imposible que se redacten en términos “estándar”. Y segundo, porque ese tipo de documentación suele ser interna, confidencial y básicamente secreta, por lo que no suele circular por la web. 

También son secretos los informes del ejército sobre los avistamientos de ovnis y sin embargo la red está plagada de ellos. Pero prefiero no discutir con un subordinado sobre temas importantes y le pido que me indique dónde está el despacho de nuestro COO, el tal Coleridge de las narices. Seguro que él puede serme de utilidad. En vez de decirme simplemente en qué planta está me garabatea algo en un post–it y sale del despacho. 

Cuando leo la nota me quedo pasmado, ha escrito una dirección, a unas cuatro manzanas de nuestro edificio. ¡Qué extraño! ¿Por qué no estamos todos en el mismo edificio si este pertenece a papá? Cojo mi chaqueta dispuesto a poner un poco de luz en este enigma. 

***

 Wall Street es realmente asombrosa. Una calle con un pulso muy singular. Pero en estos días todo es especialmente intenso. Aún hay ex–trabajadores de Lehman Brothers pidiendo trabajo con carteles colgados del pecho. ¡Qué indigno! Hombres hechos y derechos, con carreras universitarias, pidiendo ser ‘adoptados’ como perritos de una perra promiscua e irresponsable. Incluso en la adversidad hay que comportarse con dignidad. 

Batman pasa por mi lado. Esto es Nueva York, nadie lo mira dos veces. Alguien me echa el brazo por encima de los hombros sin previo aviso. Es Warren, salido de LA NADA, es decir, de sus oficinas. Llamamos a sus empresas LA NADA porque se dedican a especular con sinergias: gestionan fondos de inversión de empresas interrelacionadas que crean sinergias ente si. Que me maten si sé qué es concretamente lo que venden. Warren llama a esta ‘filosofía’ inversionista “gestión creativa”. Hay tantos gestores de fondos en Wall Street que más que rentabilidad han terminado vendiendo conceptos: fondos ‘green’ (de valores ecológicos), como los Fondos Ventus de Climate Change Capital que invierte en energía limpia, transporte limpio, eficiencia energética y recuperación de residuos. ¿Qué será lo próximo? ¿El fondo Torrebruno que reúna los principales valores de empresas dirigidas por ejecutivos de menos de 1’50m.? 

–¡Ey, tío! ¿Has visto a ese tipo disfrazado? Wall Street no es territorio de Batman. Quizás de La Liga de la Justicia de América o de Los Vengadores, pero Batman está desubicado.

–Vendrá a ver qué pasa con las inversiones de Bruce Wayne –como si estas cosas necesitaran tener una explicación racional en Nueva York.

–¿Y tú dónde vas?

–A conocer las otras oficinas de Ridao-Blackman Global Investors.

–¿Tenéis nuevas oficinas?

–No, son las… –lo menos que me apetece en estos momentos es verbalizar todas mis dudas y el mal rollo que tengo encima, pero si no lo suelto reviento– No, son ‘las oficinas’ de siempre, sólo que yo desconocía que existieran. Donde tú me visitas, me acabo de enterar, sólo estamos mi asistente y yo, mientras que el resto del personal está en otro edificio. ¡Y yo no lo sabía! 

Warren suelta un silbido que me suena a “jo, tío, qué putada” y yo asiento con la cabeza sin decir el “y qué lo digas” que se me viene a la boca. Decide acompañarme en mi expedición no sé si por solidaridad o por morbo.  

Llegamos a una mole de piedra y cristal de los de antes del 29 en cuyo vestíbulo luce esplendorosamente una gran placa de Ridao-Blackman. Piso 14, 15 y 16 indica. Al salir del ascensor nos topamos con una recepcionista sacada de Vogue pero con cara de “soy guapa, delgada, tengo un pelo maravilloso, pero no me toques los cojones”.  

–Buenos días, ¿Coleridge, por favor? –le dedico una de mis sonrisas patentadas de seducción asegurada (quizás pueda matar dos pájaros de un tiro… mejor dicho, un pájaro y una pájara).

–¿Tiene cita?

–No hace falta, sólo dígame dónde puedo encontrarlo.

–Señor, me temo que sin cita. Dígame su nombre, por favor, y veré si…

–Rafael Ridao –le suelto esperando que de pronto se le cambie la cara y se arrodille ante mí suplicando que no la despida. Sin embargo…

–¿De qué empresa? –esta tía es boba.

–Soy el CEO, señorita.

–¿De qué empresa? –insiste. Por el rabillo del ojo veo como Warren aguanta la risa.

–De Ridao barra Blackman. 

Espero que sea ya suficiente pero la tipa incompetente arquea las cejas y resopla. 

–Señor Ridao, el CEO de Ridao “barra” Blackman es Mr. Depsey.

–¿Depsey?

–Patrick Depsey.

–¿El de Anatomía de Grey?

–Ese es Dempsey –interviene Warren.

–¿Entonces quién es Patrick Depsey?

–El CEO de Ridao-Blackman, se lo estoy diciendo, caballero –responde la secretarucha de cejas arqueables.

–No, no, no, se equivoca. El CEO de Ridao-Blackman soy yo. Es obvio. Rafael Ridao de Ridao-Blackman. Mi nombre es Ridao como la compañía…

–Eso dice usted, claro –me responde la impertinente después de contenerse unos segundos. 

El ascensor se abre y aparece un rubicundo caballero con pinta de inglés de la campiña. Al percatarse del pequeño altercado que estamos protagonizando en recepción detiene su caminar y se acerca a la rubia. 

–¿Algún problema, Clarice?

–No, el caballero ya se iba, Mr. Coleridge.

–¡Ajá! ¡Coleridge! –le señalo con el dedo como un poseso, la rubia me tiene fuera de mis casillas.

–Clarice, llame a seguridad –mis encuentros con ‘seguridad’ empiezan a convertirse en una mala costumbre.

–Rafe, ¿por qué no nos vamos, te calmas y luego…? –intercede Warren.

–¡Como que me llamo Rafael Ridao que esta tipeja va a la puta calle! –esto dicho en castellano, en ciertos niveles de excitación olvido el bilingüismo.

–¿Ridao? –me pregunta Coleridge sosteniendo la mano de la recepcionista que busca el teléfono para avisar a seguridad–, ¿Rafael Ridao? Perdone el malentendido. Por favor, pase, creo que todo tiene una explicación.

–De eso nada –respondo aún gritando–, antes déjele claro a la rubia quién es el CEO de esta empresa.

–Mr. Ridao, creo que debiera hablar con su padre al respecto. Pero, por favor, pase a mi despacho. 

*** 

Hemos encontrado una tabernucha oscura y mugrienta en el Greenwich. Nos ha costado un poco dar con un sitio así, no suele estar en nuestra agenda ningún local que no sea o aspire a estrella Michelín o parezca en la guía Zagat. Pero para hundirme en la miseria me apetecía un sitio mísero. Nuestra mesa atestigua las tres horas de copa tras copa que llevamos aquí. En los últimos 25 minutos ninguno de los dos, ni Warren ni yo, hemos abierto el pico.  

–Bueno, tampoco es una tragedia, ¿no? –rompe el silencio mi amigo–. Eso de ser “hombre de paja” no está mal, te han estado pagando por no hacer nada, está de lujo.

–No soy un hombre de paja, un hombre de paja es un testaferro, ¿es qué no te enseñaron nada en la Faculta de Economía?

–Bueno, me enseñaron la diferencia entre trabajar y no hacer nada –me dice ofendido, pero enseguida se viene abajo–. ¿Pero de verdad no te diste cuenta de que no tenías ninguna función real?

–¡Y yo que sé! Era mi primer trabajo, no tenía puntos de referencia. Yo creía que ser financiero era eso. ¿Quién iba a pensar que mi padre me había montado un despachito y dado un puesto ficticio para tenerme lejos y calladito?

–Bueno, ¿entonces para qué te ha pedido un plan de choque frente la crisis? ¿No se encarga de eso el ‘otro’ Director General de la firma? ¿Qué espera realmente de ti? 

Buena pregunta.

Un nuevo eco-diseñador a la palestra

Mircoles, 19 Noviembre 2008

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No comprendo cómo a estas alturas la ecomoda sigue siendo noticias. Quizás porque muchas de las propuestas con las que nos entusiasmamos y publicitamos los editores de moda no son más que pequeñas experiencias que más que salvar el planeta lo que tratan es de ser un lavado de imagen de la marca de las lanza. Son pocos los diseñadores o las firmas con una conciencia 100% eco o green. Sin lugar a duda la que ha sabido hacer de lo eco un negocio rentable sin aspavientos del tipo “¡somos lo más, hemos salvado al mundo!” ha sido la alemana Hess Natur, empresa de venta por catálogo que tiene como director creativo al español Miguel Adrover. Merecen una reseña extensa y pormenorizada… más adelante, ahora quiero centrarme en un nuevo diseñador que está atrayendo todas las miradas: John Patrick

La firma de Patrick, Organic, ha hecho una irrupción estrepitosa en la escena de la moda americana. Tanto es así que es uno de los candidatos a hacerse con el premio (más que premio es una importante ayuda financiera y empresarial) que anualmente da  CFDA/Vogue a los jóvenes creadores. El secreto de su éxito es que no hace alarde de su conciencia ecológica, no incorpora el sufijo ‘eco’ como valor principal a la hora de vender sus colecciones, sino que es simplemente una filosofía de trasfondo en su forma de trabajo: pieles trabajadas con tinturas vegetales, algodón orgánico de Perú, lana o nylon reciclado, tecnología limpia suiza… Pero la moda que produce es moda, no es para en el consabido “¡eh, mira, he hecho una camiseta de algodón orgánico!” que otros explotan vergonzosamente. 

He querido centrarme en su línea masculina (muchas veces la gran olvidada de la eco-moda) para la que desarrolla un estilo bastante sobrio y elegante, con rasgos de modernidad. Es decir, diseña para un hombre joven que empieza a tomar conciencia de su madurez.

Reciclado y orgánico son dos palabras imprescindible para describir sus prendas, pero no es doctrinal al respecto, sino que se guía por el “vive y deja vivir” abriendo las puertas a clientes que no tienen por qué ser eco-obsesos.

La estrella de este invierno

Lunes, 17 Noviembre 2008

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El invierno no vendrá hasta bien entrado el mes de diciembre, pero ver como abren las pistas de esquí no hace sino reforzar la idea de que este ya ha llegado. De pronto, no sé, me apetece sacar los jerséis de lana más gruesa y dejarme llevar por el espíritu de “cuanto más tapado mejor”. También sufro un cambio en mis referentes iconográficos, y me derrito cada vez que veo uno de esos jerséis con motivos kitchs invernales que tanto odiaba cuando pequeño y que mi tía no-favorita insistía en regalarme porque eran “muy cucos”. Lo peor es que las madres siempre se ponen de parte de las tias no-favoritas y te obligan a ponértelos cada vez que vienen ellas visita o tu vas a verlas. ¡Cuánto daría por conservar uno de aquellos con cabezas de renos! ¡Cuánto daría por caber en ellos! 

Esta temporada, si un motivo navideño está de rabiosa actualidad, ese es el copo de nieve (snowflake, para los angloparlantes). Su geometría estrellada siempre ha dado mucho juego y ha propiciado diseños realmente ingeniosos. Sí, el copo de nieve está de moda, y no porque lo diga yo, que también (lo que o digo va a misa), sino porque es un motivo gráfico esencial en la colección de otoño/invierno del británico Alexander McQueen [1] que aplica tanto a los vestidos (piezas de lana con copos en su diseño o vestidos de cóctel con copos en encaje) como a la joyería (maravillosos pendientes de cristal con forma de cristal de nieve). 

Es posible que el material más fácil para reproducir ese singular esquema fractal sea el punto como vemos en alguna que otra pieza de Blugirl [2], pero la verdad es que esta temporada lo invaden todo, desde las camisetas de Edun [4] a las zapatillas de DSquared2 [3]. El preciosismo llega de la mano de Moncler [7], casa italiana dedicada a las prendas para el frío y la nieve, que en su línea Gamme Rouge hace realmente un ejercicio de filigranas 3-D sin igual. 

Aunque donde más espectacularmente lucen los copos es en las joyas, ya sean cristales o verdaderas piedras preciosas, da igual. Ya mencioné los pendientes de McQueen, pero no son menos impactantes las piezas de Juicy Couture [5 y 6], totalmente recomendables para un golpe de efecto. 

Eso sí, las ‘creativas’ amantes del reciclaje abstenerse de descolgar ese omnipresente adorno navideño con forma de copo de nieve y reutilizarlo como parte de la indumentario. Demasiado cutre… canta, y no precisamente villancicos.

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El Crack (el serial) - Capítulo V

Viernes, 14 Noviembre 2008

La gráfica traicionera 

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Sonó el radio-despertador y la voz de Lesley Gore empezó a cantar ‘Sunshines, Lollipops and Rainbows’. Me alivió saber que había otro cretino en Nueva York (el programador de la emisora) que no era consciente de la crisis. Parecía inmoral despertar con una canción alegre en medio de tanta ‘consternación’. Me sentía ‘consternado’ por la falta de delicadeza de esa emisora anclada en el optimismo de los 50. Tanta desfachatez era ¿‘consternante’? [Consternación era una palabra que estaba ensayando para impresionar a papá en la reunión de las 9:30h… a.m.

No había dormido casi nada, a penas hora y media. Ni siquiera me había desnudado. No estaba en condiciones de mantener una conversación locuaz y coherente con papá. No era capaz de hacerlo en pleno uso de mis facultades y mucho menos tras dormir menos de dos horas tras haber sido noqueado por una descarga de taser. Pero lo último que podía darle a papá eran excusas, no después de lo que me costó que confiara en mí para este puesto. 

*** 

Madrid. 2003. Yo estaba recién vuelto de Georgetown. Papá estaba en negociaciones con una pequeña firma de inversiones americana para insuflarle capital, hacerse con en control, y penetrar en Estados Unidos. Mamá acababa de volver de París tras fundirse el equivalente al PIB de un pequeño país centroafricano. Esos ‘pequeños’ dispendios con nombres glamurosos (Dior, Chanel, Cartier…) eran lo que ella llamaba ‘el fondo de compensación’. “¿Compensación por qué?” le pregunté una vez. “Por aguantar a tu padre”. Mi familia era una ‘red de aguante’. Ella aguantaba a papá, él me aguantaba a mí, y yo aguantaba los reproches de papá. Era una constante ‘consternación’ familiar. 

Por aquél entonces, corría el més de octubre, yo estaba muy sumido en mis deberes sociales que me impedían afrontar un inmediato futuro profesional. Una mañana, a eso de las doce, el teléfono sonó. El servicio estaba con los preparativos de una soirée que mamá organizaba en el jardín esa noche y nadie descolgaba el maldito teléfono que me estaba destrozando los nervios. Así que me decidí a salir de la cama y atender yo mismo la llamada con la voz de ultratumba de recién levantado. 

–¿Quién habla? –me espetó la voz de mi padre un tanto desconcertado (y un tanto ‘consternado’) desde el otro lado de la línea.

–Soy yo, papá.

–¿’Yo’ quién? –el que lo llamara ‘papá’, y siendo hijo único, no le dio suficientes pistas.

–Yo, tu hijo, Rafe.

–¿Qué haces ahí? ¿Hoy no trabajas?

–Bueno… La verdad es qué… –¿cómo decírselo? – Yo no trabajo, papá. 

Y me colgó. 

Aquella misma noche me llamó a su estudio de casa. Se sentó cejijunto y ‘consternado’ frente a mí y me soltó a bocajarro: 

–Rafael, tienes 29 años, y que yo sepa aún no has hecho nada productivo en tu vida. He dicho productivo –me dijo cortando mi tentativa de justificarme–, deberías buscar la palabra en el diccionario. Así que he decidido darte un empujoncito para que encuentres el camino.  

A renglón seguido se levantó y me hizo señas de que lo siguiera. Nos paramos frente la puerta de entrada y la abrió. Con un gesto gentil me pidió que mirara fuera, y cuando asomé la cabeza… ¡Me empujó!, y cerró tras de mí. Eso era lo que él entendía por “darme un empujoncito” para que buscara mi camino. Afortunadamente llevaba mi móvil encima y llamé a mamá, que salió a abrirme. Me encerré en mi cuarto a cal y canto, por un momento me había visto desamparado en el mundo real. Bueno, mundo real… en verdad era la entrada de una mansión de lujo con servicio de seguridad dirigido por un ex-agente del CSI, del CNI o de la CNN, yo qué sé. Pero hacía frío y yo estaba en mangas de camisa, fue una experiencia muy desagradable. 

A la mañana siguiente acompañé a mi madre a visitar a papá en su banco. Se encerró en su despacho mientras yo esperaba fuera. La secretaria hacía como que no se escuchaban los gritos, pero eran totalmente nítidos a través de los gruesos muros supuestamente insonorizados. Después de media hora de batalla en que se oían frases de mamá como “sabes que puedo hacer tu vida miserable” y respuestas de papá como “ya lo hiciste al quedarte embarazada”. Salieron del despacho con aplomo, allure y prestancia de alta sociedad. Yo estaba ‘consternado’. Mamá sonreía como si nada, pero papá, si hubiera sido un dibujo animado, hubiera tenido un nubarrón con un rayo dibujados sobre su cabeza. 

–Rafé, tu padre te quiere decir algo… Adelanté.

–Rafael, sabes que vamos a empezar a operar en el mercado americano y… No puedo, no puedo –la mirada de mamá fue lo suficientemente explícita para hacerlo continuar–. ¿Te gustaría ser el director de la nueva oficina en Nueva York? 

Sabía que sólo era cuestión de tiempo que papá confiara en mis dotes financieras. Me encantaba la idea. Aún así evité que la alegría se tradujera en mi rostro, me froté la barbilla y le dije: “me lo pensaré”. Así conseguí mi primer trabajo, el que ahora peligraba. 

*** 

Cuando llegué a mi despacho, Robert, mi secretario, sentado diligentemente en su mesa, con ojeras hasta los pies, me dijo con ‘consternación’ indisimulada “el presidente le espera en la sala de juntas”. De pronto que mi padre el nuevo pez gordo de la oficina. El rey ha muerto, viva el rey. 

Al entrar estaba acompañado de dos tipos que no había visto en mi vida pero que se suponía que eran altos puestos, asesores, de MI compañía, pero que no había visto en MI vida (nota mental: acabar con el absentismo laboral). Se hizo un silencio incómodo, como si esperara que yo comenzara, pero yo, a mi vez, esperaba que él me dijera qué quería de mí. Los asesores y mi padre cruzaron significativas miradas de ‘consternación’. 

–Rafael, sabes que en este momento somos muchas las entidades que nos estamos viendo afectado por la crisis de las subprimes. Me gustaría me hicieras un balance de nuestra posición dentro del contexto actual. 

Me aclaré la garganta y saqué una gran cartulina con un gráfico bien bonito que me había prestado mi amigo Warren. Busqué un atril, o algo, para colocarlo, pero no encontré ninguno, así que lo sostuve yo mismo (luego me enteraría que hacía siglos que no se utilizaban ese tipo de recursos físicos, que se hacían por ordenador todas las presentaciones). Señalando claramente los altibajos de la gráfica empecé mi exposición. 

Estoy realmente ‘consternado’ por nuestra posición. Como verán, señores, la situación de la economía de los últimos años ha sido alcistas por el incremento del consumo propiciado por los bajos tipos de interés –eso lo había leído en el último número de Elle– que nos ha llevado a consumir y consumir hasta niveles realmente preocupantes. Eh… Por eso, y como vemos en la gráfica, el nivel de endeudamiento de las familias…

–¿En qué parte de la gráfica? –interrumpió papá.

–¿Cómo?

–Que dónde se ve eso en la gráfica.

–Bueno, eh… –miré con atención la tablilla que le estaba mostrando– Es evidente que eso se refleja en esta línea roja… No, la azul… No, no, la roja.

–¿Qué índice refleja la roja?

–¿Eh? –busqué en mis notas–. La roja es el nivel de impagos y moros.

–¿Moros?

–Sí… –la verdad es que no sonaba muy bien lo de ‘moros’, pero eso decía en mis notas, lo mismo tenía algo que ver con los atentados de las Torres Gemelas y Bin Laden–. Espera, no, no, quería decir morosos.

–¿Y?

–Que al crecer el riesgo de impagos en el último año…

–¿Último año?

–Sí, en el último año –señalé el último tramo de la gráfica (¿hacía calor allí?, ¿por qué estaba sudando?)– ha crecido el…

–¿Y por qué la gráfica es descendente si dices que ha crecido?

–Por… –¡ahivá, la gráfica caía estrepitosamente!– Porque… el índice es un índice inverso que muestra las… fluctuaciones… contrarias a la tendencia natural…

–¡Basta ya! –exclamó papá dando un golpe en la mesa– Te voy a decir yo por qué cae esa gráfica: porque muestra la evolución de tu sentido común y evidencia que lo que crece en esta sala no es ningún riesgo de demora, sino tu memez, incompetencia e insensatez. ¡¡Tienes el gráfico al revés!! ¡Y ni siquiera te has preguntado por qué las leyendas hay que leerlas poniéndose bocabajo! ¡Memo! 

Sacó una pastilla y se la tomó entre temblores.  

–Papá…

–¡No me llames ‘papá’!

–Señor presidente, estoy ‘consternado’.

–¡Y deja de repetir que estás consternado! ¿Qué es? ¿La palabra que te ha tocado estudiar hoy? –efectivamente lo era– Rafael Ridao Blancahermosa. No te despido en el acto porque tendría que soportar que tu madre diera señales de vida de nuevo sólo para volver a atormentarme. Sólo por eso, te doy tres días: sábado, domingo y lunes. El martes a esta misma hora quiero un plan de actuación que nos salve de ser arrastrados a la quiebra. No quiero que me expliques a qué se debe la crisis actual, ni cómo ha evolucionado el endeudamiento de las familias, ni cómo se llevan los bajos de los pantalones… Un plan de actuación, ¿entendido?

–Eh…

–Sí, ya lo sé, estás consternado –no me dejó hablar.

Así era.

Camisas fantásticas… Baruc Corazón (II)

Mircoles, 12 Noviembre 2008

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El arte de la camisería ha caído hace mucho en el olvido, o al menos en el letargo, porque aquellos que se esmeran en crear pequeñas joyas para cubrir el torso están más preocupados en conservar la tradición que en hacer evolucionar esta prenda. Excepciones haylas. Sólo hay que pasear tranquilamente por la calle Piamonte en Madrid para encontrar la tienda de Baruc Corazón (inclasificable como creador) que sí ha puesto en cuestión las forma y el sentido de la camisa masculina

Baruc propone a su selecta clientela prendas fuera de tendencias, de las que se quedan en el armario a vivir indefinidamente, de exquisita factura, que definen el concepto de slow wear, estandarte creativo de este diseñador. La prenda fetiche de su universo creativo es la camisas (y sus variantes como el kurta) que presentó por primera vez en mayo de 2004 dentro de la feria de arte y tendencias Edición Madrid. Hay que fijarse en los cuellos de estas camisas, patentados y conocidos como el “cuello Baruc”, diseñado con una altura perfecta que ni oprime el cuello ni lo deja al total descubierto y superando los convencionalismos de la corbata. 

He querido detenerme en este creador en esta segunda entrega de “Camisas Fantásticas” porque entre sus propuestas podemos encontrar telas de fantasía vintage que son una delicia al tacto (seda twill) y un gozo para la vista. Baruc ha trotado el mundo hasta dar con un proveedor italiano que mantiene en sus archivos algunos estampados originales de los años 40 y 50, y que ahora, en los albores del s. XXI vuelven a estar de rabiosa actualidad. La diferencia está en que Baruc no revisita, sino que parte de telas originales. 

Entre sus ediciones más exclusivas se encuentra la creada para The London GinCO (abajo). Tres piezas en edición limitada: un kurta, una camisa y un pijama, en tejido de estampado paisley, que resultan muy ‘dandies’. Sólo existe un rollo de esta seda estampada y esto es lo que lo hace una serie limitada: terminado el rollo… 

¿Qué lo hace tan especial? Hay que sentirlo sobre la piel. O si no, pregunten a sus clientes Catherine Deneuve, Daniel Baremboin, Iñaki Gabilondo, o la top Eugenia Silva.  

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Camisa edición especial The London Dream, 311 €.  1. Seda vintage años 50 en azul. 244 €. 2. Seda vintage años 50 en gris. 244 €. 3. Seda twill, estampado corbatero color vino años 40. 244 €. 4. Seda twill, estampado corbatero color marrón años 40. 244 €.

Camisas fantásticas… o de fantasía (I)

Lunes, 10 Noviembre 2008

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Decía aquel tango “todo vuelve a resurgir en la dulce evocación”, y cuando miro mi armario y contemplo las camisas que aún conservo de finales de los 80 me pregunto en qué estaba pensando cuando las compré. Supongo que el estampado de cachemir con paramecios creando un efecto de horror vacui era un must en aquel momento, y que los motivos vegetales conformando enredaderas debían ser lo más. Pero sinceramente ahora me cuesta verlo. Pero como en moda “todo vuelve” me resigno a tener poco espacio en el armario y decido conservarlas para más adelante. Quizás en un futuro vuelvan a ser ‘lo más’ y me pregunten “¿de quién es la camisa que llevas?” a lo que yo responderé “es vintage” (tras 20 años encerradas en el armario ya bien se les puede llamar vintage). 

‘Camisas de fantasía’ las llamaba mi madre. Y tengo la convicción de que su resurgimiento ya está aquí vistas las propuestas de algunas de las firmas internacionales como Etro o Gucci que las incorporar a sus look bohemios. Aunque a decir verdad, siempre las he tenido más identificadas con el dandy excéntrico que sabe medir con acierto los toques de locura en su vestuario. Un buen ejemplo lo encontramos en cómo Emidio Tucci (El Corte Inglés) lo rescata en su colección de otoño/invierno y lo propone a través de un estilismo elegante y sofisticado (con un toque bohemio, sí, no lo voy a discutir, ¿pero a que todos nos veríamos estupendos con el conjunto reseñado en la cabecera?). 

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Ante la novedad siempre nos paraliza el miedo a sentirnos diferentes, a atraer la atención. Hay que cambiar esos esquemas mentales: ser diferente-BUENO, ser uno más-MALO. Así que por qué no atreverse con una pizca de fantasía en las camisas, antes de que se pongan de rabiosa moda y todo el mundo las lleve y no seamos más que “uno más”. Las tendencias, para disfrutarlas, hay que pillarlas en su génesis. 

Nota de Estilo: Para aquellos que no se atrevan (aún) con el comeback de las camisas de fantasía yo les propondría una pequeña terapia de choque e ir incorporando el efecto de estas a través de los fulares, como los de Yves Saint Laurent.

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El Crack (el serial) - Capítulo IV

Viernes, 7 Noviembre 2008

¡Que llega el presidente! ¡A sus pies señor presidente!

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No sé qué ha pasado con todo el mundo, se han vuelto locos. Ayer salía con un colega de la oficina para ir a almorzar, cuando una señora que debía rozar el siglo, nos arreó con el paraguas y nos maldijo por traer el Apocalipsis a la Tierra Elegida. Lo que más me molestó es que mi colega se disculpó con ella mientras se palpaba la coronilla para ver si en vez de almorzar tenía que ir a que le tomaran puntos de sutura. ¡¡¡¿Pero el mundo está loco o qué?!!! Desde cuándo somos nosotros, los financieros, los culpables de que todo el mundo quisiera una casa a cualquier precio y que después no pudieran pagarlas. Nosotros no los obligamos a ir a los bancos a firmar esas hipotecas. Nosotros no fuimos los que dijimos “podremos pagar” cuando sabíamos que no lo haríamos. Nosotros no empaquetamos esas hipotecas basuras y las hicimos circular por el sistema finan… ¡Oh! Eso sí. 

El caso es que hasta hace una semana ser financiero en Nueva York era lo más, ‘beyond’, la hostia. Y hoy nos pegan las viejas por la calle con total impunidad. El ser un financiero te abría las puertas para disfrutar de lo mejor que la vida moderna puede ofrecer, por ejemplo, someterte a un peeling a manos del Dr. Max, la última sensación dermatológica de la ciudad con lista de espera hasta 2010. Quien diga que la invención de la rueda fue el gran logro de la humanidad es porque no ha pasado por la consulta del Dr. Max. El ser financiero te permitía hacer grandes cosas en la vida, como salir en Men’s Vogue, quizás no en la portada, que está reservada para deportistas, actores y miscelánea como Tony Blair, pero sí figurar en páginas interiores, que no es moco de pavo. Yo he salido un par de veces en GQ y una en Esquire, y en un top ten de los solteros más deseados de la Gran Manzada que publicó New York Magazine, e incluso me dedicaron una entrevista en W dentro de un reportaje sobre los ejecutivos más prometedores. Fue una entrevista bien en profundidad en la que hablamos sobre cómo Bottega Veneta se ha hecho imprescindible en mi vida y cómo tomé la decisión vital de pasarme del pilates al yoga. 

Y ahora, sin previo aviso, soy un personaje denostado sumido en el miedo. Miedo a las señoras mayores con paraguas. Miedo a mi asistente y a que se entere de que mi dirección en estos años ha sido una pseudo-ficción, miedo a perder mi estatus…  y miedo, sobre todo, a mi padre, que llega mañana a las 8 según anunció. 

*** 

Suena el despertador. Es inusitadamente temprano, las 9:30 de la mañana, pero tengo que madrugar para prepararme ante la llegada de papá esta tarde, al que quiero ir a recoger al aeropuerto para demostrarle que estoy al mando de todo. Echaré de menos esa horita de sueño habitual de la que me he privado. Me espera una jornada intensa y llena de sorpresas. 

Primera sorpresa: Nueva York ya está funcionando a las 10 de la mañana cuando piso la calle. Me subo al Town Car que me espera y me dirijo directamente al gimnasio. Repaso mentalmente la agenda que me he programado (le consultaría a Robert, pero me dejé anoche el móvil en casa de Puppy, luego lo recojo camino del aeropuerto). He anulado todas mis citas del día, nada es tan importante como papá, mi presidente. Sólo me falta notificárselo a Robert para que se lo comunique a los ‘reunientes’ implicados. Da igual, ya se inventará alguna excusa sobre la marcha. Así que mi planning se ha reducido a lo realmente esencial: Primero tengo sesión con mi personal trainer en el Chelsea Piers, después almuerzo en Le Cirque con Warren que ha prometido dejarme unos gráficos que dejarán entusiasmado a papá (los estudiaré por encima camino del aeropuerto), a continuación recogeré el traje nuevo de Yves Saint Laurent que quiero llevar esta tarde (si voy pillado de tiempo me cambió en la boutique), después tengo que acudir a la consulta de mi dermatóloga para que me estimule el colágeno con un tratamiento de radiofrecuencia que se llama Thermage que me aconsejaron hace unos días en una fiesta, y tras pasar por casa de Puppy para recoger el maldito móvil, me voy directo al aeropuerto. Todo calculado al milímetro. 

*** 

19:00h. Todo como la seda, quitando el centenar de llamadas perdidas de Robert a mi móvil. Empezaba a creer que no pintaba nada en la empresa, pero el sin par número de llamadas testimonia que soy imprescindible y requerido, cada cinco minutos desde las 9 de la mañana (¿trabajamos a esa hora?). No importa, sobrevivirá hasta que llegue a la oficina mañana. Ahora lo único que importa es recoger a papá y acomodarlo, y que vea que soy diligente y que estoy comprometido con mi trabajo. 

Pero… ¡Uh-huh! Cuando llego al Aeropuerto Newark nadie sabe decirme dónde está el avión de papá. ¡Sales de Nueva York y nada funciona! “¿Dónde está mi padre?” le grito a un tipo con cara de hindú que por toda respuesta se encoge de hombros. ¡¿Para eso he venido hasta Nueva Jersey?! ¿Y si le ha pasado algo? Quizá estén buscando los restos de su avión en medio del Pacífico… quiero decir, del Atlántico (siempre me cofundo: Pacífico-izquierda, Atlántico-derecha). Me descubro gritándole a una impertinente “señorita” (por llamarla de alguna manera, porque debió de nacer antes de que Roosevelt llegara a la Casa Blanca) que me pide insistentemente que me calme y espere mi turno, lo que hace que suba automáticamente más si cabe el tono. “No tenemos constancia de tales hechos, nadie ha informado de la desaparición de un avión en aguas del Atlántico, señor” me dice con flema y acento británicos. Le estoy respondiendo que en tal caso, yo, en ese momento, le estoy “informando” del hecho… en lo que suena el teléfono. “Robert” anuncia la pantalla. 

—Ahora no, Robert. Estoy en medio de una crisis. El avión de mi padre se ha perdido en medio del océano y esta subnormal sólo sabe repetirme que no tienen noticias de tal hecho. Y si tengo que gritar para que me de una respuesta, pues grito —digo desgañitándome aunque bajo la voz cuando veo que dos policías se aproximan con tasers en la cintura—. ¿Tan difícil es comprender que yo sólo quiero saber…? ¡No me toque! Yo sólo quiero… ¡Le he dicho que no me toque, poli de mierda! Yo… Se está jugando una demanda millonaria, piense en empezar a empeñar la placa, ¡y no me toque! ¡Mi padre, yo sólo quiero saber donde está mi padre! ¡Que me suelte!

Está aquí —le oigo decir a Robert antes de que todo se funda en negro tras sentir una ‘poco recomendable’ descarga de taser. 

*** 

Siete horas después me reúno con Robert y mi abogado que han conseguido convencer a la policía de que todo fue efecto de unas medicinas caducadas. 

En el coche de mi abogado me siento morir, mareado, con el estomago revuelto. No sé si por la vergüenza o por el post-efecto del taser. Vomito. Le prometo comprarle unos zapatos nuevos a Robert y mandar a limpiar el coche de mi abogado. Ya un poco más sereno, cuando veo Nueva York al salir del Holland Tunnel, le pregunto a Robert: 

—¿Qué querías decir con que estaba allí?

—Llegó a las 9 de la mañana.

—Entonces las llamadas…

—Me hizo llamar cada cinco minutos para saber dónde estaba usted que no aparecía por su puesto de trabajo.

—Y tú le dijiste… 

Simplemente se encogió de hombros. “Traidor” pensé, sin darme cuenta que en breve amanecería y el pobre Robert aún no había pegado ojo por mi culpa. 

Papá había atendido a todas las citas que yo había abandonado por ir a recibirle. Se había puesto al día reuniéndose con todos los departamentos. ¿Y dónde estaba yo mientras? ¿Quién iba a suponer que llegaba a las 8 de la mañana? ¡¡¡De la mañana!!! ¡Si ni siquiera creía que funcionaran los aeropuertos a esa hora!