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EL CRACK (el serial) - Capítulo XIV

Propósito de enmienda 

funeral-home.jpg 

Señor, me arrepiento de… 

…haber dejado la tienda de cómics de la forma en que lo hice. Fue muy poco elegante el gesto que les hice cuando recibí mi último cheque. Fue una crueldad llamar a Kurt, mi compi, disfuncional y friki. Fue innecesario, sí, pero no falté a la verdad. Como tampoco era preciso introducir una chocolatina relamida entre las páginas del Giant–Size nº 1 de X–Men que tienen en un expositor de “imposible tocar”. ¡Fue tan fácil mangarles las llaves a Kurt, desprecintar la bolsita de plástico que custodia la joya literaria comiquera, y volverlo a dejar todo tal y como estaba! Me imagino dentro de treinta o cuarenta años cuando un anormal de esos que a los 34 años todavía reciben paga semanal de papá y mamá consiga reunir el dinero para comprar ese cómic. Imagino la cara de todos cuando lo desplieguen y encuentren una chocolatina fosilizada incrustada en los poros del papel… ¡Ha sido un gesto tan gratuito! Pero no hacerlo no hubiera sido propio de mí. Tampoco fue bonito que me bajara el pantalón y le hiciera un calvo al encargado cuando me preguntó que si quería referencias. De verdad que me arrepiento. 

Qué bien me sentía pensando que ya había tocado fondo y que de ahí en adelante todo iría a mejor. 

Señor, me arrepiento de… 

…haber sido tan poco humilde cuando rechacé el trabajo en Oppenheimer. La semana antes había respondido a un anuncio del Wall Street Journal que me había llevado a su web y en su web encontré el mail de recursos humanos. Mandé mi currículo y concertaron una cita en sus oficinas del 125 de Broad Street, en esa zona donde ya se pierde la maraña de rascacielos y ves cielo azul porque estás casi al borde del rio. He de reconocer que desde que Warren me había conseguido un trabajo “infinitamente mejor” (palabras textuales) a la tienda de cómics, había perdido un poco el interés en Oppenheimer, pero aún así acudí.  

Me recibió un caballero de unos mal llevados cincuenta años, con arrugas y entradas, claro síntoma de no haber aprovechado las oportunidades que Manhattan ofrece en cuanto a cuidado personal (los mejores expertos y las técnicas más avanzadas en belleza masculina del mundo). Yo me había vestido con un impecable traje de Yves Saint Laurent gris oscuro y raya azul, camisa blanca y corbata malva. Era consciente que intimidaba al anodino señor de recursos humanos de traje de saldo. Se mostró impresionado con mi currículo y me pidió permiso para pedir referencias si era preciso. Le dije despreocupadamente que lo hiciera, es más se lo pedía encarecidamente. Obviamente yo sabía que no lo iba a hacer, es un truco muy viejo de recursos humanos, sólo quieren ver tu cara cuando te dicen que van a pedir referencias.  

–Y el pues es concretamente… –pregunté yo con mi sonrisa de “estoy por encima de todo”.

–Financial Advisor. Lo ponía en el anuncio del periódico.

–¿Qué anuncio? –jamás admitiría que había respondido a un anunció en un periódico, mi fama en el mundo financiero estaba por encima de ello.

–El que usted contestó. En el mail con que nos remitió su curriculum ponía la referencia del anuncio.

–¡Qué extraño! ¿Un mail dice? Eso debe haber sido mi secretaria. Estaba un poco aburrido ya de este tiempo sabático que me he tomado y le pedí que prospectara a mis colegas sobre posibles puestos libres y debió tomarse la libertad de contestar un anuncio –la regla número uno al buscar trabajo es que se note que no lo quieres, es como pedir un préstamo al banco, basta con que acredites que no lo necesitas–. Bueno, ya que estamos aquí no pierdo nada con conocer las condiciones del puesto. 

El sueldo base no estaba mal. Tenía complementos, primas de productividad… 

–¿Y el horario? –pregunté y pareció sorprenderle a mi entrevistador.

–Oficialmente de 8 a 6, pero ya sabes que en este negocio las horas realmente no son algo que se respeten.

–Sí, mejor, porque a mi me sería imposible empezar a las 8, tengo primero que pasar por el gimnasio…

–Me refiero a que se echan muchas más horas.

–¿Eh?  

¿Pero qué estaba diciendo ese insensato?, yo jamás en la vida he trabajado tantas horas seguidas… también es verdad que era un trabajo “ficticio”, por lo visto, pero no podía creer que el mundo real fuera tan esclavista. Estoy seguro de que estaba intentando aprovecharse de mí y de pronto pensé en el trabajo que me había conseguido Warren: “infinitamente mejor” decía, y “con clientes que jamás se quejan”. No iba yo agarrarme a un trabajo de mierda con horario de esclavo y clientes que te agobian para que rentabilices su dinero a toda costa, con grandes beneficios y sin tretas ilegales (como si eso fuera posible). 

–Me temo –le dije al de Oppenheimer– que este trabajo no es realmente algo a mi altura. Necesito tener cierta ‘flexibilidad’ para hacer relaciones públicas y cuidar mi imagen, y sinceramente no creo que esta empresa valore esos principios. Sólo hay que verle a usted. No se ofenda, pero he conocido a limpiabotas con trajes de más calidad que el suyo. Y esa barriga, ¡por favor!, los gimnasios se inventaron ya en el siglo… hace mucho tiempo. 

Ahí concluyó esa entrevista. Y me arrepiento. 

Señor, me arrepiento de… 

…haberle contestado a Puppy tan mal cuando me llamó por enésima vez (basta que le diga que no me interesa para que ella se emperre en acostarse conmigo, se parece un poco a Madonna en eso). El decirle “prefiero retozar con un cadáver en su sarcófago antes de volver a liarme contigo” no fue muy elegante, pero a mí me gusta ser claro en mis negativas. Creo que mi situación actual es un castigo divino a esas palabras. 

Señor, me arrepiento de… 

…ser amigo de Warren. Quiero decir ex-amigo. No, es decir, ahora soy ex-amigo aunque siga viviendo en su sofá.  

Regresó a casa ayer lunes por la noche tostadito a lo caribeño y con cara de ‘qué pasado de rosca he estado esta última semana’. Yo estaba impaciente porque me contara sobre el trabajo que me había conseguido y en el que se suponía comenzaba al día siguiente, es decir, hoy. Necesitaba saber algo al menos para saber qué ponerme. Había barajado cientos de looks en los últimos días, pero todo dependía del trabajo en sí. 

Intenté dejarle margen pero una vez que entró en la habitación se quedó frito sin siquiera desnudarse. Se tomó muy mal que lo despertara para preguntar sobre el trabajo y se limitó a garabatear sobre un papel “352 E, 87th St. esquina con la 1st Ave.” Y volvió a caer en las profundidades de los sueños post-etílicos-y-más-cosas mientras me decía que me presentara a las 8. ¡¿Qué demonios pasaba?! ¿Ya no quedaba en Nueva York un trabajo que no empezara su horario laboral después de las 8? Bueno, no tenía otra salida que ir. Quizás fuera un horario terrible, pero las perspectivas laborales lo compensarían. 

Señor, me arrepiento de… 

…haber cogido aquel maldito taxi.  

–Oiga, oiga, taxista, debe haberse confundido.

–No, amigo, este es el 352 E de la 87.

–No, no, oiga, esto no son las oficinas de…

–Amigo, esta es la dirección.

–No, usted no comprende…

–Lo único que comprendo es que o me paga la carrera y baja del taxi o nos vamos a otro lado, lo que usted prefiera. 

Pagué y me quedé de pié como un pasmarote frente a aquel edificio de ladrillo rojo con una marquesina en la puerta y que no tenía ventanas, más bien, respiraderos. No podía ser. “Es un trabajo para gente que sepa organizar eventos”. Yo esperaba un puesto como director de relaciones públicas de alguna firma. “Ambiente relajado”. Yo esperaba una oficina bonita y zen. “Se necesita empatía a la hora de tratar con la gente”. Yo me imaginaba desplegando mis encantos de relaciones públicas. “Los clientes nunca se quejan”. Me veía en una empresa en que su prestigio y solvencia era suficiente aval para todo lo que emprendiera. 

FUNERAL HOME, rezaba claramente el cartel de la entrada. Warren me había buscado un trabajo en una funeraria. Todavía no me explico por qué no salí pitando en el preciso instante en que me di cuenta de ello. Quizás porque había sido muy desagradable con mi antiguo jefe en la tienda de cómics. O quizás porque había menospreciado un excelente (ahora me lo parecía) trabajo en Oppenheimer. O quizás porque no debía haberle hecho aquel desagradable comentario necrofílico a Puppy. O porque simplemente debería haber aprendido a estas alturas a no confiar NUNCA JAMÁS en Warren.

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