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EL CRACK (el serial) - Capítulo XXIV

Un temperamento incendiario 

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Entré en la sala de reuniones. Medio centenar de ejecutivos contiene la respiración. Saben que soy el que manejo el cotarro, que sus puestos penden de mi estado de ánimo. Me siento a la cabecera de la larga mesa de reuniones, abro el dossier y veo el expediente de OPA a la gran entidad de mi padre. Echo un vistazo, cierro la carpeta y digo “a por él”. Un murmullo de aprobación recorre la sala. Me fijo en Robert, mi ex-asistente, que vuelve a estar a mi servicio, en el puesto que le corresponde. Toma notas y lo interrumpo pidiéndole un café. Nada de ‘por favor’, sólo un expeditivo “¡café!” que lo hace saltar al instante. Se acerca a la mesa donde está la cafetera y allí está mi madre, desnuda, con unos senos turgentes apuntándole directamente a los ojos. Lo besa apasionadamente y él le hace el amor sobre la mesa… ¡Un momento! Esto es un sueño. Soy consciente de ello incluso antes de despertar porque en mis sueños los senos son siempre turgentes, incluso los del lagarto reseco de mi madre. ¡¡Las diez y cuarto!! ¡Me he quedado sobado! Hacía tres cuartos de hora que debía estar en el otro extremo de la ciudad para coordinar mi primer gran trabajo (para vivos). Nota: retomar las citas con mi psicólogo, no me gusta nada el tema de tener a mamá desnuda (y con pechos turgentes) en mis sueños.  

*** 

El operativo está en marcha. La gente de Ron Akran tiene toda la logística bajo control. Los decoradores han convertido la horrible sala dedicada a los bosques de Norteamérica de la primera planta en un exótico salón para una cena deliciosamente elegante. El American Museum of Natural History no quería alquilar la sala para la presentación, fue cuestión de extender un cheque. El conservador no permitía que usáramos un trozo de una enorme secuoya de más de 1300 años como fondo para la mesa presidencial, pero fue cuestión de extender otro cheque. En Nueva York todo es cuestión de cheques, y en este caso de prometer una y otra vez que no se va a tocar nada y que no se va fumar en la sala, ni usar velas, y un largo etcétera que espero alguien haya apuntado porque no le he prestado la más mínima atención. Si incurrimos en algún error ya lo solucionaremos a golpe de chequera. 

Cheque para el florista, cheque para el decorador, cheque para el iluminador, cheque para el catering (después de la cena, claro), cheque para la agencia de azafatas, cheque para el informático que ha preparado la presentación multimedia (no hay que olvidar que esto es una cena de negocios), cheque para la agencia que se ha encargado de poner a los personajes-show de la noche (muchas modelos, alguna cantante, algún actor, Michael Moore, por aquello de la conciencia ecológica… yo personalmente hubiera preferido a Al Gore, pero pagar su caché hace necesario cheques el doble de largos que me permitan colocar tantos ceros). La cena ha salido por un ojo de la cara porque no hemos podido amortizarla con el precio del cubierto como hacen las galas benéficas, pero tampoco ha sido demasiado descabellado el presupuesto de las semi-celebrities que hemos congregado porque hemos sido lo suficientemente ambiguos para que piensen que vienen a poyar una causa en plan ‘salvemos el Amazonas’ en vez de a una presentación de un fondo de inversión. 

El electricista discute con el conservador del museo. Por lo visto la instalación no es todo lo segura que debería, pero dada las limitaciones del espacio (¡es un museo!, no podemos taladrar, derribar nacer regolas para los cables, ¿qué más quiere?) ya es bastante lo que el pobre electricista ha hecho. Ha conseguido reunir todos los cables y disimularlos bajo la alfombra de la entrada y me advierte que no permita a la gente transitar por el lado derecho de la entrada, ¡muy importante!, si no queremos una catástrofe eléctrica. 

Ya me encargo, no se preocupe, señor electricista. 

*** 

Almuerzo con Bel, la voy a llevar a la cena, así podrá constatar cuán maravilloso profesional soy y podrá dejarse de tonterías y llamarme “su novio”.

–¿Cómo llevas trabajar para tú ex-asistente? –me pregunta.

–No trabajo “para” él, sino “con” él. Pero por lo demás bien, bien, sin rencores, exceptuando esas ganas de arrancarle la cabeza cada vez que lo veo.

–¿Estoy a tiempo de no ir? La verdad es que no me gustan las escenas sangrientas en público.

–Tengo controlado mis impulsos homicidas… en público. Oye, Bel, me voy a poner serio –me mira desconcertada como si no fuera posible–, me gustaría saber hacia dónde vamos.

–Pues primero a mi casa, me cambio y vamos a la tuya para que te cambies tú.

–No, me refiero como pareja.

–¿Eso no es una pregunta de chica? ¿No tendría que ser yo la que la hiciera?–Evidentemente, pero como no la haces, pues…

–Rafael, no creo que me estés preguntando eso en serio. Nos conocemos hace muy poco, apenas desde Navidades, tenemos una relación muy irregular, desapareces durante días sin dar señales de vida, reapareces para decirme que vas a fugarte con un amigo a México…

–Brasil.

–Da lo mismo. ¿De verdad crees que yo me puedo plantear hacia dónde va esta relación más allá de un horizonte temporal de un par de horas?

–Ya sé que no soy un novio convencional, nada parecido a lo que hayas tenido con anterioridad.

–Cierto, la mayoría tenían una edad mental superior a los cinco años.

–Tampoco serían tan increíblemente guapos como yo.

–¡Y tú qué sabes!

–Lo sé.

–Vale, te lo concedo, pero no sólo en la belleza se basa una relación.

–Por eso he querido que vengas esta noche a ver mi trabajo, para que veas cuán maduro soy.

–Ver para creer.

–Lo verás… lo verás. 

*** 

El chorreo de limusinas va dejando a los invitados a las puertas del museo, suben las escalinatas y son recibidos por los anfitriones de la cena ¡a la derecha de la entrada! Juro que he tratado que me escuchen, pero desde que ha llegado, Robert ha estado insufrible. Desde que ha asomado el director general de Capital Investors ha empezado a darse aires de organizador, cuando realmente no ha hecho nada. Pero soy maduro, no me afecta, soy profesional, no voy a matarlo… porque Bel me está observando. Cuando he sugerido que ocupen la parte izquierda de la entrada me ha desautorizado, no me ha dado oportunidad de explicar el por qué, y ha tomado las riendas del protocolo. Me ha dejado en un segundo plano y soy lo suficientemente maduro para no matarlo, aunque ganas no me faltan, pero Bel me observa. Un novio con antecedentes penales por asesinato o en el Corredor de la Muerte no es un buen novio, Rafael, contente. Robert sabe que es un impostor, yo conozco a todos los invitados mejor que él, yo soy parte de la vida social de esta ciudad y sería un anfitrión mucho más adecuado. Pero soy maduro, no me va a afectar. 

Veo cómo se acercan peligrosamente al rollo de cables contra el que me han advertido. Me acerco a la comitiva de recepción para advertirles, pero ante la primera palabra Robert me coge del brazo y me aparta.

–Rafael, ni se te ocurra molestar al director general, yo soy tu interlocutor. Si quieres hacer carrera en esto debes saber cuál es tu sitio –me dice con aires de superjefazo–, ya no tienes el estatus para dirigirte directamente a los jefes.

Lo siento, Bel, te has quedado sin un novio maduro. Me contengo, agacho la cabeza, y lo acompaño hasta su puesto al lado de la comitiva de recepción. Cuando está distraído coloco el cable problemático por encima de su pie usando la puntera de mi zapato. Vuelve la cabeza y me pregunta si no tengo nada mejor que hacer que pegarme a él. Está claro que quiere el protagonismo… pues lo tendrá. 

Me disculpo y salgo de la sala llevándome conmigo a Bel. Cuando estamos ya en la calle saco el móvil y llamo a Robert: 

–Tenemos un problema, Robert, Donald Trump se ha caído por las escaleras. Sal aquí corriendo. 

Cuelgo. Uno, dos, tres… apagón en el museo. 

*** 

El caos reina en la entrada el museo. Los bomberos han desalojado todas las salas. Robert no sólo ha provocado un apagón al llevarse por delante los cables, sino que ha conseguido que al arrancarlos del cuadro eléctrico este provoque un incendio.  

El director general de Capital Investors trata de apaciguar al director del museo. Me acerco por detrás y digo con cara de resignación que ha sido un terrible accidente, que aunque Robert me hubiera hecho caso y hubiera evitado colocar la comitiva a ese lado de la alfombra (cosa de la que todos fueron testigos) nadie hubiera creído que pudiera pasar algo así. Que no hay que culpar a Robert (recalco su nombre), que él evitó todas las recomendaciones de seguridad con su mejor intención, y que si fue tan patoso como para arrancar el cable y provocar un incendio, eso le puede pasar a cualquiera… a cualquiera que no hubiera ignorado a sabiendas las recomendaciones de seguridad que yo personalmente le deje bien claras.  

La cara del presidente me deja ver que tiene claro a quien va a culpar. Y yo tengo claro que nunca seré un novio maduro, solo me queda que Bel me acepte tal como soy.

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