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Archivo de Mayo, 2009

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXXI

Viernes, 29 Mayo 2009

¿Así que soy rico?   

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Pues sí, sin duda era rico. Habíamos analizado los papeles de arriba abajo, de delante a atrás, la letra grande y la pequeña… y sin lugar a dudas no se trataba de una broma o error. ¡Era rico! Los documentos que debía firmar eran ciertamente el compromiso de mi padre de pasarme una pensión vitalicia, sí, pero (ahí estaba la sorpresa) a cambio de toda una serie de acciones, participaciones y propiedades que en algún momento de mi vida habían sido transferidas a mi patrimonio particular (que yo creía inexistente). Todos me preguntaban que en qué momento había recibido todo aquello y se negaban a creer que no tuviera ni la más pajolera idea.

Sobre las cuatro de la mañana empecé a tener pequeños flashbacks. Comencé a recordar cómo en cada visita que papá hacía a mi sucursal traía una pila de documentos que me hacía firmar en su presencia, como si fuera algo rutinario. Nunca leí ningún papel, me limitaba a estampar mi rubrica. ¡Era mi padre, no iba a querer mi mal! (Y ciertamente no me hizo ningún mal, sólo me enriqueció sustancialmente mientras yo lo ignoraba). Y tal como me había dado todo aquello ahora pretendía quitármelo. ¡Por eso había tantos abogados en la reunión que insistían que firmara en aquel preciso momento y que no me llevara los papeles! No querían que los leyera. Todos esos abogados del Club Yale no estaban allí por el acuerdo de divorcio de mi madre, o al menos no sólo por eso, ¡estaban por mí!

—¿De veras que no sabías nada? —me preguntaba incrédula Belinda.

—Ni idea.

—Pero al pagar los impuestos…

—Nunca me he ocupado de eso, Bel. Todos mis asuntos burocráticos los llevaban desde la empresa. Jamás he visto una declaración de renta, por lo que a mí se refiere no sé siquiera si he pagado alguna en mi vida.

—No lo entiendo —apostilló Warren—, si intentaban colártela ¿cómo es que han dejado que te traigas los papeles y no te han hecho firmarlos allí mismo?

¡Ahí está la cuestión! Los abogados estaban dispuestos a matar si era preciso con tal de que los documentos no salieran de sus manos. Fue mi padre el que les ordenó que dejaran que me los llevara porque estaba seguro de que no los leería. Me cree tan descerebrado y perezoso como para no repasar los papeles antes de firmarlos. Y lo más triste es que estaba en lo cierto. Si no hubiera dejado a Puppy sola con los documentos durante horas yo nunca los hubiera leído.

—¿Pero para qué cederte todo este patrimonio para después simplemente quitártelo? —dijo Bel.

¿Para qué? Piensa, ¿qué no encaja de esta historia? ¡Ajá!

—¿Dónde vas, Rafe? Son las cuatro de la mañana —escuché a Warren gritarme mientras salía corriendo de mi apartamento.   

***

Eran las seis de la mañana cuando regresé. Todos estaban dormidos en el sofá, unos encima de otros. Estaba agotado y cabreado, aletargado por el continuo estrés de las últimas veinticuatro horas. Me puse a hacer café, necesitaba despejarme, desafortunadamente no tenía ni idea de cómo funcionaba aquel cacharro. Estaba a punto de estrellarlo cuando las manos de Bel me quitaron la cafetera de las manos. La desenroscó y la cargó de café molido.

—¿Tienes café y no sabes usar la cafetera? —me dijo con una sonrisa tierna.

—No es mío. Ni la cafetera ni el café, no sé ni siquiera si está caducado o no. Todo estaba ya aquí cuando alquilé el apartamento.

—¿Qué vas a hacer? —me dijo tras una pausa tensa.

—No lo sé.

—No te puedes quedar con todo eso, no te pertenece.

—Legalmente sí. En España hay un refrán que dice que “el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. Mi padre me ha manipulado, quizás debería recibir un poco de su propia medicina.

—El rencor no es buen consejero.

—¿Tanto te defraudaría que me quedara con todo eso?

—Me defraudaría que fueras avaricioso y codicioso, porque no es ese el hombre del que me enamoré.

Respiré hondo. En mi vida jamás había tenido claro qué era aquello de ‘hacer lo correcto’. Siempre me había dejado llevar por mis impulsos y había satisfecho mis deseos sin preocuparme de las implicaciones. Ahora me debatía moralmente y eso era síntoma de que no era el mismo Rafael Ridao de hace meses, algo había cambiado en mí. Me moría de ganas de desplumar a mi padre y quedarme con todo, vivir como un maharajá y sentir mis ansias de venganza saciadas. Pero por otro lado se había despertado en mí cierta necesidad constructiva, de hacer algo útil, y sobre todo ser mejor persona.

—He tomado una decisión —le dije a Bel—, y necesito que confíes en mí.

Cerro los ojos como enfrentándose a un gran sacrificio y asintió con la cabeza. En mi fuero interno yo sabía que era una confianza provisional, a la espera de ver el signo de mi decisión, pero estaba seguro de que no la defraudaría a pesar de no ser la decisión más ética tomada en mi vida. Enseguida pegué un grito que despertó a toda la casa y le ordené a Warren que se espabilara, que teníamos mucho que hacer antes de la reunión con mi padre.   

*** 

Vi llegar el coche de papá desde la ventana. Lo había llamado bien temprano y lo había citado a primera hora de la tarde para darle los papeles. No entendía por qué le había citado en un edificio de oficinas de la séptima avenida. Era un espacio diáfano, de paredes blancas y grandes ventanales. Elegante y minimalista pero con cierto sabor retro. Me encantaba. Suelo de parquet. Escuchaba mis propios pasos mientras deambulaba esperando la llegada de papá, y allí estaba ya, subiendo el ascensor.

Llegó con su cara de “no me hagas perder el tiempo” pero yo estaba preparado. Lo había ensayado mil veces en mi cabeza.

—¿Por qué me has citado aquí? —me soltó a bocajarro, ni “hola, hijo”, ni ningún otro formalismo.

—Estoy viendo oficinas y quería tu opinión. ¿Qué te parece?

—Oficinas para qué —me dijo suspicaz.

—Creo que voy a montar un negocio. No, no te preocupes, no voy a volver a las finanzas, ya tengo claro que no es lo mío. Últimamente he descubierto que se me dan bien las relaciones públicas y la organización de eventos. He pensado que ahora que mi amigo Warren está sin empleo quizá podríamos establecernos por nuestra cuenta. ¿Qué te parece?

—Bien, bien…

—Tendremos que pedir un préstamo para ponerlo en marcha, ¿pero para qué tiene uno a un padre banquero, no?, no creo que haya problemas en pedirte un préstamo, ¿verdad?—Claro, claro, lo estudiaremos… ¿Y los papeles? Tengo un poco de prisa.

—En la ventana —le señalé el alfeizar de uno de los ventanales. La oficina estaba vacía, lista para alquilar, totalmente desamueblada, el poyete de la venta era el único sitio donde había podido dejar la carpeta. Mi padre dio dos zancadas y se hizo con la carpeta.

—No están firmados.

—¿No? —dije con sorpresa fingida—, espera, qué torpe, tienes un boli.Claro que tenía un boli. Me lo extendió e hice el amago de firmar pero me detuve en el último momento.

—¿Sabes? Acabo de recordar que no había firmado los papeles… porque no pienso firmarlos.

—¡¿Qué?! —su cara se descompuso.

—Es que da la casualidad que los he leído y he llegado a la conclusión de que 3000 dólares al mes es mucho menos de lo que renta todo este patrimonio que quieres que te traspase.

—Chantaje —me espetó rechinando los dientes.

—Que palabra más fea. Pero la prefiero a estafa, evasión de capitales, o más concretamente… ¿cómo es el término que se usa en España?, levantamiento de bienes.

—¿Qué quieres? —por fin salió a flote el mítico Rafael Ridao, hombre de negocios ante todo. En su rostro se veía que estaba calculando como minimizar daños.

—No te preocupes papá, no quiero quedarme con todo lo que me habías “regalado”. Digamos que vamos a firmar un acuerdo que he redactado yo. Tómatelo por un juego. Podrás recuperar tu patrimonio poco a poco pero con mis reglas.

—¿Y si no estoy dispuesto?

—Entonces tendré que quedarme con todo y tomar las riendas de tu maravilloso imperio financiero.

—No tienes acciones suficientes para tomar decisiones, nunca podrías arrebatarme el control.

—¿Yo sólo?, claro que no, pero no estoy sólo.

No puedo decir que fuera una entrada magistral improvisada, porque lo habíamos ensayado hasta la extenuación. Unos tacones sonaron en el umbral de la oficina y una silueta forrada de Chanel entró en escena.

—Mamá, pasa. Precisamente estaba hablando de ti. Le estaba diciendo a papá que con las acciones que te corresponden por el divorcio más las que él tan generosamente me ha cedido podríamos quedarnos con el control de todo.

El rosa a lo Brad Pitt

Mircoles, 27 Mayo 2009

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Hay tendencias a las que dices “¡no, gracias!” de entrada y que después, ummmm, le brindas un quizás. ¿Qué pensaron cuando vieron la invasión rosa en las colecciones que los diseñadores propusieron para esta primavera-verano? Pues eso, “no gracias”. Vale, una camisa rosa con un traje azul marino quizás, incluso se platearon un suéter en rosa palo (los más atrevidos con efecto degradé, como los de Ferragamo)… ¡Pero ahí me planto! ¿En qué estaban pensando esos diseñadores locos cuando sacaron a la pasarela total looks en rosa? Obviamente no en un hombre real que tiene que ir a la oficina todos los días. Pero hay ‘momentos de estilo’ que nos hacen tambalear los pilares de nuestros prejuicios.

Me explico: Brad Pitt. El galán de cutis ajado (de verdad que tiene un cutis realmente horrible, solo que eso en las distancias largas no se aprecia) se presentó en Cannes con un traje de Tom Ford en rosa. Y nuestra retina se ha quedado traumatizada (en el buen sentido) por el derroche es estilo del actor (y masculinidad, el rosa no es sinónimos de ‘mariquita’, ¡por favor, abajo con los clichés). Un traje en rosa pastel, camisa blanca, fular gris y gafas de aviador… así es como se ha ganado la portada del WWD. Un bravo para su estilista (sea quien sea),  ¿porque no pensarán que este genial estilismo es obra de Pitt ni de su consorte Angelina? ¡No, por favor!, ellos se visten con lo que una aguda estilista les prepara para cada ocasión. Los actores/actrices sólo van vestidos por ellos mismos cuando los vemos pillados por los paparazis con gorras de beisbol y con pintas de indigentes. Cuando los vemos realmente elegantes es que se han dejado vestir cual Barbie y Ken.

Para los que quieran emular a Pitt encontramos trajes rosas en las colecciones de Givenchy (abajo a la derecha) o Salvatore Ferragamo (abajo en el centro), aunque si estas propuestas pueden parecerle un tanto ‘electrizantes’, yo aconsejo comenzar por los grises rosados, que son tonos discretos entre el gris y el beige pero con un sabor de fondo a rosa como se puede ver en Ermenegildo Zegna (abajo a la izquierda).

¡Que no me entere yo que desprecian más el rosa!

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Ana Locking para Fosco

Lunes, 25 Mayo 2009

analockingzapatos1.jpgEl que la industria y los creadores trabajen codo con codo es una de las grandes demandas que muchos hacemos para que la moda patria alcance niveles adecuados de excelencia. En otros países (los que verdaderamente están en el circuito internacional de la moda) se hace y el éxito de estas fusiones es evidente. Pero en España también se dan casos, menos, sí, pero realmente brillantes.  

La semana pasada se presentó la colección de zapatos, bolsos y accesorios (para hombre y mujer) que la diseñadora Ana Locking ha realizado para la firma Fosco y de la que ya vimos un avance en febrero cuando desfiló su colección otoño/invierno 2009 en Cibeles. Hay que agradecer a Fosco esta apuesta por el diseño nacional, ya que hemos visto colaboraciones con otros nombres como Josep Abril y Miriam Ocariz.  

¿Cómo surge este proyecto con Fosco? Asistí, invitada por Miriam Ocariz a la presentación de la colección que ella había realizado con Fosco el año pasado y allí me presentó a parte del equipo de la firma. Nos conocimos fugazmente y cambiamos impresiones sobre el estupendo trabajo que habían realizado tanto Miriam como ellos en la resolución de la colección. Mi sorpresa fue cuando meses más tarde Isabel Sanuy, en la dirección de Fosco, me llamó para invitarme a colaborar con ellos y yo por supuesto acepté encantada. Desde el principio me dieron libertad total de creación, y eso es fundamental para un diseñador. 

¿Qué parte de este proyecto ha supuesto mayor reto para ti? Hay que tener en cuenta que estos tacones y cuñas no existían en el mercado, se han diseñado y realizado exclusivamente para esta colección y esto ha complicado mucho el proceso, es mucho mas fácil cuando combinas cosas que ya existen, pero he encontrado en Fosco a profesionales estupendos como José Luis Rico en la coordinación de la realización de los zapatos, con él fui a las fábricas de hormas, conocí al escultor de tacones, a los montadores y patronistas de los zapatos, a los escultores de las cuñas de madera (encantadores), absolutamente artesanales y con retoque final a mano uno a uno. Almacenes de pieles y materiales, fábricas de fornituras… José Luis entendió muy bien mi trabajo desde el principio y a Pablo Paniagua en la coordinación de la imagen que ha estado pendiente de cumplir mis deseos con toda la imagen uno por uno. Ambos han realizado un trabajo estupendo.Alberto Gonper, mi mano derecha y encargado de toda la imagen gráfica de mi firma, ha tenido muchísima ‘culpa’ del estupendo resultado de la colección. Me ha ayudado en todas las decisiones y ha aportado grandes ideas. Evidentemente no todo era posible, pero la sensación final es que el resultado es casi como yo lo había imaginado desde los primeros bocetos. 

¿En qué claves crees que se ve claro que estos zapatos forman parte del universo de Ana Locking? Mi universo tiene mucho carácter, mi ropa es femenina y valiente, mis diseños están cargados de pasión, y al mismo tiempo tienen una imagen vanguardista retomada desde el clasicismo. Esta colección de zapatos tiene esas mismas características. Yo siempre he tenido los pies en el suelo, pero nunca a menos de siete centímetros del mismo. Ésta circunstancia, al igual que mi ropa, siempre ayuda a cambiar el estado de ánimo. 

¿Qué tipo de calzado no puede faltar en tu armario? Cualquiera que se interese por la colección que he creado para Fosco se dará cuenta de que en mi armario abunda el accesorio por excelencia: El zapato de tacón. Este marca el cruce entre la realidad y la fantasía. Los zapatos de tacón siempre son mágicos, son favorecedores, producen una maravillosa sensación de metamorfosis. Si una mujer no siente esta magia al calzarlos, es mejor que no se los ponga.

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EL CRACK (el serial) - Capítulo XXX

Viernes, 22 Mayo 2009

Dispara, sí, pero no manches   

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—¡Imagina, tío! —le digo a Warren con todo el entusiasmo que mi adrenalina me proporciona—, allí estaba yo, encañonado directamente entre ojo y ojo, firme como el acero, desafiante.

—¡Ejem! —tose Bel detrás de mí—, perdona, un segundo, a ver… O cuentas las cosas de forma medianamente creíble o tendré que contarlo yo, ¿recuerdas?, yo también estaba allí.   

***

Nunca en mi vida había experimentado nada igual, mi cuerpo me pedía desmayarme, pero el terror me hacía permanecer inmovilizado. El loco de Robert (con pinta de desquiciado), por alguna razón achacaba su despido y caída en desgracia a mí. Capital Investors se habían encargado no sólo de ponerlo de patitas en la calle sino de que no consiguiera trabajo tras la debacle de la fiesta en el American Museum of Natural History. Bueno, sí, fui yo el que lo preparé todo para que Robert provocara por accidente el apagón, pero el incendio posterior fue un daño colateral no planificado. Además se lo merecía por déspota, trepa y traidor. Aunque no podía exponerle mi punto de vista mientras tuviera un arma con que apuntarme a la cabeza, ya que tengo la mala costumbre de no discutir con gente armada.

—Me has arruinado la vida —me escupió—, me has hundido, no te bastó con tenerme pisoteado mientras eras mi jefe, mientras que yo me afanaba por cubrir tus errores, sacarte de los líos en que te metías…

—Eres un trepa —ahí me envalentoné— y un envidioso. A ver, ¿cuándo me has sacado de un lío?

—¿Aquella vez que conseguí que te soltaran de los calabozos de madrugada por agredir a la seguridad del aeropuerto?

—¡Ya sabía yo que ibas a salir con eso! ¡Tú sabías que era un directivo fantasma, que no pintaba nada, y me mantuviste en el engaño!

—Te preparaba todas las mañanas la mesa para que te pusieras al corriente, pero preferías pasar cada día del club a los almuerzos con starlettes descerebradas y modelos autistas. Te prometo que no te hubiera sido muy difícil darte cuenta de la situación con que hubieras trabajado de verdad un solo día de tu vida. Cubría tu incompetencia, excusaba todas las citas de trabajo a las que no comparecías, rellenaba memorandos que se suponía tenías que redactar tú y que pasaban días en la bandeja de entrada de tu ordenador sin que ni siquiera abrieras la cuenta de correo. ¡¿Y qué recibo a cambio?! El encono de un  psicópata que no ha parado hasta que me han despedido e introducido en no-sé-qué lista negra que me cierra todas las puertas. ¡Estoy desesperado!

—No, estás loco —le respondo flemático. He comprendido rápidamente que si viniera a matarme ya lo hubiera hecho, no me hubiera soltado el discurso.

—Los locos hacen locuras.

—Y los tontos tonterías, ¿quién era tu madre, la madre de Forrest Gump? ¡Qué suerte tener dos hijos subnormales!

—Tío, tienes pelotas —escucho a mis espaldas decir a un cliente del café.

—Tengo las que les falta a este —respondo sin perder de vista a Robert, la pistola sigue estando ahí después de todo.

Una sombra de desconcierto cruza su rostro. ¿Qué pretendía?, ¿verme de rodillas suplicando por mi vida? Pues no le había salido el plan bien, ¿y ahora qué?, ¿me tendría que matar?, ¿era ese su plan B? Era obvio que esa alternativa no había cruzado por su mente. Pero algo tenía que hacer. Estoy seguro que estaba pensando “esto hay que rematarlo de alguna manera o quedaré como un auténtico idiota”. Así que optó por una solución digna pero absolutamente estúpida y predecible: se metió el cañón del revolver en la boca. Bel soltó un grito, lo que me molestó en extremo ya que mientras que mi vida era la amenazada había permanecido absolutamente callada, pero cuando Robert amagó con el suicidio se descompuso. “¡Haz algo, Rafe!” me dijo. Así que hice lo único que podía hacer para que ese loco no esparciera sus sesos por toda la cafetería, me fui hacia él, lo cogí del brazo y lo arrastré hasta la calle. Lo lancé a medio de la acera de un empujón y cerré la puerta del local tras de mí. La gente aplaudió, se levantaron del suelo y siguieron disfrutando de su pedido, algunos clientes se quejaron de que el café se había enfriado. ¿Qué quieren? ¡Esto es Nueva York!

—¡¿Pero qué has hecho?! —no comprendía por qué me gritaba ahora Belinda.

—Pues sacarlo de local, evitar que se suicidara aquí, ¿no es lo que querías?

—¡Quería que evitaras que se suicidara!… Aquí, afuera o donde sea. No que lo sacaras del local y le dejaras el arma para que cometa una locura en la esquina.

—Si lo hace en la esquina ya no es asunto nuestro, eso ya es problema de… del departamento de policía, de salud pública o el departamento de limpieza, ¡yo que sé qué organismo es responsable de la gente que esparce sus sesos en la calle!

—Eres el ser más insensible que conozco, Rafael Ridao. No sólo le causas la ruina a ese pobre hombre por un extraño sentido del agravio que te has montado en su cabeza, sino que eres capaz de dejar que se suicide sin levantar un dedo por evitarlo. Cuando entró estabas diciendo que no habías hecho nunca daño a nadie, pues yo creo que eres un ser malvado.

Empezaba a estar furioso. Apreté los puños, me giré y salí del restaurante. En menos de dos minutos estaba de vuelta. Le tendí la pistola de Robert a Belinda y le dije:

—¡Ya está! Ya no puede suicidarse. Estaba ahí fuera todavía, con la pistola en la boca. Si hubiera querido suicidarse de veras lo hubiera hecho hace rato. Pero si te quedas más tranquila aquí tienes. Sin pistola no hay suicidio.

Belinda hizo un gesto de desesperación y salió ella misma del restaurante en busca del suicida que no terminaba de suicidarse. No comprendo a las mujeres, ¡qué más le da a ella que ese tío se tire bajo un coche o se arroje de un rascacielos! El móvil de Puppy, que yo había cogido porque había perdido el mío, empezó a zumbar dentro de mi chaqueta, era Warren.

—Rafe, ¡menos mal! He llamado a tu casa y Puppy me ha dicho que llevabas su móvil. Voy camino de tu casa, vete para allá y no te muevas de allí, Robert te está buscando para matarte —¡a buenas horas viene con el aviso!—, está mañana apareció en mi apartamento para preguntar dónde vives, me hice el loco, le dije que habías cambiado de domicilio un centenar de veces en las últimas semanas. Así que me hizo decirle dónde trabajabas.

—Y se lo dijiste —así que esa sensación de constante vigilancia de las últimas horas había sido Robert siguiéndome por toda la ciudad.

—¡Tío, tenía una pistola!

—Gracias, Warren, muchas gracias, de veras, ¿con amigos como tú quién necesita enemigos? Un momento, ¿cuándo dices que apareció en tu apartamento?

—Esta mañana, a eso de las siete y cuarto —miré mi reloj, eran casi las doce y media de la noche.

—¿No crees que me lo podrías haber dicho antes?

—Es que hoy he estado muy liado y no me he acordado hasta ahora.

Es increíble. Es absolutamente increíble que olvidara que andaba buscándome un psicópata homicida… ¡Quince horas! ¡Quince horas para recordar algo tan vital!   

*** 

Y así es como hemos terminado todos en mi apartamento. Bel ha insistido en traer a Robert y meterlo en mi cama para que descanse después del episodio homicida. Dice que es lo menos que puedo hacer por haber arruinado la vida de ese hombre ¡No es para tanto!

Warren llegó al apartamento poco antes que nosotros, Puppy ya le había abierto la puerta. No hemos comentado aún su desliz y redefinido el concepto de amistad que nos une. Belinda está agotada por el estrés de la noche y parece haber olvidado que me había dejado, ¡bien! Puppy no ha abierto el pico durante todo el relato, y no porque estuviera cautivada con la historia, de hecho parece no haber escuchado nada, está absorta en el legajo de papeluchos que mi padre me dio para firmar para lo de la pensión. Debe resultarle fascinante porque incluso lleva puesta las gafas de leer que no usa nunca, ni a solas, sólo las saca para ojear el Vogue París. Dice que todavía no se ha escrito nada lo suficientemente sublime que justifique que se la vea con gafas. Pues parece que los papeles la han cautivado. 

—¿Tú qué dices, Puppy? —le pregunto.

—Que no lo entiendo.

—No hay nada que entender, Robert está loco y punto.

—¿Quién es Robert?

—¿Entonces qué no entiendes?

—¿Por qué te obstinas en vivir es este apestoso apartamento cuando eres inmensamente rico?

—Otra vez se te ha subido la laca de uñas de Yves Saint Laurent al cerebro, querida. ¿No recuerdas que papá me cortó el grifo hace meses? Perdonadla —digo condescendiente a los otros— pero está un poco senil.

—Idiota. No hablo de la fortuna de tu padre, sino de la tuya.

—Yo no tengo nada, querida.

—¡Anda que no!

—¿Eso quién lo dice?

—Pues lo dice aquí, y bien clarito, rico, rico, rico, pero que muy rico —y me enseña los papeles de papá.

Con las llaves al cuello

Mircoles, 20 Mayo 2009

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Y seguimos con la joyería…¿Qué terrible secreto llevamos a cuestas para sellarlo con un candado y nunca separarnos de la llave que lo desvele? No hay colgante que pueda tener más interpretaciones como el llevar una llave al cuello. ¿Llevas la llave de un amor o simplemente del sexo (de un cinturón de castidad, como en la Edad Media)? ¿Llevas la llave de la sabiduría de la simbología masónica o te basta la suerte de las llaves esotéricas? ¿Qué mensajes estás mandando con una llave al cuello?

Tiffany’s ha lanzado una deliciosa colección de llaves en oro, plata y diamantes  con aspecto de llaves antigua que lucen realmente esplendorosas en el escote. Pero no es nada original. En la colección de joyería de Louis Vuitton también encontramos llaves de diamantes (aunque con un aspecto más actual) e incluso candados. Pero ya sabe que voy de moderno por la vida, así que me gustaría mostrarles algo más ‘alternativo’.Se trata de una firma de Los Ángeles creada por Tiffany Lee y que lleva por nombre Kid Viskous, que utiliza materiales menos nobles (como el vinilo) pero con resultado muy muy interesantes. Esta firma es uno de los últimos fenómenos en joyería avant-garde. Olvídate de los diamantes y el oro, lo que cuenta es el diseño.

¡Ya lo sé! Estás pensando: “yo, delante del escaparate de Tiffany’s lo único que me puedo permitir hacer es pegarme un cabezazo y caerme inconsciente al acerado”. Pues no te preocupes, ya sabes que siempre doy opciones low cost para todo. Paséate por uno de tantos mercadillos populares que hay en la geografía española donde se vende basura a precio casi de regalo (¿basura a precio de regalo?, realmente digo tonterías) con sólo que regatees un poco (y que encuentres la cartera en su sitio a la hora de pagar: vigila la cartera, no digas después que no te avisé). Hazte con una de esas llaves antiguas (no demasiado grandes, no queremos echar a perder las cervicales) y llévala a pulir. Así tendrás un colgante estupendo por casi nada. Y si además eres mañoso/a y sabes dorar con pan de oro puedes convertirlo en una auténtica joya.

El que no se consuela es porque no quiere.

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Bonito (y caro) souvenir

Lunes, 18 Mayo 2009

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Esta semana va a estar dedicada a las joyas porque a veces me sorprendo de lo ignorante que puedo llegar a ser (y no digo “podemos llegar a ser” para no subestimar a nadie) en este ámbito. Creemos que estamos en el cénit de la civilización y que los procesos artísticos y técnicos que empleamos en la actualidad son los más refinados y bellos de la historia. ¡Falso!

Basta con darse una vuelta por los museos (aprovechando hoy es el Día Internacional de los Museos en 145 países) para constatar que nuestro grado de refinamiento no es nada comparado con el de griegos, romanos e íberos, por poner algún ejemplo. No hay más que mirar el famoso Tesoro del Carambolo descubierto cerca de Sevilla, de origen tartésico, y que se data entre los siglos VIII y III antes de Cristo. ¿Recuerdan aquella desagradable enfrentamiento en Ayuntamiento sevillano y Jesús Aguirre, marido de la Duquesa de Alba y Duque consorte allá por la Expo 92? Aguirre ejercía de Comisario de la Expo 92 y encargó a un prestigioso joyero de Madrid, conocido suyo, una reproducción en oro del tesoro con propósitos expositivos, pero el Ayuntamiento alegó que podía ser que las piezas que se devolvieran no fueran las originales y todo ello llevó a un cruce de acusaciones la dimisión de Aguirre.

Pero me desvío de la cuestión, que no es más que la vigencia conceptual de las joyas a.c. (ante de Cristo). Pero no es nada excepcional el caso de este tesoro. A ver, elijamos un museo al azar. Ummm, a ver, a ver… El Metropolitan de Nueva York (bueno, no es al azar, y ya verán por qué). Buscamos entre su catálogo greco-romano joyas. ¡Bingo! ¡Gamínedes! (abajo) Cojamos como ejemplo la colección de joyas llamada Gamínedes por representar a este príncipe troyano convertido en águila por Zeus. Las joyas deben ser del 330 al 300 a.c., y sin embargo son totalmente actuales dignas de las más prestigiosas joyerías del mundo (a no ser porque muchas de las joyas que encontramos hoy son mucho más burdas que las de la antigua Grécia).

Y en ello deben estar porque MET (y ahí viene la justificación de porqué lo he elegido ‘al azar’) le ha encargado al joyero Gurhan Orhan una edición limitada de joyas (arriba) para celebrar la exposición “Afghanistan: Hidden Treasures from the National Museum, Kabul” que se inaugura el 23 de junio. Estas joyas están inspiradas en las famosas piezas antiguas afganas (escondidas durante el dominio Taliban) que se exponen en esta muestra, incluyendo la célebre Tesoro Dorado de Bactria. Esto hace que el concepto de ‘recuerdo de museo’ se eleve a un nuevo nivel. No es lo mismo que te claven 30€ por una traza con una obra de arte inscrita que gastarte 28.780$ en una gargantilla de oro de 24 kilates, turquesas y perlas.

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EL CRACK (el serial) - Capítulo XXIX

Viernes, 15 Mayo 2009

¿Será que no me quiere?   

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He superado el ‘Sushigate’. Puede parecer una nimiedad, pero cambiar las costillas de cerdo en el jardín por sushi en una galería de arte puede significar una hecatombe cuando ya has cerrado todos los flecos, pagado adelantos, llevado invitaciones a imprenta… y perdido unos Ferragamo por el camino. La clienta para la que preparábamos la fiesta había tenido un cambio de humor radical y ya no quería una agradable soirée de jardín, sino que quería algo totalmente distinto, lo que para nosotros, los organizadores, significaban simplemente ‘pérdidas’. Yo sé tratar a estas socialités bipolares, me he criado entre ellas, así que sabía que la cuestión, la clave, estaba en averiguar de dónde partía ese cambio de opinión repentino. Como un experimentado loquero de la Gran Manzana, a los que he recurrido con asiduidad para mantener mi equilibrio emocional, empecé a aplicarle la terapia explorativa para llegar a la génesis del problema sin preguntar directamente. Después de media hora divagando por teléfono me comentó de pasada que una tal Roberta, amiga de la susodicha, le había contado que había estado en una presentación de una cruise collection de un joven diseñador de moda en una galería del SoHo, y que le había parecido fantástico, “con ese delicioso sushi”. ¡Ahí estaba la clave! Un comentario chic solo se contrarresta con una opinión ultrachic, así que le propuse tomar una copa para cerrar los detalles. Acordamos vernos en el Underbar del W Union Square. En cuanto colgué llamé a Puppy, le expliqué mi problema y me dijo que se dirigía ya hacia allá.

La clienta me esperaba en un sensual vestido rojo de Jason Wu, todas vestían Jason Wu desde Michelle Obama, aunque fueran republicanas. No se la veía nada mal a pesar de sus cincuenta y tantos años. Warren y yo nunca hablamos de la edad real de las damas, sino de la que aparentan dependiendo de quién es su cirujano plástico. Usábamos frases como “Christina está fantástica, no le echo más de 35 años-Suffolk”, o lo que era lo mismo, que el Dr. Suffolk hacía que una cincuentona nos pareciera apetecible como una treintañera. Cuando apareció Puppy simulando que era una casualidad me sentí aliviado, porque no dudaba de que mi plan funcionaría y porque la señora en cuestión no dejaba de sobarme mi pierna con sus Manolo Blahnick cual gata en celo.

—¿Qué tal, Puppy?, ¿conoces a Annette?

—Claro, ¿cómo estás, querida?, ¿qué hacéis aquí?, ¿conspirando?

—No estás muy alejada —le dije—, concretamente planificamos su próxima fiesta.

—¡Fiestas!, ¡me encantan las fiestas! —“lo sabemos Puppy, ve al grano y no sobreactues”, me dieron ganas de decirle—, ¿sabes?, estuve hace poco en una de esas deliciosas fiestas de jardín, ¡tan super! Y lo mejor fue que a la anfitriona se le ocurrió deleitarnos con maravillosas costillistas de cerdo en salsa. ¡Fue tan brutal!

—Chic —le dije alarmado por la palabra ‘brutal’ que no estaba en el guión planificado.

—Eso, chic, esa es la palabra que busco. ¡Fue tan chic!

Annette la miraba con la boca abierta, pero desde donde yo estaba no podía ver si se había tragado el anzuelo. Hasta que dijo…

—¡Dios! ¡Es justo lo que yo voy a hacer! Tienes que venir a mi fiesta, Puppy, mis costillitas serán mil veces mejores, ¿verdad, Rafael?

¡Bingo!   

*** 

Para cuando dejamos el bar eran las once, estaba molido. Lo había conseguido, había salvado la crisis, pero mis energías se habían ido en el intento. Puppy me acompañó a casa, a mi modesto apartamento que pronto dejaría en cuanto firmara los papeles de la pensión que papá iba a pasarme. En dos ocasiones me detuve en medio de la calle por una horrible sensación de sentirme observado. Puppy me tranquilizó, ella también pasó una época con manía persecutoria, allá por el 2007 que estaba muy de moda entre los asiduos al psicoanalista, pero se solucionó a bases de pastillas. Ahora estaba de moda los comportamientos TOC (trastorno obsesivo-compulsivo) desde que se sabe que Justin Timberlake los sufre, Puppy me enseñó sus pastis para su TOC.

La luz del contestador chispeaba. El mensaje era claro: “¡cabrito!”. Era Bel, le había dado plantón, pero seguro que comprendería que había sido por causa de fuerza mayor. La llamé.

—Bel, cariño. He tenido un día horrible.

—Siempre tienes un día horrible, Rafael. Y desde que salgo contigo también los tengo yo, por tu culpa. Estoy harta.

—¿No vas a escucharme siquiera?, me han atracado en Harlem, me han robado los zapatos —no dice nada, es buena señal, está dándome una oportunidad para explicarle—. Después llegué tarde a la cita con mi padre, pero había problemas con la fiesta que te dije que estaba organizando y tuve que irme volando. He estado luchando hasta ahora con la clienta para que no cambie los planes.

—¿Lo has conseguido?

—Sí, al final seguimos con el plan inicial, hubiera sido desastroso…

—¿Estos papeluchos qué son? —pregunta Puppy con los documentos que me ha dado papá en la mano.

—Bien, dile buenas noches de mi parte a Puppy —me dice Bel muy tranquila—, ahora me voy a trabajar, he cambiado el turno para no tener que pensar en el gilipollas egoísta que piensa que soy tan estúpida como para tragarme que ha tenido un mal día mientras está en su apartamento con su ex-novia. Lo malo es que casi lo consigues. Por favor, quema mi número de teléfono y olvida mi dirección, ¡te odio!

Me ha colgado. ¿Qué he hecho en mis vidas anteriores para que todo me salga mal en esta? Le haré caso, no la llamaré ni iré a su casa, pero no me ha dicho que me olvide de dónde trabaja, es un café público, no puede echarme, me tiene que escuchar.

—¿Dónde vas? —me dice Puppy cuando me ve coger la chaqueta.

—A salvar mi relación.

—Warren tiene razón, te has vuelto monotemático, siempre con tus crisis de pareja desde que está con esa camarera. Conmigo no tenías crisis.

—Contigo no tenía nada a lo que llamar ‘relación’.

—Tenías sexo.

—Qué superficial eres, Puppy.

—Sexo del bueno. ¿Te importa que me quede aquí?

—Haz lo que quieras, siempre lo haces —le digo saliendo a todo correr.

Definitivamente debo estar loco, no por pensar que puedo hacer que Bel se crea que todo ha sido de lo más inocente, sino porque sigo con esa sensación persecutoria. Un motivo más para reanudar mis sesiones con el psicólogo. Bel ha llegado antes que yo al café, se ha puesto su uniforme y está anotando pedidos. Cuando me ve no hace ni una mueca, simplemente me ignora.

—Bel, cariño, todo tiene una explicación —no responde—. Sé que siempre estoy con excusas y justificaciones, pero te prometo que si Puppy estaba conmigo es por una buena causa, era una pieza fundamental en el plan para capear la crisis con la clienta. No me he acostado con ella, ¡te lo juro! —sigue callada, ni siquiera me mira, va de un lado a otro repartiendo café y yo la sigo como un perrillo faldero—. Si no eres capaz de comprender que en este mundo no hay ninguna mujer que me interese, sólo tú, entonces no sé para qué me molesto.

—Eso digo yo —ha hablado—, ¿para qué te molestas?, ¿para estar siempre con esta tensión?, siempre disculpándote. ¡Si ni siquiera sabes por qué estoy enfadada!

—¿No? —¿no lo sé?—, ¿por qué estás enfadada?

—Precisamente por eso, porque no sabes nunca por qué estoy enfadada.

—Espera, eso no tiene sentido, eso es uno de esos trabalenguas femeninos que enmascaran un sinsentido. Estás enfada porque no sé por qué estás enfadada, pero en ese caso no hay razón para que estés enfadada, porque tu enfado es posterior a mi incomprensión a un enfado que se debe producir después mi incomprensión.

—¡¿Qué dices?!

—¡¡¡Que no lo entiendo!!!

—No hay nada que entender, Rafael. Porque no se puede entender que esto sea una relación a cuatro con Warren y Puppy de por medio. No se puede entender que pases más tiempo con tu ex que conmigo. No se puede entender que tu primer pensamiento ante una crisis sea llamarla a ella y olvidarte de llamarme a mí para anular la cita.

—Pero, Bel…

—¡No hay nada que comprender! Además estoy harta de jugar a ser tu conciencia, de atarte al lado bueno, quitarte esas locuras horribles que de pronto surgen en tu cabeza (y cuando no te las sugiere Warren), estoy harta de tener que evitar que desates tu maldad con los que te rodean.

—Bel, no digas eso, yo no soy mala persona, un poco alocado sí, pero nunca he hecho daño a nadie.

—Perdone, señor —me dice un señor gordo que está sentado justo detrás de donde estoy de pie discutiendo con Belinda.

—¡¡¿Qué?!! —le respondo bastante groseramente.

—¿Puede echarse un poco para allá?

—¿Le molesta que intente que la mujer maravillosa del mundo me perdone? ¿Le molestan nuestros gritos? ¿Le molesta que no me dé por vencido? ¿Es eso lo que le incomoda?

—No, es el caballero que le está apuntando con una pistola lo que me pone un poco nervioso.

De pronto me doy cuenta: todo el mundo en el café está escondido bajo la mesa, salvo Bel y yo que nos hemos aislado del mundo en nuestra discusión y el señor gordo que seguramente ve bastante difícil arrojarse al suelo dado su volumen. Vuelvo la cara y me enfrento a la realidad, el cañón de un revolver me apunta directamente a la cabeza. En situaciones así es difícil ver la cara que hay tras el revolver, y más si el personaje van tan desarrapado y lamentable como este. Con barba de una semana, la ropa sucia, el pelo desaliñado y mirada de loco. Enseguida reconozco a…

—Robert, ¿qué coño estás haciendo?

Anticipándome a las novedades

Jueves, 14 Mayo 2009

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En nada los editores de moda empezamos de nuevo la tournée por las pasarelas internacionales. Mi personal peregrinación de desfile en desfile lo suelo comenzar en una feria, Pitti Uomo, en Florencia, que marca el inició de las propuestas masculinas que se continúan inmediatamente en Milán y París. En Pitti Uomo, a diferencia de lo que ocurre sobre las pasarelas, es fácil intuir las tendencias que vendrán muy fácilmente. Por ejemplo, es fácil apreciar la importancia que tendrán las firmas jóvenes y vanguardistas dada la especial publicidad que se hace de New Beat(s), el área especial dedicada a ellas.

¿Qué espero encontrar allí? Muchas cosas, pero en concreto estoy entusiasmado con el lanzamiento de Oxxford 1220. ¿Cómo explicarlo? Oxxford Clothing es para los americanos lo que cualquier firma de Saville Row es para los británicos. Sastrería pura y dura, de calidad y rancio abolengo. Y como tantas otras firmas de sastrería europea que en los últimos años han buscado crear una versión 2.0 de si m mismas, Oxxford lanzó el año pasado una serie de prendas ‘evolucionadas’ que ahora terminan por configurar Oxxford 1220 (lo de 1220 es por el número de la fábrica de la marca en chicago) dirigida a un público que busca un toque más casual pero que no quiere renunciar a las calidades.

De ninguna manera se trata de una versión ‘barata’, ya que sus trajes oscilarán entre los 2000 y 3000 dólares mientras que los más clásicos, que ahora adoptan el lema Oxxford Higest Quality, partirán de los 4000 dólares.

No se preocupen, en cuanto vea el resultado de esta nueva línea la mostraré en le blog. 

¡Hasta las narices de Kiefer!

Lunes, 11 Mayo 2009

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Esto no lo escribiría si no fuera por dónde, a quién y en qué circunstancias pasó. No me mal entiendan, no me voy a pasar al lado del cuore, aunque no tendría ningún problema. Pero no comprendo a los famosos tan bien como entiendo las costuras y los dobladillos. 

Pongámonos en situación: La noche del lunes pasado, gala de la moda del Metropolitan, reunión de lo más granado de la moda y el espectáculo, glamour por doquier, el momento más esperado del año por los fashionistas. El la gala, bajo la estricta mirada de la anfitriona, Anna Wintour, todos se comportan con delicadeza y educación. Lo malo es que después hay fiestas post-party donde ocurre lo que ocurre. 

Muchos de los invitados se trasladaron al Submercer Bar del Mercer Hotel para decirse unos a otros lo guapos y elegantes que iban. Lo que no estaba en el guión fue el cabezazo que Kiefer Sutherland le propinó al diseñador de Proenza Schouler, Jack McCollough. Nadie sabe cómo ni por qué. Ni Brooke Shields, que se supone que fue la causa del problema. Sutherland creyó que estaba siendo molestada por McCollough pero la protagonista de El lago azul (o mejor dicho, su publicista) afirma que no tiene ni idea de por qué Sutherland se hizo tal idea. 

Esto de la violencia en el mundo de la moda no es extraño, sobre todo de mano de coléricas supermodelos que juegan al tiro a la asistenta con móvil, pero por lo general son episodios que quedan en la más estricta intimidad. ¿Pero no me digan que no dan juego? ¿Saben que existe una leyenda urbana española que cuenta que una célebre estilista socialité despeño a otro estilista por unas escaleras en una fiesta? Todos hablan de aquel episodio pero no he encontrado a nadie que lo hubiera visto con sus propios ojos. 

Volviendo a Sutherland. El chico, que no controla bien su temperamento, puede tener problemas porque ya se encuentra en libertad condicional por conducir ebrio del juicio que lo llevó a la cárcel el año pasado.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXVIII

Viernes, 8 Mayo 2009

¡Por fin pensionista! 

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Los taxis de Nueva York huelen mal. Huelen a étnico. Huelen a yerbas exóticas. Los taxis son como los restaurantes, los hay paquistaníes, italianos, latinos, hindúes… Y cada uno tiene su olor característico que te impregna hasta el tuétano. Otra cosa que comparten con los restaurantes es el nivel de limpieza. Los hay que pueden pasar cualquier inspección de sanidad y los que tienen que tener preparado ‘el sobre’ para que el inspector no se fije en los rincones de mugre. Cuando llevas un carísimo traje italiano y un halo de Egoïste de Chanel, subirte a un taxi es bastante traumático, pero siempre mejor que bajar al averno del metro. Y los taxistas son como las cartas de los restaurantes, las hay inteligibles, con una buena traducción a un idioma reconocible, y las que representan todo un reto porque pides un plato que tiene una sonoridad bonita y resulta que son criadillas de buey. Con tanta reflexión me ha entrado hambre.

Tengo una agenda extremadamente fácil para hoy. Cruzar la ciudad hasta Harlem, encargar un catering a un indocumentado, salir pitando de allí y reunirme con papá en el Yale Club, almorzar y firmar los papeles de mi pensión (¡me encanta!). El taxista me dice que estamos a tres manzanas de la dirección que le he dado, pero que no piensa adentrarse más en el barrio. Le digo que eso me lo tendría que haber dicho cuando le di la dirección, y no ahora, que no pienso pagarle. En seguida cambio de parecer cuando saca, no sé de dónde, un bate de béisbol. Pago y saco mi “puto culo blanco” (palabras del taxista) del mugriento taxi. Bueno, son tres manzanas, ¿qué puede pasar en tres manzanas?

Los edificios tienen por ventanas huecos de hormigón, sin cristales, sin carpintería metálica, sin nada… aunque en algún momento debió de haber algo que rellenaran los vanos. Son como cuencas de ojos vacías. Poco a poco voy cobrando consciencia de cómo desentona mi traje de Armani en este escenario. Seguro que a GQ se le ha ocurrido hacer algún editorial de moda en este barrio con modelos vestidos con carísimos trajes como el mío. La única diferencia está en que si un equipo de GQ estuvo aquí, seguro que lo hizo escoltado por media docena de coches patrulla. Es difícil saber cuál es el bloque al que voy porque no hay números visibles que sirvan de referencia.

—¡Ey, papito!, ¿buscas algo? —me espeta un hispano con acento puertorriqueño vestido con una chaqueta de béisbol, ¡por Dios, qué cliché!—, ¡ey, blanquito, te hablo a ti!

—Gracias, caballero —no me queda otra que responder—, estoy buscando a Mr. Cole, el de las costillas de cerdo en salsa.

—¿Y pa’ qué quieres a ese gordo sebón, blanquito? —me dice una voz a mi espalda que resulta ser un negro de dos metros que se acerca con unos cuantos amigos más de aspecto muy pandillero.

—Pues la verdad es que una clienta… ¡Ejém!, me dedico a organizar eventos —le extiendo una tarjeta, no sé muy bien por qué.

Coge la tarjeta y la tira sin ni siquiera mirarla, y se sigue acercando a mí, invadiendo mi espacio vital. No puedo retroceder, uno de sus colegas está justo a mi espalda.

—Como le decía, una clienta me ha pedido que contrate sus costillas para un catering y como no he podido encontrar el teléfono de Mr. Cole en la guía me he acercado…

—A nuestro barrio.

—Si fueran tan amables de indicarme… —me tienen emparedado.

—Me gustan tus zapatos —me dice el gigante negro.

—Uh, gracias, italianos, Ferragamo —me mira inexpresivamente.

—Me-gustan-tus-zapatos —¡oh, Dios, me están robando los zapatos!, me acabo de dar cuenta.

Me quito los zapatos y se los extiendo. Los recoge uno de los ‘colegas’ mientras otro registra mi chaqueta. Soy incapaz de oponer resistencia, estoy demasiado concentrado en no hacerme mis necesidades encima. Estoy tentado de dejar que la naturaleza siga su curso, al menos así no tendrán la tentación de violarme.       

Tal como todo empezó, termina. Se dan media vuelta muy flemática y desaparecen. Quizás porque ya no tienen nada más que robarme. Quizás porque no han querido tentar la suerte y ver cómo me harto y les planto cara. O quizás simplemente se debe a que un coche patrulla se aproxima.

—¿Se encuentra bien? —me dice el agente sin bajar del coche.

—¡No, no lo estoy! ¡Me han robado! —me miran dándome a entender que es obvio, no llevo zapatos. No creen que llevar un caro traje italiano sin zapatos sea la última moda.

—¿Va a presentar la denuncia?

¿Para qué? Me encojo de hombre. ¿Qué he perdido? Unos zapatos, 75 dólares y mi carnet de identidad. No tengo tarjetas de crédito desde que caí en desgracia, el banco me las retiró. Presentar un denuncia no servirá de nada, sólo para complicar más el día. Les pido que, por favor, me lleven hasta el restaurante de Mr. Cole para no tener que ir descalzo, pero me indican con la cabeza que lo tengo justo detrás. Y allí está, sin luminoso ni cartel indicativo. ¡Lo he tenido tan cerca!, si tan sólo hubiera echado a correr diez metros seguro que aún tendría mis zapatos.

El sitio es un verdadero antro de mesas con manteles a cuadros rojos y blancos y fotografías de boxeadores por las paredes. Mr. Cole es un orondo negro de al menos doscientos kilos (ahora comprendo por que lo llaman ‘el rey de las costillas de cerdo en salsa’, ha debido de comérselas todas) con el pelo blanco y largas patillas. Le explico que preparo un evento para una clienta, una pequeña fiesta en el jardín de la casa familiar de esta señora (me abstengo de comentarle que es uno de esos eventos informales de trasfondo político y color Republicano). Esta clienta tiene una amiga que ha leído en alguna revista que las mejores costillas de la ciudad son las de Mr. Cole (escrito probablemente por algún crítico en un acto supremo de esnobismo), y allá que Rafael Ridao se ha tenido que internar en el Harlem de las noticias de sucesos para dar con ese orondo señor que no tiene a bien tener teléfono en su restaurante y que por ello no aparece en el listín. Echo de menos a Ayako, este tipo de visita se la hubiera encargado a ella.

Cerramos el trato. Mr. Cole pondrá sus costillas para la fiesta, pero tendré que darle un adelanto en esta semana y mandarlas a buscar yo una vez cocinadas, el no envía los pedidos a domicilio. Cuando voy a salir a la calle reparo en que voy descalzo. Le pido a Mr. Cole si es tan amable de prestarme unos zapatos y darme dinero para un taxi, pero en esta parte de la ciudad la confianza en el prójimo brilla por su ausencia, así que me facilita unas chanclas mugrientas (y apostaría que con hongos) y me extiende un par de dólares.

—Mr. Cole, los taxis suelen ser un poco más caros.

—Ya lo sé, hijo —me dice—, pero es que aquí no va a poder coger un taxi, por esta zona no pasan. Lo que sí puede coger es el autobús, que para a un par de manzanas.

¡¿Autobús?!   

*** 

Sin zapatos y sin chaqueta. La he dejado en el autobús y no ha sido ningún descuido. Un adolescente me ha vomitado encima. Su madre se ha disculpado de manera muy sincera, sí, pero si hubiera llevado zapatos y dignidad, y no hubiera sido la única cara blanca en el bus, le hubiera exigido que me pagara el tinte. La verdad es que de todas formas no hubiera llevado esa chaqueta conmigo más tiempo en las circunstancias que ha quedado, ¡qué asco! He sacrificado a Armani muy gustosamente.

Llego en hora al Yale Club, en la esquina de la 45 con Vanderbilt Avenue. Saludo con la cabeza al portero pero se interpone en mi camino.

—¿Qué desea, señor? —llevo viniendo aquí desde que llegué a Nueva York, el portero me conoce, esto es inaudito.

—Tengo una reunión. Una importante reunión.

—Me temo que no puedo dejarlo pasar, señor, la casa exige un código en el vestir.

—¿Pero qué…? —vaya, es verdad, no me acordaba, llevo chanclas y voy sin chaqueta—. Pero usted me conoce, ¿verdad? Seguro que puede hacer una excepción.

—Lo lamento, señor, son las reglas.

—Seguro que tratándose de un caso tan especial… —¡maldición!, me he llevado mano a la cartera para sacar un billetito para facilitar su comprensión, pero mi cartera está con mis zapatos.

—Señor, me despedirían si cualquier socio viera que le dejo pasar.

—Pero no tienen por qué verme. Usted me dice donde está mi padre y entraré furtivamente, seré invisible.

—Lo siento.

Odio esa ‘gran dignidad’ de la que hacen gala los porteros. ¿Cómo puede alguien disfrazado de alférez levantar la barbilla y mirarme por encima del hombro de manera tan condescendiente? Se creen ‘la autoridad’ por llevar botones dorados. Me resigno, voy a llamar a papá por el móvil y que salga a solucionarlo… ¡Joder! ¡¿También me han robado el móvil?! ¿En qué momento? Vaya, sí, debe estar en la chaqueta… en el autobús.

—Mire usted. No voy a insistir —le digo al portero—, pero le voy a pedir que por favor entre ahí y avise al Mr. Ridao. Le dice que su hijo está esperándolo en la puerta sin zapatos ni chaqueta porque lo han atracado —me mira con recelo—. Le prometo que no intentaré colarme, le esperaré justo aquí, en la puerta.

—De hecho preferiría que no se quedara en la puerta —y me señala un espacio a cinco o seis metros de la entrada.

Esto es indignante y humillante, pero he conseguido que el mameluco del portero entre a avisar a papá. Al poco sale un joven con traje de raya diplomática que afirma ser enviado por mi padre. Le explico lo sucedido y me acompaña hasta una boutique cercana donde compramos un par de zapatos y una chaqueta nueva a cuenta de papá.

Por fin logro franquear la puerta. Sigo al lacayo elegante de papá hasta una de las salas de reuniones. No entiendo por qué papá insiste en cerrar lo de mi pensión mediante un acuerdo escrito, a mí me basta su palabra… bueno, me basta que me ingrese el dinero. Pero al final me he convencido de que está bien eso de tenerlo todo firmado por si en uno de sus cambios de humor se echa para atrás. Antes de entrar a la reunión hago una llamada a mi jefe para decirle que he cerrado lo de las costillas y me encuentro que algún tipo de crisis se ha desatado: la clienta amenaza con cambiar todos los planes y hay que convencerla de que la planificación original es lo más chic que se puede hacer en fiesta, y que nada nada puede superarlo. Sobre todo porque está todo contratado y tendríamos unas pérdidas colosales. Las palabras de mi jefe son cristalinas: me quiere en las oficinas en menos de diez minutos. Le digo que haré lo que pueda y cuelgo.

Sigo al secuaz de papá hasta la sala donde me espera. Y allí está él, sentado, con una copa de brandy en la mano, y siete tipos más que lo rodean. Enseguida los reconozco, son la plana mayor del departamento legal del banco familiar. Los cancerberos. Profesionales capaces de convencer a cualquier tribunal que matar con escopeta a niños de menos de tres años puede ser considerado una práctica deportiva. Hacen con las leyes lo que quieren, más si son fiscales y societarias.

—¿Todo esto por mí? —le digo a mi padre sorprendido por el conclave legal que ha montado.

—No seas tonto, Rafael, acabamos de firmar el acuerdo de divorcio pero ya se iban —pero no se van, sino que están todos allí, de pie, observándome—. Bueno, vamos allá.

Mi padre hace un gesto a uno de sus abogados y este saca de una cartera una carpetilla con un taco de documentos. Lo abre y me indica que firme al pie de cada página. Algo no me cuadra. Yo esperaba un papelillo en plan “Yo, Rafael Ridao me comprometo a pasarle 3000 dólares a mi hijo Rabel Ridao…”, pero no creo que para eso se necesiten, ¿cuántos folios tiene esto?, ¿cien?, ¿ciento cincuenta?

Llaman al teléfono del salón de reuniones. Todos nos quedamos un poco extrañados. Uno de los abogados coge la llamada, intercambia unas palabras, cuelga y me hace un gesto indicando que era para mí y que han colgado ya.

—¿Quién era? —pregunto.

—No se ha identificado, sólo ha dicho “siete minutos” y ha colgado.

Ese es mi jefe, no sé cómo ha conseguido que pasen la llamada al salón privado. Empiezo a tener un ataque de pánico, creo que será mejor que me vaya a la oficina antes de que empiece de nuevo una eterna búsqueda de trabajo. Me disculpo y le digo a papá que me voy a llevar los documentos a casa, que no tengo tiempo en ese instante, que mañana sin falta le llevo el tocho firmado. Cuando voy a recoger la carpetilla uno de los abogados me coge de la muñeca y me lo impide.

—Creo, Rafael, que es mejor que lo firmes ahora y lo zanjemos sin más, no te llevará mucho —me dice el picapleitos extendiéndome una pluma Cartier.

El ambiente se ha tensado. Todos me miran con fijeza, como impulsándome a firmar con el pensamiento. ¿Pero qué es esto? ¿Por qué esta hostilidad ambiental?       

—Papá, lo siento mucho, pero es que de verdad, de verdad, me tengo que marchar ahora mismo. Yo me llevo los papeles, los firmo esta noche, y mañana a primer ahora te los llevo al hotel.

—No puede ser —repite otro abogado—, tiene que ser ahora.

—¿A qué tanta insistencia? —me están cabreando.

—Rafael, ¿no quieres que cerremos lo de la pensión?, este tipo de cosas no hay que dejarlas pasar —me dice el letrado más veterano.

—Firma —me ordena el que me tiene cogida la muñeca.

En ese punto, mi padre, que ha permanecido hermético, levanta una mano y cesan los murmullos de su gabinete legal. “Llévatelos” dice desautorizando a sus abogados. El más viejo le pregunta si es sensato.

—Si mi hijo dice que mañana me trae los papeles firmados, mañana los traerá, ¿verdad Rafael?

Asiento con la cabeza confuso por la escenita. El abogaducho me suelta el brazo, recojo los papeles de la mesa, y salgo de allí pitando no sin preguntarme qué diablos ha pasado.