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Entrevista a Olivier Lapidus, diseñador de Lapidus Vintage: “Hemos vuelto a un lujo que solo es visible para el ojo entrenado, un lujo discreto y artesanal”

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Espero que conozcáis a Ted Lapidus. Para los que no fue un magnífico couturier de origen ruso coetáneo de Yves Saint Laurent que supo adaptarse a los tiempos del prêt-à-porter como pocos y llegó a ser de las firmas más prestigiosas en el mundo durante las décadas de los 60 y 70. Hoy hablamos con su hijo, Oliver Lapidus, otro gran diseñador que entre otras cosas ha sido director creativo de la línea masculina de Balmain en los ochentas y de la firma de su padre en los noventas. Actualmente explora los archivos de su padre reinterpretando en clave actual algunos de sus diseños más carismáticos bajo la firma de Lapidus Vintage.

¿Ha sido difícil calzarse los zapatos de su padre? A la muerte de mi padre sentí la necesidad de hacerle una especie de homenaje a través de una edición inspirada de sus grandes clásicos. El “reto” es decir, en su acepción francesa, el desafío, fue el de permanecer fiel al impulso creativo los grandes años de Ted (1968-1972) dando un giro  estilístico al producto para hacerlo a la vez intemporal y contemporáneo.

¿Cómo nació el proyecto de Lapidus Vintage? Al principio no quería hacer más que una colección cápsula, un impacto, un poco como cuando un escritor saca un libro “à compte d’auteur” [en francés significa cuando un libro es autoeditado de una forma personal]. Fue Maria Luisa, esa gran Dama de la moda, quien lo hizo que evolucionara a un nuevo nivel lujoso para la siguiente primavera. Fue la que me animó y convenció de que debía profundizar en esa línea. Con la segunda colección se incorporó Barneys y vi como se implantó la colección en varias ciudades de los Estados Unidos. Eso es lo que ha empujado que este proyecto llegara a su tercera temporada, el invierno.

¿Qué cree que está pasando en la moda para que la marca termine siendo más importante que el diseñador? Yo no soy más que un pequeño artesano del sistema, lo que se llama “un independiente”. Hay muchos jóvenes con talentos que están en la sombra de las grandes multinacionales que nombras. La moda a nivel industrial es mucho más estable que cuando hablamos de artesanos como nosotros, de una dimensión más modesta pero con un verdadero vínculo con la clientela y una experiencia enfocada al trato directo con el mercado. Los grandes grupos, un poco como en el fútbol, se basa en campeones que cambian a veces de equipo, que se transfieren, pero el sistema queda siempre en equilibrio, como prueban las tasas de crecimiento de los gigantes que son impulsadas por la consolidación de sus márgenes de beneficios y su capacidad de penetración de los mercados emergentes.

¿Cómo ha cambiado su visión del lujo en los últimos años? El lujo, del latín “luxus” (exceso), ha derivado desde un punto de vista sociológico hacia el exceso. Pero hemos terminado volviendo al lujo que solo es visible para el ojo entrenado, un lujo discreto, un lujo hecho en el interior de un taller como el de Balenciaga de los años 60. Donde trabajo, detalles y esfuerzo eran los principales ingredientes para que por ejemplo las pinzas de un vestido fueran invisibles dejando así que solo destacara la elegancia de la mujer. El lujo es el trabajo de todo artesano que ha sabido ser artista de la estructura, su trabajo ya no refleja la coherencia de una época, lo que Elie Faure llamaba «El espíritu de las formas», el hilo de Ariane entre el jazz, el arte africano y Picasso: la moda es ahora un modo, el lujo ya no tiene dirección, pues es multimarca, multiforma, ha pasado de ser exclusivo a su difusión masiva en Internet, ahora es una tendencia y eso que siempre ha querido ser lo más esnob de la moda.

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¿Qué recuerdos guardas de tu infancia como hijo del gran Ted Lapidus? Te cuento una anécdota. Tenía diez años, era en junio y estábamos a en un hotel donde desde mi habitación en el piso veinte se veía el fondo de las dos inmensas piscinas adornadas de un gran dragón que brillaba por los miles de destellos provocados por los pequeños remolino engendrado por la caliente brisa de Tokio. Mi padre entonces estaba asociado con los grandes almacenes Seibu y la señora Tsutsumi (la matriarca de la familia propietaria de los grandes almacenes), que  aprendió a bailar el Jerk [baile de los sesenta] por primera vez en una visita que hizo a Chez Ted en su apartamento del número 66 de bulevar Mauricio Barrès, dónde vivía rodeado de rollos de tweed y cachemira dispersos por todos lados. Serían las 11 de la mañana cuando mi padre decidió que podía ir a comprarme un juguete a Seibu, que estaba a la vuelta de la esquina. Me dio 5 dólares y me dice: puedes gastártelo todo. Acompañados de una pequeña delegación de Seibu llegamos a los grandes almacenes y yo arrastraba con impaciencia a mi nany (que era el maniquí popular de la época) de una sección a otra, de las ametralladoras de juguete a las pelotas de ping pong de mil colores, y de ahí a los camiones de bomberos: conocí entonces la excitación de poseer una divisa fuerte porque, con mis 5 dólares, estaba comprando la mitad de la sección de juguetes… Lo que pasaba en realidad es que el Presidente de Seibu había dado orden de dejarme comprar todos los juguetes que se me antojaran, sin límite… Finalmente pasé por caja con mi billete y aún hoy debo tener el coche de policía en el trastero.

Imagino que conoció de pequeño a todo tipo de celebridades. Los años del 68 al 72 están grabados en mi memoria como tantos momentos mágicos, con un padre ausente pero genial, recibiéndome en su tienda de la avenida de Pierre Premier de Serbie como un torero en medio de sus clientes moviéndose alrededor de él. Había al fondo de la tienda una habitación redonda llamada “la rotonda” en la que creaba sus colecciones de alta costura. Allí nos encontrábamos a sus amigos: Charles Aznavour, que fue al primero que le hizo Ted un traje ajustado siguiendo las nuevas tendencias, hombros cortos, botonadura en relieve, silueta estilizada… También nos encontrábamos a John Lennon y a todos esos los mágicos artistas que le rodeaban en aquella época… Veía a mi padre como un ser levitando, lo único que lo retenían atado al suelo eran aquellas anclas grabadas a sus botones.

¿Cómo es su relación con la firma Ted Lapidus? Tengo una relación muy cordial con la empresa cuyo director ejecutivo Ted Lapidus, David Konckier, es un amigo muy querido. Nuestros universos se complementan aunque son dos entidades independientes. Salva excepciones no solemos trabajamos juntos, Olivier Lapidus es un Couturier independiente que firma sus colecciones como “Creación de Olivier Lapidus” un poco como un editor tanto en el campo de la moda como sobre todo en la decoración (¡¡abro mi primer hotel el año que viene!!, y he estado en España a petición de un gran grupo español en el área de baños y spa). Esta libertad me permite firmar mis propias colecciones además de poder firmar ediciones limitadas de otras marcas en el sector del lujo y la decoración.

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¿Principal reto de esta era para la moda? Internet es el nuevo reto, una nueva ruta de B a C que conecta por primera vez a los creadores y sus clientes finales a través de las nuevas plataformas. Estoy trabajando en varios proyectos en esta dirección.

¿De qué está más orgulloso de su carrera?  La verdad es que estoy muy contento de haber llegado donde he podido llegar en mi carera. Creo que con un poco de tinte para el pelo y 30 minutos de gimnasio al día creo que dentro de 20 años aún seguiré estando aquí. Así que mejor me vuelves a hacer esa pregunta dentro de 20 años. 

www.creationdolivierlapidus.com

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Una respuesta to “Entrevista a Olivier Lapidus, diseñador de Lapidus Vintage: “Hemos vuelto a un lujo que solo es visible para el ojo entrenado, un lujo discreto y artesanal””

  1. Rosina Dice:

    Hola , acabo de ver tu comentario y ya he compartido este post!Te sigo.Me gustan mucho los modelos.Felicidades.UN saludo desde Vigo,Rosina Landó.

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