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Diario de un aristócrata V: Un secuestro por Navidad.

Domingo, 8 Enero 2012

Papá ha sido secuestrado por integristas en Gambia mientras estaba de safari. Mamá se niega a pagar rescate por él, dice que debe correr por cuenta del Estado porque papá, por su título de conde, debe ser considerado patrimonio nacional. Un tal García Margallo dice que nanay, que si al menos hubiera sido un cooperante… que ahora deben racionalizar el gasto y rescatar un conde no es una prioridad.

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Semana horribilis. Y es que si el año continúa con la pauta marcada por esta primera semana apaga y vámonos. ¡Con lo bien que estaría yo esquiando en Candanchú! Pero no, me tuve que quedar en Palacio con un ataque de nostalgia… bueno, de ciática, pero da igual, en mí la nostalgia y la ciática tienen los mismos efectos.

El lunes, mientras desayunábamos unos deliciosos bollos de leche con mermelada Duchy que nos manda el primo Charles desde Inglaterra, llegó un lacayo de librea portando una bandejita con una misiva. Mamá dijo que “más tarde” y el impertinente lacayo insistió aduciendo que era urgente, que “el señor conde había sido secuestrado”.

–¡Mario secuestrado! ¡¿Qué horror?! Esto ya es terrorismo de estado. No bastó con quitarle su banco sino que ahora lo secuestras. Seguro que es por las declaraciones de su último libro –dice mamá convencida de que existe una confabulación judeo-masónica contra su buena amigo Mario Conde.

–No señora, se trata de su marido el conde.

–¡Ah, bueno! Pues déjelo en la mesita de mi gabinete para cuando despache los asuntos del día y no me interrumpan, que la comida más importante del día es el desayuno.

El desayuno, el almuerzo, la merienda, la cena, el brunch y otras siete comidas intermedias que mamá ha inventado para soportar el gran estrés emocional y físico que soporta a diario sentada en el silloncito Luís XV de su gabinete.

A eso de las siete de la tarde me hace llamar para darme la nefasta noticia. Me comunica que se han puesto en contacto desde la embajada de Gambia para informar que papá, que estaba por allí de safari, ha sido capturado por un grupo de fanáticos integristas y que piden rescate por él. Mamá no comprende cómo teniendo un rifle a mano se ha dejado capturar, que seguro que lo ha hecho para no tener que hacerle regalo de Reyes. La embajada recomienda que dejemos el asunto en manos del ministerio pero La Baronesa recela de los recién llegados porque son novatos en esto de los rescates. Dice que preguntó, por curiosidad, cuánto pedían por él, pero que en seguida desestimó la idea de pagar nada y decidió dejarlo en manos del Estado ya que (y su lógica es aplastante) papá, por su título de conde y por ser Grande de España, debe ser considerado patrimonio nacional, y por tanto los gastos deben correr a cuenta de los presupuestos públicos.

Cerró su circunloquio anunciándome, y esto es lo verdaderamente terrible del lunes, que al día siguiente debía acompañarla a El Corte Inglés a comprar los regalos de Reyes. Por un lado me eché a temblar, por qué sé cómo son las salidas públicas con mamá, pero por otro lado me alegré de que este año no recurriera a repartir títulos nobiliarios, ¡qué cansina con los títulos! Yo quiero algo que me guste por una vez… o algo que pueda revender en eBay.

Si el lunes fue terrible el martes dio un nuevo significado a ese término por un pequeño problema de protocolo. Tal y como mamá anunció fuimos a El Corte Inglés. Allí coincidimos con Cayetana en los ascensores. Se montó una buena, ninguna quería ceder el paso a la otra por asegurar cada cual que sus títulos se imponían por protocolo a los de la otra. Alfonso y yo estábamos atónitos (al final decidieron coger cada una un ascensor distinto). Menos mal que no apareció Isabel II, mamá no soporta a los arribistas Windsor (a pesar de que nos manden mermelada) y jamás le cedería el paso.

Mamá insistió en pasar por la sección de lencería para aprovisionarse para mi bochorno, sobre todo cuando se enredó en una absurda discusión con la dependienta porque quería probarse un conjunto de encaje negro y esta le repetía que no se permitían esas prácticas, a lo que mamá insistía en que esas asépticas normas sería para el piojoso vulgo. En esa estábamos cuando Diez Minutos llamó para entrevistarme. “¿Qué presupuesto tenéis?” le pregunté. “¿Qué quieres decir?”, presentí que eran duros negociadores, ya me conozco la estrategia de hacerse el tonto. Pero no, es que el redactor era lerdo… o un becario, da igual. Por fin comprendió que le estaba pidiendo pasta de una forma sutil por las declaraciones y me suelta que se trataría de una entrevista ‘blanca’, que no va de exclusiva. Le colgué sin decirle por ahí te pudras, me ha hecho malgastar 3 minutos y 27 segundos valiosísimos de mi vida. Bueno, la verdad es que al retornar a la realidad y ver a mi madre midiendo dos braga-fajas decidí que tampoco había supuesto mucho sacrificio aquella conversación improductiva.

El miércoles, después de la comida que mamá ha descubierto entre el brunch y el almuerzo, La Baronesa se puso a exigir que le devolvieran a su marido por cuenta de El Estado. Se puso tan pesada que al final la pasaron directamente con un tal García Margallo, que dice ser el nuevo titular del Ministerio y que se niega a pagar el rescate por cuenta de las arcas del Estado, que nanay, que si al menos hubiera sido un cooperante… que ahora, con los planes de ajuste, deben racionalizar el gasto y rescatar un conde no es una prioridad. Mamá, tan de derechas, empieza a echar de menos a Zapatero.

Pero enseguida se olvidó del disgusto del secuestro porque se armó una buena en Palacio. Ha desaparecido el pie incorrupto de Santa Crispina, reliquia familiar desde el siglo XVII. Mamá ha dado un ultimátum al servicio: o aparece en 24 horas o le corta el pie a uno de los lacayos para sustituirlo. Pero ella sabe que no es lo mismo rezarle al pie de la santa que al de un lacayo cualquiera. No ha empezado el año con buen pie… con perdón.

El jueves tocó jornada de hípica. No esperaba ganar trofeo porque el día antes salí de marcha y terminé en un local de señoritas de vida alegre, y a mí estas señoritas como que me rebajan el tono muscular. Todo porque Piti insiste en llegar virgen al matrimonio. Le he dicho que la virginidad es una cuestión relativa, que puede mantenerla y probar otras alternativas. Que una cosa es ser virgen y otra tonta. Llevo saliendo con Piti casi un año y tenemos una relación muy relajada. Ella sale de compras, yo salgo de juerga, y ambos salimos en ¡Hola! pillados en nuestros quehaceres cotidianos. Mis amigos me preguntan si vamos en serio, y yo les respondo que tan en serio como se puede ir sin haber dado la exclusiva de que estamos juntos para la portada de una revista, que es lo mismo que decir que no hay compromiso alguno. El culmen de la mala racha semanal la marcó que me diera de cara con La Baronesa mientras tomaba la comida que ella situa entre la merienda y la comida que hay antes de la cena.  Me llamó y me pidió amablemente que me sentara con ella (“¡sit!, ¡sit!”) y en un arrebato de interés maternal me dijo:

–¿Cuándo me vas a presentar a tu prometida?

¿Prometida? ¿Piti? A ver cómo salgo de esta. ¡Qué duro es ser aristócrata!

Diario de un aristócrata IV. Medidas de ajuste para 2012.

Domingo, 1 Enero 2012

La crisis es para todos, hasta para nosotros, los privilegiados. La Baronesa se ha propuesto equilibriar nuestra deuda y sanear nuestra economía. Dice que hay que ir con los tiempos, pero se niega a dar cuentas de sus finanzas a la Unión Europea por mucho que la amenace con la supresión de las ayudas que recibe. Dice que si hubiera querido declarar a Hacienda se hubiera metido a dependienta de El Corte Inglés en vez de a Baronesa. Antes muerta que transparente como Los Borbones.

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He despertado con la boca amarga como la hiel y una banda de marchas procesionales retumbando en mi cabeza. Si no fuera porque despedí el año en la fiesta que mamá da todos los años en palacio diría que me han dado garrafón a base de bien. Aunque no es una idea que descarte: mamá ha emprendido un “programa de ajustes y reformas estructurales dirigidos a equilibrar las cuentas de palacio para afrontar la compleja situación económica que atravesamos debido a la macroestructura internacional financiera que conllevará medidas urgentes, excepcional y transitorias para resolver ciertos desfases en las cuentas de tesorería debido al perfil desacelerado de cashflow de la Casa de Alamoche y Suavia”, según reza el comunicado manuscrito (y fotocopiado) que ha distribuido entre el personal de palacio y la familia. El comunicado dirigido a papá se lo ha comido Pupito porque su destinatario está desaparecido en Estonia cazando osos con un colega suyo de la infancia, ahora ministro, secretario de no-se-qué o procónsul de no-se-cuántos, no importa. Muy sana la costumbre la de mis padres de no verse cara a cara más que un par de días al año, eso hace a un matrimonio indestructible por el desgaste.

Las medidas a tomar a partir del día 1 de enero que La Baronesa enumera en el comunicado presentan perfiles de diferente calado que van desde reducir las comidas del servicio a una sola al día (pero contundente, porque ella es así de generosa con el servicio) a sustituir todos los rollos de papel higiénico de doble capa de la casa por los que una capa de textura lija que venden en un sitio que se llama DIA (salvo en sus aposentos privados por expresa prescripción facultativa). En el ala de servicio se suprimirá el papel higiénico –según matiza el comunicado– y se sustituirá por pliegos de papel de diarios de tirada nacional (por supuesto), concretamente El País y Público (eso lo veía yo venir, porque siempre está diciendo que allí sólo se publica mierda republicana e izquierdosa).

Así, que volviendo la lo de mi indisposición, no me extrañaría que lo servido anoche en el cóctel de fin de año fuera bebida low cost re-etiquetada con pedigrí, cómo hace con los vestidos que le confecciona su modista y a los que customiza con etiquetas de Dior, Chanel e Yves Saint Laurent que arranca en las boutiques sin disimulo y bajo la aterrorizada mirada de las pobres dependientas que qué le van a decir, ¡es La Baronesa!

Lo de la ropa es otra medida urgente a tomar: ha decidido subastar en e-Bay todas sus prendas anteriores a 1998, año en que perdió definitivamente la cintura al romperse su última faja Sportex que la mantenía con silueta humaniforme. Dice que las fajas de hoy son “caca de la vaca”. Sí, ya sé, es una expresión horrible, pero insiste en actualizar su jerga a la que el populacho utiliza en estos tiempos por si a los Borbones no les sale bien lo de “la transparencia” y el pueblo se harta de los nobles y los petimetres del 11-S (“15-M” la corrijo yo siempre y ella me responde que le da igual, que “1-M para todos ellos”) se ponen a tomar palacios al grito de “abajo la nobleza”, así que ella pretende tener un habla “molón” por si llega el momento de tener que comunicarse con la chusma en su lenguaje.

¡Uy la cabeza, cómo se me va con la resaca! ¡Si yo estaba hablando de la ropa de mamá! Pues el caso es que la va a subastar en e-Bay para sacar fondos para financiar un proyecto humanitario que no termina de precisar y que yo intuyo que tiene que ver con un viaje a Tailandia porque no hago más que ver folletos de viajes de ensueño abandonados por todo palacio. La verdad es que e-Bay, aunque intente convencernos que es una decisión moderna y democrática que ha tomado acorde con los nuevos tiempos, no deja de ser el plan C. El plan A era Sothesby’s y el B Christie’s, pero no han querido la ropa “vintage” de mamá aduciendo que no se ajusta a los cánones que ellos entienden por “Alta Costura en perfecto estado” y le han sugerido que la de a la Iglesia por si pueden aprovechar algo para los pobres. “¡¡¿Y el valor del personaje que las ha poseído?!!” ha exclamado iracunda La Baronesa autoconcibiendose como Elizabeth Taylor. Acto seguido se ha ido a la capilla a ponerle una vela a San Edilgio Magno para darle las gracias porque exista e-Bay, pues si no hubiera tenido que recurrir una manta en el suelo en El Rastro para poder sacar algo por su preciado ajuar.

La verdad es que La Navidad se me ha pasado volando, afortunadamente. Mi ‘pasó a cámara rápida’ de la Navidad comenzó cuando vi la foto que mamá eligió como christmas para mandar a todos los amigos, familia, estamentos políticos y eclesiásticos, despachos varios sitos en la calle Génova, cuerpo facultativo que la atiende, a los abogados de la familia, a su club de bridge, a las señoras de las mesas petitorias de la Cruz Roja, al programa completo de Cibeles (bueno, los de los tres primeros días, a los “modernos” los ignora a conciencia, a ver si se van de Cibeles de una vez y dejan que vuelva Elio Berhanyer y Manuel Pertegaz), a las casas reinantes europeas y a Carmencita Franco (que no es amiga oficial por aquello de distanciarse de su ex-afinidad con el movimiento cara a la galería), Angela Merkel y a Margaret Hilda Roberts Thatcher (a las que admira desde la distancia). Lo que se dice la flor y nata de la sociedad. ¿A qué venía este recuento? ¡Ah, lo de la foto! Digo que cuando vi la foto, ¡¡¡la foto!!!, cogí una borrachera para olvidar que toda esa gente de bien me iba a ver de la guisa en que aparezco y no he soltado la cogorza hasta hoy que estoy de resaca. “Seguro que no es para tanto” diréis. En la foto aparece la familia en Niza, de vacaciones, todos salen estupendos, distinguidos, elegantes… pero a mí me pilló en una época en la que llevaba un aparato atroz en los dientes, las piernas un poco dobladas por mis primeras clases de equitación y me acababa de achicharrar en la playa al quedarme dormido al medio día retirándome mis hermanos la sombrilla y colocándome monedas de a duro distribuidas por tola la cara y el cuerpo. Podéis imaginar que en la foto aparezco como un marciano zambo de dientes metálicos y piel roja a lunares blancos, cual traje de flamenca recién adquirido para la Feria de Abril. Ahora todo el mundo conoce esa etapa humillante de mis catorce años tan traumática.

–¡¡Mamá, que existe el Photoshop para algo!! –Le recriminé al ver aquellos lunares en mi piel que podría haberse corregido fácilmente con un poco de voluntad.

–¡Claro que lo sé!, ¿cómo crees que tengo las carnes tersas en la foto?

En fin, ande ella caliente y ríase la gente, nada que no se pueda olvidar con una borrachera de 21 días.

Llaman a la puerta y me sacan de mis pensamientos post-etílicos. Es Estebaneo que me trae otro comunicado que la “Señora Baronesa” ha lanzado a primerísima hora de la mañana, apenas a las doce, bajo la orden de “¡difundidla, lacayo!”. Reza:

“Siguiendo con la política de recortes y reasignación presupuestaria emprendidas en palacio como consecuencia del difícil periodo que atravesamos, se comunica que en el primer semestre de 2012 se pasa a realizar los siguientes ajustes presupuestarios. Agradecemos por adelantado la comprensión de todos los afectados ya que sabemos que TODOS son conscientes de que de esta solo saldremos remando juntos con una actitud constructiva y europeísta. Las partidas afectadas serán:

1. Salarios de trabajadores afectos a palacio: se recortará un 15% de los sueldos, se eliminarán las pagas extras (si las hubiera por algún tipo de error burocrático) y todos los trabajadores temporales pasarán a tener minijobs a la finalización del contrato vigente.

2. Ayudas de cámara: El salario de los ayudas de cámara pasarán a ser asumidos por los señores a los que sirven directamente, o en su caso se descontará de la asignación mensual que Palacio les tiene asignada a estos.

3. Las asignaciones a los hijos legítimos se verán reducidas en un 45% los tres primeros meses revisable en el siguiente trimestre. Seguiremos ignorando a los ilegítimos como ha sido política de la casa desde 1977.

4. Se suprimen las partidas de:

-Profesores de deporte, arte y otras actividades recreativas.

-Capellán. Lamentamos mucho esta decisión, pero que Dios los provea, porque lo que es Palacio dejará de hacerlo.-Seguros médicos al servicio.-Desratización del ala de servicio.

-Calefacción en el ala del servicio. Se proveerá a cada empleado de dos mantas adicionales a cargo de la nómina de marzo.

-Personal administrativo. Se insta a calcular los finiquitos correspondientes y a convocar una selección de becarios en prácticas no remuneradas de entre el alumnado de las facultades de Ciencias Económicas y Empresariales, Derecho y Ciencias Sociales.

Solo queda desearles un Próspero Año 2012. Seguiremos informando de posteriores medidas justas y necesarias.

Firmado: Alejandra Magdalena Elizabeth Eloisa María de las Mercedes de Suavia y Battemburg, Baronesa de Alamoche.”

Estupefacto. Creo que voy a abrir una botella para asumirlo. ¡Qué duro es ser aristócrata y europeísta!

Diario de un aristócrata III Nobleza obliga… a trabajar.

Domingo, 18 Diciembre 2011

Mamá, La Baronesa, dice que tengo que trabajar, que no quiere que adopte costumbres plebeyas como eso de estar parado. Dice que en tiempos de crisis la nobleza ha de marcar la diferencia. Me ha dado hasta el lunes para que decida qué quiero hacer con mi vida. Me pregunto: ¿en qué puedo trabajar? Y más importante: ¿cómo se trabaja?conde-de-paladin.jpg

Si antes digo que en mi familia lo de trabajar siempre ha sido como muy demodé, antes voy y me cruzo a mamá en los jardines de palacio cuando me disponía a practicar el golf. Realmente golfear en palacio es un incordio, porque nuestras posesiones están enclavadas en pleno casco histórico y las bolas salen inexorablemente por encima de los muros del jardín. A pesar de que pongo a Estebaneo, vestido de librea (por supuesto), a vigilar extramuros para que cace toda pelotita descarriada, siempre que practico termino con gente impertinente del vulgo llamando a la puerta para reclamar parabrisas de coches, cristales de ventanas o heridas en la zona craneal. Para colmo la ley está muy mal dispuesta, y me di cuenta la primera vez que llamó a la puerta un tipo con la pelotita en la mano y un buen bollo en la frente. Yo simplemente recogí la pelota y le cerré en las narices. El muy rufián no se conformó con que me rebajara a darle las gracias por devolver mi pelota de golf hecha en Alemania, sino que me demandó, y el juez me obligó a resarcirle con 300 euros. Si hoy día el ser aristócrata no nos exime de cumplir la ley, ¿para qué demonios queremos los títulos?

El caso es que esperaba pasar una tranquila mañana en el jardín cuando me encuentro a mamá sentada en un banco con su buena amiga Doña Dorotea López de Guzmán y Hermoso, lo que en otro tiempo se hubiera llamado ‘camarera mayor’ y que hoy se ha democratizado hasta disfrazarse de amistad íntima. Pues va y me dice que ha estado pensando y que dado lo agitado que están los ánimos proletarios con esto de la crisis y el desempleo, cree que sería una idea excelente que buscara un empleo y me convirtiera en un ejemplo para el vulgo. Y yo pienso “¿y por qué no trabajas tú, vieja marsopa?” pero le digo “excelente idea mamá, de hecho ya tengo un empleo”.

Le cuento la propuesta que me han hecho los de PG Magazine esperando que esto le sea suficiente, pero la metomentodo de la de López de Guzmán y Hermoso me pregunta por el salario. ¡Y yo que creía que entre la nobleza el dinero era un tema de mal gusto! Así que le respondo, ya que mamá secunda su pregunta, que me van a pagar 200 euros por colaboración. Que al principio les dije que no quería favoritismo por mi nombre y me ofrecieron 85 euros, que es lo que cobra un redactor freelance, así que regatee y conseguí los 200 euros y una suscripción gratuita a todas las revistas de la editorial.

Mamá puso el grito en el cielo y me conminó a buscar un trabajo de verdad, algo como asesor de algún consejo de administración.

–¿Que tal si monto mi propia empresa de relaciones públicas?, eso se me da bien –le sugiero.

–¡Ni hablar!, ya sabe la máxima de la familia “trabajar sí, negocios no”.  –Estoy tentado de corregirla y decirle que eso es lo que siempre dice el tío Juanca, pero que nosotros no somos casa reinante–. No quiero imaginar en qué chanchullos te ibas a meter, te tendría que sacar de la foto familiar que mandamos por Navidad. Ya tengo bastante con lo de tu hermana la bohemia y el retiro a Suiza de tu hermano. Este año solo saldremos en la foto tu padre, yo, los perros y tú. Eres el único hijo que me queda en el christmas y no quiero que lo estropees.

Bueno, ni mi hermana es bohemia, sino una hippy que deshonra la familia, ni mi hermano está de retiro en Suiza, sino que eso es un eufemismo para su “retiro” verdadero (no podemos hablar de ello, mamá  nos obligó a firmar una cláusula de confidencialidad).

–Vale, una empresa no –le digo–, ¿y una fundación?

-¡No! He dicho que no. No más fundaciones. ¡Nada más que te fijas en las ovejas negras! Ya dije yo que dar cabida a plebeyos en el seno de la aristocracia solo nos traería dolores de cabeza. ¡Pero como ahora todo el mundo se ha vuelto tan moderno!

Así que me fui con el firme propósito de buscarme un trabajo serio. Llamé a mi íntima amiga Carmen L y le pedí consejo, porque ella es una mujer muy trabajadora y versada en la guerra de las mil gestiones diarias. Dice que trabajar es muy vulgar, pero que si debo hacerlo que explote mi imagen. Estoy de acuerdo: tengo elegancia, estilo, clase… no debe ser difícil encontrar algo en que estas raras cualidades se valoren, ¿o no? Yo no soportaría ser asesor de nada en plan ir a reuniones cada seis meses para escuchar discursos llenos de tecnicismos y votar a favor de lo que sea. No, eso no me interesa.

Lo mejor será buscar alguien que me encuentre trabajo y creo tener a la persona adecuada. Cojo el teléfono y en media hora… ¡Tengo agente! Toni es una excelente relaciones públicas que va a llevar mi carrera. Le digo que quiero algo que me ocupe poco tiempo, bien remunerado y que no me haga salir de casa antes de las 12 de la mañana. Me contesta que le deje pensarlo, que cree tener opciones, que hará unas llamadas. Me da buena espina, su bolso de Mulberry me da confianza. Siempre que he coincidido con ella llevaba unas pintas raras, muy ochentas, pero en el brazo nunca le ha faltado un buen bolso de marca. A una mujer se la conoce por su bolso.

***

Dos horas. Ha tardado en dar con algo sólo dos horas. Ya decía yo que esta chica era buena. A ver qué tiene que ofrecerme…

¡¿¿Sartenes??! Toni me ha propuesto ser imagen de un juego de sartenes. El slogan sería “cocina con clase”. Era una idea detestable incluso antes de que me confesara que tendría que ir a un sitio horrible llamado algo así como Carrofur para firmar sartenes, mezclarme con el populacho, darles la mano… Le he dicho que se lo quite de la cabeza, que no me mezclo con gente que huele a fritanga.

Me confiesa que el mercado de la imagen está muy mal. Que entre Olivia de Borbón y Rafa Medina tienen monopolizadas todas las firmas y presentaciones dignas que requieren de aristócratas. Por lo visto hoy día es más útil ser deportista o salir en Tele 5. Que habrá que buscar clientes nuevos que no hayan hecho con anterioridad campañas de imagen. O nos exprimimos las neuronas o termino haciendo promoción de una dieta milagrosa. ¡Pero si yo estoy estupendo!, ¿qué dice esta insensata? Ah, que era un decir. De pronto se me enciende una luz. Busco en la agenda y le paso un teléfono donde no me pueden decir que no.

***

He desayunado en palacio con mamá. Le conté mis planes laborales: voy a ser imagen de Sastrería Guzmán. Todos los varones de la familia somos clientes de Guzmán desde que mi bisabuelo, el Vizconde de Monfort, entrara por casualidad en ella para hacerse con un traje de urgencia cuando una paloma se le cagó encima yendo en la comitiva de la reina Victoria Eugenia. ¡Malditas palomas republicanas!

Diario de un aristócrata II. Una propuesta muy proletaria.

Domingo, 11 Diciembre 2011

Ayer me hicieron unas fotos para una revista de gentlemanes y el insolente fotógrafo me preguntó cuál era mi lado bueno. ¡¡¡Mi lado bueno!!! Le aclaré que una persona de mi alcurnia tiene todos los lados buenos, más si por parte paterna tienes sangre de los Ripalda de Medinaceli y por parte materna sangre de los Suavia. Acto seguido lo abofetee por su insolencia.

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Me dirijo en coche al estudio de un fotógrafo que va a realizar un encargo de la revista PG, Perfect Gentleman. Quieren que pose para la potada de abril. Van a realizar un portfolio con lo más granado de la nueva generación de la aristocracia patria. Según el mail que me mandó el director vamos a hacer una portada coral, “los cinco jóvenes aristócratas con más proyección del momento“: Cayetano, Luís, Luís Alfonso, Borja y yo. Debo confesar que al saber los nombres me pensé unos días el dar el sí, porque si quitamos los que no encajan en lo de “jóvenes”, a los arribistas, a los deslegitimados y a los que no tienen ni un euro… bueno, quedaría sólo yo, y una portada coral necesita más de un protagonista. Así que he sido indulgente y he dado mi sí. Eso sí, he exigido que me fotografíen en solitario y que después lo monten con Photoshop, no quiero coincidir con los otros, que me parecen insoportables.

Mi chofer se detiene ante lo que parece una nave industrial a las afueras de Madrid. Darwin se baja y abre mi puerta.

–Cierra la puerta ahora mismo –le ordeno áspero– y ve a notificar al equipo mi llegada.

Darwin cierra perplejo el coche y se dirige a la puerta metálica de la nave donde busca con ahínco un timbre al que llamar. Yo esperaba que al menos tuvieran la vergüenza plebeya de haber preparado una pequeña comitiva de bienvenida que estuviera esperándome, no creo que esta chusma proletaria tenga muchas oportunidades de tratar con la aristocracia, así que les perdonaré el agravio.

Darwin vuelve dubitativo y me comunica que ya ha notificado mi llegada, que todos se han congratulado y que ¡¡siguen esperando dentro!!

–Darwin, inútil –le espeto–, es obvio que no te has explicado correctamente. Vuelve ahí dentro y les dice que estoy aquí, dentro del coche, en este instante, y que espero el comité de bienvenida protocolario. ¡Ve!

Unos diez minutos más tarde sale a recibirme Armando López de Vinuesa, el director de PG, con su sonrisa más cálida. Lo acompañan Enka Lookenen, la directora de moda y estilista de la sesión fotográfica, una sueca de Valladolid loca por Tom Ford; el fotógrafo, al que me presentan como Ernesto Campillo (¿nacional?, yo esperaba un artista al menos británico, como Lord Snowdown); y una chica de pelo indescriptiblemente verde de nombre perfectamente prescindible por vulgar que se supone me va a hacer unas preguntillas a modo de entrevista. Cuatro en total, una comitiva más bien pobre, pero tolerable.

Entramos en la nave y todo me parece tan pintoresco e ¡industrial! Les comento que mi bisabuelo tuvo una fábrica en Santander a finales del s. XIX y que era modélica pues solo murieron en ella 134 trabajadores, todo un logro social teniendo en cuenta la molesta costumbre que tenían en aquella época de morir en el tajo. Se quedan muy sorprendidos por mis conocimientos de la historia familiar, pero hay que tener en cuenta que La Baronesa nos puso un tutor en casa cuando pequeños que nos hacía estudiar nuestro árbol genealógico y millones de datos como este. El tutor ponía especial acento en el puesto que ocupábamos en las distintas líneas sucesorias a los tronos europeos, por si algún día llegaba nuestro momento.

En seguida nos ponemos manos a la obra. La estilista me pasa un traje de Vuitton y unos zapatos de Hermès. Así también soy estilista yo, recurriendo a valores seguros. Pero a pesar de ser prendas exquisitas está claro que no leyeron el mail que mi relaciones públicas les hizo llegar con mis exigencias.

–Querida, ¿qué color es este? –le pregunto cogiendo la chaqueta como si fuera una bolsa de basura rezumante.

–Gris –me responde perpleja.

–¡Qué simple eres, querida! ¡Gris! Hay miles de grises. Decir que esto es gris es una generalidad, como si le dijeras a un esquimal que la nieve es blanca. Yo diría que este traje es ‘gris nieve sucia que has cogido de debajo de un Land Rover’. Odio ese gris concreto. Si hubiera sido ‘gris cielo de enero previo a un chaparrón’ o ‘gris perla iluminada por una bombilla azul de 220 W’ lo mismo lo hubiera tolerado, pero este gris es inadmisible.

Me dice que tiene alternativas. Me enseña un traje negro de corte sepulturero propio para un presentador de gala de cine español; un traje marrón… ¡inadmisible, en la familia no ha habido nadie tan mediocre como para vestir de marrón!; un traje azul marino…

–¡Basta! –le grito–, ahórrame la tortura de constatar tu minusvalía cromática. Afortunadamente me he permitido hacer una selección personal en Armani.

Darwin aparece con un portatrajes que alberga una exquisita pieza ‘gris aristócrata paseando por los Campos Elíseos’ que hace enmudecer a todos con una variante del Síndrome de Stendhal, a pesar de que la díscola estilista insiste en comparar el primer traje con el que yo aporto repitiendo “es igual, es igual”. Pobrecita, deberían darle una paguita por su minusvalía, debe ser terrible vivir sin la capacidad de distinguir matices cromáticos.

Me visto y el fotógrafo insiste en sentarme en una silla de diseño que voy a tolerar porque es de Philippe Starck… “Cruza las piernas” (me tutea, insólito), “levanta la barbilla”, “pon otro foco allí”…

–Ya casi estamos –me dice porque mi impaciencia es evidente–, solo tenemos que coger postura y… ¿cuál es tu lado bueno?

Me levanto ipso facto y me acerco a él amenazante:

–¡Insolente! ¡¿Mi lado bueno?! ¡¡¡¡Mi lado bueno!!!! Entérese, petimetre, que alguien de mi alcurnia no tiene lado malo. Sepa usted, fotógrafo de pacotilla, que por mis venas corre sangre de los Ripalda de Medinaceli vía paterna y de los Suavia por la rama materna.

Y le planto una sonora bofetada en su cachete derecho, que a partir de entonces ya tenemos seguro que no es “su lado bueno” de lo rojo e hinchado que se le pone. Todo se pone muy tenso y amenaza con llamar a la policía. “¡Hazlo!” le grito mientras  el director trata de reconducir la situación a aguas más calmas.

Armando se disculpa en nombre del fotógrafo y realizamos las fotos. Es buen amigo y no quiero fastidiarle la portada con mi ausencia. Sin mí sería un ‘especial sangre azul’ bastante plebeyo. Es más, me hace una propuesta desconcertante.

–Te quiero en mi revista –me dice, y yo le repito que deje ya de hacerme la pelota, que ya me he hecho las fotos–. No, me refiero como firma. Una columna mensual. ¡No, una página… incluso un par de páginas para ti!

–¿Estás loco? ¿Qué tendría yo que aportar?

–¡Mucho! Lo veo, lo veo… Entrevistas inusuales por un personaje inusual: El Duque de Trastavilla. Entrevistas irreverentes, incluso impertinentes.

¿Impertinentes? Ummmm, no creo que yo pueda ser impertinente dada la educación inglesa que he recibido. Pero debo confesar que me intriga la propuesta. Ya no por el hecho de hacer entrevistas, sino por el trabajar en sí, algo que jamás se ha hecho en la familia. Puede ser una experiencia curiosa. Por supuesto mamá pondrá el grito en el cielo. “¡Antes muerta que un hijo mío proletario!” dirá.

–Me tienta tu propuesta, Armando, debo confesarlo.

–Pues ni lo pienses. Mira, esta semana teníamos programada una entrevista a Tacho El Cipote, el actor porno.

–¿“Tacho El Cipote”? ¿Qué clase de nombre es ese? –pregunto horrorizado.

–No hagas caso, es solo un nombre artístico.

–Ah, ya, como Naty Abascal Duquesa de Feria o Belén Esteban Princesa del Pueblo.

–¡Justo! Pensaba encargarle la entrevista a una periodista de altura como Cristina Tárrega o Beatriz Trapote, pero ahora  mismo en mi cabeza lo veo con otro enfoque: el aristócrata y el actor porno. ¡Demoledor!

En el coche de vuelta a palacio tengo la sensación de que me he precipitado, mi entusiasmo bohemio me traiciona.  No dejo de darle vueltas a qué podría preguntarle a tal Tacho El Cipote. No sé. Si pregunto algo como “qué es lo más duro de su trabajo” me arriesgo a que me conteste con un miembro anatómico en vez de con un concepto abstracto. Esto puede ser muy complicado. Creo que lo mejor es que contrate a un negro que me confeccione un cuestionario. ¿Estará libre Mercedes Milá? Si ha presentado ese horror de bajos fondos llamado Gran Hermano seguro que no le importa hacerme de negro, es mucho más digno, al menos trabajaría para la nobleza. ¡Qué duro es ser aristócrata!

Diario de un aristócrata I. El campo se me subleva.

Domingo, 4 Diciembre 2011

Se me han rebelado los jornaleros en mi latifundio. Exigen salarios dignos y agua potable para beber, entre otras insólitas reivindicaciones como no-sé-qué de estar dados de alta en no-sé-qué de la seguridad social. No entiendo el idioma de la chusma.

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Alguien llama a la puerta de mis aposentos y me saca de un agradable sueño erótico donde aparecen las principales estrellas del catálogo de Victoria’s Secret. Voy a degollar a alguien por despertarme a esta hora tan inmoral. Llamo a voces a Estebaneo, mi ayuda de cámara, mientras aporreo el timbre del servicio. Como sea él quien ha osado llamar a mi puerta que vaya preparando su hatillo porque lo pongo de patitas en la calle con los pertinente veinte azotes de fusta de finiquito.

La puerta se abre y asoma la cabeza un lacayo sin librea (estamos perdiendo las formas y el decoro en este maldito siglo XXI que ya no respeta ni las costumbres más primitivas) y tartamudeando me notifica que la señora Baronesa, o sea, mamá, requiere mi presencia en su gabinete. En ese momento aparece Estebaneo con la cara descompuesta al descubrir que alguien ha perturbado mi descanso a esta hora tan imprudente. Estirado como si un sable le atravesara el organismo del ano a la epiglotis recrimina al lacayo el haber llamado a mi puerta en vez de haberlo buscado a él.

–Está bien, está bien, el chico se puso nervioso por el apercibimiento de la baronesa, cundió el pánico –digo magnánimo–. Abofetéalo y que se vaya a sus quehaceres.

No entiendo la cara de asombro de los dos, ya sabían cuando entraron a trabajar en la casa que aquí prima la disciplina inglesa.

–¿Yo, señor? –me pregunta Estebaneo incrédulo.

–Sí, tú, no pretenderás que salga de la cama solo para abofetear al mozalbete. ¡Ya está bien de tener que hacerlo yo todo! ¡Venga! Con un par de bofetadas resolvemos el expediente disciplinario.

¡Plaf, plaf! Como decía mi abuelo el Duque de Baranqueta, “una mejilla colorada, antes que una servidumbre alborotada”. ¡Qué sabios hemos sido siempre por la rama de los Suabia, la de mamá! Los Ripalda de Medinaceli, la rama paterna, siempre han sido muy avispados para los negocios, ya que su sangre está mezclada con la de la alta burguesía catalana, pero muy lerdos para tratar con el servicio. Hay historias que estremecen a ese respecto en el linaje de papá, como aquello que se cuenta de que mi abuelo le dio trescientas pesetas de la época a la viuda de un lacayo que murió en una cacería con el Generalísimo (por un disparo hecho por mi abuelo). ¡Trescientas pesetas! ¿Qué es lo siguiente, reconocerles una pensión de viudedad? O lo de mi tío Gregorio, que hace tres años reformó toda la mansión familiar y también incluyó en las obras el ala de servicio. ¡Como si alguien fuera nunca al ala de servicio! Lo preocupante es que ese no-se-qué pusilánime en el tratar con el servicio ha llegado hasta esta misma casa. Mi hermana sin ir más lejos… Bueno, mejor no hablar de mi hermana.

Una vez resuelto el asunto del lacayo-despertador, Estebaneo me pregunta qué voy a querer ponerme esta mañana. Yo miro el reloj, y la verdad es que no sé qué contestar. Jamás me había levantado de la cama antes de las doce y media y no sé cuál es el protocolo a seguir a estas intempestivas horas de las diez y cuarto. Mi lógica me dicta que lo mejor será vestirme con una de mis batas de recibir. Tengo batas de estar por casa y batas de recibir, más elegantes y suntuosas, pensadas para atender a visitas de confianza que recibo en el saloncito de mis habitaciones mientras tomo el desayuno.

Dada la urgencia del mensaje de mamá me dirijo sin dilación a sus aposentos. Veo en la cara de los criados gesto de asombro. Sí, yo también me asombro de que pueda mantenerme de pie a esta hora. Debo confesar que me desoriento un poco en el ala oeste del palacio y siempre termino en las más inverosímiles estancias ideadas por la febril y ociosa imaginación de mamá. En 1984 convirtió la sala rosa en un completísimo gimnasio con una gigantesca pantalla de televisión para seguir las sesiones de aerobic de Eva Nasarre solo porque la Marquesa Kiki de Montforte llegó un día asegurando que su nuevo tipín se debía a su afición de ponerse frente al televisor y hacer la garrapata coja tratando de emular a la tal Nasarre. El gimnasio quedó en desuso tras descubrir que la nueva silueta atribuida al aerobic de la de Montforte coincidía con una visita de esta al Dr. Butcher, un nuevo artista plástico (de la cirugía plástica) recién instalado en la ciudad. El gimnasio se convirtió en salón de yoga allá por 1992. Mejor no profundizar en el tema, fue lamentable. Hoy he descubierto por casualidad que en esa estancia tenemos instalado un salón de juegos presidido por una Wii. La imagen mental de mamá usando la Wii me acompañará hasta la tumba.

Llamo a su puerta y espero que me grazne un ‘pasen’ poco cordial. Allí está, sentada en su sillón Regencia favorito frente a su mesita de café con su lector personal leyéndole el periódico con entonación teatral. La Baronesa se niega a leer el periódico por ella misma. Antes muerta que con gafas bifocales, y también le repele el contacto del papel en los dedos a menos que sea papel couché. Dice que mientras haya licenciados en filología a los que esclavizar como lectores por un sueldo ínfimo, ella se niega a mancillar sus ojos con esa mierda amarillista de los periódicos anarquistas y republicanos, ¡incluido La Razón y ABC, que según ella son muy poco críticos con la situación de desorden moral en que vivimos! Al verme pone cara de sorpresa y le digo “hola, mamá” para que me ubique.

–¡Siéntate! ¡Sit! ¡Sit! –mamá trata a todo el mundo como a sus perros Pupito y Eduardo, cree que ‘sit’ es una palabra mágica que funciona también con los humanos.

–¿Querías verme? –le pregunto siguiendo su orden perruna.

–¡Calla y escucha! ¡Sit! –y me golpea en la cabeza con un ¡Hola! enrollado–. ¡Léele!

Y el filólogo empieza a leer una noticia sobre no-sé-qué denuncia a un latifundista malvado que aplasta los derechos de los trabajadores y jornaleros de La Parrala, finca de labor sita en La Algaba (Sevilla). La denuncia, apoyada por el defensor del pueblo y el portavoz de no-sé-qué sindicato del campo, pone de manifiesto que los jornaleros son hacinados en barracones sin las más mínimas condiciones de higiene y que no tienen suministro de agua potable. Una reciente inspección de trabajo sacó a la luz que sólo dos de cada diez trabajadores cuentan con contrato de trabajo. Y que se les adeuda medio año de jornales como mínimo.

–¿Hay que pagarle a los jornaleros? –pregunto sorprendido pues nunca me había planteado que los trabajadores del campo cobraran, siempre me los había imaginado comiendo coles recién recolectadas y haciendo su ropa con sus propias manos. ¡¿Pero han visto la ropa que llevan los campesinos?!

–¡Calla! ¡Sit! –me grita mama. Y coge a Pupito, su perro carlino baboso, gruñón y diabético al que siempre le doy terrones de azúcar cuando la baronesa no mira. Perro más feo no he visto jamás. ¿No podía tener un animal de una raza más aristocrática como el shih tzu de la prima Cayetana o los corgis de la prima Isabel?– ¿Y bien?

–¿Hablas conmigo o con Pupito? –su mirada asesina me deja claro que habla conmigo–. ¿Y bien de qué?

–¡¿Es que no has escuchado lo que este sirviente filológico ha leído?!

–Bueno, ¿qué quieres que te diga? Que cada cual con su problema. Si al pobre desgraciado de esa finca se le ha sublevado el vulgar campesinado algo habrá hecho mal. Si hubiera tenido mano firme como tú, madre, seguro que nada de esto le hubiera ocurrido.

–A ver, querido y lerdo hijo, ¿qué título te fue otorgado a la mayoría de edad?

–Marqués de La Algaba –digo después de pensármelo, porque el título que más uso es el de Duque de Trastavilla que mamá me concedió cuando terminé mis estudios de ciencias políticas en Georgetown. Mamá tiene títulos para dar y regalar y siempre ha obsequiado a sus hijos con ellos en momentos especiales de nuestra vida. Un título siempre ha sido un buen regalo según mamá, no solo porque lleva pareja una serie de propiedades y rentas, sino que, y es lo más importante, a ella le ahorra el dolor de cabeza de buscar un presente que se ajuste a nuestros estrambóticos gustos. [Lo de estrambóticos gustos lo dice sin duda por mis hermanos, yo soy de lo más simple en ese aspecto, basta con entrar en Cartier o Bvlgari para salir con algo que se ajuste a mi gusto].

–Pues, señor Marqués de la Algaba, ¿cómo se llama la finca que le da esas jugosas rentas que se reflejan cada mes en su cuenta corriente?

¡Ostras! ¿Soy yo el malvado latifundista? La verdad es que no me preocupo mucho de mis propiedades andaluzas, son un desastre, solo hay en ellas yerbajos comestibles y gente sudorosa. En fin, tendré que dar una rueda de prensa, echarle los muertos al administrador, prometer mejoras sociales (y recalco ‘prometer’, no ‘llevar a cabo’), regularizar a algunos trabajadores, despedir a la mayoría (menos mal que no tienen contrato), y buscar dinero para ponerme al día con los jornales (es posible que conceda una exclusiva). No quiero escándalos. Me pondré a rezar a San Edilgio Magno, antepasado mío que compró la santidad en el siglo XVI y desde entonces es el patrono familiar, para que esa chusma periodística no escarbe y saque a la luz lo de las ayudas de la Unión Europea de mi finca murciana que se han convertido en un pequeño resort privado. ¡Qué dura es la vida de un aristócrata!