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EL CRACK (el serial) - Capítulo XXXII (FINAL)

Viernes, 5 Junio 2009

Ética y realidad   

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Presente:  

El gran Rafael Ridao (padre) no sale de su asombro de que su pusilánime hijo se haya confabulado con la zorra de su ex-mujer para extorsionarlo. 

*** 

La madrugada pasada: 

Hubiera sido mucho más dramático si hubiera estado lloviendo torrencialmente. Pero no era así. Hacía una noche especialmente agradable. Y aquello de que Nueva York es la ciudad que no duerme es totalmente incierto (¿o eso se dice de Las Vegas?), aquí a ciertas horas todo se vuelve fantasmagórico, ese es el gran legado de Giuliani. Lo único que alteraba la paz de la noche era el loco jadeante que cruzaba la ciudad a la carrera, o sea, yo. Algo no encajaba en la historia. ¿Qué era? No lo sabía con exactitud. Pero de pronto había reparado que lo único incompresible de todo lo sucedido en los últimos meses había sido la boda de mamá con el gigoló. Mamá siempre ha sido muy cerebral en lo se refiere a la relación matrimonio y dinero, por eso no podía aún entender porque se había casado con un prostituto cazafortunas a sabiendas. ¡Ahí había algo muy muy raro que no alcanzaba a vislumbrar!

Llegué al hotel donde mamá ha establecido su residencia neoyorquina. Apenas esperé que el conserje comunicara mi presencia. Para cuando colgó el teléfono yo ya estaba en el ascensor a medio camino. Cuando mi madre me abrió la puerta su cara no era de bienvenida precisamente.

—¿Qué ocurre? —fue único saludo.

—¿Puedo pasar?

—Pasa, hijo, ¿pero sabes qué hora es?

—Necesito hablar contigo urgentemente.

Nos acomodamos en el saloncito de la habitación. Miré hacia la puerta, esperando la irrupción de Xavier, pero no apareció nadie.

—¿Y tu marido?

—¿Quién? —parecía ciertamente desconcertada.

—Xavier.

—¡Ah, ese marido!

—Pues no sé. Creo que se fue a Los Ángeles, lo llamó una clienta, o quiere ser estrella del cine, o yo qué sé.

—¡¿Cómo?!

—Por favor, cariño, no me dirás que me has sacado de la cama para hablar de Xavier. Podrías haber esperado a…

—No, no podía. Necesito saberlo, ¿por qué te has casado con un gigoló?

Soltó una carcajada que me erizó el pelo, no lograba comprender qué le divertía tanto. Apenas podía contener las lágrimas.

—No me puedo creer que sigas con eso… —se serenó y me miró tiernamente a los ojos—, Rafe, cariño, Xavier solo es un bien ‘amigo’ que me ha hecho un favor.

—¿Casarse contigo es hacerte un favor? —no comprendía nada.

—No hubo tal boda, cariño. Simplemente fue una argucia para exprimir a tu padre en lo del divorcio. Estando casada no tiene que pasarme pensión y llegamos al acuerdo de que si yo me casaba antes de la firma del convenio él sería muy generoso con la parte de bienes que me toca en el reparto.

—Pero yo vi cómo te casabas. Vi como firmabas la partida de matrimonio.

—¡Rafael, qué pocas luces, por Dios! ¿Viste acaso los papeles que acreditan que la persona que nos casó tiene potestad para cerebrar matrimonios? Tu padre insistió en estar presente en la boda, y con todo lo listo que es, el suspicaz hombre de negocios tragó el anzuelo. También vio cómo firmábamos la partida de matrimonio y ni sospechó que todo era un teatrillo. ¡Ay los genes Ridao! ¡Cómo confiáis en lo que veis!

—Y todo para…

—Para firmar el reparto generoso de bienes. Muy generoso, he de decir. Ahora mis abogados pedirán la pensión arguyendo algún vericueto legal, yo que sé. Me gustaría ver la cara de tu pobre padre cuando llegue a la conclusión de que todo ha sido un teatrillo.

—¡¿Y por qué no me lo dijiste?!

—Lo hice, ¿recuerdas? Te dije que confiaras en mí que estaba haciendo lo que más me convenía.

—Yo pensé que hablabas de sentimientos, que estabas enamorada, que querías alguien con quien compartir los últimos días.

—No seas cenizo y nombres la muerte, idiota. Además, ¿cuándo he hablado yo nunca de sentimientos? —ahí llevaba razón.

—Pero os vi tan… unidos… en la cama… ahí —señalé al dormitorio.

—Rafe, ya sabes cómo es tu padre. He tenido gente siguiéndome, escuchas telefónicas y servicio del hotel espiándome un mes al menos, desde que le dije que me casaba. Teníamos que mantener la farsa. La verdad es que tu berrinche de hijo obtuso le dio una pátina de credibilidad a la historia.

—¡Me has utilizado tú también!

—No digas eso, está muy feo.

—Pues para que lo sepas no eres tan lista.

En cierta manera me estaba alegrando de ser yo quien le diera la noticia de que el reparto de bienes que había firmado estaba incompleto, bastante incompleto, porque una gran cantidad de patrimonio estaba puesto a mi nombre. Su cara se transformó al oírlo y no dejaba de repetir “¡cabrito!”. Así se había permitido ser generoso en el acuerdo, porque aunque le hubiera dado el cien por cien de lo que aparecía a su nombre no hubiera llegado a darle lo que le correspondía en realidad. La timadora timada.

Cuando llevaba quince minutos soltando una retahíla de insultos, maldiciones y amenazas, aproveche que estaba tomando aire y la interrumpí:

—No te preocupes, creo que tengo una idea.—Cariño, ¿estás seguro?, porque, perdona, las ideas nunca ha sido tu fuerte. 

***

Presente: 

Mi padre espera a escuchar mis condiciones. En su mirada veo que cree que puede negociar y llevar el juego a su terreno, aunque empieza a darse cuenta de que no soy tan estúpido como siempre ha presumido.

—¿Y bien? ¿Cómo puedo recuperar mi patrimonio?

—Así me gusta, espíritu deportivo —le digo con una sonrisa bobalicona que sé que le pone nervioso—. Verás, el juego se llama ‘Hoy vamos a hacer justicia’. Digamos que de aquí a diez años te lo habré devuelto todo. Bueno, todo no, pero no voy a adelantar acontecimientos. Cada año que pase te devolveré un diez por ciento de lo que has puesto fraudulentamente a mi nombre, a cambio de que se ponga en marcha desde el banco un programa de cooperación y ayuda al desarrollo al que se destinará un cinco por ciento de los beneficios anuales del banco.

—Estás loco.

—Quizás, creo que me lo haré mirar, no lo dudes, pero esta es la idea más sensata que he tenido en mi vida. Continúo. Si al final del año se han cumplido con el compromiso y se ha invertido en proyectos ‘verdaderamente’ sociales esa cantidad yo te trasferiré el diez por ciento de tu patrimonio una vez restada la parte proporcionar que le corresponde a mi madre sobre ello. Ella se somete al juego también, ¿verdad, mamá?, y renuncia a reclamar una pensión.

—No puede pedir una pensión, está casada.

—¡Error!, pero eso es otra historia que a continuación te contará ella con calma. Y ahora estás pensando: “vaya, no es mala idea, una fundación puede hacerme desgravar y de todas formas puedo manejarla para que todo termine en mi bolsillo”. Nueva mente te equivocas, porque me reservo el derecho de poner a un hombre de mi confianza para que dirija todo esto.

—¿A quién? —me suelta como un gruñido.

—¿Recuerdas a mi asistente, Robert? Es un profesional muy capaz, con el que me he comportado un poco inadecuadamente. He decidido que va a ser otro beneficiario de ‘Hoy vamos a hacer justicia’.

—¿Y si no acepto?

—Pues me quedo con todo, así de sencillo. Y si no se cumplen los objetivos un año, pues me quedo el dinero otro. Mientras, todo lo que genere ese patrimonio irá destinado también a los proyectos de desarrollo y cooperación. ¿No crees que es hora de que los bancos devuelvan a la sociedad un poco de lo que le expolia? No, evidentemente, no estás de acuerdo.

—¿Y tú qué sacas de todo esto?

—¿Yo? La satisfacción de hacer lo correcto. Si me apropiara de lo más mínimo estoy seguro de que me quedaría sin algo que vale mucho más, y no pienso renunciar a ella, porque me hace ser mejor persona.

—¿De qué coño hablas?

—Cosas mía. ¿Qué?, ¿jugamos?

He logrado noquearlo. Nada más que por ver su cara en este momento ha merecido vivir hasta hoy. Su cabeza funciona a marchas forzadas, está buscando la respuesta que le procure un poco de oxigeno. Pero no estoy dispuesto a bajar la guardia. Chasco la lengua imitando el tic tac de un reloj.

—Se acabó. Necesito una respuesta.

—Está bien —las palabras salen de su boca a tropezones, sé que él quisiera luchar pero es muy arriesgado con tanto que perder sobre la mesa de juego—. La semana que viene podemos reunirnos…

—No, la semana que viene te reunirás con Robert y cerrarás flecos, pero un preacuerdo se va a firmar aquí y ahora.

Saco el móvil y le hago una perdida a Warren que espera en el hall del edificio. Sube como un rayo llevando el documento que hemos redactado donde se plasma todo lo que le he explicado. El odio emana de sus ojos y rechina los dientes, jamás lo había visto tan furioso. Pero papá es un buen jugador, no se llega a ser un importante banquero si no sabes que unas veces se gana y otras se pierde, y que lo que verdaderamente importa es jugar. Firmamos el acuerdo, página por página, y nos quedamos cada uno con una copia. Le tiendo la mano pero me la rechaza, ¡qué inmaduro de su parte!

—Eso es todo —le digo mientras me encamino a la puerta—, te dejo con mamá para qué te explique por qué no viene con su supuesto marido. ¡Ah, papá! —me paro antes de salir— ya hablaremos de lo del préstamo para lo del negocio, pero cuando vuelva de viaje. Espero que no me pongas un interés muy alto, que somos familia. 

 

 

Cuando estamos bajando en el ascensor Warren me pregunta que dónde me voy de viaje.

—No sé, donde Bel quiera, quiero que sea la luna de miel de sus sueños —Warren me coge del cuello y me besa la cabeza de la alegría—. Tío, tenemos que pararnos en Tiffany’s para la sortija, quiero pedírselo en condiciones, ya sabes, nada de chapuzas. ¿Por cierto? ¿Tú me puedes prestar algo para comprarla?, es que estoy seco.

—¡No se cómo te soporto! —se ríe a carcajadas. El sol nos da la cara y tengo la sensación que es la primera vez que piso las calles de Nueva York, al menos en mi recién estrenada mida de adulto responsable y altruista.

—¿Y ahora qué, Rafe? ¿Qué vamos a hacer? —me dice mi amigo.

—¿Sabes qué es lo que siempre he querido hacer en la vida?

—¿El qué?

—Absolutamente nada.  

FIN

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXXI

Viernes, 29 Mayo 2009

¿Así que soy rico?   

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Pues sí, sin duda era rico. Habíamos analizado los papeles de arriba abajo, de delante a atrás, la letra grande y la pequeña… y sin lugar a dudas no se trataba de una broma o error. ¡Era rico! Los documentos que debía firmar eran ciertamente el compromiso de mi padre de pasarme una pensión vitalicia, sí, pero (ahí estaba la sorpresa) a cambio de toda una serie de acciones, participaciones y propiedades que en algún momento de mi vida habían sido transferidas a mi patrimonio particular (que yo creía inexistente). Todos me preguntaban que en qué momento había recibido todo aquello y se negaban a creer que no tuviera ni la más pajolera idea.

Sobre las cuatro de la mañana empecé a tener pequeños flashbacks. Comencé a recordar cómo en cada visita que papá hacía a mi sucursal traía una pila de documentos que me hacía firmar en su presencia, como si fuera algo rutinario. Nunca leí ningún papel, me limitaba a estampar mi rubrica. ¡Era mi padre, no iba a querer mi mal! (Y ciertamente no me hizo ningún mal, sólo me enriqueció sustancialmente mientras yo lo ignoraba). Y tal como me había dado todo aquello ahora pretendía quitármelo. ¡Por eso había tantos abogados en la reunión que insistían que firmara en aquel preciso momento y que no me llevara los papeles! No querían que los leyera. Todos esos abogados del Club Yale no estaban allí por el acuerdo de divorcio de mi madre, o al menos no sólo por eso, ¡estaban por mí!

—¿De veras que no sabías nada? —me preguntaba incrédula Belinda.

—Ni idea.

—Pero al pagar los impuestos…

—Nunca me he ocupado de eso, Bel. Todos mis asuntos burocráticos los llevaban desde la empresa. Jamás he visto una declaración de renta, por lo que a mí se refiere no sé siquiera si he pagado alguna en mi vida.

—No lo entiendo —apostilló Warren—, si intentaban colártela ¿cómo es que han dejado que te traigas los papeles y no te han hecho firmarlos allí mismo?

¡Ahí está la cuestión! Los abogados estaban dispuestos a matar si era preciso con tal de que los documentos no salieran de sus manos. Fue mi padre el que les ordenó que dejaran que me los llevara porque estaba seguro de que no los leería. Me cree tan descerebrado y perezoso como para no repasar los papeles antes de firmarlos. Y lo más triste es que estaba en lo cierto. Si no hubiera dejado a Puppy sola con los documentos durante horas yo nunca los hubiera leído.

—¿Pero para qué cederte todo este patrimonio para después simplemente quitártelo? —dijo Bel.

¿Para qué? Piensa, ¿qué no encaja de esta historia? ¡Ajá!

—¿Dónde vas, Rafe? Son las cuatro de la mañana —escuché a Warren gritarme mientras salía corriendo de mi apartamento.   

***

Eran las seis de la mañana cuando regresé. Todos estaban dormidos en el sofá, unos encima de otros. Estaba agotado y cabreado, aletargado por el continuo estrés de las últimas veinticuatro horas. Me puse a hacer café, necesitaba despejarme, desafortunadamente no tenía ni idea de cómo funcionaba aquel cacharro. Estaba a punto de estrellarlo cuando las manos de Bel me quitaron la cafetera de las manos. La desenroscó y la cargó de café molido.

—¿Tienes café y no sabes usar la cafetera? —me dijo con una sonrisa tierna.

—No es mío. Ni la cafetera ni el café, no sé ni siquiera si está caducado o no. Todo estaba ya aquí cuando alquilé el apartamento.

—¿Qué vas a hacer? —me dijo tras una pausa tensa.

—No lo sé.

—No te puedes quedar con todo eso, no te pertenece.

—Legalmente sí. En España hay un refrán que dice que “el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. Mi padre me ha manipulado, quizás debería recibir un poco de su propia medicina.

—El rencor no es buen consejero.

—¿Tanto te defraudaría que me quedara con todo eso?

—Me defraudaría que fueras avaricioso y codicioso, porque no es ese el hombre del que me enamoré.

Respiré hondo. En mi vida jamás había tenido claro qué era aquello de ‘hacer lo correcto’. Siempre me había dejado llevar por mis impulsos y había satisfecho mis deseos sin preocuparme de las implicaciones. Ahora me debatía moralmente y eso era síntoma de que no era el mismo Rafael Ridao de hace meses, algo había cambiado en mí. Me moría de ganas de desplumar a mi padre y quedarme con todo, vivir como un maharajá y sentir mis ansias de venganza saciadas. Pero por otro lado se había despertado en mí cierta necesidad constructiva, de hacer algo útil, y sobre todo ser mejor persona.

—He tomado una decisión —le dije a Bel—, y necesito que confíes en mí.

Cerro los ojos como enfrentándose a un gran sacrificio y asintió con la cabeza. En mi fuero interno yo sabía que era una confianza provisional, a la espera de ver el signo de mi decisión, pero estaba seguro de que no la defraudaría a pesar de no ser la decisión más ética tomada en mi vida. Enseguida pegué un grito que despertó a toda la casa y le ordené a Warren que se espabilara, que teníamos mucho que hacer antes de la reunión con mi padre.   

*** 

Vi llegar el coche de papá desde la ventana. Lo había llamado bien temprano y lo había citado a primera hora de la tarde para darle los papeles. No entendía por qué le había citado en un edificio de oficinas de la séptima avenida. Era un espacio diáfano, de paredes blancas y grandes ventanales. Elegante y minimalista pero con cierto sabor retro. Me encantaba. Suelo de parquet. Escuchaba mis propios pasos mientras deambulaba esperando la llegada de papá, y allí estaba ya, subiendo el ascensor.

Llegó con su cara de “no me hagas perder el tiempo” pero yo estaba preparado. Lo había ensayado mil veces en mi cabeza.

—¿Por qué me has citado aquí? —me soltó a bocajarro, ni “hola, hijo”, ni ningún otro formalismo.

—Estoy viendo oficinas y quería tu opinión. ¿Qué te parece?

—Oficinas para qué —me dijo suspicaz.

—Creo que voy a montar un negocio. No, no te preocupes, no voy a volver a las finanzas, ya tengo claro que no es lo mío. Últimamente he descubierto que se me dan bien las relaciones públicas y la organización de eventos. He pensado que ahora que mi amigo Warren está sin empleo quizá podríamos establecernos por nuestra cuenta. ¿Qué te parece?

—Bien, bien…

—Tendremos que pedir un préstamo para ponerlo en marcha, ¿pero para qué tiene uno a un padre banquero, no?, no creo que haya problemas en pedirte un préstamo, ¿verdad?—Claro, claro, lo estudiaremos… ¿Y los papeles? Tengo un poco de prisa.

—En la ventana —le señalé el alfeizar de uno de los ventanales. La oficina estaba vacía, lista para alquilar, totalmente desamueblada, el poyete de la venta era el único sitio donde había podido dejar la carpeta. Mi padre dio dos zancadas y se hizo con la carpeta.

—No están firmados.

—¿No? —dije con sorpresa fingida—, espera, qué torpe, tienes un boli.Claro que tenía un boli. Me lo extendió e hice el amago de firmar pero me detuve en el último momento.

—¿Sabes? Acabo de recordar que no había firmado los papeles… porque no pienso firmarlos.

—¡¿Qué?! —su cara se descompuso.

—Es que da la casualidad que los he leído y he llegado a la conclusión de que 3000 dólares al mes es mucho menos de lo que renta todo este patrimonio que quieres que te traspase.

—Chantaje —me espetó rechinando los dientes.

—Que palabra más fea. Pero la prefiero a estafa, evasión de capitales, o más concretamente… ¿cómo es el término que se usa en España?, levantamiento de bienes.

—¿Qué quieres? —por fin salió a flote el mítico Rafael Ridao, hombre de negocios ante todo. En su rostro se veía que estaba calculando como minimizar daños.

—No te preocupes papá, no quiero quedarme con todo lo que me habías “regalado”. Digamos que vamos a firmar un acuerdo que he redactado yo. Tómatelo por un juego. Podrás recuperar tu patrimonio poco a poco pero con mis reglas.

—¿Y si no estoy dispuesto?

—Entonces tendré que quedarme con todo y tomar las riendas de tu maravilloso imperio financiero.

—No tienes acciones suficientes para tomar decisiones, nunca podrías arrebatarme el control.

—¿Yo sólo?, claro que no, pero no estoy sólo.

No puedo decir que fuera una entrada magistral improvisada, porque lo habíamos ensayado hasta la extenuación. Unos tacones sonaron en el umbral de la oficina y una silueta forrada de Chanel entró en escena.

—Mamá, pasa. Precisamente estaba hablando de ti. Le estaba diciendo a papá que con las acciones que te corresponden por el divorcio más las que él tan generosamente me ha cedido podríamos quedarnos con el control de todo.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXX

Viernes, 22 Mayo 2009

Dispara, sí, pero no manches   

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—¡Imagina, tío! —le digo a Warren con todo el entusiasmo que mi adrenalina me proporciona—, allí estaba yo, encañonado directamente entre ojo y ojo, firme como el acero, desafiante.

—¡Ejem! —tose Bel detrás de mí—, perdona, un segundo, a ver… O cuentas las cosas de forma medianamente creíble o tendré que contarlo yo, ¿recuerdas?, yo también estaba allí.   

***

Nunca en mi vida había experimentado nada igual, mi cuerpo me pedía desmayarme, pero el terror me hacía permanecer inmovilizado. El loco de Robert (con pinta de desquiciado), por alguna razón achacaba su despido y caída en desgracia a mí. Capital Investors se habían encargado no sólo de ponerlo de patitas en la calle sino de que no consiguiera trabajo tras la debacle de la fiesta en el American Museum of Natural History. Bueno, sí, fui yo el que lo preparé todo para que Robert provocara por accidente el apagón, pero el incendio posterior fue un daño colateral no planificado. Además se lo merecía por déspota, trepa y traidor. Aunque no podía exponerle mi punto de vista mientras tuviera un arma con que apuntarme a la cabeza, ya que tengo la mala costumbre de no discutir con gente armada.

—Me has arruinado la vida —me escupió—, me has hundido, no te bastó con tenerme pisoteado mientras eras mi jefe, mientras que yo me afanaba por cubrir tus errores, sacarte de los líos en que te metías…

—Eres un trepa —ahí me envalentoné— y un envidioso. A ver, ¿cuándo me has sacado de un lío?

—¿Aquella vez que conseguí que te soltaran de los calabozos de madrugada por agredir a la seguridad del aeropuerto?

—¡Ya sabía yo que ibas a salir con eso! ¡Tú sabías que era un directivo fantasma, que no pintaba nada, y me mantuviste en el engaño!

—Te preparaba todas las mañanas la mesa para que te pusieras al corriente, pero preferías pasar cada día del club a los almuerzos con starlettes descerebradas y modelos autistas. Te prometo que no te hubiera sido muy difícil darte cuenta de la situación con que hubieras trabajado de verdad un solo día de tu vida. Cubría tu incompetencia, excusaba todas las citas de trabajo a las que no comparecías, rellenaba memorandos que se suponía tenías que redactar tú y que pasaban días en la bandeja de entrada de tu ordenador sin que ni siquiera abrieras la cuenta de correo. ¡¿Y qué recibo a cambio?! El encono de un  psicópata que no ha parado hasta que me han despedido e introducido en no-sé-qué lista negra que me cierra todas las puertas. ¡Estoy desesperado!

—No, estás loco —le respondo flemático. He comprendido rápidamente que si viniera a matarme ya lo hubiera hecho, no me hubiera soltado el discurso.

—Los locos hacen locuras.

—Y los tontos tonterías, ¿quién era tu madre, la madre de Forrest Gump? ¡Qué suerte tener dos hijos subnormales!

—Tío, tienes pelotas —escucho a mis espaldas decir a un cliente del café.

—Tengo las que les falta a este —respondo sin perder de vista a Robert, la pistola sigue estando ahí después de todo.

Una sombra de desconcierto cruza su rostro. ¿Qué pretendía?, ¿verme de rodillas suplicando por mi vida? Pues no le había salido el plan bien, ¿y ahora qué?, ¿me tendría que matar?, ¿era ese su plan B? Era obvio que esa alternativa no había cruzado por su mente. Pero algo tenía que hacer. Estoy seguro que estaba pensando “esto hay que rematarlo de alguna manera o quedaré como un auténtico idiota”. Así que optó por una solución digna pero absolutamente estúpida y predecible: se metió el cañón del revolver en la boca. Bel soltó un grito, lo que me molestó en extremo ya que mientras que mi vida era la amenazada había permanecido absolutamente callada, pero cuando Robert amagó con el suicidio se descompuso. “¡Haz algo, Rafe!” me dijo. Así que hice lo único que podía hacer para que ese loco no esparciera sus sesos por toda la cafetería, me fui hacia él, lo cogí del brazo y lo arrastré hasta la calle. Lo lancé a medio de la acera de un empujón y cerré la puerta del local tras de mí. La gente aplaudió, se levantaron del suelo y siguieron disfrutando de su pedido, algunos clientes se quejaron de que el café se había enfriado. ¿Qué quieren? ¡Esto es Nueva York!

—¡¿Pero qué has hecho?! —no comprendía por qué me gritaba ahora Belinda.

—Pues sacarlo de local, evitar que se suicidara aquí, ¿no es lo que querías?

—¡Quería que evitaras que se suicidara!… Aquí, afuera o donde sea. No que lo sacaras del local y le dejaras el arma para que cometa una locura en la esquina.

—Si lo hace en la esquina ya no es asunto nuestro, eso ya es problema de… del departamento de policía, de salud pública o el departamento de limpieza, ¡yo que sé qué organismo es responsable de la gente que esparce sus sesos en la calle!

—Eres el ser más insensible que conozco, Rafael Ridao. No sólo le causas la ruina a ese pobre hombre por un extraño sentido del agravio que te has montado en su cabeza, sino que eres capaz de dejar que se suicide sin levantar un dedo por evitarlo. Cuando entró estabas diciendo que no habías hecho nunca daño a nadie, pues yo creo que eres un ser malvado.

Empezaba a estar furioso. Apreté los puños, me giré y salí del restaurante. En menos de dos minutos estaba de vuelta. Le tendí la pistola de Robert a Belinda y le dije:

—¡Ya está! Ya no puede suicidarse. Estaba ahí fuera todavía, con la pistola en la boca. Si hubiera querido suicidarse de veras lo hubiera hecho hace rato. Pero si te quedas más tranquila aquí tienes. Sin pistola no hay suicidio.

Belinda hizo un gesto de desesperación y salió ella misma del restaurante en busca del suicida que no terminaba de suicidarse. No comprendo a las mujeres, ¡qué más le da a ella que ese tío se tire bajo un coche o se arroje de un rascacielos! El móvil de Puppy, que yo había cogido porque había perdido el mío, empezó a zumbar dentro de mi chaqueta, era Warren.

—Rafe, ¡menos mal! He llamado a tu casa y Puppy me ha dicho que llevabas su móvil. Voy camino de tu casa, vete para allá y no te muevas de allí, Robert te está buscando para matarte —¡a buenas horas viene con el aviso!—, está mañana apareció en mi apartamento para preguntar dónde vives, me hice el loco, le dije que habías cambiado de domicilio un centenar de veces en las últimas semanas. Así que me hizo decirle dónde trabajabas.

—Y se lo dijiste —así que esa sensación de constante vigilancia de las últimas horas había sido Robert siguiéndome por toda la ciudad.

—¡Tío, tenía una pistola!

—Gracias, Warren, muchas gracias, de veras, ¿con amigos como tú quién necesita enemigos? Un momento, ¿cuándo dices que apareció en tu apartamento?

—Esta mañana, a eso de las siete y cuarto —miré mi reloj, eran casi las doce y media de la noche.

—¿No crees que me lo podrías haber dicho antes?

—Es que hoy he estado muy liado y no me he acordado hasta ahora.

Es increíble. Es absolutamente increíble que olvidara que andaba buscándome un psicópata homicida… ¡Quince horas! ¡Quince horas para recordar algo tan vital!   

*** 

Y así es como hemos terminado todos en mi apartamento. Bel ha insistido en traer a Robert y meterlo en mi cama para que descanse después del episodio homicida. Dice que es lo menos que puedo hacer por haber arruinado la vida de ese hombre ¡No es para tanto!

Warren llegó al apartamento poco antes que nosotros, Puppy ya le había abierto la puerta. No hemos comentado aún su desliz y redefinido el concepto de amistad que nos une. Belinda está agotada por el estrés de la noche y parece haber olvidado que me había dejado, ¡bien! Puppy no ha abierto el pico durante todo el relato, y no porque estuviera cautivada con la historia, de hecho parece no haber escuchado nada, está absorta en el legajo de papeluchos que mi padre me dio para firmar para lo de la pensión. Debe resultarle fascinante porque incluso lleva puesta las gafas de leer que no usa nunca, ni a solas, sólo las saca para ojear el Vogue París. Dice que todavía no se ha escrito nada lo suficientemente sublime que justifique que se la vea con gafas. Pues parece que los papeles la han cautivado. 

—¿Tú qué dices, Puppy? —le pregunto.

—Que no lo entiendo.

—No hay nada que entender, Robert está loco y punto.

—¿Quién es Robert?

—¿Entonces qué no entiendes?

—¿Por qué te obstinas en vivir es este apestoso apartamento cuando eres inmensamente rico?

—Otra vez se te ha subido la laca de uñas de Yves Saint Laurent al cerebro, querida. ¿No recuerdas que papá me cortó el grifo hace meses? Perdonadla —digo condescendiente a los otros— pero está un poco senil.

—Idiota. No hablo de la fortuna de tu padre, sino de la tuya.

—Yo no tengo nada, querida.

—¡Anda que no!

—¿Eso quién lo dice?

—Pues lo dice aquí, y bien clarito, rico, rico, rico, pero que muy rico —y me enseña los papeles de papá.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXIX

Viernes, 15 Mayo 2009

¿Será que no me quiere?   

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He superado el ‘Sushigate’. Puede parecer una nimiedad, pero cambiar las costillas de cerdo en el jardín por sushi en una galería de arte puede significar una hecatombe cuando ya has cerrado todos los flecos, pagado adelantos, llevado invitaciones a imprenta… y perdido unos Ferragamo por el camino. La clienta para la que preparábamos la fiesta había tenido un cambio de humor radical y ya no quería una agradable soirée de jardín, sino que quería algo totalmente distinto, lo que para nosotros, los organizadores, significaban simplemente ‘pérdidas’. Yo sé tratar a estas socialités bipolares, me he criado entre ellas, así que sabía que la cuestión, la clave, estaba en averiguar de dónde partía ese cambio de opinión repentino. Como un experimentado loquero de la Gran Manzana, a los que he recurrido con asiduidad para mantener mi equilibrio emocional, empecé a aplicarle la terapia explorativa para llegar a la génesis del problema sin preguntar directamente. Después de media hora divagando por teléfono me comentó de pasada que una tal Roberta, amiga de la susodicha, le había contado que había estado en una presentación de una cruise collection de un joven diseñador de moda en una galería del SoHo, y que le había parecido fantástico, “con ese delicioso sushi”. ¡Ahí estaba la clave! Un comentario chic solo se contrarresta con una opinión ultrachic, así que le propuse tomar una copa para cerrar los detalles. Acordamos vernos en el Underbar del W Union Square. En cuanto colgué llamé a Puppy, le expliqué mi problema y me dijo que se dirigía ya hacia allá.

La clienta me esperaba en un sensual vestido rojo de Jason Wu, todas vestían Jason Wu desde Michelle Obama, aunque fueran republicanas. No se la veía nada mal a pesar de sus cincuenta y tantos años. Warren y yo nunca hablamos de la edad real de las damas, sino de la que aparentan dependiendo de quién es su cirujano plástico. Usábamos frases como “Christina está fantástica, no le echo más de 35 años-Suffolk”, o lo que era lo mismo, que el Dr. Suffolk hacía que una cincuentona nos pareciera apetecible como una treintañera. Cuando apareció Puppy simulando que era una casualidad me sentí aliviado, porque no dudaba de que mi plan funcionaría y porque la señora en cuestión no dejaba de sobarme mi pierna con sus Manolo Blahnick cual gata en celo.

—¿Qué tal, Puppy?, ¿conoces a Annette?

—Claro, ¿cómo estás, querida?, ¿qué hacéis aquí?, ¿conspirando?

—No estás muy alejada —le dije—, concretamente planificamos su próxima fiesta.

—¡Fiestas!, ¡me encantan las fiestas! —“lo sabemos Puppy, ve al grano y no sobreactues”, me dieron ganas de decirle—, ¿sabes?, estuve hace poco en una de esas deliciosas fiestas de jardín, ¡tan super! Y lo mejor fue que a la anfitriona se le ocurrió deleitarnos con maravillosas costillistas de cerdo en salsa. ¡Fue tan brutal!

—Chic —le dije alarmado por la palabra ‘brutal’ que no estaba en el guión planificado.

—Eso, chic, esa es la palabra que busco. ¡Fue tan chic!

Annette la miraba con la boca abierta, pero desde donde yo estaba no podía ver si se había tragado el anzuelo. Hasta que dijo…

—¡Dios! ¡Es justo lo que yo voy a hacer! Tienes que venir a mi fiesta, Puppy, mis costillitas serán mil veces mejores, ¿verdad, Rafael?

¡Bingo!   

*** 

Para cuando dejamos el bar eran las once, estaba molido. Lo había conseguido, había salvado la crisis, pero mis energías se habían ido en el intento. Puppy me acompañó a casa, a mi modesto apartamento que pronto dejaría en cuanto firmara los papeles de la pensión que papá iba a pasarme. En dos ocasiones me detuve en medio de la calle por una horrible sensación de sentirme observado. Puppy me tranquilizó, ella también pasó una época con manía persecutoria, allá por el 2007 que estaba muy de moda entre los asiduos al psicoanalista, pero se solucionó a bases de pastillas. Ahora estaba de moda los comportamientos TOC (trastorno obsesivo-compulsivo) desde que se sabe que Justin Timberlake los sufre, Puppy me enseñó sus pastis para su TOC.

La luz del contestador chispeaba. El mensaje era claro: “¡cabrito!”. Era Bel, le había dado plantón, pero seguro que comprendería que había sido por causa de fuerza mayor. La llamé.

—Bel, cariño. He tenido un día horrible.

—Siempre tienes un día horrible, Rafael. Y desde que salgo contigo también los tengo yo, por tu culpa. Estoy harta.

—¿No vas a escucharme siquiera?, me han atracado en Harlem, me han robado los zapatos —no dice nada, es buena señal, está dándome una oportunidad para explicarle—. Después llegué tarde a la cita con mi padre, pero había problemas con la fiesta que te dije que estaba organizando y tuve que irme volando. He estado luchando hasta ahora con la clienta para que no cambie los planes.

—¿Lo has conseguido?

—Sí, al final seguimos con el plan inicial, hubiera sido desastroso…

—¿Estos papeluchos qué son? —pregunta Puppy con los documentos que me ha dado papá en la mano.

—Bien, dile buenas noches de mi parte a Puppy —me dice Bel muy tranquila—, ahora me voy a trabajar, he cambiado el turno para no tener que pensar en el gilipollas egoísta que piensa que soy tan estúpida como para tragarme que ha tenido un mal día mientras está en su apartamento con su ex-novia. Lo malo es que casi lo consigues. Por favor, quema mi número de teléfono y olvida mi dirección, ¡te odio!

Me ha colgado. ¿Qué he hecho en mis vidas anteriores para que todo me salga mal en esta? Le haré caso, no la llamaré ni iré a su casa, pero no me ha dicho que me olvide de dónde trabaja, es un café público, no puede echarme, me tiene que escuchar.

—¿Dónde vas? —me dice Puppy cuando me ve coger la chaqueta.

—A salvar mi relación.

—Warren tiene razón, te has vuelto monotemático, siempre con tus crisis de pareja desde que está con esa camarera. Conmigo no tenías crisis.

—Contigo no tenía nada a lo que llamar ‘relación’.

—Tenías sexo.

—Qué superficial eres, Puppy.

—Sexo del bueno. ¿Te importa que me quede aquí?

—Haz lo que quieras, siempre lo haces —le digo saliendo a todo correr.

Definitivamente debo estar loco, no por pensar que puedo hacer que Bel se crea que todo ha sido de lo más inocente, sino porque sigo con esa sensación persecutoria. Un motivo más para reanudar mis sesiones con el psicólogo. Bel ha llegado antes que yo al café, se ha puesto su uniforme y está anotando pedidos. Cuando me ve no hace ni una mueca, simplemente me ignora.

—Bel, cariño, todo tiene una explicación —no responde—. Sé que siempre estoy con excusas y justificaciones, pero te prometo que si Puppy estaba conmigo es por una buena causa, era una pieza fundamental en el plan para capear la crisis con la clienta. No me he acostado con ella, ¡te lo juro! —sigue callada, ni siquiera me mira, va de un lado a otro repartiendo café y yo la sigo como un perrillo faldero—. Si no eres capaz de comprender que en este mundo no hay ninguna mujer que me interese, sólo tú, entonces no sé para qué me molesto.

—Eso digo yo —ha hablado—, ¿para qué te molestas?, ¿para estar siempre con esta tensión?, siempre disculpándote. ¡Si ni siquiera sabes por qué estoy enfadada!

—¿No? —¿no lo sé?—, ¿por qué estás enfadada?

—Precisamente por eso, porque no sabes nunca por qué estoy enfadada.

—Espera, eso no tiene sentido, eso es uno de esos trabalenguas femeninos que enmascaran un sinsentido. Estás enfada porque no sé por qué estás enfadada, pero en ese caso no hay razón para que estés enfadada, porque tu enfado es posterior a mi incomprensión a un enfado que se debe producir después mi incomprensión.

—¡¿Qué dices?!

—¡¡¡Que no lo entiendo!!!

—No hay nada que entender, Rafael. Porque no se puede entender que esto sea una relación a cuatro con Warren y Puppy de por medio. No se puede entender que pases más tiempo con tu ex que conmigo. No se puede entender que tu primer pensamiento ante una crisis sea llamarla a ella y olvidarte de llamarme a mí para anular la cita.

—Pero, Bel…

—¡No hay nada que comprender! Además estoy harta de jugar a ser tu conciencia, de atarte al lado bueno, quitarte esas locuras horribles que de pronto surgen en tu cabeza (y cuando no te las sugiere Warren), estoy harta de tener que evitar que desates tu maldad con los que te rodean.

—Bel, no digas eso, yo no soy mala persona, un poco alocado sí, pero nunca he hecho daño a nadie.

—Perdone, señor —me dice un señor gordo que está sentado justo detrás de donde estoy de pie discutiendo con Belinda.

—¡¡¿Qué?!! —le respondo bastante groseramente.

—¿Puede echarse un poco para allá?

—¿Le molesta que intente que la mujer maravillosa del mundo me perdone? ¿Le molestan nuestros gritos? ¿Le molesta que no me dé por vencido? ¿Es eso lo que le incomoda?

—No, es el caballero que le está apuntando con una pistola lo que me pone un poco nervioso.

De pronto me doy cuenta: todo el mundo en el café está escondido bajo la mesa, salvo Bel y yo que nos hemos aislado del mundo en nuestra discusión y el señor gordo que seguramente ve bastante difícil arrojarse al suelo dado su volumen. Vuelvo la cara y me enfrento a la realidad, el cañón de un revolver me apunta directamente a la cabeza. En situaciones así es difícil ver la cara que hay tras el revolver, y más si el personaje van tan desarrapado y lamentable como este. Con barba de una semana, la ropa sucia, el pelo desaliñado y mirada de loco. Enseguida reconozco a…

—Robert, ¿qué coño estás haciendo?

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXVIII

Viernes, 8 Mayo 2009

¡Por fin pensionista! 

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Los taxis de Nueva York huelen mal. Huelen a étnico. Huelen a yerbas exóticas. Los taxis son como los restaurantes, los hay paquistaníes, italianos, latinos, hindúes… Y cada uno tiene su olor característico que te impregna hasta el tuétano. Otra cosa que comparten con los restaurantes es el nivel de limpieza. Los hay que pueden pasar cualquier inspección de sanidad y los que tienen que tener preparado ‘el sobre’ para que el inspector no se fije en los rincones de mugre. Cuando llevas un carísimo traje italiano y un halo de Egoïste de Chanel, subirte a un taxi es bastante traumático, pero siempre mejor que bajar al averno del metro. Y los taxistas son como las cartas de los restaurantes, las hay inteligibles, con una buena traducción a un idioma reconocible, y las que representan todo un reto porque pides un plato que tiene una sonoridad bonita y resulta que son criadillas de buey. Con tanta reflexión me ha entrado hambre.

Tengo una agenda extremadamente fácil para hoy. Cruzar la ciudad hasta Harlem, encargar un catering a un indocumentado, salir pitando de allí y reunirme con papá en el Yale Club, almorzar y firmar los papeles de mi pensión (¡me encanta!). El taxista me dice que estamos a tres manzanas de la dirección que le he dado, pero que no piensa adentrarse más en el barrio. Le digo que eso me lo tendría que haber dicho cuando le di la dirección, y no ahora, que no pienso pagarle. En seguida cambio de parecer cuando saca, no sé de dónde, un bate de béisbol. Pago y saco mi “puto culo blanco” (palabras del taxista) del mugriento taxi. Bueno, son tres manzanas, ¿qué puede pasar en tres manzanas?

Los edificios tienen por ventanas huecos de hormigón, sin cristales, sin carpintería metálica, sin nada… aunque en algún momento debió de haber algo que rellenaran los vanos. Son como cuencas de ojos vacías. Poco a poco voy cobrando consciencia de cómo desentona mi traje de Armani en este escenario. Seguro que a GQ se le ha ocurrido hacer algún editorial de moda en este barrio con modelos vestidos con carísimos trajes como el mío. La única diferencia está en que si un equipo de GQ estuvo aquí, seguro que lo hizo escoltado por media docena de coches patrulla. Es difícil saber cuál es el bloque al que voy porque no hay números visibles que sirvan de referencia.

—¡Ey, papito!, ¿buscas algo? —me espeta un hispano con acento puertorriqueño vestido con una chaqueta de béisbol, ¡por Dios, qué cliché!—, ¡ey, blanquito, te hablo a ti!

—Gracias, caballero —no me queda otra que responder—, estoy buscando a Mr. Cole, el de las costillas de cerdo en salsa.

—¿Y pa’ qué quieres a ese gordo sebón, blanquito? —me dice una voz a mi espalda que resulta ser un negro de dos metros que se acerca con unos cuantos amigos más de aspecto muy pandillero.

—Pues la verdad es que una clienta… ¡Ejém!, me dedico a organizar eventos —le extiendo una tarjeta, no sé muy bien por qué.

Coge la tarjeta y la tira sin ni siquiera mirarla, y se sigue acercando a mí, invadiendo mi espacio vital. No puedo retroceder, uno de sus colegas está justo a mi espalda.

—Como le decía, una clienta me ha pedido que contrate sus costillas para un catering y como no he podido encontrar el teléfono de Mr. Cole en la guía me he acercado…

—A nuestro barrio.

—Si fueran tan amables de indicarme… —me tienen emparedado.

—Me gustan tus zapatos —me dice el gigante negro.

—Uh, gracias, italianos, Ferragamo —me mira inexpresivamente.

—Me-gustan-tus-zapatos —¡oh, Dios, me están robando los zapatos!, me acabo de dar cuenta.

Me quito los zapatos y se los extiendo. Los recoge uno de los ‘colegas’ mientras otro registra mi chaqueta. Soy incapaz de oponer resistencia, estoy demasiado concentrado en no hacerme mis necesidades encima. Estoy tentado de dejar que la naturaleza siga su curso, al menos así no tendrán la tentación de violarme.       

Tal como todo empezó, termina. Se dan media vuelta muy flemática y desaparecen. Quizás porque ya no tienen nada más que robarme. Quizás porque no han querido tentar la suerte y ver cómo me harto y les planto cara. O quizás simplemente se debe a que un coche patrulla se aproxima.

—¿Se encuentra bien? —me dice el agente sin bajar del coche.

—¡No, no lo estoy! ¡Me han robado! —me miran dándome a entender que es obvio, no llevo zapatos. No creen que llevar un caro traje italiano sin zapatos sea la última moda.

—¿Va a presentar la denuncia?

¿Para qué? Me encojo de hombre. ¿Qué he perdido? Unos zapatos, 75 dólares y mi carnet de identidad. No tengo tarjetas de crédito desde que caí en desgracia, el banco me las retiró. Presentar un denuncia no servirá de nada, sólo para complicar más el día. Les pido que, por favor, me lleven hasta el restaurante de Mr. Cole para no tener que ir descalzo, pero me indican con la cabeza que lo tengo justo detrás. Y allí está, sin luminoso ni cartel indicativo. ¡Lo he tenido tan cerca!, si tan sólo hubiera echado a correr diez metros seguro que aún tendría mis zapatos.

El sitio es un verdadero antro de mesas con manteles a cuadros rojos y blancos y fotografías de boxeadores por las paredes. Mr. Cole es un orondo negro de al menos doscientos kilos (ahora comprendo por que lo llaman ‘el rey de las costillas de cerdo en salsa’, ha debido de comérselas todas) con el pelo blanco y largas patillas. Le explico que preparo un evento para una clienta, una pequeña fiesta en el jardín de la casa familiar de esta señora (me abstengo de comentarle que es uno de esos eventos informales de trasfondo político y color Republicano). Esta clienta tiene una amiga que ha leído en alguna revista que las mejores costillas de la ciudad son las de Mr. Cole (escrito probablemente por algún crítico en un acto supremo de esnobismo), y allá que Rafael Ridao se ha tenido que internar en el Harlem de las noticias de sucesos para dar con ese orondo señor que no tiene a bien tener teléfono en su restaurante y que por ello no aparece en el listín. Echo de menos a Ayako, este tipo de visita se la hubiera encargado a ella.

Cerramos el trato. Mr. Cole pondrá sus costillas para la fiesta, pero tendré que darle un adelanto en esta semana y mandarlas a buscar yo una vez cocinadas, el no envía los pedidos a domicilio. Cuando voy a salir a la calle reparo en que voy descalzo. Le pido a Mr. Cole si es tan amable de prestarme unos zapatos y darme dinero para un taxi, pero en esta parte de la ciudad la confianza en el prójimo brilla por su ausencia, así que me facilita unas chanclas mugrientas (y apostaría que con hongos) y me extiende un par de dólares.

—Mr. Cole, los taxis suelen ser un poco más caros.

—Ya lo sé, hijo —me dice—, pero es que aquí no va a poder coger un taxi, por esta zona no pasan. Lo que sí puede coger es el autobús, que para a un par de manzanas.

¡¿Autobús?!   

*** 

Sin zapatos y sin chaqueta. La he dejado en el autobús y no ha sido ningún descuido. Un adolescente me ha vomitado encima. Su madre se ha disculpado de manera muy sincera, sí, pero si hubiera llevado zapatos y dignidad, y no hubiera sido la única cara blanca en el bus, le hubiera exigido que me pagara el tinte. La verdad es que de todas formas no hubiera llevado esa chaqueta conmigo más tiempo en las circunstancias que ha quedado, ¡qué asco! He sacrificado a Armani muy gustosamente.

Llego en hora al Yale Club, en la esquina de la 45 con Vanderbilt Avenue. Saludo con la cabeza al portero pero se interpone en mi camino.

—¿Qué desea, señor? —llevo viniendo aquí desde que llegué a Nueva York, el portero me conoce, esto es inaudito.

—Tengo una reunión. Una importante reunión.

—Me temo que no puedo dejarlo pasar, señor, la casa exige un código en el vestir.

—¿Pero qué…? —vaya, es verdad, no me acordaba, llevo chanclas y voy sin chaqueta—. Pero usted me conoce, ¿verdad? Seguro que puede hacer una excepción.

—Lo lamento, señor, son las reglas.

—Seguro que tratándose de un caso tan especial… —¡maldición!, me he llevado mano a la cartera para sacar un billetito para facilitar su comprensión, pero mi cartera está con mis zapatos.

—Señor, me despedirían si cualquier socio viera que le dejo pasar.

—Pero no tienen por qué verme. Usted me dice donde está mi padre y entraré furtivamente, seré invisible.

—Lo siento.

Odio esa ‘gran dignidad’ de la que hacen gala los porteros. ¿Cómo puede alguien disfrazado de alférez levantar la barbilla y mirarme por encima del hombro de manera tan condescendiente? Se creen ‘la autoridad’ por llevar botones dorados. Me resigno, voy a llamar a papá por el móvil y que salga a solucionarlo… ¡Joder! ¡¿También me han robado el móvil?! ¿En qué momento? Vaya, sí, debe estar en la chaqueta… en el autobús.

—Mire usted. No voy a insistir —le digo al portero—, pero le voy a pedir que por favor entre ahí y avise al Mr. Ridao. Le dice que su hijo está esperándolo en la puerta sin zapatos ni chaqueta porque lo han atracado —me mira con recelo—. Le prometo que no intentaré colarme, le esperaré justo aquí, en la puerta.

—De hecho preferiría que no se quedara en la puerta —y me señala un espacio a cinco o seis metros de la entrada.

Esto es indignante y humillante, pero he conseguido que el mameluco del portero entre a avisar a papá. Al poco sale un joven con traje de raya diplomática que afirma ser enviado por mi padre. Le explico lo sucedido y me acompaña hasta una boutique cercana donde compramos un par de zapatos y una chaqueta nueva a cuenta de papá.

Por fin logro franquear la puerta. Sigo al lacayo elegante de papá hasta una de las salas de reuniones. No entiendo por qué papá insiste en cerrar lo de mi pensión mediante un acuerdo escrito, a mí me basta su palabra… bueno, me basta que me ingrese el dinero. Pero al final me he convencido de que está bien eso de tenerlo todo firmado por si en uno de sus cambios de humor se echa para atrás. Antes de entrar a la reunión hago una llamada a mi jefe para decirle que he cerrado lo de las costillas y me encuentro que algún tipo de crisis se ha desatado: la clienta amenaza con cambiar todos los planes y hay que convencerla de que la planificación original es lo más chic que se puede hacer en fiesta, y que nada nada puede superarlo. Sobre todo porque está todo contratado y tendríamos unas pérdidas colosales. Las palabras de mi jefe son cristalinas: me quiere en las oficinas en menos de diez minutos. Le digo que haré lo que pueda y cuelgo.

Sigo al secuaz de papá hasta la sala donde me espera. Y allí está él, sentado, con una copa de brandy en la mano, y siete tipos más que lo rodean. Enseguida los reconozco, son la plana mayor del departamento legal del banco familiar. Los cancerberos. Profesionales capaces de convencer a cualquier tribunal que matar con escopeta a niños de menos de tres años puede ser considerado una práctica deportiva. Hacen con las leyes lo que quieren, más si son fiscales y societarias.

—¿Todo esto por mí? —le digo a mi padre sorprendido por el conclave legal que ha montado.

—No seas tonto, Rafael, acabamos de firmar el acuerdo de divorcio pero ya se iban —pero no se van, sino que están todos allí, de pie, observándome—. Bueno, vamos allá.

Mi padre hace un gesto a uno de sus abogados y este saca de una cartera una carpetilla con un taco de documentos. Lo abre y me indica que firme al pie de cada página. Algo no me cuadra. Yo esperaba un papelillo en plan “Yo, Rafael Ridao me comprometo a pasarle 3000 dólares a mi hijo Rabel Ridao…”, pero no creo que para eso se necesiten, ¿cuántos folios tiene esto?, ¿cien?, ¿ciento cincuenta?

Llaman al teléfono del salón de reuniones. Todos nos quedamos un poco extrañados. Uno de los abogados coge la llamada, intercambia unas palabras, cuelga y me hace un gesto indicando que era para mí y que han colgado ya.

—¿Quién era? —pregunto.

—No se ha identificado, sólo ha dicho “siete minutos” y ha colgado.

Ese es mi jefe, no sé cómo ha conseguido que pasen la llamada al salón privado. Empiezo a tener un ataque de pánico, creo que será mejor que me vaya a la oficina antes de que empiece de nuevo una eterna búsqueda de trabajo. Me disculpo y le digo a papá que me voy a llevar los documentos a casa, que no tengo tiempo en ese instante, que mañana sin falta le llevo el tocho firmado. Cuando voy a recoger la carpetilla uno de los abogados me coge de la muñeca y me lo impide.

—Creo, Rafael, que es mejor que lo firmes ahora y lo zanjemos sin más, no te llevará mucho —me dice el picapleitos extendiéndome una pluma Cartier.

El ambiente se ha tensado. Todos me miran con fijeza, como impulsándome a firmar con el pensamiento. ¿Pero qué es esto? ¿Por qué esta hostilidad ambiental?       

—Papá, lo siento mucho, pero es que de verdad, de verdad, me tengo que marchar ahora mismo. Yo me llevo los papeles, los firmo esta noche, y mañana a primer ahora te los llevo al hotel.

—No puede ser —repite otro abogado—, tiene que ser ahora.

—¿A qué tanta insistencia? —me están cabreando.

—Rafael, ¿no quieres que cerremos lo de la pensión?, este tipo de cosas no hay que dejarlas pasar —me dice el letrado más veterano.

—Firma —me ordena el que me tiene cogida la muñeca.

En ese punto, mi padre, que ha permanecido hermético, levanta una mano y cesan los murmullos de su gabinete legal. “Llévatelos” dice desautorizando a sus abogados. El más viejo le pregunta si es sensato.

—Si mi hijo dice que mañana me trae los papeles firmados, mañana los traerá, ¿verdad Rafael?

Asiento con la cabeza confuso por la escenita. El abogaducho me suelta el brazo, recojo los papeles de la mesa, y salgo de allí pitando no sin preguntarme qué diablos ha pasado.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXVII

Viernes, 1 Mayo 2009

¿Esto es la madurez?

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Belinda me quitó la copa de la mano. Parecía que ya me hablaba otra vez con normalidad. Nada como que la gente piense que estás tan al límite como para suicidarse para que todos empiecen a tratarte como un ser humano con sentimientos. Pero no terminaba de aprobar que hubiera secuestrado a un camarero en una esquina y me hubiera bebido la mitad de las copas que llevaba en la bandeja. Necesitaba ánimos. La teoría era fácil, sólo tenía que decir: “mamá, esta boda queda suspendida, he descubierto que tu prometido es un gigoló profesional”. Pero la práctica era bien distinta: era mi madre a la que tenía que chafarle la boda. Si lo hacía cabían dos posibilidades, que le rompiera el corazón, cosa aceptable y que se tenía merecido por ir con hombres tan jóvenes, o que ella me sacara el mío con sus propias manos porque aún no había nacido el que le estropeara los planes. 

–Beber no soluciona nada –me recrimina Belinda.

–No, pero para cuando despierte de la borrachera, con un poco de suerte, todo habrá terminado.

–Habla con ella –me dice empujándome hacia donde está mi madre–, no puedes dejar que se case con un cazafortunas.

–Ven conmigo –le imploro.

–Ni loca.

–Bel, te lo pido por favor, ven conmigo. 

Acepta de mala gana y pone cara de “¡lo que hay que hacer por amor!”. Nos acercamos a donde la anfitriona es el centro de atención. Hago una pequeña broma y pido disculpas por secuestrar a ‘la novia’.  

–Antes que nada quiero presentarte a Belinda, mi novia –al instante siento un pisotón demoledor, pero ya es tarde, lo he soltado y es oficial.

–Encantada, querida, me alegro mucho por los dos, hacéis muy buena pareja. ¿Cómo se lo ha tomado Puppy? 

–Puppy y yo hace ya tiempo que no salimos, somos sólo amigos.

–¿Entonces por qué te la has traído? ¿Qué es esto, una de esas relaciones modernas?

–No la he traído, ha venido ella sola porque tú la invitaste.

–Da igual, ella siempre da color a las fiestas, pero no puedo dejar que se acerque a Ivana porque esta chica tiene tendencia a hablar sobre operaciones de estéticas e Ivana está muy sensible últimamente con el tema. Creo –nos dice en voz baja– que su cirujano le ha dicho que como le siga estirando la piel se terminará volviendo transparente. 

Se ríe ante su maldad y no cae en que ella ya empieza a ‘trasparentar’ por lagunas zonas. 

–Es un placer conocerla, Señora Ridao –le dice Bel.

–Por poco tiempo, querida. La verdad es que estoy desolada, porque han sido muchos años con ese apellido.

–Pues se te ve muy sonriente para estar desolada.

–No seas tonto, eso es el Botox. Tuve un pequeño problema en la última infiltración y voy a tener esta sonrisa tan tensa durante un tiempo.

–Te sienta bien.

–Lo sé, por eso no he demandado a la clínica. ¿Te estás divirtiendo? –me pregunta cambiando de tercio.

–La verdad es que no me apasiona que papá esté aquí. Lo cierto es que me ha conmocionado. Pensaba que estabais en plena guerra por el reparto de bienes.

–Bueno, sí –dice haciéndome un gesto con la mano queriendo decir que es una nadería–, ya sabes como es tu padre. De ser un cabrito de cuidado pasa a ser el hombre más conciliador del mundo sin previo aviso. Estamos llegando a un acuerdo bastante generoso de su parte. Así que me dije, “¿por qué no?”, y lo invité a la boda. Creo que por fin hemos comprendido que nuestra felicidad no estaba en el matrimonio y el qué dirán ya no es lo que era.

–Hablando del qué dirán… Quería contarte algo vital, algo muy delicado, algo que hará que te replantees este matrimonio.

–Rafael, me asustas.

–El que debería asustarte es tu prometido. Ahí va, sin anestesia: Xavier es un gigoló profesional. 

Me mira con los ojos abiertos al máximo. Por un momento pienso que es el pavor y el espanto, la decepción y el dolor. Después me doy cuenta que no, que es también el Botox, y que simplemente está esperando a que termine. Así que se lo repito lentamente para que reaccione. 

–Xavier es un gigoló.

–Pues claro que sí, Rafael, ¡pero qué tonto eres!, por un momento me habías asustado.

–¡¿Lo sabes?!

–Por supuesto, ¿cómo crees que lo conocí? No recuerdo quién me pasó su contacto, pero llevo años usando sus servicios.

–¡Lo sabes!

–Creo que eso ha quedado claro –me dice Bel entre dientes.

–Y sin embargo te casa, ¡¿por qué?!

–Porque es lo que tengo que hacer. Llega un momento en la vida en que debes pensar con la cabeza y buscar la solución más satisfactoria pasando de lo que los demás piensen. El tiempo, al final, te pone en tu sitio. Y esta boda es lo más conveniente para mí en este momento. Confía en mí. 

Me da un cachetito y me sonríe afectuosamente (no, no, es el Botox). Se va y me quedo allí, petrificado, intentando digerirlo. Belinda me coge de la mano y me pregunta que qué voy a hacer. “Asistir a la boda de mi madre” le digo, y le explico que si ella no tiene ningún problema quién soy yo para oponerme. Es más, qué poder de veto real a la boda tengo. Tengo mi derecho al berrinche pero no voy a adelantar nada con ello, sólo pasar un mal rato. Si mi madre está convencida de que es lo que quiere hacer, pues buena suerte. Hay un momento en la vida que los hijos nos convertimos en padres de nuestros padres, y tenemos que tutelarlos y protegerlos, pero mamá está a años luz de ese momento. Sigue siendo una mujer fuerte y poderosa. Sabrá salir de este lío igual que se ha metido en él. Bel me besa y me dice que está muy orgullosa, que estoy siendo muy maduro. Si ‘ser maduro’ es resignarse, ya me lo podrían haber dicho antes y hubiera dejado de hacer el Quijote. 

*** 

En vez de hacerle regalo de bodas a mamá, ella me lo hace a mí. Nos compra billetes de primera para que hagamos la vuelta a Nueva York con todas las comodidades. No la veo especialmente feliz después de haberse casado, pero teniendo en cuenta que ha pasado tantos años terriblemente crispada en el matrimonio con mi padre, la nueva situación apática es un progreso. 

–¿Qué te dijo tu padre? –me pregunta Warren aprovechando que las chicas se han colocado los cascos para ver una película.

–Que quiere enmendar algunos errores que ha cometido. 

Antes de irnos me senté como una persona madura a conversar con mi padre. Ahora que no dependo de él, que ni siquiera busco su aprobación como ser humano, lo miro desde otra perspectiva. Allí estaba, sentado en un sillón de orejas frente a mí, y yo sólo podía pensar que no lo envidiaba. Tiene aspecto de hombre cansado. Siempre en tensión, siempre con la guardia alta. Siempre envidié su éxito en los negocios, esa capacidad de crear y dirigir un imperio financiero y estar continuamente preparado para cualquier contingencia. Creía que era algo que llevaba yo en los genes, pero me equivocaba. No soy como él y ahora no estoy tan seguro de querer llegar a serlo. Pensé por un momento que quizás era él el que debiera de tenerme un poco de envidia por mi manera inconsciente y despreocupada de discurrir por la vida. 

–Rafael, hijo, ya ves que he llegado a un entendimiento con tu madre. La semana que viene nos encontraremos en Nueva York, antes de que ella se vaya de luna de miel y yo vuelva a España, y firmaremos un acuerdo de divorcio con el que todos saldremos ganando. Este cambio de rumbo me ha hecho recapacitar y he pesando que quizás no haya sido justo contigo tampoco –¡¿quizás?!–. Por eso he pensado que debo asumir el compromiso que tengo como padre y me parece que la mejor manera de hacerlo, la única que se me ocurre por ahora, es pasándote una pensión. Algo que te ayude a mantener el nivel de vida que te mereces como hijo mío. He pensado que quizás 3000 dólares al mes es una cifra lo suficientemente justa como para que te despreocupes del día a día y puedas dedicarte a sacarle jugo a tu vida, haciendo lo que realmente te motive y no te veas limitado por tener que subsistir. ¿Qué te parecer?

–No sé que decir –¿qué tal “pellízcame”?, no me podía creer que mi padre se hubiera vuelto tan… paternal, de pronto–. Me parece un gesto muy bonito. En serio, gracias papá.

–No se hable más. La semana que viene nos reunimos y firmamos los papeles que sean convenientes…

–No hace falta, papá, basta con que me ingreses el dinero, confío en ti.

–Rafael, las cosas se han de hacer bien. Me gusta hacer las cosas bien, ya me conoces.

–Si insistes. 

***

–¡Ay! –grito sujetándome el brazo de dolor–, ¿qué demonios haces, Warren?

–Me has dicho que te pellizque.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXVI

Viernes, 24 Abril 2009

Un ataque de pánico 

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Los escucho a través de la puerta. Ellos creen que no, pero los escucho. Me repiten una y otra vez que abra, que deje de ser infantil, que no cometa una locura. Pues yo ya estoy harto de que me digan qué es lo que tengo que hacer y qué no puedo hacer, estoy harto de que me exijan madurez, ¡pero quiénes se han creído ellos!, y a lo mejor hacer una locura es lo que me hace falta en estos momentos. Pero no una locura irreversible. Una locura en plan dejar el complejo de Tortuga Bay sin una gota de alcohol y olvidarme de todo y todos. Me piden que les hable, pero no quiero. Sólo quiero estar aquí, en esta enorme bañera, sumergido, ajeno, ¡y que me olviden! Y que dejen de darme la tabarra a través de la puerta.  

Belinda intenta hacerme responder: “¿estás bien?”, me pregunta, “queremos ayudarte”. Suena a psicólogo barato que no tiene ni idea si el loco que tiene delante se va a tirar por el balcón o lanzarse a desgarrarle la yugular a mordiscos. Ya no escucho a Warren. Al menos mi rabieta ha servido para que Bel y él se vuelvan a hablar como seres civilizados. En cuanto me encerré y comprobó que no pensaba dirigirle la palabra, Belinda fue hasta su habitación y lo trajo para que me hiciera entrar en razón. Pero ha desistido, ya no lo oigo, ¡que se vaya al diablo, ha intentado tirarse a mi novia! Si no fuera porque soy el culpable de que perdiera su trabajo no le volvería a mirar a la cara. Tú intentas tirarte mi chica, yo te hago perder el trabajo, pues estamos en paz, pero no me siento obligado a ser agradable con él. 

Escucho a Mr. Chow, ya sabía yo que Puppy no tardaría en dar señales de vida. Debería ser más empático y tranquilizarlos, decirles que no pienso suicidarme ni nada de eso. Pero si soy “tan infantil” como todos insisten en reprocharme, pues que se jodan. ¿Qué es eso? Alguien golpea la ventana con celosía de madera que hay justo sobre la bañera. Debe ser algún mono, en los sitios caribeños como este siempre hay monos y bichos incordiantes. 

¡Ay! Alguien ha reventado la ventana y me ha caído uno de los batientes sobre la cabeza. Enseguida aparece la cabeza de Warren por el hueco reventado. Efectivamente, se trataba de un primate. 

–¡Tío, eres gilipollas! ¡Nos has dado un susto de muerte! –me dice mientras se cuela trabajosamente por el hueco. 

Ese es el problema de este tipo de bungalow, que la seguridad es nula. Un simple cajón apoyado contra la pared y ya tienes el modo de alcanzar la ventana. En menos de un minuto se ha colado en el baño y está dentro de la bañera conmigo, donde ha caído de cabeza. En cuanto se rehace abre la puerta del baño y entran en estampida Belinda, Puppy y Mr. Chow. Bel me coge la cara para ver si tengo los ojos vidriosos y busca señales de cortes en las venas, mientras Puppy busca frascos de barbitúricos vacíos sobre el lavabo y Warren lucha por apartar de él a Mr. Chow, que tiene verdadera obsesión por olisquearle la bragueta. Cuando se dan cuenta de que estoy bien, y que lo único que quería era un rato de privacidad sumergido en un baño de agua caliente pasan por varios estados de ánimo: primero la perplejidad (¿cómo has podido darnos este susto tan gratuito?) para pasar al enfado (¡eres idiota!, ¿cómo has podido darnos este susto?) y terminar en un atisbo de comprensión. 

–Bueno, tampoco es para ponerse así –me dice Warren, aunque a quien mira es a Bel–, ha aparecido tu padre, el padre que te despidió y te dejó en la calle, en la boda de tu madre, la madre que desapareció durante semanas reapareciendo con un pretendiente que seguramente vaya por su dinero. ¿Y qué? Pasa en las mejores familias… Bueno, en verdad no. ¡Quita chucho!

–¿Pero qué quiere ahora? –pregunta Puppy.

–Dice que quiere hablar con él –responde Belinda, y me empieza a fastidiar que todos hablen como si yo no estuviera presente.

–¿Hablar? ¿Hablar de qué? No quiso hablar cuando lo dejó en la miseria y lo tuve que recoger de la calle. ¡Y haz algo con tu perro, Puppy!

–Ven aquí, Mr. Chow, no lamas eso, chiquitín, caca. Yo lo que digo es que debe ser más…

–¡No voy a ser más maduro! No te atrevas a darme lecciones de madurez. ¡Tú, no, Puppy!

–Lo de la madurez está sobrevalorado. Lo que tienes que ser es más cerebral. ¿No te ha dicho tu padre que quiere hablar contigo? Pues escúchalo. ¿Qué tienes que perder? Ya no te puede despedir, ni cortar el grifo. Ya no dependes de él.

–Es cierto, Rafe, ¿no tienes curiosidad por saber qué tiene que decirte? Después de todo, si tu madre puede ser tan civilizada de invitar a su boda a su ex-marido, con el que está en plena gresca legal por cerrar un acuerdo de divorcio, y tu padre es tan flemático como para venir hasta Punta Cana para ver casarse a su ex-mujer, a la que odia, al menos tienes que sentir curiosidad por saber de qué va toda esta historia grotesca.

–¡Está bien! Si a todo el mundo le parece esto de lo más normal no seré yo quién agüe la fiesta. Escucharé a Papá, a ese hijo de perra que me hundió en la miseria.

–¡Rafe! –me recrimina Warren.

–He dicho que lo escucharé, no que lo perdone. Y la boda de mi madre… eso es otra historia que tengo que resolver –digo levantándome de la bañera–. Por cierto, ¿de verdad os parece de lo más normal está reunión en el baño?, ¿alguien más a parte de mí ha notado que estoy desnudo? 

*** 

Mamá ha organizado una despedida de soltera muy sui generis. En un salón ha reunido al medio centenar de íntimos invitados a la boda y se dedica a ejercer de gran anfitriona. Algún diseñador bronceado, algo de aristocracia europea a la que sólo le queda el título, una actriz que no hace películas y solo posa para portadas, el comisario de la última exposición del MET, Bono de U2… ¡¿Bono de U2?!  

Papá conversa amenamente con otros financieros invitados a la boda. Reconozco al menos dos caras que han tenido que comparecer últimamente ante el Senado de los EEUU por su dudosa gestión. Pero ahí los tienes, fumando puros, tan ricamente, riendo y dándose palmaditas en la espalda. Me dan asco. Me acabo de dar cuenta que ya no soy uno de ellos, aunque bien es cierto que nunca lo fui, pero creí serlo. 

–¿Quién es el novio? –me pregunta Puppy, que se ha cogido a mi brazo dejando en un segundo término a Belinda. Las heridas vuelven a abrirse.

–Es aquel –le digo señalando al cada vez más bronceado Xavier, prometido de mi madre.

–Venga, en serio, ¿quién es?

–Ya, lo sé, te choca, ¿qué edad puede tener?, ¿treinta y cinco?, ¿cuarenta a lo sumo?

–No lo digo por la edad, lo digo porque ese es Xavier.

–¿Lo conoces? Pues ese es el novio de mi madre.

–Todos conocemos a Xavier. Es un ‘buen’ acompañante, muy popular entre las señoras de la edad de tu madre. Solemos verlo colgado de sus brazos a juego con sus bolsos de Louis Vuitton.

–¡¿Me estás diciendo que es un gigoló profesional?¡

–Te estoy diciendo que él es el gigoló por excelencia. 

Ya tengo el dato justo que me va hacer posible desbaratar esta locura. Cuando mamá sepa que es un ‘profesional’ anulará la boda ipso facto.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXV

Viernes, 17 Abril 2009

Nos vamos de boda 

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–Clase turista, clase turista, ¿qué modo de viajar es este, en clase turista? –protesto.

–Es el modo que de viajar que tiene la gente sin trabajo, mi caso –responde Warren hiperventilando–. Es como viajan la gente que no logra mantener un trabajo más allá de una semana, tu caso.

–Pero tú sí tienes dinero, podrías haber comprado billetes con un poco más de clase.

–Dado que he perdido mi trabajo por ausentarme de él sin justificación por tu culpa, que me llenaste la cabeza con paranoias persecutorias, y que tus palabras textuales fueron “tío, vente conmigo a la boda de mi madre, necesito tu apoyo”, pensaba que tú corrías con los gastos del viaje, no imaginaba que tenía que pagar tu billete, el mío y el de esta –dijo refiriéndose a Belinda.

–¡Ey, un respeto, “esta” es mi novia!

–No, te equivocas, tu novia es este –replica Belinda refiriéndose a Warren.

–¡Ey, tía! –protesta él.

–¿Pero qué pasa con vosotros dos? Estáis así desde que llegamos al aeropuerto. Antes no os llevabais mal.

–Antes no lo conocía, simplemente –responde ella ojeando una revista.

–Si llego a saber que viene ella paso de la boda de tu madre.

–¿Alguien me va a explicar de qué va todo esto? –pido anonadado de la agresividad que se masca en el ambiente.

–Paso de ti y de su culo –zanja él.

–Yo sí que paso de él y de esa relación tan gay que tenéis –zanja ella. 

El resto del viaja hasta Punta Cana lo pasamos en absoluto silencio salvo por los continuos jadeos de angustia de Warren, que no logra superar su pánico a volar. Algo ha pasado, de eso estoy seguro. Cuando recogimos a Warren en taxi todo iba de perlas, parecían hasta seres civilizados. Esto es un expediente X. 

Cuando aterrizamos Warren besa el suelo (literalmente) y jura que nunca más volará a países del tercer mundo, y todo por unas pequeñas turbulencias y dos minutos de caída en picado al aterrizar.

–Bolivia no es el tercer mundo –le explico condescendiente.

–Estamos en Republica Dominicana –apostilla Belinda, que por fin sale de su mutismo.

–¿Esto es Republica Dominicana? –le pregunto sorprendido y pone los ojos en blanco ante mis descolocación geográfica–. Bueno, da igual, no estamos en el tercer mundo, Warren, ¿estás segura que Punta Cana está en República Dominicana?

–Si no es el tercer mundo, ¿por qué el aeropuerto es de madera? –ahí Warren me ha pillado. 

Seguimos los pasos de Puppy y Mr. Chow. ¿Que en qué momento ha entrado Puppy a formar parte de esta historia? Pues en el momento en que Warren quiso tirarse del avión pero una azafata lo sujetó porque primero tenían que desembarcar los pasajeros de primera. Estábamos allí de pie como pasmadotes cediendo el paso a los que habían tenido la buena idea de comprar billetes de verdad cuando vemos descender a Puppy. “¿Ey, qué haces tú aquí?” le grito, pero me ignora y desembarca. Cuando pisamos el aeropuerto allí nos está esperando. 

–Puppy, ¿por qué me ignoraste en el avión?

–No es correcto que los pasajeros de primera hablen con los de turista, ¿no has aprendido nada de protocolo?

–Eso es absurdo –escupe Belinda, que desde que ha aparecido Puppy está aún de más mala leche si cabe.

–¿Quién es? –pregunta Puppy a Warren ignorándola.

–La novia.

–¿Novia de quién?

–De este –dice refiriéndose a mí. 

Puppy se quita las gafas de sol y la examina de pies a cabeza con detenimiento, y tras su examen pregunta a Warren: “no, en serio, ¿quién es?”. 

Me lleva casi media hora tranquilizar a Belinda y conseguir que me jure que no va a matar a Puppy en ningún momento de este viaje. Me lo jura, pero sólo en lo que dure el fin de semana. Nos arrebujamos en la limusina que Puppy tenía preparada para ella y nos dirigimos a Tortuga Bay, donde mamá celebra su maldito enlace. Todos creen que he madurado de pronto y que voy a respetar la decisión de mi madre de casarse con el primer gigoló que pase por su vida, pero tengo mi propia agenda en este viaje y mi principal misión es impedir la boda. 

La escena dentro de la limusina es dantesca. Belinda mirando por la ventanilla para no cruzar la mirada con ninguno de nosotros, Warren luchando con Mr. Chow que vuelve a su afición de olisquearle la entrepierna. Puppy colgada al móvil discutiendo con alguien que se supone será su asistente personal en el hotel. Y yo perplejo por la escena en si. 

–No me contestaste, ¿qué haces aquí? –le pregunto a Puppy.

–Tu madre me invitó.

–¿A santo de qué?

–Por ser tu novia.

–La novia es…–empieza la frase Warren.

–Dilo una vez más y eres hombre muerto –le advierte Belinda–. ¿En qué idioma he de decir que no soy la novia de nadie?

–¿Y no se te ocurrió aclararle a mi madre que ya no estamos juntos?

–Bueno, la verdad es que lo intenté, pero ya sabes cómo es: habla, habla, habla, y no escucha. Así que me pareció más rápido y cómodo decirle que sí a todo. Después de todo, ¡es un fin de semana en Tortuga Bay! Yo nunca digo que no a una invitación a pasar unos días en el Caribe.

–Genial –decimos Warren, Belinda y yo a la vez, pero cada uno con un tono bien distinto. 

Nos instalamos en el alojamiento que mamá nos ha asignado. Tenemos algún problema porque sólo disponemos de una habitación para cuatro personas, ya que mamá pensaba que sólo iríamos Puppy y yo. A ella le encanta Puppy, son dos caras de la misma moneda, una joven y otra vieja, ambas ricas, aburridas y sin saber donde gastar su fortuna. Ambas comprando hombres. La única diferencia radica en que Puppy nació en el seno de una familia podrida de dinero y el ser millonaria forma parte de su genoma, mientras que mamá se ha tenido que hacer a si misma al nacer en el seno de una familia de la burguesía empresarial catalana no sobrada de dinero (eso es la versión oficial, la verdad es que de burgueses poco, su padre, mi abuelo, la única empresa que ha tenido en su vida ha sido una chatarrería, pero eso mamá ha sabido ocultarlo hábilmente al dominio público). Mamá fue Miss algo, de la quinta de Tita Cervera, creo que hasta coincidieron en el certamen de Miss España, o al menos eso cuenta ella reafirmando su pedigrí, pero hay que darle tanta veracidad como a lo de su origen burgués. Asociarse con Tita le viene estupendo porque legitima su posición social tras pasar por concursos de belleza (si a la baronesa se lo perdonan, a ella también) y se quita algunos años de paso, ya que es ‘algo’ mayor que la otra. En las discusiones con papá siempre se reprochaba haber preferido el mundo financiero, “tenía que haber elegido al barón, ¡con lo que me gusta a mí el arte!” 

Al final Puppy consigue a golpe de tarjeta de crédito y una muy buena propina, que nos provean des otras dos habitaciones, una para Warren y otra para ella.  

Belinda deshace la maleta manteniendo un mutismo estremecedor. Yo no le dirijo la palabra por miedo a que se lance y me cuente todo por lo que está enfurruñada. Si no le hablo no tiene motivos para estallar.

–Voy a ver si localizo a mi madre –le digo.

–¿De verdad quieres que te diga qué me pasa? –me suelta de pronto, ¿quién le ha preguntado qué le pasa?, yo no–, ya que lo preguntas te diré que un fin de semana con el obseso sexual de tu amiguito Warren y la esnob de tu ex-novia no es precisamente el viaje idílico que me habías pintado. ¿Sabes qué hizo tu amiguito en el aeropuerto? ¡Me cogió una teta! Y cuando le dije que qué coño estaba haciendo me suelta que tú y él sois como hermanos y que lo compartís todo. Pues que sepas que si os gustan ese tipo de jueguecitos lo lleváis claro conmigo.

–No me lo puedo creer, Warren es un idiota salido, siempre ha intentado acostarse con mis chicas, pero no creía que lo intentara contigo, él sabe que me gustas de verdad.

–¡Ah, está bien, eso me tranquiliza! Mientras que sea sólo con chicas que no te gustan “de verdad” no hay problema –espera, ¿eso es un sarcasmo?, como no estoy seguro mejor no respondo–. ¡Tú eres idiota! Idiota y machista. Ya te hago saber que no te voy a consentir que me trates así, y a tu amiguito se lo dejé bien claro… a él y a lo que queda intacto de su entrepierna.

–Salgo.

–No hace falta que vayas a defenderme, ya le ajusté las cuentas a ese majadero.

–No, voy a ver si encuentro a mi madre.

–¡Pero no ibas a partirle la cara a ese idiota! Claro, tonta de mí, pensar que querías defenderme.

–Me has dicho que no hacía falta, pero si quieres que le parta la cara se la parto y ya está.

–No, no quiero, quiero que seas maduro y actúes como un hombre. 

Llaman a la puerta, ¡gracias a Dios! La miro pidiéndole permiso para abrir (¿porqué le pido permiso?, ¿en qué me he convertido?). Me hace un gesto dando la conversación por terminada. Así que abro la puerta y… 

–¡¿Tú?! –la sangre ha dejado de circular por mis venas.

–Hola, Rafael, hijo.

–¡¿Papá?!

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXIV

Viernes, 3 Abril 2009

Un temperamento incendiario 

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Entré en la sala de reuniones. Medio centenar de ejecutivos contiene la respiración. Saben que soy el que manejo el cotarro, que sus puestos penden de mi estado de ánimo. Me siento a la cabecera de la larga mesa de reuniones, abro el dossier y veo el expediente de OPA a la gran entidad de mi padre. Echo un vistazo, cierro la carpeta y digo “a por él”. Un murmullo de aprobación recorre la sala. Me fijo en Robert, mi ex-asistente, que vuelve a estar a mi servicio, en el puesto que le corresponde. Toma notas y lo interrumpo pidiéndole un café. Nada de ‘por favor’, sólo un expeditivo “¡café!” que lo hace saltar al instante. Se acerca a la mesa donde está la cafetera y allí está mi madre, desnuda, con unos senos turgentes apuntándole directamente a los ojos. Lo besa apasionadamente y él le hace el amor sobre la mesa… ¡Un momento! Esto es un sueño. Soy consciente de ello incluso antes de despertar porque en mis sueños los senos son siempre turgentes, incluso los del lagarto reseco de mi madre. ¡¡Las diez y cuarto!! ¡Me he quedado sobado! Hacía tres cuartos de hora que debía estar en el otro extremo de la ciudad para coordinar mi primer gran trabajo (para vivos). Nota: retomar las citas con mi psicólogo, no me gusta nada el tema de tener a mamá desnuda (y con pechos turgentes) en mis sueños.  

*** 

El operativo está en marcha. La gente de Ron Akran tiene toda la logística bajo control. Los decoradores han convertido la horrible sala dedicada a los bosques de Norteamérica de la primera planta en un exótico salón para una cena deliciosamente elegante. El American Museum of Natural History no quería alquilar la sala para la presentación, fue cuestión de extender un cheque. El conservador no permitía que usáramos un trozo de una enorme secuoya de más de 1300 años como fondo para la mesa presidencial, pero fue cuestión de extender otro cheque. En Nueva York todo es cuestión de cheques, y en este caso de prometer una y otra vez que no se va a tocar nada y que no se va fumar en la sala, ni usar velas, y un largo etcétera que espero alguien haya apuntado porque no le he prestado la más mínima atención. Si incurrimos en algún error ya lo solucionaremos a golpe de chequera. 

Cheque para el florista, cheque para el decorador, cheque para el iluminador, cheque para el catering (después de la cena, claro), cheque para la agencia de azafatas, cheque para el informático que ha preparado la presentación multimedia (no hay que olvidar que esto es una cena de negocios), cheque para la agencia que se ha encargado de poner a los personajes-show de la noche (muchas modelos, alguna cantante, algún actor, Michael Moore, por aquello de la conciencia ecológica… yo personalmente hubiera preferido a Al Gore, pero pagar su caché hace necesario cheques el doble de largos que me permitan colocar tantos ceros). La cena ha salido por un ojo de la cara porque no hemos podido amortizarla con el precio del cubierto como hacen las galas benéficas, pero tampoco ha sido demasiado descabellado el presupuesto de las semi-celebrities que hemos congregado porque hemos sido lo suficientemente ambiguos para que piensen que vienen a poyar una causa en plan ‘salvemos el Amazonas’ en vez de a una presentación de un fondo de inversión. 

El electricista discute con el conservador del museo. Por lo visto la instalación no es todo lo segura que debería, pero dada las limitaciones del espacio (¡es un museo!, no podemos taladrar, derribar nacer regolas para los cables, ¿qué más quiere?) ya es bastante lo que el pobre electricista ha hecho. Ha conseguido reunir todos los cables y disimularlos bajo la alfombra de la entrada y me advierte que no permita a la gente transitar por el lado derecho de la entrada, ¡muy importante!, si no queremos una catástrofe eléctrica. 

Ya me encargo, no se preocupe, señor electricista. 

*** 

Almuerzo con Bel, la voy a llevar a la cena, así podrá constatar cuán maravilloso profesional soy y podrá dejarse de tonterías y llamarme “su novio”.

–¿Cómo llevas trabajar para tú ex-asistente? –me pregunta.

–No trabajo “para” él, sino “con” él. Pero por lo demás bien, bien, sin rencores, exceptuando esas ganas de arrancarle la cabeza cada vez que lo veo.

–¿Estoy a tiempo de no ir? La verdad es que no me gustan las escenas sangrientas en público.

–Tengo controlado mis impulsos homicidas… en público. Oye, Bel, me voy a poner serio –me mira desconcertada como si no fuera posible–, me gustaría saber hacia dónde vamos.

–Pues primero a mi casa, me cambio y vamos a la tuya para que te cambies tú.

–No, me refiero como pareja.

–¿Eso no es una pregunta de chica? ¿No tendría que ser yo la que la hiciera?–Evidentemente, pero como no la haces, pues…

–Rafael, no creo que me estés preguntando eso en serio. Nos conocemos hace muy poco, apenas desde Navidades, tenemos una relación muy irregular, desapareces durante días sin dar señales de vida, reapareces para decirme que vas a fugarte con un amigo a México…

–Brasil.

–Da lo mismo. ¿De verdad crees que yo me puedo plantear hacia dónde va esta relación más allá de un horizonte temporal de un par de horas?

–Ya sé que no soy un novio convencional, nada parecido a lo que hayas tenido con anterioridad.

–Cierto, la mayoría tenían una edad mental superior a los cinco años.

–Tampoco serían tan increíblemente guapos como yo.

–¡Y tú qué sabes!

–Lo sé.

–Vale, te lo concedo, pero no sólo en la belleza se basa una relación.

–Por eso he querido que vengas esta noche a ver mi trabajo, para que veas cuán maduro soy.

–Ver para creer.

–Lo verás… lo verás. 

*** 

El chorreo de limusinas va dejando a los invitados a las puertas del museo, suben las escalinatas y son recibidos por los anfitriones de la cena ¡a la derecha de la entrada! Juro que he tratado que me escuchen, pero desde que ha llegado, Robert ha estado insufrible. Desde que ha asomado el director general de Capital Investors ha empezado a darse aires de organizador, cuando realmente no ha hecho nada. Pero soy maduro, no me afecta, soy profesional, no voy a matarlo… porque Bel me está observando. Cuando he sugerido que ocupen la parte izquierda de la entrada me ha desautorizado, no me ha dado oportunidad de explicar el por qué, y ha tomado las riendas del protocolo. Me ha dejado en un segundo plano y soy lo suficientemente maduro para no matarlo, aunque ganas no me faltan, pero Bel me observa. Un novio con antecedentes penales por asesinato o en el Corredor de la Muerte no es un buen novio, Rafael, contente. Robert sabe que es un impostor, yo conozco a todos los invitados mejor que él, yo soy parte de la vida social de esta ciudad y sería un anfitrión mucho más adecuado. Pero soy maduro, no me va a afectar. 

Veo cómo se acercan peligrosamente al rollo de cables contra el que me han advertido. Me acerco a la comitiva de recepción para advertirles, pero ante la primera palabra Robert me coge del brazo y me aparta.

–Rafael, ni se te ocurra molestar al director general, yo soy tu interlocutor. Si quieres hacer carrera en esto debes saber cuál es tu sitio –me dice con aires de superjefazo–, ya no tienes el estatus para dirigirte directamente a los jefes.

Lo siento, Bel, te has quedado sin un novio maduro. Me contengo, agacho la cabeza, y lo acompaño hasta su puesto al lado de la comitiva de recepción. Cuando está distraído coloco el cable problemático por encima de su pie usando la puntera de mi zapato. Vuelve la cabeza y me pregunta si no tengo nada mejor que hacer que pegarme a él. Está claro que quiere el protagonismo… pues lo tendrá. 

Me disculpo y salgo de la sala llevándome conmigo a Bel. Cuando estamos ya en la calle saco el móvil y llamo a Robert: 

–Tenemos un problema, Robert, Donald Trump se ha caído por las escaleras. Sal aquí corriendo. 

Cuelgo. Uno, dos, tres… apagón en el museo. 

*** 

El caos reina en la entrada el museo. Los bomberos han desalojado todas las salas. Robert no sólo ha provocado un apagón al llevarse por delante los cables, sino que ha conseguido que al arrancarlos del cuadro eléctrico este provoque un incendio.  

El director general de Capital Investors trata de apaciguar al director del museo. Me acerco por detrás y digo con cara de resignación que ha sido un terrible accidente, que aunque Robert me hubiera hecho caso y hubiera evitado colocar la comitiva a ese lado de la alfombra (cosa de la que todos fueron testigos) nadie hubiera creído que pudiera pasar algo así. Que no hay que culpar a Robert (recalco su nombre), que él evitó todas las recomendaciones de seguridad con su mejor intención, y que si fue tan patoso como para arrancar el cable y provocar un incendio, eso le puede pasar a cualquiera… a cualquiera que no hubiera ignorado a sabiendas las recomendaciones de seguridad que yo personalmente le deje bien claras.  

La cara del presidente me deja ver que tiene claro a quien va a culpar. Y yo tengo claro que nunca seré un novio maduro, solo me queda que Bel me acepte tal como soy.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXIII

Viernes, 27 Marzo 2009

El fin del paraiso 

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¡Qué maravilla es no ser más un fugitivo de la ley! Mentiría si dijera que no echo de menos las playas salvajes de Sibaúma, los masajes tailandeses, las maravillosas ostras, la espléndida carta de almohadas del resort… pero el ser un fugitivo estresa. Sobre todo cuando Puppy está alrededor y decide montar una fiesta. ¿Qué diferencia hay entre una fiesta para millonarios de Puppy y la más salvaje y descontrolada fiesta universitaria en casa de los ausentes padres de un novato de la fraternidad? Que en la fiesta de Puppy los invitados llegan en helicóptero, por lo demás es exactamente igual. Al principio planeaba celebrarla en la piscina pero los no-invitados, y sin embargo asistentes, se habían multiplicado exponencialmente, así que la idea se trasladó a la playa. 

Intenté convencer a Warren para que se uniera a la fiesta: 

–¡Pero estás loco! ¡Mira toda esa gente! ¡Todos me conocen! –me gritaba histérico– ¿Cuánto crees que tardarían en delatarme? La mitad de ellos son financieros con potenciales escándalos que están deseando tener algo con lo que negociar con la justicia cuando los pillen. Delatar a un fugitivo sería perfecto para rebajar sus condenas y no entrar en la cárcel.

–No seas paranoico –está al borde de la locura, creo que es el momento de decirle que la justicia americana no lo busca.

–¡Qué no sea paranoico, dice!

–Waren…

–¡¿Qué?! ¡¡¿Qué?!! ¡¡¡¡¿Qué?!!!!

–Nada. 

Eran las cinco de la mañana cuando volví a la habitación. Era el vivo retrato de un desquiciado, con los ojos inyectados en sangre, mirando tras las persianas, con un cenicero lleno de colillas a sus pies. Aquello no era sano. Lo convencí para bajar un rato, respirar aire fresco y sentir el contacto humano. El argumento que lo convenció es que era de madrugada y todos los gatos eran pardos a esas horas, y aunque estuviera el sol en su plenitud, ya todos estaban tan borrachos que les costaba distinguir entre Scarlett Johansson y Mick Jagger (ambos asistentes a la fiesta). 

*** 

–¿No ves cómo yo tenía razón? 

Estábamos sentados en la playa con el suave aroma del mar azotando nuestros rostros y observando el plácido vaivén de las olas que se extendía tras un chaco de vómitos etílicos que había a nuestros pies. Warren parecía más humano, más relajado, nadie lo iba a recono… 

–¡Ey, Warren! ¿Dónde te has metido esta última semana? –¡Oh, Dios!, ¿quién es este ahora? A Warren le estaba empezando a dar un ataque de ansiedad al encontrarte con alguien conocido–. Jo, tío, vaya la que tenéis liada en tu empresa. Seguro que os quitan las primas de este año por culpa del cabrón ese que ha defraudado…

–Lo siento, tío –le digo al desconocido (para mí)–, pero ya nos íbamos.

–¿Quién ha defraudado? –le pregunta Warren deteniéndome en mi intento de ponerme de pie.

–¿Quién a va a ser? El tío ese que ha aparecido en todos los periódicos, el jefe contable, ¿cómo se llama? No pongas esa cara, tío, con la movida que habéis tenido en la empresa. Menos mal que se ha recuperado casi todo el dinero. Venga, confiesa, cabroncete, seguro que había algún otro jefazo implicado y le han cargado todo el muerto al de contabilidad.

–No tengo ni idea de lo que me hablas –le dice muy despacito mientras me mira a mí pidiendo una explicación.

–Vale, vale, ya veo. Pacto de silencio en la empresa. Pero, tío, yo soy colega, y de aquí no va a salir. Además ya se ha cerrado la investigación, ¿qué más da?

–¿Qué se ha cerrado la investigación? ¿Y dices que ha salido en todos los periódicos? Rafe, amigo mío, ¿es posible que a los periódicos que me subías a la habitación le faltaran páginas por casualidad?

–Bueno… esto… es que no quería amargarte las vacaciones con noticias del trabajo. Pero mañana nos volvíamos a Nueva York, ¿no te lo había dicho?, tengo los billetes, y te lo iba a contar todo…

–¿Concretamente cuándo me lo ibas a contar? ¿Cuándo estuviera subido en el avión o cuando estuviese ingresado en el manicomio? 

‘Ironía’, eso está bien, la ironía es un arma inteligente de gente no agresiva. 

*** 

Reunión en la sede Capital Investors, antes Riado-Blackman, actual feudo de mi archi-traidor-ex-asistente Robert. 

–Señor Ridao, lo esperan en… –la secretaria está entrenada para no decir nada, pero en su mirada le veo las ganas de preguntar–. Le esperan en la sala de reuniones. 

Las miradas me siguen mientras atravieso la oficina. “Debe mirarse eso” me dice un gilipollas que se me cruza, ¡como si no me lo hubiera visto ya en el espejo esta mañana! Entro sin llamar a la sala de reuniones, me niego a pedirle permiso al sátrapa traidor de Robert. 

De todas formas no estaba. Mientras llega me sirvo una taza de café. 

–Buenos días, Rafael, perdo… ¡Vaya ojo! ¿Te lo ha mirado el médico?

–Uno, no me caes bien, por lo que cíñete a lo profesional, traidor. Dos, al próximo que haga un comentario sobre mi ojo morado le arranco la cabeza. Y tres, el café de esta empresa es una mierda –digo escupiéndolo en el suelo, así marco el territorio y dejo claro que no estoy allí por placer. 

Evidentemente Warren no se conformó con la ironía a la hora de constatar que no le había sentado bien que lo tuviera engañado una semana pensando que la espada de Damocles de la justicia pendía sobre su cabeza sólo porque yo quería pasar unas vacaciones de lujo a costa de Puppy. Después de que el médico del complejo turístico me atendiera, trate de explicarle a Warren que no era mi intención torturarlo, que lo llevé allí con toda mi buena intención, para ayudarlo, aunque después se complicaran las cosas. A lo que respondió: 

–Claro que sé que lo hiciste con buena intención, ¿por qué crees que sólo tienes un ojo morado, una patada en los testículos y sólo una costilla rota? 

*** 

A Robert no le agradó la idea que le presenté para la presentación del fondo de inversión de valores ecológicos. Mi idea era fletar un avión y llevarnos a los posibles suscriptores a una aldea de aborígenes en medio del Amazonas. 

–Eso dispara el presupuesto, Rafael.

–La idea es que conozcan esas comunidades que viven en el primitivismo, los que más se benefician por las actuaciones ecologistas.

–Pero fletar aviones no es viable. ¿No tienes algo más… cercano?

–¿Aborígenes más cercanos? Claro –dije irónico– siempre podemos hacer la presentación en una comunidad Amish, allí no conocen ni el Internet.

–Me refiero a otro enfoque. Algo más convencional. Fiesta elegante, con clase, con el presidente dando su discurso de presentación. Ya sabes, lo normal.

–Para montar “lo normal” no me necesitáis. Está bien, a ver esto: una fiesta en el Museo de Historia Natural. El mensaje sería, si el hombre primitivo hubiera invertido en este fondo ecológico los dinosaurios no hubieran desaparecido.

–A parte de que el homo sapiens no coincidió con los dinosaurios y que el hombre primitivo no tenía sistema financiero ni fondos de inversión, no creo que sea mala idea. Adelante.

–Está bien, me pongo en marcha y hago un presupuesto. Y por favor, Robert –le digo en plan condescendiente–, no vayas por ahí diciendo memeces porque te pones en evidencia, claro que el hombre prehistórico coincidió con los dinosaurios, ¿no has visto las películas? 

¡Bien, mi primera fiesta profesional para seres humanos vivos!