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EL CRACK (el serial) - Capítulo XXII

Viernes, 20 Marzo 2009

Prófugos desprofugados 

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Puppy se ha montado una corte en toda regla. No creo que ni Maria Antonieta ni Catalina de Aragón tuvieran nunca tanto séquito a su alrededor como esta pobre niña rica de Park Avenue: masajista, monitor de fitness, pedicura, manicura, dermatólogo, asistente personal, gigoló… bueno, en verdad son relaciones públicas del hotel, dos, que se van turnando para tenerla entretenida y que gaste, gaste y gaste… en España teníamos algo parecido en las pelis de Alfredo Landa y Lina Morgan, las chicas de whiskería que iban al descorche pero que después eran muy decentes como para acostarse con los clientes. Pero aquí en Brasil no sé qué palabra hay en portugués para ‘decencia’, ni creo que los ‘relaciones públicas’ encomendados a Puppy conozcan el concepto, porque van en micro speedo, totalmente bronceados, con dientes que parecen blanqueados mediante láser y no creo que estén programados para negarle NADA a una clienta tipo “Ms. Manirrota”. 

–Esto no es ser discreto –me dice Warren mirando a Puppy en la piscina desde la ventana de su habitación. 

Lleva encerrado en su suite desde que llegamos y me preocupa. Tiene manía persecutoria. Sí, vale, seguramente le busque el Gobierno de los Estados Unidos para enchironarlo, pero no es para que te obsesiones con una cosa así. ¡Por Dios, que estamos en un paraíso paradisíaco! (Espera, eso es redundante). Ya sé que Puppy ha convertido el resort en su harén particular, pero llamar la atención tampoco es tan malo. ¿No dicen que el mejor sitio para ocultar algo es a simple vista? ¿Quién se va a imaginas que hay un prófugo de la justicia en medio de este aquelarre de lujo, masajes y baños de sol? 

–Tío, deberías bajar a la piscina, tomar un poco el sol, no es sano enclaustrarte en la habitación, por muy de lujo que sea, y pasarte el día oteando por la ventana como Steve McQueen en la Ventana Indiscreta de Kubrick.

–James Stewart.

–¿Qué?

–Que la Ventana Indiscreta es de James Stewart.

–¿James Stewart dirigía películas?

–No, el director era Hitchcock, Stewart la protagonizó.

–¡Ah, sí, de Kubrick era la Ventana Mecánica!

–¡¡La Naranja Mecánica, memo!!

–Pues a mí me gustó más la versión de McQueen que la de James Stewart. 

Warren me ha echado de su habitación. Esto no está resultando tan divertido como cuando me imaginé fugándome de la justicia con él. Yo esperaba algo más como dos solteros atractivos en una playa de Rio tomando el sol, con bigotes falsos para despistar, y rodeado de brasileñas de culitos prietos. Tener a un paranoico parapetado en una habitación de un resort de lujo y una ninfomaníaca millonaria acaparando a todo el servicio del hotel no es mi idea de un entorno ideal.  

Llamo a Belinda por teléfono pero no hay nadie en su apartamento. Me siento triste. Llamo a Ayako a ver cómo se la maneja sin mí y me contesta un tal Clive que afirma ser su asistente. ¿Para qué necesitará mi asistente un asisten…? ¡Un momento! ¡Pequeña bruja traidora! Le ha faltado poco tiempo a la pérfida asiática para hacerse con mi puesto. Empiezo a pensar que me precipité en mi fuga del país. Debería haberme quedado a defender el fuerte. ¡Ay, Dios, cómo me jode! No, no puedo decirlo…. Pero “mamá tenía razón”. Le dedico una llamada a Ron Akran para saber si sigue en pie mi colaboración como freelance en su firma de organización de eventos. 

–¡Hombre, Ron! ¿Qué tal?… Yo muy bien, pasando unos días de relax fuera del país. Precisamente te llamaba para saber qué día tenía que reunirme con los de Capital Investors para planifi… ¿Cómo? ¿Qué te hizo pensar que no estaba interesado?… No, no, creo que ha habido un error, Ron, en España, de donde yo soy, “que se metan su puto encargo por el culo” es una expresión de júbilo, de estar muy contento… Sí, ha sido un error, a veces mis raíces latinas me juegan malas pasadas con el lenguaje… Que sí, que sí, estoy interesadísimo, me tienes a tu disposición… Ya me ocupo yo de cerrarlo, no te preocupes. 

Trabajar codo con codo con Robert (mi ex-asistente) está en mi lista de prioridades justo debajo de que me extirpen un testículo usando un boli BIC como bisturí, y por encima de verme otra vez en la indigencia más absoluta. Como no puedo soltar este tren laboral que he cogido, y puesto que si vuelvo al negocio mortuorio tendré primero que matar a Ayako, no me queda otra que apechugar y ser profesional y tragar con Robert. ¿Por qué tengo tan mala suerte con mis asistentes? ¡Todos me traicionan! ¡Con lo bien que los trato! Les doy trabajo, una identidad… estamos de acuerdo, no les pago y les exijo demasiado, pero es por su bien. (Nota: A Ayako la mataré de todas formas, por simple placer, no puedo con las traidoras, dejé vivo a Robert y he sentado un mal precedente.) 

Llamo a Robert (con desdén) y cierro una cita para empezar a planificar el evento de Capital Investors y quedamos en vernos a principio de la próxima semana. Me duele mucho tener que abandonar a Warren en su desgracia, pero la vida real continúa y yo tengo que volver a Nueva York, mientras tanto disfrutaré de la maravillosa vida de prófugo que nos está brindando el fondo fiduciario de Puppy.  

Puppy ha montado una pequeña fiesta para la que va a venir un selecto grupo de gente desde Nueva York este fin de semana, unos cien invitados. En la cara del director del resort se ve el símbolo del dólar marcado, está encantado con Puppy, así que le ha puesto otro PR/gigoló más a su disposición. Compro algunas revistas y periódicos, porque no todo va a ser tomar el sol y beber cóctel tras cóctel. Las revistas me las quedo, los periódicos se los voy a subir a Warren, pero se me caen al suelo y el destino quiere que se desprenda la página en la que hablan del escándalo de la compañía de Warren. Lo ojeo por encima. ¡Oh, Dios mío! 

*** 

Por fin logro hablar con Belinda: le digo que la quiero, que la quiero, que lo estoy pasando muy mal (mientras una guapa mulata me sirve otra copa) y que la echo de menos. Pero vayamos al grano: ¿qué está pasando con el caso Warren?, el periódico era muy escueto. 

–Han detenido al director de la firma, que era el que estaba desviando fondos y maquillándolo con la contabilidad.

–¿Entonces Warren no está siendo buscado?

–¿Por qué?

–Por desfalco.

–Que yo sepa, no, la estafa está en la cúpula de la organización. 

¡Uy, empiezo a pensar que me precipité al sugerir una fuga del país! La culpa es de Warren por dejarse llevar por el pánico y hacerme caso, sabiendo que mis ideas no suelen ser muy sensatas. Pero me alegro mucho, cuando sepa que no está acusado ni buscado dejará de ser el zombi que es ahora. El miedo lo está consumiendo, es una sombra del hombre que era. ¡¡Quién iba a imaginar que decía la verdad cuando afirmaba su inocencia!! De todas formas no se lo diré hasta después de la fiesta de Puppy porque seguro que se quiere volver enseguida a los EEUU y me chafaría la diversión. 

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXI

Viernes, 13 Marzo 2009

Operación Caipiriña 

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No es fácil cantar La Chica de Ipanema al lado de un compañero de viaje que no hace más que vomitar. No sé si es mal de alturas, pánico a volar o terror a cómo tarareo, porque tres veces que me he arrancado con el “Olha que coisa mas linda, mas cheia de graça, é ela menina que vem e que passa”, tres veces que ha vomitado. No creo que los múltiples estómagos de los rumiantes son capaces de albergar tanta comida como para rellenar cuatro de las bolsitas de papel que te dan para estos casos. 

Cuando la azafata se acerca por enésima vez a ver si Warren se encuentra bien le pido que me cambie de asiento. Primero me dice que no es posible, y luego me pregunta si no viajábamos juntos. ¡Pues claro que viajamos juntos! Un desconocido no le hubiera gritado e insultado como yo he hecho cuando una de las bolsas se desfondó dejando caer todo su asqueroso contenido sobre mis flamantes Ferragamos. La azafata no logra comprender por qué, si viajamos juntos, pretendo cambiar de asiento. No me apetece explicarle que una cosa es ayudar a un amigo a fugarse del país y otra bien distinta pasar todo un viaje con un tío al lado vomitando

Yo sé que le pasa. Está cagao. La comisión va a presentar cargos por un agujero contable que ha encontrado en uno de sus hedge funds de dimensiones terrorífica, como los socavones que aparecen en las obras públicas españolas, y a Warren le pasa como a los ingenieros que planifican esas obras públicas: que nunca saben de dónde ha salido el agujero.

–Te prometo que no he cogido ni un centavo que no me pertenecía– me dijo cuando llegué a su apartamento en medio de la noche tras su llamada cargada de pánico. 

No tiendo a creer en la inocencia de nadie, y menos en alguien que está justo delante de una obra suprematista (menor) de Malevich que acaba de adquirir en una subasta de Sotheby’s. “¡Lo compré sólo por cuestiones de impuestos!” me dice, pero él sabe que yo en vez de cuadraditos de colores estoy viendo la traducción de un agujero contable en forma de pintura incomprensible. Pero no importa, un amigo es un amigo, aunque sea un delincuente, y mi deber es sacarlo de ese lío.  

Mis cuentas siguen sin estar boyantes, después de todo estoy sólo al principio de una nueva carrera estelar, y tampoco podemos tocar las cuentas de Warren ya que a estas alturas estarán vigiladas y cualquier movimiento extraño precipitaría su detención. Es de los pocos estúpidos que no tienen pasta en paraísos fiscales. Así que tuve que recurrir a mamá, ¿para qué está una madre sino para que te ayude a fugarte del país? Bueno, seamos sinceros, yo no tenía ninguna necesidad de fugarme de ningún sitio, pero a un viaje a Brasil no se le hace ascos. 

Tuve que insistir bastante para que el recepcionista del turno de noche descolgara el teléfono y avisara a mi madre. Mucho cariño materno pero su primera reacción fue pedirle al conserje que me despachara con viento fresco. Mamá nunca ha tenido buenos despertares, y menos a las 5 de la mañana. Mi insistencia y la frade “de vida o muerte” hizo que el conserge se arriesgara a que el basilisco alojado en la Edwardian Park suite bajara y le arrancara el corazón con las manos desnudas por esa segunda llamada. Al final me recibió en el saloncito privado de la suite, en salto de cama rosa, color que sólo usa en la intimidad porque su eterno moreno artificial no va nada con ese color.

–¿Qué situación “de vida o muerte” es esa tan importante como para interrumpir mi sueño reparador de 8 horas tan básico para mi equilibrio epidérmico –¡Dios, me enerva! Ni por un momento piensa que sea lo que sea es más importante que el aspecto de su cutis… cutis de lagarto, por otra parte (eso ha sido gratuito, pero me saca de mis casillas).

–Necesito dinero, mamá.

–Evidentemente de vida o muerte –me reprocha poniendo los ojos en blanco.

–En serio, mamá, necesito dinero.

–Cariño, ya sabes que tengo las cuentas bloqueadas hasta que los abogados resuelvan el maldito divorcio. Lo único que me consuela es que tu padre tiene ciertos negocios tan bloqueados como mis cuentas porque no doy mi aprobación. Ten paciencia, no tardará en resolverse todo.

–No lo entiendes. Necesito dinero, mucho, y urgente –le repetí lentamente.

–¿Para? –me pregunta medio intrigada medio preocupada.

–Warren y yo nos vamos a Brasil, pero no podemos tocar sus cuentas…

–¡Acabáramos! ¡Me sacas de la cama para sablearme para irte de vacaciones!

–No son vacaciones, sino una fuga. Nos vamos del país porque van a  detener a Warren.

–¡Uy, eso lo cambia todo! Por supuesto que estoy encantada de participar en un delito. ¿Dónde está mi chequera?

–Diez mil dólares bastarán por ahora…

–Estaba siendo sarcástica, Rafael, ¡a veces eres tan afásico! Además, ¿tú qué pintas en todo esto? ¿También te persiguen a ti?

–No, es Warren el que está en apuros.

–Y tú te lanzas de cabeza a implicarte para que te detengan por cómplice. Sé inteligente por una vez en tu vida, hijo, y deja que se coma sus problemas solitos.

–No puedo.

–¿Y eso?

–Porque Warren es mi amigo.

–¿Amigo? ¿Y eso qué significa?

–Significa que me dio casa, comida y trabajo cuando mi padre me dejó en la calle sin un centavo y mi madre se perdió con algún chulo durante semanas sin dar señales de vida –calla y otorga mientras que en la puerta de la habitación se dibuja la silueta del chulo aspirante a ‘señor de’ que pregunta qué es todo ese ruido–. Ya veo, las cuentas bloqueadas por el divorcio y viviendo con lo justo para residir en una suite del Plaza y mantener a tu ‘juguetito’. Gracias mamá. 

Me fui dando un portazo que no sonó tan fuerte como yo quisiera porque las puertas tienen sistemas de amortiguación. Tenía que conseguir dinero, ¿pero dónde? Empecé a andar por la calle 58 con los primeros rayos de sol. Si algo me había demostrado mi defenestramiento en la organización Ridao-Blackman es que no tenía a nadie a quien recurrir salvo Warren. Llegué al cruce con Park Avenue y una bombillita se encendió en mi cabeza. 

*** 

–No, no, y no. De ninguna manera. Me niego a fugarme del país con susodicho personaje. Una fuga lleva implícito en su definición la cualidad de ‘discreción’ y con Puppy será todo menos discreto.

–Warren, piénsatelo, ella es nuestro cajero automático humano. Lo único que pide a cambio en que la dejemos participar.

–¡Estás loco! Y ella está muuuuuy aburrida, por lo que veo. Me niego a que mis desgracias se conviertan en el entretenimiento de una heredera de Park Avenue aburrida.

–Aburrida heredera, pero rica y con dinero disponible, y dispuesta a esponsorizar nuestra fuga.

–¡Que no!

–Bueno, pues entonces espero que te guste que un tipo de dos metros todo lleno de tatuajes y oliendo a sudor te llame ‘muñequita’ mientras comparte catre en tu celda, porque es lo que te espera.

–Que no –no parece tan convencido ahora.

–Warren…

–Pero Mr. Chow no viene, ¿entendido? 

*** 

Dos limusinas nos recogieron a las 7 de la tarde. En una nos montamos con Puppy y Mr.Chow, y otra portaba todo el equipaje de Puppy que con algo de suerte dejaría espació en la bodega del avión para las maletas de un par de pasajeros más. El plan es que ella embarque por su cuenta y nosotros por la nuestra. Nos reparte los billetes. 

–¿¡Turista!? –exclamo al verlos.

–Los vuestros sí, el mío en bussiness. Recuerda, nada de llamar la atención.

–Seguro que pasas desapercibida en Rio con ese abrigo de pieles –practico la ironía.

–No me gusta que este chucho me olisquee la entrepierna –dice Warren apartando a Mr. Chow.

–Mejor él que no tu compañero de celda –le respondo sin prestarle mucha atención, me preocupa más el tema de los billetes–, y ¿qué es eso? ¿Natal? ¿¡No vamos a Rio!?

–No, he pensado que me apetecía pasar unos días en el Kilombo Villas & Spa de la playa de Sibaúma.

–Ese no era el plan.

–¡Quita chucho! –sigue batallando Warren ajeno a su destino.

–No trates así a Mr. Chow, su psicoterapeuta dice que es muy sensible al rechazo. Tú amigo es muy delicado –me dice Puppy a mí– teniendo en cuenta la clase de animales que van a olisquearle a él en la cárcel. 

*** 

Llegamos al aeropuerto de Natal y desembarcamos cada uno por nuestro lado para no llamar la atención. La discreción es básica en situaciones de fuga, eso lo sabe cualquiera… 

…Cualquiera menos Puppy, que tiene esperando a toda una comitiva de portamaletas, guía turísticos, chóferes y el director del resort esperando con un gran cartel que pone nuestros nombres. Lo he pensado detenidamente durante el viaje, ya puestos a ocultarse de la justicia, qué menos que hacerlo en un resort de lujo. ¡Aquí empieza nuestra aventura brasileira!

 

EL CRACK (el serial) - Capítulo XX

Viernes, 6 Marzo 2009

¿Qué puede salir peor? 

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–¿Estás ocupado? –pregunta Mr. Traill asomando la cabeza por la puerta del pequeño despacho con glamour que me he montado en medio de la montaña de sordidez que es la Funeral Home de Mr. Traill. Es lo único que no huele a muerto.

–Estoy liado, pero pasa, pasa –le hago una seña con la mano para que pase mientras cierro el buscaminas del ordenador.

–Quería consultarte sobre ciertas facturas.

–Dispara.

–Tengo un montón de cuentas de restaurantes.

–Gastos de representación.

–¿Una botella de Terrier-Jouet?

–Gastos de representación.

–¿Centro de estética?

–Gastos de representación.

–¿“China Loto Massage House”?

–Gastos de representación.

–¿Masajes como gasto de representación?

–No seas absurdo, Traill, no eran masajes, sino putas –me mira estupefacto, quizás no entienda mi concepto de ‘gastos de representación’–. Fue para una pequeña reunión de “negocios” con una de las mayores fortunas de la ciudad. Ya sabe, cliente contento en vida, mucha pasta para nosotros una vez muerto. Y es una inversión a recuperar a corto plazo. Cáncer de colon. Yo iría reservando hueco para mayo.  

Sigue mirándome estupefacto, debe pensar que soy totalmente insensible a la tragedia humana que supone la muerte, pero lo cierto es que no lo soy. Bueno, sí, soy insensible a cualquier tragedia humana de cualquier muerte que no sea directamente la mía. Parece salir del shock y decide continuar con las facturas. 

–¿Y esta factura de servicios médicos?

–Déjame ver… Sí, a partir de ahora recibirás una cada mes.

–Tenemos seguro médico.

–No, no, no se trata de que me estén tratando, ni nada así. A ver cómo le cuento esto sin embarrarlo demasiado. Digamos que yo tengo un amigo, y que este amigo trabaja en el servicio de oncología de un prestigioso hospital para ricos. Este amigo de vez en cuando me llama para preguntar cómo estoy y de paso se le escapa, accidentalmente por supuesto, quién se está tratando allí. Entonces yo, casualmente me doy cuenta de que tengo a ese posible cliente en mi lista de visitas pendientes… lo que nos lleva a reuniones en China Loto Massage House, o sitio similar, donde aprovecho para cerrar un sustancioso contrato para hacernos cargo de su sepelio. 

De nuevo me mira con la boca abierta. A insensible se le unen los adjetivos de amoral e ilegal en su cabeza. 

–Riado, esto es lo más…

–Sí, lo sé, lo sé, no tiene porque darme las gracias –por su cara veo que no es precisamente lo que me iba a decir–, ya estará más agradecido cuando todos esos contratos se hagan efectivos.

–Así no es como yo he hecho negocios toda mi vida, y antes que yo mi padre.

–¡Cierto!, por eso me necesitaba. Soy un visionario, Traill, estoy cambiando el modelo de negocio de las pompas fúnebres. Mi gran drama personal es que no puedo contar al mundo la genialidad de mis técnicas, por aquello de la competencia…

–Y por miedo a la cárcel, ¿no? 

*** 

Mamá me espera sentada en una mesa de la terraza del Rise, uno de los restaurantes del Ritz-Carlton con magníficas vistas a la Estatua de la Libertad. Está pensativa, raro en ella que siempre está en actitud vigilante, descubrir los eternos 100 errores que la rodean y de los que no deja de quejarse continuamente. Al sentarme me pregunta “¿no son las vistas maravillosas?” en vez de algo más característico de ella como “los camareros son unos patosos insufribles” o “¡Dios sabe con qué limpian la cubertería!” u “odio los espacios abiertos, deberían hacer el mar más pequeño”. Definitivamente está rara, está como… ¿feliz?  

–Rafael, cariño, la verdad es que he venido a Nueva York a contarte algo –¡oh, oh, la confirmación de que algo pasa!–. Comprenderás que el divorcio de tu padre y yo no ha sido nada traumático, sólo en el terrero económico, único motivo por el que seguíamos juntos. Creo que no hacíamos el amor desde mediados de los noventa –esa es más información de la que necesitaba– y cada uno hacíamos nuestra vida como bien podíamos. Discretamente, pero cado uno con su vida. Este viaje es para…

–¿Interrumpo? –pregunta un caballero de unos 35 años, bronceado y apuesto, con bigote y media sonrisa.

–Me temo que sí –respondo agriamente sin comprender porque un extraño se entremete en una conversación madre-hijo.

–¡Rafael, tus modales! Por supuesto que no –le dice al extraño, que parece no ser tan extraño para ella–, siéntate. Rafael, quiero presentarte a Xavier. 

¿De qué va esto? ¡¿De qué va esto?! ¡¡¿De qué coño va esto?!! 

*** 

Quiero llamar a Belinda y contarle la cena con mamá, pero por alguna razón me siento sucio y evito su contacto. ¡Ah, sí! Porque se supone que estamos saliendo y me he acostado con Catherine Maxwell. En mi laxo sistema de valores no debería contar, porque ni siquiera me terminaba de gustar, pero por alguna razón inexplicable siento un desasosiego inédito en mí. ¿Será lo que llaman remordimientos?  

*** 

Asisto a una reunión de negocios. Tengo una nueva oferta de trabajo. He decidido organizar algunos eventos de manera freelance para hacerme un nombre fuera del terreno funerario. Después de todo tengo mucho tiempo libre ya que el trabajo duro de la funeraria lo está llevando todo Ayako solita. Es una joya de chica. Debería pagarle algo, pero va en contra de mis principios pagar por algo que puedo conseguir gratis. Me reúno con el mandamás de la firma Ron Akran Events Planners. Me hago un poco el interesante pero acepto sin condiciones el encargo: una acto de presentación de un fondo de inversiones nuevo que según lo quieren publicitar va a ser un blindado anticrisis financiera. Me tengo que poner a las órdenes del responsable que Capitalia Investors. ¿De qué me suena la dirección que me da? 

***

Me sonaba la dirección sobre el papel, y me suena cuando estoy en la puerta del edificio. ¡Aquí he estado yo antes! ¿Pero cuándo?  

Subo hasta la planta de Capitalia Investors. ¡Cómo me suena la recepción! ¡Y la recepcionista estilo voguette que la custodia! ¿Habrá sido un ligue mío? 

Me apoyo en su mesa y le digo con una de mis sonrisas patentadas que vengo a ver al director de eventos (o puesto equivalente) de parte de Ron Akran Events Planners. Hace una llamada por teléfono y me sugiere que me siente a esperar. Yo permanezco de pie y me afano en descifrar dónde he visto yo antes el cuadro impresionista que tienen colgado en la pared. 

–¿Rafael? 

¡Cómo me suena esa voz! Me vuelvo y allí está él, con su cara de “me alegro verte” a la que respondo con una mirada de “ojalá te mueras”.  

*** 

Son las tres de la madrugada cuando llamo por fin a Belinda.  

–¿Te he despertado? –pregunto sabiendo por su somnolienta voz que es así.

–Pues me temo que no suelo estar despierta a las tres de la madrugada. Porque eres consciente que son las tres de la madrugada, ¿verdad?

–Yo…

–¡¡Las tres!!– me grita.

–Lo siento.

–Eso después de no dar señales de vida en cuatro días. ¿Por qué me llamas ahora justamente a las tres de la madrugada?

–Los dos últimos días han sido los más horribles de mi vida.

–¿Y me lo vas a contar?

–Sí, para eso llamo –digo quejumbroso como un niño desvalido.

–¿También eres consciente de que hay psiquíatras en Nueva York para este tipo de cosas? Los llamas y te escuchan…

–Pero no a las tres de la mañana.

–¡Ah, vale! No me has llamado porque te salga más barato, sino porque nadie te escucha a las tres de la mañana, salvo una idiota como yo, a la que no debe importarle que no des señales de vidas en cuatro días y reaparezcas de buenas a primeras llamando a las tres de la mañana.

–No ha sido buena idea –digo para colgar.

–Déjalo. ¿Por qué ha sido tan horrible estos dos últimos días? –me pregunta.

–Todo empezó cuando quedé con mamá…

–No, no –me interrumpe–, la versión corta, máximo dos minutos. 

Me quedo callado, a lo que me advierte que el tiempo corre, y a lo que respondo que necesito ordenar ideas para sintetizar. 

–Está bien, allá va el resumen: Mi madre se casa con un tipo 20 años más joven que ella y que evidentemente va por mi… quiero decir, su dinero. Obviamente tendré que matarlo, pero aún no tengo claro cómo no terminar en la cárcel. Tengo que montar un evento para Capitalia Investors, ¿y sabes a quién debo rendir cuentas?

–Las preguntas retóricas consumen tiempo innecesario.

–A Robert, mi ex-asistente, el traidor de Robert. Evidentemente también debo matarlo, lo que me complica las cosas muchos, ya que no es lo mismo hacer desaparecer un cadáver que dos. Por lo visto Ridao-Blackman, mi antigua empresa, se ha disuelto y ahora lo que queda se ha renombrado como Capitalia Investors. Esto me pasa por no leer el Wall Street Journal.  

Suena un aviso de llamada entrante. 

–No cuelgues, Bel, enseguida vuelvo.

–Rafe –la voz llorosa de Warren–, van a presentar cargos, me van a mandar a la puta cárcel. ¿Sabes qué hacen en la cárcel con los tíos guapos como yo?

–Enseguida estoy contigo –cambio de nuevo a Belinda–. Bel, cariño, te tengo que dejar, me tengo que ir a Brasil con Warren para que no lo metan en la cárcel.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XIX

Viernes, 27 Febrero 2009

Lo que pueden hacer las hormonas masculinas 

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Mi madre llegó a la ciudad revestida de toda su dignidad maternal afirmando que venía porque estaba preocupada por mí. Desde su sorpresiva aparición en mi funeral-debut la he visto en tres ocasiones más, todas ellas en las páginas de sociedad del WWD, siempre en primera fila de algún desfile de moda o posando con una copa en la mano. Se la veía en todas las fotos tremendamente consternada por lo mal que yo lo he pasado después de ser defenestrado por mi propio padre, abandonado por ella y sumergido en la indigencia. Por si no se nota, trato de ser sarcástico. ¡Ja! 

He mantenido en la última semana varias conversaciones con Maxwell Logistic hasta cerrar una cita de prospección. Les he hecho saber que estoy muy a gusto en mi actual trabajo lo suficientemente claro para subir mi caché, pero he sido lo suficientemente ambiguo como para mantener la puerta abierta a su propuesta. Es la primera regla en los negocios: ser inaccesible hasta el punto en que te compensa ser accesible. Eso me lo enseñó papá de pequeño, entre otras cosas. En los días de vacaciones mi madre mandaba al chofer a que me dejara en el mostrador de recepción con instrucciones de ser entregado a Papá, como si fuera una carpeta que se había dejado olvidada esa mañana en casa. Lo hacía por pura maldad, para estropearle el día mientras conseguía que alguien se hiciera cargo de mí. Siempre me he sentido muy amado en el seno familiar. De nuevo un sarcasmo, ¡ja! 

Una de esas veces, tendría yo siete años o así, le pregunté a mi padre que qué es lo que hacía él en el banco. Tras pensar detenidamente cómo ser didáctico en su explicación no tuvo mejor ocurrencia que decirme: “aquí nos dedicamos a dar dinero a gente que quiere comprar cosas pero no tienen dinero para hacerlo, después esa gente nos devuelve ese dinero y nos regala un poquito extra por el favor que les hemos hecho”. Entonces le pregunté que si para comprarme una bicicleta nueva ‘muy molona’ que había visto podía yo pedir dinero al banco. Y me respondió, de manera muy adulta, que pedir podía pedirlo, pero que no me lo darían porque yo no ganaba dinero, y que un banco nunca da dinero a quien no puede devolverlo (eso era por los años 80, ¡hay que ver cómo han cambiado las cosas!). Yo, siguiendo el hilo del razonamiento con mis siete años, le dije que si yo tuviera dinero no lo pediría, me iría corriendo a comprar la bicicleta. Y ahí es donde me soltó que una cosa es tener dinero y otra disponer de él, que sólo hay que dar al que ya tiene. Y esa ha sido mi máxima toda mi vida “dar al que ya tiene”: ofrecer trabajo al que ya está ocupado, interesarme por mujeres que ya tienen pareja, hacerme amigo del que tiene una amplia red de amistades… 

Por eso sé que si no estás trabajando o no te muestras a disgusto con tu posición, nadie te va a ofrecer condiciones laborales interesantes. No podía dar sensación de desesperación por cambiar de aires aunque estuviera deseando dejar de trabajar con difuntos y empezar a tratar con clientes más… ¿cómo decirlo?… ¡vivos! Primero sugerí un encuentro informal en plan almuerzo con Catherine Maxwell, lo que es como decir “ey, no me interesa lo que me vas a proponer, si quedamos a comer al menos no perderemos totalmente el tiempo en la reunión, porque al fin y al cabo todos tenemos que comer” (menos la modelos, claro). Ayako y la asistenta de Maxwell terminaron por arreglar una cita para el miércoles en la presentación de un nuevo restaurante que organizaba Maxwell Logistic, era ideal, porque así me enseñaban de paso su manera de hacer las cosas en el mundo de la organización de eventos. 

Mientras llega el miércoles tengo que hacer algo para animar a Warren. La Comisión Reguladora ha inmovilizado uno de los fondos de inversión libre que gestiona porque han detectado irregularidades contables. No pueden acusarlo de nada mientras no desentrañen toda la ingeniería financier con que se enmaraña la gestión de estos fondos, pero por lo que pueda pasar le he regalado un curso de portugués en DVD y una guía de viaje de Brasil, por si llegado el momento… El ataque de llanto que le dio con mi pequeña bromita me hace temer lo peor. (¿Por qué nadie aprecia mi sentido del humor?) 

Lo he convencido para que salgamos a comernos la ciudad, como en lo viejos tiempos, como antes de esta maldita crisis que a todos nos descabala. Le obligo a ponerse guapetón y nos lanzamos a recorrer los locales más cool del momento. Hay una fiesta en The Annex y nos acercamos a ver stiletto girls de faldas ultracortas y pechos reafirmados en clínicas de estética. Me siento un poco culpable (una sensación nueva para mí) porque he llamado a Belinda y he fingido un catarro. Ya llevamos un par de meses viéndonos con regularidad y sin saber cómo hemos pasado a esa etapa de las relaciones en las que se supone que debes de dar explicaciones de dónde vas, cómo y con quién. No era cuestión de contarle que iba a dejarla plantada para salir con Warren para animarnos conociendo chicas neoyorquinas hambrientas de sexo, una tía no comprende esas cosas de hombres. 

Nos situamos en un sillón circular de la segunda planta del nightclub mientras el grupo del hermano de Chloë Sevigny toca en el pequeño escenario. El local tiene cierto aire a bar cutre de carretera del medio oeste. Y las luces rojas le dan un toque más sórdido si cabe. Nada más llegar un grupo de amazonas de mirada lasciva nos ha echado el ojo (bueno, quizás no sean tan lascivas, y lo que sea lascivo es sólo mi pensamiento). El grupo ‘Sex in the city’ no nos pierde ojo, eso sí es cierto. Nosotros no se lo perdemos a ellas, pero no lo saben porque parecemos los Blues Brothers con las gafas de sol puestas. Nuestro amigo Curtis, de la firma de inversiones donde trabaja Warren, se une a nosotros y enseguida se percata que estamos en plan leones de National Geographic que acechan sigilosos a las gacelas que van a ser su cena. 

–Jo, hermano, cómo me pone la gordita de los Jimmy Choo –me dice Curtis babeando.

–Curtis, darling –le digo con mucha calma–, primero, no me llames ‘hermano’, eso es un modismo afroamericano y mi moreno no es genético sino de buenas vacaciones en el Caribe y mantenimiento posterior en salones de belleza. Dos, eres un pervertido, con cuatro tías que quitan el hipo te fijas en la bajita y rechoncha. Y tercero, eres gay, ningún tío hetero capaz de valorar unos Jimmy Choo haría un comentario que evidenciara que sabe qué son unos Jimmy Choo, menos a otro tío. Y cuatro, quítame la mano del muslo que te estás poniendo bestia a mi costa. 

Curtis me ignora, se levanta y aborda a la gordita. En menos de cinco minutos ya somos un grupo mixto de ocho. Se nota que son profesionales, no profesionales del tipo que te dicen que aceptan tarjeta mientras se visten, sino profesionales de los negocios. Dos de ellas, las más guapas, desaparecen al poco para ver si consiguen un ‘autógrafo’ de Paul Sevigny, pero la verdad es que intentan que sus amigas menos agraciadas mojen seguro. La gordita, que en verdad, después de tratarla, me parece de lo mejorcito de la reunión (tiene eso no-sé-qué terrenal que pone), va al baño y segundos después Curtis desaparece tras de ella. Todos sabemos que no volveremos a verlos pero nadie dice nada. Queda una pelirroja de pechos generosos y una brunette con pinta dominatrix. Como el que está depre y a punto de ir a la cárcel es Warren le cedo tácitamente la pelirroja y me resigno a dar palique a la dominatrix, pero tengo claro que no va a pasar na… 

*** 

La cabeza me da vueltas. Creo que he bebido demasiado.

–Oye, ¿tú como te llamas? –le pregunto a la dominatrix.

–Cat –me responde mientras me empuja y me saca de encima de ella. 

Ha sido un polvo de los escandalosos. Aún estamos vestidos, lo suficientemente desabrochados para llegar al orgasmo, pero vestidos. No es que me apeteciera mucho hacerlo con ella, pero soy un caballero y me parece feo decepcionar las expectativas de las damas a las que acompaño a su casa. 

–Yo me llamo Rafael –le digo mientras me abrocho la camisa.

–Ya lo sé.

–Ah, me has visto en las revistas.

–Más o menos –se ríe– aunque no era así como tenía programado que nos conociéramos

¿“No era así como tenía programado que nos conociéramos”? ¡Joder! ¡Una caza-famosos! Alguna vez me tenía que tocar. Hay psicópatas de estas que persiguen a gente que sale en las revistas a montones. Están todas locas, se enamoran de ti por una foto en una revista, y se recorren los lugares de moda hasta dar contigo. Después despliegan sus armas de mujer para llevarte a la cama, y al final te encuentras en una vorágine de malos rollos que pueden terminar hasta en los juzgados. ¡Ahí tienes al pobre Boris Becker! 

–¿Te vas? –me pregunta al verme recoger la chaqueta.

–Sí, es que tengo una reunión y…

–¡Qué comportamiento tan grosero! –me dice medio divertida–, te aprovechas de una dama y te largas casi sin decir adiós.

–Mira, Pat…

–Cat.

–Lo que sea… No sé si te has hecho una idea equivocada de lo que ha pasado aquí, pero estoy en una relación y no sé, esto no estaba programado, y es mejor que hagamos como si no hubiera sucedido.

–Eso sí es grosero de veras –me responde seria.

–¿Qué quieres que te diga? No nos conocemos de nada, no sé qué pensabas que ocurriría cuando nos conociéramos. “No era así como tenía programado que nos conociéramos” –la imito–. Madura, el mundo real no es como el que sale en las revistas, y menos como el que te hayas podido montar en tu cabeza.

–Creo que estás equivocado…

–La verdad es que no debería haberme acostado contigo, culpa mía, lo sé. Pero tú me has buscado, y no soy más que un hombre, debes asumir que no habríamos terminado aquí si tú no hubieras querido. Es más, yo ni siquiera quería acostarme contigo, no eres mi tipo, tía, así que no te montes fantasías de que vayamos a mantener una relación sólo por…

–Creo que has dicho bastante –me interrumpe plantándose frente a mí con una mirada realmente dura–, por favor, vete, porque estoy a punto de abofetearte y no quiero rebajarme a mancharme de mierda. 

Levanto las mano en señal de “ok, ok, lo que tú quieras” y me dirijo a la puerta.  

–Mr. Ridao –me dice de pronto cuando estoy en el pasillo de los ascensores–, no se preocupe mucho por la reunión de mañana, se acaba de quedar su agenda desierta.  Me vuelvo sin comprender.

¿De qué está hablando? Definitivamente está loca. Al llegar a conserjería me asalta una duda. Despierto al portero, que se ha quedado frito en su silla (qué manera de ganarse un sueldo). Quiero preguntarle algo y sólo hay una manera de sacarle una información que no puede dar… con amenazas. 

–¡Vaya! ¡Durmiendo! Esto no es algo que a la comunidad de propietarios le agrade en absoluto. Un portero roncando mientras cualquier psicópata puede entrar delante de sus narices y matar a un inquilino –se ha puesto lívido–. Pero tiene suerte, porque ha sido una noche estupenda, y a cambio de un poco de colaboración estoy dispuesto a obviar su narcolepsia. Esta noche he conocido a una señorita fantástica y me encantaría mandarle mañana flores, desgraciadamente no tengo su nombre completo y sería de muy mala educación subir y confesar que no me quedé con su nombre, ¿me entiende? Si fuera tan amable de darme el apellido de Cat, que vive en el apartamento 306… 

Se lo piensa un segundo y dictamina que un apellido no puede comprometerlo y sí salvar su puesto de trabajo. 

–Se refiere a la señorita Maxwell.

–¿Cómo dice?

–La 306, allí vive la señorita Catherine Maxwell. 

¡Oh, my god! Catherine Maxwell. “No era así como tenía programado que nos conociéramos”. “No se preocupe mucho por la reunión de mañana, se acaba de quedar su agenda desierta”. Definitivamente soy gilipollas, y el tío con más mala suerte del mundo. 

EL CRACK (el serial) - Capítulo XVIII

Viernes, 13 Febrero 2009

De nuevo en la cresta de la ola 

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Soy la nueva estrella de la ciudad. El ‘It Boy’ del momento, como me va a definir Vogue en su edición de abril. Vuelvo a brillar más que nunca. Si antes era un prometedor financiero que alternaba con bellas modelos y ricas socialités, ahora soy un “brillante organizador de eventos que le ha dado al negocio funerario un nuevo halo de exclusividad y buen gusto”. Es la enésima vez que releo la frase esta de la reseña que el WWD me dedica hoy. Tomo un sorbo de mi café, sentado en la mejor mesa de Chez Le Chef, y releo una vez más el artículo que me han dedicado, y donde salgo enfundado en un rayado traje oscuro de Dior Homme diseñado por Kris Van Assche (el último que pude comprar con la tarjeta de la empresa antes de que papá me despidiera) tomando una copa con una imponente Wendi Murdoch (esposa de Rupert, que me preguntaba si estaría dispuesto a organizar el próximo año su 41 cumpleaños). Si no fuera por el texto nadie diría que se trata de un funeral. Una belleza rubia sentada dos mesas más allá no me pierde ojo. La he pillado y le he dedicado una de mis sonrisas patentadas. Cuando pido la cuenta se decide y se acerca a mi mesa. “Me preguntaba si me pudiera usted dar un autógrafo” me dice tendiéndome un ejemplar del WWD como el que llevo leyendo toda la mañana. Decididamente soy la nueva sensación de la ciudad. 

*** 

Puppy hizo perfectamente su papel. Todo Park Avenue se había congregado en el funeral de Edgard de Falco. El nombre se nos había ocurrido en un brainstorming de última de hora. Yo quería un toque latino, de ahí lo de ‘de Falco’ que sonaba como a italiano y a rancia nobleza, mientras que Warren apostaba por un toque British y así surgió lo de ‘Edgard’. Ayako propuso nombres orientales, pero 1) el fiambre tenía de oriental lo que yo de padre de familia de suburbio barato que compra su ropa en tiendas de superdescuentos, o sea, nada, y 2) nadie de Park Avenue iría al funeral de un asiático a menos que fuera acreditadamente millonario y tuviera fuertes lazos comerciales con los esposos de las Parkavenuettes (incluso si es así siempre buscan excusas creíbles para no ir a eventos de asiáticos, hispanos o irlandeses). 

Ayako y yo íbamos pertrechados por intercomunicadores con Bluetooth para estar siempre enlazados. Ella se ocupaba de ir situando a la gente en sus asientos: prensa a la derecha, personalidades a la izquierda, celebridades en el frontrow… Puppy ejercía de anfitriona y recibía el pésame de los invitados, ya que nadie tenía realmente certeza de quién era el tal De Falco ni qué familiares del difunto estaban presentes. Lo único cierto es que el rumor de que un potentado había muerto y que su funeral era el sitio justo donde dejarse ver se había extendido como la pólvora. Puppy es experta en eso. Basta con que diga que tal peluquero hace las mejores mechas de la ciudad para que su libro de reservas se cope hasta 2021.  

A todo el mundo le encantó la somera ceremonia de adiós, las concisas y sentidas palabras de Puppy en su Balenciaga de estreno, y lo rápidamente que dejamos el desagradable ritual funerario para pasar al salón contiguo donde un ágape chic estaba dispuesto al son de un ameno, pero respetuoso, cuarteto de cuerda que estimulaba que los invitados se mezclasen y se divirtieran (moderadamente… era un funeral). 

Mr. Traill regresó cuando la fiesta estaba en su apogeo. Llegó temprano como de costumbre pero no le dejé entrar. Me dijo que cómo me atrevía a negarle la entrada a su negocio, a lo que le respondí que podía ser su negocio, sí, pero que a un evento mío no entraba nadie con un traje de poliéster. Le sugerí que se acercara a Lord & Taylor y se hiciera con un buen traje de Hart Schaffner Marx, que no eran especialmente caros y se habían puesto muy de moda gracias al nuevo Presidente. Viendo mi determinación a no dejarle pasar, y siempre refunfuñando, decidió hacerme caso. Cuando volvió se quedó helado de ver la enorme convocatoria que habíamos tenido. Disfrutó unos instantes de la animación y se retiró a su despacho. 

Lo más curioso era el escuchar lo que la gente decía cuando se acercaba al féretro. “Pobre Eddy, si parece que fue ayer cuando lo vimos tan lleno de vida” exclamó una señora ultradelgada cuyo marido ha cobrado un jugoso dividendo mientras el banco que dirige ha tenido que ser rescatado por el Gobierno. Warren y yo nos miramos y pusimos cara de perplejidad. Aquello empezaba a ser una experiencia de histeria colectiva. Todo el mundo parecía conocer a De Falco muy de cerca, y no precisamente de haberlo visto rebuscando en la basura rodeado de gatos, que era lo más probable que hubiera hecho en los últimos años de su vida. Una editora de moda se acercó a mí, me felicitó por la organización y señaló cuán original le parecía haberle puesto guantes al cadáver. “Un toque muy chic” me dijo. No le parecería tan chic su supiera que era para disimular la falta de parte de los dedos comidos por los gatos. 

Una voz a mis espaldas dijo.  

–No tiene nada de buen aspecto. 

Me volví y descubrí a una terrible amazona de pómulos marcados y enorme casco de peluquería enfundada en unas carísimas pieles de chinchilla. ¡Era mamá! No sé cómo me había localizado. La sorpresa inicial no evitó que notara pequeñas variaciones en su rostro: las bolsas de los ojos habían disminuido drásticamente, el óvalo de la cara estaba reafirmado y el descolgamiento de la papada corregido (una lipectomia submental clara). Empiezo a sospechar que su retiro no ha sido precisamente para esquiar. Le di dos besos con más sorpresa que entusiasmo y me repitió señalando el cadáver: 

–Digan lo que digan yo le veo muy mala cara.

–Será porque está muerto, ¿no? –le respondo fastidiado por sus ansias de estropear mi éxito–. ¿Qué haces aquí?

–Quería visitarte y ver si te hacía falta algo.

–Un poco tarde, ¿no crees? Esta visita la hubiera necesitado cuando papá me despidió y me dejó en la insolvencia. ¡En la calle!

–Querido, yo tampoco estaba pasando mi mejor momento.

–¿A qué has venido, mamá?

–A verte, claro. A ver cómo está mi niño y qué necesita.

–¿A qué has venido, mamá?

–¿Pero a qué voy a venir?

–¿Entonces no piensas ir a los desfiles de la Semana de la Moda?

–Bueno… Ya que estoy aquí… 

Pillada total. Sólo ha venido por los desfiles. Así que muy dignamente la acomodo en una de las últimas filas, pero sin saber cómo, en cuanto me doy la vuelta, se pertecha en primera fila. Como no quiero un enfrentamiento directo mando a Ayako para que la devuelva a su sitio asignado. A los tres minutos recibo una llamada por el intercomunicador: “tenemos un problema”. 

–Mamá, ese sitio está ocupado –le digo tras acercarme.

–Yo no veo a nadie en él.

–Porque todavía no ha llegado, es para una editora de Vogue.

–Estás loco si piensas que una editora de Vogue va a venir a esto.

–No me gusta nada ese tonito que usas en el “esto”. ¿Si te parece tan cutre por qué no te sientas donde te he asignado?

–No ha nacido aún quién me quite un fontrow -me responde rechinando los dientes.

–¡Mira, haz lo que te de la gana! 

La dejo por imposible y decido ignorarla en lo que resta. Por todo lo demás todo sale a pedir de boca. 

*** 

Son las 13:15 cuando llego al trabajo. Empiezo a recuperar mis hábitos laborales, entre los que está dedicar las mañanas a las relaciones públicas fuera de la oficina. Cuando arribo me informan que Mr. Traill ha preguntado por mí desde primera hora y que está que echa chispas. Anita me explica que esta mañana empezó a revisar facturas y que tubo que tomarse medio bote de pastillas para el corazón. Dice que dijo “lo que no ha conseguido mi ex-mujer, lo va conseguir este chico, llevarme a la tumba o la ruina”, y por lo visto debe ser algo terrible, porque según me cuenta Anita gracias a su ex terminó en la UCI con un ataque al corazón y en la calle sin nada tras el divorcio. Me advierte que vaya con cuidado, que guarda un arma en el escritorio y tiene el ánimo propicio para usarla.  Entro un poco atemorizado en el despacho.

Y para mi sorpresa… ¡Mr. Traill me abraza! Por lo visto en el tiempo que va desde que revisó las facturas a primera hora a cuando yo he llegado, ha recibido una llamada para encargar un funeral de un industrial muy conocido, una agencia de alto standing quiere cerrar un acuerdo de subcontrata para que nos hagamos cargo de los sepelios de sus clientes, y una niña pija con un fondo fiduciario de un millón de dólares quiere que organicemos el adiós a su chiguagua. Ha hecho cuentas y cree que mi pequeño funeral-presentación ha sido la mejor inversión de su vida. 

Salgo de la oficina muy orgulloso. Por fin alguien reconoce mi talento. Siempre le estaré agradecido a Mr. Traill por haber confiado en mí. Me suena el móvil. 

–Buenos días, ¿Rafael Ridao?

–El mismo.

–Soy Catherine Maxwell de Maxwell Logistic –¡Dios, la empresa de organización de eventos de élite más importante de Nueva York!–. Estaría interesada en reunirme con usted, creo que tengo una oferta que le va a interesar. 

¡Gracias Mr. Traill por haber confiado en mí! Pero los negocios son los negocios.

 

EL CRACK (el serial) - Capítulo XVII

Viernes, 6 Febrero 2009

Conservar en frío

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–¿Dice que varón, caucásico, de 53 años, alrededor de 1’70 de estatura? 

Por un momento pensé que las estadísticas me iban a fallar. Aquel funcionario miró un segundo Ayako y pareció dudar de la historia del tío carnal, oveja negra de la familia, que llevaba un tiempo sin aparecer por casa. 

–¿Caucásico dice?  

Ella afirmó con la cabeza intentando parecer apesadumbrada, como una buena sobrina preocupada por su descarriado tío. El de la morgue se rascó la coronilla no muy convencido. 

–Pero usted, señorita, es asiática.

–Eso, querido señor funcionario, es algo evidente –intervine yo. 

Hubiera preferido que Ayako se hubiera encargado del asunto, ya que intuía que estábamos cometiendo al menos una decena de delitos claramente tipificados en el código penal al reclamar un cadáver con el que no teníamos ninguna relación. Pero al ver las reticencias del funcionario (demasiado diligente para ser funcionario, me parecía a mí) opté por mediar y resolverlo con mi pasmosa habilidad de improvisación. 

–Pero ella pregunta por un caucásico, y ella es asiática.

–¿Qué tiene en contra de los matrimonios interculturales? Su madre es americana, así como su tío. ¿Qué ley obliga a los asiáticos a casarse entre ellos? 

El tipo se encogió de hombros y nos hizo señas de que lo acompañáramos. Nos llevó al depósito municipal y le pidió a un tal Diego por un interfono que sacara a Mr. Gatos. Se dio cuenta de su metedura de pata y trató de explicarnos que allí ponían nombres a los fiambres para darle un toque ‘humano’. Al que llamaban Mr. Gatos lo habían descubierto en un callejón de la 136 West. 

–Estaba un poco… comido por los gatos, por eso le llamamos Mr. Gatos. En caso de que sea su tío quiero que nos disculpe por el ‘apelativo’ que le hemos puesto. Pero al no llevar identificación encima tendríamos que nombrarlo por el número de registro de llegada y para nosotros es mucho más complicado llamarlos por números.

–¿Estaba muy ‘comido’ por los gatos? –pregunto.

–Oh, no, señor, un poco los dedos. 

Llamo aparte a Ayako y le digo que lo de los gatos me preocupa. No podemos exhibir un cadáver mutilado. Que cuando saquen el fiambre que espere a que le de yo el visto bueno, y si no es viable sólo tenía que decir que ese no era su tío y que le sacaran. Después de todo,  los vagos datos identificativos que habíamos dado para reclamar el cuerpo estaban sacados de las estadísticas de los sin techo que mueren a diario en las calles de la ciudad. Tenía que haber al menos una docena de tipos como aquel a la espera de nuestra adopción. 

El tal Diego, obviamente un ex-presidiario de manual por los tatuajes y la corpulencia conseguida tras horas y horas de pesas en el patio de la cárcel, apareció detrás de un cristal y abrió una especie de enorme archivador de fiambres. Le destapó la cara a Mr. Gatos y su compañero le preguntó con la mirada a Ayako si ese era su buscado tío. Ayako me miró a mí. Me aproximé al cristal y pude comprobar que Mr. Gatos tenía la cara intacta. Sí, quizás le faltaran algunas falanges de las manos, pero nada que no se pudiera ocultar con unos guantes. Es más tenía en el rostro cierta dignidad de importante financiero de Wall Street que sólo la da la dura vida de la calle o la subsistencia en las altas torres del poder neoyorquino. Era perfecto. Le di el sí a Ayako y esta inmediatamente empezó a llorar repitiendo “¡mi pobre tío!, ¡mi pobre tío!” 

El funcionario nos acompañó hasta afuera y le pidió a Ayako que firmara unos papeles para hacerse cargo del cadáver. Yo estaba encantado: mi plan estaba en marcha. Escuché al tipo de la morgue decir “y eso es todo, señorita”. Me sorprendió lo fácilmente que uno se puede hacer con un cadáver en Nueva York sin cometer un delito, me refiero sin tener que matar a nadie uno mismo, porque desde luego que estábamos cometiendo un delito reclamando a Mr. Gatos para montar mi funeral-degustación. El funcionario le estaba dedicando unas palabras de consuelo a Ayako cuando yo le pregunté: 

–Oiga, ¿y esto cómo va? ¿Nos lo sirven a domicilio o tenemos que recogerlo nosotros? 

*** 

–Estás loco.

–Es la decimotercera vez que lo dices desde que has llegado y empiezas a repetirte. ¿Has venido ayudar o a insultarme? 

Warren se había tomado la mañana libre para ayudarme con los preparativos. Era la excusa ideal para seguir escondiéndose del caballero de la Comisión Reguladora de la Bolsa de Nueva York que lo buscaba insistentemente. Warren es un ejecutivo-avestruz, prefiere esconder la cabeza hasta que todo le estalla en vez de enfrentar los problemas. Cosa que a mi me vino de perlas para convencerlo de que me echara una mano en mi debut de “Funeral Planner: Death with style is heaven” (así rezaban mis nuevas tarjetas de presentación. 

Mr. Traill llegó y se quedó anonadado ante el despliegue. El equipo de decoración había transformado radicalmente la sala principal. Yo le había dicho al decorador “quiero esto” y le había tendido el número de octubre de Vogue donde se podía ver el blanquísimo apartamento parisino de Karl Lagerfeld. Enseguida lo pilló. Y a primera hora de la mañana se había empezado la remodelación de la sala de duelos para convertirla en un ambiente totalmente chic y futurista lagerfeldiano. Madera lacada en blanco, terminaciones niqueladas. Cristal, mucho cristal. 

–¿Qué es esto, Riado? –me preguntó Mr. Traill sin creer lo que veía.

–Buenos días, Traill, ¿le gusta? En un par de días tenemos la inauguración.

–Ridao, yo no he aprobado…

–No se preocupe por el dinero, hemos llegado a un acuerdo bastante interesante de pagos a plazos. De todas formas con el primer encargo que consigamos con la nueva política de eventos de lujo sacaremos un gran margen. Mire el informe de las nuevas tarifas que le propongo y que he dejado sobre su mesa.

–¿Pero en qué está convirtiendo esto?

–¿Usted confía en mí? –su cara reflejaba un clarísimo “no”– ¡Pues claro que confía mí! Si no para qué me habría dado el puesto de Style Director.

–¿“Style Director”?

–No, no, el atril de metacrilato de Philippe Starck no va ahí –y lo dejo con la palabra en la boca, no tengo más ganas de que me cuestionen, para eso ya tengo a Warren. 

*** 

La misión de Warren es limar asperezas con Puppy. Si alguien puede congregar a todo Park Avenue en un evento esa es ella. Mi orgullo no me permite rebajarme ante mi ex, por eso Warren tendrá que hacerlo por mí. Por otro lado Ayako está encargada de la convocatoria de prensa. Queremos que las editoras más chics de Nueva York cuenten a sus lectores que nuestros funerales son los que más clase tienen en la ciudad. Ya hemos confirmado la asistencia de gente de New York Magazine, Paper, Harper’s Baazar, Vogue, Village Voice, Elle, W, Style.com, Interview, Nylon y WWD. En un principio pensé hacer un evento para ejecutivos, pero después caí en la cuenta de que de estas cosas de la muerte siempre son las mujeres las que se ocupan. A ver si hago un hueco para invitar personalmente a Scott Schuman, de The Sartorialist. Suena mi móvil. Es Warren: Puppy colaborará pero quiere hacer el panegírico del difunto ella. Tiene un Balenciaga en el armario que todavía no ha estrenado y teme se le pase de temporada sin lucirlo, así que esta es la excusa perfecta. ¡Qué superficial puede ser esta chica! 

*** 

El enfrentamiento definitivo con Mr. Traill ha venido cuando he querido contratar Pat McGrath para maquillar al difunto (nota: hay que ponerle nombre al muerto). Anita, la maquilladora habitual, se ha enterado y ha malmetido para que me pare los pies. Yo he cedido con lo de la maquilladora y he exigido a cambio que no cuestione mi selección de caterer, porque he leído un artículo sobre un nuevo restaurante especializado en comida sudafricana fusionada con la haute cuisine francesa y ya no quiero otra para este evento que no sea eso. 

La llamada de mamá llega en el peor momento. Ya ha terminado sus “vacaciones” post-divorcio junto a su amiguito. “¿Qué amiguito?” me pregunta ella cuando le echo en cara que lo haya preferido a él antes que consolarme a mí en mi desgracia tras ser despedido por mi terrible padre. “Pero no seas tonto, cariño, Raúl es sólo mi monitor de esquí”. La verdad es que no le entiendo muy bien qué es lo que dice que le ha enseñado hacer Raúl es sus ‘vacaciones’ porque tiene la lengua un poco estropajosa, juraría que balbucea, y eso es síntoma de que ha vuelto a tomar su ‘medicación’, que es como ella a su amigo Johnnie Walter. Me dice que me quiere, que me quiere mucho y que quiere también a alguien que ha pasado por su lado en ese momento (posiblemente una criada), que quiere a todo el mundo, y es que cuando le da al Black Label se poner de lo más cariñoso en plan comunión celestial. “Nos vemos el martes” dice, y cuelga. ¿El martes? ¿Esa es su manera de decirme que viene a Nueva York? ¿O es que en su estado de ‘felicidad terapéutica’ no tiene claro que hay unos 6000 kilómetros que nos separan? 

Espero que ese “nos vemos” signifique que me va a poner una videoconferencia, porque el martes es mi gran debut y lo que menos me apetece es tener a mamá acaparando la atención que me corresponde. Debo relajarme, todo está en marcha, ya va todo rodado. Sólo me tengo que preocupar de estar lo más relajado posible en estado de nirvana constante, cosa básica para mi cutis y fotogenia. Cosa que será así mientras no aparezca mamá por aquí, nadie se de cuenta que Mr. Gatos tiene otra familia y no precisamente asiática… y no se corte la luz y se me descongele el arcón frigorífico que hemos alquilado hasta el martes, porque la verdad es que lo que hemos guardado en él no está muy ‘fresco’ que digamos.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XVI

Viernes, 30 Enero 2009

Todo lo que necesito es una buena idea 

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Mi primer día en Traill Funeral Home había llegado. Había transcurrido una semana después de que aceptara el trabajo. El Sr. Traill insistía en mi inmediata incorporación, pero para mí eso era inviable porque 1) no quería parecer ansioso por cobrar mi primer cheque funerario y 2) tenía muchas cosas que preparar antes de ‘revolucionar’ el sector con mis grandes ideas. Al principio, he de confesar, sólo acepté por el dinero. Haber pasado por la experiencia de la tienda de cómics me había hecho valorar el dólar con un nuevo cariño, respeto e veneración. Pero después empecé a imaginar todas las posibilidades de ese nuevo puesto que me ofrecían y que en principio me había parecido peor que mi etapa comiquera. Lo peor de trabajar en la tienda eran las preguntas de los clientes que te consultaban como si fueras un oráculo. Siempre me ganaba la bronca del encargado. “Tienes que estar al día de todo y sugerirles que compren los números exactos en donde se aclaren sus dudas”. Por lo visto era un sacrilegio no saber en qué número Batman descubre que tiene un hijo o en el que Superman se convierte en un ser de energía azul pura. Aún recuerdo el último día en la tienda, cuando se me acerca un chaval de unos trece años y me pregunta “me he perdido algunos números de Uncanny X–Men y ahora no sé por qué el equipo vive en San Francisco”. ¡Y yo que creía que todos los superhéroes vivían en Nueva York, el único sitio del universo en que se puede ir por la calle embutido completamente en Lycra sin que nadie te dedique una segunda mirada! Por una vez me sentí creativo y contesté a la pregunta sin titubear. “¿San Francisco? Ummmm, déjame pensar. Sí, eso es porque todos los X–Men han salido del armario, y si compras los últimos cinco números de la serie verás mogollón de sexo explícito entre el tío grande de metal y ese de las gafas rojas que lanza rayos”. Una vez que sigo las recomendaciones del encargado y  me gano una bronca de aúpa (a pesar de que vendí 5 cómics).  

En la funeraria va a ser todo diferente. Se me da de muerte, con perdón, organizar fiestas. Sólo tengo que hace los ajustes necesarios para que en vez de pasarlo bien la gente se pueda regodear en su tristeza, que es más o menos pasar a la fase de las fiestas en que todo el mundo está trompa y se lamenta de lo mal que le va la vida. Pero en el fondo es lo mismo, la gente lo que quiere es algo con buen gusto que la gente pueda decir después “el mejor funeral ha que he asistido es el de…” Mi único problema es que estas ‘fiestas’ no son planificables, la gente no te llama y te dice “hola, quiero que organices mi funeral para dentro de dos semanas”, es algo que deben prever mucho antes y sin fecha. No es problema, ya se me ocurrirá algo. 

En mi primer día como ¿funerario? (nota: tengo que buscar un nombre más glamoroso para lo que ahora hago) resplandece un sol de enero fantástico, buena señal. A las puertas de Traill Funeral Home hay una chica de unos 22 años. Bueno, no soy adivino, he visto su edad en su résumé, la he contratado yo. Ayako va a ser mi nueva asistente. Llamé a una vieja amiga que trabaja en una empresa de organización de eventos de moda para que me pasara algún curriculum vitae que me fuera útil. Cuando llego a su altura de la chica le echo un buen vistazo de arriba a abajo. 

–¿Ayako?

–Sí, Mr. Ridao. La vuelvo a mirar atentamente. 

–Menos maquillaje, nada de pantalones, nada de rojo o amarillo, prohibido los maxi complementos, vetados Donna Karan y Armani, siempre tacón alto, medias sólo si aportan algo, no repito las cosas dos veces, no me gusta escuchar la voz de mis asistentes, no existe el horario laboral, cualquier hora es horario laboral. ¿Comprendes?

Hai, Mr Ridao. Me he permitido traerle un café para comenzar la mañana.

–No sabes cómo me gusta el café –le digo glacialmente.

Hai, por eso he traído de todo un poco –recoge una caja que tiene en el suelo a sus pies donde hay media docena de vasos cerrados de Starbucks con post-its sobre las tapaderas– para que elija.

–Café con leche, no muy cargado y azúcar moreno. 

La observo mientras saca uno de los cafés y lo adereza con azúcar que lleva en su bolso. Me gusta su estilo. No como el traidor de Richard, mi ex-asistente, que siempre me era útil a posteriori. Sí, me sacaba de comisaría, pero no evitaba que terminara allí. Sí, conseguía recuperar todo tipo de objetos y prendas que me iba dejando en casas de mujeres a las que no quería volver a ver, pero no evitaba que me dejara aquellas cosas olvidadas. Un buen asistente tiene que adelantarse siempre a las necesidades de su jefe. Ayako prometía. 

Entramos juntos en la funeraria. Jerome estaba barriendo. Ya me conocía así que no salió espantado a balancearse en plan autista mientras tarareaba si cesar sus melodías… hasta que reparó que iba acompañado por una cara desconocida y se descompuso en uno de sus ataques. Seguí adelante en busca de Traill. 

–Buenos días, Ridao.

–Buenos días, Traill.

–¿Quién es su amiga?

–No es mi amiga, es mi asistente. Va a ser mi mano derecha.

–Rafael, me temo que no podemos pagar otro sueldo –me dice el bueno de Mr. Traill con cara de preocupación–, ya hemos sido muy generosos con el suyo y no…

–No se preocupe, Traill, está en prácticas. A estas chicas no se les paga. Ellas están encantadas de trabajar gratis, es experiencia. Sobre todo para ella, que es japonesa. Ya sabe que los japoneses son muy trabajadores y poco conflictivos, quitando a la yakuza, claro. Además a estas chicas de práctica se las quema en seis meses y después pillas a otra, y ya está.

–¿Es sorda? –me pregunta Traill preocupado por mi franqueza justo delante de ella.

–No, sorda no, licenciada en periodismo y relaciones públicas. 

Ayako no pierde la sonrisa y le ofrece un café a Mr. Traill enumerándole los tipos que le quedan dentro de la caja. 

*** 

Llamo a Warren a media mañana. Quien me coge el teléfono me dice que no sabe dónde está, que debe haber subido al último piso a tirarse de una ventana o en los lavabos cortando las venas porque uno de los fondos que gestiona se ha quedado al 10% de su valor. Yo sé que Warren no haría algo tan frívolo como suicidarse… sin avisarme. Sabe que no le perdonaría que me dejara en la calle de esa manera, aún vivo en su apartamento.  

Por fin lo localizo en el móvil. Le suplico que coma conmigo y que anule su cita con no-sé-quién de la Comisión Reguladora de la Bolsa de Nueva York. Me dice que no puede, que lo están investigando, que puede ir a la cárcel, que con los tiempos que corren cualquier metedura de pata puede salir cara. Yo lo tranquilizo y lo convenzo de que anule la cita alegando que está enfermo y que coma conmigo en el Four Seasons, que es muy MUY urgente. 

Nos encontramos en la esquina de la 52 con Lexington. Ayako me acompaña siempre tres pasos por detrás de mí, es una costumbre japonesa que me parece muy bonito conservarla. Entramos en el restaurante y el maître nos pregunta si deseamos mesa para tres refiriéndose a Ayako como posible tercera comensal. 

–No, sólo para dos, ella esperará aquí fuera.  Warren señala que tengo un comportamiento “cruel” con mi asistente, pero no insiste porque va a ser él el que pague la langosta, y lo sabe. 

–A ver, ¿qué es eso tan importante como para anular una cita con la Comisión? –me dice frente a unos entrantes de carpaccio de atún.

–Tengo un problema, me he dado cuenta que mis clientes, en mi nuevo trabajo, están todos muertos –me mira no dando crédito a que me haya dado cuenta a estas alturas–. Lo que quiero decir es que cómo se le ofrece tus servicios a gente que ya no decide.

–A veces me sorprendes, Rafe. No me puedo creer que me hayas hecho venir para esto.  

Tira la servilleta realmente exasperado sobre la mesa. Pero mi cara de cachorrito huérfano que tan buen resultado da con las mujeres se revela también efectiva con él.  

–Rafe, no tienes que negociar con los muertos, sino con los vivos, ya sea antes de que se mueran o con los que quedan tras de él.

–Sí, lo sé, lo sé, pero esta mañana compré todos los periódicos para ver qué peces gordos habían caído hoy, pero descubrí que una vez que aparecen en el periódico ya tienen cerrado todos los flecos del funeral, es decir, que llego tarde.

–La cuestión es que tienes que cerrar el negocio antes de que se mueran.

–¡Pero yo cómo voy a  saber quién se va a morir! ¡¿Qué quieres, que me pase el día en los hospitales como los picapleitos busca-indemnizaciones?!

–A veces eres obtuso, Rafe. Este no es un negocio a corto plazo, sino a medio-largo. Piensa en los seguros. Lo que tienes que hacer es demostrar cómo son los funerales que tú organizas y extender la fama de que son los mejores de la ciudad. Los contactos ya los tienes…

–Esa idea no está nada mal. Lo que tengo que hacer es un evento promocional.

–¿Evento promocional?

–Sí, un funeral-degustación. Invito a todo el mundo y les muestro lo elegantes y lo amenos que son nuestros funerales.

–No era eso precisamente lo que yo… 

No lo dejo terminar. Le hago señas a Ayako para que entre en el comedor y tome nota de lo que se me va ocurriendo. 

–Apunta: Invitaciones. Pide cita para ver al decorador Jean-Hugues de Chatillon. Hazme una lista con los mejores floristas de la ciudad… No, olvídalo, contacta directamente con Raul Ávila. ¿Qué más? Sí, el catering… Consulta mi agenda, tengo docenas de empresas de catering puntuadas según su calidad. ¿Qué más me falta? ¿He dicho las invitaciones? Sí. Algo se me olvida, estoy seguro.

–Señor, ¿le traigo una silla a la señorita? –interviene un camarero que obviamente no le gusta que Ayako esté de pie en medio del restaurante.

–La señorita está bien de pie –le replico–. Olvido algo, ¿qué más me hace falta?

–Pero está incomodando al resto de la clientela.

–Está bien, tráigale una silla, pero no va a comer nada. ¿Qué más? ¿Qué más? ¡Ya! Apunta Ayako: un muerto, necesitamos un muerto.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XV

Viernes, 23 Enero 2009

Una de zombies 

ciudad_de_zombies.jpg 

He de confesar que entré en la funeraria con cierta aprensión. Mi relación con la muerte ha sido ciertamente distante, y prefiero que así siga siendo. ¿Grandes pérdidas? No, no he tenido grandes pérdidas a lo largo de mi vida. Básicamente se reducen a un centenar de peces de colores cuyas muertes no me afectaron de pequeño porque Baba, la nanny rusa que me cuidaba, se ocupaba de ir reemplazándolos conforme aparecía panza arriba en la pecera. “Esstá durrmiendo, señorríto” me decía, “vayasse a la cama y verrá como maniana esstá nadiando como de cosstumbrre”. Y así acontecía, por la mañana el pez volvía a “nadiar” con soltura y viveza. Siempre había una buena excusa para los cambios de tamaño vagamente perceptibles, pero que yo señalaba, o los ligeros cambios de color, o las manchas que repentinamente aparecían y desaparecían (curiosamente a la mañana siguiente de haberlos encontrado “durrmiendo”). El caso es que me pasé media vida pensando que los peces de colores eran tan longevos como Matusalén. Salí de ese error justo al mes de que Baba fuera despedida tras cumplir yo los 15 (ya era muy mayor para nannies). Una vez faltó Baba, el pez cayó en uno de sus letargos y a la mañana siguiente seguía flotando boca arriba, con muy mal color, incluso para tratarse de un pez. Jamás volví a tener mascotas porque mamá decía que ya tenía bastante con los “conejitos” de papá, así que me pasé los siguiente tres años intentando colarme en el prohibidísimo despacho de papá a ver si descubría a dónde criaba a esos conejitos. Evidentemente, y ahora lo sé, mi madre hablaba de otros “conejitos” que disfrutaban de un apartamento en el centro sufragado por papá. 

Mi relación con las parcas se ha visto reavivada el último mes en el que continuas visiones de terribles muertes para papá inundaban continuamente mi imaginación. Ya han empezado a remitir un poco, ya sólo lo imagino mutilado o totalmente incapacitado. Pero una cosa es que la muerte estimule tu imaginación, y otra bien distinta es que se convierta en un ente real.  

Qué yuyu me daba la funeraria, aunque estuviera completamente vacía. La referencia mortuoria se limita al pedestal donde se coloca el féretro para que los allegados les muestren sus respetos. Por lo demás se trata de un salón señorial, adornado de bonitas alfombras y elegantes jarrones colocados sobre columnas dóricas en las esquinas. Un centenar de sillas se encuentran colocadas como en un auditorio. La iluminación es tenue y cálida. Pero no es nada lúgubre, por lo que no entiendo el por qué tengo el vello de punta.

Espero un par de minutos a que aparezca alguien, pero no se ve a nadie, siquiera se escucha un ruido. Pronuncio un tímido “¿hola?” con una aprensión inusitada que me sorprende. Suelto una sonrisa y me digo a mi mismo “no seas idiota, Rafe, ¿qué crees, que van a empezar a salir zombis por doquier a lo George A. Romero?”. Sí, me burlo de mi miedo, pero también me resulta extraño el absoluto mutismo del lugar. 

Decido explorar por mi cuenta, en algún lado debe haber una oficina donde trabaje el que dirige este cotarro. Hay algunos pequeños salones contiguos igual de desérticos que el principal, al que vuelvo un tanto extrañado. Casi he decidido largarme de allí cuando veo una pequeña puerta en el lateral derecho de la sala, justo detrás de donde se coloca el féretro. No he reparado antes porque está semicubierta por una cortina brocada. Giro el pomo y está abierta. Da a otra habitación en penumbra que, deduzco, es donde preparan los cadáveres. Al fondo de ella hay otra puerta semiencajada que da a algún sitio con mucha luz, donde debe estar el Sr. Traill, a quien debo presentarme. Cuando penetro en la estancia me queda claro que tiene la función que había imaginado, porque en un ángulo que antes permanecía fuera de mi vista hay un ataúd abierto. Casi estoy ya a la altura de la otra puerta cuando el morbo me hace dedicarle una última mirada al ataúd. Espera. ¿Qué es aquello? ¡Ay, Dios mío! Que me parece que no es un ataúd vacío. Que me parece que este ya está adjudicado. Creo que veo como un par de manos cruzadas sobresalir del horizonte de madera oscura. No sé por qué, debe ser que tengo un ramalazo de meningitis, pero me da por comprobarlo de cerca. ¡¿Y qué coño me importa a mí?!, me digo mientras mis pies me llevan cada vez más cerca del ataúd. 

Efectivamente. El ataúd está ocupado. Un pobre hombre de mediana edad, pequeño y pelirrojo, descansa en el sueño de los justos. Me persigno (mi educación católica es un resorte automático a pesar de que llevo más de un decenio violando la mayoría de los Diez Mandamientos) y me fijo en aquel desgraciado que ha debido morir de algo terrible por cómo se le ha quedado la cara  de deformada. ¡Un momento! ¿Esa aleta de la nariz ha temblado? Lo de los espasmos postmorten siempre me ha parecido de lo más desagradable. Aún así fijo bien la atención. ¡Otra vez! Me acerco al muerto… que huele a muerto. Me fijo con atención y… 

…abre los ojos y me dice “¿qué deseaba?”. 

[FUNDIDO EN NEGRO] 

Cuando recupero la conciencia tengo un fuerte dolor en el costado. Un hombre de uno 50 años, amplia barriga y mofletes caídos está dándome aíre con un trozo de cartón. Le dice a alguien que queda a su espalda que no hace falta que avise a la ambulancia, que ya me recupero. Me gustaría creerle. Todo me da vueltas. Y el dolor del costado persiste. Más tarde me explicarán que al desmayarme me he clavado el pico de una silla en la espalda. 

–¡Está vivo!, ¡está vivo! –le grito asiéndolo por el chaleco de lana que lleva puesto.

–Tranquilícese, ya sabemos que está vivo, todo ha sido un terrible malentendido.

–No hace falta que lo jure, imagínese que entierran a ese pobre hombre estado vi… 

El “pobre hombre” está sentado en una silla al otro lado de la habitación, con la cabeza entre las manos balanceándose y tarareando desaforado. El Sr. Traill, me deja en manos de una mujer joven entradita en carnes que no hace más que tocarme la frente a ver si tengo fiebre (se ve que está más acostumbrada a tratar con fiambres que con seres vivos que se quejan). Se llama Anita y me explica que es la maquilladora. “¿Maquilladora de qué?” le voy a preguntar, pero caigo en la cuenta que allí sólo hay una cosa que maquillar. 

El Sr. Traill me explica que Jerome, el cadáver, es empleado de la funeraria, el más antiguo, desde chico ha estado allí, pero que tiene ciertos problemillas que han causado la infortunada casualidad de que me lo encuentre en un ataúd. 

–Padece de ataques agorafóbicos y necesita recluirse en espacios pequeños –me explica el Sr. Traill–, lo dejamos que se meta en un ataúd, no hace daño a nadie. Ha sido culpa mía, que lo mandé a comprar el periódico porque se me olvidó esta mañana, y ha vuelto muy agitado y a punto de sufrir un colapso.

–¿Y por qué está ahora sujetándose la cabeza y tarareando sin cesar?

–Eso es la epilepsia –responde Anita.

–Epilepsia musical, ya sabe –asiente con la cabeza resignado, como si fuera simplemente una pequeña manía–. Pero, Sr. Ridao, no le he dicho cuánto me alegro de conocerlo. Cuando el Sr. Pickcock [ese es Warren] me dijo que tenía la persona que yo necesitaba me alegré mucho. Buscaba alguien como usted.

–¿Cómo yo?

–Sí, alguien que supiera organizar eventos con clase, queremos darle una nueva dimensión a esta funeraria, un toque…

–Elitista –terminó Anita.

–Pero estoy seguro de que Jerome sabrá darle ese giro –dije deseando salir de allí.

–No, no, Jerome no trata con el público. Con el vivo, se entiende. Los desconocidos le provocan ataques de ansiedad que derivan en afasia.

–¿Afasia?

–Sí, se queda sin habla, y como comprenderá, en este negocio, no tenemos clientes fijos. Así que para él cada día de trabajo significa el tenerse que enfrentar con extraños, y pierde el habla, y no puede atender a los clientes. Lo tenemos para otros menesteres. Hasta ahora, del trato con el público me ocupaba yo, pero me temo que no tengo la experiencia para dar ese giro…

–Elitista –volvió apostillar Anita.

–…elitista que buscamos. No tengo su clase, eso es obvio. Sólo hay que verlo. Es usted un hombre de mundo, ¿verdad, Anita?

–De mucho mundo, sin duda –¿me había guiñado un ojo?

–¿Y dice que Jerome no habla con extraños? Pues a mí bien que me ha hablado, y vaya susto que me ha dado.

–Es porque estaba saliendo del ataque de pánico agorafóbico, hablarse ha sido un acto reflejo. Cuando sale de los ataque es como si reiniciara el ordenador de su cabeza, y por unos segundos, hasta que se vuelven a ‘cargar’ sus pequeñas rarezas, es una persona completamente normal.

–Una persona completamente normal dentro de un ataúd –murmuro yo. 

En ese momento Jerome da un alarido que me hace saltar de la silla. 

–Oiga, ¿no será peligroso?

–¿Jerome?, ¡qué tontería! Ha gritado porque está saliendo del ataque de epilepsia musical. ¿Violento dice? No, en absoluto, no es nada violento.

–Sólo cuando ve tortugas –apostilla ella.

–Sólo cuando ve tortugas –asiente el sr. Traill resignado con la cabeza– pero por aquí no hemos visto nunca ninguna, descuide.

–Miré –le digo poniéndome bien la ropa–, no creo que este trabajo sea justo lo que buscaba.

–Ya lo entiendo, Sr. Ridao, un hombre de su mundo, acostumbrado a otra clase de eventos de alto standing… Por eso había pensado en hacerle una generosa oferta.

–¿“Generosa oferta”? –tampoco hay que cerrarse, ¿no?– ¿Cómo de generosa?

–Había pensado en 800 dólares semanales más comisiones?

–¿Comisiones por qué? ¿Por muerto que traiga?

–Jajajajaja, ¡qué sentido del humor, Sr. Ridao! Comisiones por los “extras” que contraten las familias. Ya sé que no es habitual, pero con su habilidad para relacionarse con la gente de dinero es posible que saque un mínimo de 1600 dólares semanales. 

Eso significaría independencia. Tener una base económica para renacer. Un apartamento. Significaría mandar a la mierda a Warren y sus grandes ideas al buscarme trabajo. Significaría tener dinero para llevar mi ropa al tinte. Creo que no me mataría probar en este empleo. Después de todo organizando fiestas soy lo más, de la última que di salieron casi todos zombis y cuatro casi cadáver. Aquí los cadáveres ya lo pone la empresa, así que el éxito está asegurado. ¡Trato hecho! (A pesar de Jerome).

EL CRACK (el serial) - Capítulo XIV

Viernes, 16 Enero 2009

Propósito de enmienda 

funeral-home.jpg 

Señor, me arrepiento de… 

…haber dejado la tienda de cómics de la forma en que lo hice. Fue muy poco elegante el gesto que les hice cuando recibí mi último cheque. Fue una crueldad llamar a Kurt, mi compi, disfuncional y friki. Fue innecesario, sí, pero no falté a la verdad. Como tampoco era preciso introducir una chocolatina relamida entre las páginas del Giant–Size nº 1 de X–Men que tienen en un expositor de “imposible tocar”. ¡Fue tan fácil mangarles las llaves a Kurt, desprecintar la bolsita de plástico que custodia la joya literaria comiquera, y volverlo a dejar todo tal y como estaba! Me imagino dentro de treinta o cuarenta años cuando un anormal de esos que a los 34 años todavía reciben paga semanal de papá y mamá consiga reunir el dinero para comprar ese cómic. Imagino la cara de todos cuando lo desplieguen y encuentren una chocolatina fosilizada incrustada en los poros del papel… ¡Ha sido un gesto tan gratuito! Pero no hacerlo no hubiera sido propio de mí. Tampoco fue bonito que me bajara el pantalón y le hiciera un calvo al encargado cuando me preguntó que si quería referencias. De verdad que me arrepiento. 

Qué bien me sentía pensando que ya había tocado fondo y que de ahí en adelante todo iría a mejor. 

Señor, me arrepiento de… 

…haber sido tan poco humilde cuando rechacé el trabajo en Oppenheimer. La semana antes había respondido a un anuncio del Wall Street Journal que me había llevado a su web y en su web encontré el mail de recursos humanos. Mandé mi currículo y concertaron una cita en sus oficinas del 125 de Broad Street, en esa zona donde ya se pierde la maraña de rascacielos y ves cielo azul porque estás casi al borde del rio. He de reconocer que desde que Warren me había conseguido un trabajo “infinitamente mejor” (palabras textuales) a la tienda de cómics, había perdido un poco el interés en Oppenheimer, pero aún así acudí.  

Me recibió un caballero de unos mal llevados cincuenta años, con arrugas y entradas, claro síntoma de no haber aprovechado las oportunidades que Manhattan ofrece en cuanto a cuidado personal (los mejores expertos y las técnicas más avanzadas en belleza masculina del mundo). Yo me había vestido con un impecable traje de Yves Saint Laurent gris oscuro y raya azul, camisa blanca y corbata malva. Era consciente que intimidaba al anodino señor de recursos humanos de traje de saldo. Se mostró impresionado con mi currículo y me pidió permiso para pedir referencias si era preciso. Le dije despreocupadamente que lo hiciera, es más se lo pedía encarecidamente. Obviamente yo sabía que no lo iba a hacer, es un truco muy viejo de recursos humanos, sólo quieren ver tu cara cuando te dicen que van a pedir referencias.  

–Y el pues es concretamente… –pregunté yo con mi sonrisa de “estoy por encima de todo”.

–Financial Advisor. Lo ponía en el anuncio del periódico.

–¿Qué anuncio? –jamás admitiría que había respondido a un anunció en un periódico, mi fama en el mundo financiero estaba por encima de ello.

–El que usted contestó. En el mail con que nos remitió su curriculum ponía la referencia del anuncio.

–¡Qué extraño! ¿Un mail dice? Eso debe haber sido mi secretaria. Estaba un poco aburrido ya de este tiempo sabático que me he tomado y le pedí que prospectara a mis colegas sobre posibles puestos libres y debió tomarse la libertad de contestar un anuncio –la regla número uno al buscar trabajo es que se note que no lo quieres, es como pedir un préstamo al banco, basta con que acredites que no lo necesitas–. Bueno, ya que estamos aquí no pierdo nada con conocer las condiciones del puesto. 

El sueldo base no estaba mal. Tenía complementos, primas de productividad… 

–¿Y el horario? –pregunté y pareció sorprenderle a mi entrevistador.

–Oficialmente de 8 a 6, pero ya sabes que en este negocio las horas realmente no son algo que se respeten.

–Sí, mejor, porque a mi me sería imposible empezar a las 8, tengo primero que pasar por el gimnasio…

–Me refiero a que se echan muchas más horas.

–¿Eh?  

¿Pero qué estaba diciendo ese insensato?, yo jamás en la vida he trabajado tantas horas seguidas… también es verdad que era un trabajo “ficticio”, por lo visto, pero no podía creer que el mundo real fuera tan esclavista. Estoy seguro de que estaba intentando aprovecharse de mí y de pronto pensé en el trabajo que me había conseguido Warren: “infinitamente mejor” decía, y “con clientes que jamás se quejan”. No iba yo agarrarme a un trabajo de mierda con horario de esclavo y clientes que te agobian para que rentabilices su dinero a toda costa, con grandes beneficios y sin tretas ilegales (como si eso fuera posible). 

–Me temo –le dije al de Oppenheimer– que este trabajo no es realmente algo a mi altura. Necesito tener cierta ‘flexibilidad’ para hacer relaciones públicas y cuidar mi imagen, y sinceramente no creo que esta empresa valore esos principios. Sólo hay que verle a usted. No se ofenda, pero he conocido a limpiabotas con trajes de más calidad que el suyo. Y esa barriga, ¡por favor!, los gimnasios se inventaron ya en el siglo… hace mucho tiempo. 

Ahí concluyó esa entrevista. Y me arrepiento. 

Señor, me arrepiento de… 

…haberle contestado a Puppy tan mal cuando me llamó por enésima vez (basta que le diga que no me interesa para que ella se emperre en acostarse conmigo, se parece un poco a Madonna en eso). El decirle “prefiero retozar con un cadáver en su sarcófago antes de volver a liarme contigo” no fue muy elegante, pero a mí me gusta ser claro en mis negativas. Creo que mi situación actual es un castigo divino a esas palabras. 

Señor, me arrepiento de… 

…ser amigo de Warren. Quiero decir ex-amigo. No, es decir, ahora soy ex-amigo aunque siga viviendo en su sofá.  

Regresó a casa ayer lunes por la noche tostadito a lo caribeño y con cara de ‘qué pasado de rosca he estado esta última semana’. Yo estaba impaciente porque me contara sobre el trabajo que me había conseguido y en el que se suponía comenzaba al día siguiente, es decir, hoy. Necesitaba saber algo al menos para saber qué ponerme. Había barajado cientos de looks en los últimos días, pero todo dependía del trabajo en sí. 

Intenté dejarle margen pero una vez que entró en la habitación se quedó frito sin siquiera desnudarse. Se tomó muy mal que lo despertara para preguntar sobre el trabajo y se limitó a garabatear sobre un papel “352 E, 87th St. esquina con la 1st Ave.” Y volvió a caer en las profundidades de los sueños post-etílicos-y-más-cosas mientras me decía que me presentara a las 8. ¡¿Qué demonios pasaba?! ¿Ya no quedaba en Nueva York un trabajo que no empezara su horario laboral después de las 8? Bueno, no tenía otra salida que ir. Quizás fuera un horario terrible, pero las perspectivas laborales lo compensarían. 

Señor, me arrepiento de… 

…haber cogido aquel maldito taxi.  

–Oiga, oiga, taxista, debe haberse confundido.

–No, amigo, este es el 352 E de la 87.

–No, no, oiga, esto no son las oficinas de…

–Amigo, esta es la dirección.

–No, usted no comprende…

–Lo único que comprendo es que o me paga la carrera y baja del taxi o nos vamos a otro lado, lo que usted prefiera. 

Pagué y me quedé de pié como un pasmarote frente a aquel edificio de ladrillo rojo con una marquesina en la puerta y que no tenía ventanas, más bien, respiraderos. No podía ser. “Es un trabajo para gente que sepa organizar eventos”. Yo esperaba un puesto como director de relaciones públicas de alguna firma. “Ambiente relajado”. Yo esperaba una oficina bonita y zen. “Se necesita empatía a la hora de tratar con la gente”. Yo me imaginaba desplegando mis encantos de relaciones públicas. “Los clientes nunca se quejan”. Me veía en una empresa en que su prestigio y solvencia era suficiente aval para todo lo que emprendiera. 

FUNERAL HOME, rezaba claramente el cartel de la entrada. Warren me había buscado un trabajo en una funeraria. Todavía no me explico por qué no salí pitando en el preciso instante en que me di cuenta de ello. Quizás porque había sido muy desagradable con mi antiguo jefe en la tienda de cómics. O quizás porque había menospreciado un excelente (ahora me lo parecía) trabajo en Oppenheimer. O quizás porque no debía haberle hecho aquel desagradable comentario necrofílico a Puppy. O porque simplemente debería haber aprendido a estas alturas a no confiar NUNCA JAMÁS en Warren.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XIII

Viernes, 9 Enero 2009

Fin de año y sin mojar 

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Un café abarrotado de solitarios esperando la llegada del nuevo año. No hay caras de ‘¡feliz año nuevo!’, ni espíritus alegres que quieran enmarcar en la pared el 2008. Creo que por azar he dado con el lugar donde se reúne el 31 de diciembre la gente como yo, gente que sólo quiere pasar página y olvidar que el 2008 existió. Me siento en una mesa dudosamente limpia y sorteo un chicle pegado en el sillón corrido. Veo a Helen Hunt sirviendo mesas al fondo del local, lleva el pelo recogido y su gesto de enteradilla impertinente bien visible. De pronto estoy feliz. Recuerdo la noticia que me acaban de dar: el gran financiero español Rafael Ridao ‘Senior’ afectado por una gran estafa piramidal. Ni yo lo hubiera hecho peor. ¡Ja! ¡Chúpate esa, padre despidehijos! 

Una camarera se me acerca. 

–¿Qué va a ser?

–Prefiero que me atienda su compañera.

–No va a poder ser, señor, ella está ocupada.

–Pues esperaré a que se desocupe.

–Señor, esta es mi zona, yo me encargo de esta mesa.

–Entonces me cambiaré de mesa, ¿cuál es la zona de ella?

–Sus mesas están todas ocupadas, ¿qué va a ser entonces?

–Entonces esperare a que se desocupe alguna.

–Mientras espera tendrá que tomar algo porque las mesas no pueden estar ocupadas sin consumir. 

Me levanto. Estoy cabreado. Esto no pasa en los restaurantes a los que estoy acostumbrado a ir. Si se te antoja un camarero lo ponen a tu total disposición. A él, su ropa, su mujer y sus hijos, si es menester.  

–Entonces esperaré de pie –¡jaque!

–No puede hacer eso.

–Ah, ¿no?, ¿y por qué?

–Porque incomodaría al resto clientes.

–Yo creo que no. Además, ¿quién me lo va a impedir?

–¿Ocurre algo, Ruth? –el encargado de turno (hoy no está el musulmán de “yo americano”) se acerca: un armario de tres puertas, con el cuello que parece un tocón de una secuoya, y unos bíceps que me recuerdan a los jamones de mi España querida.

–El caballero quiere que lo atienda Bel pero está en mi zona, y dice que va a esperar a que se quede una de sus mesas libres de pie. Le he dicho que no es posible y me ha preguntado que quién se lo va a impedir.

–No, no, la señorita no me ha dejado terminar –me veía estrellado en el pavimento después de volar quince metros propulsado por lo jamones del forzudo–, lo que le decía es que quién me va a impedir que me tome un café mientras espero. 

Jaque mate (en mi contra). Asunto arreglado. Mi orgullo por los suelos, pero mi cara intacta. 

*** 

Cuarenta y cinco minutos y tres cafés después una mesa se queda libre en la zona de Helen Hunt. Me cambio de mesa, me he salido con la mía (más o menos). 

–¿Qué va a ser?

–Esta zona es de tu compañera, ya me atiende ella –¿dónde se ha metido Helen Hunt?

–¿Bel? Acaba de terminar su turno. ¿Qué va a querer?

–No, se acabó, hasta aquí hemos llegado, ¡me niego! Llevo una hora…

–Bonita escena –escucho su voz a mis espaldas–, ¿es así cómo se suele pedir en los caros restaurantes de Wall Street? 

Se sienta en mi mesa y pide un par de cafés. 

–No sé si un café será lo más adecuado para tu estado de nervios.

–Yo sólo… Yo lo que quería era pagarte lo que te debía. 

Le extiendo el dinero. Primero saco lo que debía y añado la generosa propina con una sonrisa. Ella sólo coge lo que le debía. Yo insisto en que pille el dinero extra, pero se niega. Yo pienso que es demasiado orgullosa. Ella cree que soy un cretino. Así que sugiero que por lo menos la invite al café y ella me dice que lo daba por descontado. Le pregunto si no tiene familia o amigos con los que estar cuando den las 12. Y me empieza a contar que está estudiando económicas en la Universidad de Nueva York y que no le apetecía volver a casa estas Navidades porque sus padres se están divorciando y hay una guerra abierta. Mi cara se ilumina, tenemos dos puntos en común, la economía y padres en proceso de divorcio. 

*** 

Mi reloj da una señal acústica. Son las doce. En el local nadie parece haberse dado cuenta de que hemos cambiado de año. Llevamos una hora hablando y he entrado el 2009 olvidándome de todo, de mis desgracias, de mi insolvencia. Sólo tengo un pensamiento en la cabeza: acostarme con Belinda. 

–Feliz 2009 –le digo.

–¿Ya son las 12?

–Sí, he pedido un deseo.

–No creo en los deseos, y tú tampoco deberías.

–¿Y eso?

–Porque no se va a cumplir.

–¿Por qué estás tan segura?

–Porque no nos vamos a acostar hoy. 

¡Diablos! ¿Cómo podía saber que ese era mi deseo? ¿Tan transparente soy? Belinda se levanta, se pone el abrigo, recoge su bolso del suelo y se dispone a irse. 

–¡Pues vaya asco de 2009! –se me escapa en voz alta. 

Ella se ríe y antes de irse me dice: 

–Ya te he dicho que no nos vamos a acostar HOY. Llámame.

Y me apunta un teléfono en una servilleta de papel. Suena mi móvil. Tengo un mensaje que dice “Mr Chow te echa de menos. Ven a casa”. Es de Puppy. No sé si debería… Sí, la llamo. Está en casa, muerta de asco, se ha roto una pierna esquiando y todo el mundo está de fiesta mientras ella reposa la pierna. Por eso se ha acordado de mí.  

–¿Vas a venir a casa? –me pregunta.

–Dile a Mr. Chow que yo también le echo de menos, y que me pasaré algún día a verlo de regreso de mi nueva novia. 

Le cuelgo y me quedo tan a gusto. Me parece que he empezado a recuperar la dignidad.

Vuelve a sonar el teléfono.

–Rafe, tio, es tu día de suerte –es Warren–, ya no te tienes que quejar más de tu trabajo en la tienda de cómics. Tengo un amigo que busca a alguien como tú. Alguien sociable, que sepa empatizar con la gente, que tenga dotes organizativas para eventos. Y me acordé que tus fiestas siempre han sido para morirse. Ya verás, no habrá ni un cliente que se te queje. Empiezas el lunes 12. Yo volveré a casa el 11, ya hablamos y eso.

Definitivamente 2009 va a ser un gran año.