Blogs

Entradas con etiqueta ‘El Crack’

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXXI

Viernes, 29 Mayo 2009

¿Así que soy rico?   

 exhorcista.jpg

Pues sí, sin duda era rico. Habíamos analizado los papeles de arriba abajo, de delante a atrás, la letra grande y la pequeña… y sin lugar a dudas no se trataba de una broma o error. ¡Era rico! Los documentos que debía firmar eran ciertamente el compromiso de mi padre de pasarme una pensión vitalicia, sí, pero (ahí estaba la sorpresa) a cambio de toda una serie de acciones, participaciones y propiedades que en algún momento de mi vida habían sido transferidas a mi patrimonio particular (que yo creía inexistente). Todos me preguntaban que en qué momento había recibido todo aquello y se negaban a creer que no tuviera ni la más pajolera idea.

Sobre las cuatro de la mañana empecé a tener pequeños flashbacks. Comencé a recordar cómo en cada visita que papá hacía a mi sucursal traía una pila de documentos que me hacía firmar en su presencia, como si fuera algo rutinario. Nunca leí ningún papel, me limitaba a estampar mi rubrica. ¡Era mi padre, no iba a querer mi mal! (Y ciertamente no me hizo ningún mal, sólo me enriqueció sustancialmente mientras yo lo ignoraba). Y tal como me había dado todo aquello ahora pretendía quitármelo. ¡Por eso había tantos abogados en la reunión que insistían que firmara en aquel preciso momento y que no me llevara los papeles! No querían que los leyera. Todos esos abogados del Club Yale no estaban allí por el acuerdo de divorcio de mi madre, o al menos no sólo por eso, ¡estaban por mí!

—¿De veras que no sabías nada? —me preguntaba incrédula Belinda.

—Ni idea.

—Pero al pagar los impuestos…

—Nunca me he ocupado de eso, Bel. Todos mis asuntos burocráticos los llevaban desde la empresa. Jamás he visto una declaración de renta, por lo que a mí se refiere no sé siquiera si he pagado alguna en mi vida.

—No lo entiendo —apostilló Warren—, si intentaban colártela ¿cómo es que han dejado que te traigas los papeles y no te han hecho firmarlos allí mismo?

¡Ahí está la cuestión! Los abogados estaban dispuestos a matar si era preciso con tal de que los documentos no salieran de sus manos. Fue mi padre el que les ordenó que dejaran que me los llevara porque estaba seguro de que no los leería. Me cree tan descerebrado y perezoso como para no repasar los papeles antes de firmarlos. Y lo más triste es que estaba en lo cierto. Si no hubiera dejado a Puppy sola con los documentos durante horas yo nunca los hubiera leído.

—¿Pero para qué cederte todo este patrimonio para después simplemente quitártelo? —dijo Bel.

¿Para qué? Piensa, ¿qué no encaja de esta historia? ¡Ajá!

—¿Dónde vas, Rafe? Son las cuatro de la mañana —escuché a Warren gritarme mientras salía corriendo de mi apartamento.   

***

Eran las seis de la mañana cuando regresé. Todos estaban dormidos en el sofá, unos encima de otros. Estaba agotado y cabreado, aletargado por el continuo estrés de las últimas veinticuatro horas. Me puse a hacer café, necesitaba despejarme, desafortunadamente no tenía ni idea de cómo funcionaba aquel cacharro. Estaba a punto de estrellarlo cuando las manos de Bel me quitaron la cafetera de las manos. La desenroscó y la cargó de café molido.

—¿Tienes café y no sabes usar la cafetera? —me dijo con una sonrisa tierna.

—No es mío. Ni la cafetera ni el café, no sé ni siquiera si está caducado o no. Todo estaba ya aquí cuando alquilé el apartamento.

—¿Qué vas a hacer? —me dijo tras una pausa tensa.

—No lo sé.

—No te puedes quedar con todo eso, no te pertenece.

—Legalmente sí. En España hay un refrán que dice que “el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. Mi padre me ha manipulado, quizás debería recibir un poco de su propia medicina.

—El rencor no es buen consejero.

—¿Tanto te defraudaría que me quedara con todo eso?

—Me defraudaría que fueras avaricioso y codicioso, porque no es ese el hombre del que me enamoré.

Respiré hondo. En mi vida jamás había tenido claro qué era aquello de ‘hacer lo correcto’. Siempre me había dejado llevar por mis impulsos y había satisfecho mis deseos sin preocuparme de las implicaciones. Ahora me debatía moralmente y eso era síntoma de que no era el mismo Rafael Ridao de hace meses, algo había cambiado en mí. Me moría de ganas de desplumar a mi padre y quedarme con todo, vivir como un maharajá y sentir mis ansias de venganza saciadas. Pero por otro lado se había despertado en mí cierta necesidad constructiva, de hacer algo útil, y sobre todo ser mejor persona.

—He tomado una decisión —le dije a Bel—, y necesito que confíes en mí.

Cerro los ojos como enfrentándose a un gran sacrificio y asintió con la cabeza. En mi fuero interno yo sabía que era una confianza provisional, a la espera de ver el signo de mi decisión, pero estaba seguro de que no la defraudaría a pesar de no ser la decisión más ética tomada en mi vida. Enseguida pegué un grito que despertó a toda la casa y le ordené a Warren que se espabilara, que teníamos mucho que hacer antes de la reunión con mi padre.   

*** 

Vi llegar el coche de papá desde la ventana. Lo había llamado bien temprano y lo había citado a primera hora de la tarde para darle los papeles. No entendía por qué le había citado en un edificio de oficinas de la séptima avenida. Era un espacio diáfano, de paredes blancas y grandes ventanales. Elegante y minimalista pero con cierto sabor retro. Me encantaba. Suelo de parquet. Escuchaba mis propios pasos mientras deambulaba esperando la llegada de papá, y allí estaba ya, subiendo el ascensor.

Llegó con su cara de “no me hagas perder el tiempo” pero yo estaba preparado. Lo había ensayado mil veces en mi cabeza.

—¿Por qué me has citado aquí? —me soltó a bocajarro, ni “hola, hijo”, ni ningún otro formalismo.

—Estoy viendo oficinas y quería tu opinión. ¿Qué te parece?

—Oficinas para qué —me dijo suspicaz.

—Creo que voy a montar un negocio. No, no te preocupes, no voy a volver a las finanzas, ya tengo claro que no es lo mío. Últimamente he descubierto que se me dan bien las relaciones públicas y la organización de eventos. He pensado que ahora que mi amigo Warren está sin empleo quizá podríamos establecernos por nuestra cuenta. ¿Qué te parece?

—Bien, bien…

—Tendremos que pedir un préstamo para ponerlo en marcha, ¿pero para qué tiene uno a un padre banquero, no?, no creo que haya problemas en pedirte un préstamo, ¿verdad?—Claro, claro, lo estudiaremos… ¿Y los papeles? Tengo un poco de prisa.

—En la ventana —le señalé el alfeizar de uno de los ventanales. La oficina estaba vacía, lista para alquilar, totalmente desamueblada, el poyete de la venta era el único sitio donde había podido dejar la carpeta. Mi padre dio dos zancadas y se hizo con la carpeta.

—No están firmados.

—¿No? —dije con sorpresa fingida—, espera, qué torpe, tienes un boli.Claro que tenía un boli. Me lo extendió e hice el amago de firmar pero me detuve en el último momento.

—¿Sabes? Acabo de recordar que no había firmado los papeles… porque no pienso firmarlos.

—¡¿Qué?! —su cara se descompuso.

—Es que da la casualidad que los he leído y he llegado a la conclusión de que 3000 dólares al mes es mucho menos de lo que renta todo este patrimonio que quieres que te traspase.

—Chantaje —me espetó rechinando los dientes.

—Que palabra más fea. Pero la prefiero a estafa, evasión de capitales, o más concretamente… ¿cómo es el término que se usa en España?, levantamiento de bienes.

—¿Qué quieres? —por fin salió a flote el mítico Rafael Ridao, hombre de negocios ante todo. En su rostro se veía que estaba calculando como minimizar daños.

—No te preocupes papá, no quiero quedarme con todo lo que me habías “regalado”. Digamos que vamos a firmar un acuerdo que he redactado yo. Tómatelo por un juego. Podrás recuperar tu patrimonio poco a poco pero con mis reglas.

—¿Y si no estoy dispuesto?

—Entonces tendré que quedarme con todo y tomar las riendas de tu maravilloso imperio financiero.

—No tienes acciones suficientes para tomar decisiones, nunca podrías arrebatarme el control.

—¿Yo sólo?, claro que no, pero no estoy sólo.

No puedo decir que fuera una entrada magistral improvisada, porque lo habíamos ensayado hasta la extenuación. Unos tacones sonaron en el umbral de la oficina y una silueta forrada de Chanel entró en escena.

—Mamá, pasa. Precisamente estaba hablando de ti. Le estaba diciendo a papá que con las acciones que te corresponden por el divorcio más las que él tan generosamente me ha cedido podríamos quedarnos con el control de todo.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXX

Viernes, 22 Mayo 2009

Dispara, sí, pero no manches   

lospapeles-de-papa.jpg

—¡Imagina, tío! —le digo a Warren con todo el entusiasmo que mi adrenalina me proporciona—, allí estaba yo, encañonado directamente entre ojo y ojo, firme como el acero, desafiante.

—¡Ejem! —tose Bel detrás de mí—, perdona, un segundo, a ver… O cuentas las cosas de forma medianamente creíble o tendré que contarlo yo, ¿recuerdas?, yo también estaba allí.   

***

Nunca en mi vida había experimentado nada igual, mi cuerpo me pedía desmayarme, pero el terror me hacía permanecer inmovilizado. El loco de Robert (con pinta de desquiciado), por alguna razón achacaba su despido y caída en desgracia a mí. Capital Investors se habían encargado no sólo de ponerlo de patitas en la calle sino de que no consiguiera trabajo tras la debacle de la fiesta en el American Museum of Natural History. Bueno, sí, fui yo el que lo preparé todo para que Robert provocara por accidente el apagón, pero el incendio posterior fue un daño colateral no planificado. Además se lo merecía por déspota, trepa y traidor. Aunque no podía exponerle mi punto de vista mientras tuviera un arma con que apuntarme a la cabeza, ya que tengo la mala costumbre de no discutir con gente armada.

—Me has arruinado la vida —me escupió—, me has hundido, no te bastó con tenerme pisoteado mientras eras mi jefe, mientras que yo me afanaba por cubrir tus errores, sacarte de los líos en que te metías…

—Eres un trepa —ahí me envalentoné— y un envidioso. A ver, ¿cuándo me has sacado de un lío?

—¿Aquella vez que conseguí que te soltaran de los calabozos de madrugada por agredir a la seguridad del aeropuerto?

—¡Ya sabía yo que ibas a salir con eso! ¡Tú sabías que era un directivo fantasma, que no pintaba nada, y me mantuviste en el engaño!

—Te preparaba todas las mañanas la mesa para que te pusieras al corriente, pero preferías pasar cada día del club a los almuerzos con starlettes descerebradas y modelos autistas. Te prometo que no te hubiera sido muy difícil darte cuenta de la situación con que hubieras trabajado de verdad un solo día de tu vida. Cubría tu incompetencia, excusaba todas las citas de trabajo a las que no comparecías, rellenaba memorandos que se suponía tenías que redactar tú y que pasaban días en la bandeja de entrada de tu ordenador sin que ni siquiera abrieras la cuenta de correo. ¡¿Y qué recibo a cambio?! El encono de un  psicópata que no ha parado hasta que me han despedido e introducido en no-sé-qué lista negra que me cierra todas las puertas. ¡Estoy desesperado!

—No, estás loco —le respondo flemático. He comprendido rápidamente que si viniera a matarme ya lo hubiera hecho, no me hubiera soltado el discurso.

—Los locos hacen locuras.

—Y los tontos tonterías, ¿quién era tu madre, la madre de Forrest Gump? ¡Qué suerte tener dos hijos subnormales!

—Tío, tienes pelotas —escucho a mis espaldas decir a un cliente del café.

—Tengo las que les falta a este —respondo sin perder de vista a Robert, la pistola sigue estando ahí después de todo.

Una sombra de desconcierto cruza su rostro. ¿Qué pretendía?, ¿verme de rodillas suplicando por mi vida? Pues no le había salido el plan bien, ¿y ahora qué?, ¿me tendría que matar?, ¿era ese su plan B? Era obvio que esa alternativa no había cruzado por su mente. Pero algo tenía que hacer. Estoy seguro que estaba pensando “esto hay que rematarlo de alguna manera o quedaré como un auténtico idiota”. Así que optó por una solución digna pero absolutamente estúpida y predecible: se metió el cañón del revolver en la boca. Bel soltó un grito, lo que me molestó en extremo ya que mientras que mi vida era la amenazada había permanecido absolutamente callada, pero cuando Robert amagó con el suicidio se descompuso. “¡Haz algo, Rafe!” me dijo. Así que hice lo único que podía hacer para que ese loco no esparciera sus sesos por toda la cafetería, me fui hacia él, lo cogí del brazo y lo arrastré hasta la calle. Lo lancé a medio de la acera de un empujón y cerré la puerta del local tras de mí. La gente aplaudió, se levantaron del suelo y siguieron disfrutando de su pedido, algunos clientes se quejaron de que el café se había enfriado. ¿Qué quieren? ¡Esto es Nueva York!

—¡¿Pero qué has hecho?! —no comprendía por qué me gritaba ahora Belinda.

—Pues sacarlo de local, evitar que se suicidara aquí, ¿no es lo que querías?

—¡Quería que evitaras que se suicidara!… Aquí, afuera o donde sea. No que lo sacaras del local y le dejaras el arma para que cometa una locura en la esquina.

—Si lo hace en la esquina ya no es asunto nuestro, eso ya es problema de… del departamento de policía, de salud pública o el departamento de limpieza, ¡yo que sé qué organismo es responsable de la gente que esparce sus sesos en la calle!

—Eres el ser más insensible que conozco, Rafael Ridao. No sólo le causas la ruina a ese pobre hombre por un extraño sentido del agravio que te has montado en su cabeza, sino que eres capaz de dejar que se suicide sin levantar un dedo por evitarlo. Cuando entró estabas diciendo que no habías hecho nunca daño a nadie, pues yo creo que eres un ser malvado.

Empezaba a estar furioso. Apreté los puños, me giré y salí del restaurante. En menos de dos minutos estaba de vuelta. Le tendí la pistola de Robert a Belinda y le dije:

—¡Ya está! Ya no puede suicidarse. Estaba ahí fuera todavía, con la pistola en la boca. Si hubiera querido suicidarse de veras lo hubiera hecho hace rato. Pero si te quedas más tranquila aquí tienes. Sin pistola no hay suicidio.

Belinda hizo un gesto de desesperación y salió ella misma del restaurante en busca del suicida que no terminaba de suicidarse. No comprendo a las mujeres, ¡qué más le da a ella que ese tío se tire bajo un coche o se arroje de un rascacielos! El móvil de Puppy, que yo había cogido porque había perdido el mío, empezó a zumbar dentro de mi chaqueta, era Warren.

—Rafe, ¡menos mal! He llamado a tu casa y Puppy me ha dicho que llevabas su móvil. Voy camino de tu casa, vete para allá y no te muevas de allí, Robert te está buscando para matarte —¡a buenas horas viene con el aviso!—, está mañana apareció en mi apartamento para preguntar dónde vives, me hice el loco, le dije que habías cambiado de domicilio un centenar de veces en las últimas semanas. Así que me hizo decirle dónde trabajabas.

—Y se lo dijiste —así que esa sensación de constante vigilancia de las últimas horas había sido Robert siguiéndome por toda la ciudad.

—¡Tío, tenía una pistola!

—Gracias, Warren, muchas gracias, de veras, ¿con amigos como tú quién necesita enemigos? Un momento, ¿cuándo dices que apareció en tu apartamento?

—Esta mañana, a eso de las siete y cuarto —miré mi reloj, eran casi las doce y media de la noche.

—¿No crees que me lo podrías haber dicho antes?

—Es que hoy he estado muy liado y no me he acordado hasta ahora.

Es increíble. Es absolutamente increíble que olvidara que andaba buscándome un psicópata homicida… ¡Quince horas! ¡Quince horas para recordar algo tan vital!   

*** 

Y así es como hemos terminado todos en mi apartamento. Bel ha insistido en traer a Robert y meterlo en mi cama para que descanse después del episodio homicida. Dice que es lo menos que puedo hacer por haber arruinado la vida de ese hombre ¡No es para tanto!

Warren llegó al apartamento poco antes que nosotros, Puppy ya le había abierto la puerta. No hemos comentado aún su desliz y redefinido el concepto de amistad que nos une. Belinda está agotada por el estrés de la noche y parece haber olvidado que me había dejado, ¡bien! Puppy no ha abierto el pico durante todo el relato, y no porque estuviera cautivada con la historia, de hecho parece no haber escuchado nada, está absorta en el legajo de papeluchos que mi padre me dio para firmar para lo de la pensión. Debe resultarle fascinante porque incluso lleva puesta las gafas de leer que no usa nunca, ni a solas, sólo las saca para ojear el Vogue París. Dice que todavía no se ha escrito nada lo suficientemente sublime que justifique que se la vea con gafas. Pues parece que los papeles la han cautivado. 

—¿Tú qué dices, Puppy? —le pregunto.

—Que no lo entiendo.

—No hay nada que entender, Robert está loco y punto.

—¿Quién es Robert?

—¿Entonces qué no entiendes?

—¿Por qué te obstinas en vivir es este apestoso apartamento cuando eres inmensamente rico?

—Otra vez se te ha subido la laca de uñas de Yves Saint Laurent al cerebro, querida. ¿No recuerdas que papá me cortó el grifo hace meses? Perdonadla —digo condescendiente a los otros— pero está un poco senil.

—Idiota. No hablo de la fortuna de tu padre, sino de la tuya.

—Yo no tengo nada, querida.

—¡Anda que no!

—¿Eso quién lo dice?

—Pues lo dice aquí, y bien clarito, rico, rico, rico, pero que muy rico —y me enseña los papeles de papá.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXV

Viernes, 17 Abril 2009

Nos vamos de boda 

puntacanaaeropuerto.JPG

–Clase turista, clase turista, ¿qué modo de viajar es este, en clase turista? –protesto.

–Es el modo que de viajar que tiene la gente sin trabajo, mi caso –responde Warren hiperventilando–. Es como viajan la gente que no logra mantener un trabajo más allá de una semana, tu caso.

–Pero tú sí tienes dinero, podrías haber comprado billetes con un poco más de clase.

–Dado que he perdido mi trabajo por ausentarme de él sin justificación por tu culpa, que me llenaste la cabeza con paranoias persecutorias, y que tus palabras textuales fueron “tío, vente conmigo a la boda de mi madre, necesito tu apoyo”, pensaba que tú corrías con los gastos del viaje, no imaginaba que tenía que pagar tu billete, el mío y el de esta –dijo refiriéndose a Belinda.

–¡Ey, un respeto, “esta” es mi novia!

–No, te equivocas, tu novia es este –replica Belinda refiriéndose a Warren.

–¡Ey, tía! –protesta él.

–¿Pero qué pasa con vosotros dos? Estáis así desde que llegamos al aeropuerto. Antes no os llevabais mal.

–Antes no lo conocía, simplemente –responde ella ojeando una revista.

–Si llego a saber que viene ella paso de la boda de tu madre.

–¿Alguien me va a explicar de qué va todo esto? –pido anonadado de la agresividad que se masca en el ambiente.

–Paso de ti y de su culo –zanja él.

–Yo sí que paso de él y de esa relación tan gay que tenéis –zanja ella. 

El resto del viaja hasta Punta Cana lo pasamos en absoluto silencio salvo por los continuos jadeos de angustia de Warren, que no logra superar su pánico a volar. Algo ha pasado, de eso estoy seguro. Cuando recogimos a Warren en taxi todo iba de perlas, parecían hasta seres civilizados. Esto es un expediente X. 

Cuando aterrizamos Warren besa el suelo (literalmente) y jura que nunca más volará a países del tercer mundo, y todo por unas pequeñas turbulencias y dos minutos de caída en picado al aterrizar.

–Bolivia no es el tercer mundo –le explico condescendiente.

–Estamos en Republica Dominicana –apostilla Belinda, que por fin sale de su mutismo.

–¿Esto es Republica Dominicana? –le pregunto sorprendido y pone los ojos en blanco ante mis descolocación geográfica–. Bueno, da igual, no estamos en el tercer mundo, Warren, ¿estás segura que Punta Cana está en República Dominicana?

–Si no es el tercer mundo, ¿por qué el aeropuerto es de madera? –ahí Warren me ha pillado. 

Seguimos los pasos de Puppy y Mr. Chow. ¿Que en qué momento ha entrado Puppy a formar parte de esta historia? Pues en el momento en que Warren quiso tirarse del avión pero una azafata lo sujetó porque primero tenían que desembarcar los pasajeros de primera. Estábamos allí de pie como pasmadotes cediendo el paso a los que habían tenido la buena idea de comprar billetes de verdad cuando vemos descender a Puppy. “¿Ey, qué haces tú aquí?” le grito, pero me ignora y desembarca. Cuando pisamos el aeropuerto allí nos está esperando. 

–Puppy, ¿por qué me ignoraste en el avión?

–No es correcto que los pasajeros de primera hablen con los de turista, ¿no has aprendido nada de protocolo?

–Eso es absurdo –escupe Belinda, que desde que ha aparecido Puppy está aún de más mala leche si cabe.

–¿Quién es? –pregunta Puppy a Warren ignorándola.

–La novia.

–¿Novia de quién?

–De este –dice refiriéndose a mí. 

Puppy se quita las gafas de sol y la examina de pies a cabeza con detenimiento, y tras su examen pregunta a Warren: “no, en serio, ¿quién es?”. 

Me lleva casi media hora tranquilizar a Belinda y conseguir que me jure que no va a matar a Puppy en ningún momento de este viaje. Me lo jura, pero sólo en lo que dure el fin de semana. Nos arrebujamos en la limusina que Puppy tenía preparada para ella y nos dirigimos a Tortuga Bay, donde mamá celebra su maldito enlace. Todos creen que he madurado de pronto y que voy a respetar la decisión de mi madre de casarse con el primer gigoló que pase por su vida, pero tengo mi propia agenda en este viaje y mi principal misión es impedir la boda. 

La escena dentro de la limusina es dantesca. Belinda mirando por la ventanilla para no cruzar la mirada con ninguno de nosotros, Warren luchando con Mr. Chow que vuelve a su afición de olisquearle la entrepierna. Puppy colgada al móvil discutiendo con alguien que se supone será su asistente personal en el hotel. Y yo perplejo por la escena en si. 

–No me contestaste, ¿qué haces aquí? –le pregunto a Puppy.

–Tu madre me invitó.

–¿A santo de qué?

–Por ser tu novia.

–La novia es…–empieza la frase Warren.

–Dilo una vez más y eres hombre muerto –le advierte Belinda–. ¿En qué idioma he de decir que no soy la novia de nadie?

–¿Y no se te ocurrió aclararle a mi madre que ya no estamos juntos?

–Bueno, la verdad es que lo intenté, pero ya sabes cómo es: habla, habla, habla, y no escucha. Así que me pareció más rápido y cómodo decirle que sí a todo. Después de todo, ¡es un fin de semana en Tortuga Bay! Yo nunca digo que no a una invitación a pasar unos días en el Caribe.

–Genial –decimos Warren, Belinda y yo a la vez, pero cada uno con un tono bien distinto. 

Nos instalamos en el alojamiento que mamá nos ha asignado. Tenemos algún problema porque sólo disponemos de una habitación para cuatro personas, ya que mamá pensaba que sólo iríamos Puppy y yo. A ella le encanta Puppy, son dos caras de la misma moneda, una joven y otra vieja, ambas ricas, aburridas y sin saber donde gastar su fortuna. Ambas comprando hombres. La única diferencia radica en que Puppy nació en el seno de una familia podrida de dinero y el ser millonaria forma parte de su genoma, mientras que mamá se ha tenido que hacer a si misma al nacer en el seno de una familia de la burguesía empresarial catalana no sobrada de dinero (eso es la versión oficial, la verdad es que de burgueses poco, su padre, mi abuelo, la única empresa que ha tenido en su vida ha sido una chatarrería, pero eso mamá ha sabido ocultarlo hábilmente al dominio público). Mamá fue Miss algo, de la quinta de Tita Cervera, creo que hasta coincidieron en el certamen de Miss España, o al menos eso cuenta ella reafirmando su pedigrí, pero hay que darle tanta veracidad como a lo de su origen burgués. Asociarse con Tita le viene estupendo porque legitima su posición social tras pasar por concursos de belleza (si a la baronesa se lo perdonan, a ella también) y se quita algunos años de paso, ya que es ‘algo’ mayor que la otra. En las discusiones con papá siempre se reprochaba haber preferido el mundo financiero, “tenía que haber elegido al barón, ¡con lo que me gusta a mí el arte!” 

Al final Puppy consigue a golpe de tarjeta de crédito y una muy buena propina, que nos provean des otras dos habitaciones, una para Warren y otra para ella.  

Belinda deshace la maleta manteniendo un mutismo estremecedor. Yo no le dirijo la palabra por miedo a que se lance y me cuente todo por lo que está enfurruñada. Si no le hablo no tiene motivos para estallar.

–Voy a ver si localizo a mi madre –le digo.

–¿De verdad quieres que te diga qué me pasa? –me suelta de pronto, ¿quién le ha preguntado qué le pasa?, yo no–, ya que lo preguntas te diré que un fin de semana con el obseso sexual de tu amiguito Warren y la esnob de tu ex-novia no es precisamente el viaje idílico que me habías pintado. ¿Sabes qué hizo tu amiguito en el aeropuerto? ¡Me cogió una teta! Y cuando le dije que qué coño estaba haciendo me suelta que tú y él sois como hermanos y que lo compartís todo. Pues que sepas que si os gustan ese tipo de jueguecitos lo lleváis claro conmigo.

–No me lo puedo creer, Warren es un idiota salido, siempre ha intentado acostarse con mis chicas, pero no creía que lo intentara contigo, él sabe que me gustas de verdad.

–¡Ah, está bien, eso me tranquiliza! Mientras que sea sólo con chicas que no te gustan “de verdad” no hay problema –espera, ¿eso es un sarcasmo?, como no estoy seguro mejor no respondo–. ¡Tú eres idiota! Idiota y machista. Ya te hago saber que no te voy a consentir que me trates así, y a tu amiguito se lo dejé bien claro… a él y a lo que queda intacto de su entrepierna.

–Salgo.

–No hace falta que vayas a defenderme, ya le ajusté las cuentas a ese majadero.

–No, voy a ver si encuentro a mi madre.

–¡Pero no ibas a partirle la cara a ese idiota! Claro, tonta de mí, pensar que querías defenderme.

–Me has dicho que no hacía falta, pero si quieres que le parta la cara se la parto y ya está.

–No, no quiero, quiero que seas maduro y actúes como un hombre. 

Llaman a la puerta, ¡gracias a Dios! La miro pidiéndole permiso para abrir (¿porqué le pido permiso?, ¿en qué me he convertido?). Me hace un gesto dando la conversación por terminada. Así que abro la puerta y… 

–¡¿Tú?! –la sangre ha dejado de circular por mis venas.

–Hola, Rafael, hijo.

–¡¿Papá?!

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXIV

Viernes, 3 Abril 2009

Un temperamento incendiario 

cuadro-electrico.JPG

Entré en la sala de reuniones. Medio centenar de ejecutivos contiene la respiración. Saben que soy el que manejo el cotarro, que sus puestos penden de mi estado de ánimo. Me siento a la cabecera de la larga mesa de reuniones, abro el dossier y veo el expediente de OPA a la gran entidad de mi padre. Echo un vistazo, cierro la carpeta y digo “a por él”. Un murmullo de aprobación recorre la sala. Me fijo en Robert, mi ex-asistente, que vuelve a estar a mi servicio, en el puesto que le corresponde. Toma notas y lo interrumpo pidiéndole un café. Nada de ‘por favor’, sólo un expeditivo “¡café!” que lo hace saltar al instante. Se acerca a la mesa donde está la cafetera y allí está mi madre, desnuda, con unos senos turgentes apuntándole directamente a los ojos. Lo besa apasionadamente y él le hace el amor sobre la mesa… ¡Un momento! Esto es un sueño. Soy consciente de ello incluso antes de despertar porque en mis sueños los senos son siempre turgentes, incluso los del lagarto reseco de mi madre. ¡¡Las diez y cuarto!! ¡Me he quedado sobado! Hacía tres cuartos de hora que debía estar en el otro extremo de la ciudad para coordinar mi primer gran trabajo (para vivos). Nota: retomar las citas con mi psicólogo, no me gusta nada el tema de tener a mamá desnuda (y con pechos turgentes) en mis sueños.  

*** 

El operativo está en marcha. La gente de Ron Akran tiene toda la logística bajo control. Los decoradores han convertido la horrible sala dedicada a los bosques de Norteamérica de la primera planta en un exótico salón para una cena deliciosamente elegante. El American Museum of Natural History no quería alquilar la sala para la presentación, fue cuestión de extender un cheque. El conservador no permitía que usáramos un trozo de una enorme secuoya de más de 1300 años como fondo para la mesa presidencial, pero fue cuestión de extender otro cheque. En Nueva York todo es cuestión de cheques, y en este caso de prometer una y otra vez que no se va a tocar nada y que no se va fumar en la sala, ni usar velas, y un largo etcétera que espero alguien haya apuntado porque no le he prestado la más mínima atención. Si incurrimos en algún error ya lo solucionaremos a golpe de chequera. 

Cheque para el florista, cheque para el decorador, cheque para el iluminador, cheque para el catering (después de la cena, claro), cheque para la agencia de azafatas, cheque para el informático que ha preparado la presentación multimedia (no hay que olvidar que esto es una cena de negocios), cheque para la agencia que se ha encargado de poner a los personajes-show de la noche (muchas modelos, alguna cantante, algún actor, Michael Moore, por aquello de la conciencia ecológica… yo personalmente hubiera preferido a Al Gore, pero pagar su caché hace necesario cheques el doble de largos que me permitan colocar tantos ceros). La cena ha salido por un ojo de la cara porque no hemos podido amortizarla con el precio del cubierto como hacen las galas benéficas, pero tampoco ha sido demasiado descabellado el presupuesto de las semi-celebrities que hemos congregado porque hemos sido lo suficientemente ambiguos para que piensen que vienen a poyar una causa en plan ‘salvemos el Amazonas’ en vez de a una presentación de un fondo de inversión. 

El electricista discute con el conservador del museo. Por lo visto la instalación no es todo lo segura que debería, pero dada las limitaciones del espacio (¡es un museo!, no podemos taladrar, derribar nacer regolas para los cables, ¿qué más quiere?) ya es bastante lo que el pobre electricista ha hecho. Ha conseguido reunir todos los cables y disimularlos bajo la alfombra de la entrada y me advierte que no permita a la gente transitar por el lado derecho de la entrada, ¡muy importante!, si no queremos una catástrofe eléctrica. 

Ya me encargo, no se preocupe, señor electricista. 

*** 

Almuerzo con Bel, la voy a llevar a la cena, así podrá constatar cuán maravilloso profesional soy y podrá dejarse de tonterías y llamarme “su novio”.

–¿Cómo llevas trabajar para tú ex-asistente? –me pregunta.

–No trabajo “para” él, sino “con” él. Pero por lo demás bien, bien, sin rencores, exceptuando esas ganas de arrancarle la cabeza cada vez que lo veo.

–¿Estoy a tiempo de no ir? La verdad es que no me gustan las escenas sangrientas en público.

–Tengo controlado mis impulsos homicidas… en público. Oye, Bel, me voy a poner serio –me mira desconcertada como si no fuera posible–, me gustaría saber hacia dónde vamos.

–Pues primero a mi casa, me cambio y vamos a la tuya para que te cambies tú.

–No, me refiero como pareja.

–¿Eso no es una pregunta de chica? ¿No tendría que ser yo la que la hiciera?–Evidentemente, pero como no la haces, pues…

–Rafael, no creo que me estés preguntando eso en serio. Nos conocemos hace muy poco, apenas desde Navidades, tenemos una relación muy irregular, desapareces durante días sin dar señales de vida, reapareces para decirme que vas a fugarte con un amigo a México…

–Brasil.

–Da lo mismo. ¿De verdad crees que yo me puedo plantear hacia dónde va esta relación más allá de un horizonte temporal de un par de horas?

–Ya sé que no soy un novio convencional, nada parecido a lo que hayas tenido con anterioridad.

–Cierto, la mayoría tenían una edad mental superior a los cinco años.

–Tampoco serían tan increíblemente guapos como yo.

–¡Y tú qué sabes!

–Lo sé.

–Vale, te lo concedo, pero no sólo en la belleza se basa una relación.

–Por eso he querido que vengas esta noche a ver mi trabajo, para que veas cuán maduro soy.

–Ver para creer.

–Lo verás… lo verás. 

*** 

El chorreo de limusinas va dejando a los invitados a las puertas del museo, suben las escalinatas y son recibidos por los anfitriones de la cena ¡a la derecha de la entrada! Juro que he tratado que me escuchen, pero desde que ha llegado, Robert ha estado insufrible. Desde que ha asomado el director general de Capital Investors ha empezado a darse aires de organizador, cuando realmente no ha hecho nada. Pero soy maduro, no me afecta, soy profesional, no voy a matarlo… porque Bel me está observando. Cuando he sugerido que ocupen la parte izquierda de la entrada me ha desautorizado, no me ha dado oportunidad de explicar el por qué, y ha tomado las riendas del protocolo. Me ha dejado en un segundo plano y soy lo suficientemente maduro para no matarlo, aunque ganas no me faltan, pero Bel me observa. Un novio con antecedentes penales por asesinato o en el Corredor de la Muerte no es un buen novio, Rafael, contente. Robert sabe que es un impostor, yo conozco a todos los invitados mejor que él, yo soy parte de la vida social de esta ciudad y sería un anfitrión mucho más adecuado. Pero soy maduro, no me va a afectar. 

Veo cómo se acercan peligrosamente al rollo de cables contra el que me han advertido. Me acerco a la comitiva de recepción para advertirles, pero ante la primera palabra Robert me coge del brazo y me aparta.

–Rafael, ni se te ocurra molestar al director general, yo soy tu interlocutor. Si quieres hacer carrera en esto debes saber cuál es tu sitio –me dice con aires de superjefazo–, ya no tienes el estatus para dirigirte directamente a los jefes.

Lo siento, Bel, te has quedado sin un novio maduro. Me contengo, agacho la cabeza, y lo acompaño hasta su puesto al lado de la comitiva de recepción. Cuando está distraído coloco el cable problemático por encima de su pie usando la puntera de mi zapato. Vuelve la cabeza y me pregunta si no tengo nada mejor que hacer que pegarme a él. Está claro que quiere el protagonismo… pues lo tendrá. 

Me disculpo y salgo de la sala llevándome conmigo a Bel. Cuando estamos ya en la calle saco el móvil y llamo a Robert: 

–Tenemos un problema, Robert, Donald Trump se ha caído por las escaleras. Sal aquí corriendo. 

Cuelgo. Uno, dos, tres… apagón en el museo. 

*** 

El caos reina en la entrada el museo. Los bomberos han desalojado todas las salas. Robert no sólo ha provocado un apagón al llevarse por delante los cables, sino que ha conseguido que al arrancarlos del cuadro eléctrico este provoque un incendio.  

El director general de Capital Investors trata de apaciguar al director del museo. Me acerco por detrás y digo con cara de resignación que ha sido un terrible accidente, que aunque Robert me hubiera hecho caso y hubiera evitado colocar la comitiva a ese lado de la alfombra (cosa de la que todos fueron testigos) nadie hubiera creído que pudiera pasar algo así. Que no hay que culpar a Robert (recalco su nombre), que él evitó todas las recomendaciones de seguridad con su mejor intención, y que si fue tan patoso como para arrancar el cable y provocar un incendio, eso le puede pasar a cualquiera… a cualquiera que no hubiera ignorado a sabiendas las recomendaciones de seguridad que yo personalmente le deje bien claras.  

La cara del presidente me deja ver que tiene claro a quien va a culpar. Y yo tengo claro que nunca seré un novio maduro, solo me queda que Bel me acepte tal como soy.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXIII

Viernes, 27 Marzo 2009

El fin del paraiso 

 cuandolosdinosauriosdominabanlatierra.JPG

¡Qué maravilla es no ser más un fugitivo de la ley! Mentiría si dijera que no echo de menos las playas salvajes de Sibaúma, los masajes tailandeses, las maravillosas ostras, la espléndida carta de almohadas del resort… pero el ser un fugitivo estresa. Sobre todo cuando Puppy está alrededor y decide montar una fiesta. ¿Qué diferencia hay entre una fiesta para millonarios de Puppy y la más salvaje y descontrolada fiesta universitaria en casa de los ausentes padres de un novato de la fraternidad? Que en la fiesta de Puppy los invitados llegan en helicóptero, por lo demás es exactamente igual. Al principio planeaba celebrarla en la piscina pero los no-invitados, y sin embargo asistentes, se habían multiplicado exponencialmente, así que la idea se trasladó a la playa. 

Intenté convencer a Warren para que se uniera a la fiesta: 

–¡Pero estás loco! ¡Mira toda esa gente! ¡Todos me conocen! –me gritaba histérico– ¿Cuánto crees que tardarían en delatarme? La mitad de ellos son financieros con potenciales escándalos que están deseando tener algo con lo que negociar con la justicia cuando los pillen. Delatar a un fugitivo sería perfecto para rebajar sus condenas y no entrar en la cárcel.

–No seas paranoico –está al borde de la locura, creo que es el momento de decirle que la justicia americana no lo busca.

–¡Qué no sea paranoico, dice!

–Waren…

–¡¿Qué?! ¡¡¿Qué?!! ¡¡¡¡¿Qué?!!!!

–Nada. 

Eran las cinco de la mañana cuando volví a la habitación. Era el vivo retrato de un desquiciado, con los ojos inyectados en sangre, mirando tras las persianas, con un cenicero lleno de colillas a sus pies. Aquello no era sano. Lo convencí para bajar un rato, respirar aire fresco y sentir el contacto humano. El argumento que lo convenció es que era de madrugada y todos los gatos eran pardos a esas horas, y aunque estuviera el sol en su plenitud, ya todos estaban tan borrachos que les costaba distinguir entre Scarlett Johansson y Mick Jagger (ambos asistentes a la fiesta). 

*** 

–¿No ves cómo yo tenía razón? 

Estábamos sentados en la playa con el suave aroma del mar azotando nuestros rostros y observando el plácido vaivén de las olas que se extendía tras un chaco de vómitos etílicos que había a nuestros pies. Warren parecía más humano, más relajado, nadie lo iba a recono… 

–¡Ey, Warren! ¿Dónde te has metido esta última semana? –¡Oh, Dios!, ¿quién es este ahora? A Warren le estaba empezando a dar un ataque de ansiedad al encontrarte con alguien conocido–. Jo, tío, vaya la que tenéis liada en tu empresa. Seguro que os quitan las primas de este año por culpa del cabrón ese que ha defraudado…

–Lo siento, tío –le digo al desconocido (para mí)–, pero ya nos íbamos.

–¿Quién ha defraudado? –le pregunta Warren deteniéndome en mi intento de ponerme de pie.

–¿Quién a va a ser? El tío ese que ha aparecido en todos los periódicos, el jefe contable, ¿cómo se llama? No pongas esa cara, tío, con la movida que habéis tenido en la empresa. Menos mal que se ha recuperado casi todo el dinero. Venga, confiesa, cabroncete, seguro que había algún otro jefazo implicado y le han cargado todo el muerto al de contabilidad.

–No tengo ni idea de lo que me hablas –le dice muy despacito mientras me mira a mí pidiendo una explicación.

–Vale, vale, ya veo. Pacto de silencio en la empresa. Pero, tío, yo soy colega, y de aquí no va a salir. Además ya se ha cerrado la investigación, ¿qué más da?

–¿Qué se ha cerrado la investigación? ¿Y dices que ha salido en todos los periódicos? Rafe, amigo mío, ¿es posible que a los periódicos que me subías a la habitación le faltaran páginas por casualidad?

–Bueno… esto… es que no quería amargarte las vacaciones con noticias del trabajo. Pero mañana nos volvíamos a Nueva York, ¿no te lo había dicho?, tengo los billetes, y te lo iba a contar todo…

–¿Concretamente cuándo me lo ibas a contar? ¿Cuándo estuviera subido en el avión o cuando estuviese ingresado en el manicomio? 

‘Ironía’, eso está bien, la ironía es un arma inteligente de gente no agresiva. 

*** 

Reunión en la sede Capital Investors, antes Riado-Blackman, actual feudo de mi archi-traidor-ex-asistente Robert. 

–Señor Ridao, lo esperan en… –la secretaria está entrenada para no decir nada, pero en su mirada le veo las ganas de preguntar–. Le esperan en la sala de reuniones. 

Las miradas me siguen mientras atravieso la oficina. “Debe mirarse eso” me dice un gilipollas que se me cruza, ¡como si no me lo hubiera visto ya en el espejo esta mañana! Entro sin llamar a la sala de reuniones, me niego a pedirle permiso al sátrapa traidor de Robert. 

De todas formas no estaba. Mientras llega me sirvo una taza de café. 

–Buenos días, Rafael, perdo… ¡Vaya ojo! ¿Te lo ha mirado el médico?

–Uno, no me caes bien, por lo que cíñete a lo profesional, traidor. Dos, al próximo que haga un comentario sobre mi ojo morado le arranco la cabeza. Y tres, el café de esta empresa es una mierda –digo escupiéndolo en el suelo, así marco el territorio y dejo claro que no estoy allí por placer. 

Evidentemente Warren no se conformó con la ironía a la hora de constatar que no le había sentado bien que lo tuviera engañado una semana pensando que la espada de Damocles de la justicia pendía sobre su cabeza sólo porque yo quería pasar unas vacaciones de lujo a costa de Puppy. Después de que el médico del complejo turístico me atendiera, trate de explicarle a Warren que no era mi intención torturarlo, que lo llevé allí con toda mi buena intención, para ayudarlo, aunque después se complicaran las cosas. A lo que respondió: 

–Claro que sé que lo hiciste con buena intención, ¿por qué crees que sólo tienes un ojo morado, una patada en los testículos y sólo una costilla rota? 

*** 

A Robert no le agradó la idea que le presenté para la presentación del fondo de inversión de valores ecológicos. Mi idea era fletar un avión y llevarnos a los posibles suscriptores a una aldea de aborígenes en medio del Amazonas. 

–Eso dispara el presupuesto, Rafael.

–La idea es que conozcan esas comunidades que viven en el primitivismo, los que más se benefician por las actuaciones ecologistas.

–Pero fletar aviones no es viable. ¿No tienes algo más… cercano?

–¿Aborígenes más cercanos? Claro –dije irónico– siempre podemos hacer la presentación en una comunidad Amish, allí no conocen ni el Internet.

–Me refiero a otro enfoque. Algo más convencional. Fiesta elegante, con clase, con el presidente dando su discurso de presentación. Ya sabes, lo normal.

–Para montar “lo normal” no me necesitáis. Está bien, a ver esto: una fiesta en el Museo de Historia Natural. El mensaje sería, si el hombre primitivo hubiera invertido en este fondo ecológico los dinosaurios no hubieran desaparecido.

–A parte de que el homo sapiens no coincidió con los dinosaurios y que el hombre primitivo no tenía sistema financiero ni fondos de inversión, no creo que sea mala idea. Adelante.

–Está bien, me pongo en marcha y hago un presupuesto. Y por favor, Robert –le digo en plan condescendiente–, no vayas por ahí diciendo memeces porque te pones en evidencia, claro que el hombre prehistórico coincidió con los dinosaurios, ¿no has visto las películas? 

¡Bien, mi primera fiesta profesional para seres humanos vivos!

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXII

Viernes, 20 Marzo 2009

Prófugos desprofugados 

001898_ph2.jpg 

Puppy se ha montado una corte en toda regla. No creo que ni Maria Antonieta ni Catalina de Aragón tuvieran nunca tanto séquito a su alrededor como esta pobre niña rica de Park Avenue: masajista, monitor de fitness, pedicura, manicura, dermatólogo, asistente personal, gigoló… bueno, en verdad son relaciones públicas del hotel, dos, que se van turnando para tenerla entretenida y que gaste, gaste y gaste… en España teníamos algo parecido en las pelis de Alfredo Landa y Lina Morgan, las chicas de whiskería que iban al descorche pero que después eran muy decentes como para acostarse con los clientes. Pero aquí en Brasil no sé qué palabra hay en portugués para ‘decencia’, ni creo que los ‘relaciones públicas’ encomendados a Puppy conozcan el concepto, porque van en micro speedo, totalmente bronceados, con dientes que parecen blanqueados mediante láser y no creo que estén programados para negarle NADA a una clienta tipo “Ms. Manirrota”. 

–Esto no es ser discreto –me dice Warren mirando a Puppy en la piscina desde la ventana de su habitación. 

Lleva encerrado en su suite desde que llegamos y me preocupa. Tiene manía persecutoria. Sí, vale, seguramente le busque el Gobierno de los Estados Unidos para enchironarlo, pero no es para que te obsesiones con una cosa así. ¡Por Dios, que estamos en un paraíso paradisíaco! (Espera, eso es redundante). Ya sé que Puppy ha convertido el resort en su harén particular, pero llamar la atención tampoco es tan malo. ¿No dicen que el mejor sitio para ocultar algo es a simple vista? ¿Quién se va a imaginas que hay un prófugo de la justicia en medio de este aquelarre de lujo, masajes y baños de sol? 

–Tío, deberías bajar a la piscina, tomar un poco el sol, no es sano enclaustrarte en la habitación, por muy de lujo que sea, y pasarte el día oteando por la ventana como Steve McQueen en la Ventana Indiscreta de Kubrick.

–James Stewart.

–¿Qué?

–Que la Ventana Indiscreta es de James Stewart.

–¿James Stewart dirigía películas?

–No, el director era Hitchcock, Stewart la protagonizó.

–¡Ah, sí, de Kubrick era la Ventana Mecánica!

–¡¡La Naranja Mecánica, memo!!

–Pues a mí me gustó más la versión de McQueen que la de James Stewart. 

Warren me ha echado de su habitación. Esto no está resultando tan divertido como cuando me imaginé fugándome de la justicia con él. Yo esperaba algo más como dos solteros atractivos en una playa de Rio tomando el sol, con bigotes falsos para despistar, y rodeado de brasileñas de culitos prietos. Tener a un paranoico parapetado en una habitación de un resort de lujo y una ninfomaníaca millonaria acaparando a todo el servicio del hotel no es mi idea de un entorno ideal.  

Llamo a Belinda por teléfono pero no hay nadie en su apartamento. Me siento triste. Llamo a Ayako a ver cómo se la maneja sin mí y me contesta un tal Clive que afirma ser su asistente. ¿Para qué necesitará mi asistente un asisten…? ¡Un momento! ¡Pequeña bruja traidora! Le ha faltado poco tiempo a la pérfida asiática para hacerse con mi puesto. Empiezo a pensar que me precipité en mi fuga del país. Debería haberme quedado a defender el fuerte. ¡Ay, Dios, cómo me jode! No, no puedo decirlo…. Pero “mamá tenía razón”. Le dedico una llamada a Ron Akran para saber si sigue en pie mi colaboración como freelance en su firma de organización de eventos. 

–¡Hombre, Ron! ¿Qué tal?… Yo muy bien, pasando unos días de relax fuera del país. Precisamente te llamaba para saber qué día tenía que reunirme con los de Capital Investors para planifi… ¿Cómo? ¿Qué te hizo pensar que no estaba interesado?… No, no, creo que ha habido un error, Ron, en España, de donde yo soy, “que se metan su puto encargo por el culo” es una expresión de júbilo, de estar muy contento… Sí, ha sido un error, a veces mis raíces latinas me juegan malas pasadas con el lenguaje… Que sí, que sí, estoy interesadísimo, me tienes a tu disposición… Ya me ocupo yo de cerrarlo, no te preocupes. 

Trabajar codo con codo con Robert (mi ex-asistente) está en mi lista de prioridades justo debajo de que me extirpen un testículo usando un boli BIC como bisturí, y por encima de verme otra vez en la indigencia más absoluta. Como no puedo soltar este tren laboral que he cogido, y puesto que si vuelvo al negocio mortuorio tendré primero que matar a Ayako, no me queda otra que apechugar y ser profesional y tragar con Robert. ¿Por qué tengo tan mala suerte con mis asistentes? ¡Todos me traicionan! ¡Con lo bien que los trato! Les doy trabajo, una identidad… estamos de acuerdo, no les pago y les exijo demasiado, pero es por su bien. (Nota: A Ayako la mataré de todas formas, por simple placer, no puedo con las traidoras, dejé vivo a Robert y he sentado un mal precedente.) 

Llamo a Robert (con desdén) y cierro una cita para empezar a planificar el evento de Capital Investors y quedamos en vernos a principio de la próxima semana. Me duele mucho tener que abandonar a Warren en su desgracia, pero la vida real continúa y yo tengo que volver a Nueva York, mientras tanto disfrutaré de la maravillosa vida de prófugo que nos está brindando el fondo fiduciario de Puppy.  

Puppy ha montado una pequeña fiesta para la que va a venir un selecto grupo de gente desde Nueva York este fin de semana, unos cien invitados. En la cara del director del resort se ve el símbolo del dólar marcado, está encantado con Puppy, así que le ha puesto otro PR/gigoló más a su disposición. Compro algunas revistas y periódicos, porque no todo va a ser tomar el sol y beber cóctel tras cóctel. Las revistas me las quedo, los periódicos se los voy a subir a Warren, pero se me caen al suelo y el destino quiere que se desprenda la página en la que hablan del escándalo de la compañía de Warren. Lo ojeo por encima. ¡Oh, Dios mío! 

*** 

Por fin logro hablar con Belinda: le digo que la quiero, que la quiero, que lo estoy pasando muy mal (mientras una guapa mulata me sirve otra copa) y que la echo de menos. Pero vayamos al grano: ¿qué está pasando con el caso Warren?, el periódico era muy escueto. 

–Han detenido al director de la firma, que era el que estaba desviando fondos y maquillándolo con la contabilidad.

–¿Entonces Warren no está siendo buscado?

–¿Por qué?

–Por desfalco.

–Que yo sepa, no, la estafa está en la cúpula de la organización. 

¡Uy, empiezo a pensar que me precipité al sugerir una fuga del país! La culpa es de Warren por dejarse llevar por el pánico y hacerme caso, sabiendo que mis ideas no suelen ser muy sensatas. Pero me alegro mucho, cuando sepa que no está acusado ni buscado dejará de ser el zombi que es ahora. El miedo lo está consumiendo, es una sombra del hombre que era. ¡¡Quién iba a imaginar que decía la verdad cuando afirmaba su inocencia!! De todas formas no se lo diré hasta después de la fiesta de Puppy porque seguro que se quiere volver enseguida a los EEUU y me chafaría la diversión. 

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXI

Viernes, 13 Marzo 2009

Operación Caipiriña 

playa-brasileira.jpg

No es fácil cantar La Chica de Ipanema al lado de un compañero de viaje que no hace más que vomitar. No sé si es mal de alturas, pánico a volar o terror a cómo tarareo, porque tres veces que me he arrancado con el “Olha que coisa mas linda, mas cheia de graça, é ela menina que vem e que passa”, tres veces que ha vomitado. No creo que los múltiples estómagos de los rumiantes son capaces de albergar tanta comida como para rellenar cuatro de las bolsitas de papel que te dan para estos casos. 

Cuando la azafata se acerca por enésima vez a ver si Warren se encuentra bien le pido que me cambie de asiento. Primero me dice que no es posible, y luego me pregunta si no viajábamos juntos. ¡Pues claro que viajamos juntos! Un desconocido no le hubiera gritado e insultado como yo he hecho cuando una de las bolsas se desfondó dejando caer todo su asqueroso contenido sobre mis flamantes Ferragamos. La azafata no logra comprender por qué, si viajamos juntos, pretendo cambiar de asiento. No me apetece explicarle que una cosa es ayudar a un amigo a fugarse del país y otra bien distinta pasar todo un viaje con un tío al lado vomitando

Yo sé que le pasa. Está cagao. La comisión va a presentar cargos por un agujero contable que ha encontrado en uno de sus hedge funds de dimensiones terrorífica, como los socavones que aparecen en las obras públicas españolas, y a Warren le pasa como a los ingenieros que planifican esas obras públicas: que nunca saben de dónde ha salido el agujero.

–Te prometo que no he cogido ni un centavo que no me pertenecía– me dijo cuando llegué a su apartamento en medio de la noche tras su llamada cargada de pánico. 

No tiendo a creer en la inocencia de nadie, y menos en alguien que está justo delante de una obra suprematista (menor) de Malevich que acaba de adquirir en una subasta de Sotheby’s. “¡Lo compré sólo por cuestiones de impuestos!” me dice, pero él sabe que yo en vez de cuadraditos de colores estoy viendo la traducción de un agujero contable en forma de pintura incomprensible. Pero no importa, un amigo es un amigo, aunque sea un delincuente, y mi deber es sacarlo de ese lío.  

Mis cuentas siguen sin estar boyantes, después de todo estoy sólo al principio de una nueva carrera estelar, y tampoco podemos tocar las cuentas de Warren ya que a estas alturas estarán vigiladas y cualquier movimiento extraño precipitaría su detención. Es de los pocos estúpidos que no tienen pasta en paraísos fiscales. Así que tuve que recurrir a mamá, ¿para qué está una madre sino para que te ayude a fugarte del país? Bueno, seamos sinceros, yo no tenía ninguna necesidad de fugarme de ningún sitio, pero a un viaje a Brasil no se le hace ascos. 

Tuve que insistir bastante para que el recepcionista del turno de noche descolgara el teléfono y avisara a mi madre. Mucho cariño materno pero su primera reacción fue pedirle al conserje que me despachara con viento fresco. Mamá nunca ha tenido buenos despertares, y menos a las 5 de la mañana. Mi insistencia y la frade “de vida o muerte” hizo que el conserge se arriesgara a que el basilisco alojado en la Edwardian Park suite bajara y le arrancara el corazón con las manos desnudas por esa segunda llamada. Al final me recibió en el saloncito privado de la suite, en salto de cama rosa, color que sólo usa en la intimidad porque su eterno moreno artificial no va nada con ese color.

–¿Qué situación “de vida o muerte” es esa tan importante como para interrumpir mi sueño reparador de 8 horas tan básico para mi equilibrio epidérmico –¡Dios, me enerva! Ni por un momento piensa que sea lo que sea es más importante que el aspecto de su cutis… cutis de lagarto, por otra parte (eso ha sido gratuito, pero me saca de mis casillas).

–Necesito dinero, mamá.

–Evidentemente de vida o muerte –me reprocha poniendo los ojos en blanco.

–En serio, mamá, necesito dinero.

–Cariño, ya sabes que tengo las cuentas bloqueadas hasta que los abogados resuelvan el maldito divorcio. Lo único que me consuela es que tu padre tiene ciertos negocios tan bloqueados como mis cuentas porque no doy mi aprobación. Ten paciencia, no tardará en resolverse todo.

–No lo entiendes. Necesito dinero, mucho, y urgente –le repetí lentamente.

–¿Para? –me pregunta medio intrigada medio preocupada.

–Warren y yo nos vamos a Brasil, pero no podemos tocar sus cuentas…

–¡Acabáramos! ¡Me sacas de la cama para sablearme para irte de vacaciones!

–No son vacaciones, sino una fuga. Nos vamos del país porque van a  detener a Warren.

–¡Uy, eso lo cambia todo! Por supuesto que estoy encantada de participar en un delito. ¿Dónde está mi chequera?

–Diez mil dólares bastarán por ahora…

–Estaba siendo sarcástica, Rafael, ¡a veces eres tan afásico! Además, ¿tú qué pintas en todo esto? ¿También te persiguen a ti?

–No, es Warren el que está en apuros.

–Y tú te lanzas de cabeza a implicarte para que te detengan por cómplice. Sé inteligente por una vez en tu vida, hijo, y deja que se coma sus problemas solitos.

–No puedo.

–¿Y eso?

–Porque Warren es mi amigo.

–¿Amigo? ¿Y eso qué significa?

–Significa que me dio casa, comida y trabajo cuando mi padre me dejó en la calle sin un centavo y mi madre se perdió con algún chulo durante semanas sin dar señales de vida –calla y otorga mientras que en la puerta de la habitación se dibuja la silueta del chulo aspirante a ‘señor de’ que pregunta qué es todo ese ruido–. Ya veo, las cuentas bloqueadas por el divorcio y viviendo con lo justo para residir en una suite del Plaza y mantener a tu ‘juguetito’. Gracias mamá. 

Me fui dando un portazo que no sonó tan fuerte como yo quisiera porque las puertas tienen sistemas de amortiguación. Tenía que conseguir dinero, ¿pero dónde? Empecé a andar por la calle 58 con los primeros rayos de sol. Si algo me había demostrado mi defenestramiento en la organización Ridao-Blackman es que no tenía a nadie a quien recurrir salvo Warren. Llegué al cruce con Park Avenue y una bombillita se encendió en mi cabeza. 

*** 

–No, no, y no. De ninguna manera. Me niego a fugarme del país con susodicho personaje. Una fuga lleva implícito en su definición la cualidad de ‘discreción’ y con Puppy será todo menos discreto.

–Warren, piénsatelo, ella es nuestro cajero automático humano. Lo único que pide a cambio en que la dejemos participar.

–¡Estás loco! Y ella está muuuuuy aburrida, por lo que veo. Me niego a que mis desgracias se conviertan en el entretenimiento de una heredera de Park Avenue aburrida.

–Aburrida heredera, pero rica y con dinero disponible, y dispuesta a esponsorizar nuestra fuga.

–¡Que no!

–Bueno, pues entonces espero que te guste que un tipo de dos metros todo lleno de tatuajes y oliendo a sudor te llame ‘muñequita’ mientras comparte catre en tu celda, porque es lo que te espera.

–Que no –no parece tan convencido ahora.

–Warren…

–Pero Mr. Chow no viene, ¿entendido? 

*** 

Dos limusinas nos recogieron a las 7 de la tarde. En una nos montamos con Puppy y Mr.Chow, y otra portaba todo el equipaje de Puppy que con algo de suerte dejaría espació en la bodega del avión para las maletas de un par de pasajeros más. El plan es que ella embarque por su cuenta y nosotros por la nuestra. Nos reparte los billetes. 

–¿¡Turista!? –exclamo al verlos.

–Los vuestros sí, el mío en bussiness. Recuerda, nada de llamar la atención.

–Seguro que pasas desapercibida en Rio con ese abrigo de pieles –practico la ironía.

–No me gusta que este chucho me olisquee la entrepierna –dice Warren apartando a Mr. Chow.

–Mejor él que no tu compañero de celda –le respondo sin prestarle mucha atención, me preocupa más el tema de los billetes–, y ¿qué es eso? ¿Natal? ¿¡No vamos a Rio!?

–No, he pensado que me apetecía pasar unos días en el Kilombo Villas & Spa de la playa de Sibaúma.

–Ese no era el plan.

–¡Quita chucho! –sigue batallando Warren ajeno a su destino.

–No trates así a Mr. Chow, su psicoterapeuta dice que es muy sensible al rechazo. Tú amigo es muy delicado –me dice Puppy a mí– teniendo en cuenta la clase de animales que van a olisquearle a él en la cárcel. 

*** 

Llegamos al aeropuerto de Natal y desembarcamos cada uno por nuestro lado para no llamar la atención. La discreción es básica en situaciones de fuga, eso lo sabe cualquiera… 

…Cualquiera menos Puppy, que tiene esperando a toda una comitiva de portamaletas, guía turísticos, chóferes y el director del resort esperando con un gran cartel que pone nuestros nombres. Lo he pensado detenidamente durante el viaje, ya puestos a ocultarse de la justicia, qué menos que hacerlo en un resort de lujo. ¡Aquí empieza nuestra aventura brasileira!

 

EL CRACK (el serial) - Capítulo XX

Viernes, 6 Marzo 2009

¿Qué puede salir peor? 

telefonoriado.JPG

–¿Estás ocupado? –pregunta Mr. Traill asomando la cabeza por la puerta del pequeño despacho con glamour que me he montado en medio de la montaña de sordidez que es la Funeral Home de Mr. Traill. Es lo único que no huele a muerto.

–Estoy liado, pero pasa, pasa –le hago una seña con la mano para que pase mientras cierro el buscaminas del ordenador.

–Quería consultarte sobre ciertas facturas.

–Dispara.

–Tengo un montón de cuentas de restaurantes.

–Gastos de representación.

–¿Una botella de Terrier-Jouet?

–Gastos de representación.

–¿Centro de estética?

–Gastos de representación.

–¿“China Loto Massage House”?

–Gastos de representación.

–¿Masajes como gasto de representación?

–No seas absurdo, Traill, no eran masajes, sino putas –me mira estupefacto, quizás no entienda mi concepto de ‘gastos de representación’–. Fue para una pequeña reunión de “negocios” con una de las mayores fortunas de la ciudad. Ya sabe, cliente contento en vida, mucha pasta para nosotros una vez muerto. Y es una inversión a recuperar a corto plazo. Cáncer de colon. Yo iría reservando hueco para mayo.  

Sigue mirándome estupefacto, debe pensar que soy totalmente insensible a la tragedia humana que supone la muerte, pero lo cierto es que no lo soy. Bueno, sí, soy insensible a cualquier tragedia humana de cualquier muerte que no sea directamente la mía. Parece salir del shock y decide continuar con las facturas. 

–¿Y esta factura de servicios médicos?

–Déjame ver… Sí, a partir de ahora recibirás una cada mes.

–Tenemos seguro médico.

–No, no, no se trata de que me estén tratando, ni nada así. A ver cómo le cuento esto sin embarrarlo demasiado. Digamos que yo tengo un amigo, y que este amigo trabaja en el servicio de oncología de un prestigioso hospital para ricos. Este amigo de vez en cuando me llama para preguntar cómo estoy y de paso se le escapa, accidentalmente por supuesto, quién se está tratando allí. Entonces yo, casualmente me doy cuenta de que tengo a ese posible cliente en mi lista de visitas pendientes… lo que nos lleva a reuniones en China Loto Massage House, o sitio similar, donde aprovecho para cerrar un sustancioso contrato para hacernos cargo de su sepelio. 

De nuevo me mira con la boca abierta. A insensible se le unen los adjetivos de amoral e ilegal en su cabeza. 

–Riado, esto es lo más…

–Sí, lo sé, lo sé, no tiene porque darme las gracias –por su cara veo que no es precisamente lo que me iba a decir–, ya estará más agradecido cuando todos esos contratos se hagan efectivos.

–Así no es como yo he hecho negocios toda mi vida, y antes que yo mi padre.

–¡Cierto!, por eso me necesitaba. Soy un visionario, Traill, estoy cambiando el modelo de negocio de las pompas fúnebres. Mi gran drama personal es que no puedo contar al mundo la genialidad de mis técnicas, por aquello de la competencia…

–Y por miedo a la cárcel, ¿no? 

*** 

Mamá me espera sentada en una mesa de la terraza del Rise, uno de los restaurantes del Ritz-Carlton con magníficas vistas a la Estatua de la Libertad. Está pensativa, raro en ella que siempre está en actitud vigilante, descubrir los eternos 100 errores que la rodean y de los que no deja de quejarse continuamente. Al sentarme me pregunta “¿no son las vistas maravillosas?” en vez de algo más característico de ella como “los camareros son unos patosos insufribles” o “¡Dios sabe con qué limpian la cubertería!” u “odio los espacios abiertos, deberían hacer el mar más pequeño”. Definitivamente está rara, está como… ¿feliz?  

–Rafael, cariño, la verdad es que he venido a Nueva York a contarte algo –¡oh, oh, la confirmación de que algo pasa!–. Comprenderás que el divorcio de tu padre y yo no ha sido nada traumático, sólo en el terrero económico, único motivo por el que seguíamos juntos. Creo que no hacíamos el amor desde mediados de los noventa –esa es más información de la que necesitaba– y cada uno hacíamos nuestra vida como bien podíamos. Discretamente, pero cado uno con su vida. Este viaje es para…

–¿Interrumpo? –pregunta un caballero de unos 35 años, bronceado y apuesto, con bigote y media sonrisa.

–Me temo que sí –respondo agriamente sin comprender porque un extraño se entremete en una conversación madre-hijo.

–¡Rafael, tus modales! Por supuesto que no –le dice al extraño, que parece no ser tan extraño para ella–, siéntate. Rafael, quiero presentarte a Xavier. 

¿De qué va esto? ¡¿De qué va esto?! ¡¡¿De qué coño va esto?!! 

*** 

Quiero llamar a Belinda y contarle la cena con mamá, pero por alguna razón me siento sucio y evito su contacto. ¡Ah, sí! Porque se supone que estamos saliendo y me he acostado con Catherine Maxwell. En mi laxo sistema de valores no debería contar, porque ni siquiera me terminaba de gustar, pero por alguna razón inexplicable siento un desasosiego inédito en mí. ¿Será lo que llaman remordimientos?  

*** 

Asisto a una reunión de negocios. Tengo una nueva oferta de trabajo. He decidido organizar algunos eventos de manera freelance para hacerme un nombre fuera del terreno funerario. Después de todo tengo mucho tiempo libre ya que el trabajo duro de la funeraria lo está llevando todo Ayako solita. Es una joya de chica. Debería pagarle algo, pero va en contra de mis principios pagar por algo que puedo conseguir gratis. Me reúno con el mandamás de la firma Ron Akran Events Planners. Me hago un poco el interesante pero acepto sin condiciones el encargo: una acto de presentación de un fondo de inversiones nuevo que según lo quieren publicitar va a ser un blindado anticrisis financiera. Me tengo que poner a las órdenes del responsable que Capitalia Investors. ¿De qué me suena la dirección que me da? 

***

Me sonaba la dirección sobre el papel, y me suena cuando estoy en la puerta del edificio. ¡Aquí he estado yo antes! ¿Pero cuándo?  

Subo hasta la planta de Capitalia Investors. ¡Cómo me suena la recepción! ¡Y la recepcionista estilo voguette que la custodia! ¿Habrá sido un ligue mío? 

Me apoyo en su mesa y le digo con una de mis sonrisas patentadas que vengo a ver al director de eventos (o puesto equivalente) de parte de Ron Akran Events Planners. Hace una llamada por teléfono y me sugiere que me siente a esperar. Yo permanezco de pie y me afano en descifrar dónde he visto yo antes el cuadro impresionista que tienen colgado en la pared. 

–¿Rafael? 

¡Cómo me suena esa voz! Me vuelvo y allí está él, con su cara de “me alegro verte” a la que respondo con una mirada de “ojalá te mueras”.  

*** 

Son las tres de la madrugada cuando llamo por fin a Belinda.  

–¿Te he despertado? –pregunto sabiendo por su somnolienta voz que es así.

–Pues me temo que no suelo estar despierta a las tres de la madrugada. Porque eres consciente que son las tres de la madrugada, ¿verdad?

–Yo…

–¡¡Las tres!!– me grita.

–Lo siento.

–Eso después de no dar señales de vida en cuatro días. ¿Por qué me llamas ahora justamente a las tres de la madrugada?

–Los dos últimos días han sido los más horribles de mi vida.

–¿Y me lo vas a contar?

–Sí, para eso llamo –digo quejumbroso como un niño desvalido.

–¿También eres consciente de que hay psiquíatras en Nueva York para este tipo de cosas? Los llamas y te escuchan…

–Pero no a las tres de la mañana.

–¡Ah, vale! No me has llamado porque te salga más barato, sino porque nadie te escucha a las tres de la mañana, salvo una idiota como yo, a la que no debe importarle que no des señales de vidas en cuatro días y reaparezcas de buenas a primeras llamando a las tres de la mañana.

–No ha sido buena idea –digo para colgar.

–Déjalo. ¿Por qué ha sido tan horrible estos dos últimos días? –me pregunta.

–Todo empezó cuando quedé con mamá…

–No, no –me interrumpe–, la versión corta, máximo dos minutos. 

Me quedo callado, a lo que me advierte que el tiempo corre, y a lo que respondo que necesito ordenar ideas para sintetizar. 

–Está bien, allá va el resumen: Mi madre se casa con un tipo 20 años más joven que ella y que evidentemente va por mi… quiero decir, su dinero. Obviamente tendré que matarlo, pero aún no tengo claro cómo no terminar en la cárcel. Tengo que montar un evento para Capitalia Investors, ¿y sabes a quién debo rendir cuentas?

–Las preguntas retóricas consumen tiempo innecesario.

–A Robert, mi ex-asistente, el traidor de Robert. Evidentemente también debo matarlo, lo que me complica las cosas muchos, ya que no es lo mismo hacer desaparecer un cadáver que dos. Por lo visto Ridao-Blackman, mi antigua empresa, se ha disuelto y ahora lo que queda se ha renombrado como Capitalia Investors. Esto me pasa por no leer el Wall Street Journal.  

Suena un aviso de llamada entrante. 

–No cuelgues, Bel, enseguida vuelvo.

–Rafe –la voz llorosa de Warren–, van a presentar cargos, me van a mandar a la puta cárcel. ¿Sabes qué hacen en la cárcel con los tíos guapos como yo?

–Enseguida estoy contigo –cambio de nuevo a Belinda–. Bel, cariño, te tengo que dejar, me tengo que ir a Brasil con Warren para que no lo metan en la cárcel.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XIX

Viernes, 27 Febrero 2009

Lo que pueden hacer las hormonas masculinas 

theannexny.JPG

Mi madre llegó a la ciudad revestida de toda su dignidad maternal afirmando que venía porque estaba preocupada por mí. Desde su sorpresiva aparición en mi funeral-debut la he visto en tres ocasiones más, todas ellas en las páginas de sociedad del WWD, siempre en primera fila de algún desfile de moda o posando con una copa en la mano. Se la veía en todas las fotos tremendamente consternada por lo mal que yo lo he pasado después de ser defenestrado por mi propio padre, abandonado por ella y sumergido en la indigencia. Por si no se nota, trato de ser sarcástico. ¡Ja! 

He mantenido en la última semana varias conversaciones con Maxwell Logistic hasta cerrar una cita de prospección. Les he hecho saber que estoy muy a gusto en mi actual trabajo lo suficientemente claro para subir mi caché, pero he sido lo suficientemente ambiguo como para mantener la puerta abierta a su propuesta. Es la primera regla en los negocios: ser inaccesible hasta el punto en que te compensa ser accesible. Eso me lo enseñó papá de pequeño, entre otras cosas. En los días de vacaciones mi madre mandaba al chofer a que me dejara en el mostrador de recepción con instrucciones de ser entregado a Papá, como si fuera una carpeta que se había dejado olvidada esa mañana en casa. Lo hacía por pura maldad, para estropearle el día mientras conseguía que alguien se hiciera cargo de mí. Siempre me he sentido muy amado en el seno familiar. De nuevo un sarcasmo, ¡ja! 

Una de esas veces, tendría yo siete años o así, le pregunté a mi padre que qué es lo que hacía él en el banco. Tras pensar detenidamente cómo ser didáctico en su explicación no tuvo mejor ocurrencia que decirme: “aquí nos dedicamos a dar dinero a gente que quiere comprar cosas pero no tienen dinero para hacerlo, después esa gente nos devuelve ese dinero y nos regala un poquito extra por el favor que les hemos hecho”. Entonces le pregunté que si para comprarme una bicicleta nueva ‘muy molona’ que había visto podía yo pedir dinero al banco. Y me respondió, de manera muy adulta, que pedir podía pedirlo, pero que no me lo darían porque yo no ganaba dinero, y que un banco nunca da dinero a quien no puede devolverlo (eso era por los años 80, ¡hay que ver cómo han cambiado las cosas!). Yo, siguiendo el hilo del razonamiento con mis siete años, le dije que si yo tuviera dinero no lo pediría, me iría corriendo a comprar la bicicleta. Y ahí es donde me soltó que una cosa es tener dinero y otra disponer de él, que sólo hay que dar al que ya tiene. Y esa ha sido mi máxima toda mi vida “dar al que ya tiene”: ofrecer trabajo al que ya está ocupado, interesarme por mujeres que ya tienen pareja, hacerme amigo del que tiene una amplia red de amistades… 

Por eso sé que si no estás trabajando o no te muestras a disgusto con tu posición, nadie te va a ofrecer condiciones laborales interesantes. No podía dar sensación de desesperación por cambiar de aires aunque estuviera deseando dejar de trabajar con difuntos y empezar a tratar con clientes más… ¿cómo decirlo?… ¡vivos! Primero sugerí un encuentro informal en plan almuerzo con Catherine Maxwell, lo que es como decir “ey, no me interesa lo que me vas a proponer, si quedamos a comer al menos no perderemos totalmente el tiempo en la reunión, porque al fin y al cabo todos tenemos que comer” (menos la modelos, claro). Ayako y la asistenta de Maxwell terminaron por arreglar una cita para el miércoles en la presentación de un nuevo restaurante que organizaba Maxwell Logistic, era ideal, porque así me enseñaban de paso su manera de hacer las cosas en el mundo de la organización de eventos. 

Mientras llega el miércoles tengo que hacer algo para animar a Warren. La Comisión Reguladora ha inmovilizado uno de los fondos de inversión libre que gestiona porque han detectado irregularidades contables. No pueden acusarlo de nada mientras no desentrañen toda la ingeniería financier con que se enmaraña la gestión de estos fondos, pero por lo que pueda pasar le he regalado un curso de portugués en DVD y una guía de viaje de Brasil, por si llegado el momento… El ataque de llanto que le dio con mi pequeña bromita me hace temer lo peor. (¿Por qué nadie aprecia mi sentido del humor?) 

Lo he convencido para que salgamos a comernos la ciudad, como en lo viejos tiempos, como antes de esta maldita crisis que a todos nos descabala. Le obligo a ponerse guapetón y nos lanzamos a recorrer los locales más cool del momento. Hay una fiesta en The Annex y nos acercamos a ver stiletto girls de faldas ultracortas y pechos reafirmados en clínicas de estética. Me siento un poco culpable (una sensación nueva para mí) porque he llamado a Belinda y he fingido un catarro. Ya llevamos un par de meses viéndonos con regularidad y sin saber cómo hemos pasado a esa etapa de las relaciones en las que se supone que debes de dar explicaciones de dónde vas, cómo y con quién. No era cuestión de contarle que iba a dejarla plantada para salir con Warren para animarnos conociendo chicas neoyorquinas hambrientas de sexo, una tía no comprende esas cosas de hombres. 

Nos situamos en un sillón circular de la segunda planta del nightclub mientras el grupo del hermano de Chloë Sevigny toca en el pequeño escenario. El local tiene cierto aire a bar cutre de carretera del medio oeste. Y las luces rojas le dan un toque más sórdido si cabe. Nada más llegar un grupo de amazonas de mirada lasciva nos ha echado el ojo (bueno, quizás no sean tan lascivas, y lo que sea lascivo es sólo mi pensamiento). El grupo ‘Sex in the city’ no nos pierde ojo, eso sí es cierto. Nosotros no se lo perdemos a ellas, pero no lo saben porque parecemos los Blues Brothers con las gafas de sol puestas. Nuestro amigo Curtis, de la firma de inversiones donde trabaja Warren, se une a nosotros y enseguida se percata que estamos en plan leones de National Geographic que acechan sigilosos a las gacelas que van a ser su cena. 

–Jo, hermano, cómo me pone la gordita de los Jimmy Choo –me dice Curtis babeando.

–Curtis, darling –le digo con mucha calma–, primero, no me llames ‘hermano’, eso es un modismo afroamericano y mi moreno no es genético sino de buenas vacaciones en el Caribe y mantenimiento posterior en salones de belleza. Dos, eres un pervertido, con cuatro tías que quitan el hipo te fijas en la bajita y rechoncha. Y tercero, eres gay, ningún tío hetero capaz de valorar unos Jimmy Choo haría un comentario que evidenciara que sabe qué son unos Jimmy Choo, menos a otro tío. Y cuatro, quítame la mano del muslo que te estás poniendo bestia a mi costa. 

Curtis me ignora, se levanta y aborda a la gordita. En menos de cinco minutos ya somos un grupo mixto de ocho. Se nota que son profesionales, no profesionales del tipo que te dicen que aceptan tarjeta mientras se visten, sino profesionales de los negocios. Dos de ellas, las más guapas, desaparecen al poco para ver si consiguen un ‘autógrafo’ de Paul Sevigny, pero la verdad es que intentan que sus amigas menos agraciadas mojen seguro. La gordita, que en verdad, después de tratarla, me parece de lo mejorcito de la reunión (tiene eso no-sé-qué terrenal que pone), va al baño y segundos después Curtis desaparece tras de ella. Todos sabemos que no volveremos a verlos pero nadie dice nada. Queda una pelirroja de pechos generosos y una brunette con pinta dominatrix. Como el que está depre y a punto de ir a la cárcel es Warren le cedo tácitamente la pelirroja y me resigno a dar palique a la dominatrix, pero tengo claro que no va a pasar na… 

*** 

La cabeza me da vueltas. Creo que he bebido demasiado.

–Oye, ¿tú como te llamas? –le pregunto a la dominatrix.

–Cat –me responde mientras me empuja y me saca de encima de ella. 

Ha sido un polvo de los escandalosos. Aún estamos vestidos, lo suficientemente desabrochados para llegar al orgasmo, pero vestidos. No es que me apeteciera mucho hacerlo con ella, pero soy un caballero y me parece feo decepcionar las expectativas de las damas a las que acompaño a su casa. 

–Yo me llamo Rafael –le digo mientras me abrocho la camisa.

–Ya lo sé.

–Ah, me has visto en las revistas.

–Más o menos –se ríe– aunque no era así como tenía programado que nos conociéramos

¿“No era así como tenía programado que nos conociéramos”? ¡Joder! ¡Una caza-famosos! Alguna vez me tenía que tocar. Hay psicópatas de estas que persiguen a gente que sale en las revistas a montones. Están todas locas, se enamoran de ti por una foto en una revista, y se recorren los lugares de moda hasta dar contigo. Después despliegan sus armas de mujer para llevarte a la cama, y al final te encuentras en una vorágine de malos rollos que pueden terminar hasta en los juzgados. ¡Ahí tienes al pobre Boris Becker! 

–¿Te vas? –me pregunta al verme recoger la chaqueta.

–Sí, es que tengo una reunión y…

–¡Qué comportamiento tan grosero! –me dice medio divertida–, te aprovechas de una dama y te largas casi sin decir adiós.

–Mira, Pat…

–Cat.

–Lo que sea… No sé si te has hecho una idea equivocada de lo que ha pasado aquí, pero estoy en una relación y no sé, esto no estaba programado, y es mejor que hagamos como si no hubiera sucedido.

–Eso sí es grosero de veras –me responde seria.

–¿Qué quieres que te diga? No nos conocemos de nada, no sé qué pensabas que ocurriría cuando nos conociéramos. “No era así como tenía programado que nos conociéramos” –la imito–. Madura, el mundo real no es como el que sale en las revistas, y menos como el que te hayas podido montar en tu cabeza.

–Creo que estás equivocado…

–La verdad es que no debería haberme acostado contigo, culpa mía, lo sé. Pero tú me has buscado, y no soy más que un hombre, debes asumir que no habríamos terminado aquí si tú no hubieras querido. Es más, yo ni siquiera quería acostarme contigo, no eres mi tipo, tía, así que no te montes fantasías de que vayamos a mantener una relación sólo por…

–Creo que has dicho bastante –me interrumpe plantándose frente a mí con una mirada realmente dura–, por favor, vete, porque estoy a punto de abofetearte y no quiero rebajarme a mancharme de mierda. 

Levanto las mano en señal de “ok, ok, lo que tú quieras” y me dirijo a la puerta.  

–Mr. Ridao –me dice de pronto cuando estoy en el pasillo de los ascensores–, no se preocupe mucho por la reunión de mañana, se acaba de quedar su agenda desierta.  Me vuelvo sin comprender.

¿De qué está hablando? Definitivamente está loca. Al llegar a conserjería me asalta una duda. Despierto al portero, que se ha quedado frito en su silla (qué manera de ganarse un sueldo). Quiero preguntarle algo y sólo hay una manera de sacarle una información que no puede dar… con amenazas. 

–¡Vaya! ¡Durmiendo! Esto no es algo que a la comunidad de propietarios le agrade en absoluto. Un portero roncando mientras cualquier psicópata puede entrar delante de sus narices y matar a un inquilino –se ha puesto lívido–. Pero tiene suerte, porque ha sido una noche estupenda, y a cambio de un poco de colaboración estoy dispuesto a obviar su narcolepsia. Esta noche he conocido a una señorita fantástica y me encantaría mandarle mañana flores, desgraciadamente no tengo su nombre completo y sería de muy mala educación subir y confesar que no me quedé con su nombre, ¿me entiende? Si fuera tan amable de darme el apellido de Cat, que vive en el apartamento 306… 

Se lo piensa un segundo y dictamina que un apellido no puede comprometerlo y sí salvar su puesto de trabajo. 

–Se refiere a la señorita Maxwell.

–¿Cómo dice?

–La 306, allí vive la señorita Catherine Maxwell. 

¡Oh, my god! Catherine Maxwell. “No era así como tenía programado que nos conociéramos”. “No se preocupe mucho por la reunión de mañana, se acaba de quedar su agenda desierta”. Definitivamente soy gilipollas, y el tío con más mala suerte del mundo. 

EL CRACK (el serial) - Capítulo XVII

Viernes, 6 Febrero 2009

Conservar en frío

arcon-frigorifico.JPG 

–¿Dice que varón, caucásico, de 53 años, alrededor de 1’70 de estatura? 

Por un momento pensé que las estadísticas me iban a fallar. Aquel funcionario miró un segundo Ayako y pareció dudar de la historia del tío carnal, oveja negra de la familia, que llevaba un tiempo sin aparecer por casa. 

–¿Caucásico dice?  

Ella afirmó con la cabeza intentando parecer apesadumbrada, como una buena sobrina preocupada por su descarriado tío. El de la morgue se rascó la coronilla no muy convencido. 

–Pero usted, señorita, es asiática.

–Eso, querido señor funcionario, es algo evidente –intervine yo. 

Hubiera preferido que Ayako se hubiera encargado del asunto, ya que intuía que estábamos cometiendo al menos una decena de delitos claramente tipificados en el código penal al reclamar un cadáver con el que no teníamos ninguna relación. Pero al ver las reticencias del funcionario (demasiado diligente para ser funcionario, me parecía a mí) opté por mediar y resolverlo con mi pasmosa habilidad de improvisación. 

–Pero ella pregunta por un caucásico, y ella es asiática.

–¿Qué tiene en contra de los matrimonios interculturales? Su madre es americana, así como su tío. ¿Qué ley obliga a los asiáticos a casarse entre ellos? 

El tipo se encogió de hombros y nos hizo señas de que lo acompañáramos. Nos llevó al depósito municipal y le pidió a un tal Diego por un interfono que sacara a Mr. Gatos. Se dio cuenta de su metedura de pata y trató de explicarnos que allí ponían nombres a los fiambres para darle un toque ‘humano’. Al que llamaban Mr. Gatos lo habían descubierto en un callejón de la 136 West. 

–Estaba un poco… comido por los gatos, por eso le llamamos Mr. Gatos. En caso de que sea su tío quiero que nos disculpe por el ‘apelativo’ que le hemos puesto. Pero al no llevar identificación encima tendríamos que nombrarlo por el número de registro de llegada y para nosotros es mucho más complicado llamarlos por números.

–¿Estaba muy ‘comido’ por los gatos? –pregunto.

–Oh, no, señor, un poco los dedos. 

Llamo aparte a Ayako y le digo que lo de los gatos me preocupa. No podemos exhibir un cadáver mutilado. Que cuando saquen el fiambre que espere a que le de yo el visto bueno, y si no es viable sólo tenía que decir que ese no era su tío y que le sacaran. Después de todo,  los vagos datos identificativos que habíamos dado para reclamar el cuerpo estaban sacados de las estadísticas de los sin techo que mueren a diario en las calles de la ciudad. Tenía que haber al menos una docena de tipos como aquel a la espera de nuestra adopción. 

El tal Diego, obviamente un ex-presidiario de manual por los tatuajes y la corpulencia conseguida tras horas y horas de pesas en el patio de la cárcel, apareció detrás de un cristal y abrió una especie de enorme archivador de fiambres. Le destapó la cara a Mr. Gatos y su compañero le preguntó con la mirada a Ayako si ese era su buscado tío. Ayako me miró a mí. Me aproximé al cristal y pude comprobar que Mr. Gatos tenía la cara intacta. Sí, quizás le faltaran algunas falanges de las manos, pero nada que no se pudiera ocultar con unos guantes. Es más tenía en el rostro cierta dignidad de importante financiero de Wall Street que sólo la da la dura vida de la calle o la subsistencia en las altas torres del poder neoyorquino. Era perfecto. Le di el sí a Ayako y esta inmediatamente empezó a llorar repitiendo “¡mi pobre tío!, ¡mi pobre tío!” 

El funcionario nos acompañó hasta afuera y le pidió a Ayako que firmara unos papeles para hacerse cargo del cadáver. Yo estaba encantado: mi plan estaba en marcha. Escuché al tipo de la morgue decir “y eso es todo, señorita”. Me sorprendió lo fácilmente que uno se puede hacer con un cadáver en Nueva York sin cometer un delito, me refiero sin tener que matar a nadie uno mismo, porque desde luego que estábamos cometiendo un delito reclamando a Mr. Gatos para montar mi funeral-degustación. El funcionario le estaba dedicando unas palabras de consuelo a Ayako cuando yo le pregunté: 

–Oiga, ¿y esto cómo va? ¿Nos lo sirven a domicilio o tenemos que recogerlo nosotros? 

*** 

–Estás loco.

–Es la decimotercera vez que lo dices desde que has llegado y empiezas a repetirte. ¿Has venido ayudar o a insultarme? 

Warren se había tomado la mañana libre para ayudarme con los preparativos. Era la excusa ideal para seguir escondiéndose del caballero de la Comisión Reguladora de la Bolsa de Nueva York que lo buscaba insistentemente. Warren es un ejecutivo-avestruz, prefiere esconder la cabeza hasta que todo le estalla en vez de enfrentar los problemas. Cosa que a mi me vino de perlas para convencerlo de que me echara una mano en mi debut de “Funeral Planner: Death with style is heaven” (así rezaban mis nuevas tarjetas de presentación. 

Mr. Traill llegó y se quedó anonadado ante el despliegue. El equipo de decoración había transformado radicalmente la sala principal. Yo le había dicho al decorador “quiero esto” y le había tendido el número de octubre de Vogue donde se podía ver el blanquísimo apartamento parisino de Karl Lagerfeld. Enseguida lo pilló. Y a primera hora de la mañana se había empezado la remodelación de la sala de duelos para convertirla en un ambiente totalmente chic y futurista lagerfeldiano. Madera lacada en blanco, terminaciones niqueladas. Cristal, mucho cristal. 

–¿Qué es esto, Riado? –me preguntó Mr. Traill sin creer lo que veía.

–Buenos días, Traill, ¿le gusta? En un par de días tenemos la inauguración.

–Ridao, yo no he aprobado…

–No se preocupe por el dinero, hemos llegado a un acuerdo bastante interesante de pagos a plazos. De todas formas con el primer encargo que consigamos con la nueva política de eventos de lujo sacaremos un gran margen. Mire el informe de las nuevas tarifas que le propongo y que he dejado sobre su mesa.

–¿Pero en qué está convirtiendo esto?

–¿Usted confía en mí? –su cara reflejaba un clarísimo “no”– ¡Pues claro que confía mí! Si no para qué me habría dado el puesto de Style Director.

–¿“Style Director”?

–No, no, el atril de metacrilato de Philippe Starck no va ahí –y lo dejo con la palabra en la boca, no tengo más ganas de que me cuestionen, para eso ya tengo a Warren. 

*** 

La misión de Warren es limar asperezas con Puppy. Si alguien puede congregar a todo Park Avenue en un evento esa es ella. Mi orgullo no me permite rebajarme ante mi ex, por eso Warren tendrá que hacerlo por mí. Por otro lado Ayako está encargada de la convocatoria de prensa. Queremos que las editoras más chics de Nueva York cuenten a sus lectores que nuestros funerales son los que más clase tienen en la ciudad. Ya hemos confirmado la asistencia de gente de New York Magazine, Paper, Harper’s Baazar, Vogue, Village Voice, Elle, W, Style.com, Interview, Nylon y WWD. En un principio pensé hacer un evento para ejecutivos, pero después caí en la cuenta de que de estas cosas de la muerte siempre son las mujeres las que se ocupan. A ver si hago un hueco para invitar personalmente a Scott Schuman, de The Sartorialist. Suena mi móvil. Es Warren: Puppy colaborará pero quiere hacer el panegírico del difunto ella. Tiene un Balenciaga en el armario que todavía no ha estrenado y teme se le pase de temporada sin lucirlo, así que esta es la excusa perfecta. ¡Qué superficial puede ser esta chica! 

*** 

El enfrentamiento definitivo con Mr. Traill ha venido cuando he querido contratar Pat McGrath para maquillar al difunto (nota: hay que ponerle nombre al muerto). Anita, la maquilladora habitual, se ha enterado y ha malmetido para que me pare los pies. Yo he cedido con lo de la maquilladora y he exigido a cambio que no cuestione mi selección de caterer, porque he leído un artículo sobre un nuevo restaurante especializado en comida sudafricana fusionada con la haute cuisine francesa y ya no quiero otra para este evento que no sea eso. 

La llamada de mamá llega en el peor momento. Ya ha terminado sus “vacaciones” post-divorcio junto a su amiguito. “¿Qué amiguito?” me pregunta ella cuando le echo en cara que lo haya preferido a él antes que consolarme a mí en mi desgracia tras ser despedido por mi terrible padre. “Pero no seas tonto, cariño, Raúl es sólo mi monitor de esquí”. La verdad es que no le entiendo muy bien qué es lo que dice que le ha enseñado hacer Raúl es sus ‘vacaciones’ porque tiene la lengua un poco estropajosa, juraría que balbucea, y eso es síntoma de que ha vuelto a tomar su ‘medicación’, que es como ella a su amigo Johnnie Walter. Me dice que me quiere, que me quiere mucho y que quiere también a alguien que ha pasado por su lado en ese momento (posiblemente una criada), que quiere a todo el mundo, y es que cuando le da al Black Label se poner de lo más cariñoso en plan comunión celestial. “Nos vemos el martes” dice, y cuelga. ¿El martes? ¿Esa es su manera de decirme que viene a Nueva York? ¿O es que en su estado de ‘felicidad terapéutica’ no tiene claro que hay unos 6000 kilómetros que nos separan? 

Espero que ese “nos vemos” signifique que me va a poner una videoconferencia, porque el martes es mi gran debut y lo que menos me apetece es tener a mamá acaparando la atención que me corresponde. Debo relajarme, todo está en marcha, ya va todo rodado. Sólo me tengo que preocupar de estar lo más relajado posible en estado de nirvana constante, cosa básica para mi cutis y fotogenia. Cosa que será así mientras no aparezca mamá por aquí, nadie se de cuenta que Mr. Gatos tiene otra familia y no precisamente asiática… y no se corte la luz y se me descongele el arcón frigorífico que hemos alquilado hasta el martes, porque la verdad es que lo que hemos guardado en él no está muy ‘fresco’ que digamos.