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EL CRACK (el serial) - Capítulo XVI

Viernes, 30 Enero 2009

Todo lo que necesito es una buena idea 

starbucks.JPG 

Mi primer día en Traill Funeral Home había llegado. Había transcurrido una semana después de que aceptara el trabajo. El Sr. Traill insistía en mi inmediata incorporación, pero para mí eso era inviable porque 1) no quería parecer ansioso por cobrar mi primer cheque funerario y 2) tenía muchas cosas que preparar antes de ‘revolucionar’ el sector con mis grandes ideas. Al principio, he de confesar, sólo acepté por el dinero. Haber pasado por la experiencia de la tienda de cómics me había hecho valorar el dólar con un nuevo cariño, respeto e veneración. Pero después empecé a imaginar todas las posibilidades de ese nuevo puesto que me ofrecían y que en principio me había parecido peor que mi etapa comiquera. Lo peor de trabajar en la tienda eran las preguntas de los clientes que te consultaban como si fueras un oráculo. Siempre me ganaba la bronca del encargado. “Tienes que estar al día de todo y sugerirles que compren los números exactos en donde se aclaren sus dudas”. Por lo visto era un sacrilegio no saber en qué número Batman descubre que tiene un hijo o en el que Superman se convierte en un ser de energía azul pura. Aún recuerdo el último día en la tienda, cuando se me acerca un chaval de unos trece años y me pregunta “me he perdido algunos números de Uncanny X–Men y ahora no sé por qué el equipo vive en San Francisco”. ¡Y yo que creía que todos los superhéroes vivían en Nueva York, el único sitio del universo en que se puede ir por la calle embutido completamente en Lycra sin que nadie te dedique una segunda mirada! Por una vez me sentí creativo y contesté a la pregunta sin titubear. “¿San Francisco? Ummmm, déjame pensar. Sí, eso es porque todos los X–Men han salido del armario, y si compras los últimos cinco números de la serie verás mogollón de sexo explícito entre el tío grande de metal y ese de las gafas rojas que lanza rayos”. Una vez que sigo las recomendaciones del encargado y  me gano una bronca de aúpa (a pesar de que vendí 5 cómics).  

En la funeraria va a ser todo diferente. Se me da de muerte, con perdón, organizar fiestas. Sólo tengo que hace los ajustes necesarios para que en vez de pasarlo bien la gente se pueda regodear en su tristeza, que es más o menos pasar a la fase de las fiestas en que todo el mundo está trompa y se lamenta de lo mal que le va la vida. Pero en el fondo es lo mismo, la gente lo que quiere es algo con buen gusto que la gente pueda decir después “el mejor funeral ha que he asistido es el de…” Mi único problema es que estas ‘fiestas’ no son planificables, la gente no te llama y te dice “hola, quiero que organices mi funeral para dentro de dos semanas”, es algo que deben prever mucho antes y sin fecha. No es problema, ya se me ocurrirá algo. 

En mi primer día como ¿funerario? (nota: tengo que buscar un nombre más glamoroso para lo que ahora hago) resplandece un sol de enero fantástico, buena señal. A las puertas de Traill Funeral Home hay una chica de unos 22 años. Bueno, no soy adivino, he visto su edad en su résumé, la he contratado yo. Ayako va a ser mi nueva asistente. Llamé a una vieja amiga que trabaja en una empresa de organización de eventos de moda para que me pasara algún curriculum vitae que me fuera útil. Cuando llego a su altura de la chica le echo un buen vistazo de arriba a abajo. 

–¿Ayako?

–Sí, Mr. Ridao. La vuelvo a mirar atentamente. 

–Menos maquillaje, nada de pantalones, nada de rojo o amarillo, prohibido los maxi complementos, vetados Donna Karan y Armani, siempre tacón alto, medias sólo si aportan algo, no repito las cosas dos veces, no me gusta escuchar la voz de mis asistentes, no existe el horario laboral, cualquier hora es horario laboral. ¿Comprendes?

Hai, Mr Ridao. Me he permitido traerle un café para comenzar la mañana.

–No sabes cómo me gusta el café –le digo glacialmente.

Hai, por eso he traído de todo un poco –recoge una caja que tiene en el suelo a sus pies donde hay media docena de vasos cerrados de Starbucks con post-its sobre las tapaderas– para que elija.

–Café con leche, no muy cargado y azúcar moreno. 

La observo mientras saca uno de los cafés y lo adereza con azúcar que lleva en su bolso. Me gusta su estilo. No como el traidor de Richard, mi ex-asistente, que siempre me era útil a posteriori. Sí, me sacaba de comisaría, pero no evitaba que terminara allí. Sí, conseguía recuperar todo tipo de objetos y prendas que me iba dejando en casas de mujeres a las que no quería volver a ver, pero no evitaba que me dejara aquellas cosas olvidadas. Un buen asistente tiene que adelantarse siempre a las necesidades de su jefe. Ayako prometía. 

Entramos juntos en la funeraria. Jerome estaba barriendo. Ya me conocía así que no salió espantado a balancearse en plan autista mientras tarareaba si cesar sus melodías… hasta que reparó que iba acompañado por una cara desconocida y se descompuso en uno de sus ataques. Seguí adelante en busca de Traill. 

–Buenos días, Ridao.

–Buenos días, Traill.

–¿Quién es su amiga?

–No es mi amiga, es mi asistente. Va a ser mi mano derecha.

–Rafael, me temo que no podemos pagar otro sueldo –me dice el bueno de Mr. Traill con cara de preocupación–, ya hemos sido muy generosos con el suyo y no…

–No se preocupe, Traill, está en prácticas. A estas chicas no se les paga. Ellas están encantadas de trabajar gratis, es experiencia. Sobre todo para ella, que es japonesa. Ya sabe que los japoneses son muy trabajadores y poco conflictivos, quitando a la yakuza, claro. Además a estas chicas de práctica se las quema en seis meses y después pillas a otra, y ya está.

–¿Es sorda? –me pregunta Traill preocupado por mi franqueza justo delante de ella.

–No, sorda no, licenciada en periodismo y relaciones públicas. 

Ayako no pierde la sonrisa y le ofrece un café a Mr. Traill enumerándole los tipos que le quedan dentro de la caja. 

*** 

Llamo a Warren a media mañana. Quien me coge el teléfono me dice que no sabe dónde está, que debe haber subido al último piso a tirarse de una ventana o en los lavabos cortando las venas porque uno de los fondos que gestiona se ha quedado al 10% de su valor. Yo sé que Warren no haría algo tan frívolo como suicidarse… sin avisarme. Sabe que no le perdonaría que me dejara en la calle de esa manera, aún vivo en su apartamento.  

Por fin lo localizo en el móvil. Le suplico que coma conmigo y que anule su cita con no-sé-quién de la Comisión Reguladora de la Bolsa de Nueva York. Me dice que no puede, que lo están investigando, que puede ir a la cárcel, que con los tiempos que corren cualquier metedura de pata puede salir cara. Yo lo tranquilizo y lo convenzo de que anule la cita alegando que está enfermo y que coma conmigo en el Four Seasons, que es muy MUY urgente. 

Nos encontramos en la esquina de la 52 con Lexington. Ayako me acompaña siempre tres pasos por detrás de mí, es una costumbre japonesa que me parece muy bonito conservarla. Entramos en el restaurante y el maître nos pregunta si deseamos mesa para tres refiriéndose a Ayako como posible tercera comensal. 

–No, sólo para dos, ella esperará aquí fuera.  Warren señala que tengo un comportamiento “cruel” con mi asistente, pero no insiste porque va a ser él el que pague la langosta, y lo sabe. 

–A ver, ¿qué es eso tan importante como para anular una cita con la Comisión? –me dice frente a unos entrantes de carpaccio de atún.

–Tengo un problema, me he dado cuenta que mis clientes, en mi nuevo trabajo, están todos muertos –me mira no dando crédito a que me haya dado cuenta a estas alturas–. Lo que quiero decir es que cómo se le ofrece tus servicios a gente que ya no decide.

–A veces me sorprendes, Rafe. No me puedo creer que me hayas hecho venir para esto.  

Tira la servilleta realmente exasperado sobre la mesa. Pero mi cara de cachorrito huérfano que tan buen resultado da con las mujeres se revela también efectiva con él.  

–Rafe, no tienes que negociar con los muertos, sino con los vivos, ya sea antes de que se mueran o con los que quedan tras de él.

–Sí, lo sé, lo sé, pero esta mañana compré todos los periódicos para ver qué peces gordos habían caído hoy, pero descubrí que una vez que aparecen en el periódico ya tienen cerrado todos los flecos del funeral, es decir, que llego tarde.

–La cuestión es que tienes que cerrar el negocio antes de que se mueran.

–¡Pero yo cómo voy a  saber quién se va a morir! ¡¿Qué quieres, que me pase el día en los hospitales como los picapleitos busca-indemnizaciones?!

–A veces eres obtuso, Rafe. Este no es un negocio a corto plazo, sino a medio-largo. Piensa en los seguros. Lo que tienes que hacer es demostrar cómo son los funerales que tú organizas y extender la fama de que son los mejores de la ciudad. Los contactos ya los tienes…

–Esa idea no está nada mal. Lo que tengo que hacer es un evento promocional.

–¿Evento promocional?

–Sí, un funeral-degustación. Invito a todo el mundo y les muestro lo elegantes y lo amenos que son nuestros funerales.

–No era eso precisamente lo que yo… 

No lo dejo terminar. Le hago señas a Ayako para que entre en el comedor y tome nota de lo que se me va ocurriendo. 

–Apunta: Invitaciones. Pide cita para ver al decorador Jean-Hugues de Chatillon. Hazme una lista con los mejores floristas de la ciudad… No, olvídalo, contacta directamente con Raul Ávila. ¿Qué más? Sí, el catering… Consulta mi agenda, tengo docenas de empresas de catering puntuadas según su calidad. ¿Qué más me falta? ¿He dicho las invitaciones? Sí. Algo se me olvida, estoy seguro.

–Señor, ¿le traigo una silla a la señorita? –interviene un camarero que obviamente no le gusta que Ayako esté de pie en medio del restaurante.

–La señorita está bien de pie –le replico–. Olvido algo, ¿qué más me hace falta?

–Pero está incomodando al resto de la clientela.

–Está bien, tráigale una silla, pero no va a comer nada. ¿Qué más? ¿Qué más? ¡Ya! Apunta Ayako: un muerto, necesitamos un muerto.