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EL CRACK (el serial) - Capítulo XXVII

Viernes, 1 Mayo 2009

¿Esto es la madurez?

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Belinda me quitó la copa de la mano. Parecía que ya me hablaba otra vez con normalidad. Nada como que la gente piense que estás tan al límite como para suicidarse para que todos empiecen a tratarte como un ser humano con sentimientos. Pero no terminaba de aprobar que hubiera secuestrado a un camarero en una esquina y me hubiera bebido la mitad de las copas que llevaba en la bandeja. Necesitaba ánimos. La teoría era fácil, sólo tenía que decir: “mamá, esta boda queda suspendida, he descubierto que tu prometido es un gigoló profesional”. Pero la práctica era bien distinta: era mi madre a la que tenía que chafarle la boda. Si lo hacía cabían dos posibilidades, que le rompiera el corazón, cosa aceptable y que se tenía merecido por ir con hombres tan jóvenes, o que ella me sacara el mío con sus propias manos porque aún no había nacido el que le estropeara los planes. 

–Beber no soluciona nada –me recrimina Belinda.

–No, pero para cuando despierte de la borrachera, con un poco de suerte, todo habrá terminado.

–Habla con ella –me dice empujándome hacia donde está mi madre–, no puedes dejar que se case con un cazafortunas.

–Ven conmigo –le imploro.

–Ni loca.

–Bel, te lo pido por favor, ven conmigo. 

Acepta de mala gana y pone cara de “¡lo que hay que hacer por amor!”. Nos acercamos a donde la anfitriona es el centro de atención. Hago una pequeña broma y pido disculpas por secuestrar a ‘la novia’.  

–Antes que nada quiero presentarte a Belinda, mi novia –al instante siento un pisotón demoledor, pero ya es tarde, lo he soltado y es oficial.

–Encantada, querida, me alegro mucho por los dos, hacéis muy buena pareja. ¿Cómo se lo ha tomado Puppy? 

–Puppy y yo hace ya tiempo que no salimos, somos sólo amigos.

–¿Entonces por qué te la has traído? ¿Qué es esto, una de esas relaciones modernas?

–No la he traído, ha venido ella sola porque tú la invitaste.

–Da igual, ella siempre da color a las fiestas, pero no puedo dejar que se acerque a Ivana porque esta chica tiene tendencia a hablar sobre operaciones de estéticas e Ivana está muy sensible últimamente con el tema. Creo –nos dice en voz baja– que su cirujano le ha dicho que como le siga estirando la piel se terminará volviendo transparente. 

Se ríe ante su maldad y no cae en que ella ya empieza a ‘trasparentar’ por lagunas zonas. 

–Es un placer conocerla, Señora Ridao –le dice Bel.

–Por poco tiempo, querida. La verdad es que estoy desolada, porque han sido muchos años con ese apellido.

–Pues se te ve muy sonriente para estar desolada.

–No seas tonto, eso es el Botox. Tuve un pequeño problema en la última infiltración y voy a tener esta sonrisa tan tensa durante un tiempo.

–Te sienta bien.

–Lo sé, por eso no he demandado a la clínica. ¿Te estás divirtiendo? –me pregunta cambiando de tercio.

–La verdad es que no me apasiona que papá esté aquí. Lo cierto es que me ha conmocionado. Pensaba que estabais en plena guerra por el reparto de bienes.

–Bueno, sí –dice haciéndome un gesto con la mano queriendo decir que es una nadería–, ya sabes como es tu padre. De ser un cabrito de cuidado pasa a ser el hombre más conciliador del mundo sin previo aviso. Estamos llegando a un acuerdo bastante generoso de su parte. Así que me dije, “¿por qué no?”, y lo invité a la boda. Creo que por fin hemos comprendido que nuestra felicidad no estaba en el matrimonio y el qué dirán ya no es lo que era.

–Hablando del qué dirán… Quería contarte algo vital, algo muy delicado, algo que hará que te replantees este matrimonio.

–Rafael, me asustas.

–El que debería asustarte es tu prometido. Ahí va, sin anestesia: Xavier es un gigoló profesional. 

Me mira con los ojos abiertos al máximo. Por un momento pienso que es el pavor y el espanto, la decepción y el dolor. Después me doy cuenta que no, que es también el Botox, y que simplemente está esperando a que termine. Así que se lo repito lentamente para que reaccione. 

–Xavier es un gigoló.

–Pues claro que sí, Rafael, ¡pero qué tonto eres!, por un momento me habías asustado.

–¡¿Lo sabes?!

–Por supuesto, ¿cómo crees que lo conocí? No recuerdo quién me pasó su contacto, pero llevo años usando sus servicios.

–¡Lo sabes!

–Creo que eso ha quedado claro –me dice Bel entre dientes.

–Y sin embargo te casa, ¡¿por qué?!

–Porque es lo que tengo que hacer. Llega un momento en la vida en que debes pensar con la cabeza y buscar la solución más satisfactoria pasando de lo que los demás piensen. El tiempo, al final, te pone en tu sitio. Y esta boda es lo más conveniente para mí en este momento. Confía en mí. 

Me da un cachetito y me sonríe afectuosamente (no, no, es el Botox). Se va y me quedo allí, petrificado, intentando digerirlo. Belinda me coge de la mano y me pregunta que qué voy a hacer. “Asistir a la boda de mi madre” le digo, y le explico que si ella no tiene ningún problema quién soy yo para oponerme. Es más, qué poder de veto real a la boda tengo. Tengo mi derecho al berrinche pero no voy a adelantar nada con ello, sólo pasar un mal rato. Si mi madre está convencida de que es lo que quiere hacer, pues buena suerte. Hay un momento en la vida que los hijos nos convertimos en padres de nuestros padres, y tenemos que tutelarlos y protegerlos, pero mamá está a años luz de ese momento. Sigue siendo una mujer fuerte y poderosa. Sabrá salir de este lío igual que se ha metido en él. Bel me besa y me dice que está muy orgullosa, que estoy siendo muy maduro. Si ‘ser maduro’ es resignarse, ya me lo podrían haber dicho antes y hubiera dejado de hacer el Quijote. 

*** 

En vez de hacerle regalo de bodas a mamá, ella me lo hace a mí. Nos compra billetes de primera para que hagamos la vuelta a Nueva York con todas las comodidades. No la veo especialmente feliz después de haberse casado, pero teniendo en cuenta que ha pasado tantos años terriblemente crispada en el matrimonio con mi padre, la nueva situación apática es un progreso. 

–¿Qué te dijo tu padre? –me pregunta Warren aprovechando que las chicas se han colocado los cascos para ver una película.

–Que quiere enmendar algunos errores que ha cometido. 

Antes de irnos me senté como una persona madura a conversar con mi padre. Ahora que no dependo de él, que ni siquiera busco su aprobación como ser humano, lo miro desde otra perspectiva. Allí estaba, sentado en un sillón de orejas frente a mí, y yo sólo podía pensar que no lo envidiaba. Tiene aspecto de hombre cansado. Siempre en tensión, siempre con la guardia alta. Siempre envidié su éxito en los negocios, esa capacidad de crear y dirigir un imperio financiero y estar continuamente preparado para cualquier contingencia. Creía que era algo que llevaba yo en los genes, pero me equivocaba. No soy como él y ahora no estoy tan seguro de querer llegar a serlo. Pensé por un momento que quizás era él el que debiera de tenerme un poco de envidia por mi manera inconsciente y despreocupada de discurrir por la vida. 

–Rafael, hijo, ya ves que he llegado a un entendimiento con tu madre. La semana que viene nos encontraremos en Nueva York, antes de que ella se vaya de luna de miel y yo vuelva a España, y firmaremos un acuerdo de divorcio con el que todos saldremos ganando. Este cambio de rumbo me ha hecho recapacitar y he pesando que quizás no haya sido justo contigo tampoco –¡¿quizás?!–. Por eso he pensado que debo asumir el compromiso que tengo como padre y me parece que la mejor manera de hacerlo, la única que se me ocurre por ahora, es pasándote una pensión. Algo que te ayude a mantener el nivel de vida que te mereces como hijo mío. He pensado que quizás 3000 dólares al mes es una cifra lo suficientemente justa como para que te despreocupes del día a día y puedas dedicarte a sacarle jugo a tu vida, haciendo lo que realmente te motive y no te veas limitado por tener que subsistir. ¿Qué te parecer?

–No sé que decir –¿qué tal “pellízcame”?, no me podía creer que mi padre se hubiera vuelto tan… paternal, de pronto–. Me parece un gesto muy bonito. En serio, gracias papá.

–No se hable más. La semana que viene nos reunimos y firmamos los papeles que sean convenientes…

–No hace falta, papá, basta con que me ingreses el dinero, confío en ti.

–Rafael, las cosas se han de hacer bien. Me gusta hacer las cosas bien, ya me conoces.

–Si insistes. 

***

–¡Ay! –grito sujetándome el brazo de dolor–, ¿qué demonios haces, Warren?

–Me has dicho que te pellizque.