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Adrover ha vuelto… pero no el que conociamos.

Domingo, 12 Febrero 2012

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Ha vueltoooooooooo. Casi nos pilla por sorpresa, sí. Pero no, ya estábamos avisados de que Miguel Adrover volvía a renacer de sus cenizas cual ave Fénix en Teatro Latea, el mismo teatro del Lower East Side donde prensentó su colección Manaus-Chiapas-NYC, que hoy por hoy ha pasado ya a la Historia (con mayúsculas) de la moda. Y volvió un día 11, no sé cómo no le dio mal rollo, teniendo en cuenta que los atentados del 11-S jugaron un papel muy decisivo en su declive empresarial en aquella primera etapa de su carreta.  

Sí, estoy excitado por su vuelta. Adrover es al reconocimiento internacional del diseño español en los 90s lo que Sybilla fue en los 70s, salvando las distancias, claro. Y ahora que lo pienso, ¿por qué hablo de “diseño español” cuando Adrover siempre ha sido un verso suelto. De hecho creo que le debe repatear que insistamos en otorgarle el papel de buque insignia del diseño patrio. Pues nada, que me perdone, que me desdigo, que Adrover solo representa a Adrover.

Pero eso no evita que esté excitado con la vuelta de su firma después de ocho años de ausencia. Bueno, es cierto que una excitación similar a la viví hace unos años cuando Adrover reapareció en Nueva York de la mano de la firma alemana de eco-moda Hessnatur. Con motivo de su reaparición lo entrevisté para B-Guided y me resuena en la cabeza una frase que cobra sentido ahora: “La paciencia y el saber esperar son virtudes olvidadas y para mi armas de doble filo”. Bueno, sinceramente la segunda parte no lo comprendo aún… pero dejémoslo estar.

La aglomeración de primeras espadas del periodismo de moda y el estilismo en la presentación de Out of my mind, su colección otoño/invierno 2012/13 ha sido estremecedora. Se notaba que había hambre de Adrover. Y no ha defraudado, porque ha hecho lo que se esperaba de él, lo que lo encumbró: ha deconstruido ropa para recontruirla en algo totalmente diferente. Él describe este proceso como si la bodega de un avión se abriera en pleno vuelo y los equipajes de su interior cayeran en medio de la Amazonia y el pueblo Yanomami adoptara la ropa que fuera en su interior para su uso personal y a su manera. A mí el resultado de esta colección me ha dejado un poco frío, porque si bien se basa en los mismos principios que aquellos vestidos creados a partir de trenchs de Burberry despiezados que lo catapultaron a la fama, lo que presentó ayer adolece de estructuración, de elaboración… no hay trabajo de diseñador. Por mucho que quiera, Anna Wintour no encontrará justificación para sacar esta colección en las páginas de Vogue en esta ocasión. Pero si lo que Adrover intentaba era presentar un punto de reflexión sobre el consumismo salvaje que opera en el mundo de la moda sí creo que es la colección adecuada para servir de revulsivo. 

En una entrevista que ha otorgado a WWD estos últimos días decía: “Un día, abrí mi armario, ví mi ropa y casi me puse a llorar. Después de haber estado con mis amigos de Cuba y Egipto, felices con apenas nada, me sentí triste. Tenía demasiadas cosas. Y me dije, me niego a comprar telas, me niego a utilizar las máquinas de coser y me niego a hacer patrones. Tengo que encontrar una manera de trabajar diferente y hacer algo nuevo. La moda tiene que cambiar“. 

Bueno, a mí también me entró ganas de llorar al ver esta colección. Pero él más feliz que un rucho salió a saludar con su melena suelta tocado por una pluma cual indio navajo más que como Yanonami.

Nueva York en clave masculina

Viernes, 9 Septiembre 2011

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Nueva York comenzó. Desde el miércoles estamos conociendo las nuevas propuestas para la primavera/verano 2012 de mano de los diseñadores que se dan cita en la Gran Manzana. Entre lo que deparó el primer día quiero destacar tres propuestas masculina. Ello no quiere decir que no me parecieran interesantes las colecciones para mujer presentadas, de las que me sedujo especialmente el look de ‘club de campo chic’ de Jenni Kayne, así lo denominó la diseñadora, al que le encuentro un allure sureño bien marcado (arriba a la derecha); y las relajadas piezas de Rachel Comey con paisajes estampados de la artista Rosemarie Auberson (arriba a la izquierda).

Pasando ya a las propuestas masculinas debo confesar que me gustó el trabajo que Garry Martin hace para DKNY. La colección se presentó en el edificio del Nasdaq MarketSite, muy coherente con el tono sastre que han imprimido a la propuesta, muy pensada para nuevos financiero, una nueva generación de yuppies que quieran comerse al mundo… o al menos lo que haya dejado la generación anterior. Una sastrería muy relajada completada con la parte menos formal de la colección, igualmente limpia en su concepción.

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Tim Coppens, del que os hablaba no hace mucho, vuelve a la carga con su peculiar mezcla del sportwear y la sastrería formal, una fusión que a pesar de su concepto vanguardista no raya a la vista y puede ser llevada por todo tipo de hombres de todas las edades. Lo más rupturista de esta propuesta son las chaquetas faquir con estampado que nos recuerdan al de las alfombras persas. Por lo general, una excelente selección de piezas que bien podrían ser fondo de armario, ¿por qué no?

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Y de Tim a Tim: Tim Hamilton por su parte se decantó por un estilo más ecléctico, a ratos chandalero, a ratos grounge, pero siempre urbanita y minimalista. Aunque la colección fue presentada a partes igual sobre el cuerpo de chicos y chicas, lo cierto es el una gran parte de ella tenía un claro matiz unisex (tirando a masculino).

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NY 9/2/11 - Nomadismo y prendas con historia

Viernes, 11 Febrero 2011

Ayer empezaron las carreras en Nueva York, una especie de yincana para asistir a los desfiles más interesantes que están programados hasta el día 17. Como en la temporada pasada, voy a poner mi mirada en aquellas colecciones que tienen menos cobertura mediática, no sólo por mi espíritu de justiciero enmascarado, sino porque a la postre me siento ridículo repitiendo una y otra vez topicazos sobre diseñadores que temporada tras temporada nos sorprenden poco. Empecemos con…

GILDED AGE

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Ropa como la de antaño. En serio. Esta firma se propuso darle un toque vintage a todo lo que produce y la verdad es que visualmente no puede ser más acertado. Esto de la ropa envejecida está muy en boga, las prendas con imagen de haber sido  ‘vividas’ se está imponiendo con fuerza. En Gilded Age se usa maquinaria de confección como la de antaño, tratamientos antiguos, algodón 100% orgánico, usan índigo natura para teñir la ropa…

GARY GRAHAM

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La colección de Gary Graham se regodea en su vertiente más bohemia, rescatando prendas muy años 70 y étnicas, como túnicas beduinas o el punto que usaban los pastores ucranianos. La trashumancia y el nomadismo puede leerse entre líneas en la propuesta estética de Graham que nos deja la retina impactada con unos looks abigarrados e hipnóticos y nos recuerda que la influencia de la moda urbana no siempre está en las grandes ciudades.

Karen Bizer, diseñadora de joyas: “me interesan los detalles invisibles que sólo pueden disfrutar los dueños de las joyas”

Mircoles, 28 Julio 2010

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Soy muy fan de la alta joyería norteamericana, porque mantiene un fino equilibrio entre la comercialidad, el lujo y el arte… y porque no ha sucumbido a la destructora influencia del minimalismo artístico de muchos diseñadores de joyas europeos (y en especial españoles). Un buen ejemplo de lo que quiero exponer es Karen Bizer, que me fue descubierta por una colega editora que ha viajado recientemente a Nueva York y traía en su móvil algunas fotos de su piezas (los casi 5.000 dólares del anillo que me mostraba lo hacían inaccesible a su plan de shopping neoyorkino). Karen Bizer viene del mundo editorial, en los 80s trabajó en WWD y la revista W, y si nos atenemos ala experiencia, la gente que ha pasado por el mundo editorial suelen ser magníficos diseñadores (véase Vera Wang). Así que no podía menos que ponerme en contacto con ella y profundizar sobre su universo creativo.¿Cómo nace en ti el interés por la joyería? Mi interés por la joyería viene como una consecuencia natural de mi interés de siempre por la moda y mi amor al arte y su historia.

¿Tu paso por el mundo editorial (de moda) te es útil en tu nueva faceta? Mi experiencia en la moda ha sido muy útil diseñando joyas porque me ha proporcionado bastantes conocimientos sobre diseño de joyas e historia de la joyería. También me ha sido útil para poder editar mi propia colección y trabajar todas esas ideas que es necesario sopesar en el proceso que te lleva a tomar las decisiones finales sobre qué incluir y qué no en la colección.

¿Con qué piedras o gemas trabajas más a gusto? Mis piedras favoritas incluyen los ópalos, el chrysoprase, los granates mandarin y demantoid, la turmalina de Paraiba y, por supuesto, los diamantes.

¿Y tus influencias más directas? Me interesa el oro tradicional de alto quilataje y las técnicas de orfebrería, así como las joyas antiguas del siglo XX, en particular el periodo Art Decó.

¿Cómo es el proceso de diseño de una joya? ¿Empiezas a partir de una piedra determinada o tienes la idea del diseño en la cabeza y buscas la piedra que se ajuste a ella? Suelo comenzar por los materiales, una piedra de color, por ejemplo, que sirve de inspiración para el siguiente paso del proceso de diseño, el borrador que termina convirtiéndose en el boceto de trabajo que marca la producción.

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¿Qué te inspira a la hora de diseñar? A mí me inspira el buen diseño, ya sea el trabajo de forja de una reja de hierro de Central Park o las sensuales y suaves curvas de un coche antiguo.

¿De qué pieza o piezas te siente especialmente satisfecha? De lo que más estoy orgullosa es del diseño y la complejidad de mis anillos. Cada detalle ha sido, creo, considerado con acierto, desde la parte interna del anillo grabada con un signo de la buena suerte, a las paredes que son talladas a mano y a veces llevan un micro-paveé de diamantes. Estoy especialmente orgullosa de esos  aspectos que dan placer sólo a sus portadores, cosas que nadie más nota o repara en ello.

Signos de la buena suerte ocultos en los anillos… ¿es importante para ti la parte ‘espiritual’ de las joyas? Sí, me gustan los signos de la buena suerte. ¿Quién puede resistirse a la buena suerte?

Cuando realizas piezas a medida por encargo, ¿los clientes tienen claro lo que quieres o te dejan libertad creativa? No, ellos no suelen venir con una idea clara. Es un proceso que comprende mucha comunicación entre el cliente y tú y una pizca de psicología.

www.karenbizerfinejewelry.com

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Las chicas son guerreras en Nueva York

Martes, 16 Febrero 2010

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Nueva York es una dinamo que nunca para. Cada temporada una larga lista de nombres nuevos se hacen hueco en el altamente competitivo calendario de la New York Fashion Week. Nombres que tiene muy claro que esto no va de llegar y besar el santo, sino que ‘estar’ no es lo mismo que atraer la atención del sector. Conseguir que a tu desfile vayan primeras figuras del periodismo y representantes de las publicaciones más importantes es una ardua tarea de años que no llega siempre a buen puerto. Tienes que tener un buen relaciones públicas, debes mantener una intensa actividad que haga tu nombre como diseñador interesante, debes fomentar la amistad con los editores de moda… y puede que algún día se monte un revuelo cuando Anna Wintour pise el espacio que has elegido para mostrar tu colección.

Como uno no es Anna Wintour y no se hace tanto de rogar, está ojo avizor de los nuevos nombres que Nueva York atrae, y hoy voy a compartir con vosotros alguna gente a la que le auguro un futuro prometedor… ahora bien, que se terminen cumpliendo mis augurios lo dejo en las manos de los diseñadores.

Empecemos por Kimberly Ovitz, que en verdad mostró su ropa dos días antes de que diera comienzo la semana de la moda, movimiento muy inteligente por su parte, porque es más fácil atraer a la prensa aburrida y ansiosa cuando nadie más desfila que cuando tienes que competir con Carolina Herrera o Zac Posen. Esta californiana de 27 años lanzó su marca en la primavera de 2009, pero no es una recién llegada porque con tan solo 14 años ya consiguió su primera práctica en una firma de moda, J.Crew, después pasaría por las revistas W y Harper’s Bazaar y por el estudio del desaparecido fotógrafo Herb Ritts. También estuvo al lado de Karl Lagerfeld en Chanel y a su vuelta a Los Ángeles entró a formar parte del equipo de diseño de Tara Subkoff en la firma de culto Imitation of Christ… y muchas otras cosas que la envalentonaron para sacar su propia colección. Está colección su cuarta colección, la segunda mostrada en Nueva York, y se ha inspirado en las fotos de los anuarios de su alma mater, Brown University, de 1898 y 1930, pero dándole un giro radical hacia el futurismo de The Matrix.

Abigail Lorick (Lorick New York) es otro nombre que se está haciendo a fuego lento. Con 18 años esta joven de Florida cruzó el atlántico para trabajar como modelo en las pasarelas de París y Milán, la moda era su pasión y no pensaba que la claustrofóbica sociedad sureña se la frustrara. En 2003 se traslada a Nueva York para estudiar en la Fashion Institute of Technology y para 2004 ya estaba diseñando toda la colección de la firma T.S.Dixin. Su firma con su propio nombre debutó en al primavera de 2007. Me gusta en especial su toque retro y la selección de texturas en sus diseños. Aún necesita refinarse estéticamente pero promete.

Directa de la sexta edición del reality Project Runaway nos llega Irina Shabayeva, una georgiana criada en Brooklyn, que tiene un sentido estético muy teatral y espectacular. Esta su primera colección tras Project Runaway tiene como centro de inspiración los pájaros, donde no faltan las prumas, ni reales ni pintadas. Pero hay que destacar el uso que hace de las pieles, porque mientras estudiaba en la Parsons ganó el prestigioso premio Saga Design Award que le posibilitó estudiar diseño en pieles en Dinamarca.

Son jóvenes, están preparadas, tienen estilo… ¿el futuro de la moda está en manos de las mujeres?

Spurr: un estilo muy americano (pero él es inglés)

Martes, 15 Septiembre 2009

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No puedo abstraerme de Nueva York.  Desde que ha empezado me llueven los mails con imágenes de lo que se está presentando. Una vez más voy a ignorar lo que se va a mostrar en todos los medios y voy a tratar de dar luz a propuestas interesantes que no tienen cobertura mediatica en España.

En concreto me gustaría mostrar la colección de SPURR. Sí, suena a niño chicho que espurrea la papilla en la cara de su madre/padre, pero la verdad es que es el apellido de un diseñador que ha sido todo un descubrimiento para mí.

La colección para la primavera 2010 de Simon Spurr es un estudio de la silueta tradiciona, de cortes limpios, donde el uso del color tiene un papel destacado. Hay sutiles toques años 60 y 70 que reflejan que ha tomado inspiración de las fotografías vintage de Helmut Newton. Esta temporada Helmut Newton es tendencia en la moda femenina, con sus amazonas de curo negro que viajan en el límite entre el cine negro y el mundo de la dominación sexual. Sin embargo los hombres Newton son sibaritas refinados, un poco gigolós, un tanto vividores, y un mucho aristócratas de la vieja Europa. Y todo eso lo ha sabido recoger Spurr en esta colección correctísima y elegante. Refinamiento y romanticismo (nada ñoño).

Simon Spurr es inglés, nacido en 1974, a mi juicio una añada de creativos inmejorable (yo nací en el 74). La visión comercial de sus colecciones no es gratuita, sino resultado de 12 años en el sector formándose en firmas como Calvin Klein, Ralph Lauren Purple Label o Yves Saint Laurent de la mano de Hedi Slimane. Debutó en solitario en 2006 y su prestigio se ha ido consolidando poco a poco, hasta este año en que ha sido semifinalista este año en el Ecco Domani Fashion Fundation Award para diseñadores de moda masculina.

La idiosincrasia Spurr es muy americana. La moda masculina americana tiene una personalidad muy propia. Mientras que el estilo italiano es muy sartorial y lujoso, y el francés es chic y ultramoderno… los americanos mantienen los pies en el suelo. Quieren un traje que atraiga las miradas pero solo de admiración, no quieren que se cuestione su elección. Buscan lujo pero dentro de la ponibilidad diaria. Esto es porque Nueva York es una ciudad trepidante en la que seguramente vayas a los clubs desde el trabajo sin pasar por casa para cambiarte. Buscan un uniforme all-whole-day  (para todo el día). Yo en ese sentido soy muy ‘americano’.

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Nueva York empieza… observa bajo su pasarela

Mircoles, 9 Septiembre 2009

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Hoy comienza la Semana de la Moda de Nueva York y a estas alturas muchos periodistas, estilistas y editores de moda han surcado el atlántico, lo están haciendo o se preparan para ello. Yo paso en esta ocasión. No me apetece molerme la espalda en un avión en clase turista para cuatro días. La verdad es que el evento ya cuenta con 9 días de desfiles y presentaciones, pero son pocos los que están todo ese tiempo, sino que vas sólo a lo que más te interesa. Y en este caso es… ¡la moda española!

Pues no, yo no voy a Nueva York para ver qué hacen los diseñadores patrios, eso que me lo enseñen aquí en España. Pero es encomiable el esfuerzo que están realizando para internacionalizarse. Pero no me interesa, no me interesa en absoluto… Eso sería como ir de turismo a Francia y comer tortilla española. ¡No, si vas a Francias has de comer tête pâté o bouillabaise (bueno, a mi no me gusta la cabeza de cerdo en gelatina ni la sopa de pescado y siempre termino comiendo sándwiches mixtos, pero me pillan la idea, ¿verdad?).

No todos los que van a Nueva York tienen pensado currarse la semana de la moda. A muchos les dice su redactor jefe “te mando a Nueva York, tráeme un reportaje estupendo de la influencia de los Españoles allá, con un enfoque humano, que conecte con la gente de la calle” y el periodista de turno se hace el viaje, va al desfile de Custo, al de Davidelfin y el enfoque humano lo reduce a un par de comentarios de la delegación española diciendo lo maravilloso que es presentar allí. El resto del tiempo se dedican a hacer turismo y comprar gadgets electrónicos que le han encargado sus amigos.

Pero aún quedan periodistas de raza que se preocupan por pedir invitaciones a otros desfiles y se corren la ciudad de norte a sur, de este a oeste, varias veces cada jornada. Pero es un calendario tan amplio que al final se pierden y van a los desfiles de siempre, sota caballo y rey… Oscar de la Renta, Calvin Klein, Donna Karan. Básicamente porque en esos desfiles son donde dan los mejores regalitos de prensa, seamos sinceros, pero somos tan panolis que no nos damos cuenta que los regalitos sólo son para los asientos de primera fila… a no sr que los robes, lo que me lleva al post del otro día en que explicaba cómo okupar asientos de primera fila que no te pertenecen.

Lo verdaderamente interesante de Nueva York no está en su programa oficial, el que se celebra en la carpa de Bryant Park (esta es la penúltima temporada que se celebra allí, a partir del próximo septiembre se emplazará en el Lincoln Center), sino en todo lo que lo rodea, en los desfiles organizados fuera de las carpas, y si me apuran lo verdaderamente interesante ni siquiera está sobre la pasarela, sino en las ‘presentaciones’ en plan showroom.

Pongo un par ejemplo de descubrimientos de la pasada edición:

Por un lado Tom Scott (abajo), diseñador de Pensilvania formado en Scottish College of Textiles y especializado en el punto. ¡Es un mago del tejido de lana y entre sus puntos de venta internacionales se encuentra Colette de París o Journal Standard de Tokio. Ha sido freelance para gente como Calvin Klein y ha trabajado para Ralph Lauren, y en 2001 lanzó su propia firma empezando con accesorios y añadiendo ropa un par de años después. Su nueva colección se podrá conocer el día 10 y  yo mataría por uno de sus jerséis de agujero (no tomen lo de que mataría textualmente… bueno, depende de a quién).

Otro descubriendo es Johannes Faktotum (arriba), que no engañe el nombre, se trata de una chica que hace moda masculina inspirándose en los uniformes de los artesanos ambulantes alemanes conocidos como los zimmermann. Johanna Bloomfield, que es la diseñadora, se formó al lado de gente tan tan tan importante y vanguardista como Bless o Rick Owens. Ella presentará el día 13.Y así podría seguir hasta la extenuación reseñando cosas interesantes que se presentan en NY fuera de pasarela, y que lamentablemente no ‘merece’ reseñas de las principales revistas… que se deben a sus anunciantes.

¡Yo, la voz de los desheredados de la moda comercial, juro que nunca más pasarán desapercibidos! (A no ser que un sponsor fuerte ponga el ojo en el blog y me condicione los contenidos)

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El misterio Trias. (o ‘Un post sin foto’)

Martes, 1 Septiembre 2009

No hay nada como hacerse el misterioso para que los medios vayan detrás de ti como perillos falderos en busca de la noticia. De pronto alguien publica que un tal Joaquín Trias va a debutar en Nueva York y todos nos desquiciamos con dar con ese maravilloso talento ignoto. La perdiz fue soltada por Eugenia de la Torriente, de El País, profesional como la copa de un pino, y todos hemos sacado la escopeta para darle caza. Pero la gracia de esta persecución está en que no sabemos qué aspecto tiene nuestra pieza.

No malentienda, ya hemos visto el retrato de este supuesto genio que va a presentar algo rompedor. Su firma tiene un añito y esto que va a presentar en Nueva York va a ser lo primero que produzca, así que creo que todos estamos poniendo demasiadas esperanzas en algo que no tenemos ni idea de por dónde irán los tiros. El único aval que por ahora presenta este chico de 28 años es su estirpe aristocrática y el asesoramiento de la que fuera directora de Telva, Covadonga O´Shea, además de haber contratado los servicios de la agencia de Paul Wilmot para su debut.

El misterio se agudiza cuando se publica que se niega a que nadie vea su trabajo, nisiquiera las modelos que hacen el fitting a las que les venda los ojos. Explica que va “a contracorriente, pero la idea es tan clara y potente, que funciona. En EE UU apreciaron esa seguridad“. Pues chico, yo como editor de moda, siempre he mantenido la filosofía de “ver para creer” y si no me enseñas la ropa no voy a apoyar tus palabras porque ya me he encontrado a muchos diseñadores que dicen de si mismos ser la bomba y después, al ver la colección, te das cuenta que son una reedición chapucera de Oscar de la Renta. A mí, para empezar, tanto secretismo me escama, me suena a que no tienes gran cosa que mostrar por el momento. Es como cuando te olvidas de comprarle el regalo de aniversario a tu pareja y le dices que es tan especial que prefieres dárselo en una cena espectacular con la esperanza de ganar unas horas para ir a comprarlo. ¿O es paranóia? Todos, prensa y modelos, son espias de mis adversarios (que no tienen ni idea de quién soy) y quieren vampirizar mi talento, ¡pues no los voy a  dejar! Y también me tira para atrás ese tono de esnobismo al afirmar que el producto es demasiado innovador para España. Eso no lo dice él, sino Ángel Sartorius, director de la empresa, pariente del diseñador, que remata con un tajante “en España se vive muy bien de la subvención, pero hay que ponerse a producir“. Lamentablemente estoy de acuerdo con él, y es algo que siempre denuncio, pero me gustaría saber cuánto van a tardar ellos en pedir subvenciones. Si no fuera por la terrible opacidad de las subvenciones… ya nos enteraríamos.

Pero no quiero que esto parezca un ataque al diseñador. En ninguna medida. Lo que no me gusta es esa campaña de secretismo como anzuelo para incautos periodistas. Yo por mi parte me niego a caer en su trampa… ¡Espera! ¿No es lo que acabo hacer? Da igual. Le doy el beneficio de la duda hasta ver su colección. Hasta entonces me importa un pito su biografía y de dónde viene, eso puede funcionar para salir en ¡Hola!, pero yo sólo entiendo el lenguaje del diseño.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XXVIII

Viernes, 8 Mayo 2009

¡Por fin pensionista! 

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Los taxis de Nueva York huelen mal. Huelen a étnico. Huelen a yerbas exóticas. Los taxis son como los restaurantes, los hay paquistaníes, italianos, latinos, hindúes… Y cada uno tiene su olor característico que te impregna hasta el tuétano. Otra cosa que comparten con los restaurantes es el nivel de limpieza. Los hay que pueden pasar cualquier inspección de sanidad y los que tienen que tener preparado ‘el sobre’ para que el inspector no se fije en los rincones de mugre. Cuando llevas un carísimo traje italiano y un halo de Egoïste de Chanel, subirte a un taxi es bastante traumático, pero siempre mejor que bajar al averno del metro. Y los taxistas son como las cartas de los restaurantes, las hay inteligibles, con una buena traducción a un idioma reconocible, y las que representan todo un reto porque pides un plato que tiene una sonoridad bonita y resulta que son criadillas de buey. Con tanta reflexión me ha entrado hambre.

Tengo una agenda extremadamente fácil para hoy. Cruzar la ciudad hasta Harlem, encargar un catering a un indocumentado, salir pitando de allí y reunirme con papá en el Yale Club, almorzar y firmar los papeles de mi pensión (¡me encanta!). El taxista me dice que estamos a tres manzanas de la dirección que le he dado, pero que no piensa adentrarse más en el barrio. Le digo que eso me lo tendría que haber dicho cuando le di la dirección, y no ahora, que no pienso pagarle. En seguida cambio de parecer cuando saca, no sé de dónde, un bate de béisbol. Pago y saco mi “puto culo blanco” (palabras del taxista) del mugriento taxi. Bueno, son tres manzanas, ¿qué puede pasar en tres manzanas?

Los edificios tienen por ventanas huecos de hormigón, sin cristales, sin carpintería metálica, sin nada… aunque en algún momento debió de haber algo que rellenaran los vanos. Son como cuencas de ojos vacías. Poco a poco voy cobrando consciencia de cómo desentona mi traje de Armani en este escenario. Seguro que a GQ se le ha ocurrido hacer algún editorial de moda en este barrio con modelos vestidos con carísimos trajes como el mío. La única diferencia está en que si un equipo de GQ estuvo aquí, seguro que lo hizo escoltado por media docena de coches patrulla. Es difícil saber cuál es el bloque al que voy porque no hay números visibles que sirvan de referencia.

—¡Ey, papito!, ¿buscas algo? —me espeta un hispano con acento puertorriqueño vestido con una chaqueta de béisbol, ¡por Dios, qué cliché!—, ¡ey, blanquito, te hablo a ti!

—Gracias, caballero —no me queda otra que responder—, estoy buscando a Mr. Cole, el de las costillas de cerdo en salsa.

—¿Y pa’ qué quieres a ese gordo sebón, blanquito? —me dice una voz a mi espalda que resulta ser un negro de dos metros que se acerca con unos cuantos amigos más de aspecto muy pandillero.

—Pues la verdad es que una clienta… ¡Ejém!, me dedico a organizar eventos —le extiendo una tarjeta, no sé muy bien por qué.

Coge la tarjeta y la tira sin ni siquiera mirarla, y se sigue acercando a mí, invadiendo mi espacio vital. No puedo retroceder, uno de sus colegas está justo a mi espalda.

—Como le decía, una clienta me ha pedido que contrate sus costillas para un catering y como no he podido encontrar el teléfono de Mr. Cole en la guía me he acercado…

—A nuestro barrio.

—Si fueran tan amables de indicarme… —me tienen emparedado.

—Me gustan tus zapatos —me dice el gigante negro.

—Uh, gracias, italianos, Ferragamo —me mira inexpresivamente.

—Me-gustan-tus-zapatos —¡oh, Dios, me están robando los zapatos!, me acabo de dar cuenta.

Me quito los zapatos y se los extiendo. Los recoge uno de los ‘colegas’ mientras otro registra mi chaqueta. Soy incapaz de oponer resistencia, estoy demasiado concentrado en no hacerme mis necesidades encima. Estoy tentado de dejar que la naturaleza siga su curso, al menos así no tendrán la tentación de violarme.       

Tal como todo empezó, termina. Se dan media vuelta muy flemática y desaparecen. Quizás porque ya no tienen nada más que robarme. Quizás porque no han querido tentar la suerte y ver cómo me harto y les planto cara. O quizás simplemente se debe a que un coche patrulla se aproxima.

—¿Se encuentra bien? —me dice el agente sin bajar del coche.

—¡No, no lo estoy! ¡Me han robado! —me miran dándome a entender que es obvio, no llevo zapatos. No creen que llevar un caro traje italiano sin zapatos sea la última moda.

—¿Va a presentar la denuncia?

¿Para qué? Me encojo de hombre. ¿Qué he perdido? Unos zapatos, 75 dólares y mi carnet de identidad. No tengo tarjetas de crédito desde que caí en desgracia, el banco me las retiró. Presentar un denuncia no servirá de nada, sólo para complicar más el día. Les pido que, por favor, me lleven hasta el restaurante de Mr. Cole para no tener que ir descalzo, pero me indican con la cabeza que lo tengo justo detrás. Y allí está, sin luminoso ni cartel indicativo. ¡Lo he tenido tan cerca!, si tan sólo hubiera echado a correr diez metros seguro que aún tendría mis zapatos.

El sitio es un verdadero antro de mesas con manteles a cuadros rojos y blancos y fotografías de boxeadores por las paredes. Mr. Cole es un orondo negro de al menos doscientos kilos (ahora comprendo por que lo llaman ‘el rey de las costillas de cerdo en salsa’, ha debido de comérselas todas) con el pelo blanco y largas patillas. Le explico que preparo un evento para una clienta, una pequeña fiesta en el jardín de la casa familiar de esta señora (me abstengo de comentarle que es uno de esos eventos informales de trasfondo político y color Republicano). Esta clienta tiene una amiga que ha leído en alguna revista que las mejores costillas de la ciudad son las de Mr. Cole (escrito probablemente por algún crítico en un acto supremo de esnobismo), y allá que Rafael Ridao se ha tenido que internar en el Harlem de las noticias de sucesos para dar con ese orondo señor que no tiene a bien tener teléfono en su restaurante y que por ello no aparece en el listín. Echo de menos a Ayako, este tipo de visita se la hubiera encargado a ella.

Cerramos el trato. Mr. Cole pondrá sus costillas para la fiesta, pero tendré que darle un adelanto en esta semana y mandarlas a buscar yo una vez cocinadas, el no envía los pedidos a domicilio. Cuando voy a salir a la calle reparo en que voy descalzo. Le pido a Mr. Cole si es tan amable de prestarme unos zapatos y darme dinero para un taxi, pero en esta parte de la ciudad la confianza en el prójimo brilla por su ausencia, así que me facilita unas chanclas mugrientas (y apostaría que con hongos) y me extiende un par de dólares.

—Mr. Cole, los taxis suelen ser un poco más caros.

—Ya lo sé, hijo —me dice—, pero es que aquí no va a poder coger un taxi, por esta zona no pasan. Lo que sí puede coger es el autobús, que para a un par de manzanas.

¡¿Autobús?!   

*** 

Sin zapatos y sin chaqueta. La he dejado en el autobús y no ha sido ningún descuido. Un adolescente me ha vomitado encima. Su madre se ha disculpado de manera muy sincera, sí, pero si hubiera llevado zapatos y dignidad, y no hubiera sido la única cara blanca en el bus, le hubiera exigido que me pagara el tinte. La verdad es que de todas formas no hubiera llevado esa chaqueta conmigo más tiempo en las circunstancias que ha quedado, ¡qué asco! He sacrificado a Armani muy gustosamente.

Llego en hora al Yale Club, en la esquina de la 45 con Vanderbilt Avenue. Saludo con la cabeza al portero pero se interpone en mi camino.

—¿Qué desea, señor? —llevo viniendo aquí desde que llegué a Nueva York, el portero me conoce, esto es inaudito.

—Tengo una reunión. Una importante reunión.

—Me temo que no puedo dejarlo pasar, señor, la casa exige un código en el vestir.

—¿Pero qué…? —vaya, es verdad, no me acordaba, llevo chanclas y voy sin chaqueta—. Pero usted me conoce, ¿verdad? Seguro que puede hacer una excepción.

—Lo lamento, señor, son las reglas.

—Seguro que tratándose de un caso tan especial… —¡maldición!, me he llevado mano a la cartera para sacar un billetito para facilitar su comprensión, pero mi cartera está con mis zapatos.

—Señor, me despedirían si cualquier socio viera que le dejo pasar.

—Pero no tienen por qué verme. Usted me dice donde está mi padre y entraré furtivamente, seré invisible.

—Lo siento.

Odio esa ‘gran dignidad’ de la que hacen gala los porteros. ¿Cómo puede alguien disfrazado de alférez levantar la barbilla y mirarme por encima del hombro de manera tan condescendiente? Se creen ‘la autoridad’ por llevar botones dorados. Me resigno, voy a llamar a papá por el móvil y que salga a solucionarlo… ¡Joder! ¡¿También me han robado el móvil?! ¿En qué momento? Vaya, sí, debe estar en la chaqueta… en el autobús.

—Mire usted. No voy a insistir —le digo al portero—, pero le voy a pedir que por favor entre ahí y avise al Mr. Ridao. Le dice que su hijo está esperándolo en la puerta sin zapatos ni chaqueta porque lo han atracado —me mira con recelo—. Le prometo que no intentaré colarme, le esperaré justo aquí, en la puerta.

—De hecho preferiría que no se quedara en la puerta —y me señala un espacio a cinco o seis metros de la entrada.

Esto es indignante y humillante, pero he conseguido que el mameluco del portero entre a avisar a papá. Al poco sale un joven con traje de raya diplomática que afirma ser enviado por mi padre. Le explico lo sucedido y me acompaña hasta una boutique cercana donde compramos un par de zapatos y una chaqueta nueva a cuenta de papá.

Por fin logro franquear la puerta. Sigo al lacayo elegante de papá hasta una de las salas de reuniones. No entiendo por qué papá insiste en cerrar lo de mi pensión mediante un acuerdo escrito, a mí me basta su palabra… bueno, me basta que me ingrese el dinero. Pero al final me he convencido de que está bien eso de tenerlo todo firmado por si en uno de sus cambios de humor se echa para atrás. Antes de entrar a la reunión hago una llamada a mi jefe para decirle que he cerrado lo de las costillas y me encuentro que algún tipo de crisis se ha desatado: la clienta amenaza con cambiar todos los planes y hay que convencerla de que la planificación original es lo más chic que se puede hacer en fiesta, y que nada nada puede superarlo. Sobre todo porque está todo contratado y tendríamos unas pérdidas colosales. Las palabras de mi jefe son cristalinas: me quiere en las oficinas en menos de diez minutos. Le digo que haré lo que pueda y cuelgo.

Sigo al secuaz de papá hasta la sala donde me espera. Y allí está él, sentado, con una copa de brandy en la mano, y siete tipos más que lo rodean. Enseguida los reconozco, son la plana mayor del departamento legal del banco familiar. Los cancerberos. Profesionales capaces de convencer a cualquier tribunal que matar con escopeta a niños de menos de tres años puede ser considerado una práctica deportiva. Hacen con las leyes lo que quieren, más si son fiscales y societarias.

—¿Todo esto por mí? —le digo a mi padre sorprendido por el conclave legal que ha montado.

—No seas tonto, Rafael, acabamos de firmar el acuerdo de divorcio pero ya se iban —pero no se van, sino que están todos allí, de pie, observándome—. Bueno, vamos allá.

Mi padre hace un gesto a uno de sus abogados y este saca de una cartera una carpetilla con un taco de documentos. Lo abre y me indica que firme al pie de cada página. Algo no me cuadra. Yo esperaba un papelillo en plan “Yo, Rafael Ridao me comprometo a pasarle 3000 dólares a mi hijo Rabel Ridao…”, pero no creo que para eso se necesiten, ¿cuántos folios tiene esto?, ¿cien?, ¿ciento cincuenta?

Llaman al teléfono del salón de reuniones. Todos nos quedamos un poco extrañados. Uno de los abogados coge la llamada, intercambia unas palabras, cuelga y me hace un gesto indicando que era para mí y que han colgado ya.

—¿Quién era? —pregunto.

—No se ha identificado, sólo ha dicho “siete minutos” y ha colgado.

Ese es mi jefe, no sé cómo ha conseguido que pasen la llamada al salón privado. Empiezo a tener un ataque de pánico, creo que será mejor que me vaya a la oficina antes de que empiece de nuevo una eterna búsqueda de trabajo. Me disculpo y le digo a papá que me voy a llevar los documentos a casa, que no tengo tiempo en ese instante, que mañana sin falta le llevo el tocho firmado. Cuando voy a recoger la carpetilla uno de los abogados me coge de la muñeca y me lo impide.

—Creo, Rafael, que es mejor que lo firmes ahora y lo zanjemos sin más, no te llevará mucho —me dice el picapleitos extendiéndome una pluma Cartier.

El ambiente se ha tensado. Todos me miran con fijeza, como impulsándome a firmar con el pensamiento. ¿Pero qué es esto? ¿Por qué esta hostilidad ambiental?       

—Papá, lo siento mucho, pero es que de verdad, de verdad, me tengo que marchar ahora mismo. Yo me llevo los papeles, los firmo esta noche, y mañana a primer ahora te los llevo al hotel.

—No puede ser —repite otro abogado—, tiene que ser ahora.

—¿A qué tanta insistencia? —me están cabreando.

—Rafael, ¿no quieres que cerremos lo de la pensión?, este tipo de cosas no hay que dejarlas pasar —me dice el letrado más veterano.

—Firma —me ordena el que me tiene cogida la muñeca.

En ese punto, mi padre, que ha permanecido hermético, levanta una mano y cesan los murmullos de su gabinete legal. “Llévatelos” dice desautorizando a sus abogados. El más viejo le pregunta si es sensato.

—Si mi hijo dice que mañana me trae los papeles firmados, mañana los traerá, ¿verdad Rafael?

Asiento con la cabeza confuso por la escenita. El abogaducho me suelta el brazo, recojo los papeles de la mesa, y salgo de allí pitando no sin preguntarme qué diablos ha pasado.

EL CRACK (el serial) - Capítulo XIX

Viernes, 27 Febrero 2009

Lo que pueden hacer las hormonas masculinas 

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Mi madre llegó a la ciudad revestida de toda su dignidad maternal afirmando que venía porque estaba preocupada por mí. Desde su sorpresiva aparición en mi funeral-debut la he visto en tres ocasiones más, todas ellas en las páginas de sociedad del WWD, siempre en primera fila de algún desfile de moda o posando con una copa en la mano. Se la veía en todas las fotos tremendamente consternada por lo mal que yo lo he pasado después de ser defenestrado por mi propio padre, abandonado por ella y sumergido en la indigencia. Por si no se nota, trato de ser sarcástico. ¡Ja! 

He mantenido en la última semana varias conversaciones con Maxwell Logistic hasta cerrar una cita de prospección. Les he hecho saber que estoy muy a gusto en mi actual trabajo lo suficientemente claro para subir mi caché, pero he sido lo suficientemente ambiguo como para mantener la puerta abierta a su propuesta. Es la primera regla en los negocios: ser inaccesible hasta el punto en que te compensa ser accesible. Eso me lo enseñó papá de pequeño, entre otras cosas. En los días de vacaciones mi madre mandaba al chofer a que me dejara en el mostrador de recepción con instrucciones de ser entregado a Papá, como si fuera una carpeta que se había dejado olvidada esa mañana en casa. Lo hacía por pura maldad, para estropearle el día mientras conseguía que alguien se hiciera cargo de mí. Siempre me he sentido muy amado en el seno familiar. De nuevo un sarcasmo, ¡ja! 

Una de esas veces, tendría yo siete años o así, le pregunté a mi padre que qué es lo que hacía él en el banco. Tras pensar detenidamente cómo ser didáctico en su explicación no tuvo mejor ocurrencia que decirme: “aquí nos dedicamos a dar dinero a gente que quiere comprar cosas pero no tienen dinero para hacerlo, después esa gente nos devuelve ese dinero y nos regala un poquito extra por el favor que les hemos hecho”. Entonces le pregunté que si para comprarme una bicicleta nueva ‘muy molona’ que había visto podía yo pedir dinero al banco. Y me respondió, de manera muy adulta, que pedir podía pedirlo, pero que no me lo darían porque yo no ganaba dinero, y que un banco nunca da dinero a quien no puede devolverlo (eso era por los años 80, ¡hay que ver cómo han cambiado las cosas!). Yo, siguiendo el hilo del razonamiento con mis siete años, le dije que si yo tuviera dinero no lo pediría, me iría corriendo a comprar la bicicleta. Y ahí es donde me soltó que una cosa es tener dinero y otra disponer de él, que sólo hay que dar al que ya tiene. Y esa ha sido mi máxima toda mi vida “dar al que ya tiene”: ofrecer trabajo al que ya está ocupado, interesarme por mujeres que ya tienen pareja, hacerme amigo del que tiene una amplia red de amistades… 

Por eso sé que si no estás trabajando o no te muestras a disgusto con tu posición, nadie te va a ofrecer condiciones laborales interesantes. No podía dar sensación de desesperación por cambiar de aires aunque estuviera deseando dejar de trabajar con difuntos y empezar a tratar con clientes más… ¿cómo decirlo?… ¡vivos! Primero sugerí un encuentro informal en plan almuerzo con Catherine Maxwell, lo que es como decir “ey, no me interesa lo que me vas a proponer, si quedamos a comer al menos no perderemos totalmente el tiempo en la reunión, porque al fin y al cabo todos tenemos que comer” (menos la modelos, claro). Ayako y la asistenta de Maxwell terminaron por arreglar una cita para el miércoles en la presentación de un nuevo restaurante que organizaba Maxwell Logistic, era ideal, porque así me enseñaban de paso su manera de hacer las cosas en el mundo de la organización de eventos. 

Mientras llega el miércoles tengo que hacer algo para animar a Warren. La Comisión Reguladora ha inmovilizado uno de los fondos de inversión libre que gestiona porque han detectado irregularidades contables. No pueden acusarlo de nada mientras no desentrañen toda la ingeniería financier con que se enmaraña la gestión de estos fondos, pero por lo que pueda pasar le he regalado un curso de portugués en DVD y una guía de viaje de Brasil, por si llegado el momento… El ataque de llanto que le dio con mi pequeña bromita me hace temer lo peor. (¿Por qué nadie aprecia mi sentido del humor?) 

Lo he convencido para que salgamos a comernos la ciudad, como en lo viejos tiempos, como antes de esta maldita crisis que a todos nos descabala. Le obligo a ponerse guapetón y nos lanzamos a recorrer los locales más cool del momento. Hay una fiesta en The Annex y nos acercamos a ver stiletto girls de faldas ultracortas y pechos reafirmados en clínicas de estética. Me siento un poco culpable (una sensación nueva para mí) porque he llamado a Belinda y he fingido un catarro. Ya llevamos un par de meses viéndonos con regularidad y sin saber cómo hemos pasado a esa etapa de las relaciones en las que se supone que debes de dar explicaciones de dónde vas, cómo y con quién. No era cuestión de contarle que iba a dejarla plantada para salir con Warren para animarnos conociendo chicas neoyorquinas hambrientas de sexo, una tía no comprende esas cosas de hombres. 

Nos situamos en un sillón circular de la segunda planta del nightclub mientras el grupo del hermano de Chloë Sevigny toca en el pequeño escenario. El local tiene cierto aire a bar cutre de carretera del medio oeste. Y las luces rojas le dan un toque más sórdido si cabe. Nada más llegar un grupo de amazonas de mirada lasciva nos ha echado el ojo (bueno, quizás no sean tan lascivas, y lo que sea lascivo es sólo mi pensamiento). El grupo ‘Sex in the city’ no nos pierde ojo, eso sí es cierto. Nosotros no se lo perdemos a ellas, pero no lo saben porque parecemos los Blues Brothers con las gafas de sol puestas. Nuestro amigo Curtis, de la firma de inversiones donde trabaja Warren, se une a nosotros y enseguida se percata que estamos en plan leones de National Geographic que acechan sigilosos a las gacelas que van a ser su cena. 

–Jo, hermano, cómo me pone la gordita de los Jimmy Choo –me dice Curtis babeando.

–Curtis, darling –le digo con mucha calma–, primero, no me llames ‘hermano’, eso es un modismo afroamericano y mi moreno no es genético sino de buenas vacaciones en el Caribe y mantenimiento posterior en salones de belleza. Dos, eres un pervertido, con cuatro tías que quitan el hipo te fijas en la bajita y rechoncha. Y tercero, eres gay, ningún tío hetero capaz de valorar unos Jimmy Choo haría un comentario que evidenciara que sabe qué son unos Jimmy Choo, menos a otro tío. Y cuatro, quítame la mano del muslo que te estás poniendo bestia a mi costa. 

Curtis me ignora, se levanta y aborda a la gordita. En menos de cinco minutos ya somos un grupo mixto de ocho. Se nota que son profesionales, no profesionales del tipo que te dicen que aceptan tarjeta mientras se visten, sino profesionales de los negocios. Dos de ellas, las más guapas, desaparecen al poco para ver si consiguen un ‘autógrafo’ de Paul Sevigny, pero la verdad es que intentan que sus amigas menos agraciadas mojen seguro. La gordita, que en verdad, después de tratarla, me parece de lo mejorcito de la reunión (tiene eso no-sé-qué terrenal que pone), va al baño y segundos después Curtis desaparece tras de ella. Todos sabemos que no volveremos a verlos pero nadie dice nada. Queda una pelirroja de pechos generosos y una brunette con pinta dominatrix. Como el que está depre y a punto de ir a la cárcel es Warren le cedo tácitamente la pelirroja y me resigno a dar palique a la dominatrix, pero tengo claro que no va a pasar na… 

*** 

La cabeza me da vueltas. Creo que he bebido demasiado.

–Oye, ¿tú como te llamas? –le pregunto a la dominatrix.

–Cat –me responde mientras me empuja y me saca de encima de ella. 

Ha sido un polvo de los escandalosos. Aún estamos vestidos, lo suficientemente desabrochados para llegar al orgasmo, pero vestidos. No es que me apeteciera mucho hacerlo con ella, pero soy un caballero y me parece feo decepcionar las expectativas de las damas a las que acompaño a su casa. 

–Yo me llamo Rafael –le digo mientras me abrocho la camisa.

–Ya lo sé.

–Ah, me has visto en las revistas.

–Más o menos –se ríe– aunque no era así como tenía programado que nos conociéramos

¿“No era así como tenía programado que nos conociéramos”? ¡Joder! ¡Una caza-famosos! Alguna vez me tenía que tocar. Hay psicópatas de estas que persiguen a gente que sale en las revistas a montones. Están todas locas, se enamoran de ti por una foto en una revista, y se recorren los lugares de moda hasta dar contigo. Después despliegan sus armas de mujer para llevarte a la cama, y al final te encuentras en una vorágine de malos rollos que pueden terminar hasta en los juzgados. ¡Ahí tienes al pobre Boris Becker! 

–¿Te vas? –me pregunta al verme recoger la chaqueta.

–Sí, es que tengo una reunión y…

–¡Qué comportamiento tan grosero! –me dice medio divertida–, te aprovechas de una dama y te largas casi sin decir adiós.

–Mira, Pat…

–Cat.

–Lo que sea… No sé si te has hecho una idea equivocada de lo que ha pasado aquí, pero estoy en una relación y no sé, esto no estaba programado, y es mejor que hagamos como si no hubiera sucedido.

–Eso sí es grosero de veras –me responde seria.

–¿Qué quieres que te diga? No nos conocemos de nada, no sé qué pensabas que ocurriría cuando nos conociéramos. “No era así como tenía programado que nos conociéramos” –la imito–. Madura, el mundo real no es como el que sale en las revistas, y menos como el que te hayas podido montar en tu cabeza.

–Creo que estás equivocado…

–La verdad es que no debería haberme acostado contigo, culpa mía, lo sé. Pero tú me has buscado, y no soy más que un hombre, debes asumir que no habríamos terminado aquí si tú no hubieras querido. Es más, yo ni siquiera quería acostarme contigo, no eres mi tipo, tía, así que no te montes fantasías de que vayamos a mantener una relación sólo por…

–Creo que has dicho bastante –me interrumpe plantándose frente a mí con una mirada realmente dura–, por favor, vete, porque estoy a punto de abofetearte y no quiero rebajarme a mancharme de mierda. 

Levanto las mano en señal de “ok, ok, lo que tú quieras” y me dirijo a la puerta.  

–Mr. Ridao –me dice de pronto cuando estoy en el pasillo de los ascensores–, no se preocupe mucho por la reunión de mañana, se acaba de quedar su agenda desierta.  Me vuelvo sin comprender.

¿De qué está hablando? Definitivamente está loca. Al llegar a conserjería me asalta una duda. Despierto al portero, que se ha quedado frito en su silla (qué manera de ganarse un sueldo). Quiero preguntarle algo y sólo hay una manera de sacarle una información que no puede dar… con amenazas. 

–¡Vaya! ¡Durmiendo! Esto no es algo que a la comunidad de propietarios le agrade en absoluto. Un portero roncando mientras cualquier psicópata puede entrar delante de sus narices y matar a un inquilino –se ha puesto lívido–. Pero tiene suerte, porque ha sido una noche estupenda, y a cambio de un poco de colaboración estoy dispuesto a obviar su narcolepsia. Esta noche he conocido a una señorita fantástica y me encantaría mandarle mañana flores, desgraciadamente no tengo su nombre completo y sería de muy mala educación subir y confesar que no me quedé con su nombre, ¿me entiende? Si fuera tan amable de darme el apellido de Cat, que vive en el apartamento 306… 

Se lo piensa un segundo y dictamina que un apellido no puede comprometerlo y sí salvar su puesto de trabajo. 

–Se refiere a la señorita Maxwell.

–¿Cómo dice?

–La 306, allí vive la señorita Catherine Maxwell. 

¡Oh, my god! Catherine Maxwell. “No era así como tenía programado que nos conociéramos”. “No se preocupe mucho por la reunión de mañana, se acaba de quedar su agenda desierta”. Definitivamente soy gilipollas, y el tío con más mala suerte del mundo.