El día del cóctel dura un mes
Domingo, 17 Mayo 2009
Puede resultar una decisión arbitraria, pero lo cierto es que la coctelería tiene su día de celebración institucionalizado desde que el Museo Americano del Cóctel decidió, en el año 2006, instaurar el 13 de mayo como Día Internacional del Cóctel.
Aunque la verdad es que un sólo día para celebrar la existencia de las alquimias que tan felices nos hacen –¡aunque sea por un rato!– sabe a poco. Quizás por ello, el bar Ideal de Barcelona (c/Aribau, 89; tel.: 93 453 10 28), uno de los templos europeos consagrados a la coctelería, ha decidido ampliar las celebraciones hasta el próximo 13 de junio. Así, la jornada dedicada a esta materia no dura 24 horas, sino 720, lo cual ya es suficiente.
El eje central de las celebraciones del Ideal es una original propuesta de maridaje entre los cócteles clásicos del bar, creados por José María Gotarda –mejor barman español del año según Lo Mejor de la Gastronomía– y unos originales snacks concebidos para la ocasión por Christian Escribà, pastelero de la órbita de El Bulli que suele utilizar las técnicas ideadas por Ferran Adrià, como las esferificaciones, las gelatinas y los deshidratados.
Esta tentadora oferta combina el Cosmopolitan –el cóctel más famoso del siglo XXI– con un bombón de labios de chocolate blanco y mandarina; un julep de menta –antecesor americano del mojito– con una galleta de tomate “Crutomat”; un clásico negroni –genial combinación de Campari, vermuth rojo y ginebra– con un “sable” de parmesano; el aristocrático Alexander –de ginebra y licor de cacao– con un bombón líquido de Baileys; una caipirinha –la bebida oficial de Brasil, según lo decidido por el Ministerio de Agricultura de ese país en 1985–; con un chocolate de fresa “lio” y yogurt en polvo; y una piña colada con un esférico de albaricoque.
Evidentemente, no recomendamos probarlo todo el mismo día. ¡Por suerte el Día Internacional del Cóctel dura un mes!


En una visita a la región de Skåne, en el sur de Suecia, quien firma estas líneas se vio en el compromiso de visitar una granja especializada en el cultivo de patatas. Y aunque pueda parecer absurdo viajar a Escandinavia para presenciar como se cultiva este tubérculo −de origen sudamericano, ¡vaya paradoja!− en tan extremas latitudes, el asunto tiene su explicación: las patatas que crecen en las fértiles praderas del cabo Bjäre, cerca de Helsingborg, tienen enorme y merecida fama en toda Suecia, sobre todo las nypotatis (las patatas nuevas), que llegan al mercado a finales de la primavera. Y a precios de escándalo, todo hay que decirlo.
Aunque suene a desvarío, es exactamente lo que ha conseguido elaborar la destilería Benromach, la más pequeña de la prestigiosa –en términos etílicos, al menos– región escocesa de Speyside. El whisky en cuestión se llama Benromach Monastrell Wood Finish, lo que pistas de su peculiar elaboración: en lugar de concluir su crianza en barricas de bourbon o jerez –lo más habitual en los grandes maltas– este Benromach acabó de afinarse en barricas que durante ocho años albergaron el delicioso vino dulce que elaboran las bodegas Castaño de Yecla (Murcia) a partir de uvas de la variedad monastrell, autóctona del Levante español y que también se conoce en Francia como mourvèdre.
Varias veces nos hemos referido en este blog a la “guerra de la ginebras”: un fenómeno por el cual las destilerías compiten por ofrecer la versión más exquisita –o exótica– del clásico gin inventado por los ingleses a partir de complejas combinaciones de especias maceradas en un aguardiente de cereales.
En los últimos años, los aficionados al buen beber hemos visto como iba tomando forma el fenómeno de las ginebras premium. En poco tiempo, de un puñado de marcas mediocres que elaboraban mejunjes cabezones hemos pasado a una selección cada día más amplia de deliciosos destilados, cada uno de ellos con un sello personal: la exuberante ginebra francesa Citadelle –que en estos días presenta además una nueva versión Réserve, envejecida durante seis meses en barricas de cognac–, la insólita Hendrick’s –con su original matiz aromático de pepino y rosas–, la azulada y purista The London Gin, la especiada Goa –con recuerdos de curry–, la “africanizada” Whitney Neill –con semillas de baobab–, la exquisita Ten…
Aprovechando la insufrible canícula, las distintas marcas de ginebra –sin duda, la bebida de moda– proponen las maneras más variopintas para consumir el precioso destilado imaginado por los británicos y adoptado en todo el mundo. Aunque cualquier excusa es buena para servirse un gin tonic bien frío –sobre todo, con este calor, ay– citamos aquí dos de las ideas más peregrinas de este ginebrero verano.
El sibaritismo etílico está llegando en estos días a unas cotas inesperadas. Esta tendencia se nota sobre todo en el mundo de la ginebra, indiscutiblemente la bebida de moda, con novedades día a día más exquisitas en aquellas marcas que se apuntan a competir en excelsa categoría Premium.
El personaje necesita una presentación ya que, desgraciadamente, la coctelería no es en España un asunto de tanta repercusión mediática como el fútbol o la cocina: se llama Javier de la Muelas y es un empresario inquieto, fundador de bares tan míticos en Barcelona como son el Gimlet, Nick Habana o Casa Fernández, además de actual alma mater de Dry Martini, algo así como el Vaticano de la moderna coctelería barcelonesa.
Por iniciativa de Ten, la ginebra super premium de Tanqueray, la semana pasada se reunieron en Londres diez destacados bar tenders procedentes de otras tantas barras del mundo, con el objetivo de dar una vuelta de tuerca al cóctel más famoso de la historia: el dry martini. No se trataba, como algún incauto sugirió, de mejorar la receta de este clásico nacido quizás en el pueblo de Martínez, cerca de San Francisco, porque esta receta es en esencia tan sencilla como perfecta: sólo unas gotas de vermouth blanco –Martini o cualquier otro que se precie– para perfumar los hielos que enfriarán a la ginebra. Una vez en la copa –la misma de siempre, de forma cónica, que no debe ser demasiado grande para evitar que el líquido se caliente– la mágica alquimia se culmina con una aceituna o una viruta de piel de limón, según el gusto del usuario.