No está siendo una semana para enmarcar en la historia del Liverpool. En condiciones normales, la noticia más relevante giraría en torno a la lamentable imagen ofrecida por el equipo de Roy Hodgson ante el Wolves. La derrota (0-1) ha mostrado -por enésima vez- las carencias de un equipo que marcha a la deriva, y cuya caída libre no parece tener límites. ¡Benítez, vuelve a casa!
Pero, por desgracia, el protagonista de esta semana es el fallecido Avi Cohen. Un accidente de motocicleta, tras ser golpeado por un coche, fue letal. Tenía 54 años. Salvo si uno es un buen conocedor de la historia del Liverpool o está algo entrado en años, no le sonará posiblemente para nada.
Cohen fue uno de los mejores futbolistas que ha tenido Israel -aunque naciera en El Cairo-, pero más allá de eso, es un jugador importante en la historia del Liverpool. Sólo militó en Anfield durante dos temporadas (79-80 y 80-81), y no fue precisamente un titular indiscutible, pero su figura es la de un tipo entrañable, con historias dignas de recordar.
Avi Cohen -padre de Tamir, actual jugador de Bolton Wanderers-, llegó a Anfield en 1979, tras una espectacular irrupción en el fútbol de su país, del que se convirtió en referencia. Era lateral izquierdo, pero su capitanía en la selección estaba ya fuera de toda duda.
Su fichaje por el Liverpool rompió dos tabúes de un plumazo: fue el primer jugador hebreo en llegar al poderoso fútbol británico de la época (siete Copas de Europa entre 1977 y 1984, y Kevin Keegan liderando al Hamburgo que ganó el único título ajeno a Inglaterra), y además fue el primer extranjero en fichar por el Liverpool en 24 años, tras el portero sudafricano Robert Rudham.
Israel se ilusionaba con el fútbol. Ver a su estrella en el mejor equipo del momento era un sueño. Dalglish, Souness, Clemence bajo palos… el plantel era de absoluto ensueño, y Cohen pasó de ser cabeza de ratón a cola de león. Alan Kennedy le cerraba el hueco en el carril zurdo, pero Avi no se rendía. Sabía que su oportunidad era única, entraba en juego la ilusión de todo un país.
Desde el primer día, Cohen se ganó a la siempre exigente afición red. Estos días se recuerda con especial cariño una anécdota muy comentada en la época, provocada por su encomiable esfuerzo en aprender inglés, inversamente proporcional al resultado que le dio. Kenny Dalglish, uno de los pesos pesados, y con un marcadísimo acento de Glasgow -traducción: imposible de entender- entró al vestuario, y Avi le repitió varias veces “¡tú, igual que yo, tú igual que yo!”. Kenny se le terminó acercando, un tanto sorprendido, y le dijo “a ver, no te entiendo, explícate”. El israelí, con su fino humor, a la vez que entrañable, terminó respondiendo entre carcajadas: “Sí, tú igual que yo: los dos tenemos que aprender inglés”.
Ese momento, por muy absurdo que pudiera parecer, fue decisivo. Avi Cohen dejó de ser el extranjero novato para convertirse en uno más, en un jugador cuya relevancia iba más allá de lo que hiciera en el campo. Bob Paisley, la gran leyenda del Liverpool en los banquillos junto a Bill Shankly, sabía que el factor moral de Cohen era un activo de gran valor.
Sin embargo, la carrera de Cohen no fue un camino de rosas. Decidió jugar ante el Southampton durante el Yom Kippur, la fiesta sagrada del judaísmo. La presión a la que fue sometido desde su país fue infernal, únicamente comparable a la que recibió por parte de la amplia comunidad judía residente en Inglaterra.
Estos duros momentos reforzaron el cariño que le dispensó su propia afición. En dos temporadas jugó 24 partidos, pero hubo uno que destacó por encima de los demás. Ese momento imprescindible a la hora de repasar lo que fue su trayectoria. El que le hizo pasar a los libros de la eternidad de Anfield.
El Liverpool recibía al Aston Villa en la última jornada de la temporada 79/80. Estaba obligado a ganar si no quería que el Manchester United de Dave Sexton (aunque parezca mentira, Ferguson tuvo antecesores) se llevara el título liguero. Ganaba el Liverpool con gol de David Johnson, cuando Cohen marcó en propia puerta… en The Kop. El palo moral fue salvaje, el título se empezaba a ir en el minuto final del primer tiempo.
Pero Cohen enmendó su error. Sabía que su pequeño país estaba pendiente de él en un día tan importante, en el que estaba quedando señalado como villano. Por eso, un arreón de fe provocó el estallido de felicidad en The Kop. Fue la llegada al área más importante en toda su carrera. No podía dejar el club con más autogoles que goles a favor. Y obró la ‘machada’, dando el título al Liverpool.
Su carrera se tornó descendente desde su salida del Liverpool, e incluso jugó años después en el Rangers… a la órdenes de su ex compañero Souness. Se terminó retirando con más pena que gloria en 1990, pero Anfield no le olvidó nunca, y lo ha vuelto a demostrar con una ovación espeluznante ante el Wolves. Pocas veces jugar tan pocos partidos han generado tanto cariño. Y la afición del Liverpool entiende un poco de qué va esto…