
Cuando a mediados de los noventa Disney y Pixar crearon una sociedad conjunta para desarrollar películas de animación tridimensional, no sabían hasta que punto éstas iban a cambiar el panorama cinéfilo, no sólo para el público objetivo de este tipo de creaciones, sino incluso para un perfil más adulto. Toy Story, Buscando a Nemo o Los increíbles reventaron la taquilla consiguiendo que producciones en principio infantiles reunieran bajo un cartón de palomitas a adultos y niños. Los niños ya no quieren ser Peter Pan, ni Blancanieves, sus héroes no son el Rey León y sus mascotas otras muy diferentes a Bambi y Dumbo.
En el mundo del celuloide animado un robot con casi tanto sentimientos como torpeza ha irrumpido en las taquillas convirtiéndose en el gran fenómeno del verano. Wall·e batallón de limpieza, producto de la factoría Disney-Pixar aúna durante 103 minutos una historia de amor, ciencia ficción y aventuras cargando la producción de mensajes positivos para la audiencia y dando más de una lección a los humanos. Cuando la Humanidad destruya la Tierra nada quedará habitable forzando a los de carne y hueso a buscar más allá del planeta otro lugar que destrozar. Mientras, un robot basurero será el único encargado de devolver la vida y hacer posible que la semilla de la esperanza, el amor, la cordura y sobre todo la capacidad de cuidar y preservar la especie desde el afecto sea posible.
Andrew Stanton, director del film arriesgó con una producción donde los diálogos se reducen a la máxima expresión en un mundo donde el silencio brilla por su ausencia pero donde un público exigente sabe reconocer una gran obra, la que según los expertos puede suponerle a Stanton la estatuilla a la mejor película en la alfombra roja del celuloide. Wall·e es la esperanza de que un robot forzado a lo absurdo puede triunfar con una creación casi parecida a un iMac (Eva) con clara misión en la vida: encontrar rastro de habitabilidad en la Tierra.
Con píldoras casi anestesiantes para la audiencia, el director hace recapacitar al espectador sobre el futuro de una Humanidad echada a perder donde el consumismo, la comodidad y la falta de valores fuertes les lleva a incluso perder el trato y contacto humano. Un golpe bajo, este de Wall·e para muchos, que si bien sabe sembrar en los niños la semilla del respeto a la Tierra, también quita los esquejes a los adultos de aquello superficial que busca enmarañar lo verdaderamente importante de la existencia.
Lo mejor: el binomio perfecto entre robot y su personificación.
Lo peor: olvida en ocasiones el público objetivo para el que este tipo de películas va dirigida: los niños
Nuestra puntuación (del 1 al 5): un 3,5