Rajoy ya tiene su Batalla de Somosierra
31 Marzo 2009 por María Claver“Tome esa posición, al galope” Con estas palabras, el 29 de noviembre de 1808, Napoleón ordenaba al coronel Jan Kozietulski, comandante de su escuadrón escolta polaco, que avanzara, montaña arriba, para enfrentarse con las fuerzas españolas que, con 9.000 hombres y 16 cañones, aguardaban a los franceses para frenarles el paso en el puerto de Somosierra. Ésta fue la única ocasión, durante la Guerra de la Independencia, que Napoleón Bonaparte ejerciera el mando directo. Los polacos, con 150 jinetes, avanzaron a través de la niebla y consiguieron alcanzar las posiciones españolas, en una embestida suicida en la que cayeron más de un centenar de esos hombres, mientras permitían a los franceses avanzar para aplastar la defensa española. Cuenta la leyenda que, más tarde, cuando Napoleón entró en el Palacio Real de Madrid, puso su mano sobre uno de los leones y anunció: “España es mía”. Años más tarde, en 1814, los franceses fueron definitivamente expulsados de territorio español y, desde su exilio en Santa Helena, Napoleón se lamentó, “esta maldita Guerra de España fue la causa primera de todas las desgracias de Francia”.
El Partido Popular festeja que ya tiene líder. Su victoria electoral, tras la mayoría absoluta obtenida en Galicia, ha coronado oficialmente al Marianismo. Núñez Feijoo, como Kozietulski hiciera con Napoleón, ha servido a Rajoy una victoria histórica, una gesta heroica en medio de la utopía nacional-socialista, “ahí están los cañones, dígaselo al Emperador”. Sin embargo, este triunfo de Feijoo en el campo de batalla está lejos de decantar la guerra en favor de los populares, sobre todo porque las contiendas que se están desarrollando son, en realidad, dos: la de Mariano contra si mismo y la del Partido Popular contra todos. Pero hay algo más importante que Rajoy se niega a reconocer: la heroicidad de los polacos en Somosierra, galopando hacia una muerte segura, fue posible por la presencia misma del propio Napoleón, uno de los líderes más sólidos que ha dado la Historia Universal. Claramente, no es el caso de Mariano.
Rajoy decidió la misma noche de las elecciones que se mantendría al frente del Partido Popular, como él mismo dijo, “pase lo que pase”. Y, desde entonces, sus esfuerzos han ido dirigidos a cumplir con este objetivo, Rajoy, como el PNV hiciera en el País Vasco con la Ikurriña, ha convertido su frustración personal en el lema de todo un partido. Aquellos que no hallaron en el presidente de los populares las virtudes o aptitudes necesarias para aglutinar en torno a su persona un proyecto de futuro han sido deportados, ignorados o, directamente y desde propias filas, difamados. Ha consentido en anteponer la mediocridad a la excelencia y, para ello, ha apuntalado su poder en una red de falsas lealtades, carentes de la honorabilidad necesaria para el ejercicio de la política. Ayer, el programa “Tengo una pregunta para usted” ha sido un ejemplo más de todo esto.
No hay un ápice de liderazgo en Rajoy y su fuerza sólo es mayor cuanto más se acerca España al precipicio. ¿Qué clase de país querría para si un presidente cuyo éxito está directamente vinculado a la desgracia colectiva de toda una Nación? El partido popular tiene que demostrar que no basa su fuerza en el oportunismo económico, en la angustia que proporciona la incertidumbre. De lo contrario, cuando los primeros rayos de sol empiecen a asomar, el precio que tendrá que pagar será, desgraciadamente, inasumible. Rajoy, tras las elecciones gallegas, ha puesto la mano sobre el león y ha susurrado: “España es mía”. Esperemos que, en el futuro, el centro-derecha en España no tenga que repetir las palabras de Napoleón, “esta maldita Guerra de Mariano fue la causa primera de todas las desgracias”.

