La vida genera una serie de conexiones espacio-temporales estremecedoras. El ciclismo, que es una pequeña vida en sí, no podía ser menos. Que se lo digan a Pablo Lastras, el ‘Penkas’.
Este miércoles, camino de Tirano, el Giro de Italia vivió una jornada especial en las filas del Team Movistar. La catastrófica muerte de Xavi Tondo -que muchos seguimos sin asimilar- dejó tocado al equipo que capitanea José Luis Jaimerena en la ‘corsa rosa’. Xavi estaba enamorado del ciclismo, así que lo que más daño le hubiera generado hubiera sido que su equipo se marchara a casa. Escucharon su petición.
Contador indicó con su dedo índice al cielo tras imponerse en la crono de Nevegal. Fue el homenaje por parte del mejor deportista español del momento, y uno de los mejores ciclistas de la historia. La fija mirada del pinteño hacia el cielo fue estremecedora. Lo sentía de verdad.
Distinto era el caso de Movistar. El objetivo en lo que resta de carrera es brindar el mayor de los homenajes a Tondo, y para ello cuenta en sus filas con uno de los ciclistas más emblemáticos y respetados del pelotón mundial: Pablo Lastras.
El madrileño llegó emocionado a meta, tras quedar tercero físicamente, y finalmente segundo, tras la exclusión de Visconti: “Ha sido una etapa muy rara, sólo pensábamos en Xavi”, vino a decir el espigado corredor de San Martín de Valdeiglesias.
La emotividad ha vuelto a cruzarse en el camino de Lastras. Uno de los días más emocionantes que uno recuerda llegó durante la semana final del Tour 2003. Lastras, de 27 años, era un corredor consagrado: ya tenía victorias en Giro y Vuelta. Sin embargo, su debut en la ronda gala no estaba siendo afortunado. Tuvo que engordar en plena carrera, estuvo a punto de marcharse a casa, y empezó a pensar que se quedaría en el paro en diciembre.
Lastras es uno de los ciclistas más inteligentes que uno recuerda haber visto en la vida. Antes de comenzar una carrera, señala con una cruz las etapas en las que deberá poner la bala. Rara vez se equivoca. Entra con un olfato único en la escapada buena, y luego ya podrá rematar o no, que no es fácil a este nivel. Pero demuestra que conoce el oficio de ciclista como nadie.
Inteligente estuvo camino de Saint Maixent-L’École en aquella ocasión. El final de etapa era calcado al de aquel entonces. David Cañada, Carlos da Cruz y Daniele Nardello fueron sus tres ilustres compañeros de fuga, pero Lastras encontró una motivación extra para lograr una victoria histórica, que dotó de humanidad la época en la que Armstrong dominaba como un robot el Tour. Una motivación llamada Rosa, su madre. Falleció cuatro meses antes, y por muy poco no pudo ver a su hijo convertirse en uno de los escasos ciclistas -por aquel entonces menos- en haber obtenido victorias en las tres grandes vueltas.
Dice el propio Lastras que de su madre ha heredado el carácter. Precisamente, por eso mismo, no hubiera ganado sin el empujoncito que le dio Rosa en la abarrotada línea de meta. Pablo fijó su mirada en el cielo, petrificando para la posteridad un inolvidable triunfo para su madre.
Es imposible que, salvando las distancias, a Pablo no se le viniera a la cabeza la llegada de Saint Maixent L’École. Ocho años después, podría haber sido protagonista de una victoria de telenovela, de esas que te provocan lágrimas instantáneas.
Cierto es que no puedo ser imparcial con Lastras. Se me nota a la legua. Pero es que jamás he oído nada malo de este chico que encarna el espíritu más positivo de este bello movimiento llamado ciclismo.
Al ‘Penkas’ llevo viéndole desde muy pequeño. Era compañero de generación de un primo mío (1976), y raro era el fin de semana que yo no acudía a las cunetas por toda la Comunidad de Madrid para animar a Iván. Un clásico de por aquel entonces era escuchar por megafonía que Lastras había ganado la carrera del día. Me caía simpático ya desde entonces.
Tal vez sea porque Lastras es de los pocos nexos en común que tengo de mi ‘infancia ciclista’, pero el cariño que guardo hacia él es sólo comparable con el respeto que le tengo. Una frase que todavía sigo recordando se la pronunció el mítico Rafa Carrasco a Javier Ares tras su victoria en el Tour: “Es muy buen chico Javier… siempre que te ve, te saluda”.
Aún recuerdo la primera vez que le entrevisté, en la Ruta del Vino 2004. Tuve que esperar porque estaba hablando con Dominique Arnaud, director por aquel entonces del Entente Sud Gascogne de juveniles, y ex corredor de Banesto. Fue meses después de la separación de Banesto con el tándem Echávarri-Unzué. Pablo le dijo a Dominique con sinceridad, en mi presencia: “No pensé en irme a otro equipo, esperé hasta el último momento a José Miguel”. Voilà, llegó el patrocinio de Illes Balears. Lastras confió en la palabra de su jefe, y gracias a sus buenos valores humanos adquiridos, triunfó.
¿Cuál es el valor de Lastras en el esquema de su equipo? Va mucho más allá de su rendimiento en la carretera. Recuerdo cómo, en el milanés aeropuerto de Malpensa, recibió un mensaje en su móvil de Eusebio Unzué. “Felicita a los chavales de mi parte por el buen Giro realizado”, me confesó posteriormente.
Pablo es uno de los líderes espirituales del equipo, junto a Chente García, y realiza una labor impagable con los más jóvenes. Les forma como ciclistas y, especialmente, como personas. Como buenas personas. Sus consejos, según confiesan todos los ‘novatos’ que están a su lado, valen oro.
En San Martín de Valdeiglesias, Lastras es poco menos que un Dios. Visitar la ’sala de trofeos’ que se encuentra en la casa de su padre impacta. Uno se da cuenta de que está viendo en primera persona un pedacito de la historia del ciclismo español.
Y es que, conociendo un poco a Pablo, la etapa de este miércoles le ha dejado un sabor agridulce. En este Giro se ha dado cuenta de que es realmente competitivo con 35 años. El elixir de la eterna juventud tiene, en su caso, un secreto: el amor por el ciclismo. Por eso, seguirá poniendo cruces en las etapas ‘trampa’ de las grandes vueltas. Tiene una espina clavada, y no se rendirá. Lo hará por Xavi. Lo hará el espíritu de Rosa. Eterno Lastras.
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