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Archivo de Octubre, 2008

Mal momento para releer a Friedman

Viernes, 31 Octubre 2008

La Fundación del Partido Popular que preside el ex presidente Aznar acaba de presentar una reedición de la célebre obra de Milton y Rose Friedman “Libertad de elegir”, publicada en 1980. Con  motivo de tal presentación, a la que asistió un hijo de los autores, David Friedman (un teórico anarcocapitalista por cierto, que ha radicalizado las ideas de sus progenitores), Aznar, poco sutil últimamente, deslizó algunas opiniones gruesas e impertinentes sobre la vigencia de las ideas de uno de los gurús del neoliberalismo.

Milton Friedman es el más genuino representante de la Escuela de Chicago, en cuya universidad enseñó durante tres décadas, hasta 1976, año en que recibió el Premio Nobel de Economía. La mencionada Escuela representó en el terreno teórico la corriente liberal y monetarista que encabezó la reacción a las políticas económicas anticíclicas preconizadas por Keynes. Y en lo político, supuso la propuesta de sustitución de los criterios intervencionistas del New Deal actualizados por Galbraith, discípulo de Keynes,  y el impulso a la desregulación de los mercados y a la reducción del Estado a la mínima expresión, de forma que la “mano invisible” de Adam Smith pudiera asignar libérrimamente los recursos, sin intervención política alguna. Friedman fue asesor económico de los presidentes republicanos Richard Nixon y Ronald Reagan, y colaboró con el gobierno de Margaret Thatcher.  Sobre él se ha tejido una leyenda negra –quizá porque visito el Chile de Pinochet en 1975- que no responde a la realidad: Friedman fue liberal pero no insensible a la desigualdad, e ideó algunos mecanismos, como el “impuesto negativo” o el “cheque escolar”, para lograr la igualdad de oportunidades y combatir la pobreza.

Dicho esto, es claro que han sido precisamente los excesos desreguladores y ultraliberales inspirados por los teóricos del neoliberalismo anglosajón –Friedman y Hayek principalmente- los que han provocado la actual y profunda crisis financiera, que a su vez ha engendrado una grave recesión económica. No deja de ser significativo que el Premio Nobel de este año haya sido otorgado a un conspicuo neokeynesiano, Paul Krugman, quien está proponiendo que, una vez estabilizado el sistema financiero mundial mediante la intervención pública, se enfrente la crisis económica mediante inversiones públicas que ceben la bomba de la inversión privada, aunque ello haya de hacerse con cargo al déficit… Y el también Premio Nobel de Economía (1970) Paul A. Samuelson acaba de efectuar el definitivo y duro diagnóstico sobre la situación: “en el fondo del caos financiero, el peor en un siglo, encontramos el capitalismo libertario del laissez-faire, que predicaban Milton Friedman y Friedrich Hayek, al que se permitió desbocarse sin reglamentación. Ésta es la fuente primaria de nuestros problemas de hoy. Hoy estos dos hombres están muertos, pero sus envenenados legados perduran”.

Tiene escaso sentido atribuir “responsabilidades políticas” a los economistas y a los intelectuales que, con esfuerzo y dedicación, han elaborado teorías y propuestas que conducen a resonantes fracasos. Pero sí es razonable alentar el debate ideológico para que quede de manifiesto quién acertó y quién no en la búsqueda de los mejores caminos para el futuro. Si así se hace, se llegará seguramente a la conclusión de que el actual es un mal momento para leer o reeditar a Friedman, y lo es todavía más para elogiar acríticamente su obra, cuyas grandes tesis han inspirado el actual naufragio.

Todos iguales

Jueves, 30 Octubre 2008

La afición a los automóviles de alta gama, dotados de los más lujosos accesorios, es, a lo que se ve, un vicio general de nuestra clase política. Primero salió a la luz el dispendio del presidente del Parlamento de Cataluña, Benach, de Esquerra Republicana de Catalunya. Más tarde, el presidente socialista Touriño consentía en Galicia un dislate semejante, también a costa de los contribuyentes…

Pero no se ha detenido aquí la marea: ayer se conocía que las Cortes Valencianas, en que el Partido Popular disfruta de mayoría absoluta, han aprobado unos presupuestos de la Cámara para el próximo ejercicio en los que se incluyen dos Audi A-8 para los desplazamientos de su presidenta, la popular Milagrosa Martínez. La operación tendrá un coste para las arcas públicas de 278.000 euros -más de 46 millones de las antiguas pesetas.

Quienes hemos hecho siempre un esfuerzo por negar en los medios que todos los políticos sean iguales porque creíamos que esa afirmación era radicalmente injusta, ya no tenemos más remedio que aceptar que en todos los partidos existe la misma falta de sentido ético, de sentido de la ejemplaridad, de desprendimiento y hasta de valores. La moralidad pública está bajo mínimos, y estos tiempos de crisis, en que la austeridad personal es una obligación ejemplarizante, determinados gestos de insensibilidad son aún más rechazables.

Lo escribió Montesquieu con mano firme: “No son sólo los crímenes los que destruyen la virtud, sino también las negligencias, las faltas, una cierta tibieza en el amor de la patria, los ejemplos peligrosos, las simientes de corrupción; aquello que no vulnera las leyes pero las elude; lo que no las destruye pero las debilita”.

 

El liberal Obama

Martes, 28 Octubre 2008

El último libro publicado en España de Paul Krugman, Premio Nobel de Economía de este año, es “The Conscience of a Liberal” (2007), editado aquí con el infame título “Después de Bush: El fin de los ‘neocons’ y la hora de los demócratas”, seguramente para incrementar las ventas.

Quien busque en esta obra importante el relato de la decadencia de Bush y el definitivo desprestigio del movimiento neocon con la gravísima crisis financiera,  desencadenada por la falta de regulación, y en definitiva de Estado, preconizada por los ultraliberales que han rodeado al presidente saliente, se quedará frustrado por completo. Porque el libro es una historia de las últimas décadas de los Estados Unidos a la luz de la ideología de los dos grandes partidos, y, sobre todo, una reflexión sobre la posición actual de los republicanos y de los demócratas –los liberales-, cuya facción más activa se autodenomina “progresista”. Como ya es conocido, estos términos tienen significados distintos a uno y otro lado del Atlántico.

 Este intelectual de prestigio, con gran predicamento en su país y creciente influencia en Europa, pone de manifiesto que las propuestas del partido demócrata no son en absoluto revolucionarias, por lo que experimentarán aquí alguna decepción quienes crean que Obama es un radical. “Ser liberal –escribe Krugman- es, en cierta forma, ser conservador, en el sentido de desear, en gran medida, constituir una sociedad de clases medias”. En efecto, los liberales –o demócratas- aspiran a recuperar el aliento social del New Deal de Roosevelt, en que lo público tenía un espacio significativo y el Estado prestaba o aspiraba a prestar los grandes servicios que establecen la igualdad en el origen, condición sine qua non para que haya una extensa clase media. En cambio, los republicanos han atacado en los últimos años todo aquello que iba en esta dirección. Han debilitado hasta la extenuación Medicare, el sistema de provisión gratuita de medicamentos, y se han negado en redondo a que la Ley de Seguridad Social de 1935 incluya también la asistencia sanitaria.  “Una sociedad en que el 40% de la población carece de seguro médico no es una sociedad de clases medias”, puntualiza con razón Krugman.

Otra de las demandas de los ‘liberales’ es tan simple como “hacer honor a nuestros principios democráticos y al imperio de la ley; aquellos que se  autodefinen como conservadores pretenden que el presidente de los Estados Unidos disponga de poderes dictatoriales, y no han dejado de asentir cuando la administración Bush ha procedido a encarcelar a personas sin cargos y a someterlas a tortura”.

Inevitablemente, los objetivos ‘liberales’ de Krugman tienen una clara resonancia europea. Obama pretende tan sólo “cambios profundos relativos a las políticas públicas, cambios que, no obstante, distarían de ser radicales”. De hecho, el ‘programa progresista’ incluye elementos que en España ya ni siquiera son patrimonio de la izquierda: atención sanitaria universal, nuevos enfoques para reducir la pobreza, alternativas para quienes tienen dificultad para adquirir una vivienda, etc. El libro concluye con esta sencilla afirmación: “Y es que, al fin y al cabo, no es sino la democracia lo que de verdad importa a un liberal”. 

La ’sociovergencia’

Lunes, 27 Octubre 2008

El pasado día 19, Josep Antoni Duran Lleida aprovechó la clausura del congreso de su partido, Unió Democràtica de Catalunya (UDC), cuyo liderazgo acababa de renovar, para exponer solemnemente que, a su juicio, la traducción práctica de la centralidad política en que UDC ha decidido instalarse para afrontar el futuro es la “sociovergencia”, es decir, la alianza entre el Partido Socialista y la CiU, la coalición formada por los democristianos de UDC y los nacionalistas de CDC. Tal manifestación fue solemnizada en presencia de Isidre Molas, presidente del PSC, y del líder de CDC y de CiU, Artur Mas. Mas, que no rechaza la propuesta, sostiene sin embargo que CiU ha ponderar también la conveniencia de aliarse con ERC.

 Y tras las palabras, los gestos: el jueves pasado, parlamentarios del PSC y de UDC escenificaron el anuncio de que el próximo 14 de noviembre se reunirán en encuentro protocolario Duran y Montilla. Posteriormente, y para evitar equívocos, los socios de CiU decidieron celebrar un comité ejecutivo de la coalición el día 10. Pese a esta afabilidad en Barcelona, CiU defendía en Madrid, por boca de Duran, su enmienda a la totalidad del proyecto de presupuestos generales del Estado.

La “sociovergencia” es, en principio, la fórmula de gobernabilidad de Cataluña compuesta por la alianza entre CiU y el PSC-PSOE. Pero evidentemente tiene una proyección estatal: representaría también el compromiso de CiU con el Partido Socialista, que podría llegar al gobierno de coalición, fórmula que nunca aceptó Pujol durante su largo mandato. En definitiva, la “sociovergencia” significaría el cambio de socios del PSC tras las elecciones –en principio- de finales de 2010, de forma que ERC  e IC pasarían a la oposición.

Sucede sin embargo que la alianza CiU-PSC sumaría actualmente 85 de los 135 escaños del Parlamento catalán. Se trata de una “gran coalición” entre las dos mayores fuerzas del centro-derecha y del centro-izquierda, poco razonable por cuanto lo natural, por razones obvias, es que los dos grandes partidos se alternen en el gobierno. De hecho, es previsible que la fórmula “sociovergente” representaría el bloqueo monopólico del poder en Cataluña durante mucho tiempo. Máxime cuando son patentes el declive de ERC y el estancamiento de IC y del PP catalán.

Esta evidencia suscita una gran paradoja por cuanto sí tiene todo el sentido la cooperación PSOE-CiU en el Parlamento español. CiU es la minoría moderada por antonomasia, que desde los tiempos del portavoz Roca ha dado pruebas gran sensatez y de arraigada lealtad institucional. Una coalición entre ambas formaciones –preferiblemente con ministros convergentes- resultaría altamente  estabilizadora y fecunda. Lo que ocurre que es muy difícil, prácticamente imposible, compatibilizar esta cooperación estatal con la rivalidad actual en Cataluña, donde el PSOE es poder y CiU oposición.

Montilla, de momento muy cómodo en su actual posición, tiene en su mano las últimas decisiones al respecto. De momento, es impensable que cambie su actual sociedad por la sociovergencia porque, con sólo 37 escaños frente a los 48 de CiU, debería ceder a Mas la presidencia de la Generalitat. Habrá que esperar, pues, seguramente, al 2010 para que pueda invocarse la apuesta de Duran, que dejaría en posición excéntrica y desairada a las demás minorías nacionalistas del Estado y que, desde luego, daría a Cataluña y al sistema político español la posibilidad de pulir ciertas aristas estridentes y de asentar ya para siempre la estructura cuasi federal de nuestro Estado de las Autonomías.

 

España busca su punto G

Sbado, 25 Octubre 2008

Parece poco discutible que, al menos desde la Revolución Francesa, España ha llegado siempre tarde a su propia historia. No es cosa de repasar ahora todos los crónicos retrasos, que están por lo demás muy bien analizados por los historiadores, sino de revisar apenas superficialmente la rémora que supuso la dictadura franquista a la hora de ocupar un lugar aceptable en la comunidad internacional tras la Segunda Guerra Mundial. Por fortuna, y gracias a nuestro esfuerzo colectivo, pudimos reparar tardíamente el daño a marchas forzadas en paralelo al proceso de democratización: España se incorporó primero a la OTAN y después a Europa. Las nuevas sinergias provocadas por aquella apertura nos han permitido el conocido “milagro español”, el paso sin solución de continuidad desde el subdesarrollo y la marginalidad a nuestra envidiable ubicación como octava potencia mundial, quinta potencia europea, tercer país inversor en el planeta.

Estamos, en fin, en todas las instituciones supranacionales en las que tenemos que estar, pero –y éste es el problema- no hemos logrado aún introducirnos en los grupos más o menos informales de presión que realmente cuentan en los procesos de generación de ideas y de distribución del poder. Las mencionadas razones históricas nos dejaron fuera del G-8 –en los años setenta, entrar en él era un sueño utópico- y tampoco quisimos entrar en el G-20, creado en 1999, por respetar la primacía de la vocación europea de nuestro país.

Aznar ya hizo algunos movimientos ostensibles para dar a entender la desazón española por hallarse fuera del G-8, club en el que probablemente estaríamos con mejor derecho que Canadá. Pero esta ausencia no ha sido realmente percibida como importante hasta la crisis financiera internacional, que ha obligado y está obligando a adoptar decisiones de alcance global y a utilizar todos los mecanismos disponibles de coordinación a escala mundial. Ello explica la frenética carrera de Rodríguez Zapatero para que España esté en la Conferencia de Nueva York del próximo 15 de noviembre, en la que algunos ven la refundación del capitalismo instituido en Bretton Woods en 1944.

Muchos dudan del verdadero valor de esta cumbre, ya que las grandes decisiones económicas serán tomadas más bien en foros técnicos –el FMI y el BM- en los que sí está España, pero los movimientos de Zapatero son muy oportunos y tienen que ser apoyados por todos. Tanto si se comparte su estrategia de presión insistente con alharacas cuanto si se cree que resultaría más útil el procedimiento de la diplomacia intensa pero discreta. De cualquier modo, Zapatero, tan poco aficionado a la política exterior en la pasada legislatura, sigue la pauta de sus predecesores: en la segunda se ha aficionado a ella y en los últimos días ha mantenido una actividad intensa que, por lo menos, ha dejado sembrado el germen de nuestra inquietud. Y ha frenado la inadmisible tendencia de los cuatro grandes de la Unión Europea a constituir un directorio informal que dictaría reglas a los demás socios. En definitiva, España ha emprendido una intensa búsqueda de su punto “G”, que quizá dé resultado pronto pero que, como mínimo, ha dejado constancia beligerante de nuestra pretensión ante toda la comunidad internacional. 

Zapatero en Nueva York

Viernes, 24 Octubre 2008

Los esfuerzos de Rodríguez Zapatero por conseguir que España participe en la Conferencia de Nueva York del 15 de noviembre en que, a iniciativa de la Unión Europea, se intentará poner las nuevas bases del nuevo orden financiero internacional son dignos de encomio, y así parece haberlo entendido la opinión pública española, que también sabe lo difícil que resultará lograr tal objetivo. De momento, todos los tentáculos están extendidos para presionar sobre las principales cancillerías porque, aunque Bush será el anfitrión de la “cumbre” –para dicha fecha ya se habrán celebrado sin embargo las elecciones americanas-, el G-8 está presidido este año por Japón y el G-20, por Brasil. El presidente español, en China desde hoy como participante a la VII cumbre Europa-Asia (ASEM), tiene asimismo ocasión de hacer valer personalmente sus tesis ante varios de los miembros del G-8 y del G-20.

Los argumentos que respaldan esta pretensión se relacionan objetivamente con las dimensiones de nuestro país, que es el octavo en PIB nominal del mundo, el séptimo en dimensión de su sector financiero, el tercer inversor internacional, el primer inversor en América Latina y el propietario del mayor banco en capitalización de la Unión Europea. Cierto que no pertenece al G-8, el club de los ricos, porque su posición relativa era muy distinta en los años setenta del pasado siglo, cuando se creó en sucesivas fases la institución; sin embargo, la exigencia española de pasar a formar parte de esta instancia informal, aunque tan influyente, no es infundada: nuestro país ha superado a Canadá en Producto Interior Bruto, tiene más población –46 millones de habitantes frente a 33- y mantiene un protagonismo financiero y diplomático internacional incomparablemente mayor.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   La

La actual campaña de Rodríguez Zapatero tiene un fundamento concreto relevante, que se relaciona con la crisis económica que se pretende desentrañar, para obtener una actualizada regulación económica global que trascienda los criterios ya sobrepasados de Bretton Woods, adoptados en 1944, cuando estaba a punto de acabar la Segunda Guerra Mundial. España ha sido, con el Reino Unido, uno de los países europeos que más rápidamente ha reaccionado en socorro del sistema financiero, y nuestro modelo de regulación y supervisión adoptado por el Banco de España desde hace décadas ha demostrado ser sumamente eficaz. Pero más allá de la coyuntura, España ha emprendido un proceso de reubicación internacional que ya no es reversible. Y la batalla por contar en el sistema institucional global en función del tamaño objetivo de nuestra economía y de nuestra implicación política en la comunidad internacional se ha convertido definitivamente en un objetivo nacional que deberán perseguir todos los gobiernos a partir de ahora. Ello requiere mayor implicación del Estado en la política exterior, más sutileza en el cultivo de las relaciones –los errores pueriles de Zapatero han pesado muy negativamente- y, en el plano interno, la construcción de un consenso inquebrantable. Tras el efímero viaje al corazón del Imperio que realizó Aznar, que tan absurdo parece hoy día, PP y PSOE han de ir nuevamente de la mano en estos asuntos vitales en los que están en juego la posición y la reputación de España en el ámbito globalizado, ya que del acomodo que logremos dependen también, en gran medida, nuestra prosperidad y nuestro bienestar. 

ERC y la moqueta

Jueves, 23 Octubre 2008

Solía decir Maragall poco después de la formación del ‘tripartito’ que sus indómitos socios republicanos de Esquerra, entonces acaudillados por el demagogo Carod Rovira, se tranquilizarían y aburguesarían hasta la docilidad en cuanto “tocaran moqueta”. En efecto, el ambiente cálido y acogedor de los despachos oficiales y el suave runrún de los automóviles de alta gama con chófer puestos a su disposición amansa a las fieras.

Ayer publicaba la prensa que el Parlamento de Cataluña ha renovado precisamente ahora, cuando la crisis está al rojo vivo, su flota de vehículos. Y al presidente de la institución, el republicano Ernest Benach, le ha tocado en suerte un “Audi A-8 Limusina” adaptado, más largo que el normal, de 450 CV y dotado de escritorio de madera a medida, reposapiés, televisión, etc, valorado en 110.000 euros.

El proceso de reconversión de aquellos agitadores asamblearios en burgueses amantes del lujo es tan escandaloso como decepcionante. Porque ha ocurrido lo habitual: no sólo los jóvenes utópicos han puesto pie a tierra sino que el poder les ha hecho perder la razón y la perspectiva. Han de tener cuidado porque el siguiente paso de esta mudanza conduce con frecuencia a los escabrosos parajes de la corrupción.

Krugman y la recesión

Martes, 21 Octubre 2008

“Reparar el sistema financiero no impedirá la recesión”. El diagnóstico lapidario es de George Soros, el gurú de las finanzas que, tras convertirse en uno de los hombres más ricos del mundo, ha donado su inmensa fortuna a una fundación benéfica.

Parece evidente que así será, que el daño infligido a la economía real no financiera es, en alguna medida irreparable, porque ya está teniendo lugar la clausura irreversible de centros productivos no competitivos en esa nueva situación de ajuste. Además, para  muchos, la recesión ya está aquí, la veremos en cuanto se publiquen los últimos indicadores, por lo que no tiene sentido ponderar cómo evitarla: lo razonable es ver cómo actuar contra ella para salir de esta situación cuanto antes.

El premio Nobel ya no es lo que era, pero el economista Paul Krugman, que acaba de obtenerlo, no necesitaba del galardón para que su prestigio fuera ya muy alto. Y las posiciones de este profesional progresista y pragmático son bien claras: para proporciona ayuda a la economía real, “habrá que dejar de lado algunos prejuicios. Está políticamente de moda despotricar contra el gasto estatal y pedir responsabilidad fiscal. Pero ahora mismo, un mayor gasto estatal es justo lo que el doctor receta, y las preocupaciones sobre el déficit presupuestario deben ser dejadas en suspenso”. Krugman cree que la recuperación del mercado inmobiliario va a tardar en producirse, aunque se consiga descongelar los mercados de crédito; y piensa asimismo que la bajada de tipos de interés que sin duda tendrá lugar a ambos lados del Atlántico apenas concederá un leve impulso económico. De modo que las recetas que sugiere son proporcionar prestaciones ampliadas a los desempleados (lo que incrementará la demanda interna), otorgar ayudas excepcionales a los entes estatales y locales (en nuestro caso, a las comunidades autónomas y a los ayuntamientos), para que no recorten bruscamente algunos servicios públicos con la consiguiente generación de más desempleo; proceder a la compra de hipotecas en ciertas condiciones y a la renegociación del crédito para evitar desahucios; abordar la puesta en construcción de algunas infraestructuras importantes, que aunque se concluirán cuando ya no haya crisis, son necesarias de todos modos…

En definitiva, Krugman propone –con carácter temporal, evidentemente- un sistema de subvenciones directas y de inversión en obras públicas que bien hubiera podido firmar el viejo Keynes, y que, lamentablemente, no tiene alternativa alguna en este momento.

La apelación al déficit público es en España perfectamente posible sin dañar los equilibrios macroeconómicos dado que en los tiempos de bonanza que acaban de pasar se ha conseguido reducir el endeudamiento a poco más del 38% del PIB, uno de los más bajos de la UE y, por supuesto, infinitamente menor que el norteamericano. Así las cosas, no parece que la lucha contra la recesión haya de conseguirse exclusivamente por la vía de reducir la presión fiscal a las pymes: también será preciso apelar temporalmente al déficit para socorrer a los damnificados, estimular la demanda y promover la actividad mediante inversiones públicas que, por utilizar la expresión del propio Keynes, ceben la bomba de la inversión privada.

 

Iglesia, política y sociedad

Sbado, 18 Octubre 2008

La Iglesia ha interpuesto graves objeciones morales a la selección de embriones para salvar vidas, técnica innovadora que ha servido para que un niño afectado por una peculiar leucemia congénita que amenaza su vida pueda salvarse gracias a un trasplante de células madre del cordón umbilical de un hermano suyo, procreado con esta intención, para lo cual el embrió fue seleccionado genéticamente. El avance médico es tan prodigioso que la crítica eclesial ha chocado con una marea de elogios a los científicos que han obrado este admirable logro. Y los obispos han atraído sobre sí la enemiga de numerosas voces.

La controversia así planteada es una pura sinrazón. La posición de la Iglesia a este respecto es conocida, y aunque muchos la califiquemos de retrógrada y extemporánea, merece todo el respeto en un régimen democrático en el que impera la libertad de conciencia y cada cual es dueño de someterse al credo moral que le venga en gana. Y es que lo grave no es que un determinado grupo religioso o de cualquier otra índole tenga determinadas creencias sino que trate de imponerlas a todos los demás con el argumento de que posee la verdad revelada.

El día en que quienes pensamos distinto convivamos pacíficamente y nos sometamos gustosos al dictamen inapelable de las urnas, limitando nuestro proselitismo a la pedagogía con el adversario, habremos dado un paso de gigante en el logro de la verdadera paz civil.

Delincuentes de 12 años

Viernes, 17 Octubre 2008

La fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ha pedido en su última memoria institucional que los niños mayores de 12 años puedan ser imputados penalmente. El argumento del ministerio público para rebajar la edad de 14 años que rige actualmente es que muchos menores de 12 y 13 años son utilizados por sus padres para cometer delitos, conscientes de que no podrán ser sancionados. 

La propuesta es evidentemente disparatada si se acepta el espíritu de la Constitución vigente, que otorga al sistema penal una función recuperadora y rehabilitadora: el niño de 12 ó 13 años que comete una acción impropia es una víctima, no un delincuente, por lo que toda la responsabilidad ha de ser atribuida a sus padres y, en última instancia, a la sociedad que genera o permite sin inmutarse situaciones críticas de marginalidad en que la delincuencia pasa a ser una forma de subsistencia. No habría que olvidar que el estado de necesidad es un eximente de la responsabilidad penal.

La iniciativa, en fin, es una prueba más de la falta de criterio de la Justicia de este país, que no parece consciente de su papel complejo que, además de proteger a la gente honrada de los delincuentes, debe contribuir a la prevención de la delincuencia actuando contra las situaciones de riesgo. Y ha de hacer también lo posible porque los sujetos descarriados vuelvan al redil de la sociabilidad.