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Archivo de Febrero, 2009

Desconcierto penal

Viernes, 27 Febrero 2009

De un tiempo a esta parte, los actores políticos –gobierno y oposición- pretenden resolver las más graves disfunciones sociales mediante el endurecimiento sistemático del Código Penal, como si las leyes pudieran obrar milagros y como si la única terapia clínica en manos de la medicina fuera la cirugía.

La sinrazón acaba de ser puesta de manifiesto por el Consejo General del Poder Judicial, que en un informe no vinculante sobre la nueva reforma en ciernes opone dos objeciones serias a los cambios que se postulan en el Código: en primer lugar, las nuevas penas que se impondrá a los agresores sexuales no son proporcionadas porque, por graves que sean estos delitos, siempre será más punible y reprobable el asesinato que el abuso. En segundo lugar, es muy dudosa la figura de la libertad vigilada para terroristas y pederastas porque no tiene sentido que esta situación suponga un “régimen vital” peor que el tercer grado, en el que, antes de quedar en libertad, el recluso ya puede trabajar fuera de la cárcel.

La lucha contra la delincuencia no es tarea simple, ni puede resolverse por la vía exclusiva de agravar los castigos. Habría que entenderlo cuanto antes para no incurrir más veces en el disparate o en la demagogia.

¿Financiación irregular?

Jueves, 26 Febrero 2009

Es probable que ni el propio PP, absorto en la vorágine de su particular e inútil guerra contra Garzón –es evidente que ningún juez admitirá una querella contra el magistrado por prevaricación al instruir un sumario sobre un estrepitoso caso de corrupción- se haya percatado de que la inculpación del tesorero del Partido Popular, el senador por Cantabria José Luis Bárcenas, hombre de la completa confianza de Mariano Rajoy, en el “caso Gürtel” supone un gravísimo quebranto para el partido. Y representa un salto cualitativamente grave de la responsabilidad del propio PP en el escándalo.

Hasta que se conoció esta supuesta ramificación del caso, que alcanza al núcleo de la financiación del Partido Popular, el problema de Rajoy era, por así decirlo, periférico. Algunos conmilitones desaprensivos cedieron a la tentación de prevaricar a presiones de la trama de tráfico de influencias dirigida por Francisco Correa, un hábil embaucador que llegó a ser padrino de boda de la hija del presidente Aznar en la inefable boda escurialense. De haber permanecido el caso en este ámbito, hubiera bastado con seccionar los vínculos con las zonas de tejido corrupto para sanear el tronco del partido. Pero los últimos elementos de la investigación sugieren –es obvio que estamos en fase incriminatoria, por lo que todo son hipótesis todavía- que una parte importante del dinero público distraído por los corruptos y sus instigadores habría ido a parar a las arcas del partido. Según las filtraciones de la denuncia presentada ante Garzón, estaría grabada en una cinta magnetofónica la voz de Correa reconociendo que habría entregado a Bárcenas mil millones de pesetas por adjudicaciones de obras de la época en que Álvarez Cascos era ministro de Fomento. Al parecer, durante aquel periodo, empresas de Correa lograron casi cinco millones de euros en decenas de contratos de AENA.

Frente a esta imputación, que lógicamente ha de contemplarse desde el prisma de la presunción de inocencia, el resto de las tramas y escándalos con que ha de enfrentarse el PP, tanto en el “caso Gürtel” como en el asunto del espionaje, queda reducido a simple farfolla que enmarca la cuestión central: la posible financiación irregular del PP. Los análisis que vinculaban el liderazgo de Rajoy a los resultados electorales del 1-M y de las europeas, así como al desenlace de las convulsiones judiciales en las comunidades de Madrid y de Valencia han perdido consistencia y se han relativizado: la crisis del PP es más seria y no depende de circunstancias anecdóticas. Los catarros de Madrid y Valencia pierden importancia ante la evidencia que de que el aparato de Génova podría padecer una gangrena.

La coyuntura del PP es delicada, con el agravante de que la Justicia es proverbialmente lenta, por lo que los problemas de corrupción tendrán un largo desarrollo. Así las cosas, Rajoy no tiene más remedio que tomar las riendas de la situación, aplicar la cirugía política necesaria –la judicial ya la aplicarán los jueces- y urgir una catarsis basada en nuevas legitimidades que sólo pueden provenir de un proceso congresual. El PP no tendrá más remedio, en fin, que convocar cuanto antes un Congreso extraordinario que sirva a la vez de revulsivo y de terapia a un partido que, evidentemente, ha perdido el norte y necesita recuperar el rumbo y el tino. Y en las actuales circunstancias, todo indica que habrá de ser el propio Rajoy, con el respaldo de Gallardón, quien tome las más graves iniciativas.

La clave está en Galicia

Mircoles, 25 Febrero 2009

Por una cierta perversión de la política que no es exclusiva de nuestro país, lo verdaderamente relevante de las elecciones parciales –en este caso las autonómicas vasca y catalana- es su repercusión en la gran política del Estado. Y aunque pueda merecer reproche esta desnaturalización evidente del voto ciudadano, no tiene sentido desconocer que, salvo en Galicia y en Euskadi, lo que realmente importa a los grandes actores de la política española tiene poco que ver con los intereses de los ciudadanos de ambas comunidades y mucho con las consecuencias de mayor calado que se deriven de ambas consultas.

Si así se ve y así se entiende, resulta que el verdadero juego de poder está en Galicia, la patria chica del líder popular, Rajoy, y del vicesecretario general socialista, Blanco. Rajoy, con su liderazgo vacilante, llegó a la campaña electoral gallega en situación aparentemente terminal, con dos frentes político-judiciales abiertos, el “caso Gürtel” y el del espionaje en Madrid. El craso error de Bermejo le ha dado sin embargo inesperado oxígeno, y la dimisión del ministro de Justicia –siempre las dimisiones son ambivalentes- ha puesto por un momento la pelota en el tejado popular. De hecho, Rajoy parece haber conseguido acopiar una euforia contagiosa en el último tramo de la campaña gallega –las encuestas dan “empate técnico”-, aunque en cualquier momento las malas noticias judiciales pueden dar al traste con el optimismo.

La campaña activa de Rajoy está consiguiendo además sacar a la luz las contradicciones, en algún caso insalvables, de la coalición gallega que ha gobernado estos cuatro años. Como también sucede a otra escala en Cataluña, la alianza entre el independentismo y el socialismo plantea muchas dudas al electorado y a la opinión pública en general. Y, de hecho, ha sido chocante la rectificación de última hora que ha enunciado el presidente gallego, el socialista Pérez Touriño, de la política lingüística  practicada hasta ahora, inspirada por el BNG y calificada de sectaria por muchas voces moderadas.

Lo cierto es que si Rajoy consiguiese la mayoría absoluta –los 38 escaños o más- del Parlamento gallego, saldría claramente triunfador de la prueba del 1M. Porque, además de la victoria objetiva en su feudo, habría demostrado que los electores piensan que Rajoy no se ha contaminado con los casos de corrupción de su alrededor, que sí salpican en cambio a otros aspirantes al liderazgo popular. En definitiva, el tándem Rajoy-Gallardón se habría impuesto –Aguirre y Camps ni siquiera están en las campañas-, y ello permitiría al presidente popular llevar a cabo sin contemplaciones la cirugía profunda que necesita el PP para dejar atrás los mencionados episodios de corrupción y sus posibles metástasis.

En este supuesto de una victoria popular, el PSOE se vería obligado a revisar sus afinidades políticas con el nacionalismo (algo que también habrá de hacer en todo caso, y por otras razones, en Euskadi) y el vicesecretario Blanco, cabeza visible del PSOE en la campaña gallega, que cumple un papel impreciso entre Leire Pajín y Zapatero, quedaría ‘tocado’. Quizá fuese entonces la ocasión de que el presidente Zapatero lo llevara al Gobierno para concluir así la completa renovación de la estructura socialista de Ferraz, con todo el poder para Pajín.

Todas estas reflexiones, que sin duda circulan por los mentideros políticos, tienen sin embargo un corolario penoso: el gran afán de la clase de política continúa teniendo poco que ver con el drama de fondo que es la crisis.  

Encuestas de infarto

Lunes, 23 Febrero 2009

Como es habitual, ayer domingo, último antes de las elecciones gallegas y vascas, se publicaron en los medios las últimas encuestas relativas a dichas consultas. La pasada semana, ya aparecieron dos encuestas significativas: la del Gobierno vasco, según la cual el tripartito encabezado por Ibarretxe se quedaría a cuatro escaños de la mayoría absoluta (es difícil no creer que este sondeo se ha maquillado para impulsar la participación electoral de los simpatizantes del nacionalismo) y el barómetro de Antena 3, que presagia que el PP no conseguirá en Galicia la mayoría absoluta (obtendría entre 35 y 37 escaños) y que en Euskadi el PSE, que subiría cinco puntos, sería el árbitro de la situación frente a un PNV que bajaría el 5% y que no conseguiría escaños suficientes para reeditar el tripartito.

Las encuestas publicadas el domingo –en “ABC”, “El País”, “”La Vanguardia”, “El Mundo”…- pronostican sin embargo unos resultados bastante más ajustados. Julián Santamaría, catedrático de Ciencia Política, uno de los expertos en sociología aplicada más prestigiosos y presidente del Instituto Noxa que ha confeccionado los sondeos para “La Vanguardia”, ha resumido así la situación en las dos comunidades en juego: “La campaña electoral será clave ya que hay muchos indecisos y el resultado se juega en uno o dos escaños”. 

Característica fundamental de las encuestas publicadas es la escasa incidencia en los resultados de la coyuntura política –los escándalos de corrupción, espionaje y cinegéticos que tanto nos entretienen en Madrid-, y la gran preocupación ciudadana por la situación económica y el paro. Según los expertos, la recesión en que nos encontramos podría acentuar la abstención.

Así las cosas, las elecciones, que parecían resueltas a favor de la continuidad en Galicia y de un trascendental cambio en Euskadi, han adquirido un súbito interés entre la clase política (no entre la ciudadanía), que ha sido presa de un extraño miedo escénico. Rajoy toca con la punta de los dedos un buen resultado en Galicia, lo que le lleva a intensificar su campaña personal, en tanto el PSOE comienza a horrorizarse por lo que puede ser un buen resultado propio en Euskadi. Realmente, si el ‘tripartito’ no consigue la mayoría absoluta (38 escaños), todas las opciones de Patxi López son peligrosas para el Gobierno central. En efecto, si el líder del PSE se convierte en lehendakari gracias a los votos del PP, y el PNV pasa a la oposición, la soledad del PSOE en el Congreso, donde se encuentra a siete escaños de la mayoría absoluta, resultará preocupante. La posibilidad de un pacto PSE-PNV es remota: no son tiempos de gobiernos transversales ni parece viable pactarlos: ni López aceptaría ser segundo de Ibarretxe ni al contrario. Aunque siempre cabría que López apoyara a un lehendakari nacionalista distinto de Ibarretxe (¿Izaskun Bilbao, actual presidenta del Parlamento vasco?).

 

A Rajoy, siempre bajo la lupa de su sector crítico, puede bastarle un resultado honroso en Galicia –como mínimo, repetir el de hace cuatro años- para salvar el escollo y mantenerse en el sillón de Génova sin oposición.  Pero en este caso y si consigue salir del atolladero de los escándalos, aún le quedará por delante la gran prueba de las europeas, en junio. Si Mayor Oreja no consiguiera esta vez ganar al Partido Socialista en unas elecciones en que es proverbial el voto de castigo al Gobierno de turno en todos los países comunitarios, Rajoy ya no podría probablemente oponerse a la evidencia de que no es un caballo ganador.

 

Lo esencial y lo accesorio

Sbado, 21 Febrero 2009

El ciudadano de a pie está comprensiblemente desolado ante el espectáculo que discurre frente a sus ojos. Perplejo ante la evidencia de que aquel mundo próspero en que creía que había de vivir el resto de sus días porque así se lo aseguraban, sin excepción, sus partidos políticos -¿recuerdan la curiosa teoría de los ciclos largos, que afirmaba que estábamos en una fase de crecimiento prácticamente ilimitado?- era una pura ficción, preocupado por la inseguridad de su puesto de trabajo o, simplemente, en desempleo desde hace días, semanas o meses, ve cómo la terrible crisis que se ha abatido sobre esta sociedad no es, ni de lejos, el principal problema de quienes deberían resolverlo, mitigarlo o, cuando menos, paliarlo mediante actuaciones excepcionales que garantizaran la supervivencia física de quienes han ido por delante en la lista creciente del paro, la angustia y la postración.

Por un extremo del escenario, asoma la conocida silueta de la corrupción, una lacra que tanto en cuanto irrumpe y pone de manifiesto que a alguna fuerza política, en mayor medida que a las demás, se le ha ido la mano de la avaricia y se ha contaminado hasta extremos que, al salir a la luz, estallan en forma de vistosa llamarada.  Por el lado opuesto, entra en escena el fantasma de la confusión institucional, del juez estrella y el ministro flamígero confundidos en el aquelarre cinegético que exhala un aroma letal de viciada confraternidad.

La escena central no versa tampoco sobre la recesión, ni sobre el cambio de modelo de crecimiento que inexorablemente deberemos impulsar para no quedarnos anclados en el cieno, ni sobre la expectativa trágica de los cuatro millones de parados este mismo año, ni sobre la crisis financiera que afecta a unas instituciones de crédito no tan sólidas como habíamos pensado, ni sobre un endeudamiento creciente que comprometerá el desarrollo de las futuras generaciones… : el espectáculo es la competición por la conquista de los gobiernos regionales de dos comunidades autónomas, de cuyo desenlace dependen al parecer equilibrios que nada tienen que ver con el drama de fondo ni con el bienestar de los electores.

Otras figuras secundarias del teatro dan, pese a la crisis, colosales pelotazos especulativos mientras empresas públicas extranjeras se adueñan de partes esenciales del tejido industrial español, completamente privatizado…

La España profunda, la formada por el pueblo llano y por las instituciones intermedias, la que pulsa el latido de la realidad, sabe que esta amarga coyuntura sólo podría resolverse mediante un gran pacto de Estado que nos pusiera a todos a trabajar en la misma dirección. Pero ni la oposición tiene bastante fortaleza para este gesto de magnanimidad, ni la mayoría gobernante está dispuesta a ceder un ápice de la eminencia que le han entregado las urnas. Definitivamente, la gran política española está en otra cosa. La crisis sólo importa a los políticos en función de lo que cada cual pueda extraer de ella en beneficio propio. ¿Cómo podrá extrañarse alguien de que, como denuncia un periódico catalán sobre las elecciones gallegas y vascas, “nunca tanta incertidumbre en el resultado de las elecciones produjo tanta indiferencia”? 

El G-20 en Londres

Viernes, 20 Febrero 2009

Cuando el pasado 15 de noviembre, con Bush todavía en la presidencia norteamericana, se reunió en Washington el G-20, más España y algún otro país, la situación de la economía global era crítica pero todavía no se había extendido el grave pesimismo que hoy embarga a la comunidad internacional. Desde aquella fecha, la recesión se ha generalizado en todo el mundo desarrollado y en las principales economías emergentes, y el horizonte de la recuperación continúa alejándose en el tiempo. De ahí lo sorprendente de que no se haya anticipado la siguiente reunión que, como se previó entonces, tendrá lugar el próximo 2 de abril en Londres. Es innecesario decir que esta cita tiene una gran importancia, toda vez que hay pleno consenso sobre la evidencia de que frente a una crisis global sólo resultarán efectivas soluciones también globales.

En la convocatoria de la cumbre de Londres efectuada por su anfitrión, Gordon Brown, se marcan los principales aspectos de la ambiciosa ‘hoja de ruta’ que habrá que desarrollar. Además de “revisar la ejecución de los principios y decisiones acordadas” en Washington, la propuesta fija varias iniciativas para llegar a una acción coordinada destinada a “restaurar la estabilidad y establecer las bases de una recuperación sostenible”; en concreto, se sugiere examinar el impacto real de las medidas adoptadas para incrementar la demanda global –desde el “plan Obama” hasta los diversos planes nacionales como el “Plan E” español-, que de momento no han rendido frutos apreciables.

Además, Brown propone la toma de otras decisiones: renuncia expresa de todos los países a utilizar el proteccionismo y adopción de medidas que garanticen la financiación de comercio; reforma de las instituciones reguladoras de los mercados financieros; refuerzo del FMI, que habría de ocuparse de crear un sistema de “alerta temprana de la crisis”; nuevo impulso político para tratar de concluir la cumbre de Doha sobre comercio internacional; más estrecha cooperación macroeconómica para restaurar el crecimiento y proteger los empleos, evitar contagios negativos y apoyar los mercados de los países emergentes y países en desarrollo.

Tan relevante como la cumbre de Londres será la que ha convocado Merkel en Berlín el próximo domingo para promover “una posición común” de la Unión Europea. A esta reunión asistirán sólo los países europeos del G-20, más España y los Países Bajos. La relación intraeuropea es vital porque no resulta concebible que los países comunitarios puedan salir aisladamente de la recesión. Y para que Alemania vuelva a ser “motor” de Europa y recupere su potencia exportadora, es preciso que sus grandes clientes se repongan de la crisis.

Es muy positivo que España esté de oficio en estas cumbres (es previsible, además, que en la cumbre de Londres Rodríguez Zapatero pueda mantener el primer contacto bilateral con Obama, probable comienzo de un cambio en la relación España-USA). Pero no deberíamos perder un minuto del análisis en estas cuestiones coyunturales: la convicción de que la crisis global sólo admite soluciones globales ha de bastar para estimular una cooperación intensa, real y nada retórica, entre las grandes economías. Una cooperación que debe buscar frutos tangibles en el refuerzo de los mercados financieros y en la recuperación de la actividad, y que asimismo ha de generar confianza en la opinión pública internacional. Sin ella, no regresará el necesario dinamismo a los agentes económicos.

Las represalias de Bermejo

Jueves, 19 Febrero 2009

Quien haya pulsado la opinión de los jueces sobre la huelga de ayer y las movilizaciones previstas para el futuro, sabrá que uno de los factores desencadenantes de la crisis ha sido el tono abrupto y arrogante del ministro de Justicia, con quien ha resultado imposible mantener una negociación pacífica. 

Pues bien: tras la primera huelga, Bermejo no ha tenido otra ocurrencia que exigir represalias para los huelguistas y amenazar al colectivo de jueces y magistrados con una ley ad hoc que les cercene definitivamente el derecho de huelga. Como es conocido, existe un vacío legal al respecto, que ha hecho desistir al Consejo General del Poder Judicial de adoptar cualquier medida sancionadora. Nadie, salvo Bermejo, ha sentido sin embargo la necesidad de llenar ese vacío. Todo ello al margen de que las iniciativas legislativas en caliente se descalifiquen por sí solas.

Es evidente que, para reconducir el conflicto, habrá que atender primero las peticiones razonables de los movilizados en lo tocante a la modernización y dotación de la maquinaria judicial. Y, en segundo lugar, será preciso restablecer los puentes entre la judicatura y el Ministerio de Justicia. Bermejo camina justo en sentido contrario, por lo que de nuevo queda en entredicho su aptitud para seguir al frente de su actual responsabilidad. 

Bermejo y la huelga de jueces

Mircoles, 18 Febrero 2009

La desolación causada por la crisis económica tiene hoy el sobreañadido ingrato de la huelga de jueces, que ha contribuido a incrementar el malestar social de este país, aterido por las gélidas noticias y previsiones que anuncian la larga travesía del desierto. Los jueces se han equivocado absolutamente al utilizar a un arma de presión sindical cuando tienen constitucionalmente vetado afiliarse a sindicato alguno (art. 127.1 C.E.). Pero el ministro de Justicia, Fernández Bermejo, tampoco saldrá indemne de la prueba.

Conviene recordar que los jueces son individualmente los titulares del poder judicial (ese poder no descansa, como generalmente se cree, sobre el Consejo General, sino que son los jueces en el ejercicio de su función jurisdiccional quienes lo ostentan). En consecuencia, resulta muy chirriante que quienes desempeñan una función tan trascendente en la estructura del Estado vayan a la huelga. Huelga, ¿contra quién? ¿Acaso contra el Gobierno, como si el Poder Ejecutivo fuera su empleador? ¿Quizá contra los ciudadanos? Y es innegable que esta conducta frívola, por justificada que éste por unas demandas que todos compartimos y que son razonables, mina el más valioso patrimonio de la Justicia: su prestigio. No parece serio que quien tiene en su mano la libertad, la hacienda y el destino de las personas se comporte con esa ligereza.

Dicho esto, es claro que la huelga tiene ribetes políticos. Porque no se entendería este acto de fuerza sin observar también el trasfondo del “caso Mari Luz”, en el que Gobierno se entrometió en el régimen disciplinario de los jueces diciendo en voz alta lo que pensábamos todos los ciudadanos. Y es evidente asimismo que el ministro de Justicia, Fernández Bermejo, no ha sido capaz de reconducir esta situación. Las asociaciones judiciales no lo han ocultado: el temperamento arrogante y nada condescendiente del ministro ha hecho imposible acuerdo alguno para evitar la huelga, a pesar de que sea cierto que precisamente ahora se están realizando cuantiosas inversiones en la modernización de la Justicia. Y, lejos de reconocerlo, Bermejo clama ahora porque se abra expediente a los jueces huelguistas, cuando el propio Consejo, que cree que existe un ‘vacío legal’ al respecto, ha descartado hacerlo. Más leña al fuego.

Todo esto se añade a la insensibilidad de Bermejo en lo que respecta a su fin de semana cinegético con Garzón. Es un sofisma la tesis de que aquel esparcimiento pertenecía al ámbito de la “vida privada” del ministro. Pompidou, en memorable ocasión y cuando uno de sus ministros pretextó unos problemas particulares, lo destituyó fulminantemente con el argumento de que “los ministros no tienen vida privada”. Lo que los ocupantes de las instituciones hacen de puertas afuera de su casa es indubitablemente público, por lo que Bermejo es reo de un error gravísimo. Así parece haberlo entendido  el propio Zapatero, quien ni siquiera cruzó una mirada con su colaborador al coincidir ambos en el Senado.

El problema de la Justicia, que se arrastra desde el arranque de la etapa democrática, debe resolverse cuanto antes, no a causa de la huelga sino porque existe conciencia general de que la penuria de medios materiales y humanos ha llegado al límite. Y en esta tesitura, no parece que Bermejo sea la persona adecuada para pilotar esta transformación.

Obama y sus críticos

Martes, 17 Febrero 2009

Al contrario de lo que sucede en España, donde estamos entretenidos en episodios de corrupción, en Norteamérica está teniendo lugar un agrio debate sobre las soluciones de la crisis económica y financiera, el triste legado del inepto Bush a Obama.

Como es bien conocido, el plan de estímulo económico que acaba de aprobar el Congreso de los Estados Unidos –gracias al apoyo masivo del partido demócrata y, en el Senado, del respaldo de apenas tres senadores republicanos- a instancias del presidente Obama consiste en la inyección en el sistema económico de unos 800.000 millones de dólares, en un plan mixto según el cual el 64% de esta cantidad será inversión pública, y el resto, el 36%, incentivos y desgravaciones fiscales. Éste es el acuerdo al que hubo que llegar entre los dos grandes partidos para que el plan resultase aprobado.

Existe coincidencia en apreciar que el plan va en la dirección adecuada, pero cada vez son más tonantes las voces que critican su insuficiencia. El nobel Krugman, por ejemplo, se lamenta de que se insista en las políticas de oferta, tan queridas por Bush: las rebajas de impuestos auspiciadas por Bush a lo largo de sus ocho años representaron dos billones de dólares, dos veces y media lo que cuesta el plan Obama; el propio McCain, republicano díscolo, llegó a decir, tras aprobar los recortes, que aquello era un “robo generacional”, que pondría en riesgo el futuro de sus hijos.

Pero, sobre todo, se critica la insuficiencia del plan. Cita Krugman un estudio de la Oficina Presupuestaria del Congreso según el cual, en los próximos tres años, existirá un desfase de 2,9 billones de dólares entre lo que la economía podría producir según la capacidad instalada, y lo que realmente producirá. Así las cosas, la aportación pública apenas podrá restañar una parte menor de la recesión. Y compara la terapia que va a administrarse con la que aplicó Japón en los años noventa: suficientes recursos para que no se produjera la catástrofe pero insuficientes para que Japón enderezara definitivamente su economía, que todavía mantiene una debilidad crónica como acaba de verse a la luz de los últimos datos macroeconómicos: el descenso del PIB alcanzó más del 12% en el último trimestre.

En definitiva, Krugman, al frente de un grupo de economistas críticos cercanos al partido demócrata, reprochan a Obama pusilanimidad, no ofrecer soluciones que estén a la altura del reto que Norteamérica tiene planteado. Asimismo, estos expertos defienden la nacionalización temporal de los bancos con problemas en lugar de las inyecciones de dinero público para salvar las entidades. De este modo –argumentan-, los recursos empleados en el salvamento regresarían a las arcas públicas en el momento de la desnacionalización.

Sea como sea, lo estimulante de este dibujo del debate norteamericano es que se está produciendo. No como en España, donde los partidos están entretenidos en destriparse mutuamente y en pugnar a cara de perro por péqueñas parcelas de poder autonómico. Vergüenza les debería dar. 

¿La hora de Gallardón?

Lunes, 16 Febrero 2009

Los dos escándalos que padece el PP, el del espionaje en el seno de las instituciones autonómicas y el “caso Gürtel” que abarca las complejas y delictuosas relaciones de Francisco Correa con dirigentes populares, están salpicando manifiestamente a Rajoy y a los líderes de las agrupaciones regionales del partido en que se han desarrollado los hechos, la presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre y el de Valencia, Francisco Camps. Es pronto para conocer todas las ramificaciones y repercusiones de dichos asuntos, que aún están en las fases iniciales de sus correspondientes procesos judiciales, pero ya parece inevitable que la imagen de quienes rigen los destinos del partido en los ámbitos en que actuó Correa quede irremisiblemente desgastada.

Así las cosas,  la figura que aparece hoy intacta en el trasfondo de la crisis popular es la del alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón. Así lo han visto los medios, y así parece haberlo entendido también el Partido Socialista puesto que ha hecho ya algunos gestos de preocupación. Efectivamente,  Gallardón representa al ala más centrada del PP, y desde esta ubicación ha logrado sucesivos éxitos electorales impresionantes, mayorías absolutas tanto en la comunidad de Madrid como, después, en el ayuntamiento capitalino. Tiene la enemiga del sector más radical de los populares pero, a cambio, atrae incluso a sectores del centro-izquierda, que ven en él a un moderado, buen gestor y con una gran capacidad de diálogo.

La posición actual de Rajoy es inquietante. La debilidad de su liderazgo le impide llegar a acuerdos con el Gobierno y lo lleva a abordar la grave crisis con las únicas armas de la crítica abstracta y sistemática a la acción gubernamental, sin ofrecer opciones alternativas creíbles, y esta postura negativa, que irrita a los ciudadanos, le pasará factura. Y si a los escándalos actuales se le añaden resultados mediocres en las próximas consultas electorales, su sillón podría derrumbarse. 

Llegados a este punto,  podría haber llegado la hora de Gallardón. Y no es en absoluto desdeñable la posibilidad de que sea el propio Aznar quien acelere el golpe de timón. Aunque la relación entre el ex presidente y el alcalde de Madrid ha tenido fases tormentosas, Aznar siempre ha reconocido la gran capacidad de aquél, una criatura política de Manuel Fraga que siempre tuvo ideas claras sobre sus ambiciones. No es relevante pero sí significativo que el equipo de Gallardón esté encabezado por Ana Botella, esposa de Aznar. Y el PP ya tiene una pequeña historia de “refundaciones”: Aznar fue fruto de la que llevó a cabo en 1989 Fraga con mano de hierro para sustituir a Hernández Mancha.

Gallardón es un político con ideas y arrojo que ha entendido la política más como conciliación de intereses que como un juego de rivalidades irreductibles. Representa, en fin, una derecha moderna, laica, liberal y pragmática que es, por ello mismo, detestada por el ala más conservadora de su partido. Pero probablemente, en esta hora, sea el único personaje capaz de llevar al PP al gobierno del Estado. Y esta evidencia podría desarbolar las resistencias de Aznar a defender su opción, e incluso convencer a las bases populares de que no tienen otra salida. 

Naturalmente, estas especulaciones se supeditan a los acontecimientos inminentes: las consultas de marzo y junio y los avatares judiciales pendientes. Pero las aguas del PP fluyen sin duda por el cauce apuntado. El tiempo colocará cada hito en su lugar.