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Archivo de Mayo, 2009

Aviones

Viernes, 29 Mayo 2009

La polémica sobre si el presidente del Gobierno debe o no utilizar aviones oficiales para desplazarse a sus actos de partido, en la que la oposición afirma que es reprobable que el jefe del Ejecutivo viaje a costa del contribuyente, es simple y llanamente hipócrita.

Como nadie ignora, en nuestro país los partidos políticos se financian con cargo a los presupuestos generales del Estado. Más del 95% de sus recursos han sido aportados por los contribuyentes. Resulta, pues, absurdo que se maneje el argumento de que Zapatero despilfarra dinero de todos al desplazarse en avión militar ya que Rajoy también viaja en aviones alquilados  con fondos que salen de los bolsillos de los españoles. Si a esta ecuación se añade el problema de la seguridad, se entenderá que la polémica no tiene sentido.

Ya se sabe que en democracia las formas son importantes, pero lo es todavía más la razonabilidad de los argumentos. Deberían dejar de burlarse nuestros políticos de la inteligencia de los ciudadanos.

El nuevo patrón económico

Lunes, 25 Mayo 2009

Caben pocas dudas sobre la conveniencia de ir abriendo paso a un nuevo patrón económico que dé lugar a un nuevo modelo productivo. La recesión que nos embarga con dramatismo tendrá, entre otros efectos, el de reducir significativamente el tamaño del sector inmobiliario, lo que obligará a reorientar la actividad hacia nuevas tareas de mayor valor añadido capaces de generar nuevos empleos en sectores emergentes. El problema ya no sólo consiste, en fin, en salir de la recesión sino también y sobre todo en estimular nuevas estrategias de crecimiento para el día después.

El presidente del Gobierno se ha puesto al frente de estos designios. Ayer, en Andalucía, reiteraba su propuesta de “una economía de alto valor añadido, con empleo estable, sostenible, de gran desarrollo tecnológico e investigador”.  Y, como es conocido, el Gobierno se propone auspiciar un gran acuerdo social para sustentar la Ley de Economía Sostenible, que debe dar viabilidad a las reformas necesarias… Entre ellas, las mencionadas en el último gran debate parlamentario: eliminación de la desgravación por vivienda, bajada del impuesto de sociedades a las PYMES, austeridad fiscal,  inversiones en educación y tecnología, etc.

La iniciativa va en la dirección adecuada, y por ello es probable que el Ejecutivo consiga el consenso social que pretende, y que dejaría aislado al principal partido de la oposición. Pero no debemos llamarnos a engaño sobre el alcance de esta acción pública: ni es posible cambiar el modelo de crecimiento por vía normativa, ni el Gobierno puede hacer otra cosa que inspirar un cambio que a la postre tendrá que ser acometido por toda la sociedad. 

La conquista de niveles crecientes de productividad, que de eso se trata en el fondo, requiere la adopción continuada de reformas estructurales de gran calado. Entre ellas, deben mencionarse la reforma del mercado laboral, en el que aún es necesario, además de una simplificación, el trueque de mayor estabilidad por menor seguridad; una reforma a fondo de las administraciones públicas, que son hoy día un ineficaz pozo sin fondo; una reforma educativa ambiciosa que reduzca el fracaso escolar y haga hincapié en una formación profesional tecnológicamente avanzada; una reducción significativa de la dependencia energética, con el inapelable recurso a la energía nuclear; una reconstrucción eficaz de la unidad de mercado, eliminando sin contemplaciones las trabas particularistas que se le oponen… 

Es evidente que todas estas políticas  han de plantearse a medio y largo plazo (si no, no tienen sentido), por lo que para que resulten creíbles y eficaces han de basarse en un acuerdo político entre las formaciones que se turnan al frente del Estado. Bien están los esfuerzos parciales que caminan en la buena dirección pero no deberíamos confundirnos ni confundir a la opinión pública en lo referente a la gravedad excepcional del problema ni en lo tocante a la magnitud del esfuerzo que nos reclama. Y en este sentido, PP y PSOE, que han sido ya capaces de pactar en Euskadi sin renunciar a su rivalidad general,  tendrían que suscribir igualmente un pacto de mínimos sobre tales estrategias de futuro. Sin renunciar a la lucha por el poder, pero sin hacerse la zancadilla en aquellas cuestiones que no admiten discusión y en cuyo logro se cifra la más rápida salida de la recesión.

El desorden autonómico

Jueves, 21 Mayo 2009

El debate sobre el estado de la Nación ha permitido este año observar uno de los déficit más disfuncionales del sistema democrático español. Ciertas medidas anunciadas por el presidente del Gobierno eran, en realidad, mixtas, es decir, comprometían a la vez recursos gestionados por el gobierno central y recursos autonómicos (es el caso, por ejemplo, de las ayudas al automóvil); y, sin embargo, como se ha visto, no existen mecanismos de coordinación y codecisión que sustenten estas actuaciones complejas. Nuestro Estado de las Autonomías está, en fin, “inacabado”, como explica hoy con acierto el constitucionalista Francesc de Carreras en la prensa catalana.

La denuncia de este ilustre crítico puede resumirse así: cuando Zapatero llegó al gobierno en 2004, lo hizo con un programa electoral muy razonable en lo tocante a la cuestión territorial: el designio principal era una reforma constitucional que hiciera del Senado una verdadera cámara ‘federal’; y el entonces ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla, creó la Conferencia de Presidentes Autonómicos y perfeccionó la participación de las comunidades autónomas en Europa. Sin embargo, en lugar de avanzar en aquella dirección coordinadora e integradora, que era la que se imponía tras la finalización de la descentralización política del Estado, la nueva mayoría socialista hubo de embarcarse, por razones meramente coyunturales impuestas por Maragall, en un innecesario, oneroso e inútil proceso de reformas estatutarias que, en realidad, ha aportado bien poco al modelo preexistente. Porque, como es obvio, la redefinición de la financiación autonómica que está a punto de consumarse, y que en teoría es la gran conclusión de la reforma, poco o nada tiene que ver con la farragosidad voluntarista de los nuevos Estatutos.

La necesidad de concluir el Estado de las Autonomías mediante la generación de una estructura que dé coherencia interna al conjunto, delimite ciertos procedimientos cooperativos y facilite la integración de los esfuerzos y de las voluntades es bien patente, y es para muchos inexplicable que el Partido Popular, la gran oposición conservadora, no estimule al Gobierno a generar con su ayuda tales avances. El PP critica a Zapatero por prometer ayudas autonómicas sin haber negociado antes con las autonomías, pero se muestra incapaz de apoyar los sistemas de coordinación que hubieran posibilitado una propuesta armónica. Y es impensable que la mayoría socialista pueda apoyarse en las otras minorías porque los nacionalismos periféricos son alérgicos al concepto de ‘armonización’, que es el que habría que exprimir en semejante reforma.

Con independencia del acierto o desacierto de los grandes partidos en el desempeño de sus respectivas funciones, es muy negativo para la buena marcha del país su incapacidad para acordar cuestiones de alcance constituyente que no tienen significado partidista y que sin embargo racionalizarían nuestro modelo territorial y facilitarían grandemente la buena marcha del Estado. Asuntos como la reforma del Senado y algunos otros aspectos de la Constitución necesitados de reforma forman parte del núcleo de consenso que comparten PP y PSOE. Es, pues, absurdo y hasta ridículo que las dos formaciones sigan dándose la espalda en estas cuestiones, de las que depende la estabilidad institucional, para que nadie piense que alguien flaquea en la sagrada tarea de negar el pan y la sal al adversario.

La pitada de Mestalla

Martes, 19 Mayo 2009

La polémica sobre la retransmisión que efectuó RTVE del partido de la final de Copa del Rey ocultó la cuestión de fondo, la colosal pitada con que fue recibido el himno nacional emitido por la megafonía del estadio de Mestalla cuando los reyes entraban a ocupar su lugar en el palco. Lo ocurrido hubiera perdido visibilidad si el himno se hubiese emitido con los suficientes decibelios de potencia, pero en cualquier caso el hecho es significativo.

La propia Casa del Rey se pronunció oficiosamente sobre el incidente con una atinada reflexión cargada de sentido común: un estadio de fútbol no es lugar para medir el pulso político de un país. Efectivamente, el público asistente al partido entre el Bilbao y el Barcelona, inquieto por la contienda que iba a presenciar, recurrió seguramente a la estridencia para descargar la tensión acumulada, sin la menor pretensión plebiscitaria. Sin embargo, el suceso no fue neutro, y no tendría sentido ignorar que aquel desahogo, en buena parte subconsciente, llevaba implícita una disconformidad con el sistema establecido, con los símbolos de nuestro modelo de organización.

Con toda evidencia, lo ocurrido refleja las grietas actuales del Estado de las Autonomías, tras el desencaje de Cataluña a causa de un proceso estatutario que ha sembrado perturbadora confusión por el comportamiento errático de sus principales protagonistas. En efecto, tras la retirada de Pujol en 2003, y cuando parecía que la alternancia debía suponer para los catalanes la reducción de las tensiones centrífugas, el socialista Maragall se puso al frente de una reclamación confederal que, además de su problemático contenido político, generó una fractura reivindicativa entre Cataluña y el resto del Estado. La exigencia airada y hosca de las balanzas fiscales para argumentar una reducción de la solidaridad interterritorial no podía resultar inocua, y aquella actitud ha dejado huella en la cohesión del Estado español, a pesar de que el nuevo Estatut fue significativamente ahormado a la Constitución en última instancia y de que es ya seguro que el Tribunal Constitucional le impondrá una interpretación todavía más restrictiva. Pero aquella agresividad introspectiva de Maragall ha tenido efectos intelectuales y psicológicos muy lesivos, como por ejemplo el hecho de que se acepte con toda naturalidad que quien preside el Barcelona Club de Fútbol sea un soberanista que no oculta su afán de hacer de su institución el emblema de una nación independiente, contra la voluntad de la mayoría de sus socios y del pueblo de Cataluña. 

En lo tocante a Euskadi, la alternancia sí ha supuesto, como era lógico, una alternativa al nacionalismo, por lo que quienes no abrazan tal particularismo se sienten eficazmente representados. Pero en Cataluña la confusión se ha vuelto magmática y espesa, el PSC mantiene su sociedad con ERC y la reivindicación, razonable o no, se ha convertido en un absoluto que monopoliza el vínculo que liga la autonomía al Estado. Éste es el verdadero problema.

En definitiva, la desafección de Cataluña no es la consecuencia de una supuesta cicatería del Estado sino de una mala pedagogía del establishment no nacionalista, que, subido paradójicamente al mismo carro del nacionalismo, ha generalizado el sentimiento victimista que Pujol acunó con mimo durante veintitrés años. Es urgente, pues, una rectificación, una recuperación magnánima de los lazos y los vínculos intraestatales, una rehabilitación intelectual de la historia real (no del imaginario nacionalista), una reconstrucción de los afectos recíprocos. En este punto radica el problema. Y a estos menesteres urge aplicar una solución política de verdadera entidad. 

Pedagogía del cambio

Domingo, 17 Mayo 2009

El debate sobre el estado de la Nación que acaba de celebrarse ha sido infructuoso en sus aspectos clave: la inminencia de las elecciones europeas ha convertido el ritual parlamentario en una colosal contienda que sin duda habrá irritado a una opinión pública que tenía derecho a esperar que la gravedad excepcional de la coyuntura obligaría moralmente a todos los actores a buscar consensos y soluciones comunes. Sin embargo, si se elimina la abundante paja de este desafuero se entreverá un grano sustancioso que por primera vez ha aparecido en un acto de esta naturaleza: el gobierno y los partidos políticos ya no sólo están preocupados por resolver la crisis, detener la tendencia ascendente del desempleo y recuperar el pulso; ya empieza a ser lugar común la evidencia de que para resolver este problema tenemos que activar grandes y trascendentales cambios, establecer un nuevo modelo de crecimiento, basar la prosperidad en nuevos pilares económicos. En este sentido, el debate ha resultado pedagógico, y ahora sólo falta que ahondemos en esta dirección.

En efecto, la medida más significativa de las apuntadas por el presidente del Gobierno ha sido la supresión de la desgravación por compra de vivienda. Desde hace años, expertos económicos de prestigio e instituciones económicas solventes llamaban la atención a los sucesivos gobiernos españoles sobre lo pernicioso que resultaba mantener este incentivo a la demanda cuando el sector de la construcción residencial se iba recalentando hasta crecer los precios anualmente a tasas muy superiores al IPC. Pese a ello, nadie se atrevió a suprimir aquel dislate, que ni siquiera beneficiaba a los compradores ya que el principal efecto de aquella ayuda fiscal era elevar los precios.

La supresión de la desgravación, que sólo se mantendrá para rentas muy bajas que, por lógica, no deberían acceder a una vivienda libre en propiedad,  pretende redimensionar el sector construcción, de forma que no represente en el futuro más allá del 7 ó el 8% del PIB y no el 14% como en los últimos años. Además, se pretende una reconsideración de la cultura de la vivienda en propiedad para intensificar el mercado de alquiler, como en toda Europa. La disposición de muchos jóvenes a entramparse seriamente de por vida para conseguir 60 metros cuadrados en propiedad es enfermiza.

Al propio tiempo, Rodríguez Zapatero ha hecho hincapié –más retórico que real hasta el momento- en intensificar la inversión en educación y en I+D para incrementar la productividad y explotar nuevos nichos de actividad y empleo de mayor valor añadido. Esta tarea, que resultará ardua, es que la tiene que tiene que dar a luz el nuevo modelo de desarrollo, sintéticamente enunciado por el propio jefe del Ejecutivo como “menos ladrillo y más ordenadores”.

De momento, la respuesta del PP a estas iniciativas, que no son partidistas sino de simple sentido común, ha resultado decepcionante. Rajoy se ha opuesto al fin de la desgravación por vivienda con el argumento de que va contra las clases medias. Y sin embargo, éste es el camino. Debería prepararse también el PP a recorrerlo. 

El lúdico debate

Jueves, 14 Mayo 2009

La competitividad, asociada al juego, es probablemente una de las características más refinadas de la inteligencia. Los animales sin incapaces de adentrarse en el terreno superior de lo lúdico, y apenas compiten instintivamente, para satisfacer sus necesidades vitales.

Pero la competitividad puede ser también una rémora: es fácil que la rivalidad enturbie la razón hasta el absurdo. Así por ejemplo, un debate parlamentario no debería ser nunca planteado como una competición entre líderes sino como un método esclarecedor para avanzar políticamente. La democracia se basa en Hegel: de la tesis y de su antítesis ha de surgir la síntesis evolucionada y creativa.

Tras el último debate, todos los análisis versan sobre quién ganó realmente el debate. Zapatero o Rajoy, Rajoy o Zapatero. Y alguno afirma que fue realmente Duran Lleida quien se lució verdaderamente. Es muy lícito hacer tales balances, pero es muy triste que un gran debate como el que acaba de celebrarse se resuma en un elemento tan frívolo. ¿Qué más les dará a los cuatros millones de angustiados ciudadanos sin trabajo que el debate lo haya ganado Rajoy o Zapatero?

Brotes verdes

Martes, 12 Mayo 2009

Los gobernadores Trichet –BCE- y Fernández Ordóñez –Banco de España- aprecian un “punto de inflexión” inminente en la crisis. Un indicador adelantado de la OCDE ha detectado señales de recuperación en China, Reino Unido, Francia e Italia en unos seis meses. La Fundación de las Cajas de Ahorros, Funcas, cree que el primer trimestre de 2009 ha sido el peor de la recesión española. Y el “Financial Times”, el periódico más influyente del mundo, acaba de avalar por primera vez la aparición de tales síntomas esperanzadores. Son los llamados aquí “brotes verdes” en una excepción metafórica del árido lenguaje administrativo.

Es de suponer que en el curso del trascendental debate de hoy se atisbarán de algún modo esos brotes verdes, de los que está pendiente la perpleja ciudadanía, esa muchedumbre que, “con la boca llena de vaguedad, espera la forma de la palabra” (Gide). Pero es de temer que lo que más interese a nuestros representantes no sea el atisbo de la luz al final del túnel y la fórmula para llegar a ella sino la explotación descarnada de la adversidad que nos aqueja para sacar tajada. Sería muy triste constatar que, en realidad, lo que más les importa a algunos de quienes viven del erario público no es la redención de los damnificados sino los cadáveres políticos del adversario que puedan dejar en el camino. 

Este país no necesita diagnósticos apocalípticos para salir del pozo sino fórmulas inteligentes, debates creativos, consensos de futuro. En cualquier caso, si el debate de hoy no se pega a la realidad, no constituye un intento realista de minorar la crisis y de dar pasos hacia su solución, los ciudadanos que padecen en carne propia la adversidad tendrán motivos para el desapego y la indignación.

La soledad del Gobierno

Lunes, 11 Mayo 2009

Lo dice hoy Félix Madero en “ABC”: la soledad del Gobierno en el debate de hoy, conviene recordarlo, se debe a que por una vez ha practicado una política de Estado. Si el PSOE hubiera mirado exclusivamente sus propios intereses, hoy el PSE estaría gobernando en Euskadi con el PNV, que es como decir que hubiese existido una nueva claudicación ante el nacionalismo radical. Y si la mayoría política hubiera satisfecho de entrada las exorbitantes pretensiones catalanas en materia de financiación autonómica, contaría probablemente con la comprensión de CiU. Y el Gobierno estaría mañana solazándose en el Congreso ante una oposición que no termina de acertar y a la que se ve encantada con el desgaste que la recesión produce en su adversario.

Hay, en fin, soledades que honran y críticas que suscitan perplejidad. Porque no es cierto que bajando impuestos y abaratando el despido saldríamos de ésta. Y no es sensato atizar sistemáticamente el fuego de la confrontación cuando lo que procede, y lo que reclama masivamente la opinión pública, es arrimar el hombro, infundir confianza y esperanza, sumar esfuerzos y colocar la compleja salida de la crisis y el cambio del modelo de crecimiento como principales objetivos de futuro, mucho más importantes que el signo del Gobierno o el resultado de las elecciones del 7-J. 

Ibarretxe: puente de plata

Jueves, 7 Mayo 2009

Pocas lágrimas se han derramado tras la marcha de Ibarretxe de la política activa. Ni, por supuesto, en los sectores no nacionalistas ni tampoco en la mayoría dominante del PNV, que ha visto con una mezcla de asombro y preocupación cómo el irredentismo de Ibarretxe alentaba en solitario una espiral creciente de despropósitos que se iban estrellando sucesivamente contra el muro de la legalidad constitucional y del sentido común.

Cuando el PNV, de regreso de Lizarra con el rabo entre las piernas, optó por poner a su frente al moderado y sensato Josu Jon Imaz en 2004, aquella elección significaba evidentemente el deseo de los nacionalistas de mitigar el soberanismo, potenciar el autonomismo, recuperar la centralidad e intentar de nuevo las fórmulas transversales de gobierno que tanto agradan a los ciudadanos vascos (como es bien conocido, en todas las encuestas muestran su preferencia por ellas). Sin embargo, el obstinado lehendakari tenía otros planes. Primero fue su descabellado “proyecto de estatuto político”, una intentona autista de secesión al margen de todos los procedimientos democráticos establecidos, que, como era de imaginar, se quedó en nada, y, después, su apuesta por un impracticable plebiscito que tampoco prosperó. Lo cierto fue que Imaz debió optar entre provocar una escisión en su organización o marcharse, y optó prudentemente por esto último. El PNV experimentó una gran pérdida. El también moderado Urkullu tomó el relevo, aunque atado de pies y manos por el discurso fanático del lehendakari, quien se jugó el futuro a cara y cruz: si sus propuestas rupturistas no conseguían llevarlo de nuevo al poder en las pasadas autonómicas, se marcharía a casa. Y ya se ha ido.

El discurso de investidura del candidato Ibarretxe, competidor imposible de Patxi López en la carrera por la lehendakaritza, no fue, como correspondía, un proyecto de Gobierno. Aquella intervención no tenía más objetivo que desahogar toda la irritación que ha producido a los duros del PNV la pérdida del poder. Irritación que no es democrática –resulta sospechosa la resistencia a abandonar una institución cuando se está en minoría- y que sólo se explica por el hecho de un sector del Partido Nacionalista Vasco lo considera más un movimiento nacional que un partido. Como alguien ha dicho, algunos nacionalistas todavía no han digerido completamente el hecho de que el suyo ha dejado de ser el partido para convertirse en un partido más.

El mal perder del Ibarretxe quedó de manifiesto en la inelegante y resentida retahíla de improperios y descalificaciones que lanzó sobre la nueva mayoría. A su juicio, el nuevo Gobierno del socialista Patxi Lopez sería una alternativa “frentista, débil e inestable” porque se constituye “a espaldas de la mayoría los deseos expresados en las urnas el 1 de marzo por la mayoría de la sociedad vasca”. Ningún demócrata verdadero osaría utilizar este argumento cuando 39 de los 75 diputados vascos han votado a Patxi López como nuevo lehendakari. 

En suma, la marcha de Ibarretxe es un importante ingrediente de la normalización que llega. Porque lo deseable es que la alternancia se desarrolle en un clima de distensión y de diálogo, de pragmatismo y no de fanatismo, de posibilismo y no de apego a dudosas verdades absolutas. También hay que decir que este abandono insinúa la posibilidad de que, en el futuro, el PSE reconstituya la transversalidad. No sería sin embargo serio que tal opción se planteara siquiera en la actual legislatura, en la que PP y POE tienen un difícil e ingente trabajo que hacer.

Reglas democráticas

Lunes, 4 Mayo 2009

En la década de los ochenta, tuvo lugar en Europa un debate sobre los límites de la democracia a raíz de unos fondos estatales suecos destinados a adquirir acciones de empresas privadas: aquella medida socialdemócrata dificultaba la alternancia, toda vez que los futuros gobiernos no podrían revertir la medida; la señora Thatcher hizo campaña en contra de aquellas solapadas actuaciones que, a su entender, podía impedir el regreso de los liberales al poder en Suecia. y es que, en efecto, la democracia, para serlo, debe ser reversible.

También es opinable la ortodoxia de un déficit público excesivo. Enajenar los presupuestos futuros de forma exagerada priva de autonomía a los gobiernos del porvenir, que han de acatar irremediablemente las pautas impuestas por los anteriores. Las gigantescas inversiones de Gallardón en Madrid, que habrán de financiarse durante un cuarto de siglo, serían un mal ejemplo en este sentido.

Mucho más claro y concreto es el fraude de ley que ha cometido Ibarretxe antes de perder el Gobierno de Euskadi. Apresurar el gasto presupuestario hasta casi agotar  las disponibilidades en cuatro meses para atar de pies y manos al nuevo Gobierno que tomará posesión esta semana constituye una falta democrática grave que corrobora las mayores sospechas sobre la dudosa pulcritud democrática del “movimiento nacional” que cree ser el PNV.