Como Las Vegas
Primero fueron Los Monegros: circuló durante muchos meses la especie de que unos misteriosos inversores internacionales se disponían a hacer de aquel desierto aragonés un emporio turístico. Después, llega la opinión pública la noticia de que Madrid y Barcelona están desarrollando en la sombra una tarea de seducción que trata de atraer a un grupo de magnates extranjeros que estaría dispuesto a invertir unos 200.000 millones de euros en la erección de un gran complejo lúdico de casinos y atracciones turísticas al estilo de Las Vegas, la legendaria ciudad de Nevada, en los Estados Unidos, que comenzó su auge en 1941, en plena Prohibición, con el dinero recaudado por la mafia en sus actividades delictivas: el alcohol clandestino, la prostitución y las drogas.
Los dos alcaldes, Ana Botella y Xavier Trias, no quieren hablar del asunto. En parte, por razones estratégicas frente al adversario. Y en parte, también, por vergüenza: aproximar las dos grandes ciudades españolas al “paraíso” de luces de neón de Las Vegas no parece un objetivo muy refinado, ni demasiado compatible con el compromiso de excelencia cultural, de europeísmo, de cosmopolitismo de calidad que ambas declaran.
Seguro que muchos ciudadanos nos sentiríamos indignados si nuestra ciudad fuera agraciada con una dádiva tan envenenada. La inversión prometida es tentadora, pero quizá sería bueno aprovechar la crisis para entender de una vez que ni todo crecimiento es bueno, ni la economía debe prevalecer sobre la política, ni el capitalismo salvaje ha de poder con unos valores clásicos que caracterizan a nuestro modelo de civilización.





