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Vergüenza de lo accesorio

No sé si mis colegas periodistas, si quienes en general escriben en los medios y contribuyen por tanto a formar la opinión publicada, han sentido alguna vez esta sensación agridulce de tener que prestar toda la atención a lo perentorio, a lo urgente:  los cinco millones y medio de parados, que serán más de seis millones a finales de año, constituyen una pesadísima carga intelectual que relativiza todos los demás análisis que puedan hacerse sobre las diversas cuestiones que nos afectan. A la hora de ponderar lo que ocurre, de efectuar propuestas de futuro, de hablar incluso de asuntos tangenciales a la crisis, el factor del insoportable desempleo, la evidencia de casi seis millones de personas desesperadas buscando un acomodo en la vida que les permita supervivir y realizarse, lo embarga todo, todo lo mediatiza y condiciona.

 

No se ve sin embargo que predomine en la clase política esta preocupación que debería aspirar a la exclusividad porque todo lo demás es accesorio (los suicidios que ya acompañan en el sur de Europa a la crisis son el trágico indicador de la insuperable contrariedad). Las ecuaciones que se dibujan en público, las cuentas que se muestran para argumentar decisiones, los razonamientos que se esgrimen para hacer esto o aquello no indican la consternación que resultaría natural al ver a esa masa de rostros inquietantes que preguntan tácitamente por un porvenir más amable que nadie sabe describir, ni mucho menos atraer. Lo dejó escrito André Gide con mano maestra: “Pienso siempre que se preparan acontecimientos de tanta importancia que uno casi siente vergüenza de ocuparse de la literatura”.

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