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“Si ganas vales y si no eres una mierda”

17 Abril 2014 por Carlos Vanaclocha

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Vicente Del Bosque podría replantearse la fórmula de la Coca-cola de la selección española. Mestalla vio perecer un tiqui-taca demasiado manoseado y pizarras tácticas como la de Ancelotti o el estilo pétreo de Simeone también podrían conducir a Maracaná. Futbolistas hay para cualquier recurso. La Roja respira según las constantes vitales del Barcelona y, a dos meses vista del Mundial, el equipo que más nutre al combinado nacional es un enfermo que necesita un electroshock. El fin de ciclo vociferado por Frederic Hermel se ha infectado hasta el tuétano del club y, a la espera de que FIFA le permita o no fichar, urge una catarsis interna por mucho que ídolos de la Masía como Xavi todavía confíen en un equipo moribundo. Esta Copa dejó de ser un título menor por el cataclismo que se asomaba en Can Barça: ganar le habría dado cuartelillo ante un barcelonismo que anhela la era ‘guardiolista’ porque, siguiendo la reflexión de Dani Alves, “en el fútbol si ganas vales y si no eres una mierda”. Suena maniqueo pero Barça y Madrid o tocan el cielo o muerden el polvo. No existe termino medio.

Ganó quien lo buscó y peleó. Ancelotti, lejos de sufrir un ataque de entrenador italianizando al equipo, dio galones a Isco y le recomendó usar el balón para atacar. Así de simple. El Madrid no necesita marear la pelota para aclararse a sí mismo, le basta un puñado de pases rápidos y precisos para descerrajar defensas. Y la del Barça estuve verdaderamente horrorosa para regocijo orgiástico de Gareth Bale. Una sola cabalgada le bastó para guardar bajo llave los vídeos del Tottenham con los que había presumido de credenciales. El pobre Bartra, improvisado goleador y central rapidísimo al corte, vio pasar ante sí a un híbrido de Usain Bolt, Yohan Bake y Maurice Green. Da la sensación que al galés se le quedan pequeñas las dimensiones del campo porque su aceleración de cero a cien en escasos segundos se produce en el último tramo de la carrera. El Bernabéu merece un espectáculo de cuadrigas entre Bale y Cristiano Ronaldo al estilo de Ben Hur, sólo que los caballos son ellos mismos.

Si el Barça se jugaba quemar las últimas fichas acumuladas en años, los blancos querían evitar una pesadilla antes del terrorífico Bayern de Munich. Las casas de apuestas se habían inclinado levemente por los azulgranas, quizá porque el factor Cristiano pesaba toneladas de pesimismo, Por eso, el triunfo del Madrid ha cogido una trascendencia histórica; el portugués es medio equipo, pero la otra mitad también ha demostrado que sabe apañárselas sin su Terminator enchufado. Florentino Pérez sabe desde anoche que ha comprado un arma de destrucción masiva por valor de 100 millones que, aunque son 91, suena más ‘marketiniano’. Bale es el super héroe de la noche, con permiso de un generoso Di María, y parece que no le afecta la kryptonita de Messi. Ni siquiera Neymar, con quien le hemos comparado desde la prensa por haber compartido prime time de telediarios el pasado verano. El contraste fue simplemente brutal: Bale se montó en un cohete para llevar el balón hasta las redes de Pinto y Neymar se volvió loco delante de Pepe y Coentrao, los pájaros disparando a las escopetas.

El desquiciamiento de Neymar y la apatía de Messi, quien todavía no ha bajado de ese extraño limbo, son indicios inequívocos de la flagelación del Barça. La planta noble del Camp Nou espera que termine rápido la Liga para despedir a Martino por la puerta de atrás con un pasaje a Buenos Aires y encender otra vez la máquina de la ilusión. Sin embargo, esta vez no importa tanto La Masía como un personaje que venda periódicos. Y ése se llama Jürgen Klopp, devoto confeso del contraataque, por cierto. O sea, más entusiasta del ‘’corre, corre que te pillo’ del Madrid que del fuego lento que cocina el Barça. Porque no sólo de tiqui-taca azulgrana vive el fútbol. Que se lo pregunten a Ancelotti o, más complicado, que intenten convencer a Simeone. Al fin y al cabo, se trata de ganar y que no te recuerden como una “mierda”.  

 

   

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Desangrarse en el campo

14 Abril 2014 por Carlos Vanaclocha

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Final a final. El discurso plomizo del ‘partido a partido’ pasó a mejor vida en Getafe. El ‘Cholo’ licenció a su Atleti con toga y birrete, y le nombró oficialmente candidato a la Liga. Cumplió su palabra y metió todas las fichas en el mismo tablero que Real Madrid y Barça, con el pequeño gran matiz de que merengues y culés se lo juegan todo a un color, y los líderes todavía pueden tirar dos veces. John Benjamin Toshack contaba en COPE que cualquier aficionado extranjero simpatiza con el Atleti este año; es el triunfo del diferente, del equipo del pueblo cuya filosofía dista galaxias de los poderes fácticos del fútbol. John Carlin escribió ayer en El País que Real, Bayern y Chelsea, los semifinalistas de Champions, son al fútbol lo que Google a la web, Goldman Sachs a la banca de inversión, Nike al deporte y Apple a la informática….”son grandes moles cuya razón de ser consiste en perpetuarse en el poder”. El cuarto en discordia ha hipnotizado a medio mundo con su cuento de hadas; porque el Atleti empezó siendo una anécdota, continuó como una historia bonita que ocuparía un folleto y, peleándose contra todos los niños del patio, se ha ganado un pupitre en la primera fila de la clase. Ahora habla, levanta la mano y el resto le presta atención.

La conjura de Simeone con su vestuario se explica con la imagen de Diego Costa empotrado en el poste de la portería. Su boquete en la tibia amplifica por mil el compromiso de cualquier jugador con la causa ‘cholista’. Es un aviso para navegantes: quien no se desangre en el campo (casi literal) no merece vestir la camiseta por la que un día se desvivió el entrenador. El día que el argentino debutó en el banquillo del Calderón (3-0 al Villarreal), Simeone comentó a  su ayudante ‘Mono’ Burgos que llegaría el momento en que el estadio se dejara la vida por alguno de sus futbolistas como se la dejó por él la noche mágica contra el Albacete, en la que el Atleti culminó el ‘Doblete’. De aquel comentario apenas han pasado dos años, y entre medias una Europa League, otra Supercopa de Europa y la inolvidable machada del Bernabéu. Un botín demasiado preciado para un club cuyos ingresos por venta de estrellas (Torres, Kun y Falcao) se destinaron a evitar la quiebra financiera. Pero, aún sin liquidez, Simeone ha moldeado una plantilla a su imagen y semejanza, con un Costa de pasado mamporrero y presente estrella de rock; y un Courtois que se rifan todas las marcas de guantes y, por supuesto, medio mercado europeo.

Y si tanto idolatra Simeone a Mourinho, no le dolerán prendas en pedirle un año más a Courtois para el Calderón. La coartada del ‘Cholo’ es que Mou tiene a Cech y, mientras le dure, Tibito puede seguir agigantándose en España al tiempo que el técnico, por qué ocultarlo, irá fabricando a su próximo portero. Eso, en caso de que declare amor eterno al Atleti, como Bill Shankly en Liverpool o Sir Alex Ferguson al Manchester United. Porque la borrachera de éxitos está siendo tan prematura, que la Federación Argentina ya está preparando un borrador con un contrato irrechazable. “Simeone acabará en un grande”, dijo un protagonista del ‘Doblete’. Quizá le traicionó su inconsciente o quizás no consideraba a su ex club un grande. Para que no le acribillen en twitter, mejor no desvelar su nombre. Pero el sentimiento colchonero es unánime: ¿El ‘Cholo’ a un grande? Si él mismo ya lo ha creado.

P.D: el entrenador del Atlético también marca moda y no sólo por sus ‘Armanis’ negros y sobrios. Ayer demostró que no es ajeno a los inventos de Silicon Valley. El ‘Mono’ Burgos se puso unas gafas Google Glass y, con la apariencia animada de Vegeta de Bola de dragón, escrutó todas las estadísticas online del partido. Fue una iniciativa de la Liga, pero el ‘Cholo’ está abierto a cualquier sugerencia…luego él hará lo que le convenga, claro.

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La teoría del acróbata

11 Abril 2014 por Carlos Vanaclocha

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Charly Rexach sabía que ganar al Real Madrid era sencillamente “imposible” sin Rivaldo. Los cruces de las semifinales de Champions del 2002 depararon un fatídico Barça-Madrid y el cuerpo técnico azulgrana meditó seriamente infiltrar al brasileño. Rivo se había torcido el tobillo en el clásico liguero y las probabilidades de recuperarse para la gran batalla europea eran mínimas. Todo el club temía que, ausente Rivaldo, el Barça no encontrara esos momentos decisivos que sólo resuelven las estrellas. El Madrid tenía a Zidane y Raúl, y los culés debían meter todas sus fichas al criticado Kluivert, al que se le acusaba de fallar más que una escopeta de feria, y a Saviola, entonces un chaval con ínfulas ‘maradonianas’. Rexach jugó al despiste y no anunció la baja de su mejor futbolista hasta minutos antes, cuando la UEFA exigió publicar las alineaciones. Por desgracia para el barcelonismo, aquella noche el Camp Nou no presenció una chilena imposible fuera del área ni un trallazo endiablado made in Rivaldo; no, fue la noche de Zizou y la vaselina de Mcmanaman. Tiempo después, el entrenador Rexach confesó su error de manera rebuscada: “la apuesta era la del acróbata aficionado sobre un cable en un precipicio, pegársela o pegársela”. Si Rivaldo hubiese jugado lesionado, quizá se hubiese roto para siempre (casualidades de la vida, tres meses después fue decisivo en la final del Mundial de Japón); reservarlo, tal como hizo Charly, significaba perder tres cuartas partes de la competición fetiche del Madrid.

El club merengue intentó congelar la noticia de la lesión de Cristiano Ronaldo hasta que la prensa escarbó. Antes de ayer el Madrid conocía la rotura de bíceps femoral del portugués, pero prefirió manejar los tiempos de espera. Su presencia en el banquillo de Dortmund mosqueó a cualquier que no estuviera dentro del vestuario: de puertas adentro, Cristiano se calzó las botas para fidelizarse moralmente con sus compañeros en la guerra; de cara al público, su suplencia era la metáfora del mesías salvador en caso de catástrofe. A Ancelotti jamás se le pasó por la cabeza sacarle como desatascador: la prima de riesgo se habría disparado hasta una cifra inimaginable. Y para mantener la trama, el técnico madridista explicó delante de las cámaras que  podía haber jugado porque estaba en el banquillo. CR7 es ahora un Terminator averiado en el clímax de la temporada; ya el año pasado jugó medio tocado en el conato de remontada contra el Borussia en el Bernabéu.

El diagnóstico médico ha caído como una bomba de neutrones en el madridismo. El equipo no pasó la prueba del algodón en Dortmund y el liderazgo de Bale quedó en sospecha. Todavía no puede asumir las funciones del comandante en jefe. El Madrid llevaba a Alemania la halagüeña estadística de no haber perdido sin Cristiano, naturalmente se trató del espejismo de nuestra Liga. La final de Copa contra el Barça ofrecerá la pista concluyente sobre si el club de los cientos de millones sigue dependiendo de un solo futbolista, actual Balón de Oro, pero un futbolista al fin y al cabo. Suena tremendista, pero el Madrid necesita verse sin CR7, conocer los límites de su cilindrada. Sólo así el club sabrá si debe acometer las lesiones de su jugador nodriza como una cuestión de estado.

Ganar la Copa sin el ‘7’ implica dos tareas homéricas: reivindicar que el Madrid es un equipo en el sentido estricto de la palabra (o sea, como el Atlético) y darle el estoque definitivo a un Barcelona herido y rabioso, con un Messi al que últimamente sólo le pone el Madrid, en goles y kilómetros recorridos por el césped. Caer por tercera vez consecutiva destaparía la caja de los truenos, el primero directo a la frente de Ancelotti. Sin embargo, no todo serían tan caótico: Cristiano tendría la coartada perfecta para pedir tantas subidas salariales como se le antojasen. ¿Acaso él es medio Madrid o el Madrid entero? Una semana para salir de dudas. Hasta entonces, Carletto tiene tiempo para plantearse la metáfora del acróbata de Rexach.

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Iker Casillas detiene la avalancha

9 Abril 2014 por Carlos Vanaclocha

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La grada vertical del Signal Iduna Park cayó como una avalancha contra el Madrid. Los viejos fantasmas de Dortmund reaparecieron de un plumazo, sólo que esta vez el Borussia recurrió a medio equipo de secundarios porque la mitad de los titulares vieron el partido en la enfermería. Pero, incluso con media plantilla desguazada, un único futbolista tomó el mando del partido como si estuviese jugando a la Playstation. El año pasado Lewandowski pasó del montón al estrellato en un rato, lo que tardó en clavar cuatro goles; anoche Marco Reus pidió a gritos un contrato de crack en un club que se lo pueda ofrecer. Este rubio de peinado muy alemán está llamado a liderar la Mannschaft del futuro siendo una versión muy mejorada de Özil, no tanto en talento como sí en regularidad. Reus sonará para el Bernabéu la próxima temporada, también para el Barcelona si la FIFA le levanta el castigo, y desde luego es un gustazo verle en la competición de los mayores. Es justo empezar esta crónica rindiéndole pleitesía porque el Madrid se quedó sencillamente en blanco, quizá asustado por la presión de la mítica olla del Westfalenstadion o impotente ante la ausencia de su gurú portugués. Cristiano actuó de motivador desde la banda, comiéndose las uñas por desesperación y pensando en la que le estaban liando sus compañeros; ni siquiera él habría imaginado el sacrificio que implicó su lesión.

Hacía tiempo que los blancos no se inmolaban de una forma tan descarada. En pocos minutos Jürgen Klopp desnudó al Madrid de la cabeza a los pies. Cada jugada era más caótica que la anterior: Benzema volvió al limbo; Bale se dejó en el vestuario la capa de superhéroe; Pepe se hacía el harakiri y, mientras tanto, Xabi Alonso y Sergio Ramos se tiraban los trastos a la cabeza. Nadie funcionaba, ni siquiera Di María, el que nunca fallaba cuando el resto sí lo hacía. Ancelotti mascaba por inercia y no se tragó el chicle de milagro: los alemanes habían aplastado con sus panzers la columna vertebral blanca y, con Alonso fuera de combate, a su aprendiz le vino grande la semifinal. Los palos a Illarramendi le espabilarán rápido, pero aún no puede asumir el timón del transatlántico merengue. Por poco no presenció el hundimiento de su Titanic.

El baño del Dortmund fue cogiendo tintes antológicos hasta que el Madrid se encomendó a su santo. La imagen de juguete roto apenas importaba porque sólo los rezos a Casillas podían salvar la eliminatoria. Y el capitán no defraudó a sus feligreses: dos paradas milagrosas evitaron la avalancha de la grada y reabren el absurdo debate de la portería, una polémica que empezó Ancelotti con una cerilla y un bidón de gasolina. Casillas tiene que jugar sí o sí, y no por decreto sino porque él ha patentado las paradas imposibles. “Tendría que jugar hasta con el brazo en cabestrillo”, piensa una leyenda blanca. Y no es el único. A Florentino Pérez también le extrañó aquella decisión de la primera jornada contra el Betis. Iker se comió el marrón de Dortmund y, por eso, sigue siendo santo y seña del madridismo, el verdadero, no el pseudo.

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Gareth Bale, superhéroe a examen

5 Abril 2014 por Carlos Vanaclocha

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Cristiano Ronaldo solía eclipsar al resto incluso cuando no jugaba. Su Balón de Oro pesa tantos quilates que hasta una plantilla millonaria como la suya le echa de menos en cualquier palmo del césped. CR7 es un gigante entre liliputienses y poco importa que enfrente pelee un peso welter como la Real Sociedad o el superpesado por excelencia, el Barça: la sensación de nostalgia permanece. Eso costaba digerirlo hasta que un solo futbolista agitó el mercado con su P.V.P. infinito. Los 91 millones de Gareth Bale (sí, 91 confirmados por la Bolsa de Londres) no los forzó él pero, aún siendo injusto, le obligan a actuar a veces de Luke Skywalker, devolviendo el equilibrio a la galaxia blanca en ausencia del líder espiritual. Precisamente, equilibrio fue el eslogan táctica de Ancelotti cuando presentó sus credenciales, pero en los momentos cruciales ese concepto se desvanecía apenas susurrarlo. Sucedió en el clásico y en Sevilla, los cadalsos que han hecho perder al Madrid media Liga. Ambos sopapos le hicieron reflexionar de cara a Anoeta: “¿Por qué un Doctor Jekyll en San Sebastián y un Mister Hyde en Sevilla?” Es la pregunta que se hace el viejo J.B. Toshack y medio madridismo. En este campeonato de ricos y pobres, cualquier resultado que no sea ganar fuera de la liguilla entre Atlético, Barça y Real es un fracaso casi fatídico.

Así como Steve Mcmanaman era llamado Steve en sus inicios en el Madrid por su carácter cándido y bonachón dentro y fuera del campo, Bale ha sido Gareth durante un puñado de meses. Sin embargo, Steve acabó complaciendo al Bernabéu hasta retomar el nombre y talento de Mcmanaman o ‘Macca’ y el muchacho galés Gareth está siendo el torpedo Bale que puso patas arriba White Hart Lane. El último galáctico blanco ha tardado en florecer y todavía está a tiempo de salvar su buena, que no notable, temporada. Le ocurre como a Will Smith en su papel del superhéroe Hancock: derrocha sus superpoderes sin nadie que se los corrija. Últimamente, Bale ha controlado su hipervelocidad, esprintado sin salirse por la línea de fondo y, también, le ha pillado el tacto a la pelota de la Liga dándole la fuerza y precisión necesaria. Y aunque sus números corroboran su genio, 18 goles y 18 asistencias, aún le falta un momento antológico que le reserve un sitio en la hemeroteca madridista: una volea de Zidane, una jugada de varios quiebros al estilo Raúl contra el Atleti o un taconazo de Redondo como el de Old Trafford.  Llegará el día que Bale se quite su propia coraza, será entonces cuando el Madrid arrase como un ciclón al valiente que ose ponerse delante. Y junto a Cristiano, causarán tal terror que Florentino Pérez, en su interior, se dirá así mismo que por fin habrá merecido la pena poner tantos ceros en dos cheques diferentes. Por el momento, cada partido es una examen de reválida para Bale.

Y hablando de precios astronómicos, Pepe costó treinta y tantos millones (nunca se ha publicado la cifra real por miedo de todos y cada uno de los intermediarios que trincaron del fichaje) y, en perspectiva, ha quedado en una bicoca. Sin sus idas de olla la opinión pública hablaría del digno sucesor de Fernando Hierro. La pesadilla de los centrales comenzó cuando a este último le invitaron a irse del club y Pepe pareció el remedio necesario. Pero su actitud descerebrada contra Casquero y sus broncas macarras en los clásicos de Mourinho levantaron sospechas hasta en el ala más fanática del club. No obstante, Pepe sabe jugar de central, tiene su librillo de maestro y cortando balones en carrera es único en su especie. Cuando está centrado, su portero respira porque el portugués saca el coche-escoba a pasear, haya por delante balones o piernas. Recuerdo que el Atlético de Madrid fichó a un central paraguayo llamado Gamarra que se jactaba de no haber sido expulsado nunca. Y aún tengo en la memoria una frase antológica de Ronald Koeman: “Un central necesito su bautismo de fuego con una buena tarjeta roja”. Gamarra no lo vio antes de ser rojiblanco y el Calderón le recuerda como un pufo más de su larga lista. Pepe pega cuando debe, y no debe, y dirige a su defensa como un mariscal del campo. Éste sí que es el Pepe que olvidará a Hierro.

 

 

 

 

 

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El portero de los mil tentáculos

2 Abril 2014 por Carlos Vanaclocha

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El Tata Martino tuvo olfato con la guerra de trincheras que se le avecinaba. Su mensaje a la plantilla fue contundente: “Si no vamos con todo, nos ganan”. Cristalino. El vestuario entendió la teoría pero tardó en ponerlo en práctica, el tiempo que don Andrés Iniesta se puso la camiseta del New Team de Oliver Atom. Porque hasta que llegó la inspiración manchega, el Atlético fue la pesadilla que Martino había definido con la habitual grandilocuencia argentina, “es el equipo que maniata a las individualidades”. Tal cual. Simeone jugó al despiste con Diego Costa en la previa pero no vaciló en su pizarra táctica: sacó su bloque de cemento armado para que Messi se pegara cabezazos contra el muro. El secreto estaba en la masa; no sólo se trataba resquebrajar la zaga rojiblanca, el Barça tenía que lograr una gesta todavía más homérica: batir al portero más en forma del mundo.

Thibaut Courtois sacó sus mil tentáculos delante de la portería sacando balones de todos los colores. Elástico por abajo y volador por arriba;  el meta belga se doctoró en un santuario más. Precisamente, en el Camp Nou tenían informes cum laude sobre Courtois, pero éste anunció anoche en COPE que su futuro inmediato se limita a Atlético y Chelsea. Es decir, que renovará su contrato con el club londinense pero le pedirá a Mourinho que le mantenga un año más en el Calderón. No en vano, el pasado verano ‘Tibito’ pidió al técnico portugués que le dejase continuar en Madrid para foguearse. Ésa fue la razón deportiva; había otra personal y era su novia. Mourinho fue flexible con él consciente de que aún podría disfrutar de los últimos coletazos del pétreo Peter Cech. Pero Courtois ya se ha hecho mayor y sólo una súplica con inmensas contraprestaciones le puede retener en España. En su decisión, que hará pública en unos días, pesa la continuidad del guardameta checo la próxima temporada. Tal es la jerarquía de Cech en el Chelsea que Mourinho aceptó que su asistente Silvino Louro dejase de ser entrenador de porteros para convertirse en primer ayudante del entrenador (así reza en la web del club); el francés Cristophe Lollichon se mantiene como entrenador de porteros desde que Cech fichó por el Chelsea.

Pero volviendo al partido, sólo Iniesta se puso el disfraz de superhéroe para poner balones imposibles, como la asistencia made in Laudrup en el gol de Neymar. La jugada fue tan espectacular como el misil tomahawk de Diego Ribas. El brasileño regresó a Madrid en loor de multitud y hasta anoche no devolvió los agradecimientos. Desde luego, su gol compensa su fichaje. Tal fue la barbaridad de su gol que más de un compañero lo comparó con la volea de Zidane en la ‘Novena’. Francamente, ambos fueron bestiales y con ejecuciones complicadísimas. El de Zizou ha quedado inmortalizado y el de Diego también es apto para un museo, siempre que el Atlético remate la faena en el Calderón. Tampoco sería una sorpresa porque los rojiblancos se han quitado la piel de cordero; son tan duros de pelar como los boinas verdes. Razón: portería de Simeone.

Cada partido agiganta el talante del argentino en el banquillo, porque sólo gracias a él su Atleti ha cambiado los decadentes derroteros que había tomado su centenaria historia. En las charlas de barra de bar siempre se ha comentado que cualquier ignorante podría entrenar a las plantillas millonarias de Madrid y Barça, más que nada porque juegan solos. En el Atlético es diferente: Simeone es un motivador nato y casi infalible en el ajedrez táctico que plantea cada rival. Anoche sólo falló en la sustitución de Villa por un ingenuo y tierno Sosa (al argentino le queda grande este Atlético). En la otra acera, la resaca del empate deja un fuerte aplauso a Martino por inyectar un buen chute de intensidad a sus jugadores, pero en el horizonte otea una verdad injusta e hiriente para el barcelonismo: el Barça de Guardiola y el de ahora son como la noche y el día. Nada tienen que ver en su fútbol. Es más, si Iniesta no hubiese actuado de mago improvisado, el partido se habría parecido a las peleas cancheras de la liga argentina. Así que, gracias, Iniesta de mi vida.

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Pelea de perros

31 Marzo 2014 por Carlos Vanaclocha

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Los periodistas que cubren al Atlético de Madrid se frotan las manos esperando al Elche. No habrá homenajes al ‘doblete’ ni a la estruendosa victoria copera del Bernabéu; sencillamente, ese día cambiarán el paso de sus crónicas. Entonces, Simeone tirará por un sumidero su cargante partido a partido y las rotativas se detendrán desde la CNN hasta Al Jazeera: por fin el Atlético será candidato a la Liga. No lo dicen las estadísticas sino esa línea roja de cinco jornadas que el ‘Cholo’ trazó en su discurso exculpatorio. Porque si los rojiblancos se bajaban del barco, la razón la tenían los tíos Gilito de la Liga: el dinero. Y si se mantienen en pie, tal como parece, habrá sido consecuencia del elixir del curre, los huevos, la intensidad…O sea un coloquio made in Mourinho donde en ambos casos resulta vencedor. Al Granada lo ganó con el gancho y el primer rato en San Mamés corroboró la teoría del decaimiento. Pero el efecto Simeone y un delantero que no ataca como una manada de búfalos (Ronaldo) pero sí de bisontes levantaron un marrón grandioso: profanar la nueva Catedral. Quizá sea el momento del Atleti y, por ende, de media liga española. Es el triunfo del Robin Hood argentino del que todos quieren aprender. El último subversivo se llamó Rafa Benítez, entonces entrenador de un Valencia con mucho caché en un tiempo en el que las televisiones aún no habían hecho pedazos nuestro establishment futbolístico.

La ilusión del niño del Atleti choca de frente con la lógica liguera. El Barça había abdicado del campeonato en Valladolid y se rescató a sí mismo en el Bernabéu. Ha cogido velocidad de crucero, pero el ‘Tata’ todavía no ha entendido que Iniesta es ahora medio equipo, le guste o no a Messi. Los azulgranas salieron vivos del derbi catalán con un leve matiz respecto a las últimas derrotas: actitud. El Espanyol planteó un duelo duro, de brega, en el que algunos como Colotto sacaron la trilladora.Lástima que se resolviese con un medio penalti (¿mano de Neymar?) que dará carnaza a las tertulias deportivas. Al final, son tres puntos que dan toda la vida del mundo a una Liga que necesita agitarse con un cóctel explosivo. Y ése es el Barça-Atlético del Camp Nou, una auténtica pelea de perros. Hay que desempolvar la hemeroteca para recordar un último partido decisivo: fue un Sevilla-Atlético de la década de los cincuenta. Casi nada. Sin embargo, habrá que esperar a las heridas de guerra que deja la Champions. El Barça maneja los tempos de esta competición, mientras que el Atleti se adentra en terreno desconocido. Y con la tensión por las nubes, falta por averiguar si al ‘Cholo’ le da para estirar como un chicle los músculos de sus futbolistas. Las estadísticas nunca han traicionado a los culés: todas sus Champions han ido acompañadas de Liga. Sucedió en la primera de Wembley, en la de Rijkaard de París y las dos de Guardiola. En ninguna edición fallaron en la competición doméstica.

Y en medio de esa pelea, el Madrid observa alejado dos pasos. Es el de más envergadura de los tres, pero sus puñetazos no llegan a la cara. No ha pegado a ninguno de los de arriba y eso se paga. Y lo peor es no depender de sí mismo. Por eso, goleadas tan asépticas como la del Rayo apenas motivan al Bernabéu. Es un gusto ver esprintar a Bale casi a 30 km/h y reírse cariñosamente cuando se le ocurra hacer una jugada estilo Royston Drenthe, pero el aficionado madridista esperaba mucho más de él contra cualquier mole. Y ahí el galés ha fallado. Anoeta es la última bala de la recámara: acertar es aferrarse a la cofradía del clavo ardiendo de Tomás Roncero, perder es despedirse de la Liga y dejar sensaciones suicidas en Champions y Copa. Porque, lejos de tener fiabilidad, a estas alturas los títulos del Madrid dependen de una moneda al aire.

 

 

 

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Kalashnikov encasquillado

27 Marzo 2014 por Carlos Vanaclocha

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“Pedimos perdón a la afición”. Buscando en hemeroteca, la última disculpa pública salió de boca de Iker Casillas aquella noche fatídica de la manita en el Camp Nou, el primer clásico de la era Mourinho. Entonces, el capitán salió a la palestra y, resignado, sólo pudo articular un ‘perdón’. La vergüenza del 5-0 había chocado como un tren de mercancías contra el estado de felicidad que habían generado los primeros momentos del entrenador elegido a dedo por Florentino Pérez. Casillas tuvo que dar la cara ante los periodistas para consolar a todo el madridismo, que vio cómo el Barça le giraba la cara de un tortazo. Anoche Marcelo se apresuró a pedir perdón sobre el propio césped en la entrevista de Canal Plus; consciente de las desastrosas consecuencias que ya estaba originando el batacazo de Sevilla, el brasileño quiso adelantarse a la jugada e hincar la rodilla en nombre del equipo. Porque el Sánchez Pizjuán volvió a ser un campo maldito donde el Madrid perdió media Liga por arte de magia. La que inventaron Rakitic con la batuta de un director de orquesta y el despiadado Carlos Bacca, sustituto natural de Falcao en Colombia y que cuajaría bien en el contraataque merengue. Bacca se reivindicó como una revelación de nuestro fútbol, la estrella que necesitan equipos de clase media para excitar a su público y, sobre todo, darle cierto caché mediático a nuestra mejor liga del mundo (lo decimos nosotros). No tardará en fichar por un grande, tal como lo hicieron Bam Bam Zamorano, Suker o la ‘bestia’ Baptista.

El Sevilla no jugó mejor que el Madrid. Al contrario, se disfrazó de merengue y precisó de dos dosis letales: un gol en cada disparo. Fueron los madridistas quienes usaron un Kalashnikov encasquillado, y acabaron tan desesperados que al final sacaron revólveres para tirar a larga distancia, por si sonaba la flauta. En la liga de las sensaciones el Madrid es colista: en tres días la caverna mediática (Joan Laporta dixit) ha pasado de barruntar un torneo de dos con el Barça noqueado a echar la Liga por un sumidero y declarar el terror absoluto. Porque las victorias blancas son una cuestión de tirar una moneda al aire: la siguiente visita es Anoeta, donde se puede ganar pero también se puede palmar con creces. Ancelotti cobra por construir un fórmula uno en el que debe probar piezas; su problema es que intenta reparar averías cuando el motor ya no carbura. Quién iba a imaginar que Di María sería ahora capitán general, cuando hace unos meses desafió al Bernabéu acomodándose sus partes,. Su ausencia dejó sin reprís a un bólido que anoche habría ganado la carrera con velocidad punta. Pero como el Madrid estuvo lento, con jugadores como Bale o Benzema que, en vez de botas de fibra de carbono, parecían arrastrar grilletes con una bola de preso, el Sevilla ganó esprintando.

La ‘BBC’ ha sufrido el apagón analógico antes de concluir la temporada. Bale, a pesar de sus esmeradas estadísticas, sigue siendo un ovni en los momentos decisivos; Benzema entra y sale de su limbo con una facilidad pasmosa y Cristiano sólo revienta a los rivales cuando invoca a Hércules. Al flamante Balón de Oro hay que exigirle contraprestaciones a su recompensa, claro que como él sólo es medio equipo. O tres cuartos. La otra porción corresponde a Xabi Alonso, pero el donostiarra ha perdido el soldador que unía las dos facciones del equipo, la de la ‘BBC’ con esa defensa de hormigón la semana pasada y cartón piedra ésta. Pero Xabi no está a gusto en campo porque su socio Modric no es el mismo que tomó el relevo del lesionado Khedira. Viendo el embotamiento que sufrió la medular cuando merodeaba el área sevillista, cualquier folclórico echaría de menos a Michael Laudrup. Porque desde que el danés se jubiló, el fútbol español, ni siquiera el mundial, ha disfrutado de un clon suyo. A falta de alto voltaje, el Madrid habría necesitado anoche un Laudrup que descerrajara la defensa con un pase sin mirar. Lástima que ninguna cantera haya fabricado uno igual.

Y, por último, una oda a la ingenuidad. Escribir sobre el Madrid sin mentar la crisis pasajera de Diego López es de pardillos. Las siete plagas bíblicas que azotan al equipo no son culpa del portero de la Liga, pero cualquiera madridista siempre se acuerda de una parada imposible del ‘santo’. Quizá Casillas también hubiese encajado seis goles de siete ocasiones, nunca lo sabremos, pero cualquier mano a mano con Iker delante trae a la memoria su pie milagroso ante Robben. Manolo Lama sondeó en El partido de las 12 la posibilidad del break: si Casillas es portero para Champions y Copa, no sería inoportuno que se entrenara en Liga. Nada es descartable.

 

 

 

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Dos abuelas con la Playstation

24 Marzo 2014 por Carlos Vanaclocha

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El Madrid-Barça se resume con la metáfora de Paco González: “Es como si a dos abuelas les das una Playstation y se ponen a jugar al FIFA”. Disparate tras disparate, el clásico resquebrajó las pizarras de los entrenadores. Si hay un tipo cuyo cabreo alcanza proporciones bíblicas no debería ser Ramos, ni Cristiano (los rajadores de anoche), sino Ancelotti. Su rostro se descomponía con cada cagada defensiva y el consecuente gol azulgrana. El primero, despiste de Carvajal a su espalda; el segundo, error de niños en un patio de colegio; el tercero, gracias a la versión más oscura de Ramos y el decisivo por una zancadilla sin sentido de Xabi Alonso. El técnico italiano se desgañitaba desde la banda sin llegar a comprender cómo se puede alocar tanto ese fútbol que él tanto ama. Para un obseso del rigor táctico, tener que morderse la lengua ante una defensa verbenera es un marrón de muy mal gusto. Ayer, Carlo fue Carlo y no el Carletto que le dan ataques de entrenador: alineó a los mejores, que hicieron lo que el Barça les permitió y, desgraciadamente, no supo reaccionar a tiempo. Cuando el Madrid se quedaba sin aliento y pedía a gritos el empaque de Illarra, el míster dejó que Di María se desfondase hasta quedarse sin reprís.

Tampoco el ‘Tata’ habría quedado satisfecho si la película hubiese acabado con empate a tres: Mascherano y Dani Alves parecían Pepe Gotera y Otilio haciendo una chapuza detrás de otra. Cualquiera que viese la primera parte se daría cuenta que era un partido para que el mítico Santillana se hubiera puesto las botas con balones templados al área. El Barça era un alma cándida en defensa pero Benzema, aún con sus dos goles, no taladró hasta el fondo. De haberlo hecho, la sangría habría sido considerable. Ancelotti cazó con su gato y Martino fió su reputación al ingenio de Iniesta. Recuerdo una tarde en la redacción de Cope Deportes en la que discutimos quién era mejor: Zidane o Iniesta. La votación fue muy justa y ganó el astro francés. Pero quitando el efecto marketiniano y el impacto del que entonces fue el fichaje más caro de Florentino Pérez, el manchego no tiene nada que envidiar a ‘Zizou’. El azulgrana advirtió a su entrenador de que nunca se le puede sacrificar en el banquillo por mucho que a veces no mueva el balón como si fuera un malabarista Se doctoró cum laude en el Bernabeu sin necesitarlo y casi eclipsó a Leo Messi, cuyo hat trick dará la vuelta al mundo en contraste con la impotencia de su némesis portuguesa.

Pero para impotentes, los cromos de los cien millones. Gareth Bale se salió de campo varias veces emulando a Forrest Gump en sus partidos de fútbol americano. El galés comprime tanta potencia que le resulta dificilísimo controlarla. Y eso al Madrid le debilita porque, con Cristiano desaparecido en combate, Bale tiene que hacer honor a su PVP. También Neymar, a quien la prensa debería dejarle este año de excedencia; al menos, siempre podrá excusarse en la coartada del penalti de Ramos. No obstante, lejos de dar la matraca en las portadas deportivas, Neymar y Bale ni siquiera merecen ser actores de reparto. Hay varios compañeros en sus equipos que cuajan mejor. Pero en el caso del brasileño y toda la operación maquiavélica de su fichaje, es entendible que Messi, o su famoso entorno, se enojen con el club: merece ser el mejor pagado por delante de Iniesta y a una distancia sideral del resto que tampoco encabezaría Neymar. Aunque ya se sabe: los brasileños aprendieron bien de los argentinos en el arte de vender jugadores con ínfulas ‘maradonianas’. O en el caso de Neymar, su incomprensible comparación con O Rei Pele. ¡Qué daño han hecho al fútbol las comisiones!

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La venganza de Luis Enrique

20 Marzo 2014 por Carlos Vanaclocha

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Luis Enrique solía contar que la madre de todas sus batallas fue el clásico del Bernabéu del 97. Su polémica salida del Madrid, provocada por los continuos pitos populares en su última temporada, le convirtió en el enemigo público número uno del madridismo; cada visita al coliseo blanco degeneraba en un infierno turco donde la única solución era jugar sobreexcitado o morir en el intento. Precisamente, eso es lo que le sucedió en aquel Madrid-Barça de las butifarras. El asturiano apenas llevaba un año en las filas azulgranas  pero durante el primer ‘partido del siglo’ (temporada 1996-97) comprobó en sus carnes el cariño que le profirió la misma grada que llegó a rendirle pleitesía. Hasta entonces, en ningún estadio español se había notado semejante nivel de decibelios cada vez que un futbolista aparecía en escena. Sólo el regreso de Luis Figo vestido de blanco rompió todos los límites del sonido. Así que Luis Enrique pisaba el Bernabéu como proscrito por segunda vez y con ganas de restregar a su antigua gente el craso error de despreciarle. Además, el Barça viajaba a Madrid con la tranquilidad de saber que se mantendría líder en caso de derrota, aunque poco le importaba al enrabietado ex madridista: no podía soportar un segundo ko consecutivo con la casaca nueva.

Aquel Madrid-Barça fue una oda al fútbol valiente con ambos equipos desatados en ataque. Quizá más los blancos, porque jugaban en casa y casi habían empezado a remolque por un gol tempranero y de pillería de Rivaldo, el sustituto mediático de Ronaldo Nazario. La diferencia entre el anterior Madrid de Fabio Capello y ése de Jupp Heynckes fue el atrevimiento: el italiano venció en el partido del siglo de un año antes con un equipo encorsetado y de hormigón que se aprovechó de los destellos de sus estrellas; Heynckes había decidido darle un toque más jovial a su nuevo Madrid, con Seedorf y Redondo repartiendo juego como crupieres. Luis Enrique o, mejor dicho, un holograma suyo, deambuló por el césped durante la primera parte; de repente se escuchaba una ráfaga de silbidos como si alguien subiese medio segundo el volumen de la radio a tope. Eran los pocos balones que había olido el asturiano.

La imagen de un puñado de aficionados apuntando con el dedo a Luis Enrique mientras celebraba el empate a uno de Raúl escenificó la depresión del proscrito. Pero sólo duró dos minutos. El partido se había alocado totalmente, con el Madrid lanzado a voltear el marcador y el Barça aún aturdido por el golpe. El Bernabéu jaleaba a los suyos con el mismo ímpetu que maldecía a Luis Enrique, hasta que el asturiano recibió una pelota de un popurrí de rebotes y colocó un disparo ajustado que Cañizares vio tarde. La escena dio la vuelta al mundo: el barcelonista corrió por el campo extasiado y con ganas de devolver al público tanto cariño. Se estiró la camiseta para que la viera todo el mundo y saludó a la grada con gesto torero. Botellas, escupitajos y demás objetos no identificados cayeron en la melé que formaron los culés en una banda. El Barça devolvía el bofetón y Luis Enrique se cobraba su venganza momentánea.

El clásico se iba cociendo bastante rápido, con un revés detrás de otro. Y en ese toma y daca, los de Heynckes volvieron a activarse. En concreto, Fernando Redondo, que de la nada se inventó una internada por la izquierda que acabó en el fusil de Suker. El Bernabéu reventaba y Luis Enrique animaba a su grupo con aspavientos y aplausos. No todo estaba perdido. Al Madrid no le valía el empate, tenía que seguir esquinando al rival mandándole directos por tierra, mar y aire. El portero holandés Hesp sacaba mil y un tentáculos para detener el saco de balones que se le vino encima y, mientras, el asturiano apretaba los dientes achicando agua en la defensa. El Barcelona se ahogaba por momentos y a Rivaldo se le había apagado la chispa. Fue entonces cuando Figo se la lió a Roberto Carlos en un rápido contraataque. El portugués desnudo a los blancos y puso en bandeja el gol a Giovanni, que contagiado por el odio de Luis Enrique, dedicó al fondo sur tres cortes de mangas o, dicho eufemísticamente, tres butifarras. Apenas quedaba tiempo para otra remontada y el Madrid yacía herido sobre el campo. El árbitro pitó el final del partido y Luis Enrique gritó al aire un ‘¡Toma, toma, toma! Demasiado sufrimiento, demasiada rabia contenida. Se había cobrado su vendetta.

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