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Un fondo de cartón piedra

2 Marzo 2015 por Carlos Vanaclocha

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El Bernabéu esperaba el arreón final. Ese puñado de minutos que el Madrid convierte en vendaval, sobreexcitando a la grada y a puñetazo limpio con el rival de turno. Faltaba ese Raúl González que provocase una ocasión imposible, un córner forzado, cualquier resorte que enardeciera a las masas. Cristiano intentó imitar al eterno ‘siete’ en estímulo y la copia le salió barata. El talento del portugués es extraterrestre, pero no pega con los mitos de las remontadas. Y, precisamente, el equipo necesitaba morir matando, golpeando hasta la extenuación como el boxeador que busca desesperado el ko. No lo encontró porque el Villarreal ama el buen fútbol y no se avergüenza de tutear al Madrid (o al Barça) en sus casas: si necesita el balón, lo mueve de banda a banda; si encuentra un contraataque, sale con el cuchillo entre los dientes. El equipo de ese señor entrenador llamado Marcelino es un Real Madrid diminuto, con varios cientos de millones menos pero una propuesta grandiosa. Otros como el Manchester City o el Paris Saint Germain se construyen a golpe de talonario y se quedan en marca blanca de Mercadona. Marcelino dijo hace unos meses que estaba “harto de jugar como nunca y perder como siempre”. Ningún cronista podrá reprocharle que intentase asaltar la banca, como hizo en el Vicente Calderón.

“Si el Bernabéu no entendió el cambio de Isco, lo siento”. La pedrada de Ancelotti le retrató ante la prensa. Isco deambuló por el césped desaparecido en combate pero su chistera invita a soñar con una jugada repentina en el descuento. Illarramendi es buen centrocampista del montón con ínfulas de Xabi Alonso, y se ha quedado por el camino. El 1-1 obliga a pensar que Illarra no debió sustituir al malagueño sino a Kroos, fundido como un maratoniano en el kilómetro 42. Su gasolina diesel se ha agotado y Ancelotti no se fía de nadie cuando mira de reojo al banquillo. El italiano no para de mirar el reloj, esperando el regreso de Modric ‘el deseado’. Desde que se proclamó campeón en Marruecos, el Madrid ha ido sacando adelante sus partidos contra rivales poco puñeteros, demasiado escaparate para un fondo de cartón piedra: el Atleti le pinto la cara en Copa, el Sevilla le dio un susto de mal gusto y ante el Villarreal Casillas evitó el 1-2 en un cabezazo prodigioso de Vietto. Y la coartada de que Asenjo sacó mil y un tentáculos no es apta para los blancos. La cena de la ‘conjura’ (así lo hemos vendido desde los medios) ha quedado en anécdota de programa de Telecinco no por desgana merengue sino porque pocos osados se atreven a lucirse en el coliseo madridista.

La carrera por el clásico se ha estrechado y el Barça ya depende de sí mismo para ganar la Liga. El desplome ante el Málaga lo subsanó rápido en el Etihad; en cambio, el Madrid tiene toda la semana para hacer terapia antes de visitar San Mamés, leones heridos, pero al fin y al cabo, leones. Quizá el empate de anoche sea pasajero (también lo fue el 0-1 del Málaga en el Camp Nou), pero la única lectura indiscutible es que la Liga sufrirá más sobresaltos. De uno u otro lado. Y eso es apasionante. Como el próximo Barça-Madrid, del que muchos madridistas se contentarán con un empate y otros lo verían milagroso. Adivinar un ganador del clásico no es precisamente lanzar una moneda al aire ahora mismo.

 

 

 

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La semiautomática de Luis Suárez

25 Febrero 2015 por Carlos Vanaclocha

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Necesitaba goles en un partido con solera. Generoso en el esfuerzo, el Camp Nou había aprendido a convivir con sus robos de balón, los choques contra defensas de hormigón y esa obsesión permanente por agradar a Messi. Sí, Luis Suárez llevaba meses sacrificando su ego personal y había aprendido a “esconder la ira y ensayar una sonrisa delante del espejo”, como Batman en El caballero oscuro.  La prensa inglesa desplegó durante toda la semana su colección habitual de provocaciones y, aprovechando la versión negada del uruguayo, empapelaron los tabloides con titulares tan dolientes como ‘mordiscos’ o ‘dentelladas’. Suárez ha comprendido que el Barça tiene jerarquías que respetar; por de pronto, al dios Ra argentino y, en un escalafón inferior, a Neymar. Conoce su ubicación en el campo y en el vestuario; la primera ya no es la de fabricar goles en cadena como en Anfield, y la segunda es la de un crack silencioso que agigantará su figura el día que Messi se canse definitivamente. Será entonces cuando el club conciba a Neymar como futuro Balón de Oro. Pero Inglaterra le debía una revancha, porque haber sacado a los pross del Mundial de Brasil a golpazos no lo consideró un logro personal. El sensacionalismo británico había preparado la guadaña para descuartizar al barcelonista y, de repente, su muñeco de pim,pam, pum defraudó a todas esas plumas afiladas.

Luis Suárez dejó en Barcelona la escopeta de balines y se llevó a Manchester una semiautomática. Batió a Hart dos veces por abajo, y la inspiración del portero evitó el puñado de goles. En el primero, esperó su turno en el segundo palo como buen delantero y se la cruzó al meta del City; el segundo lo engatilló en el área pequeña tras un pase de la muerte del correcaminos Jordi Alba. A Pep Guardiola le habría encantado contar con este Luis Suárez, híbrido entre un ‘falso nueve’ y un boya de waterpolo. Sus movimientos son demasiado escurridizos como para pegarle a la chepa un rottweiler: su colocación recuerda a la de Karim Benzema, tan productiva fuera del área como letal en la cocina. Bueno, todavía le falta una ristra de goles para presumir, pero no es más que una simple cuestión de rachas. El ‘caimán’ devoró al Manchester, y sólo la mala suerte de Messi desde el punto de penalti lo dejó con vida.

El inesperado trompazo ante el Málaga y las fotos de Messi y Piqué en la puerta del Casino de Barcelona habían dado carnaza suficiente a la prensa incendiaria. Otra derrota en el Etihad y el cumpleaños de Cristiano Ronaldo habría quedado como anécdota. El equipo lo sabía y, por eso, salió a tumbar al miedoso City de Pellegrini, al que la fatalidad de los octavos le va a perseguir por los siglos de los siglos. Con una plantilla de quinientos millones de euros, la grada citizen esperaba un City envalentonado, rabioso por la eliminación de la pasada Champions. Todo lo contrario: el gigante inglés recibió puñetazos en la cara y devolvió caricias, hasta que el Kun Agüero detuvo el ridículo. Ya era tarde, porque ni Pellegrini había conjurado ninguna remontada ni el propio Kun se vio con fuerzas para poner patas arriba su estadio. El Barça demostró en la primera parte que, cuando quiere, revienta a cualquiera. Y Messi falló un penalti que no oculta su enésimo partidazo. Lejos de golear, se convirtió en la amenaza fantasma. Luis Suárez no se cansa de darle las gracias porque “con Leo todo es más sencillo”. Claro, así cualquiera. 

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Isco rebate a Iniesta

23 Febrero 2015 por Carlos Vanaclocha

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Michael Laudrup salió ovacionado de San Mamés en la noche que Raúl agradeció a Valdano la oportunidad de su vida. El danés resolvió dos mano a mano y puso otro par de esas asistencias sin mirar a Zamorano y al entonces joven canterano. El 0-5 provocó en la grada un cabreo monumental que mutó en aplausos justo en el minuto que Laudrup fue sustituido por Juan Eduardo Esnáider. Las hostilidades históricas del Athletic fueron ignoradas por un público que reconoció la delicatessen danesa con un estruendoso aplauso. Menos imponente pero sí más impactante (de hecho dio la vuelta al mundo) fue ver cómo el Santiago Bernabéu hincaba la rodilla ante la genialidad de Ronaldinho. Él solo empequeñeció al Real Madrid como un gigante entre liliputienses, y aquel socio con bigote canoso y su hijo no tuvieron ningún reparo en aplaudir de pie al astro brasileño. Andrés Iniesta también recibió interminables tributos por su gol eterno en Sudáfrica y, por qué no reconocerlo,  por su plasticidad exclusiva. Si algún aficionado piensa en un jugador español parecido a Oliver y Benji, desde que luego que siempre sale Iniesta. O salía, porque le ha surgido un competidor demasiado precoz para ganarse el favor de aficiones ajenas.

La grada del Martínez Valero estaba esperando su cambio. La compilación de fintas, regates, amagos y pases versión Laudrup que dejó a modo de greatest hits se habría vendido en Elche tanto como el partido del ascenso a Primera del equipo ilicitano. Isco calentó demasiado banquillo la temporada pasada porque “su cabeza no estaba bien amueblada”, o eso dicen desde la planta noble del Bernabéu. Necesitaba macerar su talento, dejarlo campar a sus anchas sin soltarle la correa. Y parece que la tutela de Ancelotti ha funcionado. El malagueño dejó de ser banquillero de lujo la semana que Modric se rompió durante un Italia-Croacia. Pero lejos de recrear un panorama tremendista, Carletto charló con Isco y le sugirió que perdiese el miedo escénico, que se imaginara flirteando con el balón delante de varios anfiteatros como lo hacía en los arrabales de Benalmádena, su municipio natal. Isco entendió que el Bernabéu no aplaudía a los tímidos; al revés, les incordiaba con su murmullo característico. Fue entonces cuando tomó la decisión de separar el grano de la paja, de ser simple y llanamente útil, pero con arte, claro.

Fernando Hierro, asistente de Ancelotti, le ha servido de improvisado consigliere: “A veces dos regates salen mejor que tres y una bicicleta resuelve la jugada mejor que dos”. El madridista sigue siendo una esponja en plena absorción, aprobando doctorados cada domingo y cursando un máster acelerado detrás de otro. El equipo se ha tomado tan en serio su papel de niño prodigio, que apenas le importa lo que se dice en las barras de los bares: el Madrid divierte (y se divierte) con Isco sobre el tapete. Cualquier otra lectura sería mentir al aficionado. “Será el jugador más importante de España”. Palabra de su capitán, Iker Casillas, al que no le cuesta reconocer una realidad cada vez más indiscutible. Con Iniesta en horas bajas, el casting de ilusionistas lo domina el Isco que buscaba Florentino Pérez. En su ansia por comprar Balones de Oro, el presidente, aconsejado por la dirección deportiva, decidió darse un antojo: un talento español que, con la presión adecuada, podría rebatir a sus admirados Iniesta y Xavi Hernández en algunas discusiones. Y lo está consiguiendo. 

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A muerte con Ancelotti

19 Febrero 2015 por Carlos Vanaclocha

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El Madrid se tomó un valium en Alemania. Lo necesitaba. La depresión había sido demasiado angustiosa: la vergüenza del derbi, los pitos del Bernabéu…demasiado histerismo para la calma que exige el típico equipo alemán. La suerte del campeón fue cruzarse con un Schalke anodino, simplón y que no empató porque Iker Casillas tiene esa flor con la que cualquier portero sueña. Los palos de media Europa están bendecidos por el capitán; en concreto, cuarenta postes en toda su carrera de Champions que, lejos de brindarle una flor, le regalan toda la selva amazónica.  Pero hasta el latigazo de Marcelo, los blancos no sabían si soltar un par de directos y enemigo a la lona, o lanzar continuos jabs para juguetear sobre el ring. Al final, ni lo uno ni lo otro. Este Madrid nebuloso todavía no se ha aclarado porque su entrenador sigue garabateando la pizarra: que si 4-3-3, 4-2-2…da la sensación que jugando ancho de caderas tiene más empaque que en esa fisonomía afilada que impone la ‘BBC’. La conclusión es peligrosa: los blancos tienen un calendario muy resultón para fingir tranquilidad pero, si se esfuerzan en leer entre líneas, son trámites que no ocultan la verdadera preocupación del equipo: el clásico del Camp Nou del 22 de marzo. Entonces, se verá si han actuado en clave sofista de la Grecia Clásica o, de verdad, consiguen recuperar el juego que aduló sus oídos con titulares tan exagerados como ‘la mejor plantilla de la historia’.

La espesura del campeón parecía programada desde el vestuario. Viendo el primer cuarto de hora, a nadie le habría sorprendido que Ancelotti hubiese ordenado salir a ver qué pasaba, y que resolviese el azar. Y caprichos del fútbol, lo hizo quien más lo necesitaba: un Cristiano Ronaldo vapuleado por sus deslices de papel cuché y sometido a una pesadilla propia de diván de psicólogo. Su impresionante salto de gimnasta no le traicionó, pero los aspavientos y esa costumbre reciente de jurar en arameo cuando el chupón es otro le distraen demasiado. En cambio, si busca desmarques y mueve el balón como un Globetrotter, el ataque del equipo incorpora de una tacada infantería, ejército del aire y hasta el naval. Cristiano es medio Madrid pero, analizando su estado emocional, puede que siga siendo las tres patas del banco, a pesar de aquellas exageraciones mediáticas de principio de temporada. Sin embargo, como siempre una imagen vale más que mil palabras: Marcelo sacó un derechazo que recordó a los zurdazos de Roberto Carlos y se fue a celebrarlo en piña con Ancelotti metido casi en una melé. Preparado o no, el vestuario quiso lanzar un mensaje contundente: el equipo pelea a muerte por su entrenador y no tolera rumores ni chismorreos baratos sobre el futuro del banquillo. La charla de Carletto en el entrenamiento de la previa pretendía ‘resetear’ el devastado ánimo. Si servirá o no como inspiración, lo comprobaremos en Berlín. O no. Porque el Madrid tiene que mejorar demasiado.

Dos buenas noticias para el madridismo: la primera es el ansiado regreso de Pepe. El portugués hace bueno a cualquiera de su alrededor, por de pronto Varane, y su influencia es de gran capitán, casi con la magnitud de Fernando Hierro. Paco González contó anoche en El Partido de las 12 que el club le ofrecerá un año más de renovación por su excelente hoja de servicios. Florentino Pérez le considera madridista de pura cepa y le ofrecerá un digno retiro en el Bernabéu. Y, segundo, Toni Kroos volvió a dirigir el tráfico con ese joystick que tiene en los pies. Los ojeadores de otros clubes deben disfrutar elaborando sus vídeos: pases cortos con sentido, pases largos y calibrados por un francotirador, coberturas inteligentes y robos cruciales al estilo de Makelele en la era galáctica. Pequeños detalles que permiten sobrevivir a un Madrid al que le sigue rondando la misma pregunta de este 2015: ¿Cuándo volverá?

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¿Síntomas de ‘galacticidio’?

15 Febrero 2015 por Carlos Vanaclocha

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Arjen Robben suele arrancar desde la banda derecha y tiende a driblar hacia dentro, paralelo a la portería, hasta encontrar el ángulo perfecto para su rosca característica. A Leo Messi le gusta regatear piernas en el balcón del área y soltar un putt preciso al lado de la cepa del poste. Isco también ha aprendido a fotocopiar sus goles pero él prefiere pegarse la pelota con pegamento desde el vértice izquierdo del área, amagar cuantas veces requiera el defensa y conectar un disparo curvo a media altura. Y no suele fallar en su ejecución porque, como mínimo, el balón se estampa contra el palo. Ayer repitió ese latigazo liftado para sacar al Madrid de un serio apuro; la pelota cogió altura y sólo bajo para besar la red. El Bernabéu suspiró aliviado con su nuevo ídolo de masas porque el sopor que brindan los merengues promete las mismas sensaciones que jugar a la ruleta rusa. La probabilidad es que el Madrid gane casi siempre, pero ahora mismo le puede salir el partido tonto en cualquier momento. Mientras Cristiano Ronaldo actúe como el nuevo monsieur l’empané, Isco tendrá que muscular la espalda para aguantar el peso de un transatlántico de 500 millones.

Los plebiscitos del coliseo blanco dieron tanto morbo al partido, que este domingo los pseudo-informativos de deportes se han viciado a meter audímetros de las pitadas. Cualquier otra afición se habría conjurado en un estruendoso aplauso antes del pitido inicial, pero el Bernabéu (como el Camp Nou) es el tendido ‘siete’ de Las Ventas y no soporta ridículos históricos (derbi) ni carnaza periodística regada con salsa rosa (cumpleaños de Cristiano).  En el ojo del huracán Casillas, Ronaldo y Ancelotti. La letanía con el portero vuelve a debate: en cualquier otro país el respeto a los ídolos es innegociable, en España lo único innegociable es el rencor. De algunos, sin generalizar. Por si acaso y para redimirse del gol de Tiago, el capitán sacó un balón en pose argentina y otro en acto reflejo. Con Cristiano el murmullo aumentó demasiado los decibelios: sigue siendo el líder en horas bajas, aunque su exagerada ambición tiene la oportunidad de resarcirse porque casi ha tocado fondo. Y a Ancelotti le suplican a gritos la fórmula Luis Enrique, tan abominable a principio de temporada como aplaudida en estos momentos: rotaciones. Paco González no lo pudo expresar mejor en Tiempo de Juego: “Bale y Kroos beben agua como si fueran Lawrence de Arabia. Parecen muertos”. Ser agorero huele a ventajista, pero sólo hace falta echar un vistazo a las redes sociales para encontrar el término ‘galacticidio’ con una facilidad pasmosa. El Madrid sobrado de Carletto, el galáctico de Queiroz, ¿se acuerdan?

En aquella época megalomaniaca del Madrid, Zidane confesó a Ludovic Giuly, entonces jugador del Monaco, que estaban literalmente “agotados” durante el descanso que precedió a la catástrofe merengue en los cuartos de final de Champions en el estadio Luis II. La plantilla de pasarela Cibeles resultó ser los mismos “once cabrones de siempre” (copyright de JB Toshack) más Santi Solari, el banquillero de lujo. Ancelotti mira de reojo a su banquillo de circunstancias y sólo encuentra potable a Jesé. No habría sido mal día sacarle ayer para dejar al potro galés en la cuadra. El fútbol anterior a Navidad se ha ralentizado tanto como el Ferrari que no puede adelantar al Mercedes en recta ni con el DRS enchufado. Y la mejor noticia es que fue el Depor quien pisó el Bernabéu, la suerte del bombo europeo no ha querido meter por medio al Paris Saint Germain o la Juve. Ibrahimovic o Pogba no iban a ser tan condescendientes. 

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Benditas rotaciones

12 Febrero 2015 por Carlos Vanaclocha

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Charly Rexach aventuraba en verano que Messi, Neymar y Luis Suárez “divertirían al soci tanto como Ronaldinho”. Y la opinión pública, que rescata de la hemeroteca cualquier exageración para añadir carnaza, agotó la frase en tertulias y columnas de opinión. La derrota de Anoeta dejó a Rexach casi como un blasfemo y con la credibilidad por los suelos. Se rieron de él hasta que Messi convenció a Neymar y Luis Suárez de que sí era posible otro Circo del Sol; no al estilo samba, ni al tiqui-taca, pero igual de letal y con jugadas de baile de salón. La goleada en San Mamés dejó un poso extraño en Can Barça: el equipo ‘traicionó’ su forma de ser amamantada en La Masía, disfrutando del cuchillo al contraataque, inventando goles de pim, pam, pum. ¿Le suena? Pregunten a Mourinho: su fútbol no gustaba nada, quizá ahora no tanto. Luis Enrique siempre ha tenido en consideración a su colega portugués; por eso, una palabra retumba en su cabeza entrenamiento tras entrenamiento, partido tras partido: pragmatismo. Y apenas le preocupa que su Barça se ponga la capa vampírica para alimentarse de la sangre del rival del turno o amague con imitar al gran prodigio que creó Guardiola, caso que todavía no se ha dado.

El Barça metió pie y medio en la final de Copa lamiendo el reguero de sangre que fue dejando el Villarreal, impecable en actitud y desastroso en errores de escuela de alevines. Musacchio seguirá siendo un central extraordinario a pesar de fallar por tierra, mar y aire. A él le debe el Barça dos de sus tres goles. Y porque Neymar se olvidó de meter la baraja en el sombrero de copa, sino estaríamos contando una orgía goleadora. Los azulgranas no acribillaron a balazos a Asenjo pero el peligro que provocan sus tres genios de arriba asusta tanto como tres velociraptores que atacan a la misma presa desde posiciones diferentes. Messi tiene patente de corso para correr y bajar andando, con arcadas por medio (otra vez). Pero da igual: el gol siempre llega. Y Luis Suárez recuerda mucho en el Camp Nou a Raúl González Blanco en el Bernabéu: cuando falla, lo hace con estilo y la grada le aplaude. Su vaselina del centro del campo terminó por excitar a una afición ansiosa porque reviente el saco de goles. Claro que en el Liverpool era la estrella exclusiva, el Mijatovic del Valencia por decir algo, y en Barcelona debe respetar las jerarquías. Si Messi y Neymar actúan de malabaristas, Suárez es fiel a sus orígenes: luchador charrúa que siempre va al choque y se deja la vida en el intento. El robo de balón en el primer gol le convierte en ese delantero peleón que Simeone reclama a la secretaría técnica para afilar sus plantillas.

Los palos que ha recibido Luis Enrique desde el cataclismo de Anoeta sólo han sido comparables a los del amigo de la prensa Louis Van Gaal en sus años pletóricos. Al asturiano le han incordiado por abusar de las rotaciones y no tener un once fijo en mente. Paradojas de este dichoso deporte, hoy le aplauden su atrevimiento a cambiar todo el esqueleto de un día para otro. Busquets dio paso a un Mascherano que revivió el coche escoba que le dio fama en Liverpool. Y quién le iba a decir a Rafinha que a estas alturas tendría más suerte en el Barça que su hermano Thiago, el bueno de la familia. A expensas de que algún jugador revele en un futuro (me temo que muy a largo plazo) quién mató a Laura Palmer en ese vestuario, Luis Enrique se siente demasiado fuerte, aunque él lo niegue y con el beneplácito de Messi, por supuesto. Este Barcelona vuelve a pulsar las sensaciones que el resto de rivales temían: puede pegarse las bacanales romanas que se le antojen. Anoche, sin necesidad de grabar el partido para el recuerdo, sentenció al Villarreal sin remangarse las mangas. Y son esas malditas rotaciones que se han vuelto benditas las que mantienen al equipo con piernas de Usain Bolt, mientras Ancelotti intenta motivar a un Madrid extenuado y sin saber en qué estado cruzará la meta. ¡Qué cosas!

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A la morgue sin pegas

9 Febrero 2015 por Carlos Vanaclocha

La camiseta del Madrid se puede manchar de sudor y barro, pero nunca de vergüenza”. Palabra de Don Santiago Bernabéu. A Raúl González se lo recordó un periodista español en la zona mixta de Anfield instantes después de que su equipo deshonrara el escudo. La noche de los cuchillos largos de Liverpool fue una de las motivaciones para que Florentino Pérez volviese a escena en medio de la decadencia presidencial. La Champions contempló el ridículo histórico de un Madrid que saltó al césped intimidado por el atronador You’ll never walk alone. La competición fetiche de la historia merengue pedía a gritos un cambio, porque aquel 4-0 no fue la enésima maldición de los octavos (la siguiente temporada sucedería la del Olympique de Lyon) sino la defunción definitiva de un equipo que, lejos de pelearle al Liverpool, se fue directo a la morgue sin poner pegas.

“El 4-0 del Atleti da más vergüenza que el 5-0 de Mourinho en el Camp Nou”. Lo dicen los pesos pesados del vestuario blanco. Al fin y al cabo, aquel Madrid salió con un plan que, aunque mal ejecutado, Mourinho practicó durante la semana previa. Se trataba de la curiosa teoría del ‘triángulo de presión alta’ o, dicho coloquialmente, el ‘trivote’ que tanto gustaba al portugués y que reventó con dos goles rápidos del Barça. El derbi del sábado murió para el Madrid en el cambiador, cuando ningún futbolista titular intuía que el Atleti saldría como un rottweiler a morder la yugular desde el primer segundo. Un equipo que se estiraba y replegaba como un acordeón contra una banda convencida de que la estadística reciente no podía ser tan fatalista. La línea entre la gana y la desgana la trazó Godín, quien se negó a salir del campo con la nariz fracturada: “sólo me voy del campo si me matan”, dijo el ‘mariscal’ uruguayo a sus médicos mientras le colocaban el aparatoso vendaje. Con tal pasión, y con el resquemor causado por esa extraña corriente de opinión que define al Atleti como equipo macarra, peleón (en el sentido despectivo) y, en definitiva, violento, los rojiblancos partieron por la mitad la pizarra de Ancelotti jugando un fútbol más reserva que crianza. Ellos no tienen ‘BBC’ ni tridentes de exposición como el de Messi, Neymar y Suárez, pero atacan y defienden como una falange espartana. Un pequeño resquicio entre los escudos y el resultado puede ser nefasto.  Simeone convertido en el rey Leónidas sin miedo a morir contra un imperio persa descabezado, que se mueve torpemente como un cíclope, y que choca brutalmente contra los espartanos en el angosto desfiladero de las Termópilas. Así se siente el Real Madrid en la nueva era de los derbis.

Martí Perarnau cuenta en su libro Herr Pep que Guardiola conoció y compartió cenas en Nueva York con el mítico Gary Kasparov durante su año sabático. Y en una de esas veladas, Kasparov confiesa al actual entrenador del Bayern que le sería imposible ganar al jovencísimo campeón mundial Magnus Carlsen. La reflexión impresiona tanto a Guardiola que le pregunta por qué, a lo que el genio ruso replica sin argumento “porque es imposible”. Ancelotti tampoco encuentra explicación a su fobia patológica. El Atlético ha pasado de ser el hermano pequeño del Madrid que se llevaba todas las collejas a un tipo hecho y derecho, que no sólo ha madurado sino que supera a su hermano mayor en físico (en cualquier línea del campo) e intelecto (la batalla del centro del campo fue crucial). Y eso que el Madrid andaba lisiado con tantas lesiones, aunque poco habría importado: el ‘Cholo’ le ha puesto a su vecino la camisa de fuerza y está a punto de ingresarlo en el manicomio. La coartada merengue sigue siendo aquel minuto 93 de Lisboa, pero los últimos acontecimientos invitan a pensar que la cabecita de Ramos sólo se cree como un milagro de Fátima.

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“Nacho siempre cumple”

6 Febrero 2015 por Carlos Vanaclocha

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“Te vamos a bautizar muy pronto”. Fue el consejo de Arsenio Iglesias a un jovencísimo García Calvo en vísperas de un crucial Real Madrid-Juventus de Champions League. El ‘Bruixo de Arteixo’ había sustituido al dúo Valdano-Cappa de manera interina en el conjunto blanco y decidió apostar por la fábrica de la antigua Ciudad Deportiva de La Castellana. Mucha pasión y nula experiencia para atar en corto a Alessandro Del Piero, la gran figura de la vecchia signora, y a su colega de diabluras, el canoso Fabrizio Ravanelli. “Nunca olvidaré el discurso de Hierro en el túnel de vestuarios: que no le diera la espalda a Del Piero, que asegurara el pase corto, que si pasaba apuros me deshiciese del balón con un patadón…”. Consejos de un veterano de guerra que el canterano asimiló mientras el Bernabéu tronaba desde las gradas. Y lo cierto que es García Calvo no desentonó ni un ápice: la Juve apenas chutó a Buyo y los blancos se marcaron el mejor partido de una temporada catastrófica. ‘Sanchís ha encontrado  digno heredero por mucho tiempo’, publicó el diario AS al día siguiente en el análisis personalizado de cada jugador. “Sabía que esas oportunidades llegaban una de mil, y si la cagaba, se acabaría mi carrera en el Madrid”. Curiosamente, el destino caprichoso mandó a García Calvo años después a la acera contraria, convirtiéndole en uno de los líderes de aquel Atlético que regresó miedoso de los ‘dos añitos en el infierno’.

A Nacho Fernández le ha llegado su hora. La afición le aplaudió hace unas semanas ante el Espanyol, cuando salió desde el banquillo para ocupar el lateral del expulsado Coentrao. Seguro con el balón y omnipresente en su banda, no sólo actúo de clásico lateral que sube la pelota hasta la medular; también entendió que su Madrid necesita carrileros con motor diesel; por eso, su atrevimiento le premió con un gol. “Es un com-pa-ñe-ro de los pies a la cabeza”, dijo Iker Casillas en una entrevista. El capitán siempre ha sentido devoción por la gente de la casa y Nacho es el último ejemplo silencioso del producto final que sale de Valdebebas. “Nacho siempre cumple”, palabra de José Mourinho. No en vano, celebró su debut en Mestalla hace casi cuatro años a la vera del portugués. Jugó de titular en la banda izquierda y recibió un golpe de Pablo Hernández. Pero lejos de amilanarse, siguió trotando magullado y sin mirar al banquillo ni siquiera de reojo por miedo a que Mou le sustituyera. Así es Nacho, tímido pero muy observador. Demasiado. Cada entrenamiento es un máster acelerado con los profesores más reputados: Pepe y Ramos le aleccionan de central, mientras Arbeloa le enseña los secretos del lateral polivalente. Consejos que va procesando como si fuera una CPU.

De momento, Nacho entrena en calidad de cuarto central. Pero tarde o temprano, y con una temporada tan pesada, los imprevistos debían llegar. Él garantiza un principio muy ‘cholista’: el esfuerzo no se negocia. Nunca se ha quejado por su eterna suplencia ni ha insinuado otra vida lejos del capital. Y Ancelotti premia esa LEALTAD en mayúsculas. Mañana hay derbi en el Calderón y Nacho se comerá el bendito o maldito marrón de frenar las embestidas del bisonte más temido, el ‘mariscal’ Godín. El doctorado de Nacho promete: las cabezas más privilegiadas de la Liga (copyright del Atleti) contra los próximos cimientos del Madrid, Varane y el canterano (con permiso de Sergio Ramos, claro).  J.A. García Calvo supo que su futuro dependía de mantener a raya a Del Piero. Y Nacho, como los quarterback de fútbol americano, se ha preparado una buena chuleta con todas y cada una de las jugadas del laboratorio Simeone. La reputación de Valdebebas está en juego. 

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Neymar vale 57 y si no, ¡desmiéntemelo!

4 Febrero 2015 por Carlos Vanaclocha

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“Aquí hay un señor que ha venido a provocar”. Joan Gaspart se vio obligado a responder con disimulada furia a las preguntas de los periodistas en el antepalco del Camp Nou. Barcelona y Real Madrid habían empatado a cero, y el césped parecía haber soportado un concierto de AC/DC: mecheros, botellas de plástico, una de whisky JB, pelotas de golf y hasta la cabeza de un cochinillo. La grada había orquestado un infierno contra su Judas universal cada vez que se acercaba a lanzar un córner. Luis Figo advirtió en los días previos que, al contrario que en sus dos primeras visitas, esta vez sí se encargaría de los saques de esquina para resquemor culé. El ídolo odiado a un palmo de miles de aficionados intentando hacerle vudú. Y Gaspart sabía que si el Camp Nou se calentaba como una olla a presión, el Comité de Competición tendría suficiente trabajo para una semana. La solución era dar la cara delante de las cámaras para escupir un fingido perdón…o ganar todas las encuestas de popularidad en el barcelonismo. Eligió la segunda opción porque así se lo aconsejó su guardia pretoriana de la directiva.

Joan Laporta había salvado el match ball de la censura en el convulso verano de 2008 y, con media directiva dimitida, apostó por el novato Pep Guardiola. Fue la temporada en la que Leo Messi se reivindicó al mundo como crack único e intransferible del Barça. Y como suele derivar en este negocio, el nombre del argentino comenzó a utilizarse en campañas mediáticas interesadas o, más bien, inventadas. En una entrevista a TV3 de enero de 2009, Laporta acusó al Real Madrid de “intentos desestabilizadores” y los definió como una “lucha desigual porque el Madrid cuenta con el apoyo de las instituciones”. La respuesta del club blanco no se hizo esperar y Vicente Boluda, presidente interino por la dimisión de Ramón Calderón, amortiguó las críticas de Laporta con un ocurrente “lo que le faltaba al Estado era estar pendiente de Messi”.

Las teorías ‘gasparistas’, maceradas durante la presidencia de José Luis Núñez, y actualizadas por Laporta, han sido escritas con esmero en un incunable. Pasan los años y cada presidente recurre a esa biblia con guantes de látex para mantenerla impoluta. Es el manual de las tesis victimistas que nunca falla. Espanya ens roba o ‘los poderes del Estado’, coartadas conspiranoicas difíciles de derribar, como que Walt Disney sigue criogenizado. Hablando en plata para cualquier ciudadano del mundo, Bartomeu culpa al Gobierno de hinchar el precio de Neymar y movilizar su maquinaria para sajarle millones en impuestos no pagados. La Fiscalía Anticorrupción los cifra en 12 millones, casi 3 pertenecientes al mandato de Bartomeu. Y el montante final del fichaje, según la Fiscalía, asciende a casi cien millones. El presidente azulgrana tiene razón: “Si Neymar no hubiera venido al Barça, no estaríamos imputados ni nosotros ni el Barça”. El tsunami nunca habría arrasado la orilla si el fichaje del brasileño acaba descubriendo tantos ceros como el de Cristiano Ronaldo o Gareth Bale. ¿Tan difícil habría sido reconocerlo si el club acaba procesado?

Bartomeu no dudó en ninguna respuesta a 8TV. Ni siquiera vaciló. Soltó cada perla bien memorizada insistiendo en las más populistas, las que quiere escuchar el electorado que vaya a confiar en él: “Hemos hecho las cosas bien (…) el Madrid también presentó una oferta por Neymar (…) jugamos un partido con una senyera”. Discurso demagogo en España y populista en Cataluña. El quinto presidente imputado (Núñez, Gaspart, Laporta y Rosell también declararon por diferentes motivos) no podía autoflagelarse a cuatro meses del nuevo volantazo que va a pegar el club. Y Bartomeu no ganará porque hay demasiada basura guardada en el contenedor pero tampoco iba a declararse pardillo en la televisión catalana.  Igual que Joan Gaspart la noche del cochinillo, el actual presidente dijo lo que quería el pueblo: Neymar vale 57 y si no, ¡desmiéntemelo! 

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Isco o James, debate inminente

1 Febrero 2015 por Carlos Vanaclocha

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Ancelotti hincó la rodilla y aparcó su cabezonería. Sin Cristiano Ronaldo para armar a la ‘BBC’, la pizarra  del mister ensanchó su cintura con cuatro centrocampistas, y de veras le funcionó. El Madrid ha encontrado la solución universal en caso de que alguno de sus cracks falte a la cita: Toni Kroos de maestro de ceremonias, Modric como enganche cuando se recupere, Isco y James. Cuanto más empaque tenga la medular, mayores son las posibilidades de desplegar la alfombra mágica de regates, paredes y cualquier combinación imaginable. Sin embargo, a Modric le falta un mes para regresar de cabeza al once titular y, si la ‘BBC’ no sufre fisuras, surgirá un debate incipiente: Isco o James Rodríguez. Hoy juegan de la mano, mañana se venderán a Carletto en pos de un hueco.

El inversor millonario John W. Henry compró los Red Sox de Boston, histórica franquicia de béisbol, en 2002 con el único objetivo de volver a ganar las Series Mundiales que se le resistían desde 1918. Su proyecto fue claro: lejos de comprar a los grandes jugadores del mercado, su secreto sería copiar al milímetro el método de Billi Beane, el gerente de los modestos Oaklands Athletics, interpretado por Brad Pitt en la fantástica película Moneyball.  “No me interesan lo que me digan los entendidos. De béisbol habla todo el mundo. Beane ha demostrado que las estadísticas están ahí por algo y hay que saber leerlas”. La fe ciega del dueño de los Red Sox por este sistema revolucionario dio resultado porque en 2004 consiguieron el título. Sucede lo mismo con el fútbol, porque siempre se ha dicho que España tiene tantos entrenadores como aficionados, cada uno opinando y defendiendo su alineación favorita. Y entre Isco o James, quien apueste por James levantará sospechas entre el resto, salvo para un Ancelotti que siente más predilección por los datos que las sensaciones. Mientras Isco levanta al Bernabéu con un quiebro de Circo del Sol, James da la razón a los amantes de las estadísticas. Sin duda, el método Moneyball no le sentaría en el banquillo. Y los entrenadores se fían mucho de los números y no tanto del runrún popular.

Los datos están ahí: Isco ha marcado dos goles y el colombiano siete. En asistencias también gana James, siete por cuatro. Y en recuperaciones de balón (quizá la cifra que más aprecia Ancelotti por su vena italiana), James también resulta ganador: 67 por 59. Son números de Liga, porque en Champions Isco tampoco le iguala. “La prensa deportiva pesa mucho, no porque influyan en las decisiones de un club, sino porque incordian demasiado”. John Henry sabía que se enemistaba con la prensa de los Red Sox desde que ignorara al primero de sus clásicos ojeadores. Sea cual sea la elección de Ancelotti, tampoco le faltarán críticas: si pone a James, la grada más pasional le pondrá de vuelta y media. No en vano, en los últimas semanas ha surgido otra discusión que alimenta las barras de bar de todo el país: ¿quién es mejor ahora: Isco o Iniesta?

Pero si Isco no pierde la titularidad, más de un directivo de la planta noble jurará en arameo: ¡qué habrá hecho mal el fichaje de los 80 millones con esos números tan evidentes! Al menos, Carletto siempre tendrá la coartada del Moneyball. Las cifras nunca fallan.  

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