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El Lobo de Wall Street

23 Julio 2016 por Carlos Vanaclocha

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31 de agosto de 2015. Quedan doce horas para el cierre de los fichajes. Jorge Mendes cuelga una llamada en uno de sus tres o cuatro teléfonos móviles desde una terraza de Montecarlo y dice a la gente que le rodea en ese instante: “Acabo de hacer el negocio del verano”. Instantes después, el Manchester United anuncia el fichaje del delantero del Mónaco, Anthony Martial, por 50 millones de euros…¡más otros 30 en variables!  Mendes no es el representante del jugador francés pero su intermediación fue vital para gestionar el capricho de Van Gaal. Quizás sea el único representante, junto a Mino Raiola (Pogba e Ibrahimovic), que puede desfilar por la alfombra roja de Hollywood con las ínfulas de Cristiano Ronaldo o Leo Messi. Se siente una estrella del celuloide porque su ego sí extiende cheques que su bolsillo puede pagar. Pero durante este verano apenas teníamos noticias de su universo, donde la gente trajeada nada en billetes verdes, hasta que el Barcelona soltó la bomba el pasado jueves. André Gomes jugará de azulgrana y no de merengue porque, primero, James Rodríguez, también de la factoría Mendes, se ha declarado intransferible y, segundo, Luis Enrique pidió a su directiva un sustituto para Iniesta que también simule a Rakitic.

Las mentes más retorcidas, las que están en primero de Jorge Mendes y repitiendo, están convencidas de que el Madrid nunca quiso a Gomes; fue una estrategia pergeñada por el agente para inflar el P.V.P. del media punta. La ecuación era demasiada simple: el Valencia necesitaba liquidez y, consciente de que ningún club pagaría a toca teja los 65 millones de la cláusula de Gomes, accedió a cobrar 35 millones + 20 en cláusulas de colegio + 15 en objetivos más importantes. Maquillaje perfecto para un Barcelona que evita el efecto de otro tsunami Neymar. Mendes sabe de boca de Florentino Pérez que el Madrid nunca ofertaría 40 o 50 millones. Y esto es información, no opinión. El nuevo fichaje culé nunca ha estado ni frío ni caliente en la planta noble del Bernabéu porque ese “estamos enredando” que ayer confesó FP a Zidane en Canadá alude al pez gordo de Raiola. Es un secreto a voces que irrita al amigo y casi hermano de Cristiano.

Mendes es un vendedor nato, así de simple. Su pose ejecutiva recuerda a la de Jordan Belfort, el insaciable broker interpretado por Leonardo Di Caprio en El Lobo de Wall Street. Es de esos comerciales que te ofrece un bolígrafo, te habla de sus ventajas, y acaba vendiéndote el estuche entero. Esa virtud la lleva explotando desde que empezó con vallas publicitarias de un equipo de la segunda ‘B’ portuguesa al mismo tiempo que gestionaba un videoclub. Y en una discoteca de su propiedad conoció a Nuno, un portero que pasó sin pena ni gloria por Depor y Osasuna, pero que como entrenador clasificó al Valencia en la Champions antes de que dimitiese por clamor popular. Sus gestiones se han estudiado en la Universidad de Boston, tarde o temprano llegarán a Harvard y miles de yuppies de Wall Street pagarían barbaridades por un máster suyo de negocios deportivos. Es un vanguardista del mercado capaz de montar una oficina itinerante en Valdebebas con toda una corte de representados, poner patas arriba al Monaco con un puñado de llamadas telefónicas desde una terminal de aeropuerto o convencer por pesadez a Joan Laporta dentro de un coche para fichar a la entonces promesa del fútbol portugués, Ricardo Quaresma. Tal es su influencia que Florentino Pérez se negó a fichar a Falcao en el verano de 2014  porque de lo contrario, “tendría que dejar la presidencia a Mendes”. Literal.

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¿Higuaín da para más?

21 Julio 2016 por Carlos Vanaclocha

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Su apariencia desaliñada es la de una vieja leyenda en una pachanga de solteros contra casados. Siempre con la camiseta por fuera y el trote cansado, Gonzalo Higuaín parece un estorbo en la delantera, un paquete del montón para hacer bulto y que falla más que una escopeta de feria. No es una descripción plagiada de nadie, sino la muestra de un puñado de charlas de barra de bar, que no dan crédito a los 94.7 millones que pide el Nápoles por su inesperada estrella. Al otro lado del fuego cruzado, la trinchera de quienes defienden con estadísticas (36 históricos goles en el último Calcio) a uno de los mejores goleadores del momento. Con o sin permiso de Luis Suárez, el ‘Pipita’ se ha ganado un caché  sólo apto en el celuloide: quizás no tan alto, pero sí para provocar un culebrón veraniego de infinitas reuniones con la Juventus, en un toma y daca en el que el presidente napolitano, De Laurentiis, se remite a la cláusula y el club bianconero lo medita. Si Higuaín fuese español, habría reeditado el eterno debate de ‘Raúl sí, Raúl no’: goles decisivos ennegrecidos con fallos clamorosos como el mano a mano con Claudio Bravo en la final de la Copa América. David Gistau fue testigo directo del nacimiento de Gonzalo Higuaín en un River Plate-Boca Juniors del 2006. El ‘Pipita’ marcó dos goles (el segundo, escandaloso) y, eclipsado por el acontecimiento, el columnista preguntó a sus amigos porteños qué pinta tenía ese delantero: la respuesta fue un escueto ‘Pseé’.

Aquel joven imberbe que llegó al Real Madrid con ínfulas ‘maradonianas’ se hizo un hombre en Italia, la liga más puñetera para descerrajar defensas. Y el mérito de haber tumbado a mitos como Gunnar Nordahl o Batistuta merecía la llamada de los grandes. Por de pronto, el Atlético de Madrid, que ofreció “60 millones más dos jugadores”, según  De Laurentiis.  Pueden llevarse las manos a la cabeza y despotricar de las barbaridades de este negocio o, al contrario, razonar con lógica la propuesta rojiblanca: si el PSG pagó por Cavani 70 millones, por qué no subir a casi cien el P.V.P de Higuaín. En Nápoles, golea a su ritmo, sin que se le caiga el cielo a la cabeza por una crítica gratuita del dios napolitano. En efecto, Diego Armando Maradona ha fusilado con su verborrea mordaz a su compatriota, pero sus servicios al Nápoles le obligan brindarle cortesía profesional. Y eso que el ‘Pelusa’ nunca ha sido devoto de Higuaín. Ni de él ni de nadie. Cuando Maradona era seleccionador de Argentina antes del Mundial de Sudáfrica, solía organizar comidas en Madrid con su entonces yerno, ‘Kun’ Agüero, Fernando Gago y el ‘gringo’ Heinze. Quien nunca estaba invitado era Gonzalo. No le consideraba de su guardia pretoriana.

Higuaín nunca falla a una convocatoria albiceleste. La calle le ha intentado hacer vudú y en las largas y tediosas pláticas de sobremesa le han despellejado. Sin embargo, no se atreverían a prescindir de él, porque tan pronto la caga a un palmo de la portería como ejecuta una jugada de espaldas imposible. De aquel Higuaín que se quedó ciego en la fatídica noche del Lyon a éste que remata melones y choca su cuerpo con centrales de casi dos metros, han transcurrido varias vidas. En el Real Madrid se peleaba con Benzema por complacer a Mourinho; en Nápoles le reclaman madera de semidios. Y en un club donde ganar y fracasar no van de la mano (no es la Juve), Higuaín se siente a gusto. Intentar escalar otro ‘ochomil’, como en Madrid, quizá provoque que se vuelvan a acordar de su madre.

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Todo empezó por Peter Kenyon

18 Julio 2016 por Carlos Vanaclocha

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“Las pretemporadas en Suiza se van a acabar de un momento a otro…el dinero manda”. Vicente Del Bosque advirtió hace quince años la visión mercantilista de su entonces presidente, Florentino Pérez. Las largas estancias en tierras suizas con presencia de estrellas de caché internacional como Figo o Zidane apenas sacaron rendimiento económico a un club que ya pensaba más como multinacional que como entidad deportiva. El entrenador salmantino estaba en lo cierto, como casi siempre: intuía temeroso que el Madrid debía exprimir la popularidad planetaria de unos futbolistas que no sólo se implicaban en los códigos de un vestuario de fútbol, sino que también estaban obligadas a cuidar su incipiente aura de estrellas de rock. Y, por supuesto, a un folclórico empedernido como Del Bosque no le hacía gracia supeditar la puesta a punto del equipo a la obligación corporativa del clin,clin,caja en una época en la que el fútbol aún era de los futbolistas. Sin embargo, sesenta millones en Figo o setenta y tres por Zizou debían ser correspondidos con títulos y, misión capital, jugosos contratos publicitarios que llenarían la tesorería blanca. De eso se encargó Florentino en Asia, territorio que él conocía a fondo por sus gestiones internacionales de ACS.

“El rendimiento importante, el que proporciona lo demás, es el económico. Las temporadas son largas y los equipos sufren altibajos físicos”. Este pensamiento empresarial de tío Gilito pertenece a Peter Kenyon, verdadero pionero de las giras veraniegas. Contratado por el Manchester United como director ejecutivo, Kenyon había revalorizado la marca deportiva Umbro a nivel internacional; era, y sigue siéndolo, un auténtico genio del marketing, así que el United quiso explorar con él nuevas fórmulas de explotación comercial. Kenyon aterrizó en Manchester en 1997 y suya fue la idea de aprovechar el desconocido fenómeno de internet para crear una tienda virtual, pero dos años más tardes se dio cuenta que vender camisetas y bufandas online no era una ‘experiencia’: los hinchas de todo el mundo querían ver in situ a sus estrellas, saludarles en inmortalizar el recuerdo. Así nació la primera gira asiática de un club de fútbol. Hong-Kong y China fueron los primeros destinos de unos diablos rojos en los que David Beckham era el cebo perfecto de patrocinadores, gobernantes y plañideras desconsoladas que gritaban a su paso por estadios, aeropuertos y centros comerciales. También Sir Alex Ferguson torció el gesto con tanto vanguardismo: Kenyon ha contado más de una vez en foros empresariales que tuvo que darle al escocés un máster acelerado del nuevo fútbol contemporáneo, en el que ingresar dinero era tan crucial como marcar goles. Al final, el manager escocés comprendió que mantener el primer puesto en la revista Fortune como club más rico del mundo exigía esta clase de sacrificios, aunque sólo pudiese dirigir tres o cuatro entrenamientos completos en diez días. La imagen por encima de todo.

Afortunadamente para Del Bosque, nunca tuvo que aceptar con resignación estoica esos compromisos institucionales a quince mil kilómetros. Si acaso, durante su última pretemporada el Madrid hizo un viaje relámpago a Nueva York para jugar contra la Roma, pero no varió nada: la “condición física de base” (patente de Luis Aragonés)  se hizo una semana antes en Austria. Además, ese año el club fichó al brasileño Ronaldo sobre la bocina, con el mercado cerrando la persiana y en vísperas de la primera jornada. Quién sabe si de haber venido antes el delantero, Florentino les habría mandado a Japón y Corea, aprovechando el tirón mundialista del campeón brasileño. No obstante, el presidente no dejó escapar la ocasión al año siguiente en 2003, con Carlos Queiroz como plan renove de la versión “antigua” de Del Bosque. El Madrid de los galácticos, con Beckham otra vez en el papel estelar de cualquier ceremonia, se exhibió en una gira mundial por Oriente Lejano y Estados Unidos que reportó ocho millones de euros. La consecuencia fue un aumento exponencial de la marca Real Madrid, además de un agotamiento físico que hartó a muchos jugadores con tanto avión y presencia protocolaria con las autoridades locales allá donde viajaban. Toni Grande, fiel  asistente de Del Bosque, llegó a decir que ”el galacticidio de Queiroz comenzó con el trajín asiático, aunque los mismos once titulares hubiesen jugado casi toda la temporada completa”. Al final, el marketing también se ha calzado las botas como cualquier otro compañero de vestuario, y las estrellas del celuloide no pueden sudar la camiseta de pretemporada entre remansos de paz. Sí, Del Bosque tenía razón: se acabó entrenar en Suiza. No era bueno para el negocio.

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Un veterano de guerra

13 Julio 2016 por Carlos Vanaclocha

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Mariscal sobre el césped y delante de los micrófonos, disfruta de una segunda juventud porque, como su amigo Cristiano, profesa un culto exagerado a su cuerpo que le mantiene en formol. A punto de cumplir una década en el Real Madrid y flamante campeón de la Eurocopa, el madridismo reconoce en Pepe el sucesor más digno de Fernando Hierro, y eso son palabras mayores. A sus 33 años le han intentado jubilar y defenestrar por esa fama de leñero, pero desde hace tiempo el central decidió devolver fuego cruzado en el campo, no ante la prensa. Sólo así se explica que siga siendo letal al cruce, expeditivo con el balón en los pies y reparta pólizas de seguro entre unos compañeros que suspiran de alivio cuando miran de reojo a la defensa. No importa que su carrera toque a su fin, Pepe es un seguro de vida porque, como suele decir Manolo Sanchís, “los centrales son mejores cuando rondan la treintena y tienen mil batallas que contar”. Desde luego, el portugués podría escribir su autobiografía desde que Pedja Mijatovic convenció al entonces presidente Ramón Calderón para que desembuchase la friolera de 30 millones por un defensa anónimo. Ante la incomprensión de la opinión pública, Mijatovic se enorgulleció del fichaje diciendo que “treinta millones serán poco para lo que costará Pepe en unos años”. Ningún ingrato, entre ellos quien escribe, se ha atrevido todavía a llamar al ex director deportivo para rendirle pleitesía.

Pepe, aquel central que sufría “enajenaciones mentales transitorias” (TV3 dixit) y al que había que negarle eternamente el perdón por su violenta escena en la espalda de Casquero, entendió a la fuerza que duraría poco en el Madrid en esa versión de Doctor Jekyll y Mister Hyde. Tan pronto dirigía a su defensa en armonía como se embarraba hasta el cuello en un juego de alcantarilla que sólo las cámaras captaban (Diego Costa lo sabe bien). Quizás el club nunca le vendió por su sublime condición atlética y esa pose terrorífica que achanta a cualquier delantero. Perdió su virginidad durante el ‘rally de los clásicos’, aquellos Madrid-Barça con Mourinho en el banquillo y el Messi más eléctrico de los últimos tiempos. Ahí estaba él para frenar a D10S a tumba abierta, por lo civil o lo criminal. Como debe ser en un central jerárquico. Sin portal el brazalete de capitán, las generaciones de Valdebebas escuchan al veterano de guerra que, sin haber mamado el Madrid de Juanito o la ‘Quinta del Buitre’, se declara madridista de sangre. Pepe se ha ganado la Medalla de Honor del Congreso porque aterrizó en Vietnam como un paracaidista sin brújula, y nueve años después, la lista de jugadores que le “deben la vida” da la vuelta a la manzana. Que se lo pregunten al vestuario de Portugal, tan apesadumbrado por la lesión de Ronaldo durante la primera parte de la final, como extasiado por la majestuosa omnipresencia de su central. “Fuimos unos guerreros en la batalla”, explicó el jugador que no entiende de galácticos ni vedettes, sino de merengues currantes que, como Mel Gibson y Rene Russo en Arma Letal, presumen de heridas de pelea callejera. Es el fútbol de Pepe y que, desmintiendo leyendas populares, sobreexcita al Bernabéu.

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El triunfo de la supervivencia

11 Julio 2016 por Carlos Vanaclocha

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Eder Antonio Macedo Lopes es un delantero que en Vallecas podría ser confundido con Manucho. Desconocido para el gran público, incluso los periodistas portugueses creen que Fernando Santos le convocó porque el casting de goleadores lusos era demasiado reducido. En Swansea se parten de risa porque su fichaje de los 5 millones (los que pagó el club galés al Braga) no olió ni un gol en catorce partidos. La presión de los socios fue tan brutal que el Swansea le pasó el marrón al Lille. Allí, en Francia, sí vio puerta, ganándose el reclutamiento nacional. Es la biografía más reciente del héroe anónimo de la Eurocopa, que provocó el segundo lloro de Cristiano Ronaldo y grabó su nombre para la posteridad, quizá por delante de un tal Eusebio, Ruo Costa o Luis Figo.  El espigado Eder ya es ídolo de masas en su país y las generaciones futuras recordarán que él (y sólo él) reventó Saint-Denis y calló de un derechazo a la multitud de la Torre Eiffel.  La gesta sin Cristiano es hercúlea porque la campeona ha llegado a la final con el cuerpo lleno de cicatrices de guerra: Hungría le tuvo noqueado tres veces y entró como mejor tercera por el formato somnífero de la UEFA. Y cuando el día D iba a coronar el Balón de Oro de CR7, se lesiona y su vestuario apeló A las armas, en honor a su himno.

Portugal emuló a Grecia en 2004 porque sin fútbol tumbó a quien se puso por delante. No perdió ningún partido gracias a las intervenciones divinas de Rui Patricio y su fútbol mediocre enmarañó a una tosca Francia en la que el mejor no fue Griezmann sino esa proeza genética llamada Sissoko que jamás firmó un partido así en tres temporadas en el Newcastle. Santiago Segurola tituló en El País la victoria de Italia en el Mundial de Alemania 2006 como El triunfo de la nada; los portugueses han superado un ejercicio de supervivencia tan gratificante como el alpinista que holla cima en el Everest. Sin embargo, dentro de un puñado de años nadie hablará de esta Eurocopa, si acaso del tropezón de España y el milagro islandés. Demasiada racanería y un descarado miedo a perder que contagió a selecciones tan alegres como Croacia. Habría que proponer un consejo de sabios que dirima si conviene anteponer el negocio a los castigos físicos de los jugadores: la mitad han llegado reventados y el resto apenas descansará antes de las pretemporadas. Entre ellos, un Cristiano extasiado al que le iba media vida en la final.

Ni siquiera en los bares lisboetas se hablará de Fernando Santos. Discreto, siempre en segundo plano, cogió un equipo destrozado en el último Mundial. Las casas de apuestas tampoco se habían congraciado con su Portugal y mañana seguirá festejando el título entre bambalinas; los protagonistas son otros. Bueno, el sorprendente Eder y el Pepe más imperial de los últimos tiempos. Todo el vestuario, incluida la gran estrella del Real Madrid, han obedecido las órdenes de Santos con disciplina espartana. Ni una voz estridente, ni una queja convulsa. Cuando Fernando Santos entrenaba a Grecia, ordenó un entrenamiento en Atenas a las 8 de la mañana. Los jugadores helenos se quejaron de que no llegarían puntuales por el caótico tráfico de la ciudad, a lo que el entrenador portugués contraprogramó la sesión a las 07. Finalmente, la plantilla acabó accediendo a las 08. Ése es el nuevo campeón de la Eurocopa, de carácter firme pero calmado. Aunque el fútbol nunca se lo agradecerá, Que piense en Otto Rehhagel.

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“El mejor deportista de la historia”

7 Julio 2016 por Carlos Vanaclocha

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Saltó como Air Jordan y cabeceó como Iván Zamorano.  O Hugo Sánchez, elijan ustedes. Fue el gol que sepultó la trinchera inquisidora que le acusa de jugador oxidado que no regatea ni a las farolas. Quizá Cristiano Ronaldo ya no tenga la explosividad de Bale, pero su instinto depredador sigue intacto. Carlo Ancelotti le sugirió amablemente jugar de vez en cuando de delantero centro y el portugués lo rechazó sin titubeos. Prefiere seguir cabalgando a treinta metros de la portería y no perder el oficio de francotirador. Sin embargo, con los años Leo Messi ha retrocedido su posición (acabará en la baldosa desde donde se manejaba Xavi Hernández) y Cristiano ahora es más decisivo rematando hasta un microondas desde el punto de penalti. En la selección portuguesa no tiene a su socio Benzema, pero se conforma con el correoso Nani, generoso en el esfuerzo y entregado a la causa de su líder.  Después de una sospechosa final de Champions, necesitaba el gol que le redimiese de cualquier pecado. Según él, ninguno; para gran parte del madridismo, la de una estrella que va atisbando a lo lejos un final próximo, aun reventando el marketing del Real Madrid como reclamo indiscutible.

Cristiano recuperó anoche la sonrisa de un país lastrado por las crisis políticas  y económicas, y talló su nombre en el próximo Balón de Oro. Los debates con Messi darán para escribir una Biblia, ¡cómo no!, pero la Copa de Europa y haber dejado a Portugal a las puertas de una historia centenaria pesan demasiado en los argumentos a favor. Por de pronto, CR7 ganó el pulso a Bale en esa pelea silenciosa de egos. El galés fue el tuerto en el país de los ciegos y no ha rozado la final porque “juega en un equipo de patateros”, como dijo el ácido Mario Kempes, ahora enviado especial a la Eurocopa. Bale puso más fútbol que su alter ego pero no marcó; es decir, que de la semifinal se acordarán sólo él y su representante. Cristiano posó en la alfombra roja de Hollywood en la antesala de los Oscar, la noche grande, o no, llegará en Saint-Denis. El lloro inconsolable en Lisboa en aquella fatídica derrota contra Grecia (2004) ya intuía la voracidad de un chico que prometió a su madre, Dolores Aveiro, pelear a tumba abierta hasta ser el número uno en su oficio. Incluso, tiraba servilletas al suelo en las concentraciones del Madrid cuando veía por televisión golear a Messi, cosa que le sobreexcitaba, de tal manera que sólo su vestuario entendía esa obsesión. Cristiano se merece el Balón de Oro, sí, pero un poco más el reconocimiento mundial de un profesional dedicado estrictamente al culto a su cuerpo. Porque su exagerado entrenamiento mantiene tensos sus músculos, y las ganas de ser héroe nacional motivan su mente. No le hagan todavía el plan de jubilación porque, sea o no campeón en París, queda ‘Bicho’ para muchos fines de semana.  Y como somos tan desagradecidos, le seguiremos destripando si no redondea otros cincuenta goles, o se relaja un instante. Aunque él, y muchos, seguirán pensando que es “el mejor deportista de la historia”. Jorge Mendes lo piensa y lo dice convencido. Y no por negocio.

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Rumble in the jungle

5 Julio 2016 por Carlos Vanaclocha

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Nunca se han dedicado elogios delante de las cámaras ni han compartido cenas familiares como Messi y Luis Suárez. Compañeros de vestuarios, se miran de reojo para saber quién tiene el ego más grande. Cristiano Ronaldo suspiró de alivio cuando Football Leaks flitró los documentos del fichaje de Gareth Bale: 91 millones y nos los cien redondos de los que presumía el dueño del Tottenham, Daniel Levy. El portugués seguía ostentado el P.V.P más alto del mercado; el galés aún tendría que reivindicar al Bernabéu la cifra astronómica que Florentino Pérez pagó por él. Viven en la indiferencia mutua: camaradas, pero no amigos personales. Su respeto recíproco es fundamental para que el Madrid no se resquebraje y alimente a la prensa más alterada con una colisión de trenes. Quizá el carácter británico de Gareth , ensimismado fuera de las Islas y un poco marciano comparado con el Cristiano más sincero, evite un fuego cruzado que en cualquier otra élite sería entendible. La temporada pasada Neymar no titubeó a pie de campo para confesar a Canal Plus que “Messi es un líder del que se aprende a diario”. No parecían declaraciones de corta y pega, porque ése fue el consejo de su representante, Wagner Ribeiro, cuando Sandro Rosell escenificó su llegada como un acontecimiento estratosférico. Bale no toma referencia de CR7, es un autodidacta que espabila por la brutal presión de su club. Y su agencia, Stellar Group, le maneja con paciencia estoica, midiendo cada paso para que tarde o temprano desfile por la alfombra roja de Hollywood.

Mañana Cristiano y Bale se saludarán sin efusividad antes del pitido inicial. En juego la historia de sus naciones y un Balón de Oro por medio. El afán de superación del luso recuerda al de Rafa Nadal, su ambición pública por ser el número uno es la de un futbolista exageradamente profesional. Gareth apenas chapurrea castellano y sus entrevistas todavía son cuadriculadas, sin aristas, políticamente correctas. “¿Que quién es mejor?, ¿pero qué pregunta es ésa?”, espetó con malestar Bale en una entrevista para El Partido de las 12. Su mano derecha es el agente, Jonathan Barnett, que le insiste siempre en hablar con las botas puestas, no para satisfacer a “todos esos tiburones de los tabloides”.  Esta última temporada habría sido galáctica de no ser por una inoportuna lesión en su mejor momento; aún así, el Madrid ha dependido en el último tramo de su velocista de 100 metros. Paradojas de la vida o del ocaso de cualquier futbolista, Bale exprime ahora las explosivas cualidades del mejor Cristiano: tomahawks y velocidad. En cambio, CR7 se fía de su instinto goleador, que sigue barriendo récords.  Mañana juegan Portugal y Gales, pero ese eslogan no vende ni una colilla. Cristiano vs Bale, un inesperado Rumble in the jungle. Dos pesos pesados que decidirán el combate a puñetazo limpio. No busquen más lecturas porque sus selecciones se cobijan detrás de sus espaldas. Es el reclamo publicitario que necesita la Eurocopa más descafeinada de los últimos tiempos.

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Löw, el entrenador menos alemán

3 Julio 2016 por Carlos Vanaclocha

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Es el Real Madrid de Eurocopas y Mundiales. Cambia sus generaciones, pero siempre está ahí sin personajes mediáticos que alboroten a la prensa. Alemania no tiene un Vengador que salve al mundo, como Cristiano a Portugal, o Bale a Gales, pero sus panzer avanzan rondas sin freno. Si no hubiese sido por la mejor España jamás vista, la última década de los germanos habría sido escandalosamente inolvidable. Hay que otear un horizonte muy lejano para divisar su último fracaso: la Eurocopa de Portugal (2004) donde el seleccionador Rudi Völler construyó la última Alemania de pelotazos y cabezas cuadradas. A partir de entonces, la federación eligió al carismático Jürgen Klinsmann para introducir una ingeniera alemana más sofisticada. Constructores como Michael Ballack sacudirían el bloque de hormigón que tuvo su momento álgido con aquella mítica frase de Gary Lineker, “El fútbol es un deporte que juegan once contra once y siempre ganan los alemanes”. Preguntado por la célebre cita, Joachim Löw sugirió una vez en una rueda de prensa honrar a Lineker. Y así ha sido.

Löw ama el fútbol tanto como el buen vino. Dicen que la vinoteca de su casa merecería turismo enológico por su ultramodernismo; tanto como sus métodos de entrenamiento. El seleccionador de la Mannschäft no puede vivir sin un ipad que le acompaña en la mesilla de noche. Es la libreta de Van Gaal. Mediante un software a la vanguardia alemana, nunca mejor dicho, chequea cualquier dato imaginable de cualquier futbolista, sea del equipo nacional o un juvenil de las seis ligas regionales del país. No en vano, uno de los objetivos capitales de Löw cuando era asistente de Klinsmann fue implantar una metodología única en las academias de fútbol. Una especie de Masía o escuela del Ajax en todos los landerDe repente, el fútbol siderúrgico cambió por la precisión geométrica; prohibido regalar balones sin sentido. Prueba irrefutable de esta evolución es que Alemania cada vez es menos peligrosa en el juego aéreo y más en ese fútbol escurridizo de Kroos, Özil y Müller.

Löw entendió que el atajo más rápido para tumbar a Italia era reaccionar ante la pasividad de Del Bosque. A Conte sólo le ganaría desde el banquillo porque la selección azzurra depende del cerebro  de su entrenador. La solución al sudoku planteado fue tejer una telaraña que enmarañase el partido. Si Italia salía con tres centrales, los germanos no le andarían a la zaga. Pocos países tienen una columna vertebral tan erguida como la alemana, ni siquiera la destartalada Francia. Desde ahí maniobró el jaque un Löw que tampoco se atreve a traicionar del todo las costumbres teutones. La grada de Munich se cansó de Guardiola porque no asimilaban que la pelota tuviese que entrar hasta la cocina. Joggi (así apodan al seleccionador alemán) experimentó con falsos nueves al principio de la Eurocopa, y pronto se dio cuenta que necesitaba un boya (Mario Gómez) en el punto de penalti. Muy alemana la idea. Khedira era el titular innegociable del entrenador durante muchos años; hoy también, pero no tanto. Esta Alemania está funcionando porque Toni Kroos ha recuperado la esencia de sus primeros meses en el Bernabéu. Está siendo el mejor del torneo y su vestuario lo sabe, incluida la azotea privilegiada de Thomas Müller, el Raúl González de este equipo.

 

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Pulgada a pulgada

29 Junio 2016 por Carlos Vanaclocha

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“Las ideas a veces ganan al talento”. Antonio Conte repitió una frase de Fabio Capello, patentada la noche que el Milan humilló al Barcelona en Atenas, y que Guardiola no olvidará jamás. El ex entrenador madridista suele confesar que aquella goleada comenzó con una presión asfixiante sobre Pep que cortocircuitó el primer toque de Cruyff. La batalla del centro del campo fue crucial para que Romario y Stoichkov se quedaran aislados en un islote perdido en el océano. Y Capello reconoce que Desailly se dedicó a un “trabajo oscuro” que nunca fue reconocido por la opinión pública. Ese 4-0 mortal para el Dream Team supuso una de las mayores lecciones tácticas del fútbol contemporáneo. Cada España-Italia guarda una imagen que lo inmortaliza: el codazo de Tassoti (1994), la tanda de penaltis de Casillas (2008), la apología del tiqui-taca (2012) y, desde esta Eurocopa, la pizarra perfecta de Conte. La prensa italiana le declara ganador absoluto del combate por KO; no en vano, el Corriere della Sera le ha comparado con Alejandro Mago en el arte de preparar una guerra.

Las tertulias previas a grandes partidos conllevan fuertes dosis de verborrea barata. Normalmente, los periodistas analistas (o los que presumen de ello) describen tácticas en el imaginario que luego saltan por los aires. Quizá por eso no todo el mundo aspire a entrenador profesional, aunque nos guste jugar a serlo. Conte ha guionizado a su equipo desde que tomó una selección devastada en el Mundial de Brasil; le ha dado forma como un jarrón y sin arcilla de primera calidad. Suena a Rafa Benitez y su “yo esperaba un sofá y me trajeron una lámpara”. Desde luego, no se ha complicado en su reducido reclutamiento: si la Juventus domina el país, la fundición la deben construir sus obreros. Empezando por esa cuchilla de tres hojas que forman Chiellini, Barzagli y, el mejor, Bonucci. Cuando Iniesta o Silva esquivaban a uno, todavía les quedaba un bosque de piernas demasiado frondoso. Los centrales de la Juve son espartanos que darían la vida por cada uno de sus hermanos de sangre. Es la mentalidad azzurra, en la que Leónidas, o sea Conte, morirá al lado de sus compatriotas. O todos o ninguno.

Del Bosque cayó en el jaque desde que anunció una alineación sin cambios. Las pistas de Italia en la primera fase avisaron de una cruenta pelea por el centro del campo. El movimiento más lógico en la partida de ajedrez suponía quitar a Nolito y poblar la medular con Koke, más siderurgia, o Thiago para descerrajar el telón de acero italiano. El seleccionador español no lo creyó oportuno y, de repente, se quedó pasmado viendo cómo Conte defendía en bloque y pisaba el área de De Gea con ¡cuatro!, los delanteros y los carrileros. Italia entendió el carismático discurso de Al Pacino de “pulgada a pulgada” como nunca antes en el deporte moderno. Bueno, sí, Chile también lo aplico letra a letra en la pasada final contra Argentina. A Del Bosque nadie le va a enseñar integridad: murió con sus principios, tocando el balón hasta el fin del mundo. Lícito pero poco inteligente, porque hasta los más grandes estrategas han tolerado jugar al suicidio, por lo civil o lo criminal: lo hizo Cruyff con Alexanco o el mismo Guardiola con Piqué. A veces tienes potra y otras no, pero que no te acusen de no haberlo intentado.

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El show de Truman

27 Junio 2016 por Carlos Vanaclocha

 

“Leo Messi con Argentina es como jugar a la Playstation y dársela siempre al mismo muñeco para que haga la jugada”. Es la mayor lindeza con la que el mito Mario Alberto Kempes puede obsequiar a sus compatriotas en estas horas tan convulsas. El ‘Matador’ dice lo que piensa toda su nación: un equipo con demasiada pasión y poca templanza. Si, acaso, la de Messi y, apurando, Mascherano, Argentina sigue teniendo un D10S y no es el barcelonista. Su explosivo anuncio cayó como una bomba de mil kilotones en plena resignación a convertirse en ese ‘pupas’ que una vez fue el Atleti. Y sí, Messi es el mejor del mundo sin discusión pero ni siquiera un semidiós alivia las penurias del cajón desastre que dirige ‘Tata’ Martino y del que se ríe Diego Maradona, astro en su país también sin discusión. Su adiós forzado o pensado es consecuencia de la frustración imposible de consolar; si él cree ciegamente que nunca llegará la gloria, no le den más vueltas porque todo empieza y acaba en Messi. No hay más lectura en una Argentina desgraciada.

Otra final con la misma rutina fatídica: abulia de Messi y fallo clamoroso de Higuaín, el delantero del ‘casi’. De repente, se encontró con el único regalo de Gary Medel en el partido y, de repente, reaparecieron los fantasmas del Lyon en Champions (al palo), Neuer en el Mundial (fuera) y la pasada final de Copa América a puerta vacía. Como si le hubieran hecho vudú, el ‘Pipa’ acabará en unos años con un chaleco de fuerza en un manicomio repitiendo sin parar ‘¿por qué?’; la otra opción es aguantar hasta Rusia 2018 y sacudirse la mala suerte con un gol que levante al país. No quiero imaginarme qué habrán dicho de él en las barras de los bares bonaerenses. Ni de Messi, claro. Al menos, el barcelonista siempre podrá cobijarse en su trinchera de defensores, los que piensan que no urge un Mundial o Copa América para reivindicarse por delante de Pelé o Maradona, Ni Cruyff ni Di Stefano lo lograron. Su declaración de intenciones en zona mixta suena a calentón, quizá a una separación temporal hasta que termine la tediosa clasificación sudamericana y Leo vuelva a dar un paso al frente para disparar la última bala del cargador. Será su última gran decisión, sin red, al todo o nada. Pero es que los genios siempre caminan por el alambre: lograr el éxtasis o caer al abismo,

Desde Maradona no había surgido ninguna selección tan monoteísta como la de Messi; ni siquiera Brasil en cualquiera de sus versiones campeonas, la maquinaria pesada alemana o la Francia de Zidane, Por eso, una simple molestia lumbar de Messi activa el estado de alarma en su país. Es el Truman Burbank del Show de Truman. Una población entera pendiente del nacimiento de su estrella, sus primero pasos, los sacrificios en su crecimiento, la meteórica explosión en Barcelona, etc. Sin Messi, sólo queda tierra chamuscada o como suele insistir el maestro César Menotti, “el colmo de la vulgaridad”. En esta selección hay un colapso de actores secundarios que se atropellan unos a otros. Empezando por Higuaín y sin olvidar a Di María o Agüero, ambos en el limbo de Nueva Jersey, adonde fue a parar el penalti de Messi. Y como la grada albiceleste entrega su vida a la selección como si no hubiese mañana, las guadañas están despedazando a todo aquel que aparece en cualquier conversación, Lo advirtió Martino: “Sólo vale ganar”. Y ni las lágrimas disimuladas de D10S son consuelo. Rusia se merece a Messi y el fútbol más.

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