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El Terror del Garden

27 Noviembre 2016 por Carlos Vanaclocha

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Regresó el ‘Terror del Garden’ al Bernabéu. Mientras medio país le estaba animando a un plan de jubilación demasiado adelantado, su pegada confirmó que sin él todo huele a tierra quemada. Es el derecho divino que sólo se le puede atribuir al digno sucesor de Alfredo Di Stéfano. Las coartadas de los ingratos caen como castillos de naipes: 1) que si no marcaba goles decisivos. El de Lisboa valió una Champions, el hat trick del derbi enterró al sector cafre de twitter; 2) que si su físico se oxida. Quizás, pero mientras Benzema, Bale y medio vestuario visita a menudo la enfermería, los médicos tienen que convencerle para dosificar sus ansias. Cristiano Ronaldo ya no tiene la explosividad de Bale, de acuerdo, pero su instinto depredador sigue intacto. Ancelotti le sugirió amablemente probar de delantero centro y el portugués lo rechazó sin titubeos. Prefiere seguir cabalgando a treinta metros de la portería y no perder el oficio de francotirador. Con los años Leo Messi ha retrocedido su posición (acabará en la baldosa desde donde se manejaba Xavi Hernández) y Cristiano ahora es más decisivo rematando hasta un microondas desde el punto de penalti.

A Cristiano le suelen preguntar en zona mixta por qué nunca descansa. “Estoy bien, no hay motivo para parar”. Lo dice el mejor profesional de su oficio; entregado al culto de su cuerpo mañana, tarde y noche; obsesionado con romper la barrera del sonido y sacudirse las habladurías de segundón. En sus primeros años Rafa Nadal descansaba entre punto y punto lanzando bolas a los recogepelotas; era su manera de mantener el ritmo. Para CR7, cada jugada requiere su presencia porque él siempre está dispuesto a pedir el balón: un salto imposible, un paso atrás para cargar el tomahawk…Un ex peso pesado del vestuario cuenta que, durante las dos primeras temporadas de Mourinho, su fijación con ser el número uno llegaba a límites insospechados. Por ejemplo, cenar durante una concentración viendo al Barça en televisión, y tirar la servilleta al suelo instantes después de un gol de Messi. Y aunque su egolatría le ha causado odios por muchos campos, las ansias de superación mantienen su voracidad de tiburón blanco, sin que ningún Jefe Brody lo haya arponado todavía. A partir de hoy calibrará sus fusiles para la cacería del Camp Nou, y anoche le demostró a Florentino Pérez una teoría peligrosa para un club de casi 600 millones: el Madrid es Cristiano por tierra, mar y aire. Sin él, se asoma al Apocalipsis. Aunque lo misma dirán los merengues del Barça sin Messi. Sólo la estrella lusa puede evitar un cataclismo en el club y las supuestas terribles consecuencias en la planta noble del Bernabéu.

Rompe récords a la misma velocidad que agita pasiones y odios. Cristiano superó a Raúl con un promedio brutal y todavía arrastrará grilletes. Las plumas más afiladas le recriminan que trescientos y pico goles sólo han regalado una liga en siete años; su guardia pretoriana justifica la existencia de su antihéroe, Leo Messi, como Sebatian Coe necesitó a Steve Ovett para agigantar su grandeza. Le han llamado “goleador de partidos pequeños”: la memoria a corto plazo ignora su salto de gimnasta en aquella final de Copa de Mestalla o el último gol que enmudeció al Camp Nou y metió al Madrid en una liga inimaginable. Hay gente para todo. Llegará a cuatrocientos goles y aún sonará ese runrún ensordecedor y casposo de que juega para sí mismo. Es el tendido siete del Bernabéu que llegó a sospechar del mito Di Stéfano. Ya lo repite Manolo Sanchís hasta la saciedad: “Si han pitado a ‘La Saeta’, quién se puede librar”.

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Pegamento en la bota

22 Noviembre 2016 por Carlos Vanaclocha

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“La próxima vez no hagas tantos malabares con el balón y centra al área más rápido”. Fue el consejo de Fabio Capello a un imberbe Víctor Sánchez del Amo después de un Real Madrid-Depor del 97. El equipo blanco se había volcado al ataque con empate a dos, quedaba media hora de partido y en una contra Víctor intentó driblar defensas usando el comodín de las famosas bicicletas que Robinho patentó posteriormente. De repente, Mijatovic y Suker levantaron los brazos en el área esperando ese balón inteligente que nunca llegó. La reacción del entrenador merengue fue volcánica: saltó del banquillo como un resorte y sus aspavientos hacia Víctor se vieron hasta en la antigua grada del ‘gallinero’. Preguntado en la rueda de prensa, Capello aplaudió la actuación del canterano pero aprovechó la ocasión para darle una colleja: “Me gusta el fútbol práctico y Víctor tiene que aprender a serlo”.

Isco se reencontró con su ‘yo’ más apoteósico del Málaga de Pellegrini. Sin caer en ese barroquismo que desespera al Bernabéu, como cuando Fernando Redondo pasaba el balón en horizontal, las expectativas del malagueño han subido como la espuma hasta el punto de reducir a James a una versión liliputiense. Convirtió el derbi en un Circo del Sol cada vez que cogía la pelota. Sí, parece que la lleva “pegada con pegamento”, como suele insistir Morata, pero Zidane le pide que a ratos que la suelte más rápido para leer la jugada. Cuando lo consiga un puñado de partidos, hasta Zizou sentirá nostalgia del pasado, aunque suene a palabras mayores. Si Isco amaga rápido y traza pases con escuadra y cartabón, quizá entonces la BBC no sea tan innegociable. Lopetegui siente predilección por su canterano porque ama el tráfico ordenado de balón. Cuanta más movilidad, mejor; la práctica habitual de Iniesta. Y si entre medias corren los “velocistas” (Guardiola dixit), el malagueño inaugura autopistas. No es su estilo, pero entiende este arma de destrucción masiva que tan bien usa el Madrid. Si fuese delantero, tendría dejes de Butragueño: finta, cambio de velocidad y el balón escondido detrás del talón. Fútbol en extinción.

“Isco regatea en un metro cuadrado como Paul Gascoigne”. Es una cita de Antonio Fernández, director deportivo que le convenció para trasladarse de la cantera de Paterna al Málaga. Como en otros casos sonados, Unai Emery ignoró los kilates que tenía en la cantera y nunca le dio la oportunidad de sacar ese joystick de Playstation que colapsó al Atleti. Y para mayor escarnio che, el propio Isco pidió renovar al entonces presidente Manuel LLorente, pero éste no aceptó unas condiciones calificadas por él mismo como “inasumibles”. Fue en ese preciso momento cuando Antonio Fernández convenció a la familia Alarcón de que  en Málaga su hijo comenzaría la carrera por ser un Von Karajan del fútbol. Lo sabía Pellegrini, que le llamó personalmente por teléfono para ficharle para el City, y también Del Bosque, que le dio galones de jefe aunque delante de las cámaras le tratara como becario.

 

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James ‘efecto Robinho’

18 Noviembre 2016 por Carlos Vanaclocha

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“James es un Di María con diez kilos más de peso y motor diesel”. Carlo Ancelotti encontró la definición perfecta para justificar la salida del ‘Fideo’ porque el Bernabéu se empezaba a acostumbrar al guante de seda que escondía un cañón inteligente. James Rodríguez había marcado un golazo descomunal a Uruguay en el pasado Mundial, y Florentino Pérez dio la orden definitiva: jugaría en el Real Madrid para convertirse en galáctico. Su adaptación fue vertiginosa, clavando balones en las escuadras con cartabón. Sí, el equipo había perdido velocidad sin Di María, pero había recuperado la elegancia de la zurda de Davor Suker. El colombiano suplía al principio los irritantes aspavientos de Cristiano y las eternas lesiones de Bale; quizá por eso, la grada le cogió cariño. El Madrid no ganó títulos pero sí una inversión con un P.V.P desorbitado pero demasiado rentable. En la planta noble del estadio decían que James era un David Beckham versión latina, con fútbol delicatassen en las botas y patrocinadores cayéndole de los bolsillos. Sin los alardes de una estrella de rock, James sofocaba los incendios de la ‘BBC’ en calidad de actor de reparto. Terminaba con la camiseta empapada y se comía el césped palmo a palmo. En menos de una temporada se había contagiado del ADN del madridismo. El de Juanito.

Y de repente y con efecto permanente, de la galaxia al ‘galacticidio’. Se fue Ancelotti y James se desnortó. No simpatizó con Rafa Benítez porque, con Carletto, se había acostumbrado a flotar como una mariposa y picar como una avispa. Su mundo se había encorsetado con un entrenador más siderúrgico y que apenas dejaba tiempo libre para el pincel. Además, una desafortunada lesión con Colombia le relegó al vagón de cola. No pertenecía a la guardia pretoriana de Benítez pero jugó el demoledor 0-4 del clásico por aclamación popular. Tarde o temprano la guadaña tenía que caerle. Fue entonces cuando el Doctor Jekyll mutó en señor Hyde. Con una silueta sospechosamente ensanchada, James dejó de entrenar como si no hubiera mañana y prestó demasiada atención a la noche madrileña. El runrún en el club y en las charlas de barra de bar cada vez era más insistente. Su sensacionalismo recordaba al de Robinho, ese brasileño con ínfulas de Pelé que remató su egolatría en una rueda de prensa inolvidable: “Me voy del Real Madrid para ser el mejor jugador del mundo”. El City fue su destino…y su perdición.

Desquiciado con el árbitro en el Argentina 3-Colombia 0 de esta semana, James vuelve a Madrid queriendo irse. Lleva tiempo atrincherado en su realidad y huye de la prensa como de la peste. Intentó lucir abdominales a la salida de una de esas cenas de conjura para demostrar que no está gordo, y aguantó el silenzio stampa con la persecución policial por la M-40 hasta que el club le exigió explicaciones públicas.  Mucho estiércol y poco fútbol; líos a diestro y siniestro, y ninguna crónica generosa sobre el césped. Hace unos meses, en una convocatoria internacional de Colombia, lanzó un tomahawk  pero fuera del campo: mandó un  recado a Zidane porque allí se siente futbolista y rey Midas de los anuncios.  Pero con su actual entrenador aún no ha entendido que la ópera es demasiado selecta. Si no juega y, peor, no suda, los oídos le seguirán pitando. Hasta Sanchís dijo anoche en El Partidazo que “tiene que mover el pandero”. El galimatías de su cabeza empieza y acaba en él. O en el diván de un psicólogo que le recuerde por qué Florentino Pérez escuchó su nombre en Brasil no hace demasiado tiempo. Como dice Paco González, “es increíble que el Madrid no saque más provecho de este jugadorazo y más aun que él no saque provecho de sí mismo”. 

 

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Thiago nunca sobra

15 Noviembre 2016 por Carlos Vanaclocha

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El Allianz Arena siempre espera su último pase versión Michael Laudrup. Quizás sea el único extranjero al que la Bundesliga permite meterse con el balón en la cocina. Su físico no es el de una tanqueta alemana ni su estilo se ofusca disparando a discreción fuera del área. A Thiago Alcantara le obsesiona la pelota desde que un campeón del mundo, su padre Mazinho, le soltaba de niño sobre el césped de A Madroa para dejar boquiabiertos a Karpin y Mostovoi. Dejó el Barcelona porque sin Guardiola no triunfaría; se fue con él a Munich porque necesitaba regalar jugadas (y no al oído, precisamente), sobreexcitar a la grada, y sin minutos no habría fiesta. Dos lesiones de rodilla le han hecho espabilar de la noche a la mañana; resetearse una y otra vez, sin miedo a la jubilación forzosa, y asegurando que lo importante no son los títulos, sino ser feliz jugando al fútbol. Es su vida, la de su hermano Rafinha, como fue la de Mazinho, a quien Thiago suele vacilar diciéndole que apenas metía goles. Las risas acaban con la misma sentencia paternal de siempre: “¡Sí, pero yo soy campeón del mundo”! Y su hijo mayor también aspira a levantar el trofeo más preciado, quizá cuando dejen de esperarle. ‘Thiago es presente y futuro de la selección’, la comidilla de cualquier tertulia en días desérticos; tampoco le molesta, porque su presente es el siguiente pase y nunca se atreve a otear el horizonte. Ha resucitado dos veces, y la última es la definitiva.

Thiago te apasiona o le aborreces. Es la gracia de los futbolistas rara avis.  Guardiola le abroncó una vez porque no comparte la idea de que dos pases son mejor que tres, ni tres mejor que cuatro. Le habría costado asimilar el concepto sagrado del primer toque de Cruyff. Al mediocentro del Bayern le ponen las virguerías, intentar regatear en una cabina de teléfono y dar asistencias sin mirar. Casi nada. O le tomas o le dejas, pero no intentes lavarle el cerebro: Thiago juega como aprendió de pequeño, dejando un reguero de su talento malabarista en cada jugada. Por eso, es demasiado especial. Y mola que la selección tenga un Thiago porque, de lo contrario, el fútbol se reduciría a sota, caballo y rey. La sensación de la calle es que todavía no ha alcanzado su nivel estratosférico; Lopetegui entiende que aquella estrella que nació como campeón europeo sub’21 puede clonarse en la élite más exclusiva. No obstante, sin prisa y ya sin pausa, sin mirar atrás, el mayor de los Alcantara intenta mejorar su habilidad como un crupier baraja cartas en Las Vegas: cada vez más rápido, cada vez más improvisado. Las defensas de hormigón son su especialidad, así le quiso Pep y así confía Ancelotti, otro incomprendido que entiende el fútbol con un balón en los pies. 

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Iker Casillas

10 Noviembre 2016 por Carlos Vanaclocha

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Afiló el cuerpo el pasado verano. Sus movimientos son más escurridizos y la psicología inescrutable de la portería no le ha superado. En Oporto no hay ‘tendido siete’ como en el Bernabéu, y cada parada de esta temporada se sucede con un estruendoso aplauso del fondo norte al sur de Do Dragao. Iker Casillas “necesitaba respirar”, sí. La leyenda estaba siendo resquebrajada por cierta presión mediática y una minoría popular, incluso en su primer año en Portugal. Cada minuto con los guantes puestos era trabajo para la Inquisición; cada balón que rondaba su área, carnaza para el pelotón de fusileros de twitter. Los goles al Real Madrid llegaron a tener más morbo por culpa del capitán que por lo puñetero del propio gol.  Debajo de los palos había un rara avis descentrado que escuchaba silbidos y un puñado de barbaridades que le atrofiaban el instinto. Casillas tenía una flor en el culo; nunca una grosería tan gráfica había sido tan cierta. Le faltó un matiz: esa potra había que entrenarla, no baja del cielo porque sí. Con un rato de competición en el Porto (que no Oporto) y ya sin el estiércol que envolvió su ausencia mental en la pasada Eurocopa, Casillas ha recuperado el kwan, ese concepto místico que mueve el mundo de Cuba Gooding Jr. en la mentira del sueño americano llamada Jerry Maguire. “Amor, respeto, la comunidad y también los billetes. El paquete completo. El kwan”, según el receptor de los Arizona Cardinals.

Casillas ha reeditado sus estiradas imposibles que nos recuerdan a aquel chaval imberbe que asombró a J.B. Toshack en la vieja Ciudad Deportiva de La Castellana y, no tan lejos, al capitán que en Valdebebas detenía balones a bocajarro bajo el cálido manto de sus reflejos. El extinto yerno de España se hartó de que el primer café del país llevara su nombre…y el segundo también. Hoy es casi hijo predilecto en Oporto, una especie de salvador en busca de la gloria pérdida. Tres años sin ganar la liga agigantan el marrón para Iker. El reto de pelear contra  el Benfica estimula al ex madridista y sobreexcita a una afición demasiado exigente. No pudo ser el pasado fin de semana, a pesar de que voló en un disparo de Samaris e inquietó la tranquilidad de Lopetegui. La grada le busca, inmortaliza con teléfonos móviles y, con él delante, olvidan que hace dos veranos el presidente Pinto Da Costa desmontó medio equipo con ventas millonarias: Danilo y Sandro eran la pareja de laterales que envidiaba el mercado europeo; Casemiro es crucial en el Madrid tras haber hecho la mili en Portugal, y Jackson Martínez goleaba por inercia antes de averiarse en el Atlético y perderse para siempre en China. Pero el cabreo social no alcanzó proporciones bíblicas: Casillas es de los suyos, y pasea a gusto en la ciudad. Sin dar entrevistas, entrenando como si no hubiera mañana, ha logrado que las redes sociales ignoren a su muñeco de vudú favorito; tanto, que twitter parece una sesión de spa y masaje.

Hace un año escribí sobre el portero en la semana de su agria despedida y en su intrahistoria siempre recordaré la genial reflexión del dueño de los Red Sox al vanguardista Billy Bean (Brad Pitt) en Moneyball: “Sé que allí te están dando duro pero el primero en romper el muro siempre sangra… ¡Siempre!”. Él, Iker, fue el primero en desafiar el maniqueísmo de Mourinho: conmigo o contra mí, sin término medio. Ésa fue la génesis del ciclón que temporada a temporada fue ennegreciendo la leyenda de ‘El Santo’. Y no queriendo pecar de egoísmo, sin ganas de montar en cólera y crear una guerra de trincheras, nunca incendió una rueda de prensa para poner las cartas encima de la mesa. No es su estilo. Quizá fue un error no salir delante de las cámaras, pero así lo creyó y a lo hecho, pecho. Eso pertenece al pasado y no conviene revolverlo. Casillas se ha reseteado, empieza de cero en su segunda temporada como dragón. Su salud mental se lo aconseja. Y el Porto también. 

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¿A qué juega el Madrid?

6 Noviembre 2016 por Carlos Vanaclocha

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Ramón Mendoza despidió a su entrenador Radomir Antic porque “el Bernabéu se aburría cada domingo, incluso en las goleadas”.  La prensa no entendió por qué el equipo que lideraba la Liga agitaba el banquillo sin crisis por medio ni rebeldías de vestuario, pero el entonces presidente creyó que si el Dream Team de Cruyff se parecía al Circo del Sol, su Madrid merecía por lo menos la misma distinción. Mendoza fulminó a Antic y puso a Leo Beenhakker, cuyo funesto epílogo acabó en la primera Liga de Tenerife. Perdieron el campeonato en 45 minutos, pero una encuesta elaborada por la revista Don Balón entre los entrenadores de Primera concluyó que el Barça fue el justo campeón. ¿A qué juega el Madrid? Suele ser debate de barra de bar. Cualquier aficionado merengue espera que el club más mastodóntico de España divierta delante del televisor; quizá, no que juegue como el último Barcelona de Guardiola, pero sí que dé la impresión de rodillo, de sensación de acordeón que se pliega y despliega con estilo. En nuestro periodismo deportivo, cada vez más degradado, opinar del Madrid significa atacarle: porque uno puede decir que el aburrimiento es el patrón de juego y por inercia moral se moviliza una marabunta de tuiteros y/o haters restregándote que Zidane está invicto. Si osas escribir que Cristiano Ronaldo se tiene que desoxidar, de repente te avasallan con infinitas estadísticas de sus infinitos goles. Es la guerra mediática Madrid-Barça que ha cavado dos trincheras en las que no hay sitio en tierra de nadie; bueno, sí, quedarse callado. Opinar de ambos para bien o para mal es vivir una batalla entre jedis y siths, o estás conmigo o contra mí. Si hablas del mal de los blancos, aunque sólo de lo que suceda en el campo, prepárate para el pelotón de fusilamiento.

Una crónica poco marciana sería que un resumen televisivo de 1 minuto explica de sobra por qué el Madrid salió a contemplar cómo el Leganés se dejaba engullir por el “miedo escénico”. Hay jugadores cuyo P.V.P rondan los cien millones porque con apenas dos amagos sentencian un partido. Es el caso de Gareth Bale, en un estado de gracia que está salvando la marca BBC. Ajeno a cualquier odiosa comparación con Ronaldo, Florentino le fichó de número dos y su representante, Jonathan Barnett, le aconseja calma: el protagonismo absoluto estará a tiro en unos años. Su carácter hermético, demasiado anglosajón fuera de las Islas, impide que la prensa le dediquemos más tinta con esas chorradas que tanto nos gustan. Por ejemplo, los movimientos de CR7 sobre el césped no importan, sí su cabreo volcánico en la jugada que termina fallando Bale. Así es el negocio: o lo tomas o lo dejas. Por eso, se agradece que algún protagonista se harte y escupa un titular. Morata salió delante de las cámaras y ante la pregunta de su desafío con Benzema, no especuló: “Estoy cansado de lo de revulsivo”. Gran respuesta. Morata es el delantero centro que Cristiano no quiere ser y él  se aprovecha de esas ‘migajas’. Y mientras Benzema continúe en el limbo,  el canterano seguirá agradeciendo ese máster acelerado que le regaló la Juventus.

Sí, el Madrid ni pierde ni enamora. Quizá sea la poca motivación que supone reventar el cuento de hadas del Leganés, pero la grada merece cierta gratitud. Y la mejor forma de respetar al fútbol es intentar golear sin piedad a cualquiera, como en la noche de la Cultural. Viendo la primera media hora de partido, un ‘entrenador’ aficionado, o sea todos nosotros, pensaríamos que este Madrid se aburre atacando como si fuera un equipo de balonmano. Iniesta y Xavi Hernández podían sobar el balón hasta desgastar el cuero; en este equipo hasta Toni Kroos, pelotero por excelencia, recibe y suelta el balón en décimas de segundo. La leyenda de la posesión se va reduciendo a una mentira popular porque no es superior quien más pelota toca. Recuerdo una goleada del Barça al Rayo de Paco Jémez en la que los vallecanos sólo ganaron esa estadística, y parecía una gesta homérica. Zidane ha entendido que tiene una plantilla ergonómica para salir en estampida desde su propio campo; ¿qué el Madrid no puede jugar así? Pues con Mourinho marcaron 120 goles durante una temporada. La anarquía de los blancos está inspirada en los Harlem GlobeTrotters: el talento de cada crack cubrirá las lagunas tácticas del equipo hasta que Zizou inspire al vestuario con el emocionante discurso de Al Pacino en Un domingo cualquiera: “O nos curamos ahora como equipo o moriremos como individuos”. Sólo así es posible.

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Triunfó el fútbol inglés

2 Noviembre 2016 por Carlos Vanaclocha

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Wyatt Earp y Billy El Niño cara a cara en un duelo del Lejano Oeste. Dos de los pistoleros más emblemáticos a balazo limpio, disparándose hasta que cayera uno. A pecho descubierto, con defensas de cartón piedra y sin centrocampistas, Manchester City y Barcelona se liaron en un correcalles a todo trapo, sin pausa para templar el balón como le gusta a Guardiola, y sin el contraataque del pim, pam, pum del que presume Luis Enrique.  Un mundo al revés del que habría que averiguar cómo fue la charla de Pep al descanso para que los citizens salieran a reventar el partido. No tenían más excusas: morir de pie o declarar la sumisión total a Leo Messi. Por suerte para Ferrán Soriano y Txiki Beguiristain, su proyecto más ambicioso no se tambalea y las sospechas contra Guardiola se han evaporado. Ganó en Old Trafford a Mourinho y ha devuelto la ilusión a una afición que ya pensaba que cualquier tiempo pasado fue mejor; al menos, de su entrenador. Pidió tiempo para insertar su idea y anoche renunció a la mayoría de sus principios: ganó un toma y daca que nunca planteó, y aplaudió a John Stones cuando decidió patear un balón para no repetir el estrepitoso fallo de Sergi Roberto. De repente, el espíritu de Javi Clemente y su patapum p’arriba reencarnados en el equipo más obsesionado con la posesión.

Triunfó el fútbol inglés, el que enciende a su gente porque en apenas tres o cuatro toques encuentra portería contraria. Así lo entendió Guardiola cuando en el minuto cuarenta miraba cabizbajo cómo su Barça de siempre disfrutaba con una ejecución pública. Neymar encontró una autovía por la izquierda de la que disfrutó el resto de la MSN: así llegó el gol de D10S y la pólvora mojada de Luis Suárez. Lástima que no estuviera Iniesta en cuerpo y alma, y Busquets en alma. Porque fue una primera parte muy propicia para el manchego, de esos partidos en los que dos regates te dejan solo ante el portero. Sin embargo, al Barça se le ve a la legua que no carbura cuando Busi no hace de Doctor Charles Xavier: si no lee mentes ajenas y se anticipa un segundo a cada jugada, al equipo le sucede como al Madrid galáctico cuando Makelele se averiaba. Y eso que Busquets es único en su especie. Desnortados sin su eficacia en la segunda parte, Gündogan le dijo a De Bruyne que era ahora o nunca. Y chapeau para el técnico de Sampedor por confiar en el ex centrocampista del Dortmund, casi prejubilado y con una silueta ensanchada que asustó al mismísimo Jurgen Klopp.

Guardiola no cometió la segunda ‘guardiolada’ con otro ataque de entrenador y declaró a Kun Agüero innegociable. “Es muy bueno y yo intentaré hacerle mejor de lo que es”, palabra de Pep, a quien hay que creer a pies juntillas porque el diminuto delantero argentino pone en jaque a cualquier defensa. Es tan molesto que aparece por la derecha, se cambia de banda, se mete por el centro y acaba rematando desde el punto de penalti. Tiene licencia para jugar como le plazca y si en España fue medio Atleti, en Manchester no ha perdido protagonismo. Es la estrella del proyecto que ansía jugar algún día con su amigo Messi. Quién sabe.

 

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El Madrid de la calle

27 Octubre 2016 por Carlos Vanaclocha

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Del Madrid galáctico apenas se escribieron crónicas sobre aquella clase media que se remangaba para la fontanería, reparando las averías en las que Zidane, Figo o Ronaldo no querían pringarse. El rebufo formado por Makelele, Michel Salgado, Helguera o Mcmanaman hicieron entender al vestuario que no siempre podían tirar de Los Vengadores de Marvel. De vez en cuando, un Morientes de la vida aliviaba cualquier amago de ‘galacticidio’; no en vano, la salida de Makelele provocó el choque del Titanic contra el iceberg. Este Madrid, también de Florentino Pérez, ha tardado en cuidar su nueva hornada de albañilería. Son peones que calientan banquillo sin fruncir el ceño, sin pataletas ante la prensa y con la única obsesión de aprovechar los minutos de la basura. El mismo Zidane que se iba a desvivir por la alfombra roja de Hollywood, se ha percatado de que ciertos partidos se resuelven en el barro. Y ahí Nacho Fernández, Morata y Lucas no suelen fallar. Ya no hay un Di María que asquee la Copa o miedo a que Jesé saque toda su bilis delante de un micrófono. El segundo batallón de infantería se desvivió en el Reino de León como lo hará en un clásico o cuando Zidane decida negociar con la BBC.

Honraron al fútbol porque golearon sin piedad a la Cultural. Sin espaldinhas, vaciles ni chulerías, el Madrid atacó sin árnica hasta que el árbitro finiquitó el castigo. Demasiado que perder y sólo unas cuantas palmaditas en la espalda que ganar. Quizás (o sin él), este equipo se identifica con el madridista de la calle más que el vedetismo mastodóntico con el que la gente asocia al Madrid de hoy. Jugadores españoles (lo que siempre ha reclamado Iker Casillas) que celebran la volea de Nacho como si reventaran la Champions; tipos cercanos que hacen olvidar rápido a marcianos como Özil, Khedira o Di María, poco amigos de las entrevistas y de la normalidad que deben darle a este negocio de estrellas de rock. Puede que no ganen en el Camp Nou, pero es un plan B muy competitivo para dar la vara en Europa. Aunque jugando Marco Asensio todo es discoteca: la pisa, divisa, dribla, calibra y suelta uno de esos latigazos a los que nos estamos acostumbrando. Futuro del Madrid…y de la selección. La falta sonreír en sus celebraciones, cuestión de que el siguiente gol puede mejorar al presente.

Lucas Vázquez va camino de ser “otro de los nuestros”, de la escuela de Callejón. Se desvive en los entrenamientos y acaba los partidos jadeando de esfuerzo. Es un banquillero de lujo como Savio o Santi Solari, porque oxigena el ataque cuando Bale detiene la cuadriga de caballos. Lucas disfrutaría demasiado en el fútbol ochentero del 4-4-2 con extremos clásicos: rueda el balón por la banda derecha buscando el centro perfecto o un regate que desnude defensas. Y si el lateral se pone farruco, caracolea para otro lado. El Bernabéu acusaba a Mcmanaman de no encarar al rival; de repente, sus zigzagueos de Anfield desaparecieron por una cuestión psicológicaMacca no regateaba ni a una farola y siempre la pasaba en horizontal para desesperación de la grada. Vázquez no tiene ese problema: busca el balón pensado en el próximo quiebro con ese cuerpo tan escurridizo. Sabe cómo jalear a las masas

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Uno de los nuestros

24 Octubre 2016 por Carlos Vanaclocha

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“No me enfado por no ser titular. A mí me gusta jugar, pero firmaría jugar menos y ganar siempre”. El madridismo se acordaría de Álvaro Arbeloa  de no ser porque otro Álvaro tampoco ha escondido nunca su religión. Hombre de club, uno de los nuestros (como diría Mourinho), a Morata le toca resolver marrones a contrarreloj. Con el agua al cuello y ese runrún permanente de que apenas golea, volvió a solucionar el galimatías táctico de Zidane. Es el único delantero clásico del equipo, el que remata hasta un microondas si hiciese falta.  A diferencia de Benzema, Morata dispara, primero, y luego pregunta. La presión del Bernabéu es un juego de niños que aprendió en la Juventus: “yo ya superé la ansiedad”, dijo después del partido. Ahora le toca pelear a tumba abierta y demostrar a Zizou no que tiene el mejor fondo de armario, sino que lo mejor del armario es el fondo. O sea, él; o sea, Lucas Vázquez. La clase media que ve en un puñado de minutos la oportunidad de su vida. La BBC innegociable está bajo sospecha porque la grada no ve en ellos un Circo del Sol con el que quedarse alelado. Y la corriente más corrosiva del antimadridismo seguirá anunciando a un equipo en permanente Apocalipsis. Un amago de galaticidio en el que los P.V.P pesan demasiado.

Los pura sangres reniegan de cualquier crisis de juego. Su explicación es lógica porque el Madrid quizá sea el único equipo conocido que jugando mal, rematadamente mal y soberanamente mal, gana. El Athletic fue la prueba de que el algodón no engaña: en medio de la espesura y acostumbrados a caminar sobre el alambre por encima del abismo, los blancos regalaron al público el habitual minuto de éxtasis. Y si es de fabricación casera, mil veces mejor. El héroe local fue Morata unos pasos por delante de Iñaki Williams, que a lo Salinas, falló para varias noches de pesadilla. El Athletic no salió goleado porque la cabeza de Cristiano está en un desierto sin oasis. El estado físico no falla, sí su mentalidad ciclónica que arrasa cualquier récord que se propone. Cuatro partidos ciegos en casa le ponen en el disparadero de quien sólo contempla al CR7 Terminator, que si baja de la barrera de cuarenta o cincuenta goles, todo huele a basura. Ni siquiera piensan por un segundo que es el jugador más importante de la historia merengue con permiso de Di Stefano. Mala racha de un Cristiano que aceleró su pretemporada para no descabalgar al equipo y que ha ganado puntos fundamentales para no plantear esta Champions a vida o muerte.

En esa disección de la BBC, Benzema bajó del limbo por un rato pero sigue siendo monsieur empané; de repente, aparece en la línea de cal sin sentido, con ese ansia de construir jugadas como si fueran mecanos, y el ataque se diluye. En cambio, con Gareth Bale es fácil ser más paciente: no existe durante un rato y en un abrir y cerrar de ojos se marca un Usain Bolt para dinamitar defensas. El galés es el “atleta” de Guardiola necesario en cualquier equipo, incluido en el de Pep. Su potenciómetro va aumentando a medida que se acercan los fastos gordos. Así que no es prescindible en este momento; de lo contrario, hagan una encuesta en la calle sobre la BBC. Y llévense las manos a la cabeza. 

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“Messi siempre es jaque mate”

19 Octubre 2016 por Carlos Vanaclocha

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Un 30 de octubre cualquiera, cumpleaños de Diego Armando Maradona, Leo Messi todavía no era titular en el Barça de Frank Rijkaard. En la entrevista de Barça TV posterior a un partido le preguntaron si había felicitado al ‘Pelusa’, y su titubeante respuesta fue: “No, ¡qué va!, me da vergüenza”. Los periodistas del canal azulgrana se rieron por la timidez de un juvenil al que los focos de las cámaras le apabullaban. Su cara tradujo lo que nunca se atrevió a decir: “Quién soy yo para felicitar a Maradona por su cumpleaños”. Ni su padre, Jorge, ni Josep María Minguella, responsable de traerle desde Rosario a La Masía, habrían imaginado una ficción más espectacular que la de Spielberg, en la que Messi llegara a ser el epicentro del fanatismo argentino, y quinto elemento del Barcelona Y con el mismo ruido mediático y popular que Maradona, uno es el mítico 10 que detuvo el mundo durante los 10 segundos más bestiales que recuerdan los mundiales, él es D10S en el cielo y en la tierra. Si acaso, habría que pedirle a Valdano otra patente verbal como Romario, el “futbolista de dibujos animados” o “la manada de búfalos” que provocaba Ronaldo.

Messi salió del Camp Nou tan aclamado como Jordan Belfort en la escena en la que entra triunfante en la oficina, con los brazos abiertos y esperando recibir pleitesía de rey. Messi es otro Lobo de Wall Street que devora presas como un tiburón y amasa tantos goles como monedas de oro guarda el tío Gilito en su cámara acorazada. Ni siquiera se le puede discutir la aparente apatía con la que pululó sobre el tapete, esperando un lío descomunal. Le bastó una pausa fuera del área en el segundo gol para sentenciar el partido de Europa, desmontando los galimatías tácticos de Guardiola, que darán para otro artículo. El tiempo y la gloria dan la razón a Messi en ese casting maldito que acabó con Eto’o, Henry, Ibrahimovic, Villa, Alexis y el siempre agradecido Pedrito. Egos de todos los colores que se reducen al tamaño de un liliputiense si se comparan con D10S.. Y eso que Leo no estuvo en versión apoteósica para las crónicas periodísticas, pero un ‘notable’ raspado le sobra para guionizar el partido a su antojo. De ahí que Mauricio Macri, presidente de Argentina, se atreva a decir que “para una final, Maradona; y para todos los domingos, Messi”. Con el ligero matiz de que la ‘Pulga’ resuelve lo que le eches, sea un Gamper o la final de la Champions.

“Messi es increíble, pero en la mesa de los grandes Pelé es el mejor. Cuando hablo de fútbol yo lo saco a él de la lista, porque era un extraterrestre. Saltaba a cabecear y Rattin, que era altísimo, le llegaba a los huevos. Imposible”. Es el maestro César Menotti en una entrevista para la revista El Gráfico en enero de 2014. Dos años después, a Menotti todavía le cuesta claudicar al reinado de Messi. Su predilección por Iniesta se limita a lo terrenal; Leo decide el fútbol por sí mismo. Y no es hipérbole. Que Ter Stegen se haya unido a la fiesta, tal como Ronaldo&Casillas decidían en el Madrid galáctico, es otra historia. Y que Guardiola no haya sacado a Agüero por dolor de cabeza…del entrenador, no del delantero, quizás no importe. “En el ajedrez, Leo Messi siempre es jaque mate”. Bravo, Miguel Rico, periodista con sentido común. Algo extraño en la profesión.

 

 

 

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