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Un estorbo de Mundialito

17 Diciembre 2014 por Carlos Vanaclocha

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Mundialito de clin, clin, caja o quizá no tanto. Hace unas semanas el programa Fiebre Maldini emitió un resumen de la final de la Intercontinental Boca – Real Madrid del año 2000. Campeón de Libertadores contra campeón de Champions y un desfile de estrellas que vendía el partido como rosquillas. Aquella exhibición de Riquelme ante el flamante Madrid de Figo evidenció que el ombligo del fútbol no era todo europeo. En apenas un puñado de minutos Martín Palermo reventó las quinielas y sepultó al favorito. Años antes, el Sao Paulo de Raí y Cafú tumbó consecutivamente a los equipos más perfectos del viejo continente: primero, el Dream Team de Cruyff y, a continuación, la maquina aniquiladora del Milan de Fabio Capello. Entonces, Sudamérica no sólo era un filón de jóvenes con ínfulas maradonianas, también el rancho de grandes jugadores de siempre, como el propio Raí, el histriónico Chilavert (campeón con Vélez Sarsfield ante el Milan) o, pónganse en pie, el mismísimo Edson Arantes do Nascimento ‘Pelé’.

Pero los estragos de las convulsas economías sudamericanas, sobre todo de los ‘corralitos’ argentinos, han destrozado el poco atractivo que le quedaban a estas ligas, hasta el punto de que el fútbol español sólo estuvo pendiente del Mundialito de Guardiola por el impacto marketiniano de Neymar, jugador del Santos. En el primero, la FIFA, en su afán de ser samaritana con el mapamundi entero, acogió a los campeones de todos los continentes para montar un torneo que debía esconder la ansiada final Europa-Sudamerica. Dos ediciones antes, la gracia del Mundialito consistía en averiguar si el prodigioso Barça del novato Pep lograba la cuadratura del círculo con seis títulos en un año natural. Pocas páginas más que escribir. Al Madrid le toca lidiar con San Lorenzo de Almagro, el equipo del Papa Francisco. Ése es su cartel para ignorantes como yo del fútbol argentino. Para alguien que apenas ojea el campeonato argentino cuando el país se detiene por un Boca-River, la plantilla de San Lorenzo le sonará poco. El conocido por la afición española es el portero Leo Franco, suplente ahora mismo, y el experto en ligas europeas es el central colombiano Yepes. El resto se los detallará Fernando Evangelio, experto en fútbol internacional de la Cadena COPE.

El Mundialito de Marruecos (con caos organizativo incluido) no se ha comercializado como la enésima batalla Europa- América; es sólo una consecuencia más de la ‘Décima’ para engordar palmarés y hacer otro hueco en las vitrinas del Bernabéu. “Mucho que perder y algo que ganar”, Manolo Sanchís levantó la Toyota Cup (no se asusten, también llamada Intercontinental) la noche del ‘Aguanís’ de Raúl. Entonces, el Madrid necesitaba esculpir su nombre en trofeos que había tardado décadas en desempolvar. Pero para un tipo tan folclórico y amante del fútbol añejo, este formato atrofiado hay que ganarlo sin presumir. No en vano, fue Sanchís quien dijo una vez que las Supercopas “sólo se valoraban con una Champions o Liga por delante”. Sucede lo mismo con el Mundialito. 

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El problema es el pasado

14 Diciembre 2014 por Carlos Vanaclocha

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Pep Guardiola jamás habría imaginado una distancia tan sideral entre el prodigio que él dejó y cualquier Real Madrid. En una conversación con su mano derecha, Manel Estiarte, durante su último año en Can Barça, el entrenador le comentó que “el modelo fabricado por Cruyff y moldeado por él tendría larga vida con o sin títulos” si nadie lo rociaba con gasolina. Han transcurrido dos temporadas y media, y el barcelonismo recurre con nostalgia a la final de Wembley de 2011, en la que el mundo presenció el último gran monumento al fútbol. Para un público tan acostumbrado al Circo del Sol, es duro asistir ahora a funciones de teatrillo de barrio. Lo sufrió en sus carnes Sir Bobby Robson cuando aceptó el encargo de comerse el marrón de la era post Cruyff e incluso al propio Guardiola, de quien el Camp Nou murmuró justo en su inicio que el banquillo dejado por Rijkaard le quedaba demasiado grande. Luis Enrique fue entrenador por Robson y Rijkaard y compartió vestuario con Guardiola. Pero ni siquiera en esa amalgama de ideas Luis Enrique puede ser encasillado.

El Getafe fue la enésima prueba de que el algodón no engaña y, a falta de veneno, se asoma una crisis galopante de estilo. La inspiración divina de Messi a veces se queda a pulgadas del gol y contagia a todo el equipo. Ni siquiera Iniesta, experto en sacar conejas de chisteras, se desmarca de esa extraña vulgaridad que arrastra su equipo. “Ni ellos mismos se reconocen”, comenta uno de pesos pesados del Dream Team. Leí un tuit fantástico ayer que decía que este Barça es un homenaje al New Team de Oliver Atom de Campeones, la famosa seria animada de los noventa. Y sí, da la impresión que si Messi no reclama el papel  de Oliver o su archienemigo, Mark Lenders, el resto juega al nivel del tuercebotas Bruce Harper.

Para el exquisito paladar del socio culé, ya no se trata de golear sino de volver a la génesis del balón que ha distinguido al Barça en eso de més que un club. “No podemos vivir del pasado”, es la cruda realidad que explica el capitán Xavi en una entrevista en El País Semanal. Las comparaciones, aparte de ser odiosas, suelen ser psicosomáticas en determinados vestuarios. Y el del Barcelona no es una excepción. El problema es el de siempre: por dos veces (Cruyff y Guardiola) el club se ha encontrado con un modelo perfecto en estilo, arte, jugadores y cantera. Ver al Barça era divertido, así de simple. Es la conclusión que les atormenta desde que Pep exigió a Sandro Rosell el despido de Piqué, Alves, Cesc y Villa, los que a su juicio iban a provocar inestabilidad futura.

Luis Enrique ha ido a pecho descubierto con sus ideas: a Xavi le retuvo sin la garantía de la titularidad; a Deulofeu, la joya de La Masía, le echó por vago y a cualquiera que se rebrinque, no tendrá inconveniente en cantarle las verdades del barquero. Las suyas, claro. Pero, aunque no lo confiese delante de las cámaras, es consciente que entrena a un Barça de Hacendado que podrá gustar más o menos, pero que no merece el gasto de un capricho. Quizá el asturiano necesite la manoseada coartada de la adaptación; el inconveniente es que ni Barça ni Madrid toleran la paciencia. Es ganar o a la calle. O, al menos,  intuir un futuro grandioso (como pasó con Rijkaard en su primer año con Ronaldinho). De momento eso tampoco sucede. 

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El arte de desesperar

10 Diciembre 2014 por Carlos Vanaclocha

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La Vecchia Signora envejece a pasos agigantados. Sigue siendo el ‘Real Madrid’  de Italia, como le gusta decir a  su director deportivo, Giusseppe Marotta, pero en Europa se dejó la grandeza el día que se retiró Del Piero. Todavía sigue ‘San’ Andrea Pirlo (Llorente dixit), salvador de puntos y un cachito de la imagen resquebrajada año tras año. La Juve domina Italia como el imperio romano pero sus planes de expansión se han quedado obsoletos. Fernando Llorente comentó en la víspera que podían ser los tapados de la Champions, pero las triquiñuelas italianas de siempre se oxidaron hace demasiado tiempo. Anoche Tévez, Pogba, Llorente y Arturo Vidal ni siquiera inquietaron por nombre a un Atlético muy pétreo versión temporada pasada. El ex delantero del Athletic dio en el clavo: el Atleti no juega demasiado al fútbol pero no engaña, va de cara. Y así sucedió en Turín, donde al rato de partido las televisiones captaron el semblante de un Simeone confiado y sin miedo, frotándose las manos por la partida facilona que estaba observando.  

La Juve gastó su artillería en un pispás y Llorente se encontró con melones en vez de balones inteligentes. Godín y Jiménez tan sólo se preocuparon por controlar los misiles de larga distancia de Pogba. Eso fue todo el ataque ‘bianconero’. Y si se hubieran jugado la vida en un gol, tampoco habría llegado. Ya no les funcionan ni las carambolas. El Atlético se encontró en el Edén porque ha descubierto, previa larga maceración, a un central como la copa de un pino. El uruguayo Giménez ha borrado de un plumazo la nostalgia por Miranda. Tanto el brasileño como él aceptan la jerarquía de Godín y se acoplan como curritos al central más en forma del momento.

Y aunque suene a trabajo de alcantarilla, ver en la tele defender a los colchoneros es una coreografía tan bien sincronizada como lo fueron Gemma Mengual y sus sirenas. Todas las coberturas se realizan por inercia y el achique de espacios tiene el mecanismo de un reloj suizo. Cualquier entrenador del mundo presumiría de la pizarra del ‘Cholo’ en la convención anual de técnicos de UEFA. Y el Atleti ha pasado la prueba del algodón: son el auténtico dolor de muelas de esta Champions. Abrir su candado exige los servicios de cerrajeros con radial incluida. Johan Cruyff siempre dice que la mejor manera de defender es tener el balón; Simeone ha vuelto a demostrar que les vale con desesperar al rival, sea el Elche o la todopoderosa Juve, si es que todavía se le puede llamar así.  

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¡Beckham, feo, feo!

7 Diciembre 2014 por Carlos Vanaclocha

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Luis Enrique no pudo ocultar su sonrisa irónica cuando le preguntaron por los diecisiete aficionados expulsados del Bernabéu. “¿Sólo diecisiete? Si se echa por insultar nos quedamos solos”, espetó el técnico asturiano. Lo dice el enemigo público numero uno del madridismo, que ha aguantado insultos, mofas y broncas en todos los idiomas cada vez que pisaba la capital. Él no se tapó los oídos como Luis Figo la noche que el Camp Nou le reventó los tímpanos al grito de ‘Judas’. Entonces, la sensibilidad con la homofobia y el racismo no era la misma: los ultras también se zurraban entre ellos y las aficiones más animosas nunca se cansaban de hacer vudú verbal a determinados jugadores. Por ejemplo, Mijatovic, ídolo de Mestalla que encendió a toda Valencia cuando pasó a ser proscrito. En cambio, Eto’o casi se larga antes de tiempo de un Zaragoza-Barça porque se cansó que parte de La Romareda le cantara “yo soy aquel negrito del África tropical…”. A Míchel no le gritaron ‘negro’ pero su tocamiento de genitales a Valderrama se hizo demasiado famoso en Primera División. Y, como ahora, también Liga y Federación se reunían a todas horas para fingir intolerancia. Presumían con los brazos cruzados mientras la UEFA se hinchaba a multar a diestro y siniestro por emular gritos simiescos o, simplemente, llamar stupid a alguien.

La Liga, o sea Javier Tebas, ha decidido denunciar al Madrid porque varios seguidores cantaron desde la grada “Messi subnormal”. No hace demasiado tiempo el viejo Atocha recibía al Real Madrid con todo el ‘cariño’ del mundo, cuando los equipos visitantes saltaban al campo en fila de a uno. Así se empezaban a calentar los partidos. Y el encargo no sólo partía de las aficiones más radicales. El Bayern de Munich, en concreto Effenberg y Oliver Kahn, provocó la ira de varios anfiteatros del coliseo blanco durante aquellas guerras europeas entre madridistas y bávaros. Y en los derbis sevillanos, el cruce de ‘piropos’ juraba odios y muertes. “La salsa del fútbol”, solían decir muchos directivos como coartada para suavizar cualquier investigación que propusiera el Comité Antiviolencia. Quién no recuerda aquella pancarta gigante en Anoeta que rezaba ‘Atlético, Gil y Bastión, asesinos’ en respuesta al asesinato del aficionado donostiarra, Aitor Zabaleta. En aquel partido Jesús Gil no estuvo presente pero sí su vicepresidente Lázaro Albarracín, que fue advertido de la pancarta una vez empezado el juego. Antiviolencia propuso una multa a la Real y la sanción económica fue irrisoria. Quizá esta semana, con los nervios a flor de piel, las denuncias por insultos habrían empapelado toda la fachada de un estadio. El efecto acción-reacción ya se ha producido: la LFP denunciará al Madrid por los gritos contra Messi y  el propio club ha localizado y expulsado a los que motivaron los cánticos.

Tebas necesitaba extirpar el cáncer y ha abierto al enfermo en canal. El baremo es muy sencillo: cualquier agresión verbal será punible. Y a la espera de que los jefes del tinglado organicen el enésimo cónclave, supongo que la próxima reunión servirá para crear el código de conducta. Habrá demasiada letra pequeña, porque hay tribuneros sobreexcitados desde el pitido inicial y otros más tranquilos que, de vez en cuando, pierden la compostura soltando ‘burros’; ¿también las caerá un paquete? Habría que preguntar a la afición del Cádiz hasta dónde puede llegar su guasa porque, con su habitual gracejo, cantaron a David Beckham en 2003 un desternillante ‘feo, feo’. Estos días, en pleno clima marcial, el Madrid ha actuado rápido en aras del compromiso contra los aguafiestas del fútbol. Pero no olvidemos que fue Joan Laporta quien conquistó la presidencia del Barça prometiendo cargarse a los Boixos Nois. Dicho y hecho. Ni siquiera las amenazas de muerte amedrentaron al ex presidente. Les invito a ver en youtube las imágenes de los incidentes de las bengalas de los Boixos en el derbi catalán de Montjuic de 2008; la cara de Laporta era todo un poema y sus palabras a Dani Sánchez Llibre (en catalán) no tuvieron desperdicio mientras las bengalas caían como proyectiles desde la grada superior: “Por esto me he cargado a esta gentuza”.

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Jesé, a ritmo de Flow

3 Diciembre 2014 por Carlos Vanaclocha

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“Jesé no saldrá del Real Madrid por recomendación de los técnicos de la casa. Es un chico especial al que hay que cuidar y tenerle controlado”. Fue el discurso que solía contar Florentino Pérez a modo de disco rayado en reuniones privadas. Casi nueve meses después el club ha esperado a Jesé porque cree que sigue siendo el último producto perfecto de La Fábrica. Butragueño recuperó la mística de la cantera blanca, Raúl la encumbró y Casillas ha sido el último testigo de una de las escuelas de fútbol más exigentes desde siempre. Las expectativas con Jesé son tan altas que el club, incluso,  cuida sus declaraciones públicas. Ya no es aquel chico díscolo e impulsivo que ponía en jaque al Madrid con rajadas como la que brindó al MARCA preguntándose por qué no le deban una oportunidad en el primer equipo. Su actitud de rebelde con causa hizo actuar al mismo Florentino, quien habló con él garantizándole su apoyo total con la condición de que terminase de reventar en el Castilla hace dos años. Y así lo hizo, a pesar de la ceguera de Mourinho. El portugués apenas le brindó un puñado de minutos en su última gira veraniega de Estados Unidos; después, durante la temporada, le ignoró incluso en el momento más explosivo del

Nunca ha dejado de ser el canterano de moda, ni siquiera tumbado en una camilla o recuperándose con esas largas y tediosas sesiones en la playa. Ancelotti le mima con tal cariño, que ha entendido a la perfección el mensaje del presidente. Jesé ha cursado un máster acelerado del buen madridista: pelea y busca goles como un rottweiller y si el balón no entra, aprieta los dientes y a currarse otra jugada.  Como buen goleador, no necesita ubicar la portería, tiene las medidas bien aprendidas. Y como buen fajador, le da igual romper bloques de hormigón, como el del Atleti, o defensas de cartón piedra, que las hay y muchas en esta Liga. Quizá aún sea pronto insinuarlo, pero Jesé es de los que se encienden con el “¡Illa, illa, illa, Juanito, maravilla!”, y eso excita al Bernabéu. Pero la sensación que más regusto da al público merengue es que siempre puede pasar algo en las botas del canario: un regate, un pase de gol o la pelota dentro de la red. Sea o no titular, Jesé lo tiene claro: juega tan rápido como cantaba en su grupo de rap-reggaeton, Big Flow (ahora quiere hacer sus pinitos musicales en solitario). Le va la marcha y en el vestuario blanco saben y quieren proteger a la gente valiente. Su rentrée así lo demuestra.

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Barça, como el resto de los mortales

1 Diciembre 2014 por Carlos Vanaclocha

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“Ganamos como el resto de los mortales”. No es un comentario soberbio, sino la reflexión medio en broma medio en serio de una leyenda del barcelonismo. Ahora comenta en Bein Sport y, como el Barça actual, también sufrió un “bajonazo” de estilo: del primer toque de Cruyff a golear por lo civil o lo criminal con Bobby Robson. Esta voz autorizada en Can Barça cuenta que el Camp Nou les llegó a pitar instantes después de que marcaran el sexto gol al Valladolid en un partido liguero. El Barcelona de Luis Enrique sigue siendo un niño probeta experimentado partido a partido; y sí, ahora gana como el resto, remangándose la camiseta en el fango. El 0-1 de Mestalla es de los resultados imprescindibles en su videoteca si el Barça acaba ganando la Liga finalmente. En un combate de boxeo, habría ganado con un directo decisivo a la lona, pero a los puntos habría perdido porque el Valencia no mereció ese sopapo en el último suspiro. Marcelino, entrenador del Villarreal, se quejó hace unos días que estaba “hasta los cojones de jugar bien y perder”; Nuno no fue tan gráfico pero pensó lo mismo cuando Busquets ejecutó a Diego Alves después de una parada con la cara made in David Barrufet.

Casualidades de la televisión (o no), Cuatro emitió a la misma hora del Valencia-Barça una entrevista en profundidad con Cruyff en  la que repasó su vida con anécdotas, unas conocidas y otras inesperadas. Preguntado por una visión simplona del fútbol, el holandés respondió sin vacilar: “En un partido sólo hay un balón, y si lo tengo yo, mando yo”. Luis Enrique no comparte esa idea de que la mejor manera de defender es tener la pelota; sus partidos de alta alcurnia tienen pinta de ser carruseles de ida y vuelta en los que Claudio Bravo tiene mucho que decir. Sucedió en Paris donde jugó y cantó Ter Stegen, en el Bernabéu y, por supuesto, ante un Valencia preparado para una nueva instrucción en Europa. Y eso que la alineación del asturiano chirrió cuando el club anunció a Busquets y Mascherano en el centro del campo. Demasiado hormigón para un estilo afiligranado de pases rápidos y milimetrados. Guardiola fió su éxito al método de escuadra y cartabón de Xavi Hernández; ahora tiende más al típico Madrid (no éste) que gana pegando más duro. Del ‘’flota como una mariposa y pica como una abeja’ de Muhammad Alí al puñetazo seco de George Foreman.

De momento Luis Enrique necesita llenar el saco de goles y aguantar los palos del estilo. Con Messi reactivado y Luis Suárez olfateando el área, sólo le falta cuadrar el sudoku, el asunto más difícil. Hasta que lo consiga, las comparaciones seguirán siendo odiosas. Y más, con un Madrid en plan avasallador que no perdona ni una y va directo contra el récord de Frank Rijkaard. Dieciocho victorias son palabras mayores, pero aquel Barça las hizo fáciles sacudiendo a cualquier rival con un máster acelerado de fútbol estético impartido por el gran Ronaldinho, cuyo ímpetu fiestero le privó de ganar un puñado de Balones de Oro. Entonces era un Barça que levitaba sobre el césped, aunque tampoco es la idea que ansía Luis Enrique; él nunca echaría la bronca que Guardiola le pegó a Schweinsteiger por disparar fuera del área antes de intentar meterse con el balón hasta la cocina. Cuestión de estilos, pensará el asturiano; falta de tacto, dirá Cruyff. 

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Habla el acusado

26 Noviembre 2014 por Carlos Vanaclocha

Tenía ganas de desahogarse y devolver a raquetazos las sospechas insinuadas por Sergio Ramos. Había callado durante unos días y anoche eligió El partido de las 12 para la entrevista de descompresión. “Sí, me sentí aludido por las declaraciones de Ramos”, tajante y conciso, Cesc Fábregas quería hablar cuanto antes para quitarse ese poso de ‘caradura’ que flotaba en el ambiente. Diego Costa y él acusados de borrarse de la selección sin escatimar ni un minuto en el Chelsea de Mourinho. Al fin y al cabo, y aunque lo niegue el catalán, su entrenador originó este serial provocando a Del Bosque una y otra vez. Bastante tiene el seleccionador con una transición convulsa como para meterse también en un cuadrilátero con Mourinho. Aceptó la vaga excusa de Costa y no le llamó para comerse el marrón de Bielorrusia (orgullo para unos y soberano coñazo para otros). En cambio, Cesc fue más hábil y presentó pruebas médicas en la Federación; pudo forzar, pero como dijo anoche, podía haberse lesionado como Luka Modric. Y, entonces, habría tirado al sumidero la confianza de Mourinho.

Cesc y Ramos han compartido muchas horas de concentración nacional; han coincidido en las categorías inferiores y, por eso, el ex barcelonista se siente molesto. Sin embargo y aún con una llamada telefónica por medio, el misil de Ramos tenía un objetivo oculto: Mourinho. Anoche Paco González desveló que un amigo íntimo de Ramos tenía constancia de la llamada y en el trasfondo de la discusión apareció el protagonista que enreda en la mitad de las broncas del mundillo del fútbol. El central del Real Madrid quiso alertar a Cesc de los métodos de presión de su ex entrenador en materia de selecciones. Pero el jugador del Chelsea, evidentemente, quiso ser políticamente correcto y negó cualquier acto de culpabilidad del portugués, Ramos entiende que el compromiso con España no sólo vale para el casting de Mundiales y Eurocopas; por medio hay fases de clasificación soporíferas en las que tienen que dar la cara. Bielorrusia atrae menos que un trofeo veraniego y ésa es la sensación que ha calado en la selección. Del Bosque lo dijo abiertamente: “parece que estas fechas molestan”. A los aficionados todavía aturdidos por el batacazo mundialista, seguro; a la prensa educada en el yin y el yang (Cristiano y Messi o Messi y Cristiano), también.

Sergio Ramos habló a pecho descubierto como uno de los capitanes de la selección. Lejos de ser portavoz de Del Bosque, se arrancó en un impulso vehemente para dejar claro que a esta España hay que cuidarla. No sólo vale salir en la foto de Viena o Johannesburgo. Y Diego Costa todavía no ha encontrado su sitio en ese vestuario porque llegó tocado a Brasil y ahora está más pendiente de devolver con goles la inversión de Roman Abramovich. También Cesc necesita redimirse en Stamford Bridge de la decepción del Camp Nou. Él sí ha hablado para dejar patente que le “jode” que duden de su compromiso. Esperamos impacientes la coartada del hispano-brasileño. Al menos, Ramos, cuya discusión sincera con Cesc es un buen síntoma de que la selección sigue importando en esta época en la que se acabó el onanismo.

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Mito intocable

23 Noviembre 2014 por Carlos Vanaclocha

Leo Messi se hzo eterno. Habló en el césped alto y claro, porque ni siquiera amagó con agradecer delante de un micrófono los aplausos de tantos años. El Camp Nou entero le rindió pleitesía y demostró que Messi, en versión exultante o taciturno, ya es un mito intocable. No en vano, el público no fue ajeno al tsunami de noticias que provocó la advertencia del argentino en el diario Olé, y subió exponencialmente los decibelios de los silbidos cada vez que Bartomeu y Zubizarreta aparecían en el vídeo homenaje del marcador electrónico. La COPE informó el pasado miércoles que el misil verbal de Messi contra la convulsa directiva había sido premeditado: Bartomeu es sólo la extensión del desaparecido Sandro Rosell, cuyos delirios para que Neymar sea el futuro del Barça acabarán cumpliéndose a contrarreloj, antes de que el proyecto pueda quemarse en las próximas elecciones. Si el presidente del Real Madrid ha peleado cinco largos años para presumir del Balón de Oro de Cristiano, los dirigentes azulgranas intentan exprimir a Neymar en sus medios de comunicación afines en detrimento de Messi. Ese tacto corrosivo ha molestado al argentino.”Eso no se le puede hacer a un astro”, dijo Diego Maradona en plan paternalista la tarde que Rosell anunció el fichaje de Neymar.; ‘El Pelusa’ explicó entonces que a los números uno “no sólo se les debe cuidar con plata” (Messi tiene el salario más alto del fútbol mundial después de una buena ristra de ampliaciones de contrato). Y parece cierto, los genios son caprichosos y, lejos de encabritarles, hay que entender sus preocupaciones para que no escondan el genio, precisamente.

Tenía ganas de olvidar los trapos sucios y respondió a esa prensa de caverna que tanto le ha repetido sus arcadas, vómitos y actitudes indolentes. Messi cerró su caja de Pandora volviendo a disfrutar como un enano. En el primer gol se olvidó de cualquier lío palaciego y se concentró en colocar el balón en la escuadra; en el tercero, reeditó su jugada favorita: zigzag entre defensas con pase incluido a un compañero y remate raso inapelable desde el balcón del área. El récord de Zarra había aguantado demasiados partidos y Messi necesitaba redimirse ante su gente por ese torrente de rumores y sospechas que le había pillado por tierra, mar y aire. Ni el mismísimo Ronaldinho, que le aupó a su espalda en el momento que Leo marcó su primer gol en Primera División contra el Albacete, habría imaginado una explosión tan meteórica. Dinho fue su tutor en diabluras con la pelota y en 2005 intuyó que ese retaco tímido agitaría la historia del fútbol como si fuese una coctelera. Pero jamás pensó que en menos de una década Messi quedaría inmortalizado; más que nada, porque no ha sucedido con nadie más en tan poco tiempo. Quien sí advirtió ese brote de Balón de Oro fue el periodista Roberto Martínez, que en 2001 publicó un artículo en Mundo Deportivo describiendo las “bestialidades” del chico rosarino del Cadete B del Barcelona. Un tal Leo Messi ya se comía el mundo de su edad junto a Cesc Fábregas y Gerard Piqué, entre otros. Chapeau por el ojo clínico del periodista.

De récord en récord y ahora a buscar más motivaciones. Quizá la primera sea desempolvar la figura del Messi explosivo, el que está quieto y de repente arranca unos metros con el balón para volatilizar partidos. LLevaba tiempo deambulando por el césped, más desconcertado y desmotivado que ahogado físicamente. Al final, todo (o casi) es problema de cabeza. Y Messi entendió anoche que el Barça no es la sombra de Rosell delegada en Bartomeu, son los cientos de miles de devotos que le aman y nunca podrán agradecerle del todo la década orgiástica que han disfrutado. Y lo que todavía queda, porque Messi con 27 años ha entrado en una etapa madura en la que tendrá que ir reinventándose para seguir en el pedestal más alto. Zarra cayó al segundo y ya mira con temor hacia abajo, donde un cohete portugués sube pies a toda velocidad.

 

 

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Collejas con cariño

18 Noviembre 2014 por Carlos Vanaclocha

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“La próxima vez no hagas tantos malabares con el balón y centra al área más rápido”. Fue el consejo de Fabio Capello, entonces entrenador del Real Madrid, a un imberbe Víctor Sánchez del Amo después de un Real Madrid-Depor del 97. El equipo blanco se había volcado al ataque con empate a dos, todavía quedaba media hora de partido y en una contra Víctor intentó driblar defensas usando el comodín de las famosas bicicletas que patentó posteriormente Robinho. De repente, Mijatovic y Suker levantaron los brazos en el área esperando ese balón inteligente que nunca llegó. La reacción del iracundo Capello no se hizo esperar: saltó del banquillo como un resorte y sus aspavientos hacia Víctor se vieron hasta en la antigua grada del ‘gallinero’. Preguntado en la rueda de prensa, Capello aplaudió la actuación del canterano en el Bernabéu pero aprovechó la ocasión para darle una colleja: “Me gusta el fútbol práctico y Víctor tiene que aprender a serlo”.

Isco se ha puesto de moda en España porque anda fino, quizá demasiado para Del Bosque. Su advertencia al madridista para que no caiga en el barroquismo con el balón no es más que otra colleja cariñosa. Lejos de disfrutar de una transición balsámica, el seleccionador ha amasado muchas piezas para intentar encajar el nuevo puzzle, y desde luego Isco está siendo la pieza maestra, la decisiva para ver nítidamente el dibujo del puzzle. Las expectativas del malagueño han subido como la espuma, tanto que el cuerpo técnico le escanea en cada jugada. Y el partido contra Bielorrusia acabó pareciendo una función circense diferente cada vez que Isco cogía la pelota. Sí, parece que la lleva “pegada con pegamento”, como dijo Morata, pero Del Bosque le pide que a ratos que la suelte más rápido para leer la jugada de antemano. Cuando lo consiga, entonces renacerá una versión aproximada de Zinedine Zidane, aunque suene a palabras mayores. Si Isco ha aprendido a correr y, sobre todo, defender para encajar en la pìzarra de Ancelotti, en la selección entenderá la predilección de Del Bosque por el tráfico de balón. Cuanta más movilidad mejor; es decir, la práctica habitual de Iniesta.

“Isco regatea en un metro cuadrado como Paul Gascoigne”. Es una cita de Antonio Fernández, el director deportivo que le convenció para trasladarse de la cantera de Paterna al Málaga de Pellegrini. Como en otros casos sonados, Unai Emery ignoró los kilates que tenía en la cantera y nunca le dio la oportunidad de sacar ese joystick de Playstation en el Valencia. Y para mayor escarnio che, el propio Isco pidió renovar al entonces presidente Manuel LLorente, pero éste no aceptó unas condiciones calificadas por él mismo como “inasumibles”. Fue en ese preciso momento cuando Antonio Fernández convenció a la familia Alarcón de que  en Málaga su hijo comenzaría la carrera por ser un Von Karajan del fútbol. Lo sabía Pellegrini, que le llamó personalmente por teléfono para ficharle para el City, y también Del Bosque, que le ha dado galones de jefe aunque delante de las cámaras le trate como a un becario.

 

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Busquets, otro ‘huracán tranquilo’

13 Noviembre 2014 por Carlos Vanaclocha

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Debutó en 2008 siendo ‘el hijo del portero’ y con los años a papá Busi le han terminado conociendo como ‘el padre de Sergio’. Vicente Del Bosque le rindió un tributo inolvidable en Sudáfrica defendiendo sin rubor que “si fuera futbolista, le gustaría parecerse a Busquets”. No acapara portadas porque cualquier gesto de Messi o Neymar acaba siendo trending topic mundial ni tampoco suele ser cómplice en el césped de los prodigios de Iniesta. Sin embargo, supera a casi todo el vestuario en las notas finales: Busquets suele sacar sobresaliente y apenas baja al notable, de lo contrario al Barça le afectaría en exceso. Y precisamente, ahora mismo ésa es una de las grandes dolencias del equipo de Luis Enrique. Anoche en El Partido de las 12 negó estar en mala forma pero sus últimas actuaciones delatan que no es el coche escoba que limpiaba la alfombra para que el resto de locos bajitos hiciesen sus diabluras.

Este Barça está sufriendo el ‘síndrome Makelele’ a su estilo: el francés aguantaba el equilibrio galáctico hasta que se hartó del ninguneo y se largó. El Madrid no le consideró trascendente y Zidane, Figo, Raúl y Ronaldo se estrellaron en el denominado galacticidio. Ellos eran el fútbol total y Makelele la viga maestra del tinglado táctico. Sin las dos piezas juntas, el proyecto faraónico de Florentino comenzó a resquebrajarse. Busquets ha convertido el llamado ‘trabajo sucio’ en una tarea glamourosa. Era el peón decisivo que ansiaba Mourinho durante su época merengue; no en vano, un directivo de la planta noble del Bernabéu sugirió más de una vez intentar un segundo caso Figo, claro que sin el bullicio que provocó el portugués. Desde la irrupción meteórica de Guardiola, el Barça ha tensado un cable que Busquets mantiene firme para que, por una parte, su retaguardia no se encuentren de bruces con una invasión enemiga y por otra, Messi y el resto de alquimistas se dediquen al oficio sin necesidad de mirar atrás. Con el beneplácito del argentino, ése ha sido siempre el secreto no revelado de los azulgranas.

“Me pongo un 6 “, dijo Busquets en COPE. Ni fu ni fa: no es una nota penosa pero tampoco sirve para que el Barça levite sobre el cielo. Incluso, durante los dos primeros meses de competición en los que Bravo no encajó ni un solo gol, el engranaje defensivo del Barça no funcionaba como un reloj suizo. “Busquets es omnipresente si el físico no le traiciona”, espetó una vez Frank Rijkaard en una entrevista posterior a su ciclo en Can Barça. No lo dice uno de los entrenadores más decisivos de la historia moderna del club sino uno de los mejores centrocampistas defensivos que ha visto el fútbol mundial, el ‘huracán tranquilo’, tal como le calificaron en un artículo de FIFA.com. “Todo fútbol, el rácano o el más vistoso, necesita fontaneros”, lo sabe bien Fabio Capello, que nunca ha querido cambiar su llave inglesa por un pincel. Y, desde luego y a pesar de las apariencias, Guardiola siempre llevaba la llave pesada en su caja de herramientas. Busquets es imprescindible antes, ahora y siempre; sin duda, es otro ‘huracán tranquilo’. 

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