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Habla el acusado

26 Noviembre 2014 por Carlos Vanaclocha

Tenía ganas de desahogarse y devolver a raquetazos las sospechas insinuadas por Sergio Ramos. Había callado durante unos días y anoche eligió El partido de las 12 para la entrevista de descompresión. “Sí, me sentí aludido por las declaraciones de Ramos”, tajante y conciso, Cesc Fábregas quería hablar cuanto antes para quitarse ese poso de ‘caradura’ que flotaba en el ambiente. Diego Costa y él acusados de borrarse de la selección sin escatimar ni un minuto en el Chelsea de Mourinho. Al fin y al cabo, y aunque lo niegue el catalán, su entrenador originó este serial provocando a Del Bosque una y otra vez. Bastante tiene el seleccionador con una transición convulsa como para meterse también en un cuadrilátero con Mourinho. Aceptó la vaga excusa de Costa y no le llamó para comerse el marrón de Bielorrusia (orgullo para unos y soberano coñazo para otros). En cambio, Cesc fue más hábil y presentó pruebas médicas en la Federación; pudo forzar, pero como dijo anoche, podía haberse lesionado como Luka Modric. Y, entonces, habría tirado al sumidero la confianza de Mourinho.

Cesc y Ramos han compartido muchas horas de concentración nacional; han coincidido en las categorías inferiores y, por eso, el ex barcelonista se siente molesto. Sin embargo y aún con una llamada telefónica por medio, el misil de Ramos tenía un objetivo oculto: Mourinho. Anoche Paco González desveló que un amigo íntimo de Ramos tenía constancia de la llamada y en el trasfondo de la discusión apareció el protagonista que enreda en la mitad de las broncas del mundillo del fútbol. El central del Real Madrid quiso alertar a Cesc de los métodos de presión de su ex entrenador en materia de selecciones. Pero el jugador del Chelsea, evidentemente, quiso ser políticamente correcto y negó cualquier acto de culpabilidad del portugués, Ramos entiende que el compromiso con España no sólo vale para el casting de Mundiales y Eurocopas; por medio hay fases de clasificación soporíferas en las que tienen que dar la cara. Bielorrusia atrae menos que un trofeo veraniego y ésa es la sensación que ha calado en la selección. Del Bosque lo dijo abiertamente: “parece que estas fechas molestan”. A los aficionados todavía aturdidos por el batacazo mundialista, seguro; a la prensa educada en el yin y el yang (Cristiano y Messi o Messi y Cristiano), también.

Sergio Ramos habló a pecho descubierto como uno de los capitanes de la selección. Lejos de ser portavoz de Del Bosque, se arrancó en un impulso vehemente para dejar claro que a esta España hay que cuidarla. No sólo vale salir en la foto de Viena o Johannesburgo. Y Diego Costa todavía no ha encontrado su sitio en ese vestuario porque llegó tocado a Brasil y ahora está más pendiente de devolver con goles la inversión de Roman Abramovich. También Cesc necesita redimirse en Stamford Bridge de la decepción del Camp Nou. Él sí ha hablado para dejar patente que le “jode” que duden de su compromiso. Esperamos impacientes la coartada del hispano-brasileño. Al menos, Ramos, cuya discusión sincera con Cesc es un buen síntoma de que la selección sigue importando en esta época en la que se acabó el onanismo.

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Mito intocable

23 Noviembre 2014 por Carlos Vanaclocha

Leo Messi se hzo eterno. Habló en el césped alto y claro, porque ni siquiera amagó con agradecer delante de un micrófono los aplausos de tantos años. El Camp Nou entero le rindió pleitesía y demostró que Messi, en versión exultante o taciturno, ya es un mito intocable. No en vano, el público no fue ajeno al tsunami de noticias que provocó la advertencia del argentino en el diario Olé, y subió exponencialmente los decibelios de los silbidos cada vez que Bartomeu y Zubizarreta aparecían en el vídeo homenaje del marcador electrónico. La COPE informó el pasado miércoles que el misil verbal de Messi contra la convulsa directiva había sido premeditado: Bartomeu es sólo la extensión del desaparecido Sandro Rosell, cuyos delirios para que Neymar sea el futuro del Barça acabarán cumpliéndose a contrarreloj, antes de que el proyecto pueda quemarse en las próximas elecciones. Si el presidente del Real Madrid ha peleado cinco largos años para presumir del Balón de Oro de Cristiano, los dirigentes azulgranas intentan exprimir a Neymar en sus medios de comunicación afines en detrimento de Messi. Ese tacto corrosivo ha molestado al argentino.”Eso no se le puede hacer a un astro”, dijo Diego Maradona en plan paternalista la tarde que Rosell anunció el fichaje de Neymar.; ‘El Pelusa’ explicó entonces que a los números uno “no sólo se les debe cuidar con plata” (Messi tiene el salario más alto del fútbol mundial después de una buena ristra de ampliaciones de contrato). Y parece cierto, los genios son caprichosos y, lejos de encabritarles, hay que entender sus preocupaciones para que no escondan el genio, precisamente.

Tenía ganas de olvidar los trapos sucios y respondió a esa prensa de caverna que tanto le ha repetido sus arcadas, vómitos y actitudes indolentes. Messi cerró su caja de Pandora volviendo a disfrutar como un enano. En el primer gol se olvidó de cualquier lío palaciego y se concentró en colocar el balón en la escuadra; en el tercero, reeditó su jugada favorita: zigzag entre defensas con pase incluido a un compañero y remate raso inapelable desde el balcón del área. El récord de Zarra había aguantado demasiados partidos y Messi necesitaba redimirse ante su gente por ese torrente de rumores y sospechas que le había pillado por tierra, mar y aire. Ni el mismísimo Ronaldinho, que le aupó a su espalda en el momento que Leo marcó su primer gol en Primera División contra el Albacete, habría imaginado una explosión tan meteórica. Dinho fue su tutor en diabluras con la pelota y en 2005 intuyó que ese retaco tímido agitaría la historia del fútbol como si fuese una coctelera. Pero jamás pensó que en menos de una década Messi quedaría inmortalizado; más que nada, porque no ha sucedido con nadie más en tan poco tiempo. Quien sí advirtió ese brote de Balón de Oro fue el periodista Roberto Martínez, que en 2001 publicó un artículo en Mundo Deportivo describiendo las “bestialidades” del chico rosarino del Cadete B del Barcelona. Un tal Leo Messi ya se comía el mundo de su edad junto a Cesc Fábregas y Gerard Piqué, entre otros. Chapeau por el ojo clínico del periodista.

De récord en récord y ahora a buscar más motivaciones. Quizá la primera sea desempolvar la figura del Messi explosivo, el que está quieto y de repente arranca unos metros con el balón para volatilizar partidos. LLevaba tiempo deambulando por el césped, más desconcertado y desmotivado que ahogado físicamente. Al final, todo (o casi) es problema de cabeza. Y Messi entendió anoche que el Barça no es la sombra de Rosell delegada en Bartomeu, son los cientos de miles de devotos que le aman y nunca podrán agradecerle del todo la década orgiástica que han disfrutado. Y lo que todavía queda, porque Messi con 27 años ha entrado en una etapa madura en la que tendrá que ir reinventándose para seguir en el pedestal más alto. Zarra cayó al segundo y ya mira con temor hacia abajo, donde un cohete portugués sube pies a toda velocidad.

 

 

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Collejas con cariño

18 Noviembre 2014 por Carlos Vanaclocha

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“La próxima vez no hagas tantos malabares con el balón y centra al área más rápido”. Fue el consejo de Fabio Capello, entonces entrenador del Real Madrid, a un imberbe Víctor Sánchez del Amo después de un Real Madrid-Depor del 97. El equipo blanco se había volcado al ataque con empate a dos, todavía quedaba media hora de partido y en una contra Víctor intentó driblar defensas usando el comodín de las famosas bicicletas que patentó posteriormente Robinho. De repente, Mijatovic y Suker levantaron los brazos en el área esperando ese balón inteligente que nunca llegó. La reacción del iracundo Capello no se hizo esperar: saltó del banquillo como un resorte y sus aspavientos hacia Víctor se vieron hasta en la antigua grada del ‘gallinero’. Preguntado en la rueda de prensa, Capello aplaudió la actuación del canterano en el Bernabéu pero aprovechó la ocasión para darle una colleja: “Me gusta el fútbol práctico y Víctor tiene que aprender a serlo”.

Isco se ha puesto de moda en España porque anda fino, quizá demasiado para Del Bosque. Su advertencia al madridista para que no caiga en el barroquismo con el balón no es más que otra colleja cariñosa. Lejos de disfrutar de una transición balsámica, el seleccionador ha amasado muchas piezas para intentar encajar el nuevo puzzle, y desde luego Isco está siendo la pieza maestra, la decisiva para ver nítidamente el dibujo del puzzle. Las expectativas del malagueño han subido como la espuma, tanto que el cuerpo técnico le escanea en cada jugada. Y el partido contra Bielorrusia acabó pareciendo una función circense diferente cada vez que Isco cogía la pelota. Sí, parece que la lleva “pegada con pegamento”, como dijo Morata, pero Del Bosque le pide que a ratos que la suelte más rápido para leer la jugada de antemano. Cuando lo consiga, entonces renacerá una versión aproximada de Zinedine Zidane, aunque suene a palabras mayores. Si Isco ha aprendido a correr y, sobre todo, defender para encajar en la pìzarra de Ancelotti, en la selección entenderá la predilección de Del Bosque por el tráfico de balón. Cuanta más movilidad mejor; es decir, la práctica habitual de Iniesta.

“Isco regatea en un metro cuadrado como Paul Gascoigne”. Es una cita de Antonio Fernández, el director deportivo que le convenció para trasladarse de la cantera de Paterna al Málaga de Pellegrini. Como en otros casos sonados, Unai Emery ignoró los kilates que tenía en la cantera y nunca le dio la oportunidad de sacar ese joystick de Playstation en el Valencia. Y para mayor escarnio che, el propio Isco pidió renovar al entonces presidente Manuel LLorente, pero éste no aceptó unas condiciones calificadas por él mismo como “inasumibles”. Fue en ese preciso momento cuando Antonio Fernández convenció a la familia Alarcón de que  en Málaga su hijo comenzaría la carrera por ser un Von Karajan del fútbol. Lo sabía Pellegrini, que le llamó personalmente por teléfono para ficharle para el City, y también Del Bosque, que le ha dado galones de jefe aunque delante de las cámaras le trate como a un becario.

 

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Busquets, otro ‘huracán tranquilo’

13 Noviembre 2014 por Carlos Vanaclocha

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Debutó en 2008 siendo ‘el hijo del portero’ y con los años a papá Busi le han terminado conociendo como ‘el padre de Sergio’. Vicente Del Bosque le rindió un tributo inolvidable en Sudáfrica defendiendo sin rubor que “si fuera futbolista, le gustaría parecerse a Busquets”. No acapara portadas porque cualquier gesto de Messi o Neymar acaba siendo trending topic mundial ni tampoco suele ser cómplice en el césped de los prodigios de Iniesta. Sin embargo, supera a casi todo el vestuario en las notas finales: Busquets suele sacar sobresaliente y apenas baja al notable, de lo contrario al Barça le afectaría en exceso. Y precisamente, ahora mismo ésa es una de las grandes dolencias del equipo de Luis Enrique. Anoche en El Partido de las 12 negó estar en mala forma pero sus últimas actuaciones delatan que no es el coche escoba que limpiaba la alfombra para que el resto de locos bajitos hiciesen sus diabluras.

Este Barça está sufriendo el ‘síndrome Makelele’ a su estilo: el francés aguantaba el equilibrio galáctico hasta que se hartó del ninguneo y se largó. El Madrid no le consideró trascendente y Zidane, Figo, Raúl y Ronaldo se estrellaron en el denominado galacticidio. Ellos eran el fútbol total y Makelele la viga maestra del tinglado táctico. Sin las dos piezas juntas, el proyecto faraónico de Florentino comenzó a resquebrajarse. Busquets ha convertido el llamado ‘trabajo sucio’ en una tarea glamourosa. Era el peón decisivo que ansiaba Mourinho durante su época merengue; no en vano, un directivo de la planta noble del Bernabéu sugirió más de una vez intentar un segundo caso Figo, claro que sin el bullicio que provocó el portugués. Desde la irrupción meteórica de Guardiola, el Barça ha tensado un cable que Busquets mantiene firme para que, por una parte, su retaguardia no se encuentren de bruces con una invasión enemiga y por otra, Messi y el resto de alquimistas se dediquen al oficio sin necesidad de mirar atrás. Con el beneplácito del argentino, ése ha sido siempre el secreto no revelado de los azulgranas.

“Me pongo un 6 “, dijo Busquets en COPE. Ni fu ni fa: no es una nota penosa pero tampoco sirve para que el Barça levite sobre el cielo. Incluso, durante los dos primeros meses de competición en los que Bravo no encajó ni un solo gol, el engranaje defensivo del Barça no funcionaba como un reloj suizo. “Busquets es omnipresente si el físico no le traiciona”, espetó una vez Frank Rijkaard en una entrevista posterior a su ciclo en Can Barça. No lo dice uno de los entrenadores más decisivos de la historia moderna del club sino uno de los mejores centrocampistas defensivos que ha visto el fútbol mundial, el ‘huracán tranquilo’, tal como le calificaron en un artículo de FIFA.com. “Todo fútbol, el rácano o el más vistoso, necesita fontaneros”, lo sabe bien Fabio Capello, que nunca ha querido cambiar su llave inglesa por un pincel. Y, desde luego y a pesar de las apariencias, Guardiola siempre llevaba la llave pesada en su caja de herramientas. Busquets es imprescindible antes, ahora y siempre; sin duda, es otro ‘huracán tranquilo’. 

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Un golfista en el Bernabéu

10 Noviembre 2014 por Carlos Vanaclocha

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Ha nacido un golfista en el Bernabéu y se llama Toni Kroos. Su putt en el hoyo del tercer gol fue una de las pocas maravillas que le faltaba al ver al público merengue; su mando en plaza parece el reemplazo perfecto de Xabi Alonso. Llegó en plena efervescencia mundialista y sin apenas trote de pretemporada se comió la pizarra de Ancelotti en la Supercopa de Cardiff. Jupp Heynckes le definió como una “proeza genética”, no del perfil velocista de Cristiano sino de un panzer que cubre cualquier palmo del césped. “Te pone un centro orientado de cuarenta metros al pie”, decía Bernd Schuster durante el Mundial, a lo que otro todoterreno alemán como Uli Stielike añade que “es un discípulo adelantado de Xabi Alonso, pero más atrevido en ataque. Te monta él solo las jugadas”. Una hoja de recomendación completa a la que sólo le falta la firma de Pep Guardiola. Precisamente, el técnico del Bayern intentó retenerle hasta que Uli Hoeness y Rummenigge le disuadieron de su idea. Guardiola estaba enamorado de un Kroos que no quiso ignorar la llamada del Madrid; desgraciadamente para el Bayern, sus dueños no pensaron lo mismo.

Minuto 15 de la vuelta de semifinales de Champions entre Madrid y Bayern en 2012. Cristiano marca el 2-0, resultado que metía a los blancos en la final de Munich. De repente y en medio del estruendo del Bernabéu, Heynckes llama a un imberbe Toni Kroos para que se acerque a la banda. “Dile a Basti (Schweinsteiger) que cojáis el balón y entre los dos os pongáis a mover al equipo”. Dicho y hecho, Kroos se montó a la espalda toda una mole como el Bayern y repartió el balón de norte a sur y de este a oeste. Poco a poco, los bávaros se sacudieron la estampida inicial del Madrid y Kroos se doctoró en master de liderazgo y motivación en uno de los estadios con más solera. Lejos de arrasar en las ventas de la tienda oficial del club, Kroos tiene pinta de ser tan “esencial” como reclamaba el legendario Effenberg cuando el Manchester United ofreció 40 millones por su fichaje. Si James Rodríguez fue consecuencia del éxtasis mundialista, Kroos ya estaba cerrado antes de Brasil: con o sin Xabi Alonso, el presidente Florentino y José Ángel Sánchez habían elegido a dedo a su futuro arquitecto.

Xabi Alonso se fue convencido al Bayern, consciente de que en el Madrid debería “trabajar el doble que el resto” para seguir encuadrado en la foto, tal como argumenta su entorno. Y cuando le reveló a Ancelotti la oferta de Guardiola, el italiano lo aceptó con resignación no sin decirle antes que jugaría mucho con él. La salida del donostiarra ha terminado por allanar el camino de Kroos, cuya fulgurante adaptación apenas le ha costado el tiempo necesario para captar nuevas sensaciones. Schuster y Stielike tienen razón: envía centros inteligentes al tiempo que saca el balón como un general, tal como lo hacía un reconvertido Fernando Hierro cuando Jorge Valdano le mudó de centrocampista a central puro. Su simbiosis con Modric es cuasi perfecta porque desde hace tiempo el coliseo merengue ansiaba una pareja versión 2.0 de la que formaron Seedorf y Fernando Redondo. Aunque eso todavía son palabras mayores. 

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Cuando ser segundo es de segundones

6 Noviembre 2014 por Carlos Vanaclocha

Un peso pesado del vestuario del Real Madrid contaba que la obsesión de Cristiano Ronaldo con Messi era casi enfermiza. “Durante la época de Mourinho, si estábamos viendo un partido del Barça durante la cena en una concentración, Cristiano torcía el gesto cada vez que el argentino marcaba un gol”. No sólo le importaba ganar, también tenía que ir un paso por delante en esa comparación de colosos que alimentamos en la prensa como jugosa carnaza. “Quiero ser el mejor de siempre”, a pecho descubierto el portugués ha aclarado delante de las televisiones que nació futbolista para intentar acabar como leyenda; si es la más recordada de todas, mejor aún. En una conversación informal durante su etapa en el Manchester United, Cristiano fue cazado diciéndole a su compatriota Nani que la Premier League no vería un futbolista igual que él. Entonces, sonaba en tono irónico pero con los años y conociendo un esbozo del carácter de CR7, quizá lo dijese muy en serio.

Jorge Mendes, representante y guardia pretoriano número uno de Cristiano, sorprendió en El partido de las 12 asegurando que el jugador es “el mejor deportista de todos los tiempos”. De repente, mitos como Muhammad Alí, Usain Bolt o Michael Jordan tirados por un sumidero. En el documental Super agente Mendes, sobre la vida del mejor agente del mundo, aparecen imágenes que evidencian por qué Cristiano sólo piensa en mejorar, en superarse a sí mismo y perfeccionar sus dotes genéticas que, en su caso, parecen robóticas. Aurelio Pereira, cazatalentos del Sporting de Lisboa y descubridor de la estrella merengue, presume de la voracidad de su antiguo pupilo: “En la academia del Sporting Cristiano se enfadaba cuando perdía a los dardos contra las chavales más mayores. Tanto es así que se puso a practicar solo en sus ratos libres y de la noche a la mañana todas las clavaba en el centro”. Es una pequeña muestra de su fijación por ser el mejor. Y cuanto más rápido, mejor, pensó Pereira cuando en uno de sus primeros partidos, un cadete sugirió al infantil Cristiano que no jugara tan al límite. “Ponía las mismas ganas en un campo de arena embarrado con catorce años que un clásico contra el Barça en el Bernabéu”. Ésa es la clave de un ambición que adquiere partido tras partido proporciones bíblicas.

Usain Bolt reveló en una entrevista durante los pasados Juegos Olímpicos de Londres que “él y sólo él” se pone sus desafíos. Y sabe cuándo y cómo atacarlos. Cristiano tiene esa madera porque, como dijo Luis Aragonés, sólo le vale “ganar, ganar, ganar y volver a ganar. Y ganar, ganar…”. Sus principios se desploman si no es el más adelantado porque “ser segundo es de segundones para Cristiano”, según Nuno Luz, el periodista portugués que mejor le conoce. Sí, Cristiano no necesita palmeros, su motivación sale de dentro, y por eso la palmadita en la espalda del presidente Florentino, lejos de atontarle, le pone en guardia: ser el “digno heredero de Di Stéfano” implica una responsabilidad simplemente bestial. Una vez Sir Alex Ferguson le comentó que acabaría levantado al exigente público de Old Trafford; la respuesta literal de Cristiano fue “Vale, pero cuéntame a fondo quiénes han hecho historia aquí”. Es su manera de decir que les superaría a todos.

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Barça probeta

4 Noviembre 2014 por Carlos Vanaclocha

“Se ha abierto la veda”. La intuición no le falló a Luis Enrique en la rueda de prensa posterior al batacazo del Celta. Menos de cuarenta y ocho horas después, Johan Cruyff, extinto gurú del barcelonismo para al actual directiva, lanzó un mísil por tierra, mar y aire que ha revuelto a la opinión pública. En un discurso made in Groucho Marx, el holandés soltó una simpleza quizá no tan simple: “Para hacer funcionar al equipo, primero hay que saber lo que funcionaba para darse cuenta de lo que no funciona”. Y apenas basta un puñado de partidos para darse cuenta que el Barça tiene averiada la sala de máquinas, el sitio donde empezó la génesis de la época dorada de Guardiola. Sin hurgar en el morbo (sabido es el odio sarraceno que se profesan Cruyff y los ejecutivos del club), el ex entrenador se ayudó de premisas filosóficas para describir el galimatías táctico que está confundiendo a Luis Enrique: “Si el primer defensor es un atacante y el primer atacante un defensor, entonces no sólo hay tres jugadores”. La prensa busca en Cruyff un titular facilón para vender por qué no funcionan de momento los tres magníficos. Ellos son los hombres del momento, los que arrasan con sus goles en las portadas y también los primeros monigotes en el juego periodístico del pim, pam, pum.

Andrés Astruels es una de las grandes voces autorizadas para hablar del cruyffismo y de cualquier injerencia que lo ataque. “En los noventa, cada derrota del Barça apuntaba a Koeman, Laudrup y Stoichkov”. Eran los tres magníficos de entonces, las estrellas que llamaban la atención en cualquier estadio sin llegar a ser las multinacionales que fabrican talegadas de dinero con las botas puestas. El pequeño gran matiz de aquel Barça del primer toque con el trailer que intenta arrancar Luis Enrique es que antes había un ídolo por línea. “Koeman sacaba el balón con centros inteligentes mientras desempolvaba el cañón; Laudrup patentó el departamento de creatividad, mientras que Stoichkov era el ejecutor por excelencia”. Una descripción perfecta del engranaje de aquel reloj suizo que lo hacía todo perfecto mientras hubiese un balón por medio. Guardiola, otro actor principal de ese Barça, llevó la idea hasta el extremo, obsesionado con la posesión útil e inútil para demostrar que sí es posible marear a los rivales llevándoles la pelota hasta su cocina.

Pero la sensación del nuevo proyecto es el de una probeta detrás de otra. Apenas encaja goles pero carece de de inmunidad defensiva. De repente, el Camp Nou siente nostalgia de un Carles Puyol, a quien la temporada pasada se le había pedido a gritos una jubilación extraordinaria. Piqué no puede ni quiere salir del ojo del huracán; Mathieu funcionó de central hasta que cavó su tumba de lateral en el Bernabéu; Bartra es una sospecha permanente y sólo Mascherano, más ‘jefecito’ que nunca, intenta aguantar sobre sus espaldas la mole defensiva. La radiografía continúa hacia arriba, con el paciente quejándose de un fuerte dolor de pecho porque el doctor Luis Enrique no le ha recetado el medicamento adecuado. A Iniesta se le espera su primer número de magia del año y Xavi es una enigma constante, con un motor diesel que carbura, se gripa, carbura…

Dolor de cabeza no sufren. El Celta salió vivo del Camp Nou tras recibir una somanta de palos y largueros, literal. Y la inercia goleadora de Messi, Neymar y Luis Suárez no se debate, sí sus ubicaciones en el campo. Messi se ha distanciado de la portería para buscar asistencias o las arrancadas explosivas que todavía no llegan. En cambio, Neymar sí está fino, con la guadaña alzada cada vez que pisa área o encuentra la mirada cómplice de Leo. Es esa simbiosis la que está buscando Luis Suárez, el último de la fila. En el Bernabéu demostró maneras y, como dice Paco González, “sólo es un mínimo porcentaje de lo que puede flipar el Camp Nou”.  Como dice Cruyff, “es cuestión de que encajen”; claro que el holandés ya olió problemas el año pasado con “dos gallos (Messi y Neymar) en el mismo corral”. Imagínense tres.

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La leyenda del indomable

31 Octubre 2014 por Carlos Vanaclocha

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En el homenaje de Canal Plus a Raúl por los veinte años de su debut, Jorge Valdano cuenta que nada más llegar al Madrid en el verano del 94, se reunió en las oficinas del club con Zamorano y Prosinecki para anunciarles su intención de despedirles. Instantes antes de aquella reunión, el director de la cantera merengue, Ramón Martínez, desliza al entrenador que el diamante en bruto de la vieja Ciudad Deportiva de La Castellana pretendía regresar a las categorías inferiores del Atlético de Madrid. Aquel chaval de cuerpo esmirriado no intuía ni una sola oportunidad en el equipo de los mayores, ni siquiera un toque de atención de algún técnico de arriba. Por eso, ese chavalín callado de piernas arqueadas había decidido, previa consulta con su padre, regresar a sus orígenes, no los primigenios en la Colonia de Marconi, sino del Atleti. Valdano reaccionó como un resorte a la  noticia de Ramón Martínez y convocó al juvenil Raúl González a su despacho. “Te garantizo que en dos años acabarás jugando en el primer equipo”. La frase debió consolar al jugador, puesto que le disuadió de volver a la acera contraria.

Raúl le debe mucho a César Menotti, indirectamente, claro. Ángel Cappa, segundo de Valdano en aquel Madrid, presume de exportar el “modelo de explotación de cantera” que inventó el maestro Menotti en el Peñarol uruguayo. Valdano no sólo moldeó el primer equipo con adquisiciones tan deslumbrantes como Laudrup o Redondo, sino que le sacó las entrañas al club, diseccionando lo que él consideraba potable en la cantera. Convocó una serie de entrenamientos extraordinarios con los chavales más talentosos de ‘La Fábrica’’ y les impartió una clase magistral sobre los valores del Madrid. Aquel día en La Castellana acudieron Raúl González, Luis Martínez, García Calvo, Fernando Sanz, Víctor Sánchez del Amo, Sandro, Alberto Rivera, Álvaro Benito y Guti. De todos ellos, a Valdano le constaba por los informes de Del Bosque que la voracidad de Raúl era inagotable. Cualquier categoría le quedaba pequeña. Llegó el amistoso de Oviedo en el Carlos Tartiere y Raúl corrió de banda a banda como si le hubiesen enchufado una pila duracell; semanas después, viajaron a Karlsruhe y en el avión, entre libros de instituto, Cappa le dijo que mojaría esa noche. La profecía se cumplió y aquel viaje incómodo fue el más prolífico de Valdano en años (confirmado por él) porque, de repente, había encontrado la solución al ocaso de un mito, Emilio Butragueño.

Han transcurrido dos décadas y un debate de trincheras entre ‘raulistas’ y ‘antiraulistas’, y aquel “Ferrari” que mencionó Fernando Hierro perdió el reprís hace tiempo, pero ha continuado con un motor diesel de máxima fiabilidad. Raúl sigue gustando y se deja gustar por cualquier entrenador; aconseja y escucha a los advenedizos de la causa madridista; pelea por un puesto como lo hacía en los campos de barro del fútbol madrileño. En definitiva, Raúl recuerda al genial Paul Newman de La leyenda del indomable: aquel tío orgulloso que aguantaba estoicamente todo lo que le echaran. En aquella película, Newman apostó que se comía cincuenta huevos en una hora y lo consiguió. Si Raúl anunciara su retirada para dentro de tres o cuatro temporadas, seguro que no vacilaría. Aunque nunca presumiría, sabe dónde termina su guión: en Manhattan.

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Luis Suárez, el monstruo de Kevin Keegan

29 Octubre 2014 por Carlos Vanaclocha

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Diego Torres publicó en El País el sábado pasado que varios directivos de la planta noble del Bernabéu disuadieron a Florentino Pérez de fichar a Luis Suárez en verano. “Un delantero de ochenta millones no sólo tiene que marcar goles”, comentaron los ejecutivos, según el periodista. Daban a entender que el club necesitaba a Benzema o una versión aproximada del francés, lejos del típico delantero como Falcao, que remata hasta un microondas desde el punto de penalti. Y de repente y por caprichos del calendario (o no), Luis Suárez reapareció en Madrid sin presumir de su instinto depredador, pero con maneras de ‘diez’. Comenzó en la banda derecha y desde allí soltó un pase preciso a Neymar para el 0-1. Se movió de afuera hacia adentro intentando desubicar a Pepe y Sergio Ramos; dialogó con Messi para anticiparle sus cambios permanentes sobre el tapete y demostró que retiene la delicatessen en quiebros con y sin balón. Pero evidenció que el físico todavía le traiciona, aunque se remangara para responsabilizarse de ese ‘trabajo sucio’ que tan poco gusta a los delanteros estrella.

La lectura amable del clásico para el Barça es que ya dispone de un ‘nueve’, que puede ejercer de falso, centro o al estilo Benzema. Le vale cualquier especialidad. Y, desde luego, a la vera del samaritano Messi, el uruguayo se va a mover como pez en el agua con la misma soltura que lo hacía en la pecera de Anfield. En apenas media hora telegrafió fútbol de alta velocidad, tanta que a veces ni siquiera Iniesta y Messi tenían tiempo para captar la jugada. La gente esperaba su pegada, la voracidad de Liverpool; no en vano, es el número principal de sus funciones.  Pero Suárez obsequió al mundo con un repertorio que va más allá del pim, pam, pum. A Luis Enrique no le pilló de sorpresa porque fue él, personalmente, quien detalló al presidente Bartomeu y Zubizarreta todo el manual de instrucciones que conlleva tener al delantero, y que no sólo consiste en perforar porterías.

“El público de Barcelona se va a divertir. No saben de qué es capaz el monstruo”. Sí, el mítico Kevin Keegan no engaña a nadie delante de las cámaras de la BBC: escupe la palabra monster para aludir a Luis Suárez. Sobre futbolistas multiusos, ‘Super Ratón’ Keegan es una voz autorizada: entre sus diabluras de extremo derecho y delantero centro se sacó dos Balones de Oro. Tal cual. Keegan, como Suárez, triunfó en la Premier alejado del estereotipo de imparable tanqueta goleadora. En su época, ese rol correspondió a John Benjamin Toshack. Por eso, los regates del uruguayo son una vintage de aquellas fintas del gran ariete de los setenta. Keegan cambió la idea simplona y folclórica de los inventores del fútbol, mientras que Luis Suárez no ambiciona tanto: si acaso, un recuerdo como el de Hristo Stoichkov, de quien le han dicho en Barcelona que puede aspirar a lo mismo: un Balón de Oro. Aunque no esté en la próxima edición porque la FIFA haya castigado el mordisco hasta límites insospechados. Peor para el espectáculo, se pierden al monster.

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El juego del Stratego

26 Octubre 2014 por Carlos Vanaclocha

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La última vez que el Bernabéu coreó ‘olés’ en un clásico el Madrid había ganado la Liga más fácil de los últimos tiempos ante un Barça desintegrado, que cumplió con resignación el tradicional pasillo al campeón. Fue el último derbi de Frank Rijkaard, quizá el más humillante de toda su era. Es lo que pensaron Eto’o, Ronaldinho y Deco, que ni siquiera viajaron a Madrid a presentar sus respetos. Quien sí aplaudió a cada futbolista blanco, colocado a un lado del pasillo, fue Leo Messi, entonces un pipiolo que ya advertía un futuro descomunal. Aquella goleada también fue el último gran clásico de Raúl González, que ayer cogió un avión desde Qatar para recibir en su estadio otro baño de masas. Seguro que ni el propio Raúl habría imaginado a un Madrid tan descarado con el balón y osado para pagarle al Barça con su misma moneda. La batalla de estilos fue demoledora porque Ancelotti demostró al Bernabéu que su equipo maneja todas las velocidades, aunque Xavi Hernández no quiera reconocerlo públicamente: reposa la pelota cuando necesitan un respiro y sale en estampida para pegar directos como Tyson. Este Madrid lo tiene todo y la presunta grave baja de Di María la están subsanando James e Isco corriendo de arriba a abajo a pecho descubierto.

Ni siquiera el tempranero gol de Neymar desquició a los blancos. Al contrario, espabilaron con el sopapo del brasileño y da la sensación que ese grado de masoquismo sigue sobreexcitando al Madrid. Pasan las temporadas pero el gigante anestesiado reacciona furibundo a la mínima que le incordian. Casi habría sido más oportuno para el Barça tantear el resultado hasta los momentos decisivos. Pero ni en esas habría aparecido Messi, el gran ausente del clásico; en un puñado de minutos Luis Suárez demostró estar más enchufado que ninguno de sus compañeros. Parecía que se movía con una pila duracell de un lado a otro con el fin de que Messi le pusiera un balón para engatillar a Casillas. “La clave ha sido la parada a Messi”, dijo un Piqué fallón en Canal Plus a pie de campo. Bajo esa lupa de mil lentes que le observan cada partido, el capitán volvió a encontrarse a sí mismo, primero con una parada imposible ante el argentino y, segundo, volando para despejar un misil tierra aire de Mathieu. Aquellos silbidos del derbi madrileño fueron reprimidos anoche con ese ‘¡Iker, Iker!’ que tantas ganas de desempolvar tenía la mayoría del estadio. Lástima que aún haya sectores cafres que juren odio eterno.

Cristiano Ronaldo se cabreó con razón en la zona mixta de Anfield: no era un duelo contra Messi, sino un Madrid-Barça. Y se cumplió literal. Ninguno de los dos salió como un coloso del clásico; fueron los actores de reparto quienes decidieron el resultado. Por delante de todos, monsieur Karim Benzema, al que nadie se atreverá a soltarse eso de ‘empané’. Ancelotti dio en el clavo: “Benzema no necesita marcar muchos goles”. Cierto, para eso está CR7. En este equipo, el ‘nueve’ tiene que saber hacer de ‘nueve’, ‘diez’ y cualquier número próximo. Ésa es la esencia del delantero francés porque participa en cada jugada y, sólo de vez en cuando, pisa el punto de área para poner la guinda del pastel. Si el Madrid jugara con el típico delantero centro, su estilo se haría demasiado telegráfico. Por eso, ni Falcao, ni Luis Suárez, el más apto para este equipo es  Benzema, que además sabe disparar, ¡qué cosas!

El primer gran examen del año se lo llevó el Madrid porque estudió más y mejor que el Barça. Como en el juego del Stratego, Ancelotti supo colocar más soldados que Luis Enrique en cada palmo del campo. La batalla del centro del campo fue decisiva porque el eje blanco no sólo consistía en Kroos-Modric-Isco; eran ellos más James y a veces Benzema. En cambio, el tridente Busquets-Xavi-Iniesta evidenció que es una reliquia del pasado ‘guardiolista’. ¿Qué había hecho mal Rakitic para chupar banquillo? Absolutamente nada. Y mientras Busquets no esté fino y a Iniesta le cueste sacar conejos de la chistera, Rakitic se antoja imprescindible para no sufrir migrañas. A la espera de que el nuevo Barcelona se aclare, el madridismo puede leer con placer los periódicos de hoy: seis años después, su equipo volvió a aplastar al eterno rival jugando al fútbol. Simple de decir y complicadísimo de hacer si a un entrenador le ciega la tozudez. No es el caso de Carletto.

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