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La maldición de Aquiles

27 Mayo 2016 por Carlos Vanaclocha

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Milán espera al nuevo César entre la mística del #Nuncadejesdecreer y el flagrante debate de ganar o fracasar. Como una partida de ajedrez, Simeone ha entrenado al equipo en secreto para detener el contraataque del Madrid; intenta buscar la kryptonita contra ese arma de destrucción masiva de la que no presumen los blancos. Quizá por miedo a traicionar la historia del club o a evocar la era Mourinho, ningún mito merengue ha alardeado de un estilo que el portugués puso en sospecha. No debe sonar caballeroso que el Real Madrid disfrute del pim, pam, pum, cuando los últimos tiempos, exactamente desde Ronaldo Nazario, han delatado que el Madrid es mortífero devolviendo golpes y no con ese fútbol hegemónico con el que tanto se le llenaba la boca a Xavi Hernández. “Una final de ida y vuelta, con poca posesión y demasiados robos”, dice Pedja Mijatovic, acostumbrado a otros tiempos en los que sólo Luis Aragonés confesaba delante de una cámara que su Atleti jugaba a contraatacar con Futre, “lo demás, tonterías”. Curioso cuando el ‘Sabio de Hortaleza’ ha pasado a la posteridad por el tiki-taca de la Eurocopa 2008.

Simeone arma y desarma contraataques, y está blindando un cerrojo para que el Madrid se encuentre enfrente el Fort Knox. El experimento se convirtió en costumbre y los blancos casi siempre se han inmolado en ese laboratorio; ‘casi’ porque no fallaron el día D. El mundo colchonero puede seguir girando sin porque el primer mandamiento ‘cholista’ se ha vuelto a cumplir: terceros y clasificados para la siguiente Champions. Más allá todo es festival. Por eso, como escribía Roberto Palomar en Marca, “en el cholismo perder es ganar”, sin depresiones, sin acabar tumbado en el diván de un psicólogo. Es el atajo más rápido para sacudirse la presión. Porque si hay un club que debe cumplir no es el Atleti. Allí hay que estar mal de la chaveta para susurrar la palabra fracaso; y más, sabiendo que este Atlético no hace demasiado tiempo perdió contra el Albacete en Copa para bochorno del Calderón y de Goyo Manzano, inmediato antecesor del universo Simeone. Es el Madrid quien juega la final sin red, asomado al abismo al que se arriesga un funambulista. “Ganar o morir, y así cada año”, espetó Bernd Schuster pocos días después de ser despedido por el ex presidente Ramón Calderón. Y tiene razón el alemán: al Madrid le sucede como a Aquiles, que su gloria y su maldición caminaron juntas en Troya, separadas por una delgada línea roja.

La Champions eclipsa todo, es el quinto elemento. Bien lo saben en Barcelona, donde esperan ansiosos (aunque no lo reconozcan) a la gesta de su hermanado Atlético. Es la prueba indiscutible de que Madrid y Barça son vasos comunicantes: que el doblete sea histórico o anecdótico depende de los blancos. Explíquenselo a un marciano. Dicen que ésa es su grandeza: conquistar San Siro o fracasar, sin término medio. Suena durísimo, pero es la presión tan “única y exclusiva” de la que hablaba Arbeloa en los días de su despedida. Hubo un tiempo en el que a Roger Federer le exigían ganar todos los Grand Slam, cualquier otro resultado se olvidaría rápido. Noventa minutos dirán si el Madrid necesita una catarsis drástica para salir de un desierto de dos temporadas o desde el permanente epicentro del huracán farda de dos Champions en tres años. De cero a cien en lo que dura un chasquido de dedos; es el Ferrari imposible de controlar.

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El delantero quarterback

24 Mayo 2016 por Carlos Vanaclocha

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Hugo Sánchez, Butragueño, Bam Bam Zamorano, Suker, Ronaldo, Van Nistelrooy…el Bernabéu siempre ha rendido pleitesía a sus delanteros centros; desde las tijeretas del ‘Matador’ hasta las estampidas de Ronaldo, con permiso de las pícaras genialidades del ‘Buitre’. La grada blanca llevaba décadas acostumbrada a los nueve goleadores hasta que Benzema ha cambiado el compás. Después de aguantar varios años de sospechas, su afición le ha entendido definitivamente porque,  lejos de presumir de estadística, el francés se gusta a sí mismo cuando inventa su jugada. Benzema es el socio perfecto de Cristiano Ronaldo, el primero de su guardia pretoriana. Mimado por Florentino Pérez, quien fue a buscarle a su barriada de Lyon, nunca ha aceptado ser el enésimo killer del Bernabéu; él prefiere salirse del área y construir el gol como si fuera un mecano de múltiples piezas, empezar la jugada como si fuera un quarterback. De lo contrario, se desubica dentro del área y se ensimisma en el limbo. Sin duda, el Madrid necesita en Milan la mejor versión del francés, la del año II de Mourinho que frenó la oleada de críticas que le dejaron a la altura del betún cuando la prensa sacaba a la palestra a todos esos goleadores de leyenda.

“Es el mejor delantero de la Liga”, dijo Cristiano sobre su amigo Benzema en una entrevista a Canal Plus hace unos meses. Señal de gratitud y una indirecta a “los que critican y no son profesionales del fútbol”. Desde luego,  la ‘BBC’ sube el caché de su marca con el mismo futbolista que no hace mucho tiempo fue apodado monsieur l´empané. Por desgracia, en las charlas de barra de bar a Benzema sólo se le contempla por el tamaño de su…saco de goles, al fin y al cabo es el baremo para medir si un delantero vale o no. Sin embargo, el Bernabéu lleva tiempo experimentando una nueva sensación: la del delantero que mejora a sus compañeros. La artillería pesada funciona porque el Madrid tiene un depredador cuya voracidad intimida a cualquier mito blanco. De Cristiano está todo escrito, salvo que supo reconducir su egoísmo a favor del equipo. Dulce transición entre obsesionarse por rematar hasta un microondas en el hasta encontrar ratos de generosidad para complacer a sus colegas de balón: Karim, el primero. Hace años al ‘Kun’ Agüero le dijeron que era medio Atleti o, mejor dicho, el Atlético entero; quizá si un periodista extranjero entrevistase a Cristiano con los números delante, le soltaría el mismo piropo, que en el caso del portugués huele a cumplido. Pero Benzema, y el Gareth Bale de esta temporada han derribado la leyenda popular. Sí, Cristiano es medio Madrid, pero sin Karim…

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¿Qué tienen en común el Sevilla e IKEA?

19 Mayo 2016 por Carlos Vanaclocha

Gameiro goal“Hay que estar preparado para ir ganando, para ir perdiendo (…) Pero el mensaje que siempre repito es aguantar de pie hasta encontrar tu oportunidad”. Unai Emery radiografió la final de Basilea en Bein Sports sin haberla jugado. Sólo él se había preparado contra el heavy metal incial de Klopp, y sólo él intuyó la cabalgada imposible de Mariano, esquivando piernas como si fueran conos de entrenamiento. Dicen que nunca se rinden porque el Sevilla quizá sea el primer club en el que su himno cambió la historia; Javier Lavandón ‘El arrebato’ cantó y el sevillismo cambió su adn. De campar por tierra de nadie a saltar de final en final; de sufrir un año en el infierno a ensanchar la vitrina de títulos. Joaquín Caparrós maceró la cantera; Juande Ramos cuadró aquel primer proyecto inolvidable y Emery ha especializado al Sevilla en torneos de pim, pam, pum. Catedrático de moda, su obsesión por el fútbol vende menos que la del ‘Loco’ Bielsa’ pero genera estrellas, trofeos y dinero. Carlos Bacca llegó como un delantero del montón de la liga belga (7 millones) y se marchó al Milan con P.V.P de estrella (30 millones): Kevin Gameiro, repudiado por el Paris Saint Germain, costó 7,5 ‘kilos’ y a Monchi ya la están taladrando el teléfono con ofertas de media Europa. Es el método Moneyball del Sevilla: jugadores a coste cero cuya rentabilidad es apoteósica. Porque el día que en Nervión firmen un cheque de un puñado de ceros y salga cualquier Lopera de turno presumiendo de un Denilson (5000 millones de las antiguas pesetas), Monchi cambiará de oficina.

Los cursos de entrenadores tienen su lírica en la charla de Rafa Benítez al Liverpool de Estambul y, desde anoche, la de Emery a un vestuario que estaba siendo aplastado. Una parte tardó el Sevilla en enterarse de que había que poner corazón y cabeza. De lo primero no hubo ningún amago, de lo segundo abusó Ever Banega, la extensión del entrenador en el campo; su híbrido de Makelele y Xavi Fernández. Toda la locura que demuestra el argentino en su vida personal la compensa con creces sobre el césped. Cortocircuita jugadas y detiene el tiempo cuando su equipo se asfixia. Con razón el Inter de Milan le ha atrapado para el Calcio: es un Gattuso con estilo. Sucede lo mismo con Coke, media punta espabilado donde los haya. Su astucia la aprendió en Vallecas y al Sevilla le viene de vicio tener una hormiga puñetera correteando por todo el campo. De repente apareció en la jugada de Vitolo y de repente él estaba colocado en el metro cuadrado adonde llegó el rebote del Liverpool en el último gol.

Suena a chiste que el Sevilla no haya ganado ni un solo partido a domicilio en toda la Liga. En el diván de un psicólogo se llama falta de competitividad. Pero el presidente Pepe Castro no engaña a nadie: “Ganamos la Europa League porque somos quienes más apostamos por ella”. En ganas desde luego, porque la historia reciente ha demostrado que los equipos repudiados en la primera fase de la Champions, sufren la mítica Copa de la UEFA como un castigo. No en vano, esta competición es un maratón de liguillas y eliminatorias que deja castrado a cualquier club con aspiraciones serias en su liga. En cambio, los hispalenses saben que el jueves es su día grande. En pocas semanas la secretaría de Monchi abrirá también en domingo: hay demasiados jugadores apetecibles para el mercado. Y el Sevilla, a pesar de esa permanente inyección financiera vía títulos o ventas, seguirá actuando como Ingvar Kamprad, el desconocido dueño de IKEA, al que su infinita fortuna no le impide comprar ropa de segunda mano y yogures caducados. En el Pizjuán han demostrado que el fútbol no sólo se compra con billeteras: políticas de ahorra al poder.

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Pico, pala y goles

15 Mayo 2016 por Carlos Vanaclocha

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Armó el Kalashnikov y en el día señalado no se le encasquilló. Luis Suárez regaló la Liga al Barça y pidió permiso a Messi para posar delante en la alfombra roja de Hollywood. Disparó antes de preguntar en Los Cármenes porque sabía que un gol suyo abriría la lata y evitaría cualquier calvario que perturbarse al vestuario. Entendió mejor que nadie la inspiración de Neymar (¡por fin!) y se hinchó a desmarques mortales. Era su momento y ni siquiera los goles de Cristiano que aparecían en el videomarcador le descuadrarían el día perfecto. Jordi Alba dio con la tecla en zona mixta: “Luis es el mejor no porque meta goles, sino porque también trabaja para el equipo”; es la opinión generalizada en el club. El uruguayo sale al campo a tumba abierta, como si quisiera reivindicar que la FIFA metió la pata hasta el corvejón con su mordisco a Chiellini. De enemigo público a ídolo de masas con el revolver más rápido del Oeste. Desenfunda tan rápido que los más puristas se ponen de pie cuando le mencionan, y eso sólo ocurrió con Stoichkov, Romario y Ronaldo Nazario. Todos ellos Balones de Oro. Cuando la temporada intuía el enésimo Barça de Messi más diez, apareció el ‘caimán’ justo cuando la MSN se oxidaba. Precisamente, D10S agradece que su delantero centro remate, centre, abra huecos, baje al barro para pelearse con las defensas y persiga el balón como un rottweiler con los ojos inyectados. El mundo le considera una estrella, él se siento minero: pico, pala y los goles llegarán a borbotones.

Suárez llegó al Barça olvidándose de su ego personal y ensayando la mejor de las sonrisas delante del espejo. Ha superado a Neymar en decibelios de aplausos porque sigue jugando de crack silencioso, goleando y ejerciendo de samaritano (22 asistencias en toda la temporada). A Pep Guardiola le habría encantado contar en el Bayern con este ejecutor, híbrido entre un ‘falso nueve’ y un boya de waterpolo. Sus movimientos son demasiado escurridizos como para pegarle a la chepa un Gattuso de turno; su colocación recuerda a la de Karim Benzema, tan productiva fuera del área como letal en la cocina, quizá más. Luis ha asimilado que sólo hay un gallo en el corral y, además, él se ha convertido en su mano derecha. Con Messi suele armar el taco porque se ven de reojo y telegrafían la jugada. Sus habituales cenas familiares son festejadas en la planta noble del Camp Nou (esto es información y no opinión): admiran la simbiosis de ambos porque al mismo tiempo espantan viejos fantasmas. Por de pronto, los del discotequero Ronaldinho y el ególatra Ibrahimovic. Uruguayo y argentino son tipos normales que huyen de las cámaras, hasta el punto de torcer el gesto si el que les graba con Periscope es el mismísimo Piqué.

Diego Torres publicó en El País  hace dos temporadas que varios directivos del Real Madrid disuadieron a Florentino Pérez de fichar a Luis Suárez. “Un delantero de ochenta millones no sólo tiene que marcar goles”, comentaron los ejecutivos, según el periodista. Daban a entender que el club necesitaba a Benzema o una versión aproximada del francés, lejos del típico delantero como Falcao, que remata (o remataba) hasta un microondas desde el punto de penalti. Pensaron que el carácter inflamable de Suárez colisionaría con el libro blanco de conducta del club; por encima de todo, la imagen. Y sí, el uruguayo está forjando su leyenda buscando goles por tierra, mar y aire; desde el fútbol de alcantarilla para listos hasta el Circo del Sol llamado Fútbol Club Barcelona. A él le deben la Liga número 24. Y las que quedan.

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Otro Robinho

12 Mayo 2016 por Carlos Vanaclocha

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“James es un Di María con diez kilos más de peso y motor diesel”. Carlo Ancelotti encontró la definición perfecta para justificar la salida del ‘Fideo’ porque el Bernabéu se empezaba a acostumbrar al guante de seda que escondía un cañón inteligente. James Rodríguez había marcado un golazo descomunal a Uruguay en el pasado Mundial, y Florentino Pérez dio la orden definitiva: jugaría en el Real Madrid para convertirse en galáctico. Su adaptación fue vertiginosa, clavando balones en las escuadras con cartabón. Sí, el equipo había perdido velocidad sin Di María, pero había recuperado la elegancia de la zurda de Davor Suker. El colombiano suplía los irritantes aspavientos de Cristiano y las eternas lesiones de Bale; quizá por eso, la grada le cogió cariño. El Madrid no ganó títulos pero sí una inversión con un P.V.P desorbitado pero demasiado rentable. En la planta noble del estadio decían que James era un David Beckham versión latina, con fútbol delicatassen en las botas y patrocinadores cayéndole de los bolsillos. Sin los alardes de una estrella de rock, James sofocaba los incendios de la ‘BBC’ en calidad de actor de reparto. Terminaba con la camiseta empapada y se comía el césped palmo a palmo. En menos de una temporada se había contagiado del ADN del madridismo. El de Juanito.

Y de repente, de la galaxia al ‘galacticidio’. Se fue Ancelotti y James se desnortó. No simpatizó con Rafa Benítez porque, con Carletto, se había acostumbrado a flotar como una mariposa y picar como una avispa. Su mundo se había encorsetado con un entrenador más siderúrgico y que apenas dejaba tiempo libre para el pincel. Además, una desafortunada lesión con Colombia le relegó al vagón de cola. No pertenecía a la guardia pretoriana de Benítez pero jugó el demoledor 0-4 del clásico por aclamación popular. Tarde o temprano la guadaña tenía que caerle. Fue entonces cuando el Doctor Jekyll mutó en señor Hyde. Con una silueta sospechosamente ensanchada, James dejó de entrenar como si no hubiera mañana y prestó demasiada atención a la noche madrileña. El runrún en el club y en las charlas de barra de bar cada vez era más insistente. Su sensacionalismo recordaba al de Robinho, ese brasileño con ínfulas de Pelé que remató su egolatría en una rueda de prensa inolvidable: “Me voy del Real Madrid para ser el mejor jugador del mundo”. El City fue su destino…y su perdición.

El partido de las 12 contó anoche que James quiere abandonar el Real Madrid. Lleva tiempo atrincherado en su realidad y huye de la prensa como de la peste. Intentó lucir abdominales a la salida de una de esas cenas de conjura para demostrar que no está gordo, y aguantó el silenzio stampa con la persecución policial por la M-40 hasta que el club le exigió explicaciones públicas.  Mucho estiércol y poco fútbol; líos a diestro y siniestro, y ninguna crónica generosa sobre el césped. Hace unos meses, en la última convocatoria internacional de Colombia, lanzó un tomahawk  pero fuera del campo: mandó un  recado a Zidane porque allí se siente futbolista y rey Midas de los anuncios.  Pero en Madrid aún no ha entendido que la ópera es demasiado selecta. Si no juega y, peor, no suda, los oídos le seguirán pitando. El galimatías de su cabeza empieza y acaba en él. O en el diván de un psicólogo que le recuerde por qué Florentino Pérez escuchó su nombre en Brasil no hace demasiado tiempo. Como dice Paco González, “es increíble que el Madrid no saque más provecho de este jugadorazo y más aun que él no saque provecho de sí mismo”. 

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Así de injusto, así de real

9 Mayo 2016 por Carlos Vanaclocha

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De repente cayó el Atleti. Con grilletes en las botas tras la batalla de Munich, el Levante emuló a aquel descendido Hércules que en la Liga del 97 mandó al Barça de Ronaldo (sin Ronaldo) a la lona. Un aspirante menos para un título que los azulgranas han alargado demasiado. En el vestuario rojiblanco la consigna no era proclamar la Liga; al fin y al cabo, su misión era subir al podio y permanecer en el torneo de los mayores, en la Champions. Nadie se sorprenderá, entonces, de que hayan tirado sus opciones al retrete. Perdieron, como dijo Koke, porque no tuvieron la misma intensidad de los diez primeros minutos; la intensidad es el primer sacramento de un equipo que violó el segundo: el esfuerzo no se negocia. En las charlas de barra de bar se comparte el concepto de ‘cholismo’ que definió Roberto Palomar en MARCA: “Perder significa ganar”. Cierto.  No hay fracaso en la temporada del Atleti porque no se le exigen copas. Y Simeone usa ese disfraz delante de las cámaras porque se siento cómodo sin asomarse al abismo.

Roger Federer silenció las críticas que le incordiaron hace 2 temporadas cuando batió a Andy Murray en la final de Wimbledon 2014“Parece que todo lo que no sea ganar, es un fracaso; y eso es bastante duro”, sentenció el suizo después de levantar su decimoséptimo Grand Slam. Es la diferencia del Barça y el Madrid con el Atlético. Johan Cruyff motivó el debate y Guardiola lo confirmó: los azulgranas están en esa tesitura en la que perder es fracasar. Y si el equipo más perfecto de los últimos tiempos no ha llegado a la final de la Champions, el doblete (casi nada) se reduce a una escasa guarnición. Así de injusto, así de real. La memoria del fútbol quema capítulos a tal velocidad que la heroicidad del triplete quedó para las videotecas. La gente recordará que Luis Suárez se reivindicó como mejor goleador del año; una liga más para este Barça que las engulle a puñados sólo es una mera estadística. Así de injusto, así de real. Por cierto, los ansiosos de la segunda edición del ‘Tamudazo’ no se han detenido a pensar ni un segundo que este Espanyol no tiene ni a Tamudo ni a De La Peña. Son unos pericos de Hacendado.

Si al Barça le esperan con la recortada en la esquina, el Madrid vive en un Apocalipsis permanente. En diciembre era el ejército de Pancho Villa (comparado con los culés, claro) y  hoy le quedan menos de veinte días para triunfar con el enésimo proyecto faraónico. O todo o nada. Ganar en Milan o morir. Es la “exigencia absoluta que distingue al Madrid”, tal como dijo Arbeloa ayer a pie de campo. Los blancos usaron al Valencia como pista de pruebas y no derraparon del todo porque Kiko Casilla detuvo cuatro balones imposibles. Bueno, el árbitro y él. El portero catalán ha esperado a la penúltima jornada para convencer a Zidane de que no urgen porteros nuevos este verano. Keylor puede eclipsar a De Gea, y Kiko asume con paciencia estoica que lo suyo son la Copa y las migajas ligueras. Pero si en un par de partidos falla o, dicho simplonamente, no para, se le cambia y punto. Así de injusto, así de real.

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El portero de los noventa

4 Mayo 2016 por Carlos Vanaclocha

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“En la primera Champions el balón de Iniesta entró por la escuadra. Hoy hemos disparado treinta veces y nada”. Con ese “nada” Guardiola quería decir Oblak, el gigante esloveno que costó 16 millones de euros hace dos temporadas. Un P.V.P. para llevarse las manos a la cabeza de no ser porque sólo se le puede batir de un trallazo a bocajarro o con un balón rebotado como la falta de Xabi Alonso. Las estrategias espartanas de Simeone empiezan por un muro de contención delante de la portería, y resulta que el Atleti ha construido el más sólido del mercado. Lo saben el entrenador y Gil Marín, quien ha blindado al esloveno con una cláusula de cien millones. por si algún día le tientan los petrodólares del City o el PSG. Pablo Vercellone es el preparador de porteros del ‘Cholo’ y en privado alucina con Oblak, no sólo porque “controla el espacio aéreo” sino porque también saca agilidad felina en balones rasos, de esos que, como dice Vercellone, “lamen la cepa del palo”. Todo se reduce al entrenamiento del Cerro del Espino, no existe más universo que ése para el guardameta de 23 años que repele cualquier pelota por tierra, mar y aire. En el fútbol moderno apenas quedan porteros que bloquen balones sin recurrir al despeje fácil; por eso el estilo de Oblak casi es contracultural, de vieja escuela. Precisamente, Jan tiene dos ídolos de antiguas promociones a los que se ha hartado de ver en vídeos: Bodo Illgner y Francesco Toldo.

Oblak habría sido el paradigma de portero alemán de los noventa. Su gran envergadura empequeñece la portería a los delanteros (que se lo digan a Lewandowski); los córners son su jardín, sobre todo en el área pequeña desde donde otea cualquier amago de peligro. Como dice el propio Illlgner, es un híbrido entre los explosivos reflejos de Oliver Kahn debajo de los palos y los mano a mano de Neuer. Quizá no brille en salidas con los pies ni en jugar de líbero como el gran José Antonio Molina, pero un portero tiene que parar al fin y al cabo, y salvo raras excepciones ‘guardiolistas’, suele ser el más tarugo del once titular. A diferencia de Luis Enrique con Ter Stegen, Simeone no le ha pedido a Oblak que sea portero jugador. No reza como mandamiento de ese flamante estilo de vida llamado cholismo. El Atleti ganó la Liga hace dos temporadas con un Courtois fabricado por la guardia pretoriana del entrenador. Sólo le exigían detener lo parable y lo imposible. Casi nada para un chaval imberbe que sueña con salir del Chelsea, tal vez al Real Madrid.

Colchoneros con solera como Kiko o Abel Resino coinciden en que la presencia de Oblak intimida tanto como la del mítico David Barrufet delante de una portería de balonmano. Sus brazos son tentáculos que apenas dejan ángulos libres para colocar el balón con escuadra y cartabón. Porque marcarle un gol al esloveno exige la precisión de un golfistas de alto nivel, no vale chutar adonde salga. Anoche, después del partido, Oblak ni siquiera se sentía héroe de la eliminatoria; su exagerada humildad no le permiten levitar sobre el suelo ni un instante. Tanto es así que Gabi le vaciló porque no había conseguido atajar el penalti de Müller. Si romper el hormigón de Godín es misión imposible; talar a Oblak es un acto suicida. Por eso el Atleti no pierde nunca y por eso disfruta sufriendo con esa sensación de estar recibiendo puñetazos con anestesia permanente.

 

 

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Messi hace de Xavi

2 Mayo 2016 por Carlos Vanaclocha

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“Messi acabará jugando de Xavi Hernández”. La reflexión en petit comité de un ex alto directivo del Barcelona va cobrando cuerpo. En su versión taciturna, sin voltios para arrancadas explosivas, D10S camina hacia atrás para ponerse la chaqueta de crupier. Manosea la baraja y reparte las cartas con precisión geométrica; tan pronto cambia el sentido del juego con un pase de cuarenta metros como recuerda al mejor Michael Laudrup, con su escuadra y cartabón. Le falta, si acaso, mirar al lado contrario como el danés, pero no tendría tanta personalidad. Dice el maestro César Menotti que cuando Messi se canse del gol, le quedará regalarlos con un lazo. Luis Suárez lo sabe de sobra porque sus pases son casi de la muerte. Es otro Leo que procesa más con la cabeza que con las piernas, una CPU actualizada de Xavi, quien hace unos días se enojó en La Vanguardia: “Messi no hace de Xavi, hace de Messi, ¡qué cojones!”. Si Messi anda, el Barça no corre; y jugando en el hábitat del antiguo capitán, da la falsa impresión de que los azulgranas se han cansado de su temporada, sin ganas de emular al Circo del Sol y sacando resultados como cualquier otro día en la oficina. Se jugó la Liga sin ningún apuro ante un Betis con toalla y chanclas; la inercia de las últimas orgías (0-8 y 6-0) acabará con el título en Granada porque, de lo contrario, el ‘galacticidio’ de Carlos Queiroz quedará a la altura del betún.

El Barça afronta el penúltimo round con su gente y sin fantasmas de ‘Tamudazo’. Más que nada, porque Tamudo ya no juega, ni siquiera un De La Peña de turno que meta miedo. La última vacuna del Valencia en el Camp Nou hirió el orgullo del campeón. De repente, de la noche a la mañana, los azulgranas habían perdido la mirada del tigre por razones fantasmagóricas. Sin rotaciones parecía que la MSN había entrado en fase de oxidación, pero las estadísticas contra el propio Valencia, con un Diego Alves omnipresente, desmintieron el desplome físico. El Barcelona juega según la ley Messi, y aunque Suárez remate balones por tierra, mar y aire, sólo hay un Oscar para el mejor actor. Sucede lo mismo con Griezmann, con un caché inigualable en la alfombra roja de Hollywood. Simeone decidió reservarle hasta que se hartó de la apatía de Oliver Torres y Vietto (quién le ha visto y quién le ve). El Rayo aclaró al ‘Cholo’ que sólo once titulares se desviven por ese grafiti que ocupa todas las paredes del Cerro del Espino: el esfuerzo no se negocia…para casi todos.

En el Madrid la segunda unidad funciona a medias por deficiencias de James.  Es una pena que Zidane no saque más provecho de este jugadorazo y más aún que él no saque provecho de sí mismo. En pocas semanas, después de la Copa América, el técnico tendrá su primera misión: recuperarle en el césped y sobre un diván de un psicólogo. A James le pasa como a Neymar, ambos han perdido el ‘mojo’ de Austin Powers sin un diagnóstico claro. Pero esas cabezas ahora mismo no están bien amuebladas. La de Gareth Bale sí que brilla con testarazos decisivos que le descubren como el mejor cabeceador del Madrid. La recuperación milagrosa de Cristiano es una cuestión nacional, pero Bale está aporreando la puerta para que el madridismo no se olvide de él. El club pagó por él 91 millones con un propósito claro: ser el telonero del portugués hasta que llegara el momento. Así lo quería el presidente. Pero con esa losa de P.V.P, el galés juega para sacudirse las sospechas, una detrás de otra. Lesiones, abulia…demasiados cuchicheos para un gentleman tranquilo, cuyo ritmo de vida corre más lento que dentro del campo. Quizá vaya siendo hora de imaginar un Madrid con Bale sí o sí. 

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Esto es Esparta

28 Abril 2016 por Carlos Vanaclocha

El Atlético de Madrid venció 1-0 al Bayern Múnich en la ida de las semifinales de la Liga de Campeones.

Saúl Ñíguez es la respuesta de por qué Simeone es el entrenador más decisivo de los últimos tiempos. Banquillero discreto, el ‘Cholo’ le convenció con su particular terapia de que podría sustituir sin ninguna vergüenza al lesionado Tiago. Sentado en un diván, Saúl tardó poco en entender que el esfuerzo no se negocia y que, como sucedió con los espartanos de Leónidas, cualquier escudo mal colocado en la facción desarmaría a todos. Partido a partido, el todo terreno rojiblanco se ha convertido en otro prodigio de su entrenador; compañeros como Godín, Giménez, Koke o Griezmann agradecen eternamente a su entrenador que les sacara del montón y, en algún caso, de la nada. Un día después del gol ‘maradoniano’ al Bayern, a Del Bosque le plantean un debate improvisado: la selección necesita un trotón que recorra kilómetros con sentido y Saúl debe ser el elegido. La primera parte de anoche fue la enésima prueba de que la plantilla ha asimilado para sí el mensaje institucional de Arbeloa que parafraseó de J.F. Kennedy: “No te preguntes qué puede hacer el Atleti por ti, pregúntate que puedes hacer tú por el Atleti”.

Simeone nunca habla en vano y en su Arte de la Guerra demostró a Guardiola que “la guerra la gana el que utiliza mejor a sus soldados, no el que más tiene”. Precisamente, la táctica de Pep se hundió en los últimos minutos por llenar el área de Oblak de delanteros, no ‘falsos’ como a él le gusta y sí demasiado descarados para intentar cazar un balón. Reaccionó tarde el Bayern al empuje inicial del Atlético y su habitual resaca de mar que poco a poco arrastra a cualquiera a donde quieren los rojiblancos. Bastó un puñado de minutos para que la pizarra de Guardiola se llenara de tachones y los alemanes se sintieran paracaidistas aterrizados en Vietnam, sin saben dónde está el norte y el sur. El fútbol de alcantarilla tantas veces criticado a Simeone es, en realidad, el sacrificio de extenuantes entrenamientos en los que un solo jugador sin fuelle no es apto en la manada. Así se explica el ritual sagrado de que todos, titulares y suplentes, pasen por la báscula a diario. Si Mourinho es un obseso de la presión “alta, media y baja”, tal como él acuñó en el Real Madrid, al ‘Cholo’ no me molesta descubrirse como un alumno aventajado. La letra pequeña de este sistema es que corre riesgo de caducidad a partir de la hora de juego: de ahí que el Atlético retrasara líneas hasta sentirse acorralado por el Bayern, tal como le sucedió contra el Barcelona. Podría parecer suicida, pero no con  el argentino.

A la pregunta del principio, cada argumento pesa más que el anterior. En el atrevimiento de Saúl en una jugada sin peligro, en tierra nadie, Simeone es la explicación. Cada fichaje surge de una cuidadosa selección de guerreros que superan una criba, casi como los espartanos recién nacidos. Augusto jugaba en el Celta hace unos meses y parece que lleva una década en este Atleti. Es el muro de contención que encuentra el rival antes de arañar, si quiera, la defensa. Fernando Torres, sospechoso a principio de temporada, le ha devuelto la confianza a su entrenador en una misión hercúlea pero simple: enfangarse en el trabajo defensivo y sacar fuerzas para contraatacar. Lástima ese balón al palo de Neuer. Y hablando de porteros, Oblak sigue siendo el portero más caro de la Liga española, pero quién en su sano juicio se atreve a discutir su P.V.P de 16 millones. El club le ha blindado con una cláusula de cien, ¿exagerado? Con Simeone detrás, todo es premeditado. ‘Ya caerán’, decían los criticones acostumbrados a la guerra de dos mundos (Madrid y Barça).) Pero resulta que esa hormiga que intentaron pisotear sigue correteando.

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Héroe o fusilado

25 Abril 2016 por Carlos Vanaclocha

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“Este tío va a ganar un puñado de Balones de Oro”. A John Benjamin Toshack le sobró medio partido para anunciar al mundo su creación. La prensa galesa que cubría a la selección nacional ya estaba curada de espanto de la socarronería y, a veces, fanfarronadas de J.B. Demasiado circo en unas ruedas de prensa que, al menos, anestesiaban los cabreos de las plumas más afiladas. Gales siempre había sido un sparring  ‘facilote’ y no había razones para intuir lo contrario, ¿o sí? Los británicos acababan de ganar a Trinidad y Tobago por un pírrico dos a uno en el antiguo estadio Arnold Schwarzenegger de Graz (Austria), y a tenor del bodrio y la aburrida interpretación que pudiese hacer Toshack delante de las cámaras, un periodista le preguntó por el debut de ese lateral izquierdo de 17 años del Southampton que prometía como tantos otros. Su respuesta alivió las soporíferas crónicas, más si cabe, cuando el propio seleccionador advirtió que no se trataba de otra vacilada más. El ex entrenador del Madrid profetizó que algún día el chaval costaría a pretty penny, es decir, un ojo de la cara; fue entonces cuando algunos reporteros se dieron cuenta que quien hablaba era el ‘viejo John’, el bromista que tenía ocurrencias para todo. La siguiente pregunta vino a colación de la primera: “¿Cree que un defensa como Gareth Bale podría valer tanto?”. La respuesta no la habría acertado ni una médium: “¿Quién dice que va a acabar como defensa?”.

Zidane no ha querido hacer pruebas de laboratorio con el galés: le intenta acorralar en la izquierda para que arme sus tomahawks de manera natural, donde el disparo puede coger más ángulo endiablado. Y Florentino Pérez sueña con que su fichaje de 91 millones (reconocidos por Football Leaks), deje de arrastrar su P.V.P con grilletes. Le trajo para mezclar un cóctel explosivo junto a Cristiano y el resultado ha salido insípido de momento. Da la sensación de que Bale se agiganta sin CR7, moviendo sin aduanas por cualquier palmo del césped. En estático puede soltar un zurriagazo (el balón al palo de Vallecas); en contraataque y sin campos minados revienta cualquier candado. Y, además, su salto de manual le deja como un gran cabeceador, marcando los tres tiempos como lo hacía Morientes. Quizá Guardiola se refería a Bale cuando dijo que el Madrid era un “grupo de atletas”; desde luego, ningún velocista del Bayern supo pararle en aquel escandaloso 0-4 de Munich. El mejor Bale todavía es un enigma porque sus músculos se tensan y destensan como un chicle; siempre al filo de la lesión, necesita las condiciones perfectas de Usain Bolt para romper la barrera del sonido.

Cristiano suele comentar en público que Benzema es su socio preferido y no se esfuerza en tirarle flores. Bale aún es un ente extraño que, como dice su representante Jonathan Barnett, “él se fabrica las jugadas y él las ejecuta”. Y como las grandes estrellas, necesita sus ratos de ego para atraer la atención del madridismo. Contra el Rayo actuó de líder y supo galopar marcha atrás para no fracturar al equipo; cuando el partido se rompió definitivamente, al galés aún le sobraba gasolina para volar sobre el césped. La paradoja es que si no hubiese sido héroe, a esta hora le habrían fusilado sin nadie que le prestase un chaleco antibalas. Bale busca inmortalizarse en un póster como Zidane con su volea; al fin y al cabo, su esprint en la cara de Bartra en la Copa de Mestalla no tuvo las proporciones bíblica del cabezazo de Sergio Ramos en Lisboa. El Madrid se ha dado cuenta que la Champions no sólo se gana con el CR7.

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