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Un precio demasiado alto

20 Mayo 2013 por Carlos Vanaclocha

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José Mourinho siempre se ha regido por un principio que cautivó al mundo del fútbol americano a finales de los cincuenta. La idea (y la frase exacta) vino motivada por ‘el motivador’, valga la redundancia. Vince Lombardi, el mejor entrenador en la historia de ese deporte, dejó para la posteridad una declaración de intenciones que hoy día es el maná ideológico para las grandes multinacionales norteamericanas: “Para alcanzar el éxito, en cualquier cosa que te propongas, has de pagar un precio, a veces muy alto”. Lombardi consiguió transformar un equipo mediocre, los Green Bay Packers, en uno de las dinastías más recordadas en el Salón de la Fama del fútbol americano, ganando cinco campeonatos durante la década de los sesenta. Pero el mérito de este entrenador fue cambiar la actitud de sus jugadores, convenciéndoles de que eran mucho más competitivos de lo que demostraron en las temporadas anteriores; esos títulos los ganaron los mismos hombres que años antes eran silbados e insultados sin piedad en su propio estadio. Mourinho entendió el mensaje con olor maquiavélico en el Chelsea, Inter de Milan y, por supuesto, en el Madrid. Así se lo transmitió a Florentino Pérez; no en vano, el presidente se dejó seducir por el brillo del currículum del portugués. Sabía que tarde o temprano el carácter volcánico de Mourinho le obsequiaría con títulos, quizá la ansiada ‘Décima’. Lo que jamás intuyó el presidente es que él mismo se haría cómplice del entrenador en la filosofía Lombardi: “Ganar no lo es todo; es lo único”…pero a un precio demasiado caro.

Un directivo actual del Real Madrid auguró noches orgiásticas en el Bernabeu con la llegada de Mourinho; se confundió, claro. Y tampoco atinó cuando, emocionado por aquel abrazo entre el portugués y Materazzi en el parking del estadio minutos después de conseguir la Champions, imaginó con preocupación un futuro post-Mourinho. Los precedentes en Londres y Milan corroboraban su tesis: en septiembre de 2007, días después de que Roman Abramovich le despidiese, el núcleo duro del Chelsea, representado por John Terry, dijo que “el corazón del Chelsea se vería afectado por la marcha del técnico” y que “sería difícil recuperar el espíritu que Mourinho trajo”. Abramovich y su empleado formaron un matrimonio sólido, creíble, casi idílico. Sin embargo, el multimillonario ruso quiso meter mano en la piña que había logrado Mourinho, endilgándole a Shevchenko, y fue en ese punto cuando se desataron las hostilidades que acabaron en su marcha un año después. Con el presidente Moratti fue diferente: Mourinho fue coronado césar en Milan y, en fatal consecuencia, sus ínfulas de poder alcanzaron cotas inimaginables. Si hubiera permanecido en el Inter, su egocentrismo se habría estancado; hacía falta un reto más ambicioso: el Real.

El pasado jueves, víspera de la final de Copa, Florentino Pérez acudió a un acto protocolario junto a Enrique Cerezo en el ayuntamiento de Madrid. Coincidía a la misma hora que la esperada rueda de prensa de Mourinho en el Bernabeu. Justo en el instante que el club anunció que sólo comparecería Sergio Ramos, varios periodistas que estaban en el ayuntamiento se lo comunicaron al presidente para sorpresa de éste. El gesto de Florentino fue de resignación, como si quisiera decir: “Bueno, una más”.  Puede que en estos días de penitencia merengue, el mismo mandatario que fichó a Mourinho y le invitó a subir a su coche segundos después de que éste llorase abrazado a Materazzi, piense que ha sido devorado otra vez por un monstruo creado por él mismo. Lo confesó la noche que dimitió por ko técnico en 2006, alcanzado por la onda expansiva del galacticidio. Es muy improbable que repita el error público de contarlo; sobre todo, porque no le conviene llevarse mal con Mourinho en versión pendenciera. Así que, una vez que el PSG acuerde con Ancelotti la salida de éste, a Florentino le bastará decir delante de un micrófono: “Mourinho, gracias por los servicios prestados”. Esperamos que no añada “ésta seguirá siendo tu casa”, por el bien de Casillas, Ramos, los portugueses…En fin, de todos.  

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Primicia: la ‘conjura del Filandón’

15 Mayo 2013 por Carlos Vanaclocha

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La ‘conjura’ del restaurante Filandón es la noticia más potable que la prensa publica en la semana del derbi. Tanto ha cambiado el periodismo, que una comida pactada por el vestuario del Madrid desde hacía semanas ha disparado todas las interpretaciones de sus trapos sucios. Los jugadores acordaron que los nuevos fichajes (Modric, Essien y Diego López) pagaran una comida que no incluía a Mourinho y su cuerpo técnico. Hasta ahí la lectura. No obstante, el sensacionalismo que envuelve al Madrid se ha convertido en el filón mediático por excelencia: la gente, al menos la merengue, está más pendiente del careto del entrenador si Casillas levanta la Copa que del partido en sí; una vez perdida la Liga y tras la debacle de Dortmund, la enésima pelea madrileña entre gigantes y liliputienses se intuye un deber del Madrid para no caer en la vergüenza (así piensa el madridismo). Pero el caso es que la foto que publicó Sergio Ramos en su twitter da para una película: ¿quién en su sano juicio iba a pensar hace dos años que españoles y portugueses se animarían a compartir mesa y mantel? Entonces, Mourinho todavía ostentaba el poder faraónico sin ninguna rebelión a bordo; tan sólo la guerra de trincheras pregonada desde Madrid y con Casillas como líder de un bando, y Pepe, Cristiano, Marcelo, Carvalho, entre otros, como pretorianos del entrenador. Ésa foto ha dejado suficiente ‘información’ para cubrir horas hasta que llegue el viernes.

Y sin posibilidad de entrevistas, la opción de carrerilla es revivir las copas del pasado, sobre todo la última, la de la excitación atlética. Emilio Butragueño comentó una vez que aquella derrota del Bernabeu del 92 ni mucho menos fue motivada por la charla de Luis Aragonés a pecho descubierto en el vestuario colchonero. El ‘Sabio de Hortaleza’ borró el galimatías táctico que había dibujado en la pizarra para exigir a sus jugadores que se “dejaran los huevos” por sus afición. Sin embargo, el ‘Buitre’ insinuó que el desastre de Tenerife una semana antes de la Copa originó un terremoto en el madridismo de magnitud nueve en la escala Richter, ¡cómo molaban las anécdotas de antaño! Por eso, durante estos días Schuster y Futre ejercen de muñecos de la prensa, los personajes que ponen cara y ojos a la final del viernes. Porque si hay que fiarse de los departamentos de comunicación…

No hace mucho tiempo que el fútbol era un deporte normal para los medios de comunicación. En semanas especiales cualquier periódico, tele o radio podía planificar una final entrevistando a los presidentes un día, los entrenadores al siguiente y a las estrellas de los equipos el tercero: protagonistas a tutiplén para vender al público un partido con algo de gracia. Pero en pocos años los clubes se han cerrado herméticamente, quizá por la masificación de medios (los periodistas queremos creer esto) o la desconfianza ciega de los jugadores a decir o insinuar algo que pare las rotativas. Hoy más que nunca, los programas deportivos se atiborran de ‘exclusivas’ hasta el extremo de que la maldita palabra ha perdido toda su fuerza. Antes, apenas se daban un puñado de primicias por temporada; ahora no hay noche que los periodistas presuman en sus medios y en el twitter de que ‘yo lo dije antes’. Y como de toda esa masa pastosa sólo valen dos o tres informaciones, pues los clubes no están por la labor de poner jugadores delante de la cámara. Al menos, para la final del viernes el Atlético ha tenido el detalle de sacar a dos futbolistas a rueda de prensa…el Madrid ni eso, ¿para qué, verdad?

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El comienzo tenebroso de Ferguson

11 Mayo 2013 por Carlos Vanaclocha

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El fútbol regala momentos de inflexión que cambian para siempre la vida de ciertos personajes: le sucedió a Iker Casillas salvando la Novena en Glasgow con varias paradas milagrosas; el brasileño Ronaldo regresó al estrellato gracias a una cantada de Kahn en la final del Mundial del 2002; Vicente Del Bosque fue elegido entrenador interino en el año 2000 y consiguió contra todo pronóstico la Champions de París contra el Valencia y Louis Van Gaal salvó su cabeza por un cabezazo de Xavi Hernández en Valladolid, valga la redundancia. El ya mítico Sir Alex Ferguson también estuvo a punto de ir directo al cadalso si su jugador Mark Robins no hubiese marcado el gol más decisivo de la historia contemporánea del Manchester United. Sucedió en el estadio City Ground de Nottingham, donde los diablos rojos afrontaban con piel de cordero la tercera ronda de la Copa inglesa del 90. El técnico escocés intuía el duelo como un ultimátum a su gestión fallida; directiva y afición se habían hartado de tres temporadas sin botín alguno y no iban a tolerar la solera de otro año más a ciegas. El ambiente no podía estar más inflamado; sobre todo, a raíz de una derrota contra el City en liga por 5-1 que motivó en Old Trafford la exhibición de una pancarta de proporciones considerables que rezaba: ‘Tres años de excusas y esto todavía es basura”.

El propio Ferguson describe sus principios al frente del United como su “etapa más oscura”. Aquella agónica victoria con el cabezazo de Robins eliminó al Nottingham y puso en órbita a un Manchester que rompería el maleficio de los títulos en Wembley, en la reedición de la final de desempate contra el Crystal Palace. Años más tarde, el legendario Gary Pallister, íntimo amigo del entrenador, desveló en público una conversación que mantuvo con su mister en la víspera de Nottingham y en la que le insinuó que una derrota más y “el periodo de Alex Ferguson habría sido uno de los más lamentables en los anales de la historia”. La sombra del idolatrado Matt Busby era demasiado alargada para Ferguson, a quien la prensa sensacionalista no paraba de recordarle las gestas del mejor entrenador de la historia del Manchester. El escocés fue tragando quina hasta que un día rompió su diplomacia con los periodistas: “Muchos en los medios creen mis errores han contribuido a este descalabro”, afirmó después de un empate contra el modestísimo Luton Town que relegó al Manchester a la segunda plaza del campeonato en favor del Leeds. A pesar de la Recopa de la campaña anterior contra el Barça de Cruyff y la Copa de la Liga del 92, los directivos del United exigieron a Ferguson una liga inglesa que no conseguían desde hacía ¡veinticinco años!

Paul Ince, uno de los jugadores franquicia del Manchester a principios de los noventa, comentó una vez a un corrillo de periodistas que la hegemonía liguera del Liverpool era “un hecho del que podían presumir en Anfield” y que, por qué no confesarlo, “daba envidia sana”. Sus palabras venían propiciadas por una pancarta que, precisamente, la grada The Kopp de Anfield desplegó en un Liverpool-United de enero de 1994 y que decía: ‘Au revoir Cantona y Manchester United, Volved cuando ganéis 18’. A partir de ese instante, el pensamiento de Ferguson sólo contemplaba una obsesión: “Mi gran reto no tiene nada que ver con lo que está pasando, mi reto más grande es bajar al Liverpool de su puta posición, Y puedes imprimir eso”, espetó en una entrevista. Su colega y paisano del Liverpool, Graeme Souness, soltó una carcajada cuando le contaron el reto de Ferguson; no hizo falta ni una sola réplica. En 2011, cuando Alex se coronó rey de las Islas con la Premier número 19 del club (13 particular), preguntó con socarronería si Souness no tenía nada que decir ahora.

Superar al Liverpool ha sido la gran liberación de Ferguson, pero no la única. Cuando un entrenador va adquiriendo demasiada relevancia pública, las comparaciones con los antecesores se hacen odiosas. Tal cual le sucedió con su admirado Matt Busby que falleció en 1994. Alex soñó que, al igual que Busby, él también podría ser reconocido Sir por la monarquía británica. Su aportación al mundo del fútbol era más evidente a medida que el Manchester extendía su dominio en Reino Unido. Pero faltaba la culminación definitiva, que sólo podía comprenderse ganando en el viejo continente. “No puedo creerlo, no me lo creo. Fútbol. Maldita sea”. Fueron las únicas palabras que pudo articular Ferguson sobre el césped, después de que el mundo hubiese observado en el Camp Nou los tres minutos más locos de la historia de la Champions. El entrenador del United escupió su enésimo chicle (dicen que ha mascado más de catorce mil) cuando Solskjaer batió a Kahn y conseguía la remontada más milagrosa jamás imaginada. Entonces supo que había llegado su hora, el momento de ser recibido en Buckingham Palace para alcanzar el carisma de Sir Matt Busby. La reina Isabel II le nombró caballero de la orden del Imperio Británico: ya era Sir Alex. Precisamente, fue en ese acto donde reveló la arenga que había soltado en el vestuario durante el descanso de la final, cuando el Bayern de Munich ganaba por 1-0: “Al final de este partido, la Copa de Europa estará solo a unos metros de vosotros pero no podréis ni tocarla si perdemos. Para muchos de vosotros ésta será la mejor oportunidad de vuestra carrera. No os atreváis a volver aquí sin haberlo dado todo”.

Haber sido nombrado Sir reportó a Ferguson un estatus diferente; se había convertido en uno de los grandes personajes públicos de la sociedad inglesa. Tanto fue así que cuando el primer ministro Tony Blair dudaba qué hacer con Gordon Brown, pidió consejo al entrenador del United, laborista acérrimo. “¿Qué harías tu si tu mejor futbolista, por muy brillante que sea, hiciera lo que le diese la gana sin escucharte?”, le preguntó Blair: “Apartarle del equipo”, respondió con contundencia el escocés. Poco le importaba trasladar su ingenio a asuntos políticos e, incluso, musicales. El archifamoso Liam Gallagher, del mítico grupo Oasis y fiel seguidor del Manchester City, resumió una victoria de su equipo en un derbi diciendo que a Ferguson “las luces le debieron cegar porque se debió pasar por el whisky”. Informado de estas declaraciones, Sir Alex contraatacó: “¿Y éste qué demonios pinta aquí?”. Otra vez, cuando Nicolas Anelka jugaba en el Arsenal,  fue preguntado si le gustaba la forma elegante de correr que tenía el delantero francés, parecida a la de un puma. La salida de Ferguson fue genial: “Yo recuerdo la primera vez que vi a Ryan Giggs, tenía trece años y flotaba por el campo como un cocker spaniel detrás de un papel de aluminio que lleva el viento”. Una vida de genialidades dentro y fuera del campo, que siempre agradecerá a la cabecita de Mark Robins.

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Pepe lo comprendió: conmigo o contra mí

6 Mayo 2013 por Carlos Vanaclocha

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“No me gusta hablar mucho de jugadores que no juegan, pero tengo que decir lo que me parece, que es la verdad. El equipo con Pepe juega más alto; el equipo con Pepe no tiene miedo de dejar espacios a sus espaldas; el equipo con Pepe presiona mucho más;; el equipo con Pepe recupera balones más rápido; el equipo con Pepe es más peligroso en ataque”. Eran otros tiempos, pero incluso la apología de Mourinho a un jugador que, en febrero de 2011, llevaba lesionado mes y medio causó demasiado revuelo. Sucedió en la previa de un partido copero contra el Sevilla y el central ni iba a jugar ni se le esperaba. Entonces, Pepe pertenecía a la guardia pretoriana de un entrenador al que le sobraba simpatizar con sus compatriotas Cristiano y Carvalho. El resto del vestuario también le tenía en palmitas, quizá eclipsados todos ellos por el aura de ‘recolector de títulos’ que destaca en negrita en su currículum. Curiosamente, en aquellas fechas Iker Casillas también mantenía una relación afable con Mourinho, hasta el punto de soltarse chascarrillos. En una concentración Iker insinuó que las vísperas en los hoteles a veces se hacían demasiado pesadas; Mou le replicó con una sonrisa: “Cuando te cases, agradecerás las concentraciones”.

Sin duda, ese Madrid estaba comprometido con dos causas: la Champions y/o robarle hegemonía al mejor Barça de todos los tiempos. El orden exacto no lo sabremos hasta que Mourinho conceda su primera entrevista post-Real Madrid y desvele cuál fue la intención real del presidente Florentino; la más importante, la que le debió confesar dentro de su coche cuando le recogió en el parking del Bernabeu un rato después de que Mou se coronase rey de reyes con el Inter de Milan. Ganar a cualquier precio, ése fue el principio por el que se rigió Florentino a tenor del desastre de la temporada anterior que se llevó por delante a Pellegrini y la credibilidad de Jorge Valdano. Precisamente, con el argentino comenzó la guerra: conmigo o contra mí. Poco tardaron los jugadores en comprenderlo, algunos más tiempo que otros. El caso es que dentro de esa corriente maniqueísta que no concebía tonos grises (cualquier decisión debía ser extremista) Casillas y Sergio Ramos se desmarcaron porque entendieron que las actitudes macarras chirrían en el Real Madrid. La llamada a Xavi Hernández para acabar con la guerra civil desatada en el rally de los clásicos y culminada en la Supercopa del 2011 desató la ira de un Mourinho que tildaba al Barça de enemigo. Casillas discrepó entendiendo que el buen ambiente de la selección podía fracturarse. En ese instante, el portero cavó su tumba y Mourinho, muy hábil en el manejo de las situaciones, no se vengó con descaro: esperó paciente hasta que un mal momento deportivo de Casillas le sirviese de coartada. Tardó en llegar más de un año, en el partido contra el Málaga de las pasadas navidades.

Sergio Ramos también va por libre desde hace tiempo. Castigado al palco por actuar con subversión, el central sevillano nunca se ha traicionado a sí mismo; su franqueza le delata y honra a la vez. Aquella portada de MARCA que transcribió una bronca entre Mourinho y el jugador en un entrenamiento desenmascaró su relación. Ramos se hartó que su jefe les pusiera a parir cada dos por tres; que fueran los jugadores sin el técnico quienes tuviesen que tragar quina. Y desde entonces, no ha querido problemas pero tampoco se ha callado, como el día después de Old Trafford, cuando Mou espetó que el justo ganador habría sido el United. Entre medias, un gesto ‘rebelde’: en el Madrid 5-Depor 1 Ramos llevó debajo de la camiseta otra en apoyo a un Özil deprimido por haber sido señalado en un par de derrotas. En ese mismo partido, Pepe, todavía ferviente seguidor de la yihad ‘mourinhista’, marcó un gol y se dirigió al banquillo para abrazar a Mourinho. A ojos del espectador, el gesto se intuía como una guerra de trincheras entre los acólitos del técnico y el bando español, que no contaba con Xabi Alonso ni Arbeloa.

Pepe hizo méritos suficientes para ganarse el favor eterno de su entrenador, o eso debió pensar. Porque una mala decisión del defensa originó la cruzada que anunció el pasado sábado. A finales de año Pepe se lesionó del tobillo derecho y Mourinho, consciente de la necesidad de recuperarle cuanto antes, le recomendó operarse antes de las vacaciones de Navidad. El futbolista ignoró el consejo y entró en quirófano el 02 de enero. Obviamente, el cabreo del técnico alcanzó proporciones bíblicas: Pepe ya no iba a gozar nunca de bula papal. Sus declaraciones defendiendo a Casillas son un paso de valentía ante el acoso y derribo que está sufriendo el capitán. Por supuesto, los ‘mourinhistas’ lo consideran alta traición. Pepe ha asomado la cabeza en un momento en el que Mourinho no puede ejecutar el efecto de acción-reacción: si no vuelve a jugar más esta temporada podrá pensar que tampoco tenía la forma física adecuada, muy por debajo de Ramos y Varane. Es curioso cómo la gente descubre de bruces la verdad. Ese vestuario, sin conjurarse con el cuerpo técnico, ha comprendido que no podía seguir hecho un cristo.

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Cruyff intuyó bien, ¿y Tito?

3 Mayo 2013 por Carlos Vanaclocha

Pretemporada de 1994. El Barcelona se estrena en Holanda con la intención de perpetuar el Dream Team sin el tránsfuga Laudrup y con Romario jugando al fútbol-playa en Copacabana al calor de la verbena mundialista. El despido fulminante de Zubizarreta tras su deplorable actuación en la final contra el Milan  (se lo comunicó Gaspart en el autobús que trasladó al equipo a la terminal recién aterrizado de Atenas) y la salida del danés apenas inmutaron a Johan Cruyff, quien todavía confiaba en su eje Koeman-Guardiola-Stoichkov para encontrar más momentos de gloria. Pero aquel amistoso de agosto cambió de un plumazo las expectativas del técnico holandés: los azulgranas abrían fuego contra el Groningen, equipo de media tabla, y nadie habría presagiado al descanso una de las mayores catástrofes en la historia de los bolos veraniegos. El Barça se metía en la caseta con un 4-0 adverso merced a una defensa de cartón-piedra (Geli, Nadal, Koeman y el debutante Sergi Barjuán) y, sobre todo, a la actuación tragicómica del ‘meta de balonmano’ Carles Busquets.

Cuentan que durante el descanso Johan ni señaló ni sermoneo a ninguno, tampoco hubo arenga alguna: simplemente nombró a todos los que jugarían en la segunda parte. Al final, Gica Hagi, el fichaje estrella de ese año, solucionó el desastre con un alocado 5-5. Cruyff no tardó ni diez minutos en dar la rueda de prensa y soltar que su intención era la de “matizar el equipo”, pero que la primera parte “le había dejado claro quién era quién en ese equipo”. La intuición del holandés no le traicionó: aquello fue el principio del fin para un grupo que había rozado o, mejor dicho, tocado la perfección estética al primer toque. ¿Hartos del éxito? Guardiola dijo hace dos días en Bogota que todos se cansan y que la gracia de su vestuario fue seguir con esa ansia. Sin embargo, el ex técnico advirtió que su Barça también debía ser “matizado”; no en vano, propuso a la directiva de Sandro Rosell una pequeña criba para evitar complacencias o posibles ‘elementos distorsionadores’. Vamos, sacar de allí a gente como Piqué y Dani Alves, cuyo rendimiento había bajado quizá por un estilo de vida disoluto.

El propio Piqué pidió “decisiones”. Siempre sincero y a veces políticamente incorrecto, el central hizo honor a la genial frase de Moneyball con la que el dueño de los Red Sox resume a Brad Pitt su cruzada revolucionaria en el negocio del béisbol: “El primero que rompe el muro sale sangrando”. Piqué reconoció en caliente (instantes después del pitido final) lo que la directiva no se atreve a revelar hasta que canten el alirón. La prensa agradece contar con futbolistas que den titulares, ése es buenísimo, pero es lógico que al Barça no le haya hecho ni pizca de gracia, y menos a Rosell, que echó balones fuera en el micrófono de Mónica Marchante al ser preguntado por esas declaraciones. El jugador dijo lo que su afición barruntaba y los jefes temían desde hacía semanas, las que han contemplado una sola victoria en la fase decisiva de la Champions. Lo dijo, pero no debió hacerlo: política de cualquier de empresa. ¿Os imagináis que un encargado de Zara recomiende a Amancio Ortega cambios en Inditex? Piqué cobra para jugar; las decisiones las toman arriba, empezando por Tito Vilanova.

La cuestión es Messi, siempre Messi. Por algo es el mejor del mundo y quizá de la historia. Pero la segunda eliminación consecutiva deja una lectura preocupante: la puesta a punto del crack argentino. El público se pregunta por qué el Barça no ha contado con todo el talento de su estrella. Falló su dosificación y su recuperación. Leo ya ha reventado cualquier estadística imaginable, así que nadie le reprochará seguir superando sus propios números. Sólo de ese modo el Barça recuperará su perfección; bueno, con eso y los retoques del próximo curso. Entonces, sabremos si la intuición de Tito es tan certera como fue la de Cruyff.      

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Mourinho piensa en Mourinho

1 Mayo 2013 por Carlos Vanaclocha

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“Con el 6-1 muchos nos humillaron, pero el Madrid ha levantado la cara y ha demostrado por qué la afición confiaba en nosotros”. Florentino Pérez se levantó de su asiento en el palco y aplaudió durante unos minutos a su equipo, ignorando los saludos protocolarios del presidente del Zaragoza y demás personalidades que acudieron a la ‘casi remontada’ copera. Los jugadores y el entrenador, Juan Ramón López Caro, se dirigieron al centro del campo y correspondieron al Bernabeu levantando los brazos en señal de agradecimiento; el Madrid caía eliminado en semifinales pero el madridismo, empezando por su presidente, henchía el pecho de júbilo: el 4-0 les dejaba ko pero la lección de esa noche quedaría como un bonito y cariñoso episodio en la enciclopedia blanca. Florentino entendió que él debía lanzar el primer mensaje a la afición; en tiempos convulsos, con el galacticidio en pleno apogeo, el presidente bajó al vestuario a animar a los suyos y después salió por la puerta de honor para darse un baño de masas. Tenia que recompensar a una gente desesperada y desencantada. Incluso, el interino López Caro insistió en rueda de prensa en la “gran cagada” de La Romareda; para él no había consuelo posible.  

José Mourinho sigue haciendo honor a su apodo de Special One. Ni una palabra de agradecimiento a los ochenta mil hinchas que reventaron anoche en el Bernabeu; ni un palmadita en la espalda a sus futbolistas y ni un gesto cómplice con su jefe, aunque fuese de cara a la galería. Mourinho piensa en Mourinho, después en Mourinho y, por último, en Mourinho. El cambio de Xabi Alonso por Khedira cuando el partido moría con 0-0 es la máxima expresión del galimatías táctico que ha planteado en esta eliminatoria. Eso y que en una plantilla de inversión millonaria el once titular del partido más importante de la última década (Mou dixit) tenga a Essien de lateral derecho y Coentrao en el izquierdo. Chirría de verdad. Lo que no sorprende es ver a Xabi pulular por césped desde el primer minuto tan fatigado como los etíopes en la meta de los maratones. El plantel técnico ha intentado dosificarle pero la planificación ha salido rana: suena ventajista pero todos, prensa y afición, intuían desde hacía demasiado tiempo que la prioridad del club debía ser encontrarle un sustituto de refresco. Le pasa como a Sergio Busquets: es tan bueno que da miedo prescindir de él aunque sea contra un Segunda ‘B’…el problema surge cuando su rodaje acumula más de cincuenta partidos incluyendo los de España.

Pero nada de lo anterior podrá ser puesto en boca del entrenador. Anoche, en la entrevista con Televisión Española, amagó con emprender la enésima campaña arbitral contra la UEFA por una mano clarísima que se tragó Howard Webb. Precisamente ayer, que Mourinho no debía tener ni un solo reproche arbitral, al contrario que Lewandowski, cuya cara de hormigón recibió continuos manotazos de Sergio Ramos y alguno más. No obstante, el sevillano se ganó el favor eterno de la afición saciándola con lo que más le encandila: huevos. Ramos va adquiriendo a pasos agigantados el carisma (y las manías) de Fernando Hierro: su abrazo de desconsuelo con Iker Casillas delata que en el futuro será el gran capitán de esta nave, muy a pesar de Mourinho, a quien no secunda ya ni siquiera Cristiano Ronaldo. El portugués ha asimilado durante esta temporada una nueva virtud: el compañerismo. Y cuando falla, como anoche, pide perdón público explicando que “sólo quería ayudar al equipo”. Además, en ningún momento cayó en el renuncio o la soberbia de reconocer que jugó lesionado. Eso le honra, a la inversa de su entrenador, a quien sólo le preocupa “sentirse querido”. El año pasado renovó hasta el 2016 porque estaba a gusto (y a leches con la prensa), ¿entonces qué ha cambiado? La respuesta está dentro del vestuario y no son sólo Casillas y Sergio Ramos.

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Ancelotti, nuevo gentleman en el Bernabeu

29 Abril 2013 por Carlos Vanaclocha

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“No estoy preocupado por mi puesto, pero no sé hasta cuando Roman Abramovich mantendrá la paciencia. Obviamente ahora no estará feliz: yo tampoco lo estaría”. Muy pocas veces un entrenador de alto nivel y salario estratosférico se resigna a describir su cruda realidad sin poner objeciones ni excusas baratas. Y en el caso de Carlo Ancelotti, sus declaraciones suelen francas y creíbles dada su apariencia bonachona y afable. No es un tipo que caiga mal al público; al revés, en París aprendió rápido el francés y lo suele hablarlo para bromear con los periodistas que siguen al Paris Saint Germain. Si Fabio Capello siempre ha demostrado su apariencia de Clint Eastwood en El Sargento de Hierro dentro y fuera del campo, Carletto busca momentos de hilaridad para cortar la tensión. Así lo demostró en su última rueda de prensa de Champions, cuando en medio de la tormenta de rumores que colocaban a Mourinho en el banquillo parisino la próxima temporada, ironizó sobre una información de L’Equipe que aseguraba que Mou había enviado al PSG vídeos sobre el Barça, su rival en cuartos de final. “Todavía estoy esperando los informes del portugués”. Las risas en la sala de prensa contagiaron hasta al avinagrado delegado de la UEFA.

Anoche Joseba Larrañaga anunció en El partido de las 12 que Ancelotti será el entrenador del Real Madrid la próxima temporada. Ya hay acuerdo pero todavía no está firmado. Es vox populi que Florentino Pérez exige unos requisitos imprescindibles en su permanente casting de entrenadores: saber dominar los egos de un vestuario, lucir palmarés, mantener un prestigio acorde a la imagen del club y, sobre todo y a tenor de los últimos acontecimientos, ser buen relaciones públicas (facultad importantísimo dada la guerra de obuses entre Mourinho y la prensa). Desde luego, Ancelotti no va a perder el tiempo en enfrascarse en un fuego cruzado contra los periodistas, porque, como suele decir, “mi primer hobby es el fútbol y el segundo, disfrutar de los placeres de la vida”. No obstante, hay aficionados que no entienden su filosofía, como por ejemplo, una socia del Chelsea que no consintió que el propio Ancelotti se sentara en su asiento de Stamford Bridge durante un partido del equipo sub-18. “Entiendo el enfado de la señora, va con el cargo”, explicó el técnico italiano cuando le preguntaron por la anécdota. Ocurrió durante su segunda temporada en Londres, en la que no ganó ningún título.

Ancelotti no es ninguna novedad en los despachos del Bernabeu. Su nombre sonó con fuerza en los últimos tiempos de su primer mandato, cuando el galacticidio devoró a Queiroz, Camacho, García Remón, Vanderlei Luxemburgo y López Caro. Pero las exquisitas relaciones entre Adriano Galliani y Florentino impidieron el fichaje del entonces entrenador milanista. Allí todavía es venerado por una hinchada que vivió días de vino y rosas con dos Champions, y una catástrofe de proporciones bíblicas; la increíble derrota de Estambul contra el Liverpool de Rafa Benítez. Su obsesión siempre ha apuntado a la Champions, tal como le gusta a Florentino; de ahí que su bagaje en el Calcio haya sido un solo campeonato en casi una década. Pero los tiffosis van más allá y le agradecerán eternamente tres gestos: haber pulido al mejor jugador italiano del siglo XXI, crear a un Balón de Oro y regalar al público un futbolista que ha antepuesto el Milan a su propia vida. Primero, nada más fichar por el Milan en 2001 pidió a Galliani el fichaje de un mediapunta desorientado del Brescia. Ancelotti intuía que en ese chaval melenudo de 22 años había talento para moldear un centrocampista único en visión de juego y pases calibrados. No se confundió y Pirlo, hoy en la Juventus, relevó a Del Piero como el mejor de los últimos tiempos. Pero Pirlo necesitaba un escudero, un perro de presa que le permitiese lucir su talento libre de los molestos marcajes al hombre que tanto se estilan en el Calcio. Ahí entraba en juego Gattuso, un bulldog que ha llorado con cada derrota rossonera y se ha extasiado con los éxitos. El Milan o la vida, ésa ha sido siempre la disyuntiva de Gattuso y, evidentemente, San Siro le tiene en un pedestal por sus cojones, ni más ni menos.

El último milagro de Ancelotti lo resume a la perfección el propio técnico en una biografía suya, Preferisco la Coppa, Vite, partite e miracoli di un normale fuoriclasse (Prefiero la copa, vida, partidos y milagros de un crack normal): “Me habían dicho de un chavalín en Brasil, muy bueno, pero al cual no conocía. Por su nombre parecía un predicador. Se trataba de un fichaje a ciegas, lleno de buenas palabras. Pero necesitaba hechos…Kaká llegó a Malpensa y me llevé las manos a la cabeza: gafas, repeinado, cara de buen tío, sólo le faltaba una cartera con la merienda y un libro. Habíamos fichado a un estudiante universitario. Bienvenido al Erasmus de Milan”.  Así describe Carletto su primera imagen del futbolista nodriza del Milan durante un buen puñado de años, hasta que Florentino extendió un cheque de 66 millones de euros. Unos párrafos más adelante, el entrenador se rinde al sentido común: “Con el balón en los pies era monstruoso. Dejé de hablar porque, simplemente, no me salían las palabras. El testigo de Jehová era en realidad un tío que hablaba con el Señor”. Cuentan que Ancelotti quedó prendado de él con un lance inolvidable: en uno de sus primeros entrenamientos, Kaká pugnó un balón con Gattuso y éste, al ver que lo perdía, le dio un empujón terrorífico. El brasileño continuó la jugada y el potro italiano soltó un “¡A tomar por culo!”. Kaká había pasado su bautismo de fuego.

En su primera temporada en el Chelsea, Ancelotti tuvo el mismo ojo clínico con Sergio Ramos como con Pirlo. Pidió a Abramovich su fichaje porque le consideraba el futuro central de Europa. Se había encaprichado del lateral madridista y lo quería a toda costa para juntarlo con John Terry en el centro de la zaga. También demostró paciencia y mano abierta con Clarence Seedorf a quien rescató del Inter para obsequiarle con la última gran oportunidad de su vida. El holandés se lo agradeció con una forma física de ciencia ficción hasta haber cumplido la treintena. Y otros a los que considera ‘amigos’ son Drogba y el Pippo Inzhagi; su devoción por ambos quedó revelada el año pasado, cuando se metió en camisa de once varas opinando del fracaso de Fernando Torres en el Chelsea: “Drogba es un excelente futbolista…Pero es como Inzhagi en el Milan: devora a cualquier competidor. Simplemente es así y ahora Drogba devora a Fernando Torres”. A veces la franqueza le pierde pero, a estas alturas, Ancelotti no va a cambiar su carácter ni sus gustos melómanos ni gastronómicos (suele acudir a restaurantes con estrella Michelín o que la aparenten). ¡Que se vayan preparando Zalacaín, De María y el Txistu! Llega Ancelotti. 

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La noche que reventó el Bernabeu

26 Abril 2013 por Carlos Vanaclocha

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“Vamos a vengarnos porque somos un equipo muy orgulloso”. El Real Madrid decidió que fuese Emilio Butragueño quien enardeciese al público la víspera de la inolvidable noche contra el Borussia Monchengladbach. Ramón Mendoza tenía claro que uno de los suyos debía levantar el ánimo de una afición todavía atónita por el severo correctivo que el Borussia de Jupp Heynckes les había infligido en Alemania. Y quién mejor para hacerlo que un chico que había mamado el Madrid desde alevines, entonces convertido en el santo y seña de la cantera de la antigua Ciudad Deportiva de La Castellana. El entrenador Luis Molowny, especialista en apagar fuegos y nombrado entrenador durante ese año 1985 por el despido de Amancio,  reconoció años después que planteó una táctica suicida que, por lógica, acabaría en goleada escandalosa, o bien para los merengues o a favor de los alemanes. Molowny apostó todas las posibilidades a una sola carta, lo que se llamó el dragón tricéfalo: Valdano, Santillana y Maceda. El argentino debía asumir el ‘trabajo sucio’, es decir, incordiar a la zaga del Borussia hasta la desesperación y, de este modo, permitir a Santillana rematar cualquier balón o melón que centrase Juanito. El espigado Maceda fue designado comandante en jefe para intentar la madre de todas las proezas inimaginables.

Aquella noche de diciembre del 85 el Bernabeu respondió al llamamiento del Buitre. La reventa de la calle Concha Espina había funcionado hasta unos minutos antes de la nueva de la noche, hora del partido. En los aledaños del estadio se percibía una locura colectiva, como si algo grandioso fuera a suceder dentro de la caldera madridista. Entonces, la grada baja no tenía asientos, lo que convertía al Bernabeu en una olla a presión; el llamado gallinero, también de pie, embutía a más de diez mil aficionados gritando sin cesar. El ambiente nada tenía que ver con el de estos días: hace tres décadas era imposible detectar a un solo ‘pipero’ a los que alude José Mourinho. Ahora son ‘tribuneros’ que contemplan los partidos como en una sala de cine; antes la sola presencia del jugador número doce acojonaba a cualquier rival. Precisamente, ése es el origen del miedo escénico que acuñó Jorge Valdano.

El caso es que el Madrid no tardó ni cinco minutos en contagiarse de su particular infierno turco. Un testarazo de Valdano fue el prólogo de la remontada; diez minutos más tarde otra vez el argentino grandilocuente. Todavía quedaban dos goles para remontar el vergonzoso 5-1 de la ida y la misión de ataque total implicaba demasiadas riesgos. En el minuto 17 y con 2-0, los blancos pudieron echar el freno de mano y sugerir un partido más calmado, pero lejos de atemperar el ímpetu, se echaron como hordas asesinas contra la portería de Sude. Con esta táctica el Borussia se garantiza un buen puñado de contraataques, uno de ellos tan claro como para que Heynckes aún lo siga recordando con rencor. Si aquella ocasión de Liesen hubiera entrado, el esfuerzo hercúleo del Madrid se habría reído de la épica. No obstante, ese equipo jugaba espídico, con la única obsesión de golpear el muro alemán hasta romperse los nudillos. Y fue a falta de quince minutos cuando Santillana cabeceó por todo el Bernabeu. Un solo gol les distanciaba de la gloria eterna. Poco habría importado que no hubiesen ganado aquella Copa de la UEFA; se estaban labrando una historia que no pasaría desapercibida en Europa.

Al final, tuvo que ser el propio Santillana quien aprovechase un barullo en el área para reventar el estadio entero en el 44 de la segunda parte. Un grito al unísono de rabia y furia se escuchó  hasta en el barrio de Pirámides, donde se ubica el Vicente Calderón. El Madrid había dejado claro que el Bernabeu era un templo de gozo para su gente y de penitencia para cualquier rival que lo pisase. Cuentan que Ramón Mendoza pidió en el palco una camisa nueva al descanso porque había empapado de sudor la que vestía en la primera parte. Y cuentan que al día siguiente también tuvo que mandar la americana a la tintorería toda mojada. Su cuerpo estaba rojizo como si hubiese salido de una sauna; la corbata la llevaba como unos adolescentes que amanecen después de nochevieja. Era el sufrimiento y, sobre todo, la excitación que le habían provocado sus jugadores.  “Valía la pena venir esta noche al Bernabeu. Esta victoria pasará a la historia”.

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El Bayern, digno heredero del Barça

24 Abril 2013 por Carlos Vanaclocha

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Xavi Hernández había desechado el papel de víctima ante la insistencia de la prensa alemana en la víspera de la fatalidad. Su Barça, éste que tanto nos ha flipado a todos, merecía un margen de confianza, ya que seis semifinales consecutivas suponían una coartada bastante creíble. Por momentos, la pregunta que inquietaba en el ambiente, a expensas del estado físico de Messi, no era si los azulgranas estarían a la altura, sino si el Bayern era de verdad esa apisonadora que deforesta todo lo ve delante. El legendario Paul Breitner, hoy directivo del club bávaro, pensaba que la catarata de exageraciones hacía un flaco favor a la estima de los soldados de Jupp Heynckes. Pero nada más lejos de la realidad: el Bayern retó al Barça a una pelea de gigantes contra liliputienses. Ése es el gran mérito que se le atribuye a Heynckes; su monumental bronca a Alaba y Ribery con el resultado favorable constata que ha devuelto a su club la perfección que los alemanes perdieron hace tiempo, quizás desde aquella semifinal del Mundial de Italia 90 entre Alemania e Inglaterra, en la que Gary Lineker soltó para la posteridad que “el fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre ganan los alemanes”.

La goleada del Allianz Arena reafirma la hoja de ruta que un grupo de magníficos ex futbolistas se propuso hace tiempo mediante una elegante visión empresarial, una chequera con fondos millonarios (el fichaje sorpresa de Mario Götze) y gente de fútbol extremadamente competitiva, desde los despachos hasta el último suplente del vestuario. Este Bayern aniquila por fútbol, fuerza y, sobre todo, por la obsesión de acabar con la maldición de las finales: la del Camp Nou contra el United fue un sopapo antológico; la del Bernabeu contra el Inter de Mourinho se olía a la legua y el trágico final que Drogba les regaló la pasada temporada con un cabezazo mortal en su propio estadio mitificó el gafe europeo. Quién sabe si Wembley se volverá en otro motivo de guasa, pero la demostración de anoche coloca a estos alemanes como favoritos indiscutibles para el gran público, por encima si cabe del exultante estado anímico de Cristiano Ronaldo. Un colaborador muy cercano a Heynckes aclara que el misterio de la trituradora es un ambiente de piña en el vestuario como jamás se había visto antes. El técnico que parece afable delante de las cámaras, se las gasta y de qué manera de puertas para adentro para imponer su magisterio y, de paso, acabar con luchas absurdas de egos, como la que Ribery y Robben mantuvieron el último año.

“La preocupación del Barça es más el equipo que el resultado”. Aunque suene paradójico, la reflexión del periodista Miguel Rico, de Mundo Deportivo, tiene todo el sentido del mundo. ¿Con qué ánimo festejará el Barça la Liga dentro de unos días? Una Liga que ganó antes de navidades y sólo espera fecha de caducidad. El Milan fue el primero que detectó los síntomas de debilidad azulgrana; el Paris Saint Germain a punto estuvo de corroborarlos. Duele que una goleada tan sonrojante delate las preocupaciones que Guardiola advirtió en su día. Y Messi es el mejor, sí, pero sin un “alta médica” (así lo confesó Zubizarreta antes de ayer) su talento se gripa y su físico peligra. Si hasta el padre de Messi confesó a José María Minguella ayer a mediodía que creía que su hijo no estaba para jugar. El vapuleo psicológico que ha sufrido el grupo cuando se conoció la retirada momentánea de Tito, unido al trasplante de Abidal, han menguado el ritmo competitivo de un equipo del que se intuía cierta complacencia, quizás por la borrachera de títulos de los últimos tiempos. Ni siquiera esta Liga consuela a un Barça acostumbrado a una tendencia arrolladora en la teoría y la práctica, y que está heredando el Bayern a su manera.

Visto desde una atalaya, los interminables elogios de la prensa casi exigían que el Barça fuese perfecto en todas las competiciones; parecía que si no ganaba todo, fracasaba, y eso es muy duro, durísimo en el deporte. Que se lo pregunten al suizo Roger Federer  hasta hace bien poco. Sin embargo, sólo una paliza de tal calibre  podía destapar de una vez por todas los miedos al cambio; vamos, las premoniciones de Guardiola. Al menos, Tito se ha dado cuenta a tiempo que hay que moldear todas las líneas: desde la portería, si Valdés decide escapar antes de tiempo, pasando por centrales nuevos (Hummels, del Dortmund, es el elegido), un lateral derecho que espabile a Dani Alves y, por encima de todos, dos puestos: un sustituto de garantías para que Busquets no se trague más de cincuenta partidos por temporada y un delantero centro, sea clásico rematador o que construya jugadas, da igual, pero al fin y al cabo delantero. Ha quedado claro que el Barça no puede intimidar la jerarquía del Bayern con nueves falsos; tampoco ha surtido efecto contra el Madrid en los últimos clásicos. Los ciclos sólo acaban con cambios drásticos de estilo como le sucede al Madrid cada cierto tiempo o a base de planes renove que tanto le gustaban a Jesús Gil. El Barça debe matizarse a sí mismo, pero ya.

 

 

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Ronaldo soñó con la Décima

22 Abril 2013 por Carlos Vanaclocha

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“Si no gano la Décima ahora, no la gano nunca”. Antes que Tomás Guasch  hubo un galáctico de Florentino obsesionado con la Copa de Europa. Porque dentro de los anales de la historia, a Ronaldo Nazario, el ‘gordito’, siempre se le achacará no haber conquistado la competición de clubes con más solera: quizá su error más flagrante fue haber huido del Barça en el mejor momento de su carrera, habiendo ganado la Recopa del 97 y preparado para asombrar a Europa entera en la siguiente Champions. Pero el Inter de Milan se le quedó pequeño para sus expectaciones y la de sus representantes, que sacaron buena tajada a los italianos con un traspaso  de 4.000 millones de pesetas que José Luis Núñez no pudo frenar a tiempo. Cinco temporadas después y cansado del lastre de las lesiones, Ronaldo convenció a Florentino para ser elegido el siguiente crack de la lista después de Figo y Zidane. El presidente, prendado de él después de un Mundial sublime, le dio la última gran oportunidad de su vida: el delantero temía que su rodilla biónica se averiase en el fútbol italiano y, encima, el Madrid más faraónico de todos los tiempos le iba a regalar el último rato divertido de su carrera.

Ronaldo llegó a Madrid sin forma ni fondo y con los ligamentos de la rodilla tiritando. Fue él quien suplicó al presidente por un último voto de confianza. Florentino peleó la negociación con Moratti y bajó la inalcanzable pretensión de 80 millones a 45. Tales eran las ganas del jugador que no le molestó perdonar cuatro millones de euros por temporada. Le importaba renacer y en el horizonte un título: la ‘Décima’, sobre todo por él. Así se le confesó a la corte de recuperadores y fisioterapeutas que le acompañaron a la piscina durante sus primeras semanas en Madrid. Había fichado in extremis, casi al cierre del mercado, pero su puesto a punto iba a requerir mucha paciencia, demasiada. Ronaldo aprendió a trabajar con paciencia estoica y motivado por la final de Old Trafford (allí se proclamaría el campeón).  Le daba igual nadar cincuenta o cien largos: cualquier sacrificio merecía la pena por escuchar el himno solemne de la Champions. Dicho y casi hecho.

El Madrid se plantó en semifinales con el propósito de mantener la hegemonía del continente y reeditar un título con una foto que inmortalizarse el imperio que el presidente había levantado. La Juventus visitaba el Bernabeu y a Ronaldo se le agolpaban las entrevistas: no era el hecho de ser un experto en el Calcio, sino que esa Champions le ilusionaba a él más que a nadie. Todas sus respuestas eran un corta y pega continuo…”Quiero ganar la Champions”, “Llevo muchos años pensando en la Champions”, “Sólo hay un título que me haga el más feliz del mundo”,etc. Cualquier declaración dejaba de ser una hipérbole en boca del brasileño; al final, él mismo delataba sus terribles ansias por levantar la ‘orejuda’.

En una entrevista que Ronaldo concedió a la televisión brasileña O Globo años más tarde, desveló que sólo había llorado dos veces en el Madrid: de alegría cuando el Inter le dejó marchar al Madrid en agosto de 2002 y un puñado de meses después, cuando una lesión muscular le dejó KO durante la ida de aquellas fatídicas semifinales contra la Juve. Ronaldo se lesionó cuando su equipo ganaba 1-0 con gol suyo y apenas pudo moverse los siguientes días. Los servicios médicos planearon una recuperación a contrarreloj que no tuvo éxito y el brasileño llegó muy tocado a la vuelta de Delle Alpi. Del Bosque, consciente de que si le alineaba titular podía obsequiarle con una retirada prematura, decidió mantenerle en el banquillo por si el resultado se torcía. Y no tardó en hacerlo: Ronnie salió al rescate para intentar igualar una eliminatoria casi perdida y en un instante su eterna presencia inquietante surtió efecto: provocó un penalti que falló Figo. A partir de ese momento, el Madrid hincó la rodilla y el astro brasileño se perdió en el limbo. El sueño de la Champions se volvía una quimera. Aquella derrota marcó para siempre a Ronaldo y, por eso, en estos días, que va de conferencia en conferencia, evita contagiarse de la ‘Décima’, no vaya a ser que se torne un virus para el madridismo.

 

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