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Raúl también pegó “cuatro gritos”

1 Septiembre 2014 por Carlos Vanaclocha

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Octubre de 2001. Raúl González aparece por la zona mixta del estadio Insular de Las Palmas para justificar lo injustificable: “Tenemos que ser conscientes del escudo que llevamos. No puede volver a suceder esto”. A continuación, un periodista escupe la tan ansiada pregunta: “¿Crisis?”…”Para nada, Esto se resuelve hablándolo en el vestuario y, si hace falta, gritándonos”. El Madrid acababa de recibir cuatro bofetones de Las Palmas y la prensa ya no cuestionaba la presencia de Zidane en aquel ridículo debate sobre si el francés empeoraba el juego del equipo. Vicente Del Bosque no acertaba con un once tipo y los reporteros que cubrían la actualidad merengue sospechaban que el equipo se despistaba por falta de entrenamiento y, sobre todo, actitud, esa palabra que desangra al Madrid cuando corre como la pólvora entre el público.  Caprichos del fútbol, Casillas participó en el desastre pero las críticas no le ametrallaron a él en ese preciso momento: tardó varios meses más en perder la titularidad en favor de César por un aparente bajón de forma. Aquella noche Casillas ignoró los micrófonos porque, sencillamente, no era su responsabilidad dar la cara ante el madridismo.

Ayer sí salió a la palestra el capitán que anhelaba el club. La estrepitosa actuación del Madrid galáctico 2.0 (qué daño hizo ese apodo, según Raúl) ha convulsionado las ilusiones de una afición que presumía de la mejor plantilla de la historia, en el estricto sentido de la expresión. El presidente sabe cómo ganarse a las masas en la arena del circo y, por eso, necesita más cromos que sobreexciten a la gente. Falcao era la última estrella en el desfile de la alfombra roja, pero Florentino Pérez no quiere ampliar el vestuario con más egos. Hoy mas que nunca, las puestas de largo de Kroos y James quedaron en el olvido cuando el club decidió tullir al equipo con las ventas de Di María y Xabi Alonso. Pero “por dinero no va a ser”, como dijo el ex presidente efímero Fernando Martín, el célebre ‘Martinsa’. Anoeta contempló el desequilibrio monumental de un equipo que jugó como uno de fútbol americano: el ataque por un lado y la defensa por otro en departamentos estancos.

Falta un nuevo Makelele que se embarre con el trabajo sucio; Xabi lo hacía con elegancia y Khedira acabará siendo el elegido porque Ancelotti, ante todo, tiene sangre italiana y sólo entiende el espectáculo a partir de una defensa acorazada a prueba de balas. La de ayer fue más blandengue que la mantequilla y no sólo porque Ramos y Pepe no sacasen sus respectivas trilladoras: las jugadas a balón parado se entrenan hasta la saciedad y no parece que los madridistas se hayan esmerado mucho en practicarlas. Más bien, parecían cuatro jugadores que se juntan en el homenaje de algún compañero o en aquellos ‘Partidos contra la Droga’ en los que se marcaba una docena de goles. Si la Real Sociedad clavó cuatro después de ser fulminada en la Europa League tres días antes, qué no hará la apisonadora que ha construido (mejor dicho, comprado) Mourinho o el City de Agüero y el inminente Falcao.

Pero volvamos a Casillas. Ha perdido el santo que le sacaba manos prodigiosas donde nadie más llegaba y cada gol o mala salida se compara de reojo (o descaradamente) con lo que hace Diego López. Mal día para dejar de fumar, entonces: López detuvo un penalti en Milán como un felino instantes antes de que empezara el sainete blanco de la defensa. A Iker le urge un puñado de partidos que evoquen esos que Ronaldo el ‘gordito’ y él solventaban durante la época galáctica. Hasta que lleguen, el público seguirá murmurando si el portero pudo o no hacer algo más en cada gol. Sin embargo, tampoco es plan de debatir la génesis de este Madrid: no estuvo Cristiano Ronaldo, que seguirá siendo medio o casi todo el Madrid un año más. Y si Casillas cree que la caja de Pandora se cierra con pegar cuatro gritos en el vestuario, esperaremos acontecimientos. Raúl lo creyó y su Madrid acabó ganando la Novena.

 

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De Rocky a Ivan Drago

28 Agosto 2014 por Carlos Vanaclocha

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“Khedira va a terminar jugando y renovando”. Son las palabras de Thorsten Merch, compañero del diario Bild Zeitung, instantes después de que La Sexta Deportes anunciará el bombazo de Xabi Alonso. Una reflexión perspicaz que soluciona (a medias) los achaques de columna que venía sufriendo el Madrid. El donostiarra, experto sumiller en catar bueno vinos, intuía que esta añada venía peleona, con un fulgurante y joven Toni Kroos delante y en un boceto tan predilecto para Ancelotti como el 4-3-3. De repente, el “regalo de Navidad” con el que el Madrid obsequió al entrenador se ha ido por el desagüe; Xabi había renovado dos temporadas más perfilando su plan de jubilación Madrid. Y seguir jugando en el Bernabéu dependía de no gripar su motor diesel, lo sabía él y así lo entendió Carletto. Casualidades de la vida, los dos arquitectos de la selección española se sienten trastos viejos en sus respectivos equipos: Xavi Hernández ha aceptado resignado su nuevo rol en el banquillo (ninguna oferta acabó prosperando), mientras que Xabi se dio cuenta en la Supercopa de España que Kroos, Modric y él, lejos de complementarse, se embarullan en un cajón desastre.

A Martí Perarnau, filólogo del ‘guardiolismo’, no le sorprendió la primicia de La Sexta. Tan cercano a Pep, había escuchado cantos de sirena hacía tiempo. No en vano, Xabi es la versión 2.0 de aquel Guardiola del Dream Team y, aunque se haya erigido junto a Arbeloa en la guardia pretoriana de Mourinho, comulga con la tesis de la posesión exagerada. Guardiola es el Spielberg del que esperaba una llamada para involucrarse en una superproducción, porque su modo de ver este negocio no coincide con el de Florentino Pérez, siempre ansioso por presentar nuevos cromos a la grada. El caché de Kroos se había disparado exponencialmente con el Mundial, mientras que la sanción de Lisboa y el calamitoso papel de España en Brasil habían quitado a Xabi de los créditos principales. En una temporada con tantos títulos por medio, Ancelotti necesitaba fondo de armario para intercambiar rápido la ropa de invierno con la de verano: sustituir peones entre Champions y Liga, y partir de diciembre Copa y Liga, para que nadie del vestuario esbozase aquello que Zidane susurró al oído de su compatriota Ludovic Giuly en aquel Monaco-Real Madrid de comienzos del galacticidio: “Estamos agotados”.

El Madrid de Queiroz fue un desfile made in Hollywwod de galácticos desde la portería (Casillas) hasta la delantera (Ronaldo), pero el proyecto faraónico del presidente comenzó a resquebrajarse desde un banquillo precario, con Solari y Guti como únicas alternativas, y el apocalíptico adiós de Makelele (su salida desató las siete plagas de Egipto). Las comparaciones de aquel Madrid con la actual constelación de estrellas tenían un matiz diferente: el club le había construido a Ancelotti la plantilla más compensada quizás de toda la historia merengue, con un equipo B capaz de pelear en la mismísima Champions League. Sin embargo, la efervescencia de la Supercopa de Cardiff ha desaparecido en un puñado de días: lo que han tardado Di María y Xabi en desguazar el equipo. Al argentino le han pesado los billetes y a Xabi el orgullo propio. Su estatus quo no le permitía ejercer de comparsa sólo para relevar a gente fatigada. No, él se siente comandante en jefe y Guardiola le ha convencido de que mantendrá los galones en el intento de asalto a Europa.

Xabi es el fichaje perfecto para reemplazar a un Schweinsteiger que acabó el Mundial más tiesto que la mojama. Además, su condición de ancla del equipo es la solución al afán de experimentar que le suele dar a Guardiola; es decir, que si no hubiera elegido a Xabi, el marrón de sostener a peso al equipo le habría tocado al polifacético Philipp Lahm, puesto que Javi Martínez jugará sí o sí de central el próximo año, cuando se recupere de la triada. Xabi ha elegido bien y el Madrid vuelve a perder empaque: la mole compacta que aparentaba este verano empieza a descubrirse puntos débiles. Ya no es ese Rocky Balboa IV rocoso e imposible de noquear, ahora se asemeja más al ruso Ivan Drago, letal en su pegada pero frágil de costillas. Y ya sabemos cómo acabó el combate de la URSS.

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Una bendita pesadilla

26 Agosto 2014 por Carlos Vanaclocha

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Problemas en la sala de máquinas. Ancelotti ha pintarrajeado toda su pizarra y la única conclusión es que necesita tiempo para solucionar el galimatías táctico que atasca al Madrid. En vez de rodar el balón, el tráfico del centro del campo parecía la escena final del show de Benny Hill en la que todos corrían detrás de todos. Modric y James no se enteraron de la película y si el Bernabéu quiere ver a ese colombiano que se puso de moda en Brasil, tiene que engancharse con la ‘BBC’. Recuerdo que Fabio Capello, en su primer año de 1996, colocó a Raúl González en la izquierda, lejos del punto de penalti donde olfateaba el gol; claro que Raúl era Raúl y habría funcionado hasta de lateral. Después de muchos años criticando que el Madrid no mimaba las bandas, quizás desde que se retiró Roberto Carlos, anoche no encontró soluciones en el mogollón, donde suele diseccionar al rival.

Un caos táctico aderezado con una falta de ganas exagerada. El Córdoba presentó ilusión y una hoja de ruta muy trabajada, pero seguramente no esperaba que la mole merengue tuviera las vértebras fracturadas. Al ‘Chapi’ Ferrer le gusta tocar la pelota y evitar rifarla si es necesario, se nota que mamó la escuela cruyffista. Curiosamente, al primer toque (como le gustaba jugar a Cruyff) Benzema marcó un gol que fastidia al representante Jorge Mendes, quien ya se frotaba las manos con un negocio exprés por Falcao. El francés salió del limbo un instante decisivo y volvió a sumirse en un estado melancólico que irrita a la grada. Benzema es un delantero especial que, lejos de intentar clavar la bandera en el área, prefiere arrimarse a una banda para construir jugadas: le grada le aceptará o no, pero no exigirle que cambie. Y más, después de cinco años.

El público ve a la legua que su Madrid se divierte más contraatacando. No en vano, una de las zanahorias que se llevó Mourinho durante todo su serial de palos fueron esos ciento y pico goles de la segunda Liga. Bale y Cristiano suspiran aliviados cuando tienen delante autovías de cincuenta o sesenta metros. Su condición de velociraptores no termina de cuajar en esa idea de fútbol-control de Ancelotti. Tampoco lo habría conseguido el jugador que últimamente metía a los partidos cien vatios extras, pero eso ya es un imposible porque Di María estuvo pasando el reconocimiento médico en Manchester a las dos de la pasada madrugada. Si la propuesta del técnico es usar a Toni Kroos como mando de control remoto, a Modric tiene que programarle para una misión específica: o airear la pelota o contener atrás. De momento, se ha diluido demasiado respecto al final de temporada. “Es una bendita pesadilla”, dijo Manolo Lama durante la retransmisión del pestiño que anestesió al Bernabéu. Aclarar el dibujo de la medular hará de Ancelotti un entrenador más fiable o más sospechoso porque todos le mirarán a él. Quizá si Zidane se volviese a vestir de corto….

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La consulta del dentista

23 Agosto 2014 por Carlos Vanaclocha

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El Madrid pasó por la “consulta del dentista”. No es la misma de Joaquín Caparrós en Barcelona, donde el año pasado le hicieron hasta siete empastes, pero sí otra que anestesia el dolor de muelas. Porque eso es el Atleti de Simeone, una mosca cojonera que incordia hasta la desesperación. Allí donde cogía el balón un madridista, había tres rojiblancos; una trampa tras otra en un campo minado de portería a portería. Al ‘Cholo’ le han desguazado el equipo y ha ido comprando piezas de recambio con el dinero del Chelsea. Y desde que el argentino aterrizó como sustituto improvisado de aquel proyecto etéreo de Goyo Manzano, el Madrid siente la fobia de Federer cuando tiene delante a Rafa Nadal. Entendido, los merengues seguirán martilleando con la final de Lisboa, pero el Atlético dejó de vivir encerrado en el trastero, merece un ático y, además, se lo puede comprar. A estas alturas, el discurso plañidero de Simeone quizá cuele entre sus seguidores, pero no para el resto: a pesar de los abusos presupuestarios, dejó el peso welter engordando músculo y pelea en las grandes veladas de súper pesado contra Madrid y Barça.

El capitán Gabi comentó en pretemporada que la gente comprometida se ha quedado en el club. El mito de Koke comenzó cuando el Calderón vio en él un futbolista distinto en el sistema robotizado de Simeone. Fabricado en el Cerro del Espino, le echa huevos (axioma indiscutible del ‘cholismo’) y tiene buena bota. Su negativa a fichar por el Barcelona en verano confirmó su condición de ídolo de masas; un nuevo Fernando Torres que, afortunadamente y a diferencia del ‘Niño’, no ha muerto en la orilla. Torres se hartó del club de sus amores la noche que el Barça le estampó en su cara la cruda realidad: aquel 0-6 evidenció que no ganaría títulos de rojiblanco. En cambio, Koke ha arramblado con toda clase de copas responsabilizándose de la especialidad que nadie quería o sabía manejar: la creatividad. Y si viene Marco Reus (se acercan las horas decisivas), a Simeone se le acabaría la excusa de usar la brocha y no el pincel. Sin duda, sería el fichaje, como lo fueron Futre, Schuster y Christian Vieri.

Está el mito y, luego, el currante de Mandzukic. De clase media alta, exprimió su caché en la pasada Eurocopa de Polonia y Ucrania. Jupp Heynckes convenció al Bayern Munich para ficharle como delantero tanque tan típico de la Bundesliga y Guardiola le intentó comer la cabeza como falso nueve. Pero el croata no entendió el galimatías táctico de Pep y prefirió marcharse a cualquier otro equipo que centrase balones al área. El Atleti es uno de ellos y le está dando licencia para matar con una sola condición: que mire de reojo atrás y no se canse de pelear. Como un boya de waterpolo, se codea con los defensas como Diego Costa y tiene talento para hacer la guerra por su cuenta. Mientras marque goles, no habrá quejas. Paco González lo expresó a la perfección anoche, “Mandzukic ha caído de pie en el Calderón”; entiende las tesis ‘cholistas’ y las defiende a ultranza. Lejos del prototipo elegante de Davor Suker, el nuevo fichaje rojiblanco olfatea la pelota por todo el campo y maneja el abecedario del buen delantero: remate y desmarque. Falcao cabeceaba yunques, Costa golpeaba los contraataques y veremos cómo taladra Mandzukic. De momento, tiene gol, que no es poco.  

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Derbi de argamasa y amasijos de hierro

20 Agosto 2014 por Carlos Vanaclocha

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A Jürgen Klopp le desmontan su Borussia Dortmund cada año y sigue siendo un dolor de muelas. Su filosofía no es el partido a partido tan repetitivo de Simeone, cuyo segundo entrenador, el ‘mono’ Burgos, se encargó de recordar anoche a los telespectadores. No, Klopp cambia de peones (bastante baratos, por cierto) pero mantiene la idea de rodar el balón cuanto más rápido mejor. El ‘Cholo’ también ha asumido que el Atleti es una empresa de compraventa de futbolistas y, más importante, el casting más fiable del que se nutren las grandes moles europeas. Sin embargo, a pesar de la exportación de estrellas y como le pasa al Dortmund, los rojiblancos incordian allá donde juegan, sea en el trofeo Ramón de Carranza o en el mismísimo Bernabéu, al que le han pillado el gustillo. Simeone es cabezón: juega a morder la yugular, a chupar la sangre del contrario como un vampiro. Y para ello, cambian los personajes pero se mantiene el músculo. La esencia es innegociable, justo lo que debe buscar Ancelotti, todavía ahogado en un mar de incertidumbre: dominar el balón o machacar a mamporros.

El nuevo Madrid quiere controlar el fútbol, aunque le sigue tirando la inercia del contraataque made in Mourinho. Provoca relámpagos en ataque con apenas un puñado de pases, pero ahora el problema se ha detectado en la ‘sala de máquinas’, como le gusta decir al narrador Sixto Miguel Serrano. El ocurrente, que no elocuente, trivote formado por Kroos, Modric y Xabi Alonso se obturó por las tuberías de los dos últimos. Al alemán se le ve suelto y, por eso, el partido pedía que él siempre cogiese la pelota. En contraste, a Xabi se le ve cansado, sin la mente clara para interpretar su orquesta sinfónica, mientras que Modric sufre el mal de Sansón: no es el mismo desde que se cortó el pelo justo después de la final de Lisboa, ¿casualidad? Ancelotti tiene que aclararles su hoja de ruta porque desde la grada da la sensación que los tres centrocampistas traspapelan sus funciones: todos hacen lo mismo o lo que no deben.

Quienes lo tienen claro son los colchoneros. Mandzukic ha encajado como un molde en ese rol de delantero tanqueta o boya de waterpolo que se pelea con toda la defensa; en cuanto abra la lata, recibirá el guiño de su entrenador. Los que están en segundo curso de Simeone y repitiendo son su guardia pretoriana: Koke, Gabi, Mario Suárez y el novato Saúl han sido fabricados artesanalmente por su míster argentino. Se entienden, quizá por pertenecer a la misma escuela del Cerro del Espino (de la que habrá que investigar su génesis) y darán que hablar, vaya que si lo harán. Tienen buen pie y sudan como Raúl García, el soldado perfecto del ‘Cholo’. Paradójicamente, en 2005 el Real Madrid sondeó el fichaje del ex jugador de Osasuna, pero por aptitudes más estéticas y, a tenor de lo visto, menos eficientes de las que presta en el Atlético.

La velada continuará el viernes con un Madrid rabioso que lo último que necesita es otro regodeo del vecino, que no hace demasiado tiempo era el hermano pequeño e inocente que recibía collejas del blanco abusón. Y la estrategia de Simeone con la ventaja del empate a uno debería ser sencilla: meter argamasa en la defensa y hasta amasijos de hierro si hace falta. Porque ellos no necesitan un contraataque, les vale un solo corner en el que Godín remata con la cabeza hasta un microondas. Vamos, como Falcao antes de que le pudiera la codicia. Pero ¡cuidado!, que en esas de repente puede aparecer un obús de Bale o una jugada de tres rebotes de la que se aproveche el pícaro James Rodríguez a lo Raúl González. Claro que de un tipo de 75 millones se esperan zurdazos a la red como el del Mundial o recortes escurridizos en un metro cuadrado. No obstante, para esto último está Di María, no sabemos por cuánto tiempo aunque si fuera por la ovación del Bernabéu, un año más seguro. Venderle huele a cagada de proporciones bíblicas. Y si pide ocho millones en el contrato, Florentino debería ser flexible. El caso Makelele le jugó una mala pasada por las devastadoras consecuencias que arrastró. Y el presidente no quiere repetir aquel error de proporciones bíblicas.

 

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A Van Gaal le falta libreta

18 Agosto 2014 por Carlos Vanaclocha

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Otoño de 1996. El Fútbol Club Barcelona firma un precontrato con Louis Van Gaal para que sea su próximo entrenador que marque época. Cruyff fue despedido ese año y el presidente José Luis Núñez y su brazo ejecutor Joan Gaspart encargaron a sir Bobby Robson una transición sin jaleos. Fue el gran año de Ronaldo, aún lejos de ser recordado como el ‘gordito’, y Van Gaal habló personalmente con Gaspart para exigirle que el delantero brasileño sería la piedra angular de su proyecto. Necesitaba un equipo con el jovencísimo crack para que el Camp Nou entendiese que había vida más allá del ‘cruyffismo’. Sin embargo y dado el éxito sobrecogedor de la manada de búfalos (así describió Jorge Valdano a Ronaldo), los agentes del brasileño llamaron a la puerta del despacho de Núñez para pedir una renovación: había un club italiano que no tenía reparos en poner en un nuevo contrato tantos ceros como se le antojaran al futbolista. Gaspart fue cediendo a las pretensiones de Alexandre Martins, el poli malo de las negociaciones de Ronaldo, pero la jugada había sido pergeñada con premeditación: Ronaldo sí o sí jugaría en el Inter de Milan. Como un producto de marca, se trataba de exportarle a la entonces mejor liga de mundo.

Van Gaal miró con perspectiva el tira y afloja entre Ronaldo y la directiva, y calló hasta que la rescisión se hizo oficial. Quería esperar el momento decisivo para explicar al club que sin un crack el Barça seguiría vagando en esa transición posterior a su compatriota y a la vez archienemigo. Núñez y Gaspart tuvieron que aflojarse la corbata de la presión asfixiante del entorno de Ronaldo y, con el fin de evitar otra discusión eterna, atendieron a la primera queja del flamante entrenador holandés: en una maniobra relámpago depositaron los 4000 millones de pesetas de la cláusula de Rivaldo. El Depor se quedaba compuesto y sin novia, y, ahora sí, Van Gaal podía trabajar a gusto con su libreta.

Ed Woodward es el vicepresidente ejecutivo del Manchester United y quien atiende las peticiones de su nuevo técnico. Los reporteros del United cuentan que es un teléfono pegado a un hombre y “que se vaya preparando después de la derrota ante el Swansea”. El relevo de Sir Alex Ferguson se encareció con el despido de David Moyes y, como medida de choque, el segundo sucesor tampoco quiere ser devorado por el mito. Su United asombró contra el Real Madrid en la gira estadounidense pero se ha estampado en el debut en Old Trafford. Las imágenes de televisión del pasado sábado fueron demasiado elocuentes: Van Gaal no hacía más que escribir con saña en su libreta secreta, como si estuviera pintarrajeando el batacazo contra el Swansea. Un garabato por aquí, otro por allá; si hubiera un periodista que publicase las páginas de la libreta del sábado, sería digno del Pulitzer. Sin embargo, no hizo falta intuir cómo dibuja sus perturbaciones sobre el papel: “Sí, podríamos hacer más fichajes”, anunció tajantemente en rueda de prensa.

Al Manchester le urge ese Rivaldo que no pueden asumir ni Rooney, al que hay que motivar a cucharaditas, ni Van Persie, que todavía busca el partido de su vida. No obstante, Van Gaal tampoco pide un Eric Cantona que ponga a cien al vestuario, su lista de peticiones no es tan exagerada: Ángel Di María por delante de cualquiera, un central con empaque como el alemán Hummels, el polivalente centrocampista Kevin Strootman y, por si cae, el capricho de Edinson Cavani. Woodward le prometió cien millones para gastar, pero de momento el United se está construyendo en formato ahorro. Todavía no ha llegado ninguno de estos candidatos y puede que se les espere toda la temporada, pero Van Gaal sabe que los cambios de ciclo requieren cambios drásticos: “A Mister Robson le cambiaron el Barcelona en apenas unas semanas sabiendo que entrenaría un año”, suele contar Van Gaal a su gente de confianza. Lo lleva diciendo desde que pidió a Rivaldo en aquel verano de 1997. Él no es uno más, pero tampoco sueña con la inmortalidad de Ferguson: simplemente necesita un par de sus elegidos para que no traspapelar la libreta.

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Un Iron Man en construcción

13 Agosto 2014 por Carlos Vanaclocha

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Carlo Ancelotti confesó en una entrevista para Fiebre Maldini que la mejor plantilla que entrenó en su vida fue el Milan que sucumbió al milagro de Rafa Benítez y su Liverpool en la final de Estambul. “Kaká, Seedorf, Maldini, Shevchenko, Cafú…nunca tuve a gente tan buena”, comentó el técnico italiano al referirse a aquella Champions. Año y medio después de la entrevista, habría que compararle ese Milan con el Real Madrid que le ha construido el club. Del Madrid galáctico al de hoy, con cromos distintos pero no menos icónicos, porque si el Bernabéu rendía pleitesía a Zidane, Cristiano merece estatuas esculpidas en cada vomitorio del estadio; si Ronaldo volvía a correr como esa “manada de búfalos” que describió Valdano, Gareth Bale prefiere los acelerones de un fórmula uno; donde Beckham ponía camisetas, primero, y después balones al pie, Toni Kroos prefiere el arte de la escuadra y el cartabón sobre el césped, y cuando Figo lucía la chapa de galáctico I de Florentino, James Rodríguez ha exprimido un Mundial para convertirse en el chico de oro de los 80 millones de euros. El periodismo se alimenta de comparaciones odiosas pero inevitables, y las menciones entre la flor y nata de hace una década y la de esta temporada van a chorrear tinta. Y con un pequeño matiz: el Madrid estelar de Carlos Queiroz sólo tenía dos camisas de recambio: Solari y Guti, mientras con el banquillo de anoche se podía armar un equipo Champions. Con tanta opulencia, el entrenador se permitió el lujo de no convocar a un campeón mundialista como Khedira, cuya misión destructora apenas sabe ejercerla él.

El Madrid ha extendido la alfombra roja a los pies de Ancelotti para que vaya gestionando el orden del desfile. La Supercopa de anoche es una muestra insignificante de la mole que ha construido Florentino Pérez tirando de su mejor recurso: dinero. Eso y el ojo clínico de fichar al repudiado Kroos que, inexplicablemente, no tenía hueco garantizado en el galimatías táctico de Guardiola. Al alemán le bastó un puñado de minutos para reivindicar la nueva hoja de ruta de Carletto: fútbol control y, por si acaso, el contraataque como arma de destrucción masiva. Kroos juega como Xabi Alonso en su mejor versión: templa la pelota, la aguanta con pases cortos y tira diagonales cuando los velociraptores arrancan en carrera. Ésa es la opción con Cristiano y Bale, la otra es coquetear con Benzema, tan discutido por su apatía delante de la portería como aplaudido por su sentido de la creatividad. La prueba del algodón no engaña: el delantero del presidente insiste en que él no es delantero centro rematador, le gusta provocar las jugadas liando a defensas y quien se ponga por medio. Su movimiento sin balón en el segundo gol de CR7 es una acción para enseñar en el curso avanzado de entrenadores.

A James Rodríguez todavía le queda un rato para calibrar su zurda. Tiene pinta de ser el jugador tapado que irá agigantándose durante el transcurso de la temporada. Cubrir la banda de Cristiano tiene sus inconvenientes, por eso, no será extraño que su entrenador le alterne en ambos lados. Como debería hacer Bale, mucho mejor en su flanco natural por la facilidad con la que centra al milímetro. En definitiva, un sinfín de recursos que suponen que este flamante Madrid parezca de momento un Iron Man cargado al cincuenta por ciento. Imagíneselo en su pleno apogeo. Sin embargo, hasta que termine su acople, todavía tenderá a partirse en dos. El Sevilla sólo inquietó la vez que el taciturno Iker volvió a ser el convincente Casillas, pero quizá otro equipo con más empaque y veneno en la delantera habría traído de cabeza a la zaga blanca. Kroos es un pulmón en defensa, pero su talento ayuda más arriba que abajo. De ahí que el club no deba tensar tanto la cuerda con Khedira; vamos, para evitar otro caso Makelele. Con Di María y él, hacía demasiado tiempo en Chamartín que no se intuía no un equipazo, sino una plantilla faraónica, en la que hay muchas estrellas de rock pero el mismo jefe de siempre con licencia para perforar porterías.

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Deulofeu imitando a De La Peña

10 Agosto 2014 por Carlos Vanaclocha

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La última gran decisión de Cruyff antes de que Núñez y Gaspart precipitaran su ocaso fue poner en órbita a Iván De La Peña. Lo Pelat representaba ese fútbol que el holandés había descubierto al Camp Nou, y con él y aquella ‘Quinta del Mini’ el legado de los rondos con balón estaba garantizado. De La Peña era un “producto de serie que no había aprendido de nadie”, como dijo Luis Enrique cuando compartió vestuario con el canterano en 1996. Sin embargo, su inescrutable cabeza y una apatía insospechada impidieron moldear del todo a la versión vanguardista de Guardiola que Cruyff había concebido. El trato paternalista del técnico con el canterano siempre se alimentó con indirectas: “Tiene que darle más rapidez al balón”, fue lo único que comentó Cruyff sobre De La Peña en la rueda de prensa posterior a un Betis 1- Barcelona 5 con exhibición del centrocampista y golazo de vaselina incluido. Era el método para espabilar a su nuevo jugador franquicia y explicarle que la reconstrucción del ansiado II Dream Team no consistía en un par de números de Circo del Sol. Pero el Barça ya había tomado la decisión de empezar de cero en el primer equipo: Cruyff se iba fuera y la flamante creación de La Masía no tenía otra opción que soldar forzosamente su estilo a la pizarra férrea de Sir Boby Robson. Casualmente, donde Luis Enrique comenzó a escribir su historia azulgrana.

Gerard Deulofeu revive el espíritu rebelde de Lo Pelat. Cuando coge el balón, se imbuye en su mundo, ése en que sus compañeros corren detrás de él y se quita a rivales mediante quiebros y túneles hasta que ve la portería, como si intentase recorrer todo el campo oblicuo de Oliver y Benji. Una jugada aislada arranca aplausos; dos quizá murmullos, pero tres acaban cabreando al entrenador. No quedan muchos genios ‘chupones’ por Europa: a vuela pluma, se llevan la palma Robben, a quien Guardiola ha sabido aleccionar en solidaridad, y Eden Hazard, del que Mourinho ha dicho que tiene “un imán en los pies para lo que quiere”. Roberto Martínez, entrenador del Everton, lamentó la salida de Deulofeu la pasada temporada porque éste iba a ser su año en la Premier League. Luis Enrique no lo tiene tan claro y exige al canterano más responsabilidad que a los otros elegidos de La Masía. Si entendiese la palabra ‘equipo’ sería el doble mejor y eso significa apretar los dientes en defensa: su nuevo entrenador no le pide estadísticas en robo de balón, pero sí que se vea que al menos estorba. El Luis Enrique futbolista no era un malabarista de la pelota, sin embargo goleaba con la misma facilidad que incordiaba a los delanteros rivales.

Las oportunidades a La Masía no son un capricho de verano. Luis Enrique ha diagnosticado al paciente y su intervención quirúrgica consiste en injertar esa nueva ‘Quinta del Mini’ con los rescoldos de Guardiola y los fichajes de Zubizarreta. El público quiere seguir aplaudiendo a su factoría porque, lejos de  títulos y estrellas a golpe de talonario, la escuela es la escuela, donde empezó la génesis del Barça. Rafinha y Munir están sacando adelante la nueva promoción: el hermano de Thiago conoce el misterio del ‘falso nueve’ de Luis Enrique y al madrileño Munir le sobra desparpajo, se ve a la legua que está manufacturado en La Masía. Atentos a este delantero flacucho y escurridizo, al que poco le importa que la prensa presuma de tridente Messi-Neymar-Luis Suárez. La gente sabe que es uno de los suyos.

 

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Con ‘K’ de Keylor

5 Agosto 2014 por Carlos Vanaclocha

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Joaquín Caparrós nunca ha ocultado su admiración por Keylor Navas. “Tendríais que ver un entrenamiento suyo, es un auténtico espectáculo”, suele comentar a cualquier periodista que le pregunta por la flamante sensación del Mundial. “Tan pronto está volando de un palo a otro como salta desde el suelo, hace una voltereta y ataja un balón sin saber su dirección. Necesita dos camisetas por sesión porque la primera siempre queda empapada”. Para Keylor todos los entrenamientos de la semana son tan trascendentales como jugar en el Bernabéu o Camp Nou. “Ir a la ciudad deportiva del Levante es un rito diario, el de aprender a ser mejor profesional”, confesó el portero en una entrevista la pasada temporada; “uno nunca será un gran portero o ‘porterazo’, como dicen ustedes, si no acaba el día empapado de sudor y manchado del verde de la hierba”.  El sacrificio del trabajo es el ritmo de su Pura Vida, el lema que todos los costarricenses han coreado con cada gol de su selección, con cada parada de Keylor. Lo demás apenas importa para uno de los mejores profesionales que conoce el fútbol de élite. Costa Rica entera siente orgullo patrio por su portero hasta el punto que el presidente de la nación, Guillermo Solís Rivera, pidió una audiencia personal con él cuando los ‘ticos’ regresaron de su triunfal periplo mundialista.

Pero Keylor es un tipo agradecido y, siempre que puede, se deshace en elogios hacia su mentor, compatriota suyo y entrenador de porteros de la selección nacional. En el 2010, un mito del Albacete Balompié, el portero Luis Gabelo Conejo, convenció al presidente del club manchego, Rafael Candel, para que fichara a prueba a Navas. “Del aeropuerto de Barajas a mi despacho de Campollano, tal como hicimos con Conejo”, anunció Candel en la presentación del portero del ‘Alba’. Keylor puede detallar todos y cada uno de los partidos que jugó Conejo con el ‘Queso mecánico’ de Benito Floro de principios de los noventa: “He visto muchos vídeos de Conejo pero no en vivo porque tenía cuatro o cinco años”, contó Keylor en un charla desenfadada con periodistas costarricenses durante la primera semana del Mundial. Lo que sí guarda como una reliquia el todavía portero del Levante es una cinta resumen de su selección en el Mundial de Italia 90, donde superaron el grupo de Brasil, Escocia y Suecia con palomitas gloriosas del que fue guardameta de aquel despampanante ‘Alba’. “Lástima que Conejo no jugase los octavos contra Checoslovaquia”, suele contar el nuevo portero del Real Madrid.

Las televisiones del Mundial acabaron percatándose de su habitual rito: antes de cada partido se arrodilla sobre la línea de gol de la portería y reza una oración. No en vano, la Biblia es su libro de referencia y Cristo su guía espiritual Sus conversaciones divinas surten efecto porque batir de penalti a Keylor Navas es casi una hazaña homérica (en la última Liga le marcaron la mitad de los que le chutaron). En la pasada tanda de penaltis contra Grecia de los octavos de final, Fernando Santos, el seleccionador de los griegos, dio una serie de instrucciones a sus lanzadores para que calibraran bien sus fusiles; conocía la fama de ‘parapenaltis’ de Navas, sobre todo con esos dos penaltis que detuvo en un minuto a Jorge Molina en un Levante-Betis liguero. Pocas veces un país dependió tanto de un portero, por eso, hoy más que nunca es héroe nacional en Costa Rica; la presentación en el Bernabéu ha pillado de madrugada allí pero retumbará en todos los telediarios casi tanto como la proeza mundialista. Y no tiene reparos en coger el teléfono para responder a la prensa; ni siquiera en dar el número de su habitación del hotel de concentración para atender con más calma a cualquier entrevista. Por algo, es profesional desde que se pone los guantes por la mañana hasta que se duerme leyendo pasajes bíblicos.

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Iker Casillas, la batalla del tenista

3 Agosto 2014 por Carlos Vanaclocha

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“El portero está descentrado. Tiene que volver a coger las distancias”. John Benjamin Toshack todavía presume de ser el entrenador que dio la oportunidad de su vida a aquel chaval imberbe que se “comió el marrón de San Mamés”. El técnico galés aprovecha estos días una de sus últimas aventuras en un banquillo del fútbol marroquí, pero nunca pierde de vista a Iker Casillas, el novato que le solucionó (a medias) los problemas de la portería. Quizá el capitán del Madrid necesita que el viejo Toshack le recuerde cómo fueron sus primeros partidos para que vuelve a apretar los dientes como un perro rabioso: “En San Mamés pudo hacer algo más en el gol de falta de Julen Guerrero; en Grecia, también pudo haber salido mejor en un gol de córner de Olympiakos y contra el Depor en el Bernabéu no pudo atajar el disparo con efecto de Djalminha”. Anoche en Michigan el Manchester United no marcó de falta ni con efecto endiablado, pero seguro que Iker se tomó el amistoso como el punto de inflexión para su despegue. Acostumbrado a jugar a la ruleta rusa del Bernabéu durante década y media, en la que una cantada mataba un sinfín de paradas imposibles, Casillas afronta la batalla psicológica más dura de su vida (perdón, la primera fue la que acabó con las tres paradas de Glasgow 2002); es decir, o la para él o es gol, no hay compañeros para hacer las coberturas. Y el Iker de ahora no es el Iker del madridismo, ése que, según Florentino Pérez, “es más amado que el propio presidente”, tal como publicó ayer Diego Torres en El País.

Casillas meditó irse a la Premier League u a otra liga a probar nuevas experiencias. Destinos sí tenía (uno en Londres, por cierto) a pesar de la rotundidad con la que lo niega cierta prensa. Pero su militancia merengue ha pesado demasiado, sobre todo porque la ‘Décima’ no podía provocar la salida de un mito. Si él le hubiera dicho al presidente que se quería ir, entonces habrían pactado una salida en la planta noble del Bernabéu, pero no gratis, claro. Entró en barrena desde la pasada final de Lisboa y todavía no ha conseguido alzar el vuelo, para eso está la pretemporada. De momento, su mala actuación de anoche ha dado la suficiente carnaza para mordisquear el debate de la portería por cualquier costado. Es lógico: un análisis táctico del equipo probeta no interesa a casi nadie a estas alturas, sino el morbo del portero. Discutir si Casillas aguantará la presión de una próxima cantada o qué habría hecho Diego López contra el United entretiene los cenáculos periodísticos y las reuniones vecinales. Antes se trataba de que Raúl vivía del aire (‘el que no hace nada’ de Manolo Lama), continuó con que Fernando Alonso ya no era tan bueno porque no ganaba con un Ferrari y ahora apuramos si Casillas debe o no largarse.

Y como la memoria es tan frágil y las redes sociales han encendido una furibunda corriente de opinión que tacha a Casillas de portero de cartón piedra, el guardameta asistirá a su segundo juicio público en Cardiff, en la Supercopa europea contra el Sevilla. Pep Guardiola advirtió a la prensa que no era justo acribillar a su equipo si no jugaba ese fútbol de salón catalogado ya en las hemerotecas; Casillas de momento no ha visto cómo la grada del coliseo blanco baja su pulgar. Es la apasionante batalla mental que se le plantea al capitán, sólo ante el peligro, como el tenista que tiene que remontar el set. “Ahora la ha cagado otra vez, por eso, siendo Iker Casillas, todo volverá a la normalidad. Merece una despedida como la de Eric Cantona en Old Trafford”. Palabra de Toshack.

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