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El Valencia de Mongolia

26 Agosto 2016 por Carlos Vanaclocha

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El Valencia Club de Fútbol desapareció en el instante que Amadeo Salvo vendió su alma al diablo. Ahogado por sus acreedores, sin vender Mestalla y con el nuevo estadio paralizado, el ex presidente tomó el único atajo que le ofrecieron: convertir un club con solera en una empresa de compraventa de jugadores. De repente, el universo Jorge Mendes engullendo una ciudad como una tormenta de arena; de repente, un multimillonario singapurés comprando a distancia un juguete roto para emular a los dueños ricachones de la Premier. El mejor agente del mundo inaugurando oficinas en Monaco y Valencia,  bazares para comprar jugadores anónimos con ínfulas de estrella y vender a diestro y siniestro sentimientos y pasiones. Porque no importa el nombre, sudar en el césped o haber jurado amor eterno a la ‘terreta’. Paco Alcácer queda como el enésimo proscrito de un club que soñó (y logró) incordiar a Barça y Madrid, y que desde hace demasiado tiempo es una torre de babel de empleados que trabajan para cobrar a fin de mes. Paco siempre quiso levantar las Ligas de David Albelda y recolocar al Valencia en el mapa, pero nunca imaginó que su casa acabaría convertida en una multinacional de importación y exportación. La operación se hizo pública hace pocos días, pero Mendes y Peter Lim la habían ejecutado con antelación; el Barça rastreaba un delantero de refresco y el nuevo Valencia rapiña billetes como un buitre. Podría jugar el campeonato de Mongolia y en la calle nadie se habría dado cuenta. No surgen manifestaciones espontáneas, no hay cabreos, sólo indeferencia, resignación ante un dueño marciano que ha ganado una subasta.

A Lay Hoon, brazo armado de Lim, le aconsejaron ganarse a las masas. Su discurso populista estaba precalentado en un microondas: ‘Paco Alcácer no está en venta’, cuando el santo y seña de la afición ché ya tenía su asiento reservado en el vestuario del Camp Nou. A Pako Ayestarán le prometieron un bloque pétreo, sin fisuras, y él creyó a sus jefes: no está en condiciones de exigir al estilo Fabio Capello porque nunca ha dejado de ser itinerante. Su banquillo huele a carnaza para tiburones, los que se preparan para escuchar las futuras llamadas de Mendes. Vendido André Gomes (55 millones) y Mustafi (41 al Arsenal), la coartada del Fair Play Financiero no necesitaba la venta de su goleador. Lejos del fervoroso Mestalla, aquello es ahora una nave industrial desmantelada porque cualquiera que salga a la calle y pregunte por un par de futbolistas del Valencia se va a llevar una desagradable sorpresa. Si acaso, Parejo, el tristón ex capitán que deambula por el campo sin entender por qué no le dejaron irse al Sevilla; ¿Gayá? Sí, sonó para el Madrid, pero renovó y desde entonces es una sombra de sí mismo. De la noche a la mañana, a ese Valencia que peleaba con el Atlético por el tercer puesto de España en la década de los noventa le sometieron a una transfusión sanguínea. En el pasado fue el Valencia de Lubo Penev,, de Mijatovic, del mismo Albelda y Mendieta, de David Villa….había estrellas para cada generación.  Alcácer se marcha a escondidas, sin una última ovación y con el lloro desconsolado de tropecientos niños que hoy habrán roto su póster de la pared: no lo planeó así pero su carrera es más importante que seguir en esta sociedad ANÓNIMA. En el sentido más literal de la palabra.

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Cafetero sin ínfulas galácticas

23 Agosto 2016 por Carlos Vanaclocha

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Él quiere quedarse, el presidente le quiere retener y su país le suplica que emigre. James Rodríguez, ídolo de barro en el Bernabéu y de masas en Colombia, no quiere se recordado como otro pufo de dimensiones bíblicas (de momento, Kaká se lleva el dudoso honor). Ya no arrastra esa silueta ensanchada de la que sospechó Colombia, y su azotea quizá no esté tan bien amueblada como la de Rafa Nadal, pero tampoco precisa del diván de un psicólogo. James ha captado que su futuro en el Real Madrid depende de esta temporada; merece otra oportunidad porque su P.V.P pesa demasiado (80 kilos en concreto) y sus patrocinadores le insisten que pelee. Para el marketing, no es lo mismo jugar de blanco que con cualquier otro color; si acaso, el Manchester United. Por delante, los 110 metros valla para la titularidad: de repente ha aparecido en escena Marco Asensio, invitado sorpresa que ha sudado en una pretemporada las mismas camisetas que James en un año. Además, permanece Isco, su competidor natural, de ritmo guadiano (aparece y desaparece) pero que genera en la grada intriga con el balón en los pies. El mejor James tumbaría las dudas; el de ahora es carné de todos esos tiburones que huelen la sangre con cualquier fichaje elegido a dedo por Florentino Pérez.

Necesitado de cariño, James se aferra a la nostalgia del pasado. Aquel golazo estratosférico a Uruguay en el Mundial de Brasil le valió de pasaporte al Madrid, y lo suele recordar para decirse a si mismo que no puede haber empeorado tanto. El James novato lanzaba tomahawks y pasaba pelotas con escuadra y cartabón; su versión acomodada se despista en los desmarques, calibra mal las asistencias y ha perdido caballos en el motor. “James es un Di María con diez kilos más de peso”, la definición perfecta de Ancelotti hecha realidad. Salvo que antes jadeaba por el campo como un bulldog con tacto, y ahora arrastra grilletes en las botas. El madridismo tuerce el morro porque no tiene paciencia, y en la directiva han sugerido al presidente escuchar cualquier oferta obscena; es decir, de cincuenta para arriba. Sonó como jugador de Balón de Oro y la exageración se lo comió: se dispersó cuando se sintió estrella del star system de la capital y estas semanas las afronta como el juvenil que sueña con agradar a su entrenador y salirse de la criba. James ha bajado a la Tierra porque en el Real Madrid los aduladores te meten en un cohete Sputnik directo a la luna. Ha vuelto el cafetero y sin ínfulas galácticas. A eso se le llama un buen principio.

 

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La consulta del dentista

20 Agosto 2016 por Carlos Vanaclocha

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El Betis salió de la consulta del dentista con una ortodoncia. Es una de las mejores descripciones que Joaquín Caparrós se inventó para justificar un 7-0 en el Camp Nou con el Levante hace tres temporadas. La culpa tiene un apellido, Messi, de nombre Arda o Luis, (Suárez); da igual, la apariencia es la misma. El Barcelona intimida porque es voluntad de D10S, lo demás son lecturas de papel mojado. Cuando Leo quiere, el fútbol se detiene en sus botines; el barcelonismo lo disfruta, pero una nación entera sospecha. ¿Por qué no es el mismo con Argentina? Básicamente, la albiceleste no tiene un Iniesta que desengrase el centro del campo, ni un sambódromo para Neymar. Pero quizá la diferencia que hierve las venas de su gente sea que ellos dependen de un puntapié de Higuaín, y el Barça se gusta con el mejor delantero centro del mundo. Y, claro, no es el ‘Pipita’. Acostumbrado a disparar primero y preguntar después, Luis Suárez agradece que las defensas españolas no sean tan puñeteras como las inglesas; aquí tiene espacios, allí un zaguero de casi dos metros metiéndole el codo en la barbilla. El Real Madrid no quiso fichar al uruguayo porque sus mordiscos corrompían el libro de estilo blanco; el Barça no se lo pensó dos veces y eligió al goleador para acabar de una vez con ese venerado y envenenado casting: Eto’o, Ibrahimovic, David Villa, Alexis Sánchez…

La directiva azulgrana sugirió a Luis Enrique una buena venta con Arda Turan, y la respuesta fue tajante. “Merece otra oportunidad”, espetó a sus jefes, que no confiaban en la resurrección del ex atlético, y menos después de escuchar estupefactos por televisión cómo la afición turca silbó y se hartó de su estrella. Pero Arda recordó las tesis del cholismo: el esfuerzo no se negocia, y el trabajo antes que éxito. Vino a la pretemporada obediente, sin conatos de rebeldía, y con Messi al lado sale sobreexcitado. La sonrisa blanca entre la poblada barba cada vez que se la enchufaba a Leo&Luis le delata: no se arrepiente de desertar como soldado espartano porque en tardes como la del Betis, la vida es una orgía de universitarios americanos. Pasen y disfruten, que en Can Barça cualquier geniecillo puede hacer de Globetrotter. El drama vendrá con el regreso del olímpico Neymar, que no admite discusiones con su trono; será entonces el momento de Luis Enrique y su habilidad para reconvertir a Turan sin quitarle chispa. Quién sabe, a Sergi Roberto le colocó de lateral derecho y no desmereció para nada a Dani Alves.

Sin distracciones ni alteraciones en el universo Messi, el Barça acaba de prender fuego a la Liga con un bazuca. En estático versión Guardiola es mortífero, al contraataque sigue siendo letal porque su astro no olfatea el área sino que la sorprende en eslalon desde diez metros atrás. Decía un técnico de La Masía que Leo acabará jugando en el palmo de césped donde se desenvolvía Xavi Hernández; puede que más tarde que temprano, porque de momento nadie le quita la licencia para hacer lo que quiera. Sí, a veces anda por el campo con un tedio incomprensible, pero mejor no verle por el balconcito del área. La automática puede estar cargada en cualquier momento. Se olvidó de las lágrimas que estremecieron a su país para volver a jugar en el barrio. Y mientras sea feliz, no habrá discusión. Es él o él. Nadie más.

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El gran rondo de Guardiola

17 Agosto 2016 por Carlos Vanaclocha

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Vuelve el rondo de Guardiola. El balón siempre al pie, sin injerencias, y que corran los otros. Así hartó el City al Steaua en su propio estadio, tocando como si no hubiera mañana. A Nolito le preguntaron hace unas semanas si se arrepentía de no haber fichado por el Barça, sin duda una pregunta capciosa. “¡Pero si voy a estar con Pepe!” fue la respuesta juguetona del escurridizo delantero de la selección que anoche se asomó a la fiesta de esos locos bajitos de Manchester. De repente, el centro de gravedad ha bajado un palmo: Kun Agüero, David Silva, Sterling y el último invitado, Nolito. Un gran rondo de veinte metros cuadrados que hizo saltar por los aires la defensa rumana e hizo al portero Nita internacional. El Kun se ha quejado los últimos años del maldito último pase: socios que le pongan la pelota por delante para engatillar a la carrera, su especialidad. Con Guardiola los falsos nueves y los media puntas fantasmas estarán a su servicio: él es la estrella y si sus musculosas piernas y los penaltis no le traicionan, éste es su año. Prohibido rifar las jugadas; prohibido el patapum p’arriba; prohibido pasar sin pensar; prohibido centrar sin mirar. Es un decálogo de principios que cada jugador debe aprender o escribírselo en una chuleta como hacen los quarterbacks con las mil estrategias del fútbol americano.

A Roman Abramovich le costó conseguir la Champions para el Chelsea casi una década y más de mil millones de despilfarro. Nasser Al Khelaifi no ceja en su empeño de poner ceros en los cheques para regalársela al Paris Saint Germain, y los dueños del City  también han vaciado la caja pero con estrellas de segundas fila, algunas en permanente sospecha como Gündogan, al que las lesiones le han apartado de la élite en los últimos tiempos. Dicen que Kevin De Bruyne fue fichaje de Pep porque Ferrán Soriano y Beguiristáin ya sabían que su camarada acabaría ciclo en Munich. A él no le han traído un Pogba de 120 ‘kilos’, pero sí al central John Stones por la mitad. Suena a exageración su P.V.P. y que le nombren sucesor de John Terry en la selección inglesa. Desde luego, no será un zaguero de pedigrí británico, de los que como dijo ocurrentemente aquel Pedrag Spasic del Real Madrid, “o pasa el balón o el jugador, pero nunca los dos”. Anoche Stones tenía de referencia a Kolarov y, si no, a Otamendi, y si no, a Willy Caballero. Nunca el cielo rumano.

Desde la calle, Guardiola da la sensación de haber reunido un vestuario inmune a las peleas de egos; sin caprichos ni estrellas rebeldes. Le advirtieron que Yaya Touré se comporta como una vedete de sueldo exagerado y le está manteniendo a raya, poniendo y quitándole. Ayer ni siquiera viajó a Rumanía. Cuando Ibrahmovic fichó por el Barça en 2009, Guardiola le dio la bienvenida en su despacho de la Ciudad de Sant Joan Despí y le informó que en la primera plantilla nadie acudía a los entrenamientos en Ferraris o Lamborghinis, que intentaban educarlos en la normalidad. Ningún Ibra o Pogba encajaría en un protocolo en el que el líder entrena y el resto juega. No hay alternativas: o eres bueno con el balón o no vales para el equipo. Aunque siempre aparece alguna disfunción llamada Chigrinskiy. Las reverencias al show de Bucarest no dejan lugar a la duda: Nolito ha entrado en un patio de colegio donde no se siente extraño. Sólo falta averiguar el estímulo del público citizen, tan amante del pim, pam, pum como el del Munich. Es el fantasma que siempre persigue al a veces incomprendido Guardiola.

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Sin galácticos

14 Agosto 2016 por Carlos Vanaclocha

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La web del Real Madrid no anuncia ninguna presentación faraónica. No quedan galácticos en el mercado y la noticia es que Florentino Pérez no ha leído ningún ‘sí’ en forma de garabato pintarrajeado en una servilleta. Eso lo estrenó Zidane para darle brillo al casting de Hollywood que empezó Luis Figo. Sonó Paul Pogba como si fuese a cambiar el fútbol para siempre; su P.V.P. ponía muy cachondo al madridismo, su talento apenas excita a los propios franceses. El Manchester United necesitaba un golpe de efecto para encender al ‘mourinhismo’ y su fichaje de tronío era necesario para olvidar la época ominosa de Van Gaal. El Madrid vio el movimiento desde la barrera, sin volverse loco ni atender las mastodónticas condiciones del agente Mino Raiola. Su representado habría sido una bomba en los despachos y un petardo sobre el césped. Generoso en el esfuerzo, no demostró ninguna condición sobrehumana durante la Eurocopa; no en vano, fue cuestionado en la primera fase por su sospechosa apatía hasta que dejó de estar en el limbo. La nueva cresta de oro (sucesora de la de Neymar) jugará en la Premier con grilletes pesados, y esos 120 millones (o 110 según versiones) no los levanta ni Lidia Valentín. A Gareth Bale le sigue costando; James es una causa perdida.

Tic, tac, tic, tac. Al mercado le quedan dos semanas y en la planta noble del Bernabéu no suenan llamadas interesantes. Ni siquiera la de Moussa Sissoko, un trotón de marca blanca que ha suplicado su fichaje a la BBC (“Estoy esperando la llamada del Real Madrid”).  Humo, es otro de los cien mil jugadores que creyeron nacer para jugar en el Real Madrid. Bernd Schuster dijo una vez que “las portadas del MARCA en verano tenían más morbo que Falcon Crest”. Y no le falta razón porque hubo una época en la que una exclusiva podía alterar el sistema nervioso de la gente. Por ejemplo, una en la que aparecía Figo bajo el titular ‘Es feliz’ después de una supuesta discusión con Florentino, u otra en la que Ronaldo Nazario se descubría ante el público español vestido con traje de astronauta al son de ‘Fichaje galáctico’. Venía al Barcelona, no al Madrid. Recuerdos de la infancia, Ramón Mendoza revolucionó el verano de 1994 con Valdano en el banquillo, y Laudrup y Fernando Redondo como figuras mediáticas (sólo faltó Eric Cantona, petición de Ángel Cappa); y al año siguiente un verano desértico en las oficinas del club. Como que ese Madrid ya no ilusionaba sin caras nuevas. Incluso, el Barça más perfecto de Guardiola compró cromos para seguir alimentando la orgía culé: Ibrahimovic, David Villa, Alexis Sánchez…Pero el mérito se lo llevó el difunto Jesús Gil con innumerables proyectos y sus ansias de fumigar el vestuario cada mes.

Por una vez el Madrid no ha sido Billy El Niño desenfundando. Ningún representante, ni siquiera Jorge Mendes, ha salido de Concha Espina con un billete dorado (éste es el verano de Riola). El presidente susurró públicamente a Zidane que estaban “enredando”: ¿Pogba, el tal Gabriel Jesús? Basta que se descubra la talegada que se ha llevado al agente de Pogba para responder. No hay plan renove (Lorenzo Sanz dixit) porque la plantilla sólo necesita chapa y pintura en el banquillo. Casemiro es una proeza de la genética, pero a nadie le dura el diesel cincuenta partidos; la solución se miraba abajo, en Valdebebas, y se llamaba Marcos Llorente. Se fue al Alavés. Sin recambio de ‘5’ y con overbooking de media puntas: Marco Asensio suena como una taladradora, Isco aún no ha sacado el último conejo de la chistera, pero James aburre y se aburre a sí mismo. Depende de su volátil cabeza y eso en el Madrid no tiene futuro. En las charlas de sobremesa ponían David Alaba, hasta que Marcelo se espabiló este verano, y Julian Draxler porque es otro artista aseado que no le importa inventar caños y bicicletas con la osadía de Denilson. Pero no es lo que busca el entrenador. Ni el presidente. Los equipos están rastrillados y las cláusulas blindadas, no queda tiempo para que nadie se rebele. Alguien que merezca la pena, claro.

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Broncas a escondidas

11 Agosto 2016 por Carlos Vanaclocha

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Marcelino García Toral frunció el ceño en el preciso instante en el que su jefe, José Manuel Llaneza, le comunicó la histórica venta de Eric Bailly al Manchester United. Cuarenta millones de euros (treinta para el Villarreal y diez repartidos en comisiones) consolidaron el sistema Moneyball del submarino amarillo. Compras baratas, ventas millonarios y sin un genio de la compraventa como Monchi en la oficina. Marcelino aceptó la venta del central marfileño que él escogió y pulió, pero no entendió el momento: el bloque debía permanecer compacto para no hacer el primo en la Champions; cualquier victoria en la competición de los mayores nutrirían una tesorería que no es la cámara acorazada del tío Gilito, pero que presume de deuda cero con Hacienda y la Seguridad Social. Al entrenador le trajeron a Alexandre Pato, ídolo de barro en Brasil aunque atractivo para un estadio como El Madrigal, pero la lesión de Soldado y el tonteo del capitán Mateo Musacchio con el Milan reventaron la bombona. Demasiado inflamable es este último caso que ha menoscabado la autoridad de un míster que se ha ganado a pulso la potestad de gestionar con puño de hierro. A Marcelino nunca le ha temblado el pulso y ha detectado en Musacchio una apatía peligrosa para el bienestar del vestuario. Exigió castigo para el jugador, pero Fernando Roig le ignoró…otra vez más.

Aquella antológica queja de Rafa Benítez en Valencia espetando que pidió “un sofá” y le trajeron una “lámpara” la ha tenido muy presente Marcelino. La gesta de meter al club en Champions merecía otra voz autorizada en los fichajes, aparte de Roig y Llaneza. Pero el Villarreal es una estructura jerárquica perfectamente cuadriculada, en la que cada departamento tiene sus competencias inamovibles y las injerencias son mal vistas. El ejemplo financiero y logístico de Mercadona, dirigida cum laude por Juan Roig, hermano de Fernando, recuerda ese funcionamiento. El hasta anoche entrenador del equipo amarillo murió con sus principios, sin pedir árnica ni reflexiones de ducha fría. Roig y Llaneza son dos dinosaurios testarudos que han creado un fenómeno social en un pueblo industrial de cincuenta mil habitantes; su visión empresarial nunca les ha traicionado y ya puede venir Mourinho pidiendo la Quinta Avenida o Fabio Capello suplicando una purga para medio vestuario, que las decisiones sólo se tomarán en la planta noble. Es el Villarreal y así funciona. El comunicado oficial anunciando la bomba anoche olía raro; ni un atisbo de jaleo, ni un solo cabreo de proporciones bíblicas telegrafiado a la prensa. Al contrario, el pasado 09 de junio Roig disipó los rumores de la candidatura fantasma de su técnico para la selección española: “El Villarreal quiere a Marcelino y Marcelino quiere estar aquí”. Parafraseando a J.B. Toshack, un asistente muy cercano a Marcelino comentó una vez en privado que “la ropa sucia hay que lavarla en el vestuario, pero de vez en cuando airearla para que se seque. Quizá sólo así te tomen en serio”. No ha sucedido en el fatal desenlace presidente-entrenador, pero el tiempo irá revelando esas broncas, cuando Roig o Marcelino bajen la guardia delante de un micrófono.

Marcelino ha sido siempre estricto y distante con sus jugadores. No es amigo sino entrenador; escucha, pero su método prevalece por encima de todo. Sus plantillas son maquinarias en las que cada pieza pertenece al engranaje, sin arrebatos de divos ni caprichos de estrella de rock. Él habla y el vestuario obedece; no hay más lectura entre líneas. Y como un director de cuentas, se le renueva por resultados, sin agasajos ni palmaditas en la espalda. Funciona y lo demás apenas importa. Y si él ha creído que de repente podían aparecer otros ‘Musacchios’ en un futuro convulso, el estado de alarma era inevitable. Las paredes de Riazor (en el Teresa Herrera) todavía no han filtrado los gritos escandalosos entre Marcelino y su central argentino; y como un Lord Sith de La Guerra de las Galaxias, si no estás conmigo eres mi enemigo. Sin entrenador, ni delantero centro, y a una semana de la previa de Champions, Roig no se pone nervioso: la cartera de pretendientes ya está en la oficina. Sonaba Pellegrini, nostalgia del pasado; al final, Fran Escribá. Veremos si la afición que venera al presidente no se acuerda de Marcelino. Más nostalgia.  

  

 

 

 

 

 

 

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La aldea de Astérix y Obélix

8 Agosto 2016 por Carlos Vanaclocha

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Maravillosa minoría. Ingenioso eslogan y sentimiento unánime de un club que siente ignorado en Barcelona y apenas le importa a España. Un gurú del marketing que ha trabajado en campañas con el PSOE dijo una vez que el Espanyol debería venderse como la aldea de Astérix y Obélix contra el imperio romano. Una historia que contar a aquellos niños iniciados por sus padres en el españolismo y en la repulsa al Barcelona. Tienen una masa social más numerosa que otros modestos como el Rayo Vallecano, pero hacen menos ruido. Desde el ‘Tamudazo’ no se hablado de ellos porque no saben (o quieren) llamar la atención. Y entre el colapso que les provoca ese mastodóntico hermano mayor y la poca gracia mediática de la gente de Dani Sánchez Llibre, el Espanyol no da para una charla de barra de bar. Piqué les brindó una oportunidad para la picaresca con un ataque al corazón: “Son una maravillosa minoría, espero que llenen su propio campo”; la respuesta fue un silenzio stampa que indignó a los pericos. Otra vez olvidados, en tierra de nadie como la clasificación del equipo en los últimos años. Sin dinero para gastar, con lo justo para sobrevivir, ni reclamos publicitarios para invertir, el miedo se olía en la calle: cualquier descenso de rebote tiraría el patrimonio del club por un retrete. A la llamada de socorro acudieron dos grupos: americanos, cómo no, y Mr. Chen, millonario chino que domina el sector de los juguetes electrónicos (Rastar Group). De coches teledirigidos a manejar un club de fútbol desde la distancia, pagando cheques a Hacienda y al proyecto de Quique Sánchez Flores. Lo primero, una necesidad; lo segundo para emular su sueño de un Leicester en Barcelona.

Quique aceptó el banquillo porque le ha prometido cantera y cartera. Una carrera sin prisa y sin vallas, sin la urgencia de calcular hasta el último céntimo y mendigar cesiones a otros clubes. Con Javier Aguirre de entrenador no gastaron ni un millón de euros (2012-2014); Pochettino elaboró un informe vital de la escuela de Sant Adriá para sacar filiales de la nada y a Sergio González le construyeron una plantilla de hojalata con apenas tres millones (fuente Transfermarkt.es). Pero vino Mister Chen y en un puñado de semanas alejó los temores de otro Piterman de la vida. Se ha desatado el optimismo en Cornellá y en la planta noble auguran una Liga tranquila, la enésima en el desierto, para acometer Europa League en el segundo año. Esto es información, no opinión. El entrenador es la estrella; los fichajes son retales repudiados de otros equipos, excepto el portero Roberto, al que Grecia se le quedó pequeña. Han sacado a José Antonio Reyes del mausoleo de elefantes, y el ex madridista Jurado ha dejado de dar vueltas por el mundo. Si quieren, pueden. Leo Baptistao podrá reivindicar que no fue un delantero con potra en el Rayo, aunque el casting ha sido un parque de atracciones: Negredo, Falcao…donde hay dinero, se huele a la legua. Todavía faltan tres o cuatro piezas en la retaguardia: suena Demichelis porque Quique cree que le puede alargar el plan de jubilación. No vendrá el argentino, pero sí otros. El chino no falla.

Ahora o nunca. Se oyen las caceroladas desde Cornellá; Mister Chen provoca ruido. Y no es un experimento con gaseosa porque han escaneado de arriba abajo las credenciales de Quique. Él sacó al Atlético de la mediocridad y él ha mantenido a la cenicienta de la Premier entre los mejores. El Watford llora su pérdida, pero el Espanyol necesitaba creerse esa historia de Astérix y Obélix. De nuevo, las tiendas venderán camisetas con ídolos de barrio y no de barro. Y cuando llegue el Barça, será el momento de sacudirse esa vergüenza de hermano pequeño que sólo recibe collejas. Un club centenario que no podía seguir cayendo por un pozo sin fondo, sin dinero ni siquiera para papel higiénico en la ciudad deportiva. Sí, el Espanyol está en manos chinas por dejación de sus anteriores dueños; una estructura que se quedaba obsoleta e impropia para un estadio muy británico, donde apetece ver fútbol y no cabreos y llores desconsolados de niños que alzan la cabeza hacia sus padres con la incómoda duda: “¡Papá, nunca ganaremos nada!”. A lo mejor sí. Ha llegado Mister Chen, es Navidad.  

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Dos entran, uno sale

4 Agosto 2016 por Carlos Vanaclocha

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Dos entran, uno sale, como en la Cúpula del Trueno de Mad Max. Es la eterna pelea por el puesto más codiciado de un equipo. Y no es el goleador. Luis Enrique maneja una elección tan volátil como seguir alternando a dos de los mejores porteros del momento o hacer caso de la vieja escuela y apostar todo a la bola roja. Por merecimientos, Claudio Bravo dio media final a Chile en la Copa América con dos intervenciones sublimes y ha ganado las dos Ligas que ha disputado. Firme debajo de los palos, su mandato es parar con los guantes, primero, y dominar sus botas, después. Expeditivo, entrena el pase corta a su primer defensa y también el patapum p’arriba (guiñol de Javier Clemente dixit) en circunstancias inevitables. Bravo es capitán de un país campeón que no entendería una suplencia gratuita. Apenas canta, controla el mano a mano con infinitos tentáculos que empequeñecen la portería y repele cabezazos magistrales. Lucho no debería encontrar motivos para romper costumbres.

Al otro lado del ring, Ter Stegen, el sofisticado guardameta alemán que parece haber mamado la escuela cruyffista. Lleva guantes, pero podría pasar por centrocampista elegante. Sus reflejos no le suelen traicionar, pero sí esas jugadas poco ortodoxas que buscan sobreexcitar a la grada. Vino del Moenchengladbach porque el Barça necesitaba una garantía en la portería que no envejeciera. Él estaba preparado para el gran reto, pero le trajeron a Bravo y Luis Enrique optó por la decisión salomónica. El chileno jugaría todos los fines de semana para mantener su regularidad, y a Stegen le regalaba la competición de los mayores, en la que un fallo te manda a casa. Cometió uno grosero en París durante la primera fase de su primera Champions, y se resarció en aquella semifinal contra el Bayern de Guardiola, en la que fue pesadilla de Lewadowski. Los balones a quemarropa son su especialidad, los regates suicidas su debilidad y los balones aéreos un calvario que necesita demasiado entrenamiento. “El portero del futuro” fue el eslogan que le colgó Zubizarreta, entonces director deportivo, para olvidar rápidamente la sospechosa salida de Víctor Valdes. Llegó a Barcelona entre un aluvión de odiosas comparaciones: de Zubi a Valdés y de éste a Ter Stegen. Por el camino, porteros espantapájaros y guitarristas de club de la comedia. Zubi le trajo porque la fiabilidad alemana vende, y mucho. Salvo aquel Timo Hildebrand del Valencia que, en efecto, fue un timo en toda regla. Desde siempre, el Barça ha jugado en campo contrario, con la zaga en la medular y la necesidad de que cualquier portero bordease el precipicio de José Francisco Molina, el escurridizo arquero del Atlético de Madrid que salvaba media docena de ocasiones por jugar a cuarenta metros de su portería. Ése es el Ter Stegen que prefiere controlar un balón con el pecho a blocar con las manos.

Suplente de Alemania, la sombra de Neuer se puede alargar hasta la posteridad. Stegen necesita jugarlo todo porque está en fase de crecimiento, y así lo transmitió en las oficinas del club esta semana. Y como en estos casos, el fuego cruzado de versiones interesadas se dispara sin piedad, nadie sabe a ciencia cierta si amenazó con ultimátum o sólo pidió una explicación para imaginarse en su cabeza el panorama de esta temporada. Dicen (nunca se sabe quién) que Guardiola le espera en Manchester porque no se fía del cantarín Joe Hart. Esto último es información, lo primero simple palabrería. O no. Pero el Barça no vende a su “portero del futuro” porque si el alemán puede con la presión de Bravo, no habrá copia de las llaves de la portería. Sin embargo, el chileno viene más emocionado que nunca, habiendo vencido a Messi en dos finales consecutivas y con el desafío de jugar Europa. La Liga no es consuelo. El Real Madrid no rota porteros, ni el Bayern, ni el United, ni el Atlético, que también tiene a dos muy buenos. Dos entran, uno sale.

  

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El Rey León enjaulado

2 Agosto 2016 por Carlos Vanaclocha

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“Fernando es el tipo de delantero que siempre hemos buscado: dueño del aire y sutil con el balón”. La carta de presentación con la que Antonio Conte describió a Llorente en la sala de prensa del Juventus Stadium el 01 de julio de 2013 revolucionó los noticiarios italianos de aquella noche. La Juve es el Madrid de Italia y un fichaje cocinado durante más de un año en las oficinas de la familia Agnelli se eleva a debate nacional. El ostracismo en Bilbao con el ‘Loco’ Bielsa había merecido la pena; las broncas ensordecedoras de San Mamés ya eran pasado. El ‘Rey León’ quería títulos y su talento lo reclamaban los grandes de Europa; entre ellos, Florentino Pérez. Firmó cuatro años, pero nunca se habría imaginado sentirse como en un sumidero de Bangladesh antes de que expirara ese contrato. Es el Fernando Llorente de este verano, repudiado por su propio club, el Sevilla, y resignado a sacar lo mejor de sí mismo para convencer al tozudo Sampaoli. Cualquier equipo necesita un boya de waterpolo que remate hasta un microondas y trague con el trabajo de alcantarilla o, dicho en cristiano, partirse la cara con los defensas. El riojano es el currículum perfecto, pero los goles son otra película. Ibrahimovic cuenta en su biografía Yo soy Zlatan que en su primer encuentro con su actual agente, Mino Raiola. éste le mostró una pila de papeles con las estadísticas de los mejores goleadores de Europa: Thierry Henry, Trezeguet, Inzaghi…todos dejaban al sueco del Ajax a la altura  del betún. La contestación chulesca de Ibra fue: “El fútbol no son sólo goles. Te lo demostraré”.

Llorente no redondeó una cifra de goles como Romario en el Barça (prometió treinta y los clavó). Su escultural figura e imponente altura intimidarían a los férreos zagueros italianos; como dice su hermano, Chus, “cada entrenamiento con la Juve era una prueba de supervivencia”. Debía ser el mejor cabeceando, de espaldas, desmarcándose y, de postre, una extenuante sesión de gimnasio. Creyó que el Calcio le curtiría como a un soldado espartano, pero Massiimiliano Allegri le dejó claro que sin goles no habría futuro. De repente, llegó Morata, escasearon los minutos y al león se le nubló la mirada. El David de Miguel Ángel se quedó petrificado; Turín era un sueño roto, la Premier un sueño idílico y regresar a España la terapia más rápida para recuperar la autoestima. Fue Unai Emery quien propuso su fichaje a Monchi por la urgencia de cubrir el hueco de Carlos Bacca. La puesta en escena fue un Sánchez Pizjuán medio lleno y un Llorente con ganas de colocar testarazos en las escuadras. Las plantillas de Emery reúnen mucho músculo y una tanqueta era la artillería pesada que necesitaba para completar el vestuario. Pero otra vez de cien a cero en un pestañeo; la efervescencia del principio convertida en un martirio que provocaba el murmullo de la grada sevillista. Innumerables dudas en la cabeza de Fernando: ¿cuál era la causa de un desierto tan kilométrico?, ¿eterna mala suerte?. Por descarte, no hay razones para el despiste: se casó y dejó de provocar el llanto desconsolado de adolescentes que veían en su belleza a una estrella del pop. Tampoco perdió el tiempo en desgastarse ante la prensa: ni una mala crítica, ni un dardo subliminal. Tan sólo importaba que sonara el despertador cada mañana y a entrenar a tumba abierta.

Sampaoli no le ha engañado. No cuenta con Llorente desde un principio porque prefiere manejar a gladiadores más escurridizos como Alexis Sánchez. Pero Monchi, genio en la compraventa de jugadores, no le quiere malvender. La Real Sociedad se interesó por él por una oferta irrisoria y  a él no le habría molestado renunciar a sus orígenes rojiblancos porque su mujer es donostiarra. Pero Llorente sueña desde hace tiempo con pisar Inglaterra y levitar en cada córner cerrado, en cada saque de banda made in Premier. Las faltas en el centro del campo son media ocasión de gol y no hay reto más excitante para un delantero acostumbrado a devolver melones con la cabeza. El sueño estuvo a punto de cumplirse la semana pasada porque el Swansea quería a otro fornido John Benjamin Toshack (héroe histórico de jugador y entrenador en el club galés). Pero el Sevilla rechazó la oferta de siete millones para cabreo monumental de Fernando. No rajará, pero ahora mismo sólo puede hacer una cosa en la jaula: ¡¡¡Riiiiing!, suena el despertador. Hora de entrenarse.

  

 

 

 

 

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El mejor lateral del planeta

31 Julio 2016 por Carlos Vanaclocha

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Noviembre de 2006. Real Madrid anuncia la última renovación de Roberto Carlos y termina el comunicado oficial añadiendo el fichaje de Marcelo Vieira, un lateral zurdo que había despuntado en el Fluminense pero que, a tenor de los vídeos que llegaron a España, tenía más pose de jugador de fútbol-sala. Ramón Calderón le fichó para cubrirse las espaldas por si al correcaminos más famoso de la historia le faltaba fuelle hasta su fecha de caducidad definitiva. Incluso, Pedja Mijatovic, entonces director deportivo, y Fabio Capello pensaron en mandarle al Castilla para que se fogueara en el fútbol español: “Era muy arriesgado sacarle tan pronto en el Bernabéu por miedo a que la sombra de Roberto Carlos se alargase demasiado”, comentaron en aquella época Pedja y su adjunto, Carlos Bucero. Durante la siguiente temporada, Schuster confío en Marcelo porque tampoco encontró más soluciones: el ‘gringo’ Heinze rendía mejor de central zurdo que de lateral y Drenthe ya había demostrado sus dotes de bufón con una comedia distinta cada vez que amagaba con hacer algo medianamente estético.

Marcelo siempre ha confesado su profunda admiración por Roberto Carlos y tampoco olvidará la oportunidad que le dio Juande Ramos. Sucedió en El Molinón, en febrero de 2009…el Madrid había cogido velocidad de crucero en la Liga a la caza del Barça y el técnico blanco no podía contar con Arjen Robben por el enésimo problema con su rodilla de cristal. Se decidió por Marcelo para cubrir el flanco izquierdo, de ese modo podría tontear con el balón sin riesgo de merodear su propia área. Marcelo se gustó a sí mismo y a su entrenador, porque no sólo se esmeró en florituras sino que se convirtió en puñal cada vez que rajaba la banda izquierda desde el interior. Juande había encontrado una alternativa diferente a la de esperar que Robben cogiese el balón en la línea de cal y desplegase el álbum de regates y fintas. Marcelo proponía asistencias de gol y disparos a media distancia, y el equipo había descubierto a un interior izquierdo más que prometedor. Con el tiempo el brasileño maduró su manejo del balón, capaz de enlazar varios quiebros en pocos metros y regatear en un palmo al estilo del gran Paul Gascoigne; en ataque se suele despendolar (para bien) cuando es liberado de responsabilidades defensivas. El problema de los últimas temporadas ha sido esa crisis existencial entre lateral o interior, que él ha intentado arreglar imitando a Roberto Carlos. No obstante, ha comprendido que ni tiene el turbo ni el diesel de su ídolo para ocuparse de toda la banda. Además, su mimo por la pelota a veces le juega malas pasadas, porque tan pronto inventa un zigzag sublime como le cogen la espalda en un contraataque.

Algunos cenáculos madridistas susurran que este Marcelo tapa las carencias de Cristiano Ronaldo. Él, Marcelo, es quien revienta los candados escondiendo la pelota al defensa; de repente aparece en el córner y en un pestañeo se cuela hasta la cocina. Quizá por despiste de los rivales o porque CR7 todavía es el enemigo público número uno para cualquier marcador,  ningún entrenador ha considerado colocarle un perro de presa que le haga sudar noventa minutos. Marcelo se está entendiendo con Marco Asensio durante esta pretemporada porque, como dice Jorge Valdano, “el brasileño juega en el mismo patio que Messi o Neymar”. No es una comparación, sino la opinión de que cualquier Brasil del 70 siempre sorprende más que una Italia siderúrgica. Sin discusión, Marcelo es el mejor lateral del planeta hasta que su silueta no vuelva a ensancharse, aunque los nostálgicos consideren obsceno compararle con el mejor Roberto Carlos. Pero mientras haya samba, ahí estará él bailando entre bosques de piernas. Es el secundario del que todo el mundo habla.     

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