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“Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas”

23 Septiembre 2016 por Carlos Vanaclocha

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Imagínense a Neymar fotografiando sus heridas de guerra en el vestuario: moratones, rasguños y cicatrices para el recuerdo. O Leo Messi escaneando cada centímetro de sus molidos tobillos para publicarlos en su Facebook. ¿Y si años atrás Ronaldo Nazario hubiese anunciado tuit a tuit las marcas de  cada rodillazo, puñetazo o pisotón con los que le obsequiaron en el Calcio? En su duelo de Lejano Oeste, Filipe Luis devolvió el balazo a Luis Suárez anunciándolo con luces y taquígrafos. La foto del pie agujerado del brasileño con el posdata ‘Menos mal que no me toca!’ desveló la furia de titanes. Hasta anoche sólo sabíamos de una trifulca más; hoy la televisión no engaña: Suárez provocó a Filipe. Principio de acción y reacción. Simeone clavó sus tacos en el muslo de Julen Guerrero y la sangre salió a borbotones; Canal Plus inmortalizó la estremecedora imagen pero, sin redes sociales en los noventa, el taconeo se difundió por las barras de los bares, el facebook y twitter de entonces. La confesión pública del rojiblanco molestó a Luis Suárez y a cualquiera que haya jurado los códigos de un vestuario. “Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas”, suele decir Manolo Sanchís. Y aunque el uruguayo soltase con vehemencia en zona mixta un susceptible “el fútbol es para hombres”, sin lecturas machistas tiene toda la razón: Filipe ha violado el sanctasanctórum de los futbolistas.

Sólo hay una frase célebre más manoseada que la de “fútbol es fútbol” de Vujadin Boskov. ¿Quién no se ha cansado de escuchar a jugadores sacudirse marrones al son de “lo que pasa en el campo, se queda ahí”? Es la norma sagrada que aprenden los benjamines cuando chutan por primera vez una pelota. Y en un juego tan pícaro en el que el fútbol de alcantarilla hace ganar o perder partidos, Filipe ha puesto en jaque el sistema. Habría que sondear al gremio con encuestas demoscópicas en las que no falten Pablo Alfaro, Javi Navarro o el mismo Pepe. Así se forjan los grandes centrales, entre codazos sibilinos y patadas a hurtadillas. Si la foto del pie ha levantado un debate nacional, no recuerdo qué sucedió cuando aquel calvo larguirucho llamado Predrag Spasic dijo en su presentación como defensa del Real Madrid que con él “pasaba el balón o el jugador, pero nunca ambos”. Revisando la hemeroteca de ABC y Mundo Deportivo, por contrastar, no hubo jaleo con el olvidado Spasic. España todavía no era tan susceptible. Quizás adoremos el fútbol por la mística de lo que sucede en la hierba y el misterio de averiguarlo una vez en la vida. Real Madrid Televisión en versiones reducidas nos muestra cómo es el vestuario del Madrid en un partido, claro que con autorización y filtro expreso. Filipe ha roto el hermetismo más irritante del deporte, el del fútbol, pero no para alimentar el show business. Se calentó antes de la ducha fría. Peligroso precedente.

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James volvió a sus orígenes

19 Septiembre 2016 por Carlos Vanaclocha

 

Sin armar ruido, sin lanzar más recados delante de una cámara y sin cabreos caprichosos de estrella de rock, James Rodríguez acabó su rehabilitación mental en Cornellá. Reclamaba en los entrenamientos una sola oportunidad para gritar con desgarro su P.V.P (80 millones) y los certificó en el césped, donde se lo exige Zidane. Éste lo reiteró por activa y pasiva durante la pretemporada: “cuento con James. De aquí no se va nadie”. Nosotros, la prensa, nos hemos encargado de vender la ‘pole’: que si detrás de Marco Asensio, primero, o de Isco hace unas semanas. Cualquier fechoría para sacarle del Madrid y declararle pufo oficial de la década, con permiso de Kaká. Lejos de pergeñar jugarretas mediáticas, James no fichó por un golazo de casualidad (a Uruguay en el Mundial de Brasil) ni despertó emociones porque le sonó la flauta en sus primeros meses. Su cabeza decide. No se le exige que tenga la azotea tan bien amueblada como la de Rafa Nadal, pero tampoco se le autoriza a despendolarse por Madrid como una noche loca en Las Vegas. Los focos dejaron de alumbrar al colombiano cuando su talento desapareció; fue entonces cuando bajó al barro y descarriló por completo.

James ha reseteado su actitud, como si se hubiera tumbado en un diván para contar al psicólogo sus problemas. Sus piernas flaquearon porque su silueta se ensanchó demasiado; dicen que de la mala noche y porque no es un obseso del culto al cuerpo, como su amigo Cristiano Ronaldo. La tanqueta colombiana que se movía por el campo sin detenerse, con motor diesel, se frenó en seco; aquel chaval imberbe que buscaba el balón jadeando, como un rottweiler que muerde con espuma en la boca, dejó de pelearY el Bernabéu se dio cuenta, porque dejarse el alma por su camiseta es el primer mandamiento del sentimiento madridista, innegociable se llame Zidane o un Pavón cualquiera del la vida. James necesitaba un punto de inflexión, una charla de tú a tú, sin pataleos de estrella, de espartano a espartano. En julio de este año visitó durante sus vacaciones Envigado, un pequeño municipio cerca de Medellín donde comenzó su carrera profesional. Allí se entrenó con una veintena de aspirantes a profesionales que ansían el sueño de James Rodríguez; al menos su lado atractivo, no el reverso tenebroso. En Envigado sintió una vuelta a sus orígenes y charló con antiguos entrenadores que le recordaron por qué sacrificó su vida por el fútbol. Es la escena incansable del boxeador campeón que pierde la cabeza y regresa a su primer gimnasio maloliente para recuperar sensaciones.

En plena efervescencia por la victoria madridista en San Siro, James sólo concedió unas palabras, trajeado sobre el campo, para confirmar que triunfaría en el Real Madrid. El presidente entendió que no podía soltar a uno de sus pretorianos sin una segunda oportunidad; por eso, insistió off the record todo el verano en que no se vendía. Ni era la pretensión del club, ni la del jugador. No sólo era una cuestión de marketing (James es el Rey Midas de los anuncios en su país), había demasiado orgullo propio en juego. El Madrid aceptó el reto de James y a éste no le importa andar esta temporada encima de un alambre, sin vértigo de caer al precipicio. Si fracasa, game over: se acabó su historia en el Madrid. Pero lejos de imaginar dramatismos, James está aprovechando cada minuto como si no hubiera mañana; se siente como uno de esos canteranos que se entrenan un día con los mayores cegados por complacer al entrenador. En Envigado le aconsejaron prestar toda la atención a su actitud, su zurda haría el resto. No se equivocaron.

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La clase media del Bernabéu

15 Septiembre 2016 por Carlos Vanaclocha

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Hacía demasiado tiempo que un entrenador del Real Madrid no ojeaba el banquillo para arreglar averías. Desde los “mismos once cabrones de siempre” de J.B. Toshack a los galácticos agotados de Carlos Queiroz, en los que Santi Solari fue el único banquillero de lujo. Tampoco Del Bosque pudo escapar de algunas plantillas famélicas para lo que demanda el club; de hecho, hubo un año en el que las perchas no le llegaron en la delantera y apostó por Guti como punta de lanza. Zidane ni siquiera debe entrar en el laboratorio: dos peones por puesto siempre es el primer reclamo en la lista de la compra, y el Madrid le ha obsequiado con un vestuario generoso, hasta el punto de que en la planta noble del Bernabéu están tranquilos con la sanción FIFA porque la plantilla tiene cuerda para rato (información, no opinión). El Sporting de Portugal puso a prueba esa tranquilidad y, de no ser por las típicas noches de taquicardia en el Bernabéu, Florentino Pérez dejará de ser por un tiempo el azote de los próximos mercados. Sí, el Madrid tiene plan A y B, y con más cantera que cartera. Aquella clase media de la que hablaba Míchel Salgado reaparece en clave hispánica con Morata y Lucas Vazquez en modo destroyer y sin miedo a las estrellas de rock.

Casemiro pone la argamasa a una medular que, de no ser por él, anoche se habría hecho trizas en sesenta minutos. El Sporting sigue cumpliendo la bendita manía de jugar con extremos, rara avis en estos tiempos, y a Marcelo le tocó el marrón de taponar a Gelson Martins, rápido, escurridizo y que dejó el talento defensivo del brasileño a la altura del betún. Le rendimos pleitesía durante la pretemporada porque ataca más, incluso que Benzema, pero Marcelo está cogiendo los vicios del último Roberto Carlos, que se sentía más media punta que lateral. Pero volvamos a Casemiro y su oficio de fontanería: nunca desfilará por la alfombra roja de Hollywood, pero cualquier entrenador le necesita casi antes que a un buen portero. No sólo tiene que cumplir su trabajo, también hace horas extras para cubrir el de los demás; por de pronto, cuando Toni Kroos se olvida de su precisión alemana y Modric coge la batuta  de Herbert Von Karajan en campo contrario. Case no necesita una palmadita en la espalda, mientras su nombre aparezca en la pizarra del vestuario.

Tampoco Lucas Vázquez pide aduladores que le taladren el oído. Su juego voltaico despierta hasta un Cristiano Ronaldo todavía miedoso de la lesión. No sólo Bale mete electricidad al Madrid, también esta el gallego sigiloso que nunca monta follón fuera del campo. Ya lo hace dentro cada vez que Zizou le pide voltear resultados. Justo lo que se le pide a Morata, híbrido de clase media y estrella, que no quiere asomarse desde la sombra de Benzema, sino golear como Hugo Sánchez, rematando al primer toque. El centro de James con escuadra y cartabón merecía el gol de Morata. El Bernabéu se incendió, le ovacionó y puso en órbita a Valdebebas. No todo es tanta Masía.

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Héroes de Marvel

14 Septiembre 2016 por Carlos Vanaclocha

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Messi, Luis Suárez y Neymar. Elijan a su héroe de Marvel preferido. Quizá el favorito de los niños sea el D10S (la ‘pulga’ se queda obsceno). Rebobinando cada jugada de anoche, resulta cierta la sugerencia de Mascherano a Neymar de la pasada temporada: “Debe seguir en el Barça si quiere ser el mejor del mundo”. Sobre todo, porque cuando su compañero de diabluras y Cristiano dejen de rifarse balones de oro, Neymar y sus lambrettas esperan turno.  Su álbum de regates por tierra, mar y aire no tiene epílogo; él es un jugador de playa, mientras que Messi es de barrio. Y aunque la comparación suene muy ‘menottista’, imagíneselo así. Al fin y al cabo, el fútbol es un deporte caro de ver en la grada, en el que pagar sesenta euros (en España, claro) por un soporífero cero a cero es un pecado demasiado repetitivo. Por eso, sea madridista o anticulé, no se deje llevar por la pasión y entiéndanlo como una diversión de patio de colegio. Las bicicletas de Neymar imitando al gran Djalminha hay que ensayarlas mil veces; la combinación entre los dos astros dentro del laberinto escocés es casi inspiración divina. Filigranas improvisadas que se discuten en la oficina y durante el recreo.

En este negocio cada vez más hermético, en el que la distancia entre futbolistas y aficionados la separa un muro de hormigón, y en el que el fútbol no es una cuestión de vida o muerta, sino mucho más (palabra de Bill Shankly), de repente se agradece un Circo del Sol. Es una pena que la eterna guerra de trincheras entre Real Madrid y Barcelona vaya a ensuciar una bestialidad (en el sentido cariñoso) que todos deberíamos aplaudir, por lo civil o lo criminal. ‘Pasen y vean’ es el eslogan del Barça de Luis Enrique, que le costó macerar un buen vino al principio de sus tiempos, pero que nos ha regalado (a periodistas y forofos, sin distinción de camiseta) una de las mejores añadas de la historia. Y la gracia de ese club es que cada Barcelona ofrece una función distinta: el Circo del Sol del Dream Team, el de Ronaldinho y Eto’o, el de Guardiola, la MSN. Juegos de mesa para entretener a toda la familia.

La foto del tridente abrazado ya se subasta en Christie’s. Quien page varios ceros por ella, se guardará una reliquia irrepetible. Todo es tan estético, que ganar o perder más títulos se queda en la letra pequeña, pregúntenselo al inolvidable Mágico González.  Y si en el trío, Messi y Neymar traman quiebros de dibujos animados, Luis Suárez plantea cada partido como un duelo en el Lejano Oeste. Dispara nada más recibir, sin pensar, sin imaginar el ángulo. Le da igual a bote pronto o en pirueta, el balón espera el remate de un nuevo Hugo Sánchez. Y cualquier aroma añejo siempre es bienvenido. Suárez es el delantero del momento, que dio pistas en Amsterdam y se consagró en Anfield. Si Football Leaks desvelase que el Real Madrid le tuvo tan a tiro…

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Primera lección

10 Septiembre 2016 por Carlos Vanaclocha

image.jpgPaul Scholes tenía razón en su entrevista al Daily Mail de esta semana: quizá sea más divertido ver al Salford City de la Séptima División inglesa que a este Manchester United. Desde luego, Old Trafford dejará de ser por un tiempo el ‘teatro de los sueños’ porque a su entrenador apenas le importa. Ganar por lo civil o lo criminal sigue siendo el reto y la táctica de la famosa presión alta es una obsesión que el vestuario tardará en entender. Al menos, Mkhitaryan y Lingard, señalados a dedo por Mourinho para justificar el baile de Fred Astaire que se marcó el City en la primera parte. En el duelo de estilos tan vaticinado por la prensa, Guardiola fue fiel así mismo pero sin fanatismos, porque ahora entrena en la Premier y de vez en cuando hay que usar el patadón y tentetieso. Así nació el gol de De Bruyne, desde un pase largo de Kolarov y entre las calamidades de una defensa de cartón piedra. Mourinho no se lo creía porque está acostumbrado a blindar su portería con tipos duros como Terry y Cahill. Y mal empieza delante del micrófono, reclamándose el papel de Dios Ra al que sus sumisos no adoran lo suficiente.

Los aficionados citizens llenaron todos los pubs de la ciudad hasta altas horas de la noche. Fue un derbi diferente porque su equipo por fin juega al fútbol. Una cuestión tan simple que los petrodólares no supieron solucionar con Roberto Mancini y Pellegrini. El City de la semifinal del Bernabéu rompió el cristal nada más mirarse al espejo; el de Old Trafford es el candidato número uno de la liga. Y de haber estado ‘Kun’ Agüero, el United habría sufrido un viernes 13. El método Guardiola puede ser quisquilloso, demasiado rígido y a veces más complejo que armar un reactor nuclear, pero garantiza un curso completo de entrenador. El balón es un modo de vida, mientras que en el universo Mourinho tan sólo queda en anécdota. Por eso, Gündogan tiene ganas de entrar en ese patio de colegio y el extravagante Fellaini ha sido repescado como titular. Mientras Mou conserve la artillería pesada, tumbará enemigos a cañonazos, sin estrujarse el cerebro en imaginar jugadas. Le encanta la Premier porque es de fabricación casera: un puñado de pelotazos al pecho de Ibrahimovic y asunto liquidado. Al fin y al cabo, el portugués no miente a los periodistas cuando les insisten en no mirar el pasaporte de Zlatan.

El United no fue destripado en un rato por las manos de mantequilla de Claudio Bravo. Cuando todo su equipo estaba concentrado, él se liaba en cada balón aéreo. El dosier de fallos demuestra el calvario que supone la Premier para los porteros. Bien lo sabe De Gea, que sufrió en sus primeros años la mofa de la prensa británica con aquel apodo de Calamity De Gea. Pero a Bravo no se le recuerda un partido tan estrepitoso desde sus tiempos en la Real Sociedad. Quizá sean los nervios del debut tan precipitado o que en Inglaterra si no mides 1,90 estás muerto. El caso es que, preguntado después del partido, Guardiola reincidió en esas explicaciones marcianas que nadie entiende para defender su fichaje exprés. Un mal menor en un sábado apoteósico para el City. Sí, el Leicester es el campeón, pero Guardiola quiere demostrar que los accidentes no suceden dos veces. Normalmente gana quien mejor juega. Como dijo Mourinho, “es simple”.

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El estado contra Neymar

7 Septiembre 2016 por Carlos Vanaclocha

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“La estrella de rock ya no se puede lanzar al público”.  Romario da Souza Faria, futbolista de vocación y senador de profesión, sólo habla de fútbol para sobreexcitar al pueblo. Alejado del discurso de sota, caballo y rey, la gente sabía que tarde o temprano usaría su afilada lengua para referirse a Neymar. Asunto nacional en Brasil, su cabreo de proporciones bíblicas en Maracaná (final olímpica) todavía guarda facturas pendientes. Leyendas como Roberto Rivelino le tildan de blasfemo a la canarinha; Felipao Scolari declina pronunciarse porque “podría causar problemas” y Globoesporte, el gigante mediático que fabrica corrientes de opinión, le defiende a capa y espada porque tiene contratos de exclusividad firmados con Neymar. Ídolo de masas y proscrito a la vez, su renuncia a la capitanía terminó de irritar a una nación temerosa de otro ‘maracanazo’. Él no compartió la pesadilla de Alemania pero, aun así,  también fue colocado en el paredón; peleó a tumba abierta los primeros partidos de los Juegos y la torcida se burló jaleando el nombre de la estrella femenina Marta. El barcelonista tragó bilis y calló, por recomendación de uno de sus agentes, Wagner Ribeiro, el mismo que le regaló el consejo de su vida cuando fichó por el Barcelona: “Pégate a Messi y aprende de él…de momento”.

Neymar acató la decisión de Dunga sin patalear como un niño de preescolar. Los JJ.OO. son un sueño de una noche de verano, literal, y él quería jugarlos en detrimento de la Copa América. La partida de póker había comenzado: o todo o nada, la gloria o la culpa del all-in sería suya y de nadie más. Cientos de Kalashnikovs cargadas para fusilar al astro con ínfulas de Pelé: demasiados muñecos de trapo para hacer vudú a un atleta al que su país critica que no rinda en el césped más de lo que lo hace en anuncios de televisión. Sin embargo, Neymar sacó la escuadra y el cartabón en la final contra Alemania, marcó por el ángulo imposible y luego repitió con el penalti que terminó una travesía demasiado dolorosa, la que empezó el día después de que Ronaldo le robara la cartera a Oliver Kahn. De enemigo público número uno a héroe del año, Maracaná le ovacionó hasta que Neymar descubrió a los aduladores. Los que decían que era un encantador de serpientes, los que escaneaban sus partidos para comprobar cuántas veces vagueaba y no corría por el campo. El campeón tiene memoria y así se lo hizo saber a un espectador de primera fila en la ya célebre imagen. O a todos aquellos que se sintieron aludidos con ese arrebato demoledor “¡Ahora van a tener que tragar!”.

En un puñado de días su supuesta infidelidad a la selección ha dado un giro de 180 grados. Ante Ecuador se remangó la camiseta e intentó robar balones como si no hubiera mañana; anoche peleó desde el suelo, corrió, amagó regates, tiró lambrettas y revolucionó a un equipo que necesita más talento que músculo. Casemiro y Neymar, piedra y pincel, los grandes protagonistas ante Colombia. La gente de la calle vuelve a congraciarse con su rey, porque el presente es él y el futuro….también es suyo. Los que dudaban del heredero de Messi se han quedado sin balas, aguardando a la próximo resacón en Las Vegas de Neymar, a que se hunda en el egoísmo del típico genio brasileño. No pasará de momento: el consejo de Ribeiro no se olvida.

 

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Suéltele la correa

4 Septiembre 2016 por Carlos Vanaclocha

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“El jamón viene con hueso, viene como viene”. Julen Lopetegui no pretende resetear la memoria de Diego Costa como la de un ordenador viejo. En el bufé de goleadores puede elegir delanteros pulcros y disciplinados, Morata, y camorreros, de esos que encabronan a un defensa hasta la desesperación. Ambos currículum son necesarios, pero Costa arrastra una telenovela de guión de Gran Lebowski. Héroe para la nación española cuando Del Bosque le eligió, la afición del Atlético agradeció al seleccionador el reconocimiento del mejor delantero sobre barro. Nadie criticó entonces que la selección más artística de todos los tiempos (con permiso del Brasil del setenta) reclutara a un ‘buscabroncas’, capaz de sacar de quicio al mismo Pepe. Sin embargo, esa versión Ronaldo Nazario de Mercadona no ha hecho más que pintarrajear la aseada pizarra táctica de la España del tiqui-taca. En Brasil le tacharon de traidor a la patria y aquí se siente un marciano incomprendido. Quizá porque no huele portería o por la extraña sensación de que, jugando en Inglaterra, le tratamos como un foráneo más, Costa viene a La Roja como el paracaidista que aterriza en Vietnam sin saber dónde está el norte o el sur. Es él contra el mundo y mientras no acierte en esas carreras de manada de búfalos, la prensa deportiva seguirá siendo el enemigo. José María García presentaba sus programas como un teatrillo con buenos y malos; en la selección el hispano-brasileño es el muñeco del pim, pam, pum, apartados ya Iker Casillas y Vicente Del Bosque. Su casa fue el Calderón y así se lo transmitió a Simeone en busca de una redención este verano, pero tres jornadas de Premier League le han bastado para sobreexcitar al ya de por sí nervioso Antonio Conte. No es asunto para el diván de un psicólogo, simplemente no encaja de rojo, como tampoco lo hizo Kaká en el Real Madrid.

Costa no causa indiferencia porque Manuel Jabois obsequió a la calle con la mejor definición que se puede imaginar de él: “Es el típico raro que amaga con la caja B de los equipos que juegan con pelota y que desnivela el partido en las cloacas”. Porque es desde el suburbio donde se motiva, con zagueros de casi dos metros que le cosen a empujones y pataditas sibilinas. El trabajo sucio tan necesario como el de Nicolas Cage en El señor de la guerra, en el que interpreta a un traficante de armas que trabaja para gobiernos que no quieren mancharse las manos. Lopetegui le necesita porque no es un mero continuista de aquel maravilloso prodigio inventado por Luis Aragonés; el carácter volcánico del jugador decidirá si permanece o en el vestuario, o el barracón, tal como lo concibe él. A Costa le quieres o le rechazas, sin término medio; no le hacen falta las pinturas de guerra de una mole de la NFL porque su pose de pelea callejera intimida hasta al propio Vinnie Jones. Y eso son palabras mayores. Pero se parte la cara por él mismo y por unos compañeros que saben lidiarle sobre un alambre. Puede mandar un partido al retrete con un escupitajo, y puede encararse con tres a la vez (antecedente en un derbi con Ramos, Pepe y Arbeloa). El mejor Costa es el rottweiler que persigue a su presa sin correa. De ahí el placer de soltar la cuerda.                                                       

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De portería a portería guarrería

30 Agosto 2016 por Carlos Vanaclocha

image4.jpgJohan Cruyff decidió echar de su Dream Team a Andoni Zubizarreta en el autobús que transportó al equipo del avión recién aterrizado en El Prat a la terminal. El Barça había sido destripado por el Milan de Capello en Atenas y la intervención quirúrgica fue inmediata. ‘Zubi’ había caducado porque el fútbol al primer toque requería un portero pelotero que supiese tocar de primeras sin el patapum p’arriba de Javi Clemente. Según Cruyff, “el talento de un guardameta con los pies se tenía o se aprendía entrenando”: confirma la teoría de que los porteros son tarugos porque quieren. Zubizarreta salió escaldado y el suplente, Carles Busquets, tomaba galones. Su apariencia de portero de balonmano escondía un sutil gusto por el balón que convenció al holandés. Lástima que el experimento resultara un estropicio. Pero la idea de que el portero no sólo se esforzara con las manos penetró en La Masía. Víctor Valdés sigue siendo la explicación irrebatible a la idea cruyffista: la pelota sólo se rifa en situaciones de mayday. lo demás significa blasfemia.

En el verano de 1995, Jesús Gil fichó al portero del Albacete, José Francisco Molina. Sus modos poco ortodoxos gustaron al presidente del Atlético porque el ocaso de Abel Resino era inminente. En la última jornada de aquella Liga, el ‘SuperDepor’ destrozó al Alba con un demoledor 2-8; horas después, Gil telefoneó a Molina para animarle cuando el portero se temía lo peor con aquella llamada. Por una vez, el difunto presidente no sacó la guadaña y confío en el nuevo modelo de portero que había comprado. Y no defraudó. Molina fue un vanguardista de su época, jugando a treinta metros de su portería y comiéndose el marrón de los centrales. Era un líbero a la antigua usanza. sacando el coche-escoba para cortar pases al hueco y centros calibrados desde campo contrario. Radomir Antic podía comprimir al equipo en un tercio del campo porque la defensa tenía a su portero pegado en el cogote. Dicen que si Cruyff no hubiese sido despedido por Joan Gaspart al final de temporada, habría intentado convencer a Molina.

Ter Stegen rompe con el prototipo alemán de portero frío, calculador y dominante en el aire. No se parece en nada al mítico Bodo Illgner ni al ágil Andreas Köpke. Le gusta otear su propia portería desde el horizonte, como a Neuer, y entiende el fútbol como un deporte en el que quien se pone bajo palos no tiene por qué ser el paquete del grupo. Sigue sin creerse que a un colega se le pueda caer el larguero encima como le sucedía a Oliver Kahn. Ya no se trata de parar envestidas sino de leer el juego desde una posición privilegiada. Él es el último porque se gusta en un mano a mano, pero no pasaría desapercibido en el centro del campo, organizando la táctica como Luís Milla. Claudio Bravo es un portero en el sentido más estricto de la palabra, pero Ter Stegen representa el futuro, arriesgado, casi siempre en el alambre, pero de un atractivo demasiado morboso como para perdérselo. Así piensa Luis Enrique y el cancerbero alemán que en San Mamés regaló a todos esos locos estadistas una cifra histórica: 51 pases realizados al pie y 11 al contrario por despeje o mala praxis. Y tiene el punto de locura que distingue a su posición, atrevido para cabecear en la medular y amagar con un regate casi en su línea de gol. O le tomas o le dejas por riesgo cardiaco. El Barça se ha decidido por él; Guardiola también le había incluido en su revolución de Manchester. El fútbol progresa en el campo a la velocidad de la luz eliminando al portero comparsa, pero mantiene la regla no escrita de los patios de colegio: ‘De portería a portería es guarrería’.

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El Valencia de Mongolia

26 Agosto 2016 por Carlos Vanaclocha

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El Valencia Club de Fútbol desapareció en el instante que Amadeo Salvo vendió su alma al diablo. Ahogado por sus acreedores, sin vender Mestalla y con el nuevo estadio paralizado, el ex presidente tomó el único atajo que le ofrecieron: convertir un club con solera en una empresa de compraventa de jugadores. De repente, el universo Jorge Mendes engullendo una ciudad como una tormenta de arena; de repente, un multimillonario singapurés comprando a distancia un juguete roto para emular a los dueños ricachones de la Premier. El mejor agente del mundo inaugurando oficinas en Monaco y Valencia,  bazares para comprar jugadores anónimos con ínfulas de estrella y vender a diestro y siniestro sentimientos y pasiones. Porque no importa el nombre, sudar en el césped o haber jurado amor eterno a la ‘terreta’. Paco Alcácer queda como el enésimo proscrito de un club que soñó (y logró) incordiar a Barça y Madrid, y que desde hace demasiado tiempo es una torre de babel de empleados que trabajan para cobrar a fin de mes. Paco siempre quiso levantar las Ligas de David Albelda y recolocar al Valencia en el mapa, pero nunca imaginó que su casa acabaría convertida en una multinacional de importación y exportación. La operación se hizo pública hace pocos días, pero Mendes y Peter Lim la habían ejecutado con antelación; el Barça rastreaba un delantero de refresco y el nuevo Valencia rapiña billetes como un buitre. Podría jugar el campeonato de Mongolia y en la calle nadie se habría dado cuenta. No surgen manifestaciones espontáneas, no hay cabreos, sólo indeferencia, resignación ante un dueño marciano que ha ganado una subasta.

A Lay Hoon, brazo armado de Lim, le aconsejaron ganarse a las masas. Su discurso populista estaba precalentado en un microondas: ‘Paco Alcácer no está en venta’, cuando el santo y seña de la afición ché ya tenía su asiento reservado en el vestuario del Camp Nou. A Pako Ayestarán le prometieron un bloque pétreo, sin fisuras, y él creyó a sus jefes: no está en condiciones de exigir al estilo Fabio Capello porque nunca ha dejado de ser itinerante. Su banquillo huele a carnaza para tiburones, los que se preparan para escuchar las futuras llamadas de Mendes. Vendido André Gomes (55 millones) y Mustafi (41 al Arsenal), la coartada del Fair Play Financiero no necesitaba la venta de su goleador. Lejos del fervoroso Mestalla, aquello es ahora una nave industrial desmantelada porque cualquiera que salga a la calle y pregunte por un par de futbolistas del Valencia se va a llevar una desagradable sorpresa. Si acaso, Parejo, el tristón ex capitán que deambula por el campo sin entender por qué no le dejaron irse al Sevilla; ¿Gayá? Sí, sonó para el Madrid, pero renovó y desde entonces es una sombra de sí mismo. De la noche a la mañana, a ese Valencia que peleaba con el Atlético por el tercer puesto de España en la década de los noventa le sometieron a una transfusión sanguínea. En el pasado fue el Valencia de Lubo Penev,, de Mijatovic, del mismo Albelda y Mendieta, de David Villa….había estrellas para cada generación.  Alcácer se marcha a escondidas, sin una última ovación y con el lloro desconsolado de tropecientos niños que hoy habrán roto su póster de la pared: no lo planeó así pero su carrera es más importante que seguir en esta sociedad ANÓNIMA. En el sentido más literal de la palabra.

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Cafetero sin ínfulas galácticas

23 Agosto 2016 por Carlos Vanaclocha

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Él quiere quedarse, el presidente le quiere retener y su país le suplica que emigre. James Rodríguez, ídolo de barro en el Bernabéu y de masas en Colombia, no quiere se recordado como otro pufo de dimensiones bíblicas (de momento, Kaká se lleva el dudoso honor). Ya no arrastra esa silueta ensanchada de la que sospechó Colombia, y su azotea quizá no esté tan bien amueblada como la de Rafa Nadal, pero tampoco precisa del diván de un psicólogo. James ha captado que su futuro en el Real Madrid depende de esta temporada; merece otra oportunidad porque su P.V.P pesa demasiado (80 kilos en concreto) y sus patrocinadores le insisten que pelee. Para el marketing, no es lo mismo jugar de blanco que con cualquier otro color; si acaso, el Manchester United. Por delante, los 110 metros valla para la titularidad: de repente ha aparecido en escena Marco Asensio, invitado sorpresa que ha sudado en una pretemporada las mismas camisetas que James en un año. Además, permanece Isco, su competidor natural, de ritmo guadiano (aparece y desaparece) pero que genera en la grada intriga con el balón en los pies. El mejor James tumbaría las dudas; el de ahora es carné de todos esos tiburones que huelen la sangre con cualquier fichaje elegido a dedo por Florentino Pérez.

Necesitado de cariño, James se aferra a la nostalgia del pasado. Aquel golazo estratosférico a Uruguay en el Mundial de Brasil le valió de pasaporte al Madrid, y lo suele recordar para decirse a si mismo que no puede haber empeorado tanto. El James novato lanzaba tomahawks y pasaba pelotas con escuadra y cartabón; su versión acomodada se despista en los desmarques, calibra mal las asistencias y ha perdido caballos en el motor. “James es un Di María con diez kilos más de peso”, la definición perfecta de Ancelotti hecha realidad. Salvo que antes jadeaba por el campo como un bulldog con tacto, y ahora arrastra grilletes en las botas. El madridismo tuerce el morro porque no tiene paciencia, y en la directiva han sugerido al presidente escuchar cualquier oferta obscena; es decir, de cincuenta para arriba. Sonó como jugador de Balón de Oro y la exageración se lo comió: se dispersó cuando se sintió estrella del star system de la capital y estas semanas las afronta como el juvenil que sueña con agradar a su entrenador y salirse de la criba. James ha bajado a la Tierra porque en el Real Madrid los aduladores te meten en un cohete Sputnik directo a la luna. Ha vuelto el cafetero y sin ínfulas galácticas. A eso se le llama un buen principio.

 

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