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El Rey Leónidas sigue reinando

25 Marzo 2015 por Carlos Vanaclocha

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“O me sigues, o no me sigues; el liderazgo no se puede explicar”. Un dogma de fe con el que Simeone justificó su hueco en el fútbol en una entrevista en Jot Down Magazine. Y como el esfuerzo no se negocia, cada atlético sabe que, con más o menos talento, debe entrar todos los días al vestuario con el mismo alma de espartano; la falange es crucial para que el equipo no se desplome, porque si un solo futbolista no baja a defender, si uno de ellos no mantiene rígido el escudo, el enemigo puede clavarle el puñal hasta el esternón. Aquel sábado de enero de 2012 su primer Atleti empató a cero en Málaga y Radamel Falcao acabó el partido jadeando: “Ni en el Oporto corrí tanto”, dijo el tigre colombiano en La Rosaleda. El efecto ‘pupas’, coartada facilona para ahogar las penas de la sufrida afición, tenía sus días contados: el ‘Cholo’ no era otro producto volátil de esa empresa de compraventa de entrenadores que había devorado días antes a Goyo Manzano. No, el club necesitaba un carisma como el de Luis Aragonés y sólo Simeone estaba preparado para captar feligreses. Gil Marín le eligió sin contemplaciones, así lo habría querido don Jesús.

El rey Leónidas no ha traicionado a su pueblo. El club se ha volcado en él porque sin el ‘Cholo’ se olían el fatalismo. Todavía no ha nacido un digno sucesor; alguien que abra un cajón desastre y aplique una terapia de choque brutal. “No hay lugar para la debilidad. Sólo los recios…sólo los fuertes”, el resto no merece adoctrinarse en el ‘cholismo’.  Un ejemplo reciente fue el italiano Cerci, de gran cartel en Italia pero que no supo embarrarse lo suficiente para pelear por ese sentimiento de pertenencia en la plantilla. Simeone le amenazó con ignorarle si no perdía cuatro kilos y la estrella del Torino no se creyó el órdago del entrenador. En una comida el ‘Cholo’ saca su guasa, pero con el trabajo nunca bromea. Y menos de las sugerencias del ‘profe’ Ortega. Se fue Falcao y la prensa se echó las manos a la cabeza; ¿quién más en el mundo remataría un microondas con la cabeza? Nadie, ni siquiera Diego Costa, aunque tampoco hizo falta. De suplente del Rayo Vallecano a martillo pilón del Real Madrid. El hispano-brasileño entendió el fútbol arrabalero de Simeone y jugando a tumba abierta (requisito imprescindible) se ha convertido en estrella mundial. Es la verdadera gracia del ‘Cholo’, rey Midas de las causas perdidas. ¿Acaso Godín parecía un émulo de Fernando Hierro en el Villarreal? Su compañero de batallas, Miranda, tenía más pinta de Pablo Ibáñez o Luis Amaranto Perea que de central suplicado por media Europa. Razón: miren al banquillo.

Raúl González siempre agradecerá a Valdano aquella oportunidad imposible y Koke Resurrección se atrevió a darle un portazo al Barcelona el pasado verano sugestionado por Simeone. Su disyuntiva era evidente: ganar dinero y fama en Can Barça con el riesgo de marchitarse a la sombra de Iniesta, o mirar de reojo a la banda del Calderón y encontrar a su confidente. No se ha arrepentido porque esos cuartos de final ante el Madrid los habría firmado el mismísimo Adelardo. “Va a arder Troya”, dice un peso pesado del vestuario colchonero. Desde luego, con Simeone los derbis se han disfrazado en duelos Nadal-Federer en los que Federer es el mejor de la historia, pero en los que Nadal casi siempre tumba a la historia. Ahora el gigante no puede con el liliputiense. Disculpas al Atleti, hablaba en pasado. Precisamente, el ‘Cholo’ ha necesitado pocas sesiones para convencer a sus acólitos que la grandeza volvía a ser posible. Pero su aspiración no es ser tercero de España. De eso no presume Simeone, sí lo hacía la familia Gil; tampoco de títulos como su admirado Mourinho. “Hay un refrán que dice que si el 49% de la gente te sigue, date por satisfecho. Cuarenta y nueve, eh, ni siquiera el cincuenta”, cuenta el ‘Cholo’. No ha calculado bien porque ha reinventado el refrán: dejémoslo en un 99%.

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Piquenbauer

23 Marzo 2015 por Carlos Vanaclocha

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Él es ‘Piquenbauer’. El mismo que juega al póker disfrazado; que se distrae con su vida de papel cuché y que se atreve a juguetear con su teléfono móvil en un banquillo. Le cayeron palos por tierra, mar y aire sin entrar al trapo; entrenaba y, gracias a esa inspiración divina llamada Carles Puyol, se reencontró con su mejor versión, aquella que durante la era Guardiola le metió de golpe en el club de los más grandes: Beckenbauer, Hierro, Baresi, etc. Piqué estuvo descomunal y evitó que el Madrid destripara su defensa de arriba abajo; colocado como un mariscal de campo, su cuerpo fue un muro de contención que rebotó cualquier balón. Si su cabeza está centrada, Luis Enrique sólo tendrá que preocuparse por rotar a Mascherano y Mathieu. Del resto ya se ocupa Messi, quien sin explosividad se pone el casco de capataz para dirigir al equipo como un arquitecto. Así desquició al Madrid, repartiendo cloroformo a los madridistas desde que Luis Suárez reivindicó que su Bota de Oro no cayó del cielo. Cuando el Madrid cocía el clásico a fuego lento, el uruguayo se desmarcó de la espalda de Sergio Ramos, pinchó un centro largo de Dani Alves, ¡sorpresa!, y cruzó el balón a un Casillas que cayó a plomo. “Por eso pagamos lo que pagamos por Luis Suárez”, justificó Luis Enrique cuando le preguntaron por la actuación sublime de su goleador.

El Barça se asegura media Liga porque puede pinchar dos veces en diez partidos. Y quizá suceda, pero en estos momentos los azulgranas siempre serán más fiable que un Madrid valiente y generoso en el esfuerzo. Los blancos tardaron en soltar el primer directo, pero desde que Cristiano reventó el larguero de Bravo, atacó como una víbora que observa a su presa hasta que lanza el mordisco. Le faltó veneno, el recurso habitual que soluciona la mayoría de sus partidos, Y es muy raro que el Madrid no sepulte a un rival cuando le tiene grogui entre las cuerdas, pero los puñetazos no fueron certeros y la moraleja del fútbol nunca falla en estos casos. Suárez mandó al Madrid al diván del psicólogo y parece que Ancelotti no sabe gestionar las semanas largas. Cristiano comentó una vez en una entrevista que necesita jugar cincuenta partidos por temporada para mantener los músculos tensos; el técnico italiano no sólo desperdicia el fondo de armario sino que tiene a los jugadores fatigados, arrastrándose en las segundas partes con grilletes en los pies. Es el caso de Isco, una liebre de lujo para desfondar contrarios en los primeros minutos, pero que transcurrido un rato se convierte en historia dramática.

Paradojas de este deporte, el casi adiós a la Liga descubre a Ancelotti una lectura demasiado evidente. Su Madrid se gustó cuando jugó en efecto acordeón, atacando y defendiendo en bloque, con Gareth Bale remangándose la impoluta camisa en marrones defensivos. El Bale centrocampista da empaque al equipo, el Bale delantero descuajeringa toda la pizarra táctica. A Carletto le susurran al oído la idea del 4-4-2, extravagante en el club porque el galés no puede ir al banquillo y Benzema no lo merece, menos anoche. Pero el italiano porfía en mantener ese 4-3-3 que se inmoló con estrépito en Mestalla, Vicente Calderón, San Mamés…casi nada. Y un dato espeluznante para Ancelotti: en dos campeonatos sólo ha conseguido una victoria y un empate en todos sus derbis contra Barça y Atlético de Madrid. La ‘Decima’ le salvó de un verano convulso y sólo la ‘Undécima’ le puede mantener en el cargo. La imagen del Camp Nou fue atrevida pero las derrotas pesan demasiado en Chamartín. No le queda otra que apelar a la historia reciente y fiarlo todo a una carta, la Champions. Su preferida. Y cuando se trata de situaciones al borde del abismo, el Madrid camina por el cable como el más experto funambulista. Ocurrió con la ‘Séptima’, la ‘Octava’, la ‘Novena’ y nunca falló. ¿Por qué debe ser diferente este año? La primera parte invita a pensar que no. 

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“¡Mario, cabeza y atrás!”

18 Marzo 2015 por Carlos Vanaclocha

Mario Suárez/fichajes.net

El esfuerzo no se negocia. Tiene pinta de que será el título de un futuro Informe Robinson sobre este Atleti, cuando pasen los años y el fútbol mire en perspectiva cómo un entrenador cambió para siempre la historia de este club. Hace años, durante el apogeo del ‘pupas’, los rojiblancos habrían perdido la eliminatoria de anoche sí o sí. Un despropósito, cualquier jugada maldita o un fallo a lo ‘loco’ Abreu habrían descompuesto a una hinchada que ni siquiera con Simeone habría esperado estos paseos por el elíseo. Y como lo que no te mata, te hace más fuerte, el sufrimiento extremo de los penaltis ha inmunizado al equipo hasta el punto que hay futbolistas en el vestuario que piensas que Berlín es un destino muy viable. Como dijo Rubén Martín en la narración de Tiempo de Juego, “si se cree y se trabaja, se puede”, axioma cholista que entierra de por vida cualquier gafe pasado. El Atlético se ha esforzado por entrar en la sala VIP y el resto de Europa ya no le mira por encima del hombro: ningún club, menos el Real Madrid, quiere cruzarse con ese Rafa Nadal puñetero al que intentan pisar y sigue correteando. Quizá no vuelvan a rozar otra ‘orejuda’, pero sin duda la buscará a tumba abierta. Viene en las tablas de los mandamientos de Simeone por los siglos de los siglos o, al menos, hasta el 2020, fecha de caducidad de su próximo contrato.

El Atlético se sobrepuso a sí mismo porque entendió que no merecía la pena sentarse en un diván ni un solo instante. Agitado por el jugador número 12, salió encendido a por la yugular del Bayer Leverkusen con demasiado alboroto. Y mientras Arda frotaba su lámpara sin que saliese el genio del ‘ardaturanismo’, el partido necesitaba a un pecho frío que pusiera sentido común al fútbol. Sin Gabi en el campo, Koke se perdió entre la maraña alemana; así que un invitado siempre sospechoso dio un paso al frente. Mario Suárez necesita trabajar el doble que los demás para arrancar una sonrisa al Calderón; los pitos y el murmullo siempre penden de un hilo cuando el balón llega a sus pies. Pero, paradojas de este bendito espectáculo, Suárez nunca se borra en los partidos grandes, marrones para cualquier suplente pero bendiciones para él. Y se agradece que no viva en un universo paralelo como la mayoría de su gremio: “Me esfuerzo para que no me piten”, dice con resignación. Su trallazo al estilo Deco alivió a un Simeone que nunca se acaba de fiar de Mario titular. Y no lo hace porque frecuentemente pierde ese balón tonto que puede causar un cataclismo, Anoche también sucedió pero el Leverkusen no supo interpretar el regalo. El rol de Suárez bordea el precipicio porque un solo despiste suyo desnuda a toda la defensa. ”¡Mario, cabeza y atrás!”, fue la orden permanente del ‘Cholo’ a su pupilo. No sabemos si Mario se ha quedado en el Atleti por una negociación torpe con el Inter de Milan o el empecinamiento repentino del entrenador, el caso es que el centrocampista necesitaba cobrarse alguna recompensa.

A Torres le llegó en forma de penalti decisivo. Ya no es ese Fernando Torres, Liverpool’s number nine de Anfield, pero tampoco se le caen los anillos para afanarse en el trabajo sucio. Sabe que Griezmann es la sensación y él se empeña en lo suyo: buscar espacios atrofiando líneas defensivas. Desde luego, la responsabilidad en la tanda de penaltis era demasiado arriesgada: son una lotería maldita que pone a cada uno en su sitio. Sucedió con Kaká cuando falló su disparo ante Neuer en aquella semifinal Madrid-Bayern Munich. Y a Torres le habrían perseguido los fantasmas de la calle si el portero Leno se hubiese estirado medio metro más. No fue así y eso demuestra que el ‘Niño’ tiene talento para situaciones límite. Que se lo digan a la selección española o al Chelsea.

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El Madrid evita el DEFCON 2

16 Marzo 2015 por Carlos Vanaclocha

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El Bernabéu esperaba al otro Real Madrid. Al Mike Tyson que salía en ciclón a tumbar rivales; al Roger Federer que limpiaba las líneas con una batería de puntos ganadores. Cualquier motivo que olvidase la abulia contra el Schalke y, más importante, el cabreo de la grada que había alcanzado proporciones bíblicas. El vestuario se había enterado de las críticas (siempre lo hace), leídas directamente o comentados por terceros, pero, al fin y al cabo, un runrún de sospecha de pasotismo. El dato del miércoles fue demoledor: los blancos habían corrido casi diez kilómetros menos que el Schalke. Traicionando la filosofía Simeone, en el Madrid el esfuerzo sí se negoció. Y no una vez, porque San Mamés evidenció que el equipo no se había tomado tan en serio al Athletic. Pero estaba escrito que el Levante no podía dar la campanada; otro batacazo habría alarmado al Madrid a nivel DEFCON 2, en un estado de neurosis demencial. Afortunadamente para el universo merengue, el Levante juega otra liga y a Barral no le llegaron los balones como a Huntelaar. Fueron veinte minutos del ansiado vendaval y, después, una bajada de tensión preocupante. Más que nada, porque el Madrid pudo haberse vaciado sin reservas, con una semana completa para preparar el clásico.

Sin jugadas potables salvo la espuela estratosférica de Benzema (da gusto cuando el francés intenta las diabluras que practicaba de pequeño en su arrabal de Lyon), el partido fue la contradicción de la ‘BBC’. La cara amable, por fin, la de un Gareth Bale que reactivó su instinto goleador porque él se siente delantero de pura cepa a pesar de haber evolucionado desde el lateral izquierdo en el fútbol inglés. No obstante, Ancelotti podría aumentar exponencialmente su protagonismo si le colocara en la banda izquierda; en la contraria sigue dando la sensación que regatea y central forzado: Bale no sabe dibujar esa filigrana tan característica de Arjen Robben a banda cambiada. Sus goles dan para un par de minutos de resúmenes televisivos, la celebración del primer gol estirará como un chicle las tertulias nocturnas. Enfadado con el mundo, el tímido Gareth (así le definió Pepe en El partido de las 12) sacó su rabia y pateó un córner. Algún compañero o su representante, Jonathan Barnett, han debido comentarle a esta hora que Florentino Pérez ofreció una comparecencia pública para defender en el fondo a su último galáctico. Una inversión de noventa millones (100 según el Tottenham) debe examinarse con lupa para evitar debates mediáticos. No vaya a ser que la multinacional de turno, en este caso el Real Madrid, no explote su P.V.P.

La versión grisácea de la ‘BBC’ la ofreció Cristiano Ronaldo. Le hierve la sangre porque su insondable voracidad le está dando la espalda. Necesita goles para volver a sentirse líder de este Madrid, pero en sus horas más bajas tampoco le está ayudando su comportamiento ni su nula efectividad en las faltas. Su careto en el primer gol de Bale delató rápidamente que le molestó no haber marcado él su golito. Un comportamiento de guardería que recuerda al Cristiano de los dos primeros años. El portugués corre a por la presa pero no la alcanza; por eso, el Barça-Madrid pinta trascendental para los intereses del equipo y su pelea eterna con Leo Messi. Preocupado por el particular duelo de titanes que acapara cualquier previa de clásico, ahora Cristiano tiene que alzar la cabeza en la tabla del pichichi y esa irritación insoportable sólo la puede remediar con goles. O calmando al Camp Nou por segunda vez. Será entonces cuando el Madrid recupere a su Cristiano de siempre, no éste triste y amargado.

 

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Un portavoz para el Real Madrid

12 Marzo 2015 por Carlos Vanaclocha

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‘Nunca se abandona al compañero caído’. Es uno de los códigos vitales de los Marines estadounidenses. Y el campechano Kléper Laverán Lima Ferreira (para ustedes, Pepe)  lo entiende y comparte con orgullo de capitán en la sombra. Veinticuatro horas después del ruidoso abucheo al Real Madrid en su estadio, el central portugués dio la cara en El Partido de las 12 de Cope. El madridista nunca había vivido pitadas tan sonoras desde que Pedja Mijatovic apostó por él en 2007 previo pago de una indecente cantidad de 30 millones; indecente porque la prensa se llevó las manos a la cabeza cuando el Oporto anunció el precio de un central absolutamente desconocido en España. Lejos de aplicarse un comodón silencio stampa durante esta tempestad, se puso delante de un micrófono y, a pecho descubierto, defendió a muerte a su vestuario, sobre todo, a los grandes señalados en una noche que amagó con cuchillos largos.

Iker Casillas abandonó el estadio con un cabreo de proporciones bíblicas (no es opinión, es información). Decepcionado consigo mismo por su falta de “frescura” debajo de la portería, los telediarios han repetido hasta la saciedad sus fallos de anoche y las tertulias han recalentado un debate que no perderá su caspa hasta el día que el portero anuncie su adiós definitivo. “Iker es el mejor portero del mundo actualmente. Que le piten es extraño”, espetó Pepe con un tono tan sólido como sus entradas al balón. Antes salía sacar la trilladora, pero eran otros tiempos, cuando las televisiones dedicaban una cámara personalizada para todos sus movimientos. A estas alturas, en la jornada 26, sólo ha visto dos tarjetas amarillas. Ver para creer. Él confiesa que aprendió mucho de errores pasados y el vestuario le aplaudió por ello; por de pronto, Casillas, quien considera a Pepe un “crack”.

El portugués también demostró camaradería por Carlo Ancelotti. En sus horas más delicadas en el club, el italiano sabe que tiene el respaldo público de la plantilla, anoche en boca de Pepe: “No tenemos dudas de que tiene que seguir”. De un plumazo, borró cualquier sospecha perpetrada para vender periódicos. Y para enterrar de una vez por todas la fábula de la mano blanda, el defensa reveló los métodos de entrenamiento en Valdebebas: “Ahora entrenamos con más intensidad que antes (Mourinho)…el entrenador nos exige mucho. Por ejemplo, las cuestas”.  No fue la típica respuesta de cartón piedra que suelen dar los futbolistas para sacudirse el marrón de encima. Pepe explicó cómo entrenan con Ancelotti y su faceta de consigliere: “Me ha ayudado muchísimo. Me dijo que con mi calidad tenía que anticiparme porque soy rápido y fuerte”. No en vano, a sus 32 años pocos centrales del mundo son tan eficaces al corte como él. Sergio Ramos sabe que cuenta con el guardaespaldas perfecto.

Y por supuesto, José Mourinho. Sin síntomas de acritud, Pepe soltó un proyectil sin reventar al personaje: “Ahora sentimos que la gente no nos odia como antes”. El silencio en el estudio se volvió sepulcral porque todos intuían respuestas diplomáticas, sin rajadas ni tomahawks. Todo lo contrario. Su defensa acérrima de Casillas durante el último año de Mou y la desconfianza en los servicios médicos del Madrid, que no supieron diagnosticar su lesión en el pie, le sentenciaron para siempre en el universo Mourinho. Pepe no necesita fingir para airear viejos trapos sucios. Se ha ganado en el campo el derecho a hablar con autoridad delante de su vestuario o cualquier periodista que le pregunte por aquellos ‘porqués’. Como le dijo Paco González al final de la entrevista, “valdrías como portavoz lo mismo que de central. Que te pongan por Butragueño”. La prensa, encantada.

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Entre Del Bosque y Queiroz

8 Marzo 2015 por Carlos Vanaclocha

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La mano blanda de Del Bosque y el galacticidio de Carlos Queiroz se cruzan como misiles en las tertulias periodísticas de estos días. Ambas teorías agitadas en una coctelera explican el declive de un Real Madrid obligado a resetearse, a empezar de cero en juego y actitud o, dicho con un eufemismo, intensidad. “Si Fabio Capello no hubiese sido tan tozudo con su estilo, habría sido el entrenador perfecto”, lo dice un directivo de la planta noble del Bernabéu que no coincidió con el entrenador italiano. El caos táctico tiene un responsable y los periodistas, expertos en el arte del tremendismo, ya estamos haciéndole vudú a Ancelotti. También Del Bosque tuvo la cabeza debajo de la guillotina en dos ocasiones, y acabó compensando sendos desastres ligueros con la ‘octava’ y la ‘novena’. En la primera Champions le salvó una actuación antológica en Old Trafford, y en la segunda, la volea de Zidane estaba predestinada. O eso creyeron en el club hasta que admitieron que las órdenes del salmantino en el vestuario se resumían en ’salgan y hagan lo que saben’. El Barça-Madrid decidirá si Ancelotti tiene que salvar la temporada con la competición fetiche de los blancos.

La otra teoría tan manoseada desde hace semanas evoca al “monstruo” que acabó devorando a Florentino Pérez. De infausto recuerdo, el equipo más ‘hollywoodiense’ de la historia del fútbol hizo enloquecer al madridismo tanto como los Backstreet Boys a las quinceañeras de todo el mundo. El problema de aquel Madrid de Queiroz es que era un Apollo Creed que boxeaba con estilo refinado pero le faltaba fuelle en las costillas. Zidane se lo contó a su compatriota y rival, Ludovic Giuly, en el descanso del dramático Mónaco – Real Madrid de Champions: “Estamos agotados”. El robot cuasi perfecto de Ancelotti se ha cortocircuitado: juega cansado, sin ritmo y con grilletes en los pies, y además, se ha olvidado de golear. De repente, esa pegada que ha justificado tantos y tantos partidos, ha desaparecido. Peter Pan se hizo mayor y se olvidó de volar en el país de Nunca Jamás; no sabemos cuál es la kriptonita que está debilitando al Madrid, si la falta de veneno en el aguijón o que, de verdad, tienen las piernas mustias. Quizás sea una crisis mental porque el equipo no tiene la azotea privilegiada que ha salvado a Rafa Nadal en un buen puñado de aprietos en los que le falló el físico.

Dicen los cenáculos de la capital que el presidente podría presentarse otra vez en Valdebebas esta semana. Otra charla al estilo de Santiago Bernabéu para que cada futbolista sienta el peso del escudo. Sin embargo, disipado el efecto de la primera reunión con Florentino, el vestuario necesita organizar un brainstorming (‘tormenta de ideas’ que dicen los gurús del marketing) y aclarar a qué quiere jugar. La solución comodona y desesperante en estos momentos es seguir envidando todas las cartas a la pegada. Pero San Mamés delató que es un error, diagnosticado públicamente por Ancelotti. La otra alternativa es borrar de la pizarra el garabato del 4-3-3 que se va difuminando a pasos agigantados y volver al fútbol folclórico. A Modric se le espera como el maná, será entonces cuando Carletto ponga a prueba su talento para reciclar a Gareth Bale. Él se siente delantero, aunque su equipo preferiría su zancada de velociraptor en la banda izquierda, donde pueda centrar sin escorzos. De ese modo, la fábula de la ‘BBC’ reanudaría sus emisiones en otro formato, no tan atractivo para la prensa deportiva, pero muy práctico para compararlo con los tres goleadores del Barça. Al fin y al cabo, “el problema está arriba” (Ancelotti dixit), literal…o no. 

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Ellas protegen el himno

5 Marzo 2015 por Carlos Vanaclocha

Final de la Copa del Rey 2009. Los jugadores de Barcelona y Athletic se alinean en el centro del campo para escuchar el himno de España. De repente, Televisión Española corta la imagen de Mestalla para devolver la emisión a su plató, y a continuación conectan con Bilbao y Barcelona. Al descanso y consciente del “error gravísimo”, TVE lanza una versión reducida del momento del himno con la música a todo volumen para ocultar los pitidos de ambas aficiones. Después del partido y la celebración azulgrana, repiten nuevamente la pieza manipulada. Los palos al ente público caen en cascada y la presión es tan insoportable que a la mañana siguiente el director de deportes, Julián Reyes, es despedido. Las reacciones llegan desde todas las esferas, pero es Rita Barberá quien prende la mecha de la mascletá que está a punto de estallar: “Intentaremos que sea la última vez que menosprecien al Rey en nuestra ciudad”. Barça y Athletic ignoran la crítica al caloret de la alcaldesa de Valencia; ambos clubes sabían que la ‘pitada nacional’ era una perogrullada. Guardiola abrió su bacanal de títulos, pero en las barras de los bares sólo se había un entretenimiento: vascos y catalanes haciendo apología de la independencia.

La última final entre Barça y Athletic se recordará por la pitada de 27 segundos que retumbó en el Vicente Calderón. Con el precedente de Mestalla en mente, los organizadores decidieron reproducir por los altavoces del estadio el himno español en versión corta. Sin embargo, esos 27 segundos duraron una eternidad que el Príncipe Felipe tuvo que aguantar desde el palco de autoridades. Entonces, TVE mantuvo el tipo sin escamotear tal solemne acto, pero hubo una orden directa en la casa para que uno de los técnicos de sonido subiese la regleta del audio del himno en televisión más de la cuenta. De ese modo, los teleespectadores apenas notaron desde sus sofás el ruido ensordecedor del Calderón. ¿Otra manipulación? Esperanza Aguirre fue demasiado contundente: “Esto es un ultraje. Ya advertí en los días previos lo que seguro que iba a suceder”. La entonces presidenta de la Comunidad de Madrid había incendiado la final en una entrevista en Onda Cero asegurando sin titubeos que “la final debería suspenderse si se pita el himno o celebrarla a puerta cerrada”. Aguirre, siempre incisiva en sus declaraciones, tiró de apuntes y espetó que “los ultrajes a la bandera o al himno son delitos tipificados en el Código Penal”. Sus mensajes escocieron tanto en la grada que el himno no fue tan despreciado como la misma presidenta. Ella, que nunca pierde la compostura, respondió con un pícaro ‘me lo esperaba’ a pregunta de un periodista después del partido.

El Real Madrid mira los toros desde la barrera sin miedo a la cornada. No porque Barça y Athletic propongan el Bernabéu como sede, sino porque la Federación no se atreverá a pedírselo. Sin la iniciativa merengue, el estadio blanco podrá abrir durante el sábado, 30 de mayo, sus cuatro restaurantes (dos asadores, un japonés y un café de diseño) con terrazas abiertas al campo. Es un negocio muy suculento para la tesorería del Madrid. Es la coartada que esconde un trasfondo diferente: el club no tolerará en su estadio pitos al himno nacional y, menos, un desplante al Rey Felipe. En los próximos día se sucederán esas reuniones infinitas que el resto de países serios siempre han evitado con sus estadios neutrales (Wembley, Stade de France, Olímpico de Roma…). Pero, desde luego,  la prensa buscará como un tiburón su carnaza las impresiones de la alcaldesa Ana Botella. Después del relaxing cup of café con leche, es la entrevista del momento. El medio que quiera una sarta de rajadas contra otra final Barça-Athletic sólo tiene que solicitar turno en el Ayuntamiento.

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Un fondo de cartón piedra

2 Marzo 2015 por Carlos Vanaclocha

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El Bernabéu esperaba el arreón final. Ese puñado de minutos que el Madrid convierte en vendaval, sobreexcitando a la grada y a puñetazo limpio con el rival de turno. Faltaba ese Raúl González que provocase una ocasión imposible, un córner forzado, cualquier resorte que enardeciera a las masas. Cristiano intentó imitar al eterno ‘siete’ en estímulo y la copia le salió barata. El talento del portugués es extraterrestre, pero no pega con los mitos de las remontadas. Y, precisamente, el equipo necesitaba morir matando, golpeando hasta la extenuación como el boxeador que busca desesperado el ko. No lo encontró porque el Villarreal ama el buen fútbol y no se avergüenza de tutear al Madrid (o al Barça) en sus casas: si necesita el balón, lo mueve de banda a banda; si encuentra un contraataque, sale con el cuchillo entre los dientes. El equipo de ese señor entrenador llamado Marcelino es un Real Madrid diminuto, con varios cientos de millones menos pero una propuesta grandiosa. Otros como el Manchester City o el Paris Saint Germain se construyen a golpe de talonario y se quedan en marca blanca de Mercadona. Marcelino dijo hace unos meses que estaba “harto de jugar como nunca y perder como siempre”. Ningún cronista podrá reprocharle que intentase asaltar la banca, como hizo en el Vicente Calderón.

“Si el Bernabéu no entendió el cambio de Isco, lo siento”. La pedrada de Ancelotti le retrató ante la prensa. Isco deambuló por el césped desaparecido en combate pero su chistera invita a soñar con una jugada repentina en el descuento. Illarramendi es buen centrocampista del montón con ínfulas de Xabi Alonso, y se ha quedado por el camino. El 1-1 obliga a pensar que Illarra no debió sustituir al malagueño sino a Kroos, fundido como un maratoniano en el kilómetro 42. Su gasolina diesel se ha agotado y Ancelotti no se fía de nadie cuando mira de reojo al banquillo. El italiano no para de mirar el reloj, esperando el regreso de Modric ‘el deseado’. Desde que se proclamó campeón en Marruecos, el Madrid ha ido sacando adelante sus partidos contra rivales poco puñeteros, demasiado escaparate para un fondo de cartón piedra: el Atleti le pinto la cara en Copa, el Sevilla le dio un susto de mal gusto y ante el Villarreal Casillas evitó el 1-2 en un cabezazo prodigioso de Vietto. Y la coartada de que Asenjo sacó mil y un tentáculos no es apta para los blancos. La cena de la ‘conjura’ (así lo hemos vendido desde los medios) ha quedado en anécdota de programa de Telecinco no por desgana merengue sino porque pocos osados se atreven a lucirse en el coliseo madridista.

La carrera por el clásico se ha estrechado y el Barça ya depende de sí mismo para ganar la Liga. El desplome ante el Málaga lo subsanó rápido en el Etihad; en cambio, el Madrid tiene toda la semana para hacer terapia antes de visitar San Mamés, leones heridos, pero al fin y al cabo, leones. Quizá el empate de anoche sea pasajero (también lo fue el 0-1 del Málaga en el Camp Nou), pero la única lectura indiscutible es que la Liga sufrirá más sobresaltos. De uno u otro lado. Y eso es apasionante. Como el próximo Barça-Madrid, del que muchos madridistas se contentarán con un empate y otros lo verían milagroso. Adivinar un ganador del clásico no es precisamente lanzar una moneda al aire ahora mismo.

 

 

 

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La semiautomática de Luis Suárez

25 Febrero 2015 por Carlos Vanaclocha

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Necesitaba goles en un partido con solera. Generoso en el esfuerzo, el Camp Nou había aprendido a convivir con sus robos de balón, los choques contra defensas de hormigón y esa obsesión permanente por agradar a Messi. Sí, Luis Suárez llevaba meses sacrificando su ego personal y había aprendido a “esconder la ira y ensayar una sonrisa delante del espejo”, como Batman en El caballero oscuro.  La prensa inglesa desplegó durante toda la semana su colección habitual de provocaciones y, aprovechando la versión negada del uruguayo, empapelaron los tabloides con titulares tan dolientes como ‘mordiscos’ o ‘dentelladas’. Suárez ha comprendido que el Barça tiene jerarquías que respetar; por de pronto, al dios Ra argentino y, en un escalafón inferior, a Neymar. Conoce su ubicación en el campo y en el vestuario; la primera ya no es la de fabricar goles en cadena como en Anfield, y la segunda es la de un crack silencioso que agigantará su figura el día que Messi se canse definitivamente. Será entonces cuando el club conciba a Neymar como futuro Balón de Oro. Pero Inglaterra le debía una revancha, porque haber sacado a los pross del Mundial de Brasil a golpazos no lo consideró un logro personal. El sensacionalismo británico había preparado la guadaña para descuartizar al barcelonista y, de repente, su muñeco de pim,pam, pum defraudó a todas esas plumas afiladas.

Luis Suárez dejó en Barcelona la escopeta de balines y se llevó a Manchester una semiautomática. Batió a Hart dos veces por abajo, y la inspiración del portero evitó el puñado de goles. En el primero, esperó su turno en el segundo palo como buen delantero y se la cruzó al meta del City; el segundo lo engatilló en el área pequeña tras un pase de la muerte del correcaminos Jordi Alba. A Pep Guardiola le habría encantado contar con este Luis Suárez, híbrido entre un ‘falso nueve’ y un boya de waterpolo. Sus movimientos son demasiado escurridizos como para pegarle a la chepa un rottweiler: su colocación recuerda a la de Karim Benzema, tan productiva fuera del área como letal en la cocina. Bueno, todavía le falta una ristra de goles para presumir, pero no es más que una simple cuestión de rachas. El ‘caimán’ devoró al Manchester, y sólo la mala suerte de Messi desde el punto de penalti lo dejó con vida.

El inesperado trompazo ante el Málaga y las fotos de Messi y Piqué en la puerta del Casino de Barcelona habían dado carnaza suficiente a la prensa incendiaria. Otra derrota en el Etihad y el cumpleaños de Cristiano Ronaldo habría quedado como anécdota. El equipo lo sabía y, por eso, salió a tumbar al miedoso City de Pellegrini, al que la fatalidad de los octavos le va a perseguir por los siglos de los siglos. Con una plantilla de quinientos millones de euros, la grada citizen esperaba un City envalentonado, rabioso por la eliminación de la pasada Champions. Todo lo contrario: el gigante inglés recibió puñetazos en la cara y devolvió caricias, hasta que el Kun Agüero detuvo el ridículo. Ya era tarde, porque ni Pellegrini había conjurado ninguna remontada ni el propio Kun se vio con fuerzas para poner patas arriba su estadio. El Barça demostró en la primera parte que, cuando quiere, revienta a cualquiera. Y Messi falló un penalti que no oculta su enésimo partidazo. Lejos de golear, se convirtió en la amenaza fantasma. Luis Suárez no se cansa de darle las gracias porque “con Leo todo es más sencillo”. Claro, así cualquiera. 

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Isco rebate a Iniesta

23 Febrero 2015 por Carlos Vanaclocha

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Michael Laudrup salió ovacionado de San Mamés en la noche que Raúl agradeció a Valdano la oportunidad de su vida. El danés resolvió dos mano a mano y puso otro par de esas asistencias sin mirar a Zamorano y al entonces joven canterano. El 0-5 provocó en la grada un cabreo monumental que mutó en aplausos justo en el minuto que Laudrup fue sustituido por Juan Eduardo Esnáider. Las hostilidades históricas del Athletic fueron ignoradas por un público que reconoció la delicatessen danesa con un estruendoso aplauso. Menos imponente pero sí más impactante (de hecho dio la vuelta al mundo) fue ver cómo el Santiago Bernabéu hincaba la rodilla ante la genialidad de Ronaldinho. Él solo empequeñeció al Real Madrid como un gigante entre liliputienses, y aquel socio con bigote canoso y su hijo no tuvieron ningún reparo en aplaudir de pie al astro brasileño. Andrés Iniesta también recibió interminables tributos por su gol eterno en Sudáfrica y, por qué no reconocerlo,  por su plasticidad exclusiva. Si algún aficionado piensa en un jugador español parecido a Oliver y Benji, desde que luego que siempre sale Iniesta. O salía, porque le ha surgido un competidor demasiado precoz para ganarse el favor de aficiones ajenas.

La grada del Martínez Valero estaba esperando su cambio. La compilación de fintas, regates, amagos y pases versión Laudrup que dejó a modo de greatest hits se habría vendido en Elche tanto como el partido del ascenso a Primera del equipo ilicitano. Isco calentó demasiado banquillo la temporada pasada porque “su cabeza no estaba bien amueblada”, o eso dicen desde la planta noble del Bernabéu. Necesitaba macerar su talento, dejarlo campar a sus anchas sin soltarle la correa. Y parece que la tutela de Ancelotti ha funcionado. El malagueño dejó de ser banquillero de lujo la semana que Modric se rompió durante un Italia-Croacia. Pero lejos de recrear un panorama tremendista, Carletto charló con Isco y le sugirió que perdiese el miedo escénico, que se imaginara flirteando con el balón delante de varios anfiteatros como lo hacía en los arrabales de Benalmádena, su municipio natal. Isco entendió que el Bernabéu no aplaudía a los tímidos; al revés, les incordiaba con su murmullo característico. Fue entonces cuando tomó la decisión de separar el grano de la paja, de ser simple y llanamente útil, pero con arte, claro.

Fernando Hierro, asistente de Ancelotti, le ha servido de improvisado consigliere: “A veces dos regates salen mejor que tres y una bicicleta resuelve la jugada mejor que dos”. El madridista sigue siendo una esponja en plena absorción, aprobando doctorados cada domingo y cursando un máster acelerado detrás de otro. El equipo se ha tomado tan en serio su papel de niño prodigio, que apenas le importa lo que se dice en las barras de los bares: el Madrid divierte (y se divierte) con Isco sobre el tapete. Cualquier otra lectura sería mentir al aficionado. “Será el jugador más importante de España”. Palabra de su capitán, Iker Casillas, al que no le cuesta reconocer una realidad cada vez más indiscutible. Con Iniesta en horas bajas, el casting de ilusionistas lo domina el Isco que buscaba Florentino Pérez. En su ansia por comprar Balones de Oro, el presidente, aconsejado por la dirección deportiva, decidió darse un antojo: un talento español que, con la presión adecuada, podría rebatir a sus admirados Iniesta y Xavi Hernández en algunas discusiones. Y lo está consiguiendo. 

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