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Di María y los viejos fantasmas de Makelele

29 Julio 2014 por Carlos Vanaclocha

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La inminente salida de Ángel Di María podría revivir los viejos fantasmas de Makelele. En pleno apogeo galáctico, el centrocampista y destroyer francés para cualquier táctica enemiga, pidió un aumento a Florentino Pérez por méritos en el campo de batalla. Entonces, afición y prensa coincidieron que Makelele era el responsable del inevitable trabajo sucio, el que curraba entre bambalinas para que Zidane, Figo, Ronaldo y Raúl recibieran reverencias en el escenario. Pero el presidente y Jorge Valdano no accedieron a las pretensiones de Claude ‘el imprescindible’  y Roman Abramovich aprovechó el cajón desastre del Bernabéu para comprar una de las vigas maestras de su primer proyecto faraónico. Makelele no tuvo sustituto y quizá ésa fue la primera causa del famoso galacticidio; a Di María sí le han traído remplazo, uno que de momento vende tantas camisetas en Colombia como David Beckham en el Sudeste Asiático. Sin embargo, Di María ha ganado una pelea de la que muy pocos están al alcance: avergonzar al Bernabéu por tocamiento de huevos y reconciliarse con el mismo estadio precisamente por huevos. Terminó la final de Lisboa con la camiseta empapada, cláusula fundamental para arrancar aplausos en Chamartín, y desde hace tiempo venía pidiendo más pasta en su contrato. Sin duda, lo iba mereciendo.

El diario MARCA publicó ayer en portada que el Paris Saint Germain ha ofertado por Di María con un precio mareante: ochenta millones redondos y un contrato que permite al argentino comprarse un yate de eslora generosa en Saint-Tropez. Al final, todo se reduce al dinero. Porque cuando Di María raje (que lo hará) en alguna entrevista medio furtiva, usará la coartada por excelencia de los futbolistas: ‘no me querían en el club’. Y no será por la afición que hoy le aclama y ayer le silbaba. Escogido a dedo por Mourinho a los pocos días de acceder al banquillo merengue, Di María tenía la pinta de un Solari moderno; es decir, un banquillero de lujo que se acoplaría en un pispás a ese sistema acorazado del contraataque. Y como buen argentino pasional, peleó y se desvivió por un puesto titular y, cuando lo consiguió, él mismo lo perdió por una sorprendente dejadez. Quién no se acuerda de aquella frase con la que Mourinho lapidó al argentino: “Cuando Di María ganaba poco dinero, jugaba mucho. Ahora que gana mucho, no juega ni mucho ni poco”. El jugador recibió la colleja y entendió que debía ganarse la confianza perdida del entrenador. Pero ya era tarde y, como la mayoría del vestuario, necesitaba oxigenarse con un nuevo míster

El problema de Di María o su entorno ha sido la impertinencia. Su representante, Eugenio López, lanzó un mísil contra Florentino diciendo en radio La Red que tenía contrato pero también “importantes ofertas. Y eso era un tema presidencial”. Fue un primer paso equivocado para reclamar una subida justo cuando la grada pitaba al jugador balón sí balón no. No obstante, la directiva blanca todavía no se había sacudido ese don de la inoportunidad: Mustafa Özil, padre y representante de Mesut, también pidió cita en la planta noble del club para renegociar el contrato de su hijo en el peor momento de su carrera, cuando Özil apenas aguantaba una hora sobre el campo porque se le enrojecían los mofletes por agotamiento físico. El Madrid obsequió a Ancelotti con la potestad de elegir a uno de los dos, con el agravante para el alemán de que el Arsenal le quería a toda costa por casi cincuenta ‘kilos’. Finalmente, el técnico italiano decidió que Di María sudaba más la camiseta, al menos en los entrenamientos.

Vender a Di María por ochenta millones, si es que al final son ochenta, es el mejor negocio de la historia blanca. Dicho simplonamente, es un trueque entre James Rodríguez y  el argentino, a sabiendas que Di María terminó la temporada como un torbellino y fue el mejor argentino del Mundial. Ancelotti le quiere en el vestuario pero acabará aceptando que el Madrid es una mole a la que se necesita meter paletadas de comida. Y el PSG ofrece la más vasta de todas. Puede que Florentino Pérez aún tenga en mente el craso error de Makelele cada vez que negocia la venta de un jugador potable para la grada; en el caso de Di María, siempre podrá justificar que James no dio la talla. Si es que vuelven los fantasmas, claro.

 

 

 

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¡Dónde va Ancelotti sin plantilla!

24 Julio 2014 por Carlos Vanaclocha

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El maestro César Menotti solía comentar que “la preocupación del Barça es divertir mientras la del Real Madrid es ganar a toda costa”. La primera vez que se lo escuché fue cuando Joan Laporta rumiaba el despido de Frank Rijkaard por un pésimo comienzo liguero en 2003; la segunda, en pleno apogeo guardiolista que coincidió con el declive de Pellegrini en el año I de Florentino; la tercera, la noche que el Chelsea de Di Matteo oxidó en el Camp Nou el fútbol de salón del mismo Pep, y la última, instantes después de que el Madrid se liberase del peso de la historia con la ‘Décima’. Durante esta pretemporada y sin la imperiosa urgencia de reeditar el cetro europeo, el presidente blanco ha entendido que el Bernabéu necesita algo más que ganar por delante del Barcelona y, por eso, está construyendo una de las mejores plantillas que recuerda la historia blanca. Jorge Valdano dijo una vez que el “mérito” de Fabio Capello en su primer año en el Madrid fue ganarle la Liga al equipo “más compensado y competitivo que vio nunca”, aquel Barcelona de Bobby Robson que tuvo el privilegio exclusivo y mundial de contar con la versión más bestial del brasileño Ronaldo (antes de que ensanchara su silueta hasta recibir el apodo del ‘Gordito’). Ese Ronaldo se comió el mundo en una sola temporada y tan sólo su ausencia por convocatoria internacional en el último tramo de la Liga, privó al Barça de levantar todas las copas. Sin embargo, aquel Barça que mencionó Valdano no pasó el filtro de un Camp Nou que se atrevió a silbar el juego del equipo durante un 6-1 al Valladolid.

El Dream Team creó un estilo al primer toque que todavía se imparte en La Masía. Si Guardiola ha conseguido convertirse en el Platón de la escuela socrática de Cruyff, incluso superándole, el listón para el resto es, simplemente, casi un imposible. Lo fue para Tito y, por supuesto, para un ‘Tata’ Martino que aterrizó en Can Barça como un extraterrestre y sin ningún optimismo para aplicar unas ideas que, a día de hoy, el aficionado español aún desconoce; Martino llegó para no molestar, asumiendo el pacto tácito de una transición, y se ha ido también sin follones.  Michael Laudrup patentó la finura en el Barça de Cruyff y hace unas semanas soltó una reflexión en una entrevista que daría para muchas horas en una tertulia futbolera, pero de fútbol, no salsa rosa: “Luis Enrique tendrá un proyecto largo porque el Barça necesita reencontrar su estilo más que los títulos”. El danés dejó de ser una voz autorizada en Barcelona en el preciso momento en que se convirtió en tránsfuga yéndose al Madrid de Mendoza, pero sus ideas sobre el tapete verde siguen siendo cien por cien culés.

José Mourinho vino con dos obligaciones: la Copa de Europa y volver a meter al Madrid en la élite de Europa. Las bulas papales que le concedió el presidente no fueron suficientes para lo primero, pero sí para incordiar y agotar a Guardiola con una némesis de juego práctico pero aburrido. Entonces, al Madrid del nuevo Florentino parecía que le preocupaba más que el Barça entrara en barrena que inventarse a sí mismo. Mourinho se quemó y Ancelotti vino con ínfulas de “espectacularidad”. Los títulos le han salvado porque eran lo único trascendente en su primer año, pero los fichajes de este verano han cambiado el vademécum del club o, al menos, deberían. James Rodríguez ha causado un éxtasis inimaginable; ídolo de masas en Colombia, su mercadotecnia superará con creces las previsiones del departamento de marketing. Pero lejos de su capacidad de sonreír y posar con una camiseta blanca, chocolatina o bebida gaseosa, James sabe tocar la pelota, bajarla al piso como narran los argentinos y, en definitiva, jugar vistoso. Toni Kroos también, pero su fichaje no está etiquetado como ‘galáctico’.

“¡Dónde va Ancelotti sin plantilla!”, tuiteó con su habitual ironía mi compañero Juanma Rodríguez, una de las plumas más lúcidas del periodismo deportivo. Y no le falta razón: Ancelotti se encuentra con benditas problemas en todas las líneas del campo, pero la que debe emular al Circo del Sol se ha desbordado. James no era necesario en la pizarra táctica de Carletto pero su fichaje es un llamamiento el fútbol control. Cuando la grada se había acostumbrado al juego volátil, el reto del flamante Madrid es, quizá, más complicado que otra Champions: divertir en televisión. Con su estilo imperialista, el club ha decidió que no sólo quiere abusar en los mercados, también en el césped. Claro que eso es más complicado. El vestuario ya no tiene excusas cuando la prensa ataque con dudas en el juego, porque la manoseada adaptación de los nuevos (coartada número uno en este deporte) tendrá una caducidad muy corta. “Ganar machacando y respetando”, dice un directivo del club en petit comité. Por una vez, las preocupaciones del Bernabéu serán las mismas que en el Camp Nou.

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Atleti, vender y retener

21 Julio 2014 por Carlos Vanaclocha

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“Somos un club comprador, no vendedor”. Enrique Cerezo nunca ha desaprovechado cualquier ocasión delante de las cámaras para sacar pecho de su gestión. Harto de por vida de que a su Atlético lo tomaran como el club graciosete de España, siempre se empeña en compararlo con las dos grandes potencias que controlan la Liga. El ‘cholismo’ ha roto el pesado duopolio deportivo pero la misma directiva, que desde hace tiempo se sacudió el apodo de ‘gilifato’ con fichajes acertados a coste razonable, ha asumido que en este mercado y con sus capacidades salariales el Atleti campeón está siendo el mejor escaparate de la Quinta Avenida del fútbol. Desde el momento que la Federación Española y la Confederación Brasileña casi provocan un conflicto diplomático por Diego Costa, Miguel Ángel Gil entendió que su delantero sería top en ventas. Y como a Mourinho le encantan los futbolistas top, agradeció a su querido colega Simeone (literal) que le diera el pienso adecuado para alimentar a esa mole ricachona llamada Chelsea y que él describió como “pequeño poni”. Costa ha emigrado y Filipe Luis se ha encontrado de bruces con la oportunidad de su vida: mejorar su cuenta bancaria. Porque en lo deportivo será complicado que en Stamford Bridge arramble con tantas copas como en el Atleti. El eterno problema es que gane la Liga o se quede a un minuto de levantar la Champions, siempre habrá un puñado de clubes que dupliquen o tripliquen la guita que pueden ofrecer los rojiblancos. Y eso, en este negocio, no es de equipo grande.

La afición necesita un santo y seña que no encontró en Fernando Torres (“Me voy para ganar títulos”), Kun Agüero (los petrodólares le atrajeron demasiado después del desplante de Florentino) ni en Falcao (jugar en el Real Madrid aunque le esté costando el marrón de vivir en Mónaco). Por eso, el capitán Gabi defendió desde la concentración de San Rafael a los comprometidos, los que se han estudiado la historia de aquel equipo que se codeaba con el Madrid en los auténticos derbis, luego cayó en la odisea del ‘pupas’ y ha logrado levantarse, primero con Quique Sánchez Flores (sería injusto omitirle) y sobre todo a la vera guerrera del ‘Cholo’. Ellos, empezando por Koke, podían haber firmado los contratos de sus vidas pero decidieron no dejar en la estacada a un vestuario que se reía maliciosamente con aquella verdad absoluta (me incluyo yo) del ‘Ya caerán’. Rubén Uría, compañero de profesión, que no de camiseta, lo recordó socarronamente durante 38 episodios, y lo ha dejado en el tintero para la próxima temporada. Ésa en la que Koke, nuevo ídolo del Calderón, podría haber vestido la camiseta del Barça; Godín la del Bayern de Guardiola en el proyecto más ambicioso que recuerda la Bundesliga, y Miranda haber concluido el desembarco de Normandía en el Chelsea: el central brasileño se dejó persuadir por Simeone cuando dijo durante el Mundial a la ESPN que tenía ofertas y su cláusula era “negociable”. Sin embargo, se han quedado en Madrid y suya es la responsabilidad de seguir peleando en las grandes veladas y no en combates de teloneros. Quizá sea el único atajo para hacer realidad la cínica declaración de intenciones del presidente Cerezo.

Gil Marín está negociando por Fernando Torres, le tiene en la recámara como su ‘galáctico’ particular y a pesar de que sea Koke el reclamo para vender camisetas. No en vano, Mourinho no confía en él, aunque Abramovich no le soltará por pocos ceros en el cheque. Antes del Mundial, el plan A era Lukaku y Negredo, mientras que el plan B contempló a Roberto Soldado si Negredo no salía de Manchester (esto es información, no opinión). Pero de repente a Simeone no le convenció la tanqueta belga; el City pedía los mismos millones o más de lo que le costó Negredo, y Soldado fue repudiado por la grada colchonera. Del plan A de equipo grande se pasó a un ‘C’ improvisado pero no peor: Mandzukic. El croata se cansó del galimatías táctico de Guardiola y se decantó por un equipo de ideas sencillas: centros al área y balones el delantero centro. Falta un compañero de gol y, a expensas de Torres, el italiano Alessio Cerci del Torino es una moneda al aire: igual gusta o no.

Como el portero Jan Oblak, un esfuerzo muy caro (16 históricos ‘kilos’) por evitar la nostalgia que deja Courtois. No obstante, y aunque Oblak acabase imbatido en los siguientes 38 episodios, siempre habrá otro club fardando de un fajo de billetes más grueso. Aún falta tiempo para que una estrella confiese que siempre soñó con jugar en el Atleti.

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Toni Kroos, en busca del nuevo Matthäus

17 Julio 2014 por Carlos Vanaclocha

 

“Toni Kroos te pone un centro orientado de cuarenta metros al pie. Yo le ficharía”. La intuición de Bernd Schuster no falló hace dos años, la noche que el Bayern eliminó al Madrid por penaltis en el Bernabéu y que sirvió al jovencísimo Toni Kroos para doctorar su talento delante de toda Europa. “Es un discípulo adelantado de Xabi Alonso, pero más atrevido en ataque. Te monta él solo las jugadas”, explicó Uli Stielike durante este Mundial. Schuster quizá haya sido el mejor centrocampista alemán del fútbol contemporáneo, con un carácter indómito que le privó de ganar un Balón de Oro y un buen puñado de títulos. Y desde hace tiempo ha fijado su atención en Kroos, de quien dice en tono bromista (o no tanto) que será su “alter ego cuando pierda toda la vergüenza”. Stielike fue un todoterreno defensivo de los ochenta, muy querido en su selección alemana y que, ya como entrenador o espectador, tiene un don para descubrir a la legua quién puede ser el próximo Michael Ballack o, palabras mayores, intentar emular al legendario Lothar Matthäus. Casualmente, ninguno de estos dos ha sido ídolo para Toni Kroos, quien siempre miró con lupa al ‘jefe’ Stefan Effenberg. “Me gustaría tener el tacto de Effenberg en los lanzamientos directos”, confesó el nuevo jugador del Real Madrid en una entrevista a la revista Kicker.

Chute o no las faltas, el Madrid necesitaba un nuevo arquitecto en la pizarra táctica de Ancelotti. La idea de volatilizar partidos al contraataque fue atractiva desde que José Mourinho se empeñó en armar un equipo de velocistas, pero ahora el técnico italiano quiere dar otra vuelta de tuerca y jugar con un Madrid dominador del balón; no tan abusón en posesión del balón como el Barça, pero sí dándole a la pelota los pases suficientes y certeros. Y en esa ecuación Kroos se presume fundamental. Su Mundial ha sido muy vistoso y se le ha notado fresco de piernas, quizá porque Guardiola prefirió a Thiago Alcantara en ese exagerado tiqui-taca que no ha acabado de entusiasmar en Munich. “Kroos no se anda por las ramas, coge el balón y lo pasa cortito y al pie, o cambiando el juego de un lado a otro”. Es la descripción del ex portero y campeón mundial Bodo Illgner, ahora comentarista de Bein Sport para Liga española y Bundesliga. Todos los grandes futbolistas coinciden en su gran prestación: el Bernabéu se muere de ganas por ver un pase cruzado de banda a banda, o un centro milimétrico de treinta metros al pecho de un compañero. Xabi Alonso de vez en cuando se prodiga en esta faceta, pero desde que el mito Zidane se retirase, nadie ha causado tanta expectación poniendo pases.

El propio Effenberg reconoció el pasado abril que Kroos era “esencial en el Bayern” y que debía pensárselo “fríamente” antes de aceptar la mareante oferta del Manchester United por cuarenta millones de euros. Era el mejor centrocampista puro que había en el mercado y el Madrid se movió rápido. Su ‘galáctico’ de este verano no arrasaría con su camiseta en la tienda oficial del Bernabéu ni se convertiría en el primer reclamo publicitario, pero sí estaría a la altura de las grandes estrellas del rock en el escenario. Precisamente, Cristiano Ronaldo y Bale no deben preocuparse por compartir estilo con un tipo que pisa la pelota y se lo piensa dos veces antes de soltarla. Kroos sabe lanzar contraataques y buscar espacios al hueco para que los velociraptores blancos huelan la sangre. Es un volante completo para un equipo poliédrico, tal como le gusta a Ancelotti; maneja el florete, la espada y el sable igual de bien, requisito imprescindible para jugar en un Madrid que busca adaptarse a todas las versiones. No obstante, Toni Kroos es un devoto del ‘fútbol control’, ése que encandiló al Bernabéu en épocas doradas pasadas. Desde luego, es un fichaje con cabeza.


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Mario Götze, de proscrito a héroe nacional

14 Julio 2014 por Carlos Vanaclocha

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Mario Götze era hasta ayer ciudadano proscrito en Dortmund. Jugó allí desde los nueve años hasta que el todopoderoso Bayern de Munich le dobló el salario dándole cariño de estrella. Fue entonces cuando la grada vertical del mítico Westfalenstadion quiso hacerle vudú a base de amenazas a él y a su familia. Götze había traicionado a su club de siempre porque quiso ascender en la vida; sin embargo, Pep Guardiola no ha sabido (o querido) encajar en su galimatías táctico al prototipo de futbolista alemán del futuro. “Sal ahí y demuestra que eres mejor que Leo Messi”, le susurró al oído Joachim Löw instantes antes de saltar al césped de Maracaná: no era una arenga cualquiera sino la punzada que necesitaba Mario para herir su orgullo y enseñar a su nación que el Bayern acertó fichándole tanto como Jürgen Klopp tutelando su carrera. Götze es de esos genios impasibles que a veces tardan un rato en entrar en acción y ayer no fue la excepción, porque durante un buen puñado de minutos, lejos de aliviar a su equipo cogiendo el balón, se movió por el verde sin cabeza ni corazón, como un ‘pecho frío’ argentino.

La máquina de ingeniería alemana se desactivó desde que Argentina se acogió al estilo Mourinho y defendió su bloque con cemento armado dejando suficiente pólvora para sus pistoleros. Lástima para todos ellos que se les encasquillaran los revólveres porque, paradójicamente, la selección con más gol del campeonato sufrió su talón de Aquiles precisamente en la delantera. Se había dicho que los argentinos tenían los mejores goleadores, un pésimo centro del campo y una defensa algo potable. Pues resultó que Mascherano fue el mejor del campeonato, a pesar de que la mano de Julio Grondona, presidente de la AFA, es demasiado alargada y Messi fue nombrado por sorpresa MVP de Brasil. El barcelonista no se ha estado reservando para Maracaná. sencillamente su físico no da para más desde que prescindió de los servicios particulares de Juanjo Brau, el recuperador por excelencia del Barça que lo había mantenido a tono estos últimos años. Le cuesta moverse por el campo como si recién acabase un banquete romano en el túnel de vestuario, y el único indicio que sugiere que sigue siendo Leo Messi son sus arrancadas esporádicas que dejan atrás unas cuantas piernas. Con algo de reprís, Messi habría vuelto loco a Hummels toda la noche. Y qué decir si hubiese jugado el lesionado Di María. Menos mal que Boateng alardeó de físico y actuó como dos o tres centrales a la vez: el mejor de la Mannschaft en la final y quizá también mejor jugador del partido, a pesar de los nombramientos extraños de Blatter y sus gerifaltes.

Messi falló la ocasión de inmortalizarse como el sucesor definitivo de Maradona, e Higuaín volvió a etiquetarse como el delantero del ‘casi’. Un error clamoroso tras otro sólo podía leerse entre líneas como que Alemania nunca muere. Al tran tran, jugando sin las revoluciones del histórico 1-7 a Brasil, los alemanes movieron el balón oscilándolo como un equipo de balonmano, esperando su ataque. Su ‘tiqui-taca’ se parecía a la versión oscura española: mucho sobe de balón sin terminar la jugada. Argentina les planteó un partido a cara de perro sin permitir a Löw ordenar el ‘ataque relámpago’ que machacó a los anfitriones.

El desenlace no podía pintar más traumático: sólo una cagada en toda regla o el gesto e un genio podían romper la baraja. Rodrigo Palacios tuvo delante de sus narices la ocasión de Robben a Casillas en la final de Sudáfrica y no supo reventar el balón. Pero Götze sí supo bajar un centro bombeado de Schürrle para machacar la red de Romero. De proscrito a héroe nacional, es el destello del alumno aventajado llamado a liderar la próxima generación alemana, una más que, por supuesto, llegará a cualquier semifinal como mínimo. Y es que en los últimos treinta años, Alemania tiene el gen competitivo del fútbol mundial. Con o sin trofeo, siempre nos quedará la Mannschaft.

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El hombre que nunca traicionó su camiseta

12 Julio 2014 por Carlos Vanaclocha

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A Florentino Pérez le entusiasmó que Fernando Hierro, Raúl y Mijatovic viajasen a la final de Lisboa como emblemas del Real Madrid. No sólo eran historia viva, tampoco simples motivadores de un vestuario que se jugaba el éxito o el fracaso en un solo partido. No, el presidente por fin entendió que a las grandes figuras había que cuidarlas y que en su mano estaba reparar el prestigio dañado en el pasado. De Florentino siempre se ha dicho que no tuvo ningún tacto para despedir a futbolistas convertidos en mito por el madridismo: con Hierro protagonizó la noche de los cuchillos largos instantes después de ganar la Liga del 2003 al Athletic en el Bernabéu. Al capitán todavía le escocía el trato de la directiva a su amigo y compañero Fernando Morientes, quien se mantuvo en la plantilla por petición expresa del propio Hierro y Raúl durante una conversación con Florentino en Mónaco en agosto de 2002. La maldita noche empezó con una bronca entre el malagueño y Jorge Valdano, entonces director deportivo, dentro del vestuario del coliseo merengue. El argentino les obligó a salir al césped a celebrar la Liga con la grada y Hierro poco menos que le mandó a esparragar. Horas después, las caras largas en el Mesón Txistu provocaron la chispa que hizo saltar todo por los aires: Hierro y Del Bosque despedidos, y Morientes cedido al Mónaco días después.

Tampoco Raúl tuvo la despedida de sus sueños. Dieciséis años de servicio blanco quedaron reducidos a una fría despedida durante una mañana de julio, y una rueda de prensa seca y sin apoyo institucional. Mourinho le pidió que se quedara para exprimirle sus dotes de liderazgo y eterna comunión con la afición, pero Raúl sabía que las heridas de guerra tardarían demasiado en cicatrizar. Guti, capaz de lo mejor y lo peor, tampoco se marchó en loor de multitud; casi siempre en el alambre, la prensa le había anunciado fuera del Madrid casi todos los años. Fue su talento lo que siempre le salvó. Claro que si con Raúl apenas se acicaló la sala de prensa, a Guti no se le iba a agasajar con la menor intención desde el club. En cambio, Zidane, uno de los hombres del presidente, sí tuvo su partido de homenaje: no fue ningún amistoso, ni siquiera un trofeo Santiago Bernabéu. El club aprovechó su anunciada despedida para rendirle tributo en el último partido liguero del 2006 en casa contra el Villarreal. El estadio se llenó y Zizou fue sustituido sobreexcitado por la fiesta. Por último, Manolo Sanchís, capitán de capitanes, declinó la oferta a un homenaje en 2001. Él fue el primer mito que se retiraba en tiempos de Florentino y fue Butragueño, ya directivo blanco, quien le llamó de parte del presidente para sugerirle una fiesta por todo lo alto. Sanchís, poco dado a fastos multitudinarios, no quiso su partido y el Madrid le brindó un pequeño gesto sobre el césped al término del último partido contra el Valladolid de la temporada 2000-2001.

Estos jugadores habrían merecido sendos amistosos, como sí los tuvieron Hugo Sánchez y ‘el Buitre’. Quizá por ello, Florentino con los años se ha dado cuenta que a los protagonistas de la historia centenaria del club hay que mimarles. Raúl recibió su homenaje el verano pasado, tarde pero muy cuidado. Incluso, el Rey Juan Carlos acudió al palco de honor a abrazar al ‘7’. Y Hierro no se vestirá de corto pero podrá disfrutar de una vuelta más emotiva: dirigir al equipo a las órdenes de Carlo Ancelotti. Experiencia en el banquillo apenas tiene, por eso viene como aprendiz. No obstante, sus pinitos después de colgar las botas han sido casi perfectos: como director deportivo de la Federación manejó extraordinariamente bien la transición entre Luis Aragonés y Del Bosque (fue Hierro quién eligió al actual seleccionador). Y en un Málaga arruinado convenció al jeque Al-Thani para que pusiera al frente del despacho deportivo a su amigo Antonio Fernández, quien construyó las bases del ‘EuroMálaga’ con Van Nistelrooy, Baptista, Isco, Joaquín, Toulalan, etc.

Hierro es puro madridismo porque nunca traicionó su camiseta. Su jerarquía en el vestuario pudo gustar (Raúl) o irritar (Iván Campo), pero siempre fue indiscutible. Cuando prensa y afición murmuraron que sus días de gloria tocaban a su fin, dejó su cuerpo en manos del mejor fisioterapeuta, Pedro Chueca, para que se lo devolviera con un motor diesel. Y funcionó. Su astucia le ha permitido cuidar su imagen pública, la de no delatarse como un hombre vengativo y rencoroso por el pasado. Jamás habló mal del Madrid, directamente lo ignoró. Sin embargo, no ha querido cortar de cuajo ese cordón umbilical: junto a Sanchís ha presidido en estos años la asociación de veteranos, con partidos por medio mundo y los Classic Match del Bernabéu. Ancelotti le ha pedido como sustituto de Zidane porque es un tipo que entiende los vestuarios donde se amontonan tantos egos. Y con el añadido extra de que Sergio Ramos, Pepe y, sobre todo, Varane, tendrán en unos días al profesor más laureado de su asignatura. “Con Hierro se puede hacer un máster acelerado de cualquiera cosa, pero los centrales se van a frotar las manos”. Palabra de Manolo Sanchís.

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Y no fueron diez goles de milagro

9 Julio 2014 por Carlos Vanaclocha

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“En esta Alemania jamás habría renunciado a jugar”. Fue la reflexión socarrona de Bernd Schuster pocos minutos después de la masacre del Mineirao. El legendario centrocampista teutón no quiso jugar con su país un amistoso contra Albania en 1983 porque coincidió con el nacimiento de su hijo y la rebeldía le costó la expulsión eterna. “En este equipo, hasta yo con mi edad me divertiría”, lo dice un sabio que, a estas alturas de su vida, ya lo ha visto todo en el mundillo del fútbol. O casi todo. Paco González acertó con el titular de la noche: “Esta goleada es la madre de todos los partidos de la historia”. Pasarán los siglos y el repaso más soberano que se haya visto en un Mundial todavía escocerá. Devolver una bofetada de tales proporciones bíblicas requeriría una Copa del Mundo en Berlín y otra goleada a la inversa, pero a tenor de la cabezonería del seleccionador Luis Felipe Scolari (ni un amago de dimisión), queda Brasil de hormigón para rato. De repente, el fútbol repartió papales distintos y el mítico Brasil del setenta fue imitado palmo a palmo por una Alemania jugona de tiqui-taca. Vamos, un Bayern de Guardiola en toda regla.

El espíritu Neymar, con David Luiz enseñando a todo el Mineirao su camiseta, se esfumó en un chasquillo de dedos. Lo que tardó Joachim Löw en descuartizar a la canarinha de pies a cabeza. El entrenador alemán siempre ha confiado en Khedira y aún se sorprende de la condición de paquete con la que la prensa española trata a su panzer preferido. Con la camiseta nacional, Khedira hace de Makelele y Özil al mismo tiempo (siendo más decisivo incluso que el ‘besugo’); o sea, un cóctel más gustoso que Fernandinho y Paulinho juntos, cuyo tacto por el balón sabe a suela de zapato. Pero Scolari quería morir con sus principios y, aunque se atornille al banquillo por muchos años, jamás habrá visos de jogo bonito. Sus ideales son músculo, mamporros y Neymar. Quizá tenga que atenerse a esta promoción en la que sólo el barcelonista divierte como un malabarista; no obstante, todavía quedan dispersos por ahí Ronaldinho, Robinho, Kaká y Lucas Moura, éste el gran ausente.

Con ellos tampoco habrían ganado nunca a Alemania pero sí habrían aportado algo de show. Como el que hizo, por ejemplo, Toni Kroos, fichaje inminente del Real Madrid. Guardiola no ha contado con él por su predilección hacia Thiago y eso que gana el Madrid. Es un pelotero de los que habría engatusado hasta al propio Alfredo Di Stefano: pisa el balón, medita la mejor jugada, y siempre encuentra un pase decisivo o un disparo a media distancia que busque las cosquillas del portero. Anoche encontró las de Julio César. Kroos vale para construir fútbol y volatilizarlo al contraataque, estilo preferido de Cristiano y Gareth Bale. Opinión diferente merece Schweinsteiger: su edad le ha reconvertido en un Paul Gascoigne con mentalidad germana.  Vertebra la columna de la selección y gambetea en un metro cuadrado, no le hace falta más. Como tampoco a Miroslav Klose, que ha dejado atrás a Ronaldo Nazario en goles mundialistas cazándolos por tierra, mar y aire. En cualquier generación alemana no puede faltar el delantero tanque por antonomasia; Klose aglutina varias camadas juntas y siempre ha sido necesario. Merece una despedida triunfal de Brasil.

El lloro desconsolado de David Luiz no fue inesperado. Sin Thiago Silva y Neymar, o con ellos, se barruntaba un epílogo cruel. Desde luego, Scolari jamás habría desactivado el martillo neumático de Löw. Y si éste no hubiera ordenado bajar el pistón, la goleada podría haber merodeado los diez goles. Habría bastado que Özil hubiese recuperado aquella versión que llegó a dejar boquiabierto al Bernabéu. Quien sí lo haría y un porrón de veces es el Raúl González Blanco de la Mannschaft. Él es Thomas Müller, antiestético corriendo, regateando y chutando, pero siempre delante del gol. Sin tener nada, lo tiene todo: oportunista como Raúl, infatigable en el esfuerzo, presiona por todo el césped olisqueando el balón. Su carácter arrollador lo ha transmitido a un equipo que pisotea y pisotea al rival hasta dejarle aplastado. Le da igual que sea en el nido de Brasil o en un partido de sábado por la tarde contra el Werder Bremen: su obsesión por el gol es de diván de psicólogo. Por eso, Alemania es el país más competitivo que ha existido siempre y, por eso, tenían que ser ellos los que firmaran la mayor vergüenza de la historia centenaria del fútbol. En el futuro ya no bastará que gane Brasil: o fabrican nuevos Zicos, Romarios y Ronaldos, o la torcida brasileña dejará de excitarse con el fútbol. De cualquier modo, siendo Scolari el comandante, la masacre no habrá terminado.

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Brasil no busca nuevos ‘Ronaldinhos’

6 Julio 2014 por Carlos Vanaclocha

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Ronaldinho Gaucho animó el pasado sábado a su selección con un tuit revelador: ‘¡Jugad con ALEGRÍA! Ése ha sido siempre nuestro lema’. Un mensaje de ánimo con una lectura mordaz entre líneas: la canarinha se gusta pero no gusta. Quizá si el Mundial no se celebrase en Brasil, los palos de la prensa terminarían siendo misiles tomahawk; pero para un país con una economía a la deriva sin remedio, el hexacampeonato es el único ansiolítico del pueblo. Ronaldinho es el gran ausente para cualquier país que no sea el suyo, y no porque aún pueda decidir partidos de alta alcurnia, sino por entretener al mundo con un simple pase sin mirar o una filigrana imposible; es decir, todos los detalles del extinto jogo bonito de su selección. Casualmente, el combinado del férreo Scolari jugó su mejor versión durante la primera parte contra Colombia: sin su habitual corsé, Marcelo se pareció a ese lateral izquierdo que sube la banda derecha del Bernabéu con la soltura de un regateador brasileño. Quién sabe si, con un Ronaldinho en el centro, Neymar y Hulk se hubieran desenfrenado.

Si Del Bosque comentó en el Mundial de Sudáfrica que el doble pivote era innegociable, a Scolari habría que practicarle una lobotomía para olvidarse de su pareja de ladrillo y argamasa. Ellos son Paulinho y un irreconocible Fernandinho que, en el Manchester City, parece menos leñero de lo que es con Brasil. Ambos reparten a diestro y siniestro gozando de cualquier bula arbitral (lo contrario sería mentir), pero al fin y al cabo es un estilo ganador, de momento. No obstante el riesgo de ‘Felipao’ es demasiado alto: ganar provocaría un éxtasis duradero hasta Rusia 2018; cualquier otro resultado, incluso el de ser finalista, alimentaría las críticas furibundas en la que sólo habría un culpable: el entrenador. Y no es una simple conjetura sino la opinión generalizada de los periodistas brasileños: “Sin Neymar, ya puede pegarla Hulk, a ver si hay suerte”, dice Luis Monaco del diario Estadao de Sao Paulo; “Brasil se tiene que agarrar al balón parado contra los maestros del balón parado (Alemania)”, explica Miguel Caballero de O Globo. La fractura de Neymar ha derrumbado anímicamente a la selección hasta el extremo de que el periódico La Folha se pregunta en portada ‘Cómo se desmonta maquinaria alemana’.

Quizá suene exagerado escribir que la baja de Thiago Silva dramatiza más la pesadilla brasileña que la ausencia de Neymar. Las razones son de pizarra: el central del Paris Saint Germain avasalla tanto en su área como en la contraria, en una especial de émulo de Fernando Hierro. Si había un jugador que los alemanes debían sostener entre dos era Silva. Y Scolari lo sabe. Desde luego, su misión es evidente: llegar a la final por lo civil o lo criminal. Entonces, nadie echará de menos la poca chispa que le queda a Ronaldinho. Seguro que algunos apasionados creen que tendría más mérito que el Brasil del 70.  Eso es porque el fútbol ha perdido la poca vergüenza que le quedaba y ya todo es comparable. ¡Qué pena!

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La hormigonera Khedira

3 Julio 2014 por Carlos Vanaclocha

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Sami Khedira todavía no ha concedido ninguna entrevista en español. Chapurrea, sabe mantener un diálogo de besugos y lleva cuatro años enterándose de lo que opina la prensa española. Su seleccionador, Joachim Löw, puso el grito en el cielo durante la última Eurocopa porque consideraba un sacrilegio que en España se considerara a Sami un paquete. “José Mourinho entiende que existen futbolistas imprescindibles para el juego oculto”, comentó Löw en la concentración polaca de 2012. El entonces técnico madridista consideraba a Khedira tan intocable que el Madrid rechazó una oferta del Manchester United por 40 millones de euros el pasado verano. “Es imprescindible”, dijeron en la planta noble del Bernabéu. Ya no estaba Mourinho, sino Ancelotti, otro entrenador que no entiende el fútbol sin ese “juego oculto”. El italiano tampoco entendió por qué la grada murmuraba cada vez que Khedira tocaba un balón; “es un centrocampista que sería titular en cualquier equipo del Calcio”, confesó Carletto en una entrevista al Corriere Della Sera. Pero Khedira se rompió la rodilla en un amistoso contra Italia el pasado noviembre y dentro del club le pusieron rápidamente la etiqueta de vendible.

Ancelotti pidió al club hace unos meses que mantuviera a Khedira porque necesitaba un “tapón para cubrir agujeros”. Pero quizás la decisión de Ancelotti no ha sido demasiado persuasiva porque el alemán pretende escuchar ofertas y se hace el remolón ante una posible oferta de renovación del Madrid. Louis Van Gaal, actual seleccionador holandés y ya entrenador del United, le sigue y le persigue; necesita un Nigel De Jong para vertebrar el nuevo centro del campo de Old Trafford, y en los próximos días el club británico intentará negociar en Madrid.  Y no son los únicos: dicen que la Fiorentina también intentará pescarle porque sus cualidades cuadran a la perfección en el férreo estilo del Calcio. Según fichajes.net, Mario Gómez, compatriota y amigo de Khedira, le ha llamado varias veces para intentar convencerle.

Pero hasta que Alemania no acabe su aventura mundialista, el futuro de Khedira no se aclarará, hecho que sorprende a los enviados especiales de la Mannschaft y al propio Löw. “Estuvo perfecto en la goleada contra Portugal y eso es lo que necesita el equipo contra Francia”, dice el gran portero Bodo Illgner, ahora comentarista de Bein Sport. En su país, Khedira ha sido casi tan esencial como Busquets en España; era, en pasado, la extensión del seleccionador alemán en el campo. Pero Khedira se lesionó, y aunque su selección le ha esperado, Löw ha copiado la innovadora idea de Guardiola: apostar por Lahm en el centro del campo. No obstante, el partido de Francia apunta a Lahm en el lateral derecho, su posición natural, así que Löw sacará su mejor hormigonera. “Sami al cien por cien es un  bloque de ladrillos; de lo contrario, se puede hacer pedazos”, no lo dice cualquiera, sino un tal Lothar Matthaüs, que de esto algo sabe. 

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Con ‘K’ de Keylor

30 Junio 2014 por Carlos Vanaclocha

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Joaquín Caparrós nunca ha ocultado su admiración por Keylor Navas. “Tendríais que ver un entrenamiento suyo, es un auténtico espectáculo”, suele comentar a cualquier periodista que le pregunta por la flamante sensación del Mundial. “Tan pronto está volando de un palo a otro como salta desde el suelo, hace una voltereta y ataja un balón sin saber su dirección. Necesita dos camisetas por sesión porque la primera siempre queda empapada”. Para Keylor todos los entrenamientos de la semana son tan trascendentales como jugar en el Bernabéu o Camp Nou. “Ir a la ciudad deportiva del Levante es un rito diario, el de aprender a ser mejor profesional”, dijo en una entrevista el portero cuartofinalista la pasada temporada; “uno nunca será un gran portero o porterazo, como dicen ustedes, si no acaba el día empapado de sudor y manchado del verde de la hierba”.  El sacrificio del trabajo es el ritmo de su vida, lo demás apenas importa para uno de lo mejores profesionales que conoce el fútbol de élite. Costa Rica entera siente orgullo patrio por su portero, hasta el punto que el presidente de la nación, Guillermo Solís Rivera, ya ha pedido audiencia con él cuando los ‘ticos’ acaben su periplo mundialista, quién sabe si más allá de Holanda.

Pero Keylor nunca se olvida de su mentor, compatriota suyo y ahora tercer entrenador de la selección nacional. En el 2010, un mito del Albacete Balompié, el portero Luis Gabelo Conejo, convenció al presidente del club manchego, Rafael Candel, para que fichara a prueba a Navas. “Del aeropuerto de Barajas a mi despacho de Campollano, tal como hicimos con Conejo”, anunció Candel en la presentación del portero del ‘Alba’. Keylor puede detallar todos y cada uno de los partido que jugó Conejo con el ‘Queso mecánico’ de Benito Floro de principios de los noventa; “he visto muchos vídeos de aquellos partidos pero no en vivo porque tenía cuatro o cinco años”, contó Keylor en un charla desenfadada con periodistas costarricenses durante la primera semana del Mundial. Lo que sí guarda como una reliquia el todavía portero del Levante es una cinta resumen de su selección en el Mundial de Italia 90, donde superaron el grupo de Brasil, Escocia y Suecia con palomitas gloriosas del que iba a ser portero del Albacete. “Lástima que Conejo no jugase los octavos contra Checoslovaquia”, suele contar Keylor.

Anoche, los viejos fantasmas estuvieron a punto de reaparecer cuando el portero costarricense repelió un disparo de Grecia al larguero en el descuento y se llevó la mano al hombro. “Gracias a Dios que no me lesioné”, confesó en zona mixta después del éxtasis de la clasificación, Lo dice literal porque la Biblia es su libro de referencia y Cristo su guía espiritual. Las cámaras de televisión del Mundial todavía no se han percatado de su rito: antes de cada partido se arrodilla sobre la línea de gol de su portería y reza una oración. Sus conversaciones divinas surten efecto porque marcarle un gol de penalti a Keylor es casi una hazaña homérica (en la última Liga le marcaron la mitad de los que le chutaron). No obstante, anoche esperó a que el clímax de la película alcanzara su máxima efervescencia para detener un solo penalti, el que inmortalizará la historia de Costa Rica. Fernando Santos, el seleccionador de Grecia, dio una serie de instrucciones a sus lanzadores para que calibraran bien sus fusiles; sabía la fama de ‘parapenaltis’ de Navas, sobre todo con esos dos penaltis que detuvo a Jorge Molina en un Levante-Betis liguero. Hoy es el héroe nacional, como lo fue en la primera fase. Y no tiene reparos en coger el teléfono para atender a la prensa; ni siquiera en dar el número de su habitación del hotel de concentración para atender con más calma a cualquier entrevista. Por algo, es profesional desde que se pone los guantes por la mañana hasta que se duerme leyendo pasajes bíblicos.

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