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La trituradora

26 Mayo 2015 por Carlos Vanaclocha

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 “¿Ancelotti en el minuto 92 estaba más fuera que dentro del Madrid? No, ni yo, que algo también he leído. La temporada era objetivamente buena con un proyecto que acabamos de empezar, con un entrenador nuevo y siete futbolistas que han venido esta temporada. Vamos a seguir mejorándolo, pero necesitamos un poco de tiempo y, sobre todo, de estabilidad”. Florentino Pérez en El Partido de las 12 el pasado 26 de mayo de 2014. El éxtasis de la ‘Décima’ había hipnotizado al presidente que, por un instante, imaginó de veras que Carletto iba a ser el “Ferguson del Madrid”. El trasiego de entrenadores tocaba a su fin con el ‘pacificador’ que había acabado con el manicomio del vestuario. La imagen de Ancelotti en la sala de prensa de Lisboa empapado de champán y coreado por algunos jugadores parecía cambiar esa imagen de trituradora que tanto han temido los entrenadores que han pasado por la silla eléctrica a excepción de José Mourinho. La “estabilidad” proclamada era el comienzo del fin de una picadora de carne llamada Real Madrid. Sin embargo, al club blanco le sucede como al mejor Federer de todos los tiempos (el de hace cuatro o cinco años): cualquier resultado que no sean títulos es fracasar. Y gran parte del madridismo entiende que eso es el adn de la grandeza del Madrid.

Ancelotti ha cometido errores de bulto, de entrenador novato, quizá creyendo que su experiencia y la inercia goleadora del Madrid arrastraría algún título. Al fin y al cabo, en esta ‘Liga de mierda’ (Del Nido dixit) el premio menor es acabar segundo y es complicado que la  Champions te apee antes de cuartos de final. Pero en el informe sobre el técnico ha pesado demasiado la mala dosificación física del equipo, que recordó al desplome del ‘galacticidio’; ubicaciones indefinibles, como el puñetero ‘5’ de Toni Kroos que le ha obligado a jugar como un péndulo en vez de repartir cartas como un crupier; el galimatías táctico de Sergio Ramos en la semifinal contra la Juve y, lo más criticado en la planta noble del Bernabéu, las infinitas lesiones musculares que han lastrado el ritmo competitivo. Y en el trasfondo del escáner al italiano, el pensamiento eterno de Florentino, que no cree en proyectos de entrenadores. Por eso, en su Madrid nunca habrá un Barça de Cruyff o de Guardiola. Ni siquiera de Rijkaard.

Quizá Ancelotti y su buen rollo con el vestuario (no todos, por cierto) merecían una segunda oportunidad, pero el miedo de Florentino a que la grada se hartase del césped y sacase los pañuelos al palco también habrá rondado por su cabeza. Ancelotti gustó hasta que perdió en Mestalla y el proyecto empezó a resquebrajarse. El repaso liguero-copero del Atleti y la decisiva derrota en el Camp Nou provocaron en la masa social ese murmullo del que el presidente suele estar atento a través de sus encuestas internas. Sí, el Madrid había conseguido 22 victorias consecutivas, pero sólo había tumbado al Barça en el Bernabéu. Hace pocas semanas hubo algún directivo que se atrevió a comentar en privado que Fabio Capello habría puesto firmes a unos jugadores extenuados por el kilometraje y la gestión de sus egos. De repente, Cristiano cabreado con el mundo; Isco decepcionado con su suplencia y Casillas pasmado por la furibunda reacción de un sector del Bernabéu. Las pistas que delatan al presidente con los sucesivos despidos del banquillo son claras: el Madrid no necesita un entrenador, sino un gestor de caprichos con guante de seda y que sepa sacar el martillo de vez en cuando. Por eso, Florentino otorgó poderes plenipotenciarios a Mourinho.

De la blandura de Pellegrini al desafiante Mourinho, cambiado éste por el bonachón de Ancelotti para acabar en el táctico y currante Rafa Benítez. Estilos antagónicos que encajan como un molde en este Real Madrid mientras caigan las copas. Alguna, por lo menos. Precisamente, Benítez fue la pedrada de José Ángel Sánchez, brazo ejecutivo y ejecutor de la directiva, en la rentrée de Florentino en 2009. Pesó más la opinión de Jorge Valdano. Y el presidente supo que se había equivocado. Seis temporadas después, ha hecho caso a su máximo hombre de confianza: Benítez entrenará al Madrid….un rato, al menos.

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Xavi Hernández y su Rumble in the jungle

21 Mayo 2015 por Carlos Vanaclocha

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Louis Van Gaal siempre esboza una sonrisa en cada entrevista en la que cae la pregunta de rigor. ¿Es verdad que Xavi Hernández le salvó una vez del despido? “Rotundamente sí. Lo he dicho una y mil veces. Aquel gol suyo en Valladolid lo cambió todo”. Diciembre de 1998. El Barça había sufrido cuatro derrotas consecutivas y el presidente José Luis Núñez había puesto la guillotina sobre el holandés. La noche pucelana suponía el juicio final de un Van Gaal que no había logrado introducir sus métodos como a él siempre le gusta: por succión. El club le había dado un proyecto nuevo que, al menos, amagase con ser la sombra del extinto Dream Team de Cruyff. Y una de las cláusulas tácitas (no figuraba en su contrato) suponía impulsar una Masía marchita cuyo producto de la ‘Quinta de Lo Pelat’ (Iván de la Peña) había resultado defectuoso. Xavi Hernández fue el elegido aquel verano para “dotar de alma al club”, tal como reconoció Guardiola en una de sus últimas declaraciones como futbolista azulgrana. La prensa barcelonista, en sus ansias por vender futuras estrellas, consideró al bajito de Terrasa como el discípulo adelantado de Pep. Éste lo había sido de Cruyff, y de la escuela creada, la nueva promoción estaría liderada por Xavi. Sin embargo, tardó años en macerar, a pesar de que el Milan casi le convence con 19 años para que dejase el club de su vida por una más lujosa (250 millones de pesetas por temporada y chalet en residencia exclusiva) y con la tutela de mitos como Paolo Maldini.

La historia de Xavi y sus maneras de Von Karajan datan su año 0 en la Eurocopa de Viena. O, mejor dicho, con aquel diálogo entre Luis Aragonés y su confidente Jesús Paredes, en el que el ‘Sabio de Hortaleza’ honró su apodo diciendo que la selección española jugaría a lo que quisiera Xavi. Entre las eternas discusiones de barra de bar, Iniesta aparece como el jugador más decisivo de la historia de España y Xavi el más importante de sin discusión. Años después y sin nada que demostrar, a esa diminuta CPU no le molestó que Luis Enrique le convenciese seguir como segundo plato. Su azotea sigue siendo tan privilegiada como la de Rafa Nadal, y su reto durante estos dos últimos años ha sido acabar con las malas lenguas o, hablando en plata, jubilar a sus jubiladores. En Balaídos instruyó un máster acelerado de balón durante el puñado de minutos que tomó la batuta. Rafinha tiene mucho potencial, y demasiado que aprender; Xavi ha sido hasta hoy su vademécum del perfecto centrocampista. Lo saben en la Academia catarí Aspire, que perdió un maestro como Raúl González, pero que lo va a sustituir por otro Einstein del fútbol. Porque a cualquier entrenador que se le pregunte, dirá sin pestañear que madridista y azulgrana (amigos personales, por cierto) son los más espabilados que ha dado el fútbol contemporáneo. Raúl tuvo que pelear contra aquel murmullo molesto de la calle que insinuaba que ‘nunca hacía nada’; Xavi no ha sufrido esa losa tan injusta. Venerado por el Camp Nou, es una cuestión de orgullo propio, como el Muhammad Alí pasado en años que volvió al ring para retar al púgil que más pegaba entonces. Alí preguntó a quién había que noquear para volver a ser considerado el mejor de todos los tiempos, Cuando le dijeron que George Foreman era el boxeador del momento, entonces espetó: “¡Traédmelo, que le daré una paliza!”.

Xavi también ha disfrutado de su particular Rumble in the jungle. Los pases imposibles y su visión en cuatro dimensiones envejecen con la edad, pero nunca desaparecen. Y Sergio Busquets lo sabe, por eso a veces miraba de reojo al banquillo esperando la entrada del mesías al que poder entregar el paquete, que éste ya se encargaba de entregárselo en bandeja a Messi. Frans Hoek, ex preparador de porteros de la selección holandesa en el pasado Mundial de Brasil, habla un perfecto español de sus tiempos en Can Barça con Van Gaal: “Si hubiéramos estado más rápido, Louis habría intentado persuadir a Xavi para que viniese a Old Trafford”. Y quizá esa tentadora oferta le habría hecho replantearse su amor incondicional por el Barça.  Steve Gerrard, otra leyenda que ha remado contra su jubilación, siempre lo ha tenido claro: “Hay buenos centrocampistas, otros más completos, están los top y luego Xavi Hernández”. José Mourinho se reunión con Raúl días antes de su adiós para conocer sus intenciones de primera mano y, si acaso, buscarle un resquicio para evitar su salida. No lo consiguió. Con Xavi todo ha sido más fácil: las toneladas de orgullo tragado, sin un mal gesto ni una rajada pública, le han dado un rato más de balón.

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Luis Enrique no era el protagonista

18 Mayo 2015 por Carlos Vanaclocha

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“Como dijo Valdano, Messi lesionado sería el segundo mejor jugador del mundo”. Quizás entonces no habría primero. Josep María Bartomeu certificó la verdad innegociable que el barcelonismo quería escuchar: el Barça es Messi y éste es el Barça entero. Hacía demasiado tiempo, desde la plenitud de Maradona en Nápoles, que un futbolista no detenía o aceleraba el fútbol por capricho. El cataclismo de Anoeta, descrito por cierta prensa con drama apocalíptico, fue la prueba de que el algodón no engaña: gana cuando él quiere, el resto cuando puede. El Barça hizo examen de conciencia a principios de año: necesitaba la versión más bestial de su D10S para remontar la temporada y no estrellar el Titanic contra otro iceberg. Aquel Messi meditabundo, ausente en el limbo y que agachaba la cabeza por las famosas arcadas rebobinó al delantero puñetero de siempre, el mismo del que Iker Casillas decía “otra vez me la ha vuelto a liar”. En el vestuario es el capo di tutti capi porque todos se encomiendan a él, incluidos Neymar y Luis Suárez. Su séptima Liga es un detalle más en el currículum, el gol al Atleti es la rendición de esos incrédulos que todavía usan la coartada de que Messi no ha levantado una Copa del Mundo. Si mete el cuerpo en formol, puede que Rusia 2018 aún le rinda pleitesía.

Cuesta creerlo pero el Barcelona ha tenido un final de temporada balsámico. Desde Anoeta tan sólo sufrió una hora de fútbol contra el Real Madrid y la remontada del Sevilla en el Pizjuán. Simples gajes del oficio. La imagen de un Luis Enrique exultante, poseído en la celebración del Calderón es la recompensa a los palos de su paso por Roma, las dudas de Vigo y, sobre todo, la tensión de alto voltaje que sufrió con Messi. El técnico asturiano entendió que no podía imitar a Guardiola: él no era el protagonista. Y cualquier acto de chulería o gesto de Clint Eastwood en el Sargento de hierro podría haber activado una bomba de neutrones, lo último que le faltaba a un club que podría ser empapelado por la justicia. Sin embargo, Luis Enrique no es como el Del Bosque que, según las malas lenguas, arengaba a sus ‘galácticos’ con un “salgan y jueguen como saben”; llegó el pasado verano con un librillo en el que el primer mandamiento rezaba ‘rotaciones’. El cabreo de los cracks venía estipulado en el contrato. Messi, Neymar y Luis Suárez han fruncido el ceño más de una vez, pero hoy el Barça da las gracias por una puesta a punto de escudería ganadora. Todos han disfrutado de minutos, incluidos Bravo y Ter Stegen, seguramente ambos los porteros más en forma en España.

Y luego está Xavi Hernández. Octava Liga en su sala de trofeos y una leyenda detrás de proporciones bíblicas. Si el pasado sábado Anfield retumbó en un estruendoso aplauso con la despedida de su mito Steve Gerrard, el Camp Nou vivirá el homenaje de su último histórico contra el Depor. Todavía queda la final de Copa, pero el campeón se ha brindado un trámite perfecto para despedir a su CPU de la última década y media. Queda un puñado de minutos para que el soci disfrute de sus últimos pases trazados con escuadra y cartabón, como sus cejas. Luis Aragonés, padrino futbolístico del centrocampista, explicó una vez la inmensidad oceánica de su aventajado alumno: “Sí, Iniesta ha marcado el gol de nuestra historia, pero no se olviden que Xavi es el más importante de esa historia”. Bien lo supo Guardiola cuando copió al ‘Sabio de Hortaleza’ y cogió la muestra completa de aquel Xavi de Viena. ¡Que le disfruten en Qatar!

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Nadie más tiene a Neymar y Luis Suárez

13 Mayo 2015 por Carlos Vanaclocha

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Gary Lineker hincó la rodilla anoche en la BBC: “Siempre he pensado que el Manchester United era el equipo más competitivo de la historia reciente de la Champions. Ahora me he dado cuenta que es el Barça”. La proeza del triplete está a tres partidos; “la nada”, como dice Mascherano, también espera a la misma distancia. Lineker ha entendido que el Barça maneja como nadie los tempos de la Champions porque anoche no necesitó exprimirse, simplemente sacó el aguijón dos veces y a esperar que el veneno hiciese su efecto. Guardiola, muy celoso de su creación, había espetado en la previa que los azulgranas eran los mejores al contraataque: la posesión de balón ya no era patrimonio culé. Cayera o no el Bayern, el principio más ‘guardiolista’ nunca se traiciona, ni aunque lo pidan a gritos grandes leyendas bávaras como Beckenbauer o Lothar Matthäus. En cambio, Luis Enrique no sufre el agobio de la historia, sólo ha tenido que llegar a una Entente Cordiale con el jefe del vestuario. Desde que Pep se hartó de Rosell y sus yuppies, el Barça dejó de ser el de los entrenadores: en la memoria histórica Cruyff, Rijkaard, Guardiola y desde hace tiempo el Barça de Messi. Y discrepando con el ‘Kaiser’, sin Leo el Barça no es un equipo normal, asusta a medio mundo porque, simplemente, nadie más tiene a Neymar y Luis Suárez, ambos en la órbita del Real Madrid en un pasado muy reciente.

No fue un partido de hemeroteca, sino un trámite plomizo con el que el Barça jugueteó desde que Luis Suárez dijo ‘basta’. Hasta entonces, un cabezazo de Benatia sobreexcitó al Allianz Arena, conjurándole en una remontada made in  Bernabeu. Poco le importa a Luis Enrique que sus genios del balón corran detrás de él: con Messi en versión Michael Laudrup contraatacar también es una pasada, lejos de la blasfemia que suponía este noble arte en la época de Mourinho.  Que se lo digan a Neymar, incansable en los quiebros, esquivando bosques de piernas en un metro cuadrado. Su exhibición en Munich le propone como el primer Balón de Oro posterior a la guerra Messi-Cristiano. Y a Suárez como el delantero centro perfecto, de los que echa de menos el fútbol de este siglo. El Bayern tiene a Lewandowski, otro rematador que mata la figura del ‘falso nueve’ a la que Guardiola ha rendido tanta pleitesía. Si hubiera jugado sin máscara, quizás no sólo Mascherano necesitaría una prótesis de cadera. Como el sombrero de tacón del uruguayo, una delicatessen que sale una vez en la vida. Pero merece la pena.

El Barça acumula tanta artillería pesada como el Madrid, con la ventaja de que si no le funciona un destructor, aún tiene otros dos para ametrallar a cualquiera. El tridente impresiona ahora más que la BBC, averiada desde las lesiones de Bale y Benzema. “Messi es el Barça y el Barça es Messi”, espetó Cesc en COPE el lunes pasado. Pero si D10S desaparece en combate, los otros dos socios de diabluras reclaman su estrella en el paseo de Hollywood. De momento nadie tose al líder porque, hablando en plata, no ha nacido un futbolista que le haga sombra. Guardiola lo temía y por eso no quería ni en pintura al prodigio al que dio vida hace unos años: prefería la vendetta contra Ancelotti. Y a estas alturas y sin conocer al otro finalista, el Barça tampoco quiere cruzarse con el Madrid: es el Federer que arrollaba hasta que le entraba el apagón psicológico contra Rafa Nadal. Eso piensa en el club azulgrana. Otra historia es el Leo Messi que quiere seguir rompiendo la barrera del sonido.

 

 

 

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El quinto rey del fútbol

7 Mayo 2015 por Carlos Vanaclocha

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“Messi es increíble, pero en la mesa de los grandes Pelé es el mejor. Cuando hablo de fútbol yo lo saco a él de la lista, porque era un extraterrestre. Saltaba a cabecear y Rattin, que era altísimo, le llegaba a los huevos. Imposible”. Es el maestro César Menotti en una entrevista para la revista El Gráfico en enero de 2014. Entonces, medio mundo chismorreaba del Leo Messi abatido, cansado, que deambulaba por los campos con grilletes en los pies y arcadas desde el esófago. No era el momento de meterle con calzador en el olimpo de los dioses; no sin haber devuelto a Argentina el carisma que un día le dio a la nación el más grande entre los grandes. Y eso sólo lo conseguiría con una Copa del Mundo. Precisamente, esa instantánea en Maracaná recogiendo con repugnancia e injusticia el trofeo al mejor jugador del Mundial fue la colleja que le hizo espabilar el pasado verano. Leo había vivido dos años incómodos, señalado por su apatía y sin recibir, ni siquiera, una palmadita en la espalda por romper la barrera del sonido durante la gran depresión post Guardiola. La Liga de ‘Tito’ Vilanova la clausuró con 46 goles, pero como si hubiera clavado cien: el Bayern de Heynckes roció al Barça con napalm (7-0, ¿se acuerdan?) y así permanece en la retina. Y el año pasado, con ‘Tata’ Martino, el Titanic chocó frontalmente contra el iceberg: lo que no sabía el Barça es que ese iceberg era Messi. “Si él no corre, el vestuario tampoco lo va a hacer”, dice Menotti.

El pacto de no agresión entre Luis Enrique y Messi es la prueba del algodón de que a los astros no se les puede atar en corto. Una sola genialidad compensa cualquier capricho o pataleta de estrella de rock, y el asturiano se ha esforzado en entenderlo para no ser el entrenador más fugaz que recuerde el club. “El Barça es Messi, es un riesgo pero bendito riesgo”. Lo acepta Bartomeu, no lo quiso entender Sandro Rosell y quiere volver a reivindicarlo como un trofeo propio Joan Laporta. Sí, Neymar pinta a futuro Balón de Oro y Ronaldinho amenazó con levantar una buena pila de ellos, pero ambos rinden pleitesía a la ‘pulga’. El primero porque es su nuevo socio de diabluras, de las que nunca habría imaginado en Brasil; y Ronaldinho desde su retiro dorado en México sigue profesándole admiración vía twitter. La reflexión lapidaria la soltó hace tiempo Roberto de Assis, hermano y representante de la ex estrella azulgrana: “Éste (Messi) la va a liar bien liada”. Tampoco hacía falta ojo clínico para intuirlo. Quizá lo dijo por la resignación de aceptar la caída del juguete roto de su hermano o, más bien, por el trato paternalista (de mago a discípulo) con el que Ronaldinho abrió camino a Messi.

El segundo gol de Messi da lustre a la atrevida comparación de Menotti que todavía mosquea a la iglesia maradoniana (existe de verdad): “Messi está al nivel del mejor Maradona”. Poco a poco esas palabras mayores se empequeñecen, porque sólo D10S es capaz de excitar a un estadio entero y sobreexcitarlo instantes después. Jerome Boateng, que no tiene ninguna culpa de la furia de Messi, está en boca de cualquier tertulia de barra de bar. Le sucedió como a Alkorta en su día con Romario o a Miguel Ángel Nadal con Caminero, defensas que un día contarán a sus nietos sin ningún rubor cómo les rompieron la cadera con arte. Pero en el gol del argentino, el Circo del Sol no llegó en el quiebro sino en la vaselina al gigantón Neuer. La Champions League necesitaba recuperar al mejor Messi desde su exhibición en Wembley contra el Manchester United; y hubo un momento mediado el segundo tiempo que el Bayern logró tejer su telaraña con un tropel de centrocampistas. Entonces apareció el “único e irrepetible” (Iniesta dixit) para repartir dosis de estramonio entre el coro de Guardiola; narcotizada por el primer latigazo de Messi, la mole bávara rezaba para que Messi no pusiera patas arriba el Camp Nou por enésima vez. Las súplicas duraron un chasquido de dedos y Menotti volvía a tener razón, aunque a medias: “Messi puede ser el quinto rey del fútbol”. No puede, lo es.

 

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Allegro ma non troppo

6 Mayo 2015 por Carlos Vanaclocha

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Allegro ma non troppo (‘Alegre pero no demasiado’). Topicazo para  explicar la sensación contradictoria de un Madrid despistado que encañonó a la Juve a quemarropa  y no supo apretar el gatillo. El resultado es una derrota potable que a partir de hoy invocará güijas de palmeros, el espíritu de Juanito y un manoseado DVD de las grandes noches europeas. Las ochenteras, claro, porque la historia reciente ha hecho trizas ese misticismo que tanto gusta al madridismo. Pero la remontada no sólo se consigue sobreexcitando al Bernabéu y pidiéndole la tormenta perfecta, también mandan las pizarras y la de Ancelotti ha vuelto a quedar pintarrajeada con garabatos. El técnico merengue perdió la partida de ajedrez en un puñado de movimientos, los que tardó Sergio Ramos en inmolarse y dejar a la Juventus una autopista americana hasta la defensa blanca. Dice Paco González que la apuesta impopular de Ramos en el centro del campo no gusta en la planta noble del Bernabéu. Al menos, resulta inexplicable teniendo en nómina a Illarramendi (sí, 40 millones), el saliente Khedira y Lucas Silva, un fichaje enigmático que pinta a cesión en toda regla. El sevillano decepcionó por su ubicación amorfa y Andrea Pirlo porque es un mito viviente y, como tal, ya es más reliquia que futbolista apto para ir a la guerra.

Tévez también supera la treintena, pero entiende el juego desde la experiencia de quien se las sabe todas. El ‘Apache’ escarmentó en Manchester porque el vertiginoso fútbol de allí no se detuvo ante él. En cambio, el Calcio es intenso pero pausado, muy propicio para perros viejos como él. De repente,  pide el balón en el centro del campo y mete un cambio de ritmo que deja al resto de piedra. Su pillería en el penalti de Carvajal salvó media eliminatoria para la Juve y le encasilla como el primer enemigo público en el Bernabéu. Lo mismo pensaban en Turín del Cristiano Ronaldo que no asusta pero al menos ve puerta. A estas alturas, el portugués ya no tiene fuerza para aguantar las columnas como Sansón, aunque tampoco debería hacer falta: el Madrid es más equipo que los italianos y con Benzema dispondrá de toda la artillería pesada. O muere matando o sale disparado a Berlín. Ya no hay tiempo para sestear y fiarse de esa peligrosa inercia de que tarde o temprano el Madrid siempre marca. Quizá la vuelta del delantero francés aclare las ideas ofensivas ante una defensa tan cuadriculada; Benzema suele desaparecer del área para construir jugadas desde la banda como si fuera un meccano. Y ahí la Juve tendrá que pensarse un poco más el catenaccio.

La buena noticia para el Madrid es que el margen de mejora es oceánico, sobre todo en defensa. Se trata de no repetir errores de bulto que se aprende en la escuela de alevines. Por ejemplo, la bronca de Ancelotti a Varane y Marcelo en el descanso debió ser morrocotuda: al francés por no ser expeditivo (patapum parriba) y al brasileño porque se quedó perdido en tierra de nadie, ni sacó el puñal por la izquierda ni el escudo en defensa. Suena a cachondeo, pero Coentrao no habría desentonado en este partido de cuerpo a cuerpo. En los cenáculos madridistas se insinuó que si el Madrid hubiese perdido en el Calderón por 2-1, el botín habría sido aceptable; el resultado ahora es más sospechoso. Esta vecchia signora de pura cepa italiana sabe sobrevivir con la pistola en la sien. Y, además, con una sonrisa de joker porque vuelve Paul Pogba. Y con Morata hecho un hombre. 

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Cristiano se sacude la kryptonita

3 Mayo 2015 por Carlos Vanaclocha

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Le habían martilleado el oído con el nombre de Messi a todas horas: que si el argentino le iba a dar caza en el pichichi, que si la carrera por el próximo Balón de Oro tenía color albiceleste, que si el grito simiesco había sido el preludio de una racha espantosa. El paseo militar del Barça (y Messi) en Córdoba dejaban al Madrid al borde del abismo: ganar o suicidarse. Sin término medio. Y el Cristiano Ronaldo más atormentado de los últimos tiempos no parecía el héroe indicado para espolear al Madrid; al contrario, el superman portugués llevaba todo el año sin levantar el vuelo, asfixiado por la kryptonita que le obligaba a arrastrarse. Con la ‘BBC’ descuajeringada, el equipo le pedía a gritos un puñetazo, una advertencia a todos los enemigos de que Cristiano, exultante o tristón, siempre es el ‘bicho’. Fue entonces cuando pisó el Pizjuán y se cobró la cabellera del Sevilla más puñetero que se recuerda. Su descaro con el balón fue el presagio de la tormenta que se avecinaba: la tarde era en ese momento de Messi y la estrella lusa sabía que otra mala actuación pondría al Madrid en defcon 2, sobre todo con la inminencia del partido perro de Turín.

El detalle que diferenció al Cristiano de siempre con el desesperado y notas de los últimos meses fue su gesto hierático. Esta vez la ocasión fallida, el disparo torcido, venía acompañada del típico gesto de Rafa Nadal que no se lamenta por fallar una bola sino que espera mejorarla en el siguiente punto. El madridista dejó en el vestuario los aspavientos de su versión protestona y reivindicó su modelo CR7, el terminator programada para aniquilar defensas. Sus cabezazos de killer reabren un debate sano, futbolero de pura cepa: ¿quién rinde más: el Cristiano escorado en la izquierda sin reprís o el delantero centro que revienta el balón por tierra, mar y aire? Ancelotti lo tenía claro hasta ayer: el Madrid no necesita comprar un ‘9’ porque tiene al capo de los todos a sueldo. Ya sólo falta que Gareth Bale deje su posición invertida para jugar en la izquierda y la artillería pesada estará calibrada para un ataque total. Sin embargo, el galés sirvió a Cristiano el tercer gol desde su posición amorfa y Carletto tiene la coartada perfecta para mantenerle enjaulado.

Sergio Ramos también se ha reconvertido de la noche a la mañana. Se ha comido el marrón de Modric con disciplina espartana; su presencia en el centro del campo rellena de cemento armado una zona que sin el croata se resquebrajaba como el cartón piedra. La deducción del técnico es más simplona que dos más dos: con tanta lesión dejar a Pepe o Varane en el banquillo era un privilegio que no se podía permitir. Y lejos de arriesgar el esquema con tres centrales, lo que supone extenuantes jornadas de entrenamiento, el método Ramos ha aliviado los quebraderos de cabeza del cuerpo técnico. Todavía no se le ve cómodo sondeando dónde colocar el balón (él no es Xabi Alonso), pero tenerle enfrente, a cuarenta metros de Casillas, es un muro demasiado alto para cualquier media punta que no tenga la habilidad innata de José Antonio Reyes. Desde luego, la Juventus no tiene un malabarista de su talento, lo suyo son más picapedreros acostumbrados al intercambio de metralla. Y en cruce de mamporros (así se intuye la semifinal), Ramos está preparado de central o centrocampista. Si tiene dudas, que le pregunte a Fernando Hierro, todoterreno goleador a principios de los noventa y retrasado con los años en un serio aspirante a Beckenbauer.

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El milagro del Hércules

30 Abril 2015 por Carlos Vanaclocha

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“¿Y por qué no se repite lo del Hércules?”. Es el comentario entre el vacile y el milagro de un directivo del Real Madrid con memoria muy selectiva. Es el clavo ardiendo de Alfredo Relaño al que se agarran los blancos. La ecuación de EGB es para ingenuos: el Córdoba se juega su orgullo propio contra el Barça y de ello dependerá la motivación del Madrid en el Pizjuán. Tarea suicida para el club que preside Carlos González, socio abonado del Bernabéu que acompañó a Lorenzo Sanz en dos elecciones presidenciales. No es la sensación del vestuario merengue, sólo una reflexión a vuelapluma de un miembro de la planta noble de Chamartín que invita a recordar cómo un muerto tumbó al Barça en la llamada I Liga de las estrellas. Sucedió en junio de 1997. El campeonato se lo disputaban los dos grandes, unos con Fabio Capello en plan Sargento de Hierro de Clint Eastwood y los culés con el Ronaldo Nazario más estelar que haya recordado el fútbol. En la antepenúltima jornada, el Madrid goleó al Extremadura creyendo que el Barça sacaría el rodillo en el Martínez Valero ante un Hércules sentenciado. Las quinielas no se equivocaron al principio porque Luis Enrique preparaba la goleada con un disparo seco en los primeros minutos. Pero aquel partido no contó con Ronaldo y el Barça se dedicó a sestear con el marcador. Fue entonces cuando explotó el bombazo liguero: el Hércules volteó el resultado, dejando groguis a los azulgranas. De repente, habían dejado escapar la Liga contra un Segunda División que reivindicó su profesionalidad y quién sabe si una motivación extra.

Aquel Barça salvó un buen puñado de resultados con las galopadas titánicas de esa “manada de búfalos” (descripción inolvidable con la que Valdano deleitó a Ronaldo). Este Barça no tiene mastodontes pero ha logrado formar la tormenta perfecta. Por la derecha Leo Messi vuelve a ser el goleador imparable que preocupa a Guardiola; por el centro Luis Suárez se ha puesto el ‘9’ de Anfield y saca las pistolas en escorzo, cayéndose o lanzado misiles inteligentes. Y por la izquierda, Neymar dribla bosques de piernas hasta plantarse delante de la portería. Es el Barça más estético de los últimos años, desde que el entrenador rival de Champions dejara el club por hartazgo. La Liga tiene favorito y la Champions, también. El milagro de Hércules se cumplió una vez casi sin ánimo de reeditarse. No parece que este Barça sufra despistes repentinos. El infierno de Anoeta acabó esfumándose cuando Messi dijo basta, y hoy el barcelonismo vive en un edén donde hasta Xavi Hernández disfruta de su segunda juventud. Incluso, Dani Alves, tan lejos de Can Barça hace escasas semanas, ahora ha decidido quedarse porque no quiere perderse la fiesta. El Paris Saint Germain intenta persuadirle con petrodólares pero sólo el Barça le garantiza proyecto ganador. El milagro de Hércules es un cuento de hadas que ni Toñín ‘el torero’ se cree. Quizás porque el favor del Atleti suena más a Spielberg que la hombrada del Córdoba.

 

 

 

  

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Eden Hazard, talento de madre

26 Abril 2015 por Carlos Vanaclocha

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“Hazard es el crack del futuro; es muy bueno y va a serlo aún más. Lo llevaría al Madrid con los ojos cerrados”. Apología de Zinedine Zidane en el diario L’Équipe en diciembre de 2010. El entonces asesor del Real Madrid comentó a Florentino Pérez que llegaría a levantar un Balón de Oro. Todavía no era ídolo de masas en Stamford Bridge, pero su meteórica eclosión en el modesto Lille llamó la atención de media Europa. Su mentor, Rudi García, siempre le convenció de que su sitio no estaba en la liga francesa porque “le iba a quedar pequeña”. Y la sugerencia fue tomada al pie de la letra por Roberto Di Matteo, técnico del Chelsea en su año más glorioso, el de la Champions contra el Bayern de Munich en Munich. Abramovich ni siquiera pidió una auditoría para detallar si Eden Hazard valía 40 millones; simplemente aceptó el ‘capricho’ de su entrenador.

“Yo estaba en el estómago de mi madre cuando ella todavía jugaba. Tenía tres meses de embarazo cuando dejó de jugar profesionalmente”. El talento de Hazard se explica desde su genética futbolera: el padre, Thierry, jugó en la liga belga sin pena ni gloria, y su madre, Carine, compitió en la máxima categoría femenina. Ella mimaba el balón con el mismo tacto que a Eden, su primer niño. Y por las historias de cuna que la madre le contaba a su bebé, éste fue enamorándose del oficio. Hoy Hazard descerraja defensas demostrando a su madre que supo asimilar los conceptos desde que crecía en su vientre. De la misma escuela que Isco, conduce la pelota pegada a la bota con super glue. “No es rápido, pero sus cambios de velocidad sí lo son”, suele describir Frank Lampard. De mito a casi mito. Hazard fue un genio incomprendido en su primer año en el Chelsea, desquiciándose cuando Fernando Torres no leía sus intenciones o Ramires pegaba un patapum parriba sin sentido (como decía el guiño de Javi Clemente). Entonces llegó Jose Mourinho, y en una de sus primeras charlas de entrenador a jugador, le explicó sin titubeos que su talento necesitaba un trabajo plomizo detrás. De repente, el mismo Hazard que perdía un balón y se lamentaba con aspavientos, empezó a mirar de reojo a su espalda. Sus regates en un metro cuadrado al estilo Paul Gascoigne venían condimentados con un puñado de carreras imposibles. El Chelsea defiende en un bloque de cemento armado y eso incluye al fino estilista belga. El ataque es otra historia, porque la creatividad de Hazard pesa demasiado.

El Chelsea está a punto de ganar la Premier y Hazard será nombrado, casi con total seguridad, mejor jugador del campeonato. Dice Gary Lineker, el gurú de la prensa inglesa, que “después de Messi y Cristiano, viene la era de Hazard”. Suena a blasfemia, aunque de momento no ha salido a la palestra ningún crítico para rebatirle. Y como hablar de la estrella del Chelsea supone describirle con un aura galáctica, la fábrica de rumores no ha tardado en desparramar el más morboso de todos: ¿A Florentino le gusta Hazard? Por si acaso, Mourinho avisa: “Vale 125 millones de euros…en cada pierna”.  

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Iniesta de mi vida

22 Abril 2015 por Carlos Vanaclocha

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Iniesta no ha regresado. Nunca se fue, aunque sí llevara tiempo en modo pausa. Y en ese intervalo de murmullo, de sospechas por una insidiosa jubilación anticipada (como Xavi), el manchego reeditó aquella foto con tropecientos rivales a su alrededor, imitando la jugada más imposible de Oliver Atom. El Barça necesitaba su versión mundialista, molesto por esa comparación mediática con Isco que dejaba al manchego a la altura del betún, porque la Champions exige a cada estrella afilar su talento cuando desenrolla la alfombra roja. Y en ese rol de casi dios (no es una hipérbole), el Camp Nou había tenido esa paciencia que las grandes aficiones nunca pierden con sus mitos: Anfield con Gerrard, Stamford Bridge con Frank Lampard, etc. Xavi, su antiguo compañero de diabluras, había demostrado a Luis Enrique que tomó la decisión correcta el verano pasado; Iniesta pidió tiempo a su entrenador hasta que encontrara la eclosión definitiva. Y de repente llegó en una noche sin urgencias, pillando a la grada a pie cambiado.

A la artillería pesada del Barça le hacía falta su armero más efectivo. No en cifras (cero goles y cero asistencias en Liga) pero sí en sensaciones. Que Messi mire de reojo al centro del campo y se reencuentre con el Iniesta de su vida, asegura el bienestar del balón. Al fin y al cabo, en este Barcelona traidor del cruyffismo la grada agradece que su manchego favorito entrecorte el aliento: junto a Messi, es la última reminiscencia de aquel fútbol de salón que inmortalizó Guardiola. Por eso, la primera parte de anoche es una obra artesanal casi a la altura de las que el equipo repitió partido tras partido no hace demasiado tiempo. Si es idea de Luis Enrique, su vestuario ha entendido tarde su galimatías táctico de principio de temporada; y si descubriéramos una autogestión, entonces el Barça es el más peligroso de los semifinalistas porque juega cuando quiere. Desde luego, es el más competitivo por una estadística única y demoledora: su octava semifinal en diez años. Y en esta Champions, se ha cargado a dos moles millonarias como el Manchester City y Paris Saint Germain. Sin el Barça por medio, uno de los pelearía por el título, por eso y con permiso del Bayern (o sin él), los azulgranas son el verdadero ogro de Europa.

Guardiola no quiere ver a su gente ni en pintura. No lo dijo él textualmente pero sí Pepe Reina en El partido de las 12. La herida del Real Madrid del año pasado seguirá supurando hasta que pase por Munich otro peso pesado. Y el Barça no es precisamente el más recomendable. Y eso que el Bayern dejó constancia de ese rodillo alemán que tanto gusta a Beckenbauer, pero al que Herr Pep prefiere dar su toque melifluo. El técnico catalán consiguió aplazar su apaleamiento público con una exhibición táctica y teórica que los estudiosos del balón grabarán en sus videotecas. Y el 5-0 de los primeros 40 minutos motivó una nueva corriente de opinión: un equipo que juegue sin laterales carrileros está muerto. La ausencia de Danilo pesó mucho a Lopetegui porque, con todo el descaro del mundo, los portugueses suelen volcar sus ataques en las galopadas del flamante fichaje del Real Madrid. Eso es lo que hizo Bernat para abrir la lata y construir la remontada bávara. Por cierto, Del Bosque suspira aliviado desde anoche: ha vuelto Thiago y su fútbol fulgurante. Y aunque sigue siendo un crack en potencia (maldita lesión), Guardiola le dio un abrazo cómplice después de la orgía goleadora. El hijo mayor de Mazinho no fue un capricho de Pep, es el futuro del Bayern sin exageraciones. Y de la selección española, a la que acaba de sacar de un marrón.

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