Un precio demasiado alto
20 Mayo 2013 por Carlos Vanaclocha
José Mourinho siempre se ha regido por un principio que cautivó al mundo del fútbol americano a finales de los cincuenta. La idea (y la frase exacta) vino motivada por ‘el motivador’, valga la redundancia. Vince Lombardi, el mejor entrenador en la historia de ese deporte, dejó para la posteridad una declaración de intenciones que hoy día es el maná ideológico para las grandes multinacionales norteamericanas: “Para alcanzar el éxito, en cualquier cosa que te propongas, has de pagar un precio, a veces muy alto”. Lombardi consiguió transformar un equipo mediocre, los Green Bay Packers, en uno de las dinastías más recordadas en el Salón de la Fama del fútbol americano, ganando cinco campeonatos durante la década de los sesenta. Pero el mérito de este entrenador fue cambiar la actitud de sus jugadores, convenciéndoles de que eran mucho más competitivos de lo que demostraron en las temporadas anteriores; esos títulos los ganaron los mismos hombres que años antes eran silbados e insultados sin piedad en su propio estadio. Mourinho entendió el mensaje con olor maquiavélico en el Chelsea, Inter de Milan y, por supuesto, en el Madrid. Así se lo transmitió a Florentino Pérez; no en vano, el presidente se dejó seducir por el brillo del currículum del portugués. Sabía que tarde o temprano el carácter volcánico de Mourinho le obsequiaría con títulos, quizá la ansiada ‘Décima’. Lo que jamás intuyó el presidente es que él mismo se haría cómplice del entrenador en la filosofía Lombardi: “Ganar no lo es todo; es lo único”…pero a un precio demasiado caro.
Un directivo actual del Real Madrid auguró noches orgiásticas en el Bernabeu con la llegada de Mourinho; se confundió, claro. Y tampoco atinó cuando, emocionado por aquel abrazo entre el portugués y Materazzi en el parking del estadio minutos después de conseguir la Champions, imaginó con preocupación un futuro post-Mourinho. Los precedentes en Londres y Milan corroboraban su tesis: en septiembre de 2007, días después de que Roman Abramovich le despidiese, el núcleo duro del Chelsea, representado por John Terry, dijo que “el corazón del Chelsea se vería afectado por la marcha del técnico” y que “sería difícil recuperar el espíritu que Mourinho trajo”. Abramovich y su empleado formaron un matrimonio sólido, creíble, casi idílico. Sin embargo, el multimillonario ruso quiso meter mano en la piña que había logrado Mourinho, endilgándole a Shevchenko, y fue en ese punto cuando se desataron las hostilidades que acabaron en su marcha un año después. Con el presidente Moratti fue diferente: Mourinho fue coronado césar en Milan y, en fatal consecuencia, sus ínfulas de poder alcanzaron cotas inimaginables. Si hubiera permanecido en el Inter, su egocentrismo se habría estancado; hacía falta un reto más ambicioso: el Real.
El pasado jueves, víspera de la final de Copa, Florentino Pérez acudió a un acto protocolario junto a Enrique Cerezo en el ayuntamiento de Madrid. Coincidía a la misma hora que la esperada rueda de prensa de Mourinho en el Bernabeu. Justo en el instante que el club anunció que sólo comparecería Sergio Ramos, varios periodistas que estaban en el ayuntamiento se lo comunicaron al presidente para sorpresa de éste. El gesto de Florentino fue de resignación, como si quisiera decir: “Bueno, una más”. Puede que en estos días de penitencia merengue, el mismo mandatario que fichó a Mourinho y le invitó a subir a su coche segundos después de que éste llorase abrazado a Materazzi, piense que ha sido devorado otra vez por un monstruo creado por él mismo. Lo confesó la noche que dimitió por ko técnico en 2006, alcanzado por la onda expansiva del galacticidio. Es muy improbable que repita el error público de contarlo; sobre todo, porque no le conviene llevarse mal con Mourinho en versión pendenciera. Así que, una vez que el PSG acuerde con Ancelotti la salida de éste, a Florentino le bastará decir delante de un micrófono: “Mourinho, gracias por los servicios prestados”. Esperamos que no añada “ésta seguirá siendo tu casa”, por el bien de Casillas, Ramos, los portugueses…En fin, de todos.









Pretemporada de 1994. El Barcelona se estrena en Holanda con la intención de perpetuar el Dream Team sin el tránsfuga Laudrup y con Romario jugando al fútbol-playa en Copacabana al calor de la verbena mundialista. El despido fulminante de Zubizarreta tras su deplorable actuación en la final contra el Milan (se lo comunicó Gaspart en el autobús que trasladó al equipo a la terminal recién aterrizado de Atenas) y la salida del danés apenas inmutaron a Johan Cruyff, quien todavía confiaba en su eje Koeman-Guardiola-Stoichkov para encontrar más momentos de gloria. Pero aquel amistoso de agosto cambió de un plumazo las expectativas del técnico holandés: los azulgranas abrían fuego contra el Groningen, equipo de media tabla, y nadie habría presagiado al descanso una de las mayores catástrofes en la historia de los bolos veraniegos. El Barça se metía en la caseta con un 4-0 adverso merced a una defensa de cartón-piedra (Geli, Nadal, Koeman y el debutante Sergi Barjuán) y, sobre todo, a la actuación tragicómica del ‘meta de balonmano’ Carles Busquets.



