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Aquellos clásicos sin Iker

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César Sánchez no tardó en ponerse los guantes para el primer clásico de su vida. Había fichado en el año de la alta traición de Figo (2000) y justo antes de la primavera del 2002, el de la Décima, Del Bosque tomó una de las decisiones más controvertidas de su vida: sentar en el banquillo al canterano con mejores expectativas de la Ciudad Deportiva de La Castellana y apostar por la experiencia de César. Cierto es que Casillas no había cuajado su mejor temporada dentro del máster acelerado de responsabilidades que el encasquetó John Benjamin Toshack, pero aquel Madrid no sólo fallaba en la portería o, al menos, el revulsivo no debía estar debajo de los tres palos. Sin embargo, el actual seleccionador nacional cambió de guardameta y César se plantó en el Camp Nou con la garantía más válida de entonces: la confianza de Raúl y Hierro, los pesos pesados del vestuario de la época.

El clásico del Camp Nou no fue el mejor escaparate para que César reivindicase su nuevo patrimonio. El Madrid había controlado el partido en una exhibición portentosa de Zidane y había hecho internacional al meta Bonano mandando varias ocasiones al garete. Entonces, sucedió el peor de los fatalismos para un portero: fallo estrepitoso en la primera jugada seria. Al rato de la segunda parte, el Barcelona no pillaba a la zaga blanca en ningún renuncio, así que Xavi probó suerte desde lejos y su disparo raso se lo tragó César. Precisamente, el capitán Hierro había repetido hasta la saciedad que el Madrid necesitaba portero con sólo una credencial: parar lo poco que le tirasen. Y César no había dado la talla. Casillas desde el banquillo nunca entendió el porqué del cambio y después de la cantada de su compañero asimiló que su suplencia no era un castigo: César también jugaría los clásicos de la semifinal de Champions.

Si el gol de Xavi fue la noticia más repetida en los telediarios, la primorosa actuación de César sólo un mes después y también en el Camp Nou alivió a Del Bosque. El Madrid reventó la semifinal de Champions en Barcelona merced a una vaselina de Zidane y un contraataque ejecutado con profesionalidad por el risueño Steve Mcmanaman; pero, por encima de todos, emergió la figura de un César omnipotente para sacarle a Kulivert un puñado de goles cantados, neutralizar a Saviola en los mano a mano y anular el juego áereo de Abelardo y Cocu.  La memorable actuación de César bien valía jugar la final de Glasgow, aunque todavía quedase el partido del Bernabeu.

Más de una década después, y con treinta y tantos clásicos jugados, los blancos no podrán ceder el balón a Casillas. Si entonces Del Bosque tuvo claro que César ocuparía la portería del Camp Nou, todavía José Mourinho no ha aclarado un dilema peligroso: Adan es su portero desde que cometió el sacrilegio de sentar al capitán en Málaga por cuestiones de forma física. El portugués persuadió al eterno suplente para que no buscase otras aventuras porque le consideraba el sustituto adecuado de Casillas. Esta noche averiguaremos si Adan ha sido condenado por errores inoportunos (la expulsión ante la Real Sociedad o el gol de Mestalla) o Mou confía en él, tal como Del Bosque creyó en César después de su pifia del Camp Nou. No obstante, llega Diego López, portero de envergadura simplemente perfecta..para el técnico, claro. Entre las muchas exigencias que puso Fabio Capello para entrenar al Madrid en su primera etapa, una de las más cruciales fue fichar a un portero alto para dominar el juego aéreo; Cañizares y Buyo no le convencieron y, por eso, vino Bodo Illgner. Desde entonces, el Madrid no ha tenido ningún bigardo en la portería; así que Mourinho tiene que elegir entre el predilecto de Silvino Louro o el fichaje exprés que han traído a su medida.

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