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Archivo de la categoría ‘Arbeloa’

Así de injusto, así de real

Lunes, 9 Mayo 2016

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De repente cayó el Atleti. Con grilletes en las botas tras la batalla de Munich, el Levante emuló a aquel descendido Hércules que en la Liga del 97 mandó al Barça de Ronaldo (sin Ronaldo) a la lona. Un aspirante menos para un título que los azulgranas han alargado demasiado. En el vestuario rojiblanco la consigna no era proclamar la Liga; al fin y al cabo, su misión era subir al podio y permanecer en el torneo de los mayores, en la Champions. Nadie se sorprenderá, entonces, de que hayan tirado sus opciones al retrete. Perdieron, como dijo Koke, porque no tuvieron la misma intensidad de los diez primeros minutos; la intensidad es el primer sacramento de un equipo que violó el segundo: el esfuerzo no se negocia. En las charlas de barra de bar se comparte el concepto de ‘cholismo’ que definió Roberto Palomar en MARCA: “Perder significa ganar”. Cierto.  No hay fracaso en la temporada del Atleti porque no se le exigen copas. Y Simeone usa ese disfraz delante de las cámaras porque se siento cómodo sin asomarse al abismo.

Roger Federer silenció las críticas que le incordiaron hace 2 temporadas cuando batió a Andy Murray en la final de Wimbledon 2014“Parece que todo lo que no sea ganar, es un fracaso; y eso es bastante duro”, sentenció el suizo después de levantar su decimoséptimo Grand Slam. Es la diferencia del Barça y el Madrid con el Atlético. Johan Cruyff motivó el debate y Guardiola lo confirmó: los azulgranas están en esa tesitura en la que perder es fracasar. Y si el equipo más perfecto de los últimos tiempos no ha llegado a la final de la Champions, el doblete (casi nada) se reduce a una escasa guarnición. Así de injusto, así de real. La memoria del fútbol quema capítulos a tal velocidad que la heroicidad del triplete quedó para las videotecas. La gente recordará que Luis Suárez se reivindicó como mejor goleador del año; una liga más para este Barça que las engulle a puñados sólo es una mera estadística. Así de injusto, así de real. Por cierto, los ansiosos de la segunda edición del ‘Tamudazo’ no se han detenido a pensar ni un segundo que este Espanyol no tiene ni a Tamudo ni a De La Peña. Son unos pericos de Hacendado.

Si al Barça le esperan con la recortada en la esquina, el Madrid vive en un Apocalipsis permanente. En diciembre era el ejército de Pancho Villa (comparado con los culés, claro) y  hoy le quedan menos de veinte días para triunfar con el enésimo proyecto faraónico. O todo o nada. Ganar en Milan o morir. Es la “exigencia absoluta que distingue al Madrid”, tal como dijo Arbeloa ayer a pie de campo. Los blancos usaron al Valencia como pista de pruebas y no derraparon del todo porque Kiko Casilla detuvo cuatro balones imposibles. Bueno, el árbitro y él. El portero catalán ha esperado a la penúltima jornada para convencer a Zidane de que no urgen porteros nuevos este verano. Keylor puede eclipsar a De Gea, y Kiko asume con paciencia estoica que lo suyo son la Copa y las migajas ligueras. Pero si en un par de partidos falla o, dicho simplonamente, no para, se le cambia y punto. Así de injusto, así de real.

Las axilas del Madrid

Lunes, 3 Marzo 2014

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‘Peleas como el mejor’. Simeone se ha tomado al pie de la letra el himno del Atlético, razón esencial de la pleitesía que le rinde el Calderón. El preocupante diagnóstico de las últimas fechas había evidenciado dos síntomas claro: falta de alto voltaje y, dicho soezmente, pocos huevos o, al menos, no los exigidos por el ‘Cholo’. Y como el Madrid es un gato con más de siete vidas, el fallo en el mano a mano de Diego Costa con 2-1 le sirvió de electroshock. Y eso que pocos equipos pueden presumir de haber apagado analógicamente la ‘BBC’; los rojiblancos lo lograron durante una hora, el rato que Benzema gateó por el césped, Cristiano se desesperó por la quietud de su gente y Bale se acomodó en ese limbo en el que solía estar su colega francés. Sin que sirva de precedente, las crónicas post partido no aborrecen el nombre de CR7, porque el héroe no fue él sino ese Diego Costa puñetero (en sentido cariñoso) que disfruta pegándose con cuatro a la vez. Le motivan los tipos duros como Pepe o Sergio Ramos; sabe que es el epicentro de las broncas al mismo tiempo que el delantero peligroso que la lía por una banda (penalti de Ramos) o en un contraataque. Los duelos de Costa con la zaga blanca recuerdan a la escena final de Sin Perdón en la que William Munny (Clint Eastwood) entra en el saloon encolerizado y dispara a todo bicho viviente, incluido el sheriff, sin miedo a la muerte.

Si hace una semana la prensa atizó al ‘Tata’ Martino como una esterilla por su locura de entrenador en San Sebastián, el derbi fue causa de otra excentricidad, ésta de Ancelotti. En su columna No me gustan los lunes en MARCA, Roberto Palomar explica la táctica del ‘cagazo’. “Poner a Coentrao y Arbeloa es tenerle miedo al partido…colocar a Marcelo y Carvajal es ir a ganar”. Desde luego, Carletto quedó retratado con la sustitución de los dos laterales; seguro que entre el final del derbi y el día de hoy, algún colega italiano le ha recordado cómo se gestó la Italia campeona del Mundial 82, que ganó a Brasil y Alemania con carrileros desplegados por toda la banda. Aquella innovación planetaria del seleccionador Enzo Bearzot chocó de bruces con el rito por antonomasia del catenaccio. Bearzot supo jugar sus partidas de ajedrez y los italianos conquistaron el mundo en España. Ancelotti lo tenía todo a su favor para pegar el primer gran guantazo a la Liga; su Madrid iba lanzado como un cohete sputnik y, más importante, por fin se había aclarado en sus intenciones: ganar machacando con la artillería pesada. Y, paradójicamente, en ese engranaje no cuadraban ni Arbeloa ni mucho menos Coentrao.

“Carvajal y Marcelo son puro desodorante para las axilas del Madrid. Los otros dos son como ponerse un jersey de lana gorda sin camiseta debajo”. Es un comentario demasiado gráfico de un ex futbolista merengue, pero explica con nitidez la diferencia entre dos laterales ‘jugones’ y otros que no lo son tanto en este Madrid. Quizá a partir del derbi Ancelotti se ha frotado los ojos y sabe dónde no tiene que experimentar. Arbeloa es un soldado cumplidor al que se le exige cubrir su zona y llevar el balón hasta la medular; Coentrao tiene más arranque pero también más despiste. La llegada de Carvajal supone para el Madrid contar con un émulo diestro de Jordi Alba con menos velocidad pero mismo toque de balón. Mientras, Marcelo suele entrar y salir del club elitista de mejores laterales. Si su silueta no le traiciona, desde luego es la daga que necesita Ancelotti.

 

 

 

 

 

Fútbol de cloacas

Viernes, 7 Febrero 2014

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Manolo Sanchís suele contar que las remontadas legendarias del Real Madrid comenzaban desde el túnel de vestuario con el ‘otro’ fútbol. Víctimas como el Mönchengladbach o Anderlecht escucharon lindezas como “¡os vamos a comer los huevos!” instantes antes de saltar al Bernabeu. Era una manera alegal de intimidar al contrario antes de continuar increpándolo sobre el césped mediante un buen puñado de insultos, empujones, codazos, agarrones y pataditas furtivas. De ese fútbol es un experto el gran Carlos Salvador Bilardo que, como capitán de Estudiantes de La Plata allá por los sesenta, perpetró marrullerías tales como pinchar a los rivales con alfileres o echar tierra a los ojos de los porteros en los córners a favor. También tiene un doctorado Hugo Sánchez, de profesión goleador de proporciones bíblicas y de afición maestro del fútbol de alcantarilla. Cabrear a defensas y aficiones enemigas por igual era su primer cometido en sitios hostiles como el Camp Nou, Calderón o San Mamés; una vez encabronado hasta el utillero, los goles de Hugo tenían mejor regusto.

El ‘Cholo’ Simeone es defensor a ultranza de la escuela ‘bilardista’. No sólo por su pragmatismo sino también por ese reverso tenebroso del fútbol. Como jugador del Atlético sabía provocar en los momentos decisivos y sacar tajada de cada tangana Lo mismo que Diego Costa, admirado por su letalidad delante de la portería y sospechoso en su versión mamporrera. O el madridista Pepe, a quien su ida de olla en la espalda de Casquero le perseguirá siempre; por eso, cualquier aspaviento del portugués en el área es indicio de bulla de patio de colegio. El propio Pepe y Arbeloa estuvieron esperando a Costa en las catacumbas, mentalizados de que debían ser ellos quienes controlasen el juego de la provocación. De ahí, en parte, que el Madrid saliese sobreexcitado contra el vecino puñetero que le había aguado la fiesta en el Bernabéu las dos últimas veces. Quizá, el problema del rojiblanco es que se vio tan acorralado como Rambo, solo ante el peligro de una zaga que le tenía ganas por goles y algún que otro salivazo de hace algunos derbis (que se lo pregunten a Sergio Ramos). El columnista del El Mundo, Manuel Jabois, lo explica con la metáfora perfecta: “Costa amagó con la caja B de los equipos que juegan sin pelota y que a veces desnivela el partido en las cloacas; un asunto delicado al tratarse de Pepe, Ramos y Arbeloa”.

Y como Simeone es un auténtico pícaro en este mundillo, no se atrevió a quejarse del arte subterráneo del Madrid. Hasta Miguel Ángel Gil contó anoche en El partido de las 12 de la COPE que “Diego Costa estaba solo aceptando las vejaciones, insultos y provocaciones que le hicieron. Los compañeros tenían que haber estado más cerca de él”. Y no es porque el hispano brasileño se acobardase, sino por el desgaste que causa una pelea de uno contra tres. Los últimos antecedentes habían escocido demasiado a un Madrid tumbado por un EQUIPO. Y eso, precisamente, fue lo que aplaudió Ancelotti; puede que sea la pista para su particular espectacularidad, la que prometió el día de su presentación. Pero el fútbol nos ha enseñado en España su visión poliédrica: del baile de salón del Barça al estilo mosquetero del Atlético en ese imperturbable todos para uno y uno para todos, pasando por el modelo híbrido de los blancos: vertiginoso con el balón y camino de la zorrería de equipo italiano cuando la pelota no es el ombligo del mundo. Las guadañas de la defensa merengue pillaron por sorpresa a un Costa que, por una vez, no fue el chico malo. Pero tampoco se iba a quedar de brazos cruzados. Lo que sucedió fue que Pepe y Arbeloa fueron los amos del barrio. Ése en el que este Madrid también achanta.

Camino a la perdición

Sbado, 1 Junio 2013

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“Cuando me preguntan si Michael Sullivan era un buen hombre o, en cambio, no tenía ni una pizca de bondad, siempre doy la misma respuesta; sólo les digo: era mi padre”. Parafraseando la última reflexión del hijo de sicario Tom Hanks en la película Camino a la perdición, el presidente del Real Madrid siempre podrá responder lo mismo ante la marabunta de preguntas que se le viene encima: “¿Mourinho? Era mi entrenador”. Pero a tenor de su discurso durante toda la semana, Florentino Pérez no ha esgrimido ni una sola pega del portugués; al revés, le sigue defendiendo a capa y espada para no reconocer la palabra ‘fracaso’. Fue él quien eligió a Mourinho después de la descorazonadora apuesta de su amigo Valdano por Pellegrini y sólo él debía explicar por qué se ha acabado un trienio tan volcánico. Al menos, el Bernabeu por fin entendió que los fines maquiavélicos del técnico iban arañando poco a poco ese escudo del que tanto presume la actual directiva. La gente quizá hubiese tragado ganar a cualquier precio (la ‘Décima’ habría servido de tabula rasa), pero las tres semifinales fallidas evidencian que The Special One no ha sido tan genuino como sí lo fue en Oporto, Chelsea y, sobre todo, Inter de Milan; y eso que Florentino le dio poderes divinos, más si cabe que los de un presidente que nunca estuvo cuando se le necesitó.

La imagen del desencuentro entre Cristiano Ronaldo y el propio Mourinho instantes antes de la goleada ante Osasuna refleja la degradación que ha sufrido un vestuario en el que los acólitos del entrenador se cuentan con los dedos de una mano. Uno de ellos es Arbeloa, cuyo grito de guerra espartano lo ha llevado hasta las últimas consecuencias a favor de Mourinho y cuyo desahogo público resume a la perfección la descomposición de un grupo que hace tres sí era una piña: “Mou se ha partido la cara por este club y se la han partido (..) Hay algunos que no nos preocupamos de tener buena imagen pública ante la prensa, otros sí”. No da nombres pero en el ambiente flota el reguero de menospreciados que el portugués deja por el camino: Casillas, Pepe o Cristiano cuando era venerado por el cuerpo técnico. Es una lástima que el epílogo de este ciclo acabe con la sensación de gresca continua; así es difícil conjurarse para los títulos, pero son las reminiscencias del ciclón Mourinho. Incluso, el madridismo de la afición y prensa, derivado éste en el maldito periodismo de bufanda, se ha fracturado en una guerra de trincheras entre la llamada ‘yihad mourinhista’ y los defensores del sentido común, ése que habría alineado titular a Casillas en cualquier partido y dejado las tantarantanes públicos de puertas para dentro del vestuario. Al final, quien ha perdido ha sido el club.

Hay quienes intuían un Madrid decadente post-Mourinho. Se equivocan. Es el entrenador quien se ha quedado casi solo, sin apoyos; la mayoría aspira a ser dirigida por un técnico cuyo carisma lo demuestre en las charlas o en los entrenamientos, no delante de las televisiones. El problema es que el presidente fichará a un sustituto con un marrón demasiado grande: ganar la Champions por lo civil o lo criminal, porque un quinto año a dos velas se le puede hacer insoportable a cualquiera, incluido Florentino.  Al fin y al cabo, la entidad necesita volver a funcionar con lógica; es decir, que desde la dirección deportiva (manejada por Zidane) hacia abajo se hable exclusivamente de fútbol y que en los despachos los ejecutivos sigan presumiendo de un músculo financiero incomparable. Sólo de ese modo el Madrid volverá a ser Real.