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Thiago nunca sobra

Martes, 15 Noviembre 2016

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El Allianz Arena siempre espera su último pase versión Michael Laudrup. Quizás sea el único extranjero al que la Bundesliga permite meterse con el balón en la cocina. Su físico no es el de una tanqueta alemana ni su estilo se ofusca disparando a discreción fuera del área. A Thiago Alcantara le obsesiona la pelota desde que un campeón del mundo, su padre Mazinho, le soltaba de niño sobre el césped de A Madroa para dejar boquiabiertos a Karpin y Mostovoi. Dejó el Barcelona porque sin Guardiola no triunfaría; se fue con él a Munich porque necesitaba regalar jugadas (y no al oído, precisamente), sobreexcitar a la grada, y sin minutos no habría fiesta. Dos lesiones de rodilla le han hecho espabilar de la noche a la mañana; resetearse una y otra vez, sin miedo a la jubilación forzosa, y asegurando que lo importante no son los títulos, sino ser feliz jugando al fútbol. Es su vida, la de su hermano Rafinha, como fue la de Mazinho, a quien Thiago suele vacilar diciéndole que apenas metía goles. Las risas acaban con la misma sentencia paternal de siempre: “¡Sí, pero yo soy campeón del mundo”! Y su hijo mayor también aspira a levantar el trofeo más preciado, quizá cuando dejen de esperarle. ‘Thiago es presente y futuro de la selección’, la comidilla de cualquier tertulia en días desérticos; tampoco le molesta, porque su presente es el siguiente pase y nunca se atreve a otear el horizonte. Ha resucitado dos veces, y la última es la definitiva.

Thiago te apasiona o le aborreces. Es la gracia de los futbolistas rara avis.  Guardiola le abroncó una vez porque no comparte la idea de que dos pases son mejor que tres, ni tres mejor que cuatro. Le habría costado asimilar el concepto sagrado del primer toque de Cruyff. Al mediocentro del Bayern le ponen las virguerías, intentar regatear en una cabina de teléfono y dar asistencias sin mirar. Casi nada. O le tomas o le dejas, pero no intentes lavarle el cerebro: Thiago juega como aprendió de pequeño, dejando un reguero de su talento malabarista en cada jugada. Por eso, es demasiado especial. Y mola que la selección tenga un Thiago porque, de lo contrario, el fútbol se reduciría a sota, caballo y rey. La sensación de la calle es que todavía no ha alcanzado su nivel estratosférico; Lopetegui entiende que aquella estrella que nació como campeón europeo sub’21 puede clonarse en la élite más exclusiva. No obstante, sin prisa y ya sin pausa, sin mirar atrás, el mayor de los Alcantara intenta mejorar su habilidad como un crupier baraja cartas en Las Vegas: cada vez más rápido, cada vez más improvisado. Las defensas de hormigón son su especialidad, así le quiso Pep y así confía Ancelotti, otro incomprendido que entiende el fútbol con un balón en los pies. 

El portero de los noventa

Mircoles, 4 Mayo 2016

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“En la primera Champions el balón de Iniesta entró por la escuadra. Hoy hemos disparado treinta veces y nada”. Con ese “nada” Guardiola quería decir Oblak, el gigante esloveno que costó 16 millones de euros hace dos temporadas. Un P.V.P. para llevarse las manos a la cabeza de no ser porque sólo se le puede batir de un trallazo a bocajarro o con un balón rebotado como la falta de Xabi Alonso. Las estrategias espartanas de Simeone empiezan por un muro de contención delante de la portería, y resulta que el Atleti ha construido el más sólido del mercado. Lo saben el entrenador y Gil Marín, quien ha blindado al esloveno con una cláusula de cien millones. por si algún día le tientan los petrodólares del City o el PSG. Pablo Vercellone es el preparador de porteros del ‘Cholo’ y en privado alucina con Oblak, no sólo porque “controla el espacio aéreo” sino porque también saca agilidad felina en balones rasos, de esos que, como dice Vercellone, “lamen la cepa del palo”. Todo se reduce al entrenamiento del Cerro del Espino, no existe más universo que ése para el guardameta de 23 años que repele cualquier pelota por tierra, mar y aire. En el fútbol moderno apenas quedan porteros que bloquen balones sin recurrir al despeje fácil; por eso el estilo de Oblak casi es contracultural, de vieja escuela. Precisamente, Jan tiene dos ídolos de antiguas promociones a los que se ha hartado de ver en vídeos: Bodo Illgner y Francesco Toldo.

Oblak habría sido el paradigma de portero alemán de los noventa. Su gran envergadura empequeñece la portería a los delanteros (que se lo digan a Lewandowski); los córners son su jardín, sobre todo en el área pequeña desde donde otea cualquier amago de peligro. Como dice el propio Illlgner, es un híbrido entre los explosivos reflejos de Oliver Kahn debajo de los palos y los mano a mano de Neuer. Quizá no brille en salidas con los pies ni en jugar de líbero como el gran José Antonio Molina, pero un portero tiene que parar al fin y al cabo, y salvo raras excepciones ‘guardiolistas’, suele ser el más tarugo del once titular. A diferencia de Luis Enrique con Ter Stegen, Simeone no le ha pedido a Oblak que sea portero jugador. No reza como mandamiento de ese flamante estilo de vida llamado cholismo. El Atleti ganó la Liga hace dos temporadas con un Courtois fabricado por la guardia pretoriana del entrenador. Sólo le exigían detener lo parable y lo imposible. Casi nada para un chaval imberbe que sueña con salir del Chelsea, tal vez al Real Madrid.

Colchoneros con solera como Kiko o Abel Resino coinciden en que la presencia de Oblak intimida tanto como la del mítico David Barrufet delante de una portería de balonmano. Sus brazos son tentáculos que apenas dejan ángulos libres para colocar el balón con escuadra y cartabón. Porque marcarle un gol al esloveno exige la precisión de un golfistas de alto nivel, no vale chutar adonde salga. Anoche, después del partido, Oblak ni siquiera se sentía héroe de la eliminatoria; su exagerada humildad no le permiten levitar sobre el suelo ni un instante. Tanto es así que Gabi le vaciló porque no había conseguido atajar el penalti de Müller. Si romper el hormigón de Godín es misión imposible; talar a Oblak es un acto suicida. Por eso el Atleti no pierde nunca y por eso disfruta sufriendo con esa sensación de estar recibiendo puñetazos con anestesia permanente.

 

 

Nadie más tiene a Neymar y Luis Suárez

Mircoles, 13 Mayo 2015

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Gary Lineker hincó la rodilla anoche en la BBC: “Siempre he pensado que el Manchester United era el equipo más competitivo de la historia reciente de la Champions. Ahora me he dado cuenta que es el Barça”. La proeza del triplete está a tres partidos; “la nada”, como dice Mascherano, también espera a la misma distancia. Lineker ha entendido que el Barça maneja como nadie los tempos de la Champions porque anoche no necesitó exprimirse, simplemente sacó el aguijón dos veces y a esperar que el veneno hiciese su efecto. Guardiola, muy celoso de su creación, había espetado en la previa que los azulgranas eran los mejores al contraataque: la posesión de balón ya no era patrimonio culé. Cayera o no el Bayern, el principio más ‘guardiolista’ nunca se traiciona, ni aunque lo pidan a gritos grandes leyendas bávaras como Beckenbauer o Lothar Matthäus. En cambio, Luis Enrique no sufre el agobio de la historia, sólo ha tenido que llegar a una Entente Cordiale con el jefe del vestuario. Desde que Pep se hartó de Rosell y sus yuppies, el Barça dejó de ser el de los entrenadores: en la memoria histórica Cruyff, Rijkaard, Guardiola y desde hace tiempo el Barça de Messi. Y discrepando con el ‘Kaiser’, sin Leo el Barça no es un equipo normal, asusta a medio mundo porque, simplemente, nadie más tiene a Neymar y Luis Suárez, ambos en la órbita del Real Madrid en un pasado muy reciente.

No fue un partido de hemeroteca, sino un trámite plomizo con el que el Barça jugueteó desde que Luis Suárez dijo ‘basta’. Hasta entonces, un cabezazo de Benatia sobreexcitó al Allianz Arena, conjurándole en una remontada made in  Bernabeu. Poco le importa a Luis Enrique que sus genios del balón corran detrás de él: con Messi en versión Michael Laudrup contraatacar también es una pasada, lejos de la blasfemia que suponía este noble arte en la época de Mourinho.  Que se lo digan a Neymar, incansable en los quiebros, esquivando bosques de piernas en un metro cuadrado. Su exhibición en Munich le propone como el primer Balón de Oro posterior a la guerra Messi-Cristiano. Y a Suárez como el delantero centro perfecto, de los que echa de menos el fútbol de este siglo. El Bayern tiene a Lewandowski, otro rematador que mata la figura del ‘falso nueve’ a la que Guardiola ha rendido tanta pleitesía. Si hubiera jugado sin máscara, quizás no sólo Mascherano necesitaría una prótesis de cadera. Como el sombrero de tacón del uruguayo, una delicatessen que sale una vez en la vida. Pero merece la pena.

El Barça acumula tanta artillería pesada como el Madrid, con la ventaja de que si no le funciona un destructor, aún tiene otros dos para ametrallar a cualquiera. El tridente impresiona ahora más que la BBC, averiada desde las lesiones de Bale y Benzema. “Messi es el Barça y el Barça es Messi”, espetó Cesc en COPE el lunes pasado. Pero si D10S desaparece en combate, los otros dos socios de diabluras reclaman su estrella en el paseo de Hollywood. De momento nadie tose al líder porque, hablando en plata, no ha nacido un futbolista que le haga sombra. Guardiola lo temía y por eso no quería ni en pintura al prodigio al que dio vida hace unos años: prefería la vendetta contra Ancelotti. Y a estas alturas y sin conocer al otro finalista, el Barça tampoco quiere cruzarse con el Madrid: es el Federer que arrollaba hasta que le entraba el apagón psicológico contra Rafa Nadal. Eso piensa en el club azulgrana. Otra historia es el Leo Messi que quiere seguir rompiendo la barrera del sonido.

 

 

 

Iniesta de mi vida

Mircoles, 22 Abril 2015

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Iniesta no ha regresado. Nunca se fue, aunque sí llevara tiempo en modo pausa. Y en ese intervalo de murmullo, de sospechas por una insidiosa jubilación anticipada (como Xavi), el manchego reeditó aquella foto con tropecientos rivales a su alrededor, imitando la jugada más imposible de Oliver Atom. El Barça necesitaba su versión mundialista, molesto por esa comparación mediática con Isco que dejaba al manchego a la altura del betún, porque la Champions exige a cada estrella afilar su talento cuando desenrolla la alfombra roja. Y en ese rol de casi dios (no es una hipérbole), el Camp Nou había tenido esa paciencia que las grandes aficiones nunca pierden con sus mitos: Anfield con Gerrard, Stamford Bridge con Frank Lampard, etc. Xavi, su antiguo compañero de diabluras, había demostrado a Luis Enrique que tomó la decisión correcta el verano pasado; Iniesta pidió tiempo a su entrenador hasta que encontrara la eclosión definitiva. Y de repente llegó en una noche sin urgencias, pillando a la grada a pie cambiado.

A la artillería pesada del Barça le hacía falta su armero más efectivo. No en cifras (cero goles y cero asistencias en Liga) pero sí en sensaciones. Que Messi mire de reojo al centro del campo y se reencuentre con el Iniesta de su vida, asegura el bienestar del balón. Al fin y al cabo, en este Barcelona traidor del cruyffismo la grada agradece que su manchego favorito entrecorte el aliento: junto a Messi, es la última reminiscencia de aquel fútbol de salón que inmortalizó Guardiola. Por eso, la primera parte de anoche es una obra artesanal casi a la altura de las que el equipo repitió partido tras partido no hace demasiado tiempo. Si es idea de Luis Enrique, su vestuario ha entendido tarde su galimatías táctico de principio de temporada; y si descubriéramos una autogestión, entonces el Barça es el más peligroso de los semifinalistas porque juega cuando quiere. Desde luego, es el más competitivo por una estadística única y demoledora: su octava semifinal en diez años. Y en esta Champions, se ha cargado a dos moles millonarias como el Manchester City y Paris Saint Germain. Sin el Barça por medio, uno de los pelearía por el título, por eso y con permiso del Bayern (o sin él), los azulgranas son el verdadero ogro de Europa.

Guardiola no quiere ver a su gente ni en pintura. No lo dijo él textualmente pero sí Pepe Reina en El partido de las 12. La herida del Real Madrid del año pasado seguirá supurando hasta que pase por Munich otro peso pesado. Y el Barça no es precisamente el más recomendable. Y eso que el Bayern dejó constancia de ese rodillo alemán que tanto gusta a Beckenbauer, pero al que Herr Pep prefiere dar su toque melifluo. El técnico catalán consiguió aplazar su apaleamiento público con una exhibición táctica y teórica que los estudiosos del balón grabarán en sus videotecas. Y el 5-0 de los primeros 40 minutos motivó una nueva corriente de opinión: un equipo que juegue sin laterales carrileros está muerto. La ausencia de Danilo pesó mucho a Lopetegui porque, con todo el descaro del mundo, los portugueses suelen volcar sus ataques en las galopadas del flamante fichaje del Real Madrid. Eso es lo que hizo Bernat para abrir la lata y construir la remontada bávara. Por cierto, Del Bosque suspira aliviado desde anoche: ha vuelto Thiago y su fútbol fulgurante. Y aunque sigue siendo un crack en potencia (maldita lesión), Guardiola le dio un abrazo cómplice después de la orgía goleadora. El hijo mayor de Mazinho no fue un capricho de Pep, es el futuro del Bayern sin exageraciones. Y de la selección española, a la que acaba de sacar de un marrón.

Del tiqui-taca al contraataque

Mircoles, 30 Abril 2014

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La historia del Real Madrid borró de un plumazo todas sus necrológicas de Alemania, De repente, los espectros de ogros como Augenthaler, Oliver Kahn o Effenberg desaparecieron la misma noche que los blancos se pusieron el traje de los cazafantasmas. Y Munich dejó de ser territorio maldito para convertirse increíblemente en tierra santa: la goleada recordará para siempre a un Bayern liliputiense en manos de un gigante que recuperó el respeto en el viejo continente más de una década después. No fue una simple goleada porque la primera parte demostró a todo el planeta que hay alternativas tan estéticas como el adorado ‘tiqui-taca’; este Madrid se sobreexcita al contraataque, dibujando jugadas con un puñado de rayajos, como en el tercer gol. Es su estilo y Guardiola estaba advertido aunque muriese con sus principios, que le impulsaron a poner futboleros en vez de un peón de contención como Javi Martínez. El Madrid del pim, pam, pum compartirá leyenda con el de Zidane, todavía sin la Copa de Europa pero con la primera antología en Alemania editada en alta definición.

Anoche no ganaron los chispazos de las estrellas sino una mole que se movía en efecto acordeón desplegando y replegándose con ritmo. Tal como sucedió en el Bernabéu, los blancos juntaron a toda su infantería para proteger el frente de Casillas y, cada vez que robaban el balón, atacaban a cañonazos con su artillería pesada. Modric y Xabi Alonso, generosos en el esfuerzo, hicieron de coche-escoba para limpiar a los alemanes por el centro, al tiempo que se remangaban para cubrir a Carvajal cuando éste salía en estampida. Otra pareja, Pepe y Sergio Ramos, están jugando como los mejores centrales de Europa, hegemónicos en defensa e imitando al mejor Fernando Hierro en balones parados, por de pronto el sevillano. En el Allianz Arena, los pájaros dispararon a las escopetas y las jugadas a balón paradas tan propias del rodilla alemán se convirtieron en su peor pesadilla. Si Guardiola detesta el típico estilo alemán, Ancelotti lo exprimió hasta las últimas consecuencias. Al final, serán ciertas las insinuaciones del míster del Bayern y en su propio club aman más el fútbol del Madrid, al menos, uno tan tremendamente efectivo como el de anoche.

El kaiser Franz Beckenbauer no ha tardado en coger el micrófono: “El Bayern no está bien La decepción es inmensa”. Sobre todo, para unas viejas glorias que decidieron jubilar a Jupp Heynckes y “modernizar” su librillo de estilo (tal como hizo el Madrid despidiendo a Del Bosque por Carlos Queiroz). Guardiola ha venido para marcar época pero quizá, se pregunta, su estilo no es el idóneo para sus jugadores. Al revés que los blancos, cuya ergonomía sí está creada para soltar descargas eléctricas de alto voltaje. La mediática ‘BBC’ no son sino depredadores que otean la carnaza desde la lejanía y se lanzan a por ella. Quizá Benzema sea el menos rápido de los tres, también porque es el más pausado, el que sabe desembragar de sexta a quinta marcha. Cristiano y Bale son los auténticos velociraptores, el portugués con unas cualidades sobrehumanas que le transformaron hace tiempo en un semidiós del madridismo.

Bernd Schuster, otro genio cuyo temperamento le privó de un Balón de Oro a tiro hecho, dijo una vez que “para ser el mejor del mundo, hay que decidir una Copa de Europa”. Cristiano está a un solo peldaño de meterse en un olimpo donde Messi ya se acomodó, precisamente a la vera de Guardiola. Le falta esa Champions con el Madrid, que no tiene el mismo caché que ganarla con el Manchester United. La trama promete porque en Lisboa el Madrid no podrá soltar a sus dobermans, allí le esperaran Atlético de Madrid o Chelsea, da igual, ambos vampiros que se alimentan de chuparle la sangre al rival. ¡Ah!, y sin el sancionado Xabi; así que las quinielas ya ruedan por la medular: Modric-Illarramendi, Modric-Casemiro…¿Modric-Khedira? Demasiado arriesgada esta última, aunque sería la elección de Ancelotti con los ojos cerrados. No obstante, todo es anecdótico, trasciende que el rey de copas vuelve a una final y, lo más importante, descuartizando al ogro que todos temían.

Personajes que no pueden faltar en Champions

Jueves, 12 Diciembre 2013

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1.“El único objetivo era no ganar la Europa League y se ha cumplido”. Sea en Madrid o Londres, José Mourinho no ha perdido ni un ápice de su labia incisiva. El recado lo soltó anoche, después de la victoria del Chelsea y la eliminación del Nápoles de su viejo enemigo Rafa Benítez. Pero lejos de sus habituales discursos triunfalistas, Mourinho sorprendió a la prensa inglesa con una realidad demoledora: “el principal objetivo es asegurarse una plaza entre los cuatro primeros de la Premier”. Sin mentar posibles títulos futuros, emuló a su colega Simeone: del ‘partido a partido’ del Cholo al step by step de Mou. Él lo tiene claro: Bayer, Barça y Madrid son lo favoritos. Casualidad o no, los dijo en ese orden, aunque tratándose del portugués, suena a una lista premeditada. Quien no estará muy de acuerdo es su jefe Roman Abramovich, que cedió el testigo de millonario despilfarrador al jeque del Paris Saint Germain, pero que también ha extendido un puñado de cheques para que el Chelsea se esfuerce en hacer algo más que “quedar entre los cuatro primeros”.

2. El Chelsea juega rematadamente mal, pero también lo hizo con Di Matteo y un cabezazo furtivo de Drogba les dio la Champions en la casa de la gran mole de esta Chamnpions, el Bayern. Curiosamente, los alemanes son vigentes campeones por aplastamiento; con Heynckes, no necesitaron esos chispazos de suerte que deciden un campeón. Y parece que esta edición acabará irrevocablemente en unas semifinales con elllos, Madrid y Barça. El cuarto podría bailar entre PSG según se le antoje a Ibrahimovic, el Mark Lenders del equipo; el propio Chelsea de Mou del que todavía se venera en Madrid su gen competitivo o un Manchester City, que da la sensación de que es un chaval de 18 años al que su padre le acaba de comprar un porsche. Tan pronto toma una curva como si fueran raíles, como se estrella a 200 km por hora. Su plantilla barnizada de oro todavía no le ha cogido el tranquillo a combinar bien Premier y Europa.

3. La Champions vuelve a delatar al Calcio. Sigue siendo una liga desvencijada a pesar del comienzo fulgurante de la Roma y la frescura española del Nápoles de Benítez. La Juventus se quedó en el camino justo cuando Fernando Llorente comenzaba a ser algo más que bello; el Nápoles fue decapitado como un samurai, es decir, con todos los honores de guerra, y solo ante el peligro queda una pésima calcomanía de lo que fue el último gran Milan, no el de Sacchi sino el del Ancelotti. Sinceramente, da pena la eliminación de un Nápoles que había ilusionado a su ferviente afición con despojos de otros clubes: Reina, cedido por el Liverpool, y Callejón, Albiol e Higuaín sin más oportunidades en el Madrid. Sin embargo, se queda en la elite el descarado Dortmund de Jürgen Klopp,  genio y figura de este mundillo y cuyas ruedas de prensa son las preferidas por los periodistas. Las suyas, y las de Mourinho, por supuesto.

4.Huele a una Champions con semifinales muy españolas, pero basta mentarlo para que alguno se atragante antes. El Madrid está predestinado a llegar a Lisboa (la final), de lo contrario, volverán a azotar tormentas apocalípticas. Y en el empeño, Cristiano necesita de Xabi Alonso para cortocircuitar ese ordenador cuasi perfecto que ha programado Guardiola en Munich. Su sombra sigue incordiando en Barcelona: con Tito la prensa mantuvo un respeto solemne, pero al Tata le ven como un intruso que debe salir tan rápido como entró. Neymar podrá acaparar las portadas del momento, pero al final todo depende del de siempre, que andando o corriendo, revienta cualquier partido un palmo de césped. Por algo, Messi fue o es, cuestión de gustos, el mejor, el único.  Y el Atlético se ha ganado su dosis de credibilidad; ninguna sospecha para quien afronta ultimátum y partidos de padres e hijos como un rottweiler rabioso con espuma por la boca. Se deja los huevos y gana; no se los deja, y también. No sucedía antes, por eso, este Atleti también ha entrado en el juego de la silla y tiene muchísimas posibilidades de no quedarse sin asiento.

Auf wiedersehen, Heynckes!

Martes, 4 Junio 2013

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Telmo Zarra llegó a decir que Jupp Heynckes había “espabilado a la estancada cantera de Lezama”. Viniendo de la gran leyenda del Athletic, el poso que dejó el entrenador alemán durante su primera etapa (1992-94) fue bastante emotivo; no en vano, fue él quien apostó por un chaval muy técnico y con alma de líder como Julen Guerrero. En Tenerife todavía le añoran: con una plantilla trabajada y haciendo caso a los jefes Julio Llorente, Chano y Felipe Miñambres, estuvo a un paso de jugar la final de la Copa de la UEFA del 97 (el Schalke lo impidió). Pero sus grandes lecciones tácticas de aquella temporada en el Camp Nou (1-1) y en el Bernabeu (0-0), convencieron al presidente Lorenzo Sanz para sustituir a un Fabio Capello que añoraba su vuelta a Milan. Heynckes, un señor en toda regla, sólo tuvo palabras de agradecimiento para la gente de Tenerife y, sobre todo, se ganó la admiración de todos siendo honesto: “Quiero entrenar en un club en el que gane títulos”. Había empezado de abajo y el trabajo a destajo le había propiciado su gran oportunidad.

Pero la tragicomedia dantesca de Heynckes comienza por su final en el Real Madrid. Acostumbrado a dirigir plantillas sin puño de hierro, nunca pensó que los egos caprichosos de un vestuario le acabarían devorando. Así se lo transmitió en una charla privada a Lorenzo Sanz en la noche de un lunes, minutos después de que el Madrid perdiese contra el Zaragoza en el Bernabeu y fiara todas sus opciones de jugar la siguiente Champions a ganarla precisamente ese año. La débil autoridad del técnico alemán se esfumó en un grupo comandado por Fernando Hierro, y en el que gente como Seedorf, Suker, Mijatovic o Raúl se comportaban como estrellas de rock (fue el origen de la llamada ‘Quinta de los Ferraris’). Heynckes confesó a Sanz que estaba hundido y no tenía apoyos en el vestuario; Raúl salió en su defensa semanas después diciendo que la junta directiva no defendía al entrenador, acusación que rápidamente fue rebatida por el mismo presidente: “Yo le diría a Raúl qué ha hecho el vestuario para defender a Heynckes”. Las discrepancias entre los directivos y la plantilla sólo contemplaba una solución: el despido del entrenador. Tal cual se lo comunicó Lorenzo Sanz tres semanas antes de la final de Amsterdam. Daba igual que ganase o perdiese, Heynckes podría ser quien devolviese al Madrid a la gloria europea  y punto. Y así fue: el Madrid ganó la Séptima, su primera Copa de Europa en color y el club no tuvo ningún tacto con él.

La imagen que resume la historia maldita de Heynckes fue verle cenando con su familia a solas en el restaurante Txistu durante la celebración del título en Madrid, mientras futbolistas y directivos lo hacían juntos con su gente en el mismo sitio. Pero Heynckes, señorial siempre en su discurso, no dedicó ni una palabra fea a nadie, ¿qué sentido tenía? Sí lo hicieron algunos jugadores a los que no les importó seguir hurgando en la herida; por ejemplo, Álvaro Benito, quien dijo que “el vestuario prefería a Fabio Capello porque a Heynckes le vacilaban demasiado”. Por eso, no es de extrañar que Heynckes se haya emocionado en la rueda de prensa de hoy en Munich. La frase que mejor explica las lágrimas de Jupp la ha pronunciado el presidente del Bayern, Uli Hoeness: “Heynckes vino tres veces como un extraño y se va las tres como un amigo”. Lo mismo sucedió en Bilbao y en Tenerife, lástima que Lorenzo Sanz no pueda presumir igual. Pero a sus sesenta y ocho años, el técnico que lo ha ganado todo con el Bayern sigue rigiéndose por su naturalidad: “Mi vida es la misma de siempre: esta mañana le he preparado el desayuno a mi mujer”. Jupp sólo quería terminar su contrato que expira en unos días, aunque el Bayern le ofreció la renovación hace medio año, antes de que anunciara la contratación de Guardiola. Mejor un adiós triunfal, como el que ha tenido Sir Alex Ferguson, porque la aventura del Madrid podría haber sido excitante pero no tanto como disfrutar de una jubilación muy merecida con su mujer, quien ha tenido que soportar días y noches de interminables concentraciones. Se va un gentleman del fútbol que ha hecho “25 amigos en Munich”, los mismos que completan la plantilla. Tal ha sido el grado de confianza con sus chicos que hasta Bastian Schweinsteiger ha estado a punto de coger un avión para presenciar su despedida. Danke, Jupp!!

El Bayern, digno heredero del Barça

Mircoles, 24 Abril 2013

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Xavi Hernández había desechado el papel de víctima ante la insistencia de la prensa alemana en la víspera de la fatalidad. Su Barça, éste que tanto nos ha flipado a todos, merecía un margen de confianza, ya que seis semifinales consecutivas suponían una coartada bastante creíble. Por momentos, la pregunta que inquietaba en el ambiente, a expensas del estado físico de Messi, no era si los azulgranas estarían a la altura, sino si el Bayern era de verdad esa apisonadora que deforesta todo lo ve delante. El legendario Paul Breitner, hoy directivo del club bávaro, pensaba que la catarata de exageraciones hacía un flaco favor a la estima de los soldados de Jupp Heynckes. Pero nada más lejos de la realidad: el Bayern retó al Barça a una pelea de gigantes contra liliputienses. Ése es el gran mérito que se le atribuye a Heynckes; su monumental bronca a Alaba y Ribery con el resultado favorable constata que ha devuelto a su club la perfección que los alemanes perdieron hace tiempo, quizás desde aquella semifinal del Mundial de Italia 90 entre Alemania e Inglaterra, en la que Gary Lineker soltó para la posteridad que “el fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre ganan los alemanes”.

La goleada del Allianz Arena reafirma la hoja de ruta que un grupo de magníficos ex futbolistas se propuso hace tiempo mediante una elegante visión empresarial, una chequera con fondos millonarios (el fichaje sorpresa de Mario Götze) y gente de fútbol extremadamente competitiva, desde los despachos hasta el último suplente del vestuario. Este Bayern aniquila por fútbol, fuerza y, sobre todo, por la obsesión de acabar con la maldición de las finales: la del Camp Nou contra el United fue un sopapo antológico; la del Bernabeu contra el Inter de Mourinho se olía a la legua y el trágico final que Drogba les regaló la pasada temporada con un cabezazo mortal en su propio estadio mitificó el gafe europeo. Quién sabe si Wembley se volverá en otro motivo de guasa, pero la demostración de anoche coloca a estos alemanes como favoritos indiscutibles para el gran público, por encima si cabe del exultante estado anímico de Cristiano Ronaldo. Un colaborador muy cercano a Heynckes aclara que el misterio de la trituradora es un ambiente de piña en el vestuario como jamás se había visto antes. El técnico que parece afable delante de las cámaras, se las gasta y de qué manera de puertas para adentro para imponer su magisterio y, de paso, acabar con luchas absurdas de egos, como la que Ribery y Robben mantuvieron el último año.

“La preocupación del Barça es más el equipo que el resultado”. Aunque suene paradójico, la reflexión del periodista Miguel Rico, de Mundo Deportivo, tiene todo el sentido del mundo. ¿Con qué ánimo festejará el Barça la Liga dentro de unos días? Una Liga que ganó antes de navidades y sólo espera fecha de caducidad. El Milan fue el primero que detectó los síntomas de debilidad azulgrana; el Paris Saint Germain a punto estuvo de corroborarlos. Duele que una goleada tan sonrojante delate las preocupaciones que Guardiola advirtió en su día. Y Messi es el mejor, sí, pero sin un “alta médica” (así lo confesó Zubizarreta antes de ayer) su talento se gripa y su físico peligra. Si hasta el padre de Messi confesó a José María Minguella ayer a mediodía que creía que su hijo no estaba para jugar. El vapuleo psicológico que ha sufrido el grupo cuando se conoció la retirada momentánea de Tito, unido al trasplante de Abidal, han menguado el ritmo competitivo de un equipo del que se intuía cierta complacencia, quizás por la borrachera de títulos de los últimos tiempos. Ni siquiera esta Liga consuela a un Barça acostumbrado a una tendencia arrolladora en la teoría y la práctica, y que está heredando el Bayern a su manera.

Visto desde una atalaya, los interminables elogios de la prensa casi exigían que el Barça fuese perfecto en todas las competiciones; parecía que si no ganaba todo, fracasaba, y eso es muy duro, durísimo en el deporte. Que se lo pregunten al suizo Roger Federer  hasta hace bien poco. Sin embargo, sólo una paliza de tal calibre  podía destapar de una vez por todas los miedos al cambio; vamos, las premoniciones de Guardiola. Al menos, Tito se ha dado cuenta a tiempo que hay que moldear todas las líneas: desde la portería, si Valdés decide escapar antes de tiempo, pasando por centrales nuevos (Hummels, del Dortmund, es el elegido), un lateral derecho que espabile a Dani Alves y, por encima de todos, dos puestos: un sustituto de garantías para que Busquets no se trague más de cincuenta partidos por temporada y un delantero centro, sea clásico rematador o que construya jugadas, da igual, pero al fin y al cabo delantero. Ha quedado claro que el Barça no puede intimidar la jerarquía del Bayern con nueves falsos; tampoco ha surtido efecto contra el Madrid en los últimos clásicos. Los ciclos sólo acaban con cambios drásticos de estilo como le sucede al Madrid cada cierto tiempo o a base de planes renove que tanto le gustaban a Jesús Gil. El Barça debe matizarse a sí mismo, pero ya.

 

 

Una misión mesiánica

Jueves, 17 Enero 2013

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La cervecería más grande de Europa, la Hofbräuhaus de Munich, no tardará en acicalarse para recibir al que será su huésped más ilustre en la próxima Oktoberfest. En la pasada fiesta de la cerveza, que se celebra en septiembre aunque se llame así, al neófito Javi Martínez tan sólo se le ocurrió chapurrear ich bin schön (estoy guapo) cuando las cámaras le inmortalizaron vestido con el típico traje bávaro. ¿Se atreverá a ponerse el próximo entrenador del Bayern camisa a cuadros rojos y blancos, pantalones cortos de cuero y medias de lana hasta las rodillas? Desde luego, a Guardiola le han sugestionado bien para que se haya decidido por la plácida vida alemana. Seguramente, su amigo íntimo Raúl le haya contado las comodidades cotidianas para los extranjeros adinerados que residen en Alemania. El ex madridista y su familia quedaron prendados de Düsseldorf, donde vivían en un chalet pegado al río Rin, y no es de extrañar que Guardiola, quien también es de costumbres tranquilas, se adapte rápido a Baviera. Quizá le cueste el contraste entre el ritmo vertiginoso de Manhattan y la calma chicha del sur de Munich. Pero si el ex técnico azulgrana ha elegido la Bundesliga por delante del puñado de ofertas que ha escuchado desde Nueva York, significa que la decisión está más que meditada; no en vano, se trata de un futuro a largo plazo.

La directiva del Bayern, encabezada por el presidente Uli Hoeness y su mano derecha, Karl-Heinz Rummenigge, tenían clara la única condición del contrato: nada de firmar año a año, tal como transigieron Laporta y Sandro Rosell. Para eso, se habrían quedado con el viejo pero fiable Heynckes, a quien, precisamente, la directiva había ofrecido la renovación. El actual entrenador les había comunicado que todavía era pronto para el papeleo: la Bundesliga encara su segunda vuelta después del parón invernal y todavía queda un mes para que la Champions abra fuego en sus octavos de final. Heynckes tiene claro que el Bayern será el último equipo de su carrera a sus 67 años y sólo haría una excepción si se trata de la selección alemana, pero la federación tiene el compromiso de Joachim Löw hasta el Mundial de Brasil. O sea que el club germano ha resuelto el “grave problema” que acuciaba sus planes, como reconoció anoche en la COPE el legendario Paul Breitner, ahora director de relaciones institucionales del Bayern.

Guardiola tendrá tres años para presentar su obra, es el margen prudente que le dan los mandamases del club con la aquiescencia del tótem y actual presidente de honor, Franz Beckenbauer. En marzo de 2007, meses antes de coger las riendas del filial del Barcelona, Pep publicó una artículo en El País a propósito de la eliminatoria de Champions que el Barça iba a jugar contra el Liverpool; el texto era una oda a la esencia del club, el estilo que debía distinguirle del resto de equipos. “Mañana el Barça perderá. O pasado. A todos nos pasa. Pero nadie puede discutir que hace ya mucho tiempo que el Barça es un equipo reconocible. Único”. Queda clara cuál es la aspiración deportiva del Bayern con Guardiola al frente: puede que moldear un émulo de su Barça sea un propósito quimérico porque, simplemente, en Munich no juegan Iniestas y Messis, claro que ni allí ni en ningún lado. Pero la carta continúa: “En Barcelona se entiende que se puede ganar de mil maneras. Todas válidas. Todas sirven. Faltaría más. Pero en Barcelona también se entiende que jamás se puede ganar de una forma que no se sienta. Que no la sientan los jefes, los técnicos, sus jugadores, los amigos de la prensa y la gente que va cada semana a verlos”. La imagen pública del Bayern es la de equipo que saca el rodillo en su rancho alemán y que a veces se cuela entre los favoritos para levantar la Champions (Drogba se lo privó por dos minutos en la última final), pero si bien el Barça contemporáneo o el United de Ferguson tienen su estigma, al Bayern le sucede como al Real Madrid: tiene que elegir un estilo y defenderlo a muerte. De lo contrario, los alemanes no habrían optado por Guardiola ni éste se habría decantado por ellos.

Instantes después de que el Bayern anunciara el fichaje, una interpretación simplona corrió como la pólvora. Salvador Sostres lo llamó La Cobardía en su columna de El Mundo. Habla del conformismo de Guardiola por haberse dejado seducir por una liga menor. Sostres no se ha parado a pensar qué campeonato es más fácil de ganar: si la Bundesliga o la Liga. Le habría bastado con echar un vistazo a las rotundas estadísticas: en los últimos seis años, Borussia Dortmund por dos veces, Stuttgart y Wolfsburgo han conquistado el torneo; en España, la era Guardiola sólo fue sacudida por el Madrid de la temporada pasada. Es decir, que los paseos militares del Barça han sido más descarados que los del Bayern. La exigencia para su próximo entrenador no se limita a arramblar con más títulos nacionales, eso lo puede hacer el propio Heynckes, ni siquiera a conquistar Champions (Otmar Hitzfeld ganó una y perdió otra contra el United en un abrir y cerrar de ojos). No, el Bayern se ha modernizado y con él la Bundesliga, que poco a poco se está convirtiendo en una liga modélica en todos los sentidos: el del buen fútbol y la mercadotecnia. Guardiola viene a implantar un modelo que aplauda el público y, sobre todo, identifique consigo mismo. Se acabaron los tópicos de ese fútbol alemán intenso pero más simple que un cubo. Al Bayern le apetece ganar y gustarse.

Pep sólo tendrá que preocuparse por crear una marca propia con sus futbolistas, el dinero está más que garantizado. Los grandes patrocinadores Audi, Adidas, Telekom, Coca Cola y la aerolínea Lufthansa, por enumerar los más destacados, le han dado al Bayern una solvencia económica inigualable en el mundo. En junio de 2012 obtuvo casi cuatrocientos millones de ingresos, récord absoluto en su historia, y su prudencia en el gasto, típica de los alemanes, le confieren una balanza de pago envidiable. Respecto al patrimonio, el Allianz Arena es una joya arquitectónica en la que Guardiola se sentirá tan a gusto como en el Camp Nou, y la ciudad deportiva de Säbener, al sur de Munich, ha sido concebida como un centro de alto rendimiento donde podrá entrenar y convivir con su vestuario las siete u ocho horas laborables que acostumbran a trabajar los clubes alemanes, al estilo de los ingleses. Beckenbauer sólo espera que al término de la temporada 2015-16 Guardiola matice las primeras declaraciones que hizo Javi Martínez el pasado septiembre: “Estoy casi como en casa porque la gente es muy amable”. Las mismas pero sin el casi.

Los fantasmas de Lizarazu

Mircoles, 22 Agosto 2012

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Minutos previos a la vuelta de semifinales de la pasada Champions entre Real Madrid y Bayern. El técnico alemán Jupp Heynckes, meticuloso con las tácticas hasta la saciedad, necesitaba ultimar los detalles para acabar con el Madrid de Mourinho. Para ello, se reunió sobre el césped del Bernabeu con dos hombres de su confianza: Matthias Sammer, Balón de Oro y ex capitán de Alemania, y Bixente Lizarazu, ex jugador del equipo alemán y partícipe de los duelos antológicos entre blancos y bávaros de la pasada década, aquellos en los que Raúl se las tenía tiesas con Kahn y Effenberg. Heynckes les comentó cómo podían aguantar el 2-1 favorable de la ida y la contestación de Lizarazu fue “jugando al fútbol”. Así lo escuchó el míster y así se lo inculcó a sus jugadores.

Lizarazu siempre será recordado en el Bayern por su sacrificio, buen gusto de balón y los bemoles que ponía para las grandes ocasiones, por ejemplo, las del Madrid. Pero al Bayern no le salió nada barato el capricho de Giovanni Trapattoni en el verano del 97; el entonces entrenador del equipo alemán, de vuelta a Munich aquel año, necesitaba un lateral de largo recorrido, un rol casi inédito en aquella época, y aunque las credenciales de Lizarazu en el Athletic de Luis Fernández no habían resultado aconsejables (tan sólo 16 partidos de titular), al Bayern le urgía cubrir esa demarcación. Y si en 1995 el club bilbaíno hizo un master acelerado de negocios para retener a su estrella Julen Guerrero (obligó a Ramón Mendoza a pagar la cláusula de 1.000 millones, pero al final el jugador fue quien decidió jurar amor eterno a los ‘leones’), el presidente Jose María Arrate tuvo que remangarse la camisa para meter en cintura al Bayern de su homólogo Franz Beckenbauer.

El Athletic exigió al Bayern el pago íntegro de la cláusula de 600 millones de pesetas de Lizarazu más otros cien millones, justificando que el abono completo de la cláusula sólo obedecía entre clubes españoles. Por si acaso, el defensa había tomado la decisión de aceptar la suculenta oferta de los alemanes y tensó la cuerda ausentándose de los primeros entrenamientos de pretemporada. El enfado de Arrate alcanzó proporciones bíblicas…”Que Lizarazu pase por taquilla, que no intente darnos lecciones de ética y que no hable más de señoríos”. Al presidente vasco le olía todo a chamusquina: habían pagado 300 millones por Lizarazu al Girondins de Burdeos y ni mucho menos le soltarían por sólo el doble. El objetivo era negociar con el Bayern cerca de mil millones, una intención obviamente inaceptable para el club comprador.

El enredo llegó hasta la FIFA, que permitió al jugador entrenarse con su nuevo equipo, sin que ambos clubes hubieran llegado a un acuerdo. Fue entonces cuando Arrate disparó fuego a discreción…”Recuerdo que en un amistoso que jugó el Bayern en San Mamés, Benckenbauer, cuando todavía era jugador, se bajó los pantalones y enseñó el culo a la grada. Si no pagan los 1000 ‘kilos’ que pedimos, a lo mejor el precio sube a 1.500 millones”. Finalmente, la cifra se resolvió en 720; la cláusula más otros 120 en calidad de traspaso.

El Bayern tiene miedo de que el Athletic repita la ‘artimaña’ con Javi Martínez. Otro jugador histórico como Karl-Heinz Rummenigge, presidente del consejo de vigilancia que controla los fichajes y ventas del club bávaro, aceptó el montante económico la semana pasada, quizás sin percatarse que Josu Urrutia podría acogerse a la coartada de Arrate. Al menos, Javi sí se ha entrenado con sus compañeros y, de momento, no se ha declarado en rebeldía.

La hoja de ruta del Athletic es clara: torpedear el fichaje. Hasta hoy, Urrutia no le ha cogido el teléfono a Heynches (ambos tenían muy buen relación entrenador-jugador cuando el alemán dirigió al equipo). Si Javi Martínez quiere irse, él tendrá que depositar la cláusula más seis o siete millones que debería pagar ya que Hacienda los declararía como ingresos; la otra solución sería que el futbolista renunciase a parte de su sueldo por los cinco años que jugaría en el Bayern. El Athletic lo tiene tan claro como lo tuvo con Lizarazu.