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Archivo de la categoría ‘Butragueño’

Zidane, gestor de egos

Lunes, 30 Mayo 2016

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“Asegúrate que el Real Madrid esté bien metido en el ataúd con los clavos bien clavados. Y, después, húndelo en el fondo del mar rodeado de una cadena con varios candados, porque si no….”. No es poesía de Manuel Jabois o David Gistau, dos de las plumas más brillantes del cáustico panorama periodístico, sino de Emilio Butragueño, cuyo arte de soltar párrafos cuadriculados y de manual a veces es rompedor. Por supuesto, no lo dijo delante de ninguna cámara, era el sentimiento unánime en el aeropuerto de Milán de los madridistas de pura cepa, los que vivieron un tiempo en el que el Atleti tenía instinto depredador. Recuerdo que durante mi primer año de universidad, en pleno éxtasis merengue en Europa (‘Octava’ y ‘Novena’), el maestro Santi Segurola sugirió una frase inmortal: “Gane o pierda, el Madrid maneja como nadie los tempos de la Champions”. Y salvo la época ominosa de la crucifixión en octavos, Segurola no mintió. Es el torneo que redime cualquier pecado, y el Madrid suele cometer un buen puñado cada temporada; es las sala previa a la morgue o la salida del hospital. El Elíseo o el Apocalipsis, sin término medio.

El Madrid disfruta jugándosela sin red, asomado a un precipicio del que siempre sabe recomponerse. Y la abismal diferencia entre dos años en blanco y dos Champions en tres temporadas sólo sucede en el club más ajusticiado de la historia. La lectura más merengona de este lunes es que llevan las mismas Champions que el Barça en su ciclo más triunfal, el que empezó con el Dream Team de Cruyff. Las odiosas comparaciones son el único barómetro que tiene el fútbol para aplaudir o atizar a alguien. Por ejemplo, a Zinedine Zidane, al que su presidente rescató de un insípido empate en La Roda con el Castilla para sofocar el conato de rebeldía contra Rafa Benítez. Decían en Valdebebas que el francés no era buen estratega, que no tenía suficientes cicatrices de guerra para dirigir el Acorazado Potemkin de Mister Rafa; los buenos en La Fábrica se llamaban Luis Miguel Ramis y Santi Solari. Quizá sí delante de una pizarra, pero Fabio Capello, un sabio, descubrió la esencia del banquillo más parecido a la silla eléctrica: “Entrenar al Madrid es gestionar a sus estrellas. Es lo primero y casi único”. Y eso que el italiano domaba los egos aplicando tácticas siderúrgicas en las que un destello improvisado causaba una bronca de proporciones bíblicas. El caso más laxo siempre ha sido el de Vicente Del Bosque, quien olvidaba la mano dura y las peroratas al son de ‘A jugar como vosotros sabéis’. Zidane se ha movido por instinto, pero no olvida sus influencias de Turín. Es el único argumento que explica su acertadísima predilección por Casemiro y la arriesgada decisión de retrasar líneas el pasado sábado, cuando pudo reventar la final antes del descanso.

Zidane merece su continuidad porque la plantilla todavía le ve en un póster voleando la ‘Novena’ de Glasgow. Y porque a Cristiano le trata como un divo, a Bale le permite sentirse velocista de 100 metros, y Benzema es el alumno aventajado que Aristóteles vio siempre en Alejandro Magno. Ni una rajada en la sala de prensa, ni un incendio gratuito; Zizou no suelta carnaza a la prensa porque no le interesa ni tampoco sabe ejercer como el personaje más teatral de Mourinho. No obstante, le recomendaron esbozar media sonrisa y enterrar el gesto arisco con el que hacía roulettes en el césped y hablaba fuera del campo. Ahora es un tipo simpático que no se altera, ni siquiera cuando Piqué cabecea a la basura otra Liga para el Madrid. En enero reseteó el vestuario y preparó una pretemporada de invierno para desentumecer músculos, como las que acostumbran los equipos nórdicos y rusos en La Manga. Fue el físico lo que mantuvo con vida al Madrid en San Siro, ese último reprís que acobardó a Simeone en la prórroga. Bale se había exprimido como nunca; Modric acabó jadeando como un maratoniano en meta y Casemiro todavía buscaba más tralla, ¡qué proeza de la genética! Queda Zidane para rato porque no molesta en la planta noble, ni sufre ataques de entrenador. Pero, sobre todo, el entrenador sigue siendo el galáctico del presidente que escribió ‘Sí, quiero’ en una servilleta.

El ‘Buitre’ en Getafe

Domingo, 18 Enero 2015

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Butragueño coge el balón de espaldas y se inventa un caño antológico que deja al defensa Linares clavado. A continuación, saca de su chistera el regate de la ‘cuerda’ para esquivar a Generelo sobre la línea de fondo y en otro instante, también sobre la cal, regatea la salida del portero Jaro con otra ‘cuerda’ para marcar a puerta vacío. Aquel gol antológico del ‘7’ al  Cádiz levantó a un Bernabéu que sacó los pañuelos al grito de ‘¡Buitre, buitre, buitre! La nostalgia emocionó a Butragueño en Getafe viendo cómo Benzema casi calcaba uno de sus goles más legendarios. Así es Karim, un genio todavía incomprendido que, como el Doctor Jekyll, tiene dos caras: la que persuadió a Florentino Pérez para ficharle personalmente en su barriada de Lyon, y la de monsieur l’empané, ese ángel de brazos caídos (no en sentido literal como Butragueño) que se olvida del limbo con ciertos destellos. Él fue lo único potable en otro partido turbio del Madrid, porque el Getafe copió los deberes del Atlético colocando a todo su ejército en medio. Así que la única solución blanca fue abrir las bandas y mandar centros a la olla, casi todos defectuosos, por cierto.

Bale tiene un guante de seda del que Cristiano y Benzema disfrutarían más si jugase en su banda natural y no en la derecha, donde el galés tiene que colocarse en posición amorfa para colgar pelotas. Es una lástima que en el fútbol moderno de interiores ya no haya un Míchel de turno que se arrime a un lado y ponga balones en la cabeza de cualquier delantero centro. También lo añorará Butragueño. En cambio, a Benzema apenas le importa porque a él lo que le gusta es montarse la jugada y esperar que salga la magia. Ese talento siempre se lo agradecerá el portugués, quien le ha dicho al club por activa y por pasiva que no quiere otro socio que no sea el francés. Cristiano necesita los goles, no por su bestial estadística (28) sino para sacudirse las coñas pesadas de su grito simiesco en la Gala del Balón de Oro. El público quisquilloso se quejará de que al Getafe sí pero al Atleti no: lógico, viene en la letra pequeña del contrato de cualquier estrella. Pero CR7 quiere engullir todos los récords de Liga posibles para dejarla sentenciada cuanto antes. No vaya a ser que el Barça se acerque demasiado y la temporada de la supuesta mejor plantilla del mundo acaba en otro ‘galacticidio’, como el de Carlos Queiroz.

Pero juegue bien, mal o peor, la salsa de este Madrid se la sigue dando Isco. El ex futbolista Javier Casquero comentó en la retransmisión de Tiempo de Juego que el malagueño mejora al cuadrado o al cubo cuando arranca su ingenio desde la izquierda. Desde ahí se convirtió en el mejor jugador joven del mundo en el Málaga de Pellegrini. Escribiendo comparaciones odiosas (o no tanto), la finura de Laudrup eran los pases a vista cambiada y la de Isco son los mil y un amagos que genera en un metro cuadrado. A Morata, el delantero de la Juve, se le ocurrió la metáfora perfecta en la última concentración de la selección: “Isco tiene pegamento en la bota”. Ancelotti también lo piensa, la gracia es que actúe en consecuencia y no le sacrifique cuando regrese el añorado Modric.

El hombre que nunca traicionó su camiseta

Sbado, 12 Julio 2014

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A Florentino Pérez le entusiasmó que Fernando Hierro, Raúl y Mijatovic viajasen a la final de Lisboa como emblemas del Real Madrid. No sólo eran historia viva, tampoco simples motivadores de un vestuario que se jugaba el éxito o el fracaso en un solo partido. No, el presidente por fin entendió que a las grandes figuras había que cuidarlas y que en su mano estaba reparar el prestigio dañado en el pasado. De Florentino siempre se ha dicho que no tuvo ningún tacto para despedir a futbolistas convertidos en mito por el madridismo: con Hierro protagonizó la noche de los cuchillos largos instantes después de ganar la Liga del 2003 al Athletic en el Bernabéu. Al capitán todavía le escocía el trato de la directiva a su amigo y compañero Fernando Morientes, quien se mantuvo en la plantilla por petición expresa del propio Hierro y Raúl durante una conversación con Florentino en Mónaco en agosto de 2002. La maldita noche empezó con una bronca entre el malagueño y Jorge Valdano, entonces director deportivo, dentro del vestuario del coliseo merengue. El argentino les obligó a salir al césped a celebrar la Liga con la grada y Hierro poco menos que le mandó a esparragar. Horas después, las caras largas en el Mesón Txistu provocaron la chispa que hizo saltar todo por los aires: Hierro y Del Bosque despedidos, y Morientes cedido al Mónaco días después.

Tampoco Raúl tuvo la despedida de sus sueños. Dieciséis años de servicio blanco quedaron reducidos a una fría despedida durante una mañana de julio, y una rueda de prensa seca y sin apoyo institucional. Mourinho le pidió que se quedara para exprimirle sus dotes de liderazgo y eterna comunión con la afición, pero Raúl sabía que las heridas de guerra tardarían demasiado en cicatrizar. Guti, capaz de lo mejor y lo peor, tampoco se marchó en loor de multitud; casi siempre en el alambre, la prensa le había anunciado fuera del Madrid casi todos los años. Fue su talento lo que siempre le salvó. Claro que si con Raúl apenas se acicaló la sala de prensa, a Guti no se le iba a agasajar con la menor intención desde el club. En cambio, Zidane, uno de los hombres del presidente, sí tuvo su partido de homenaje: no fue ningún amistoso, ni siquiera un trofeo Santiago Bernabéu. El club aprovechó su anunciada despedida para rendirle tributo en el último partido liguero del 2006 en casa contra el Villarreal. El estadio se llenó y Zizou fue sustituido sobreexcitado por la fiesta. Por último, Manolo Sanchís, capitán de capitanes, declinó la oferta a un homenaje en 2001. Él fue el primer mito que se retiraba en tiempos de Florentino y fue Butragueño, ya directivo blanco, quien le llamó de parte del presidente para sugerirle una fiesta por todo lo alto. Sanchís, poco dado a fastos multitudinarios, no quiso su partido y el Madrid le brindó un pequeño gesto sobre el césped al término del último partido contra el Valladolid de la temporada 2000-2001.

Estos jugadores habrían merecido sendos amistosos, como sí los tuvieron Hugo Sánchez y ‘el Buitre’. Quizá por ello, Florentino con los años se ha dado cuenta que a los protagonistas de la historia centenaria del club hay que mimarles. Raúl recibió su homenaje el verano pasado, tarde pero muy cuidado. Incluso, el Rey Juan Carlos acudió al palco de honor a abrazar al ‘7’. Y Hierro no se vestirá de corto pero podrá disfrutar de una vuelta más emotiva: dirigir al equipo a las órdenes de Carlo Ancelotti. Experiencia en el banquillo apenas tiene, por eso viene como aprendiz. No obstante, sus pinitos después de colgar las botas han sido casi perfectos: como director deportivo de la Federación manejó extraordinariamente bien la transición entre Luis Aragonés y Del Bosque (fue Hierro quién eligió al actual seleccionador). Y en un Málaga arruinado convenció al jeque Al-Thani para que pusiera al frente del despacho deportivo a su amigo Antonio Fernández, quien construyó las bases del ‘EuroMálaga’ con Van Nistelrooy, Baptista, Isco, Joaquín, Toulalan, etc.

Hierro es puro madridismo porque nunca traicionó su camiseta. Su jerarquía en el vestuario pudo gustar (Raúl) o irritar (Iván Campo), pero siempre fue indiscutible. Cuando prensa y afición murmuraron que sus días de gloria tocaban a su fin, dejó su cuerpo en manos del mejor fisioterapeuta, Pedro Chueca, para que se lo devolviera con un motor diesel. Y funcionó. Su astucia le ha permitido cuidar su imagen pública, la de no delatarse como un hombre vengativo y rencoroso por el pasado. Jamás habló mal del Madrid, directamente lo ignoró. Sin embargo, no ha querido cortar de cuajo ese cordón umbilical: junto a Sanchís ha presidido en estos años la asociación de veteranos, con partidos por medio mundo y los Classic Match del Bernabéu. Ancelotti le ha pedido como sustituto de Zidane porque es un tipo que entiende los vestuarios donde se amontonan tantos egos. Y con el añadido extra de que Sergio Ramos, Pepe y, sobre todo, Varane, tendrán en unos días al profesor más laureado de su asignatura. “Con Hierro se puede hacer un máster acelerado de cualquiera cosa, pero los centrales se van a frotar las manos”. Palabra de Manolo Sanchís.

La noche que reventó el Bernabeu

Viernes, 26 Abril 2013

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“Vamos a vengarnos porque somos un equipo muy orgulloso”. El Real Madrid decidió que fuese Emilio Butragueño quien enardeciese al público la víspera de la inolvidable noche contra el Borussia Monchengladbach. Ramón Mendoza tenía claro que uno de los suyos debía levantar el ánimo de una afición todavía atónita por el severo correctivo que el Borussia de Jupp Heynckes les había infligido en Alemania. Y quién mejor para hacerlo que un chico que había mamado el Madrid desde alevines, entonces convertido en el santo y seña de la cantera de la antigua Ciudad Deportiva de La Castellana. El entrenador Luis Molowny, especialista en apagar fuegos y nombrado entrenador durante ese año 1985 por el despido de Amancio,  reconoció años después que planteó una táctica suicida que, por lógica, acabaría en goleada escandalosa, o bien para los merengues o a favor de los alemanes. Molowny apostó todas las posibilidades a una sola carta, lo que se llamó el dragón tricéfalo: Valdano, Santillana y Maceda. El argentino debía asumir el ‘trabajo sucio’, es decir, incordiar a la zaga del Borussia hasta la desesperación y, de este modo, permitir a Santillana rematar cualquier balón o melón que centrase Juanito. El espigado Maceda fue designado comandante en jefe para intentar la madre de todas las proezas inimaginables.

Aquella noche de diciembre del 85 el Bernabeu respondió al llamamiento del Buitre. La reventa de la calle Concha Espina había funcionado hasta unos minutos antes de la nueva de la noche, hora del partido. En los aledaños del estadio se percibía una locura colectiva, como si algo grandioso fuera a suceder dentro de la caldera madridista. Entonces, la grada baja no tenía asientos, lo que convertía al Bernabeu en una olla a presión; el llamado gallinero, también de pie, embutía a más de diez mil aficionados gritando sin cesar. El ambiente nada tenía que ver con el de estos días: hace tres décadas era imposible detectar a un solo ‘pipero’ a los que alude José Mourinho. Ahora son ‘tribuneros’ que contemplan los partidos como en una sala de cine; antes la sola presencia del jugador número doce acojonaba a cualquier rival. Precisamente, ése es el origen del miedo escénico que acuñó Jorge Valdano.

El caso es que el Madrid no tardó ni cinco minutos en contagiarse de su particular infierno turco. Un testarazo de Valdano fue el prólogo de la remontada; diez minutos más tarde otra vez el argentino grandilocuente. Todavía quedaban dos goles para remontar el vergonzoso 5-1 de la ida y la misión de ataque total implicaba demasiadas riesgos. En el minuto 17 y con 2-0, los blancos pudieron echar el freno de mano y sugerir un partido más calmado, pero lejos de atemperar el ímpetu, se echaron como hordas asesinas contra la portería de Sude. Con esta táctica el Borussia se garantiza un buen puñado de contraataques, uno de ellos tan claro como para que Heynckes aún lo siga recordando con rencor. Si aquella ocasión de Liesen hubiera entrado, el esfuerzo hercúleo del Madrid se habría reído de la épica. No obstante, ese equipo jugaba espídico, con la única obsesión de golpear el muro alemán hasta romperse los nudillos. Y fue a falta de quince minutos cuando Santillana cabeceó por todo el Bernabeu. Un solo gol les distanciaba de la gloria eterna. Poco habría importado que no hubiesen ganado aquella Copa de la UEFA; se estaban labrando una historia que no pasaría desapercibida en Europa.

Al final, tuvo que ser el propio Santillana quien aprovechase un barullo en el área para reventar el estadio entero en el 44 de la segunda parte. Un grito al unísono de rabia y furia se escuchó  hasta en el barrio de Pirámides, donde se ubica el Vicente Calderón. El Madrid había dejado claro que el Bernabeu era un templo de gozo para su gente y de penitencia para cualquier rival que lo pisase. Cuentan que Ramón Mendoza pidió en el palco una camisa nueva al descanso porque había empapado de sudor la que vestía en la primera parte. Y cuentan que al día siguiente también tuvo que mandar la americana a la tintorería toda mojada. Su cuerpo estaba rojizo como si hubiese salido de una sauna; la corbata la llevaba como unos adolescentes que amanecen después de nochevieja. Era el sufrimiento y, sobre todo, la excitación que le habían provocado sus jugadores.  “Valía la pena venir esta noche al Bernabeu. Esta victoria pasará a la historia”.

Doctor House al rescate

Domingo, 16 Septiembre 2012

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Emilio Butragueño temió la pregunta trampa de Mónica Marchante en el palco del Pizjuán: “¿Problema de actitud? Para nada, el equipo lo ha dado todo”. Minutos después, Mourinho hablaba de ‘cabezas’ y confesaba que habría cambiado a siete jugadores al descanso, no sólo a Di María y Özil. Y cuando un entrenador transmite sus preocupaciones como ‘entrenador’ y dice que su equipo “no está”, entonces la conclusión es que sí es un problema de actitud. Hasta su colega Míchel recibió el reconocimiento del portugués, cabreado y resignado por la falta de agresividad de su equipo; eso es alarmante porque, tal como recordó Mou, el talante fue diferente en la Supercopa. La buena noticia es que el míster ha diagnosticado rápidamente el problema; por ello, la distancia casi sideral con el Barça está allí, al fondo, y todavía no es demasiado peligrosa. Primero, Mou debe tratar el psicoanálisis a esas “cabezas que no están concentradas en el fútbol”; el resto vendrá rodado.

La inercia del Madrid siempre indica que hay diez o quince minutos de asedio constante, cuando no ratos largos. Y cuando juega mal y atolondrado como anoche, todavía es más letal. Por eso, la afición madridista nunca perdió la esperanza de que su gigante anestesiado despertara con un par de chispazos que nunca llegaron, y ese pequeño gran detalle es el primero que Mou tiene que tratar en el diván. El Madrid puede estar fatal, pero nunca perder la garantía de tío peligroso: Sergio Ramos la tuvo delante de sus narices, claro que el recado de Benzema venía en forma de misil tomahawk. ¿Y Cristiano? Pues sigue triste pero valiente. Como Luke Skywalker, él solito quiere devolver el equilibrio a la galaxia y no es suficiente, porque el Madrid vuelve a su versión oscura cuando CR7 desaparece. Máximo riesgo porque todo depende de él.

Pero el psicoanálisis pasa por detectar todos los miedos, y el de las jugadas a balón parado acojona bastante, la verdad. Pepe reconoció que “otra vez” habían encajado gol de estrategia. En este caso, Di María asumió la culpa porque en el momento decisivo dejó suelto a Trochowski. La cagada le acarreó la sustitución al descanso, porque Mourinho no quiso herir susceptibilidades y permitió al argentino vagar por el césped durante toda la primera parte. Y digo vagar porque Di María necesita que alguien le meta los mil voltios necesarios para que su fútbol vuelva a ser útil.

En definitiva, damos las gracias a Mourinho porque todos, prensa y afición, habíamos jugado a ser Doctor House (‘que si el problema era Özil’, ‘que si Khedira no es ni la mitad de top que con Alemania’, ‘ que si Benzema vuelve a ser monsieur empané’…), y sólo el portugués ha confesado cuál es el verdadero mal. Y como el fútbol de los mayores es tan vertiginoso, la primera sesión llega pasado mañana, con la visita de un médico que puede aplicar una dosis letal. El Manchester City ansía este partido como prueba irrefutable de que su inversión faraónica vale para algo. Al Madrid no le queda otra que ganar, pero hacerlo con ganas, como en las míticas noches europeas.

“El Sadar es una batalla para valientes”

Sbado, 31 Marzo 2012

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La Liga 91/92 encontró un desenlace muy diferente al que todo el fútbol español había augurado meses antes. El Madrid fue desperdiciando puntos durante la segunda vuelta, quedaban tres jornadas y el líder ya olía la presencia del Barça en su cogote con una exigua ventaja de dos puntos. Y eso que Juanjo Maqueda había salvado el derbi madrileño en la jornada anterior merced a un gol de rebote in extremis. Durante la semana, Leo Beenhakker, entonces técnico merengue, insistió que la visita a El Sadar era la llave que casi garantizaba el título. El partido se intuía complicado no sólo porque Pamplona fuera considerado territorio hostil ni por la provocadora presencia de Buyo, quien un año antes había recibido un petardazo que le tumbó en el césped; el 0-4 de la liga anterior en el Bernabeu todavía escocía y, por eso, el vestuario blanco había hecho piña aquella semana con una comida de hermanamiento. El Barcelona había cogido velocidad de crucero y jugaba en Zorilla, partido que el Madrid daba por hecho la goleada culé, tal como así fue…¡0-6!. Pero al perseguidor le tocaba turno de domingo, el Madrid era quien abría fuego el sábado.

Como era de esperar, el ambiente para el Madrid fue insoportable: botellas de plástico, bolas de papel, banderines incluso un taper con garbanzos…cualquier artimaña valía para amedrentar al líder. El Osasuna planteó un juego romo, atropellado y fiado al balón parado. Y aunque el fútbol de los rojillos era el previsto por Beenhakker, el Madrid se amilanó, quién sabe si por el empuje de la grada o porque verdaderamente se le habían esfumado las ideas. Buyo tuvo que sostener al equipo con varios intervenciones prodigiosas hasta que Larrainzar puso patas arriba el estadio en la segunda parte. Ni siquiera el gol espabiló a un equipo que deambulaba por el campo como si los insultos de la afición le hubieran acobardado. Quedaban cinco minutos y la sensación era que el Madrid tiraba a la basura ocho meses de una competición que había liderado desde el principio. El Sadar celebraba la victoria y algo más: su talento para achantar a todo un Real Madrid. Sin embargo, cuando los blancos sólo pensaban en enfilar el vestuario, coger un avión y olvidarse de Pamplona, el rumano Gica Hagi se sacó un disparo diabólico de treinta metros que el meta Roberto no supo blocar para regocijo de un Butragueño, quien volvió a sacar su instinto de buitre. El ‘7’ fue el único que interpretó la cagada de Roberto y aprovechó el rebote para igualar aquel suplicio: el botín no era del todo malo, pero dado que el Barça no iba a dejarse ningún punto, el Madrid debía ganar al Valencia en el Bernabeu y al Tenerife de Valdano que se desvivía por la permanencia.

El propio Butragueño había comentado tras la derrota de Oviedo, dos semanas antes de El Sadar, que estaban haciendo ‘demasiado el tonto’. El ‘buitre’ también habló en Pamplona, aunque sólo para decir que el campo del Osasuna era una “batalla para valientes”, y ellos “no lo habían sido del todo” (23/05/92). El plan de Beenhakker salió mal porque el técnico holandés había marcado en rojo esa visita: si ganaban allí, cualquier adversidad se quedaría diminuta en comparación a El Sadar. Veinte años después, el poso ‘bélico’ todavía pervive…el Madrid se vuelve a jugar una Liga.

“Sin comentarios”

Lunes, 26 Marzo 2012

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La NBA se atrevió a multar a Michael Jordan durante las series finales de 1997, cuando la entonces estrella de Chicago Bulls respondió a los periodistas con dos ‘sin comentarios’. Chicago acababa de ganar a Utah un quinto partido que arrastraba demasiado morbo: Jordan terminó el cuarto partido con fiebre y vómitos, y su presencia en la siguiente cita se antojaba complicada. Por eso, los Bull transformaron su hotel de concentración en un búnker y ningún periodista consiguió información alguna sobre el estado de salud del mejor jugador de todos los tiempos. Fal Justo después de ese quinto encuentro, Jordan fue preguntado a la salida del vestuario si todo había respondido a una farsa…”No comments”, respondió. La siguiente pregunta discurrió por el mismo asunto: “¿Ha sido milagroso que te hayas recuperado tan rápido para este partido?”. El segundo “no comments’’ atajó cualquier réplica de los reporteros. Pero los comisarios de la NBA entendieron que la fiebre de Jordan se había convertido en un asunto de estado; por eso, no dudaron en emplumarle con una sanción de diez mil dólares. Los aficionados querían respuestas y él debió haber sido convincente. Al final, la noticia que trascendió fue que a la organización no le tembló el pulso ni para sancionar a su gallina de los huevos de oro: cualquier medida en aras de preservar ese eslogan tan pegadizo de ‘NBA: I love this game’.

La UEFA también amenaza con una vara a cualquiera que ose manchar una competición cuasi-perfecta como la Liga de Campeones. Las sanciones del comité de disciplina contemplan cualquier negligencia: desde el césped hasta el micrófono (quién no recuerda el antológico ‘¿por qué?’ de Mourinho posterior a la ida de semifinales contra el Barça). Es lógico que el Madrid no quiera buscarse más lecciones ‘ejemplarizantes’ y, por tanto, Mourinho sí se siente esta tarde delante de los medios para hablar de la previa contra el Apoel de Nicosia. Y salvo orden expresa de la UEFA o del propio entrenador, habrá algún enviado especial que ignore el partido y dispare contra el silencio autoimpuesto en el club. Porque las declaraciones de Butragueño a Canal Plus el pasado sábado dejaron un reguero de incógnitas: 1) ”El Madrid no habla de los árbitros”…le faltó matizar que desde el partido de Villarreal; 2) “La decisión de no hablar la consideramos buena”. ¿Habría causado algún cataclismo que los capitanes hubiesen mandado un mensaje de ‘fuerza y honor’ al madridismo, como el de Rusell Crowe a sus leales tropas en Gladiator? Y 3) “Llevo 25 años en el fútbol y el del miércoles fue un partido extraño”. El aprendiz de Valdano intentó usar el arte de no decir nada con eufemismos para opinar que el árbitro Paradas Romero fue el protagonista. Así lo entendió la prensa.

Entonces, a tenor de las valoraciones de Butragueño y si el liante del empate de Villarreal fue el árbitro, ¿por qué ningún futbolista ni entrenador hablaron después? Al menos, Butragueño dejó claro que esta vez los medios no habían sido cómplices del delito. Quizás, en el trasfondo del nuevo enredo se adivine un vestuario al que le das mil patadas hablar en público por miedo a echar gasolina y no agua a las ya chamuscadas relaciones prensa-equipo. De todos modos, sondeando twitter y facebook, uno se da cuenta que hay aficionados a los que les importa poco escuchar a los protagonistas. Pero también los hay que les mola ver a Cristiano Ronaldo sobreexcitado y sudoroso delante de una cámara en el césped o a Casillas en una entrevista amable de esas que sacan mil y una carcajadas. Al menos, los periodistas seguirán intentando satisfacer a estos últimos.