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Dos entran, uno sale

Jueves, 4 Agosto 2016

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Dos entran, uno sale, como en la Cúpula del Trueno de Mad Max. Es la eterna pelea por el puesto más codiciado de un equipo. Y no es el goleador. Luis Enrique maneja una elección tan volátil como seguir alternando a dos de los mejores porteros del momento o hacer caso de la vieja escuela y apostar todo a la bola roja. Por merecimientos, Claudio Bravo dio media final a Chile en la Copa América con dos intervenciones sublimes y ha ganado las dos Ligas que ha disputado. Firme debajo de los palos, su mandato es parar con los guantes, primero, y dominar sus botas, después. Expeditivo, entrena el pase corta a su primer defensa y también el patapum p’arriba (guiñol de Javier Clemente dixit) en circunstancias inevitables. Bravo es capitán de un país campeón que no entendería una suplencia gratuita. Apenas canta, controla el mano a mano con infinitos tentáculos que empequeñecen la portería y repele cabezazos magistrales. Lucho no debería encontrar motivos para romper costumbres.

Al otro lado del ring, Ter Stegen, el sofisticado guardameta alemán que parece haber mamado la escuela cruyffista. Lleva guantes, pero podría pasar por centrocampista elegante. Sus reflejos no le suelen traicionar, pero sí esas jugadas poco ortodoxas que buscan sobreexcitar a la grada. Vino del Moenchengladbach porque el Barça necesitaba una garantía en la portería que no envejeciera. Él estaba preparado para el gran reto, pero le trajeron a Bravo y Luis Enrique optó por la decisión salomónica. El chileno jugaría todos los fines de semana para mantener su regularidad, y a Stegen le regalaba la competición de los mayores, en la que un fallo te manda a casa. Cometió uno grosero en París durante la primera fase de su primera Champions, y se resarció en aquella semifinal contra el Bayern de Guardiola, en la que fue pesadilla de Lewadowski. Los balones a quemarropa son su especialidad, los regates suicidas su debilidad y los balones aéreos un calvario que necesita demasiado entrenamiento. “El portero del futuro” fue el eslogan que le colgó Zubizarreta, entonces director deportivo, para olvidar rápidamente la sospechosa salida de Víctor Valdes. Llegó a Barcelona entre un aluvión de odiosas comparaciones: de Zubi a Valdés y de éste a Ter Stegen. Por el camino, porteros espantapájaros y guitarristas de club de la comedia. Zubi le trajo porque la fiabilidad alemana vende, y mucho. Salvo aquel Timo Hildebrand del Valencia que, en efecto, fue un timo en toda regla. Desde siempre, el Barça ha jugado en campo contrario, con la zaga en la medular y la necesidad de que cualquier portero bordease el precipicio de José Francisco Molina, el escurridizo arquero del Atlético de Madrid que salvaba media docena de ocasiones por jugar a cuarenta metros de su portería. Ése es el Ter Stegen que prefiere controlar un balón con el pecho a blocar con las manos.

Suplente de Alemania, la sombra de Neuer se puede alargar hasta la posteridad. Stegen necesita jugarlo todo porque está en fase de crecimiento, y así lo transmitió en las oficinas del club esta semana. Y como en estos casos, el fuego cruzado de versiones interesadas se dispara sin piedad, nadie sabe a ciencia cierta si amenazó con ultimátum o sólo pidió una explicación para imaginarse en su cabeza el panorama de esta temporada. Dicen (nunca se sabe quién) que Guardiola le espera en Manchester porque no se fía del cantarín Joe Hart. Esto último es información, lo primero simple palabrería. O no. Pero el Barça no vende a su “portero del futuro” porque si el alemán puede con la presión de Bravo, no habrá copia de las llaves de la portería. Sin embargo, el chileno viene más emocionado que nunca, habiendo vencido a Messi en dos finales consecutivas y con el desafío de jugar Europa. La Liga no es consuelo. El Real Madrid no rota porteros, ni el Bayern, ni el United, ni el Atlético, que también tiene a dos muy buenos. Dos entran, uno sale.

  

Porteros como antioxidantes

Mircoles, 1 Octubre 2014

“Siempre he creído que Claudio Bravo era el titular”. Palabra de un Hristo Stoichkov que siempre ha desconfiado de las rotaciones. La nueva moda de la portería traicionó al atlético Oblak, cuyo P.V.P de 16 millones le perseguirá en vida, y anoche dejó a Ter Stegen a la altura del betún. Las referencias del alemán eran casi exquisitas: dominio aéreo, aceptable juego de pies y, ante todo, la sobriedad del portero alemán. Sin embargo, sus credenciales se borraron de un plumazo por una salida a por uvas. Stoichkov se preguntaba en COPE por qué cambiar la portería; Diego López y Casillas tampoco lo entendieron la temporada pasada. Aquella decisión poco ortodoxa de Ancelotti ha sido copiada por Simeone y Luis Enrique, aunque dos noches aciagas de Champions han podido dar carpetazo al lío. Queda un Madrid mentiroso, en el que su entrenador aseguró en verano que Iker para Liga y Champions, y Keylor para la Copa. Éste ya se ha fogueado en el Bernabéu a la espera de que a un Segunda ‘B’ le toque el gordo por adelantado o que el capitán nunca más vuelva a recuperar el ‘santo’.

“El Barça se confundió fichando a dos porteros de nivel”. Obviamente, no lo dijo Zubizarreta, responsable de sus fichajes y que vivió una época dorada donde la Copa era el único premio del suplente. En su caso, su sustituto del Dream Team fue el extravagante Carles Busquets, más parecido a un David Barrufet de balonmano que a la sombra del peor Urruticoechea, si es que lo hubo. El testimonio es de Vitor Baia, paradójicamente estrella en su tiempo pero que acabó engullido por sus propios errores en el Camp Nou. Baia recuerda que lo jugó todo durante el año de Bobby Robson, apenas dejando minutos al propio Busquets: “En equipos grandes, el portero necesita partidos para hacerse al equipo. Pero si juegas dos veces y fallas, entonces no vales”. El legendario guardameta portugués tiene claro cómo funciona el negocio de las porterías de élite. Por eso, chirría que Simeone relevara a Moyá después de una exhibición colosal en el Bernabéu y, más desconcertante aún, que Claudio Bravo calentara banquillo sin haber encajado ni un solo gol. “Me hace gracia esta moda porque un portero puede jugar uno, dos o tres partidos por semana”. Conciso y claro, César Sánchez se delata también como cancerbero de otro tiempo. En el Valladolid fue héroe local hasta que el Real Madrid le llamó, pero se encontró la eclosión de un jovencísimo Casillas, que viajaba en cercanías a la antigua Ciudad Deportiva de La Castellana.

César saltó al césped del Bernabéu en el momento que Del Bosque decidió reemplazar a Casillas. Hasta entonces, la Copa le había dado media vida. Bueno, más bien al contrario porque el ‘Centenariazo’ del Depor y el ‘Galacticidio’ de Montjuic ante el Zaragoza se los comió él. Fabio Capello siempre ha sido un entrenador de ideas clásicas e innegociables: le gustan los porteros únicos, y si son altos y de buena envergadura, mejor. Llegó al Madrid por primera vez (1996) con dos  titulares en horas bajas, Buyo y Cañizares; tras unos entrenamientos y unos cuantos vídeos, exigió el fichaje de Bodo Illgner. Por supuesto, el alemán sólo alternó en amistosos. Una década después, Capello estuvo tentando de fichar a Buffon pero no se atrevió a tocar a un Casillas que sostenía medio Madrid.

La rotación de porteros choca con esa folclore que técnicos como Guardiola o Mourinho aún respetan. Pep exprimió al mejor Valdés en las competiciones que le importaban, y Pinto, motivador de vestuario y amigo de Messi, se ganó sus renovaciones tomándose muy en serio la Copa. El portugués siempre fue amante de un solo portero. “En las finales tienes que sacar a tu mejor portero”, respondió Mourinho cuando la prensa madrileña le preguntó si Adán tenía posibilidades de jugar la final de Copa de 2011, tal como iba a hacer Guardiola con Pinto. El puesto de portero, maldito y gratificante a la vez, necesita más rodaje que ninguno. No en vano, siempre es el primero que sale a calentar porque necesita tensar músculos en caso de un acto reflejo o un vuelo puntual de poste a poste. Antes creíamos que un cancerbero que jugaba veinte partidos la había cagado a media temporada, ahora se les intercambia como antioxidantes, o para satisfacer a la secretaria técnica o la grada. Las normas de siempre corrompidas, ¡qué pena!