
“Los equipos se nos cierran atrás y nosotros no tenemos la paciencia suficiente para encontrar huecos y oportunidades adecuadas”. Arbeloa, uno de los portavoces que siempre pone la mejilla, se inhibió de supuestas conspiraciones arbitrales y artimañas enemigas, para buscar explicaciones tácticas. “Tenemos mucha pegada y somos muy peligrosos al contraataque, por eso, nos cuesta abrir defensas tan cerradas”, matizó el lateral madridista en El Partido de las Doce. Puede que los seguidores, desencantados con el Madrid abúlico de El Sardinero, sólo quieran escuchar por qué su equipo ha pegado un bajonazo tan brusco; de la goleada de La Romareda a la última jornada sólo ha transcurrido un mes, pero la sensación que deja la actitud del vestuario es de incertidumbre total. Porque Mourinho propone planteamientos muy dudosos sobre el tapete (se empeña en Coentrao y sus malas actuaciones le han puesto en el ojo del huracán de la prensa); los jugadores se sinceran delante de los micrófonos bajo amenaza de pena capital (Sergio Ramos) y el búnker que ha construido el entrenador en el vestuario apenas aclara los motivos de la regresión. Por eso, la opinión pública agradece análisis como el de Arbeloa, lejos de las simulaciones con las que Mou justificó el último empate o el fútbol de barrio del Levante que tanto le exasperó tras la derrota en Valencia.
Orfeo Suárez escribió una metáfora en su crónica de Santander para El Mundo que sintetiza el apagón futbolístico…”el equipo juega como si arrastrara la bola de un preso. Sólo falta discernir si es el peso de la responsabilidad o el de las cadenas”. Extrañaría que fuese lo segundo, porque la pretemporada ha sido óptima y el físico de los futbolistas debería tener pilas suficientes hasta el último tercio de Liga, por lo menos; o sea que, en caso de que estén sufriendo la presión (o agonía) de ganar sí o sí este año, Mourinho tiene un problema que sólo puede arreglar el psicoanálisis. A tenor de lo sucedido contra Levante y Racing, la némesis blanca, aparte de seguir siendo el Barça, lo son también estos partidos en los que el juego arrítmico y las defensas espartanas cortocircuitan cualquier propuesta ofensiva. Arbeloa dijo que su fuerte es la pegada y más al contraataque; quizás lo dijera sin querer, pero faltaba el reconocimiento de una voz autorizada para constatar que a este Madrid le va el fútbol de toma y daca, vertical a la portería sin margen para la elaboración. La cuestión es si un grupo con tanto talento para dominar el balón debería acostumbrarse a ese estilo. Parece que los resultados mandan y punto.
Atrás quedaron los tiempos en los que la imagen importaba más, si cabe, que los goles: un ejemplo descarado fue el despido de Radomir Antic después de acabar la primera vuelta de la temporada 91/92. Entonces, el Madrid aventajaba al Barça en tres puntos (las victorias valían dos), pero después de una victoria por 2-1 ante el Tenerife en el Bernabeu, el presidente Ramón Mendoza confesó a Canal Plus que el Tenerife le había gustado más que su equipo. Aquella declaración fue concluyente para la salida del serbio y la vuelta de Leo Beenhakker, quien culminó la pifia liguera, precisamente, ante el equipo insular. Hoy, la urgencia de títulos ha cambiado el libro de estilo del club: el ciclo prodigioso del Barcelona obliga a Florentino a aferrarse a un entrenador que garantiza éxitos a costa de todo. Da igual si Mourinho se arroga un poder casi omnímodo, la consigna es levantar copas. Pero para ello, hay que sumar puntos, sobre todo, en campos donde un empate rival se convierte en festividad. Sucedió lo mismo el año pasado, cuando Almería, Osasuna y el mismo Levante, sacaron tajada; en pocos días al Madrid se le ha desactivado lo que mentaba Arbeloa, esa pegada tan letal y exclusiva que desequilibra partidos enredados.
Pero después de múltiples tertulias en los medios y escasas valoraciones de los protagonistas, los achaques tácticos siguen convergiendo en la sala de máquinas. Un mal partido de Xabi y el desacierto de Cristiano condicionan todo el proyecto. Se vio ante el Levante con el galimatías que generaron las suplencias del portugués y Özil, y en Santander, donde Mou se limitó a cambiar hombre por hombre. Aunque, claro, si el técnico suelta en público que los españoles que tiene no son compatibles, entonces la propuesta de enmienda para alinear a un creativo como Granero junto a Xabi ni siquiera será escuchada. Sí, la Liga sigue siendo cosa de esos dos…sólo que el Barça revirtió una situación extrema en Mestalla y a punto estuvo de ganar, mientras que al Madrid pronto le falla su pegada descomunal, ese superpoder que salva resultados y oculta el fútbol que ansía el Bernabeu.