…quizá ése sea el síndrome del Atleti
Martes, 22 Marzo 2011Rastreo rescoldos del derbi y me encuentro en la red con un curioso artículo anterior al partido y referido a aquel famoso spot televisivo Papa, ¿por qué somos del Atleti? Me cuesta intuir si el escrito es un panegírico subliminal o el autor, Enrique Redel en su blog El lento aprendiz, confiesa sin cinismo que le ha tocado ser colchonero porque la mala suerte le ha elegido. Quizá los que son del Atleti lo sean porque es un club especial, que se ha codeado con Madrid y Barça durante décadas y que se ha fiado de jugadores emocionantes a los que el fútbol ha tributado episodios fantásticos (léase Enrique Collar, Abelardo, Luis Aragonés, Luiz Pereira, Gárate, Futre, Schuster..). Por eso, extraña que haya aficionados que conviertan el maldito pupas en alarde de pasión. “No metamos el dedo en la llaga. Generaciones y generaciones de atléticos, tras la enésima derrota épica, tras el enésimo robo antológico en nuestro propio campo, tras la enésima burla del prepotente madridista…, nos hemos preguntado una y mil veces por qué narices somos del Atleti. Sin respuesta”. El trasfondo de tan exagerado pésame se detecta en cada derbi, en cada temporada lastrada; y ni siquiera los títulos del 2010 pudieron camuflar la esencia tan dolorosa con la que convive el club. Y como la Europa League (y la Supercopa ) hinchó el globo de la vanidad, el tortazo de estos meses escuece más.
Yo también me pregunté si veintiún derbis sin ganar son un capricho de la estadística o, de verdad, el Atlético sufre complejo de liliputiense. El consuelo, porque hay gente que siempre lo busca, es que el Madrid necesitó del mejor portero del mundo para ganar; otra coartada muy manejada señala que sólo Agüero puso en jaque a toda la escuadra ultra preparada de Mourinho. Es difícil atinar cuando la cuestión que subyace es de identidad. ¿Al Atlético le pesa su historia? Puede, porque la opinión pública, o sea nosotros, le vendemos aspiraciones ficticias cuando la afición, harta de lo que pasa y acojonado por lo que se pueda avecinar, pide una catarsis de tomo y lomo. Soy de la opinión de que el club necesita resetearse como una CPU, enganchar un nuevo disco duro y programarlo para objetivos más modestos…quizá sea la manera de que el Atlético no tire por la borda la reputación tan gloriosa que se ha labrado durante décadas.
Pero basta de viciar a la masa social con esa especie de derrotismo irreversible. Da la sensación que el Atlético es un club amigo en España, que cae bien allá donde juega porque gusta su eterno caos; capaz de estropicios tan mayúsculos como los añitos en el ‘infierno’ o heroicidades tan inesperadas como la victoria ante el mismo Inter que había hecho de Atila meses antes. Por eso, no me gusta que el bloguero, atlético confeso, espete que “la militancia atlética se lleva en ocasiones de modo clandestino, culpable, y eso no es justo”. Y no tiene que serlo porque la pasión atlética no se esconde; es más, su idiosincrasia se la dan unos seguidores que presumen de colores en momentos ominosos y célebres. No sé, debe molar ser del Atlético porque tiene de especial que le sucede lo que a ningún otro equipo. Y algún osado sigue susurrando que es el tercer equipo de España:por folclore, seguro; por títulos, obvio…pero al fin y al cabo supongo no deja de ser un consuelo necio. Quizá el Atlético, en una cita del novelista británico Arnold Bennett, se haya acomodado en el pesimismo, que cuando te acostumbras a él, es tan agradable como el optimismo…quizá ése sea el síndrome del Atleti.

