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Batman y Robin

Domingo, 15 Noviembre 2015

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“Telepatía, en Anfield decían que teníamos telepatía”. El pasado viernes se cumplieron cincuenta años de su debut profesional con el Cardiff y el viejo John Benjamin Toshack todavía recuerda con nostalgia los maravillosos años del passing game. El inolvidable Bill Shankly, autor de la majestuosa frase “algunos creen que el fútbol sólo es una cuestión de vida o muerte, pero es mucho más importante que eso”, traicionó la ortodoxia británica y mecanizó a un Liverpool en el que la pelota era el leit motiv: fútbol de toque y balones inteligentes. Unos pelotazos que tenían una razón de ser: Batman y Robin. Toshack los amortiguaba con el pecho y Keegan los engatillaba a la red. Auténtica simbiosis en la que uno moría sin el otro: cuando el galés pescaba un balón, su mente solo pensaba en enviárselo a Keegan para la ejecución. La historia a la inversa también fascinaba a la mítica grada The Kop: los centros de seda que ponía el inglés los remataba Toshack por tierra, mar y aire, sobre todo a cabezazo limpio.

La anécdota de esa telepatía a la que siempre alude el ex entrenador del Real Madrid la inmortalizó la cadena británica Granada Television. En 1975, en plena efervescencia del Liverpool de Bob Paisley, tal era la popularidad que habían alcanzado sus delanteros, que unos universitarios sí creyeron las insinuaciones de The Kop; es decir, que el entendimiento de Toshack y Keegan era científicamente telepático. Los estudiantes organizaron un concurso televisado en el que demostrarían el fenómeno científico entre Batman y Robin. Consistía en que cada uno tenía que acertar sin mirar una serie de cartas de colores y figuras geométricas que sacaría el otro. Para ello, les sentaron de espaldas y si acertaban ocho resultados de veinticuatro, entonces la ciencia les daría la razón. Comenzó respondiendo Keegan: sacaba una carta roja Toshack y su colega decía que era verde; el círculo rojo era intuido como una estrella amarilla; el triángulo azul un círculo negro… y así hasta el final. ¡Kevin había acertado una sola vez!

El siguiente turno era para el galés: de repente, la carta amarilla era amarilla, el triángulo azul era un triángulo azul y el verde, pues verde. Keegan se estaba poniendo nervioso porque no encontraba explicación alguna; Toshack logró responder ni más ni menos que…¡veinte! La deducción lógica indicaba que era Batman, y sólo Batman, quien entendía a su socio por telepatía. Pero, pasados treinta minutos, Keegan pudo suspirar aliviado: Toshack reconoció que no había acertado porque fuese un hacha leyendo mentes ajenas, sino que observado con nitidez las cartas de Keegan por el reflejo de los cristales de las cámaras de televisión… Quedaba claro que ningún fenómeno paranormal influía en su sincretismo. A la prensa inglesa le gustaba este tipo de historietas, y Batman y Robin se habían convertido en protagonistas demasiado prolíficos para rellenar tabloides y contar batallas en tertulias radiofónicas. Una vez, sin petición de prensa por medio, a Toshack se le ocurrió componer un poema en honor a Keegan. Meditó mucho si añadir algún detalle de los orígenes futboleros de su amigo, como, por ejemplo, que adquirió el don del regate sorteando ataúdes en la funeraria situada detrás de su casa en Doncaster.

La Copa de Europa de 1977 contra el Borussia Mönchengladbach supuso el epílogo soñado entre Toshack y Keegan. La ciudad de Roma se puso patas arriba con tanto jolgorio inglés (ni qué decir con la posterior celebración cervecera de la afición red). Atrás había quedado un palmarés irrepetible y un buen puñado de tardes en Anfield sobreexcitadas con casi doscientos goles. Keegan había anunciado meses antes su intención de abandonar el Liverpool para disfrutar de otra “verdadera experiencia” en el extranjero. El Hamburgo fue su caprichoso destino porque en la primera temporada se enfrentó de sopetón a sus ex compañeros en la Supercopa de Europa que medía al Liverpool contra el entonces campeón de la Recopa. La ida terminó en Alemania con empate a uno, la vuelta en Anfield con goleada local, pero aquello fue lo menos trascendente. Keegan no pudo contener las lágrimas porque un 6-0 no era el homenaje que había soñado en su emotivo reencuentro con The Kop. Entonces sucedió lo inesperado: su ex compañero y gran amigo, John Benjamin Toshack, suplente durante todo el partido, se metió en el vestuario del Hamburgo para consolar el lloro de su alter ego. Minutos después, el galés se acercó a las cámaras de televisión y, en medio de la fiesta de sus compañeros, espetó que por primera vez estaba “triste por una victoria”. Sí, habían conquistado la Supercopa, pero Toshack sabía que si la leyenda del Liverpool le reservaba un hueco solo era gracias a su íntimo y queridísimo Robin.