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La promesa de Calderón debió ser Van der Vaart

Viernes, 16 Abril 2010

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Juanma Lillo es un tío que sabe mucho de fútbol, al estilo Guardiola. Le preguntaron cuál era la diferencia entre Madrid y Barça, y el míster del Almería espetó que “los blancos juegan a golear, mientras que el Barça golea mientras juega”. Sensacional contraste entre el líder absoluto y el aspirante que se está haciendo el remolón antes de tirar la toalla. Al plantel madridista no le queda otro entretenimiento que ganar todos sus partidos; al menos, Pellegrini, amante de las estadísticas, podría alardear de cerrar la Liga con noventa y ocho puntos de récord. Y entonces, como bien atinó Sergio Ramos, le darían la enhorabuena al Barça por sus ciento uno.  Aún así, es un pobre consuelo en otro año patético para un equipo llamado a voltear la hegemonía mundial del Barça.

En Almería no hubo defunción definitiva. Cristiano salió cabreado con el mundo (quizá por su último encontronazo con el sensacionalismo amarillo que intenta ensuciar su nombre) y desplegó su circo particular, de esos que tanto le gustan. Sinceramente, parecía un Madrid reseteado que había olvidado la soba del Barça en el Bernabeu; jugó con ganas, se trabajó las ocasiones y se propuso atar en corto a Crusat, Piatti y Uche, los tres galgos de Lillo. La defensa blanca les cercó con un buen dispositivo hasta que el diminuto Crusat lo reventó. Una sugerencia: para la próxima temporada el Madrid debería batir el mercado en busca de un correcaminos a lo Roberto Carlos, se evitarían dolores de cabeza si enfrente juegan velocistas.

Otra evidencia que debió concluir Pellegrini es que Guti fue, es y siempre será revulsivo, no titular indiscutible. Cada vez que sale de inicio lo hace al tran tran, como si acabara de levantarse de la siesta. Guti sirve para desenredar líos o volatilizar partidos que aún están abiertos. En esas tareas el ‘14’ es el crack número uno. Y por eso, el club lamentará que su chico consentido se vaya de aventuras a Tailandia, porque será muy complicado encontrarle copia.

Y por último apareció Van der Vaart, el ‘gran’ y único fichaje de Ramón Calderón de hace dos veranos. Suena a cachondeo pero el holandés ha pospuesto la necrológica del equipo con goles decisivos. Él culminó la remontada contra el Sevilla y ayer mató el partido cuando el osado de Lillo se había arriesgado a un pim, pam, pum. El ex presidente estará contento: ni Robben ni Kaká (y Cesc porque nunca vino), el que funciona es ‘su’ Van der Vaart.