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La jugarreta

Martes, 1 Septiembre 2015

 

David De Gea estuvo a punto de descorchar el champán con sus asesores de imagen. Sin rajadas mediáticas, sin rebeldías en el vestuario, sin pelear cuerpo a cuerpo con Van Gaal. El reloj parecía su aliado, el silencio su arma. Negó al United una renovación insistente porque el Real Madrid había elegido su futuro en la portería. El sensacionalismo británico, ansioso de publicar tabloides con titulares morbosos y fotografías descaradas, no ha encontrado ni un gesto torcido, ni un amago de mueca repulsiva desde la grada de Old Trafford, donde impecablemente trajeado ha contemplado los últimos partidos. “Es un tipo calmado, muy calmado”, justificó su compañero Juan Mata en COPE para responder al marrón De Gea. Una declaración de intenciones delante de una cámara o firmada en una servilleta (ambas le valen a Florentino Pérez) habría agilizado el culebrón porque entonces el club blanco no habría esperado a la tasación precipitada. El United puso precio a su portero a mediodía de ayer, sin tiempo para revisar y ejecutar la infinita letra pequeña de este tipo de contratos. Sin embargo, la jugarreta de los ingleses ya estaba perpetrada.

El entorno de De Gea piensa que la cabezonería de ‘Cara ladrillo’ Van Gaal jamás habría trascendido en un United con David Gill y Martin Ferguson, hermano de Alex y un auténtico tiburón en los despachos. El fichaje siempre fue a contrarreloj y eso inquietó a este atlético confeso, a pesar de que Jorge Mendes le ha intentado tranquilizar durante toda la gestación. Un año más en Manchester suena funesto, encarcelado en club que repudió y con el sueño de la Eurocopa despedazado. Un reputado periodista inglés que conoce a fondo los trapos sucios palaciegos de Old Trafford insinuó que Van Gaal le impondrá una renovación como cláusula a la titularidad. El resquemor del técnico holandés supera su manía personal y eterna obsesión con el Madrid: sabe de primera mano que el Manchester no tiene un recambio convincente. Neuer y Courtois son inaccesibles, y Van  Gaal teme (y va teniendo la certeza) que el argentino Romero sea un portero de cartón piedra.

El mejor red devil de la temporada pasada había sobrevivido al tsunami de la opinión pública; incluso, The Sun intentó provocarle con artículos que rememoraban sus inicios tortuosos, cuando le apodaron ‘Calamity De Gea’ por su tibio juego aéreo en una liga en la que un saque de banda es medio córner. Aquel David era un tímido adolescente obcecado en no defraudar a su padrino Sir Ferguson; calló y aprendió mientras mitos vivientes como Peter Schmeichel o Van der Sar sospechaban del ojo clínico del manager legendario.

Iker Casillas aún no tiene sustituto. Demasiado sudor y dinero para la cotización de cualquier portería. De Gea acabará siendo el portero más caro de la historia del fútbol; suena heavy, ¿verdad? Y ese P.V.P. será la coartada perfecta para la noche de la primera cantada. También Gareth Bale juega cada partido arrastrando una bola con grilletes que pesa 91 millones (o 100 según el Tottenham). Es el periodismo cainita que crece y se reproduce. De Gea lo entenderá tarde o temprano (el Madrid no hará de Judas) y su buena suerte es que tardará en oxidarse para esa minoría madridista que atiza leyendas. Florentino le ha elegido a dedo porque es el nuevo Buffon del mercado. De Old Trafford sale un hombre curtido con curriculum de las mejores universidades, pero el Bernabéu exige un máster mba difícil de aprobar. A vuelapluma, en los últimos 30 años sólo Paco Buyo, Bodo Illgner (llegó veterano) e Iker tienen el diploma; este último, cum laude. De Gea aún no es presente  porque la Liga no le tiene fichado, pero el caprichoso futuro está escrito. Y más entre sus guantes.

El “antimadridismo” de Van Gaal

Domingo, 28 Junio 2015

“El antimadridismo de Louis Van Gaal está torpedeando el fichaje de De Gea”. Es la reflexión de un cargo intermedio del Real Madrid y, dados los antecedentes, su opinión huele más a diagnóstico frío y calculador que a un arrebato emocional. El técnico holandés ha dejado un buen reguero de rajadas contra el club blanco, que no esconden una manía que nació en un Madrid-Ajax de 1995. Entonces, el Ajax de Van Gaal creó escuela por toda Europa y se presentó en el Bernabéu para darse uno de los mayores festines que ha presenciado la grada merengue. Acabó 0-2, pero pudo ser un 0-7 si Patrick Kluivert no hubiera fallado más que una escopeta de feria y el árbitro no hubiese anulado dos goles legales. “Los árbitros en este estadio ya se sabe cómo van a actuar”, comentó Van Gaal en la rueda de prensa posterior (22/11/95). Dos años después, el Barcelona ganó el clásico en el Bernabéu con aquel gol de las ‘butifarras’ de Giovanni, y Van Gaal volvió a quedarse a gusto: “Fernando Hierro tiene reglas diferentes al resto” (01/11/97), en referencia a una bronca entre el central y Rivaldo.  Meses después, el Barça goleó al Madrid en el Camp Nou y, preguntado por las claves de la victoria, el holandés lanzó otro tomahawk: “La diferencia es que nosotros tenemos a Rivaldo y Figo, y sin gastar tanto dinero como ellos” (07/03/98).

La traca final sucedió en el palco de honor del Bernabéu. Van Gaal presenció el ascenso a Segunda División del filial azulgrana y celebró los goles con demasiada efusividad. O al menos fue lo que pensó el ex presidente Lorenzo Sanz que le declaró personan non grata en el coliseo blanco advirtiéndole que se fuera a “berrear a su casa”. Alejado de los focos durante varios años, Van Gaal reactivó su guerra fría contra el Madrid la noche que el Bayern jugó la final de Champions 2010 contra el Inter de Mourinho en el estadio de los líos. “Ganar aquí tendría un gusto muy especial”, comentó el entonces entrenador del Bayern a un corrillo de periodistas en la semana previa. Lejos de querer adularlo, provocar al Madrid delante de las cámaras era una de sus obsesiones favoritas. El verano pasado no quiso protagonizar otro circo mediático con el affaire Di María; simplemente, pidió su fichaje exprés y se mordió la lengua cada vez que un periodista inglés le preguntaba por los 80 millones que costó su ‘capricho’. Pero Van Gaal sabía que tarde o temprano podría cobrarse su vendetta. Y David De Gea se la ha servido en bandeja de plata.

Van Gaal está molesto con De Gea por rechazar sus invitaciones públicas y, como al otro lado de la trinchera se encuentra el Real Madrid, ha decidido juguetear con la negociación. Le ha pedido a Richard Arnold, CEO del Manchester United, que no lo malvenda como una baratija, y al club más rico del mundo (certificado por la consultora Brand Finance) tampoco le molesta mantener a su portero una temporada más aunque deje de ingresar 25 o 30 millones. El técnico de los diablos rojos ha ordenado endurecer la negociación: 40 millones como punto de partido y no sacar la bandera blanca hasta que Florentino Pérez les comunique cuánto cuesta Sergio Ramos. Batir el mercado en busca de un sustituto del guardameta español no es problema para el United. Hasta el momento suena el holandés Jasper Cillesen, con la incógnita de qué versión enseñará Víctor Valdés; pero, al fin y al cabo, De Gea no deja de ser otro actor más en la fijación maniática de Van Gaal. Quizás sea verdad que su antimadridismo le delata.

“Por dinero no va a ser”

Martes, 23 Junio 2015

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La consultora Brand Finance  publicó la semana pasada el ranking de los clubes más ricos del mundo. El Manchester United sigue en cabeza y, además, se convierte en el único billonario del salón VIP (más de mil millones de dólares). Casualmente (o no), un directivo del Real Madrid comentó también la semana pasada que la vuelta de vacaciones del director general del United, Richard Arnold, “recalentaría el verano”. El mismo Richard Arnold que en un foro económico comentó que el fútbol “estaba dirigido por los representantes porque son ellos quienes mueven el dinero de este negocio”. Y cuando los ‘diablos rojos’ ya han preparado en su cámara del tío Gilito 300 millones líquidos para volatilizar el mercado, René Ramos les ha entreabierto la compuerta. Necesitaba Arnold que un Mino Raiola de la vida, en este caso el hermano del camero, filtrase el estancamiento de la renovación. Una medida anunciada con fuegos artificiales, porque si Raiola dirigiese la operación, Ramos acabaría en Old Trafford previo paso por algún equipo untado de petrodólares. No en vano, Raiola, agente de Paul Pogba e Ibrahimovic entre otros, suele comentar que si representase a Leo Messi, “le habría movido un puñado de veces”. Por aquello de la fiebre de las comisiones, suponemos.

En el affaire Ramos todos tienen razón. El futbolista lleva pidiendo meses el aumento que la ‘Décima’ le brindó y en la planta noble del Bernabéu siempre le han considerado el capitán, único y exclusivo por delante de Casillas. El Real Madrid aún no le ha ofertado un contrato nuevo, pero ni siquiera en el imaginario de Florentino Pérez aparecen esos diez millones que retumban en la mesa de negociación. Como dice el amigable abogado Denzel Washington en Philadelphia, “explíquemelo como si yo tuviera seis años”. Pues bien: Ramos cobra 6, quiere 10 y el club le pagará una cifra en tierra de nadie, 8 es la más diplomática. ¿Fin del asunto? Sí para el club, no tanto para el jugador, cuya ambición natural puede herir sensibilidades sociales. Y más tratándose de gente millonaria. Ramos necesita un estratega de comunicación, un Robert de Niro que cree la Cortina de humo que despiste al Bernabéu. Porque el fútbol es muy perro y a la mínima que el camero falle, se esparcirá por la grada la sospecha de pesetero. Quienes le conocen, saben que no es verdad, pero el fútbol no es justo. Que se lo digan al portero.

Viene el Manchester como un carretón a por Sergio Ramos y, como dijo el ex presidente del Real Madrid, Fernando Martín ‘Martinsa’, “por dinero no va a ser”. En la ecuación un nombre que tarde o temprano se ejecutará pero que se está volviendo puñetero: David De Gea. Piensa  Richard Arnold que si el Madrid busca a su portero, ellos tocarán al central. La lógica cartesiana se traduce en que De Gea acabará enfundándose los guantes en su nuevo club, mientras que Ramos, su hermano y Florentino pactarán una Entente Cordiale. Pero como “los agentes mueven el dinero de este negocio”, si el madridista alza la vista, verá unas cuantas novias al acecho, cualquiera de ellas macro operación. Lo hizo Di María, que llamó al despacho de Florentino pidiendo su barbaridad, y acabó en la Premier. Y aunque Ramos es madridista de corazón y cabeceó la Champions de Lisboa; también Pedja Mijatovic marcó el gol más importante de la historia contemporánea del Madrid en Amsterdam y apenas duró una temporada más.

 

 

A Van Gaal le falta libreta

Lunes, 18 Agosto 2014

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Otoño de 1996. El Fútbol Club Barcelona firma un precontrato con Louis Van Gaal para que sea su próximo entrenador que marque época. Cruyff fue despedido ese año y el presidente José Luis Núñez y su brazo ejecutor Joan Gaspart encargaron a sir Bobby Robson una transición sin jaleos. Fue el gran año de Ronaldo, aún lejos de ser recordado como el ‘gordito’, y Van Gaal habló personalmente con Gaspart para exigirle que el delantero brasileño sería la piedra angular de su proyecto. Necesitaba un equipo con el jovencísimo crack para que el Camp Nou entendiese que había vida más allá del ‘cruyffismo’. Sin embargo y dado el éxito sobrecogedor de la manada de búfalos (así describió Jorge Valdano a Ronaldo), los agentes del brasileño llamaron a la puerta del despacho de Núñez para pedir una renovación: había un club italiano que no tenía reparos en poner en un nuevo contrato tantos ceros como se le antojaran al futbolista. Gaspart fue cediendo a las pretensiones de Alexandre Martins, el poli malo de las negociaciones de Ronaldo, pero la jugada había sido pergeñada con premeditación: Ronaldo sí o sí jugaría en el Inter de Milan. Como un producto de marca, se trataba de exportarle a la entonces mejor liga de mundo.

Van Gaal miró con perspectiva el tira y afloja entre Ronaldo y la directiva, y calló hasta que la rescisión se hizo oficial. Quería esperar el momento decisivo para explicar al club que sin un crack el Barça seguiría vagando en esa transición posterior a su compatriota y a la vez archienemigo. Núñez y Gaspart tuvieron que aflojarse la corbata de la presión asfixiante del entorno de Ronaldo y, con el fin de evitar otra discusión eterna, atendieron a la primera queja del flamante entrenador holandés: en una maniobra relámpago depositaron los 4000 millones de pesetas de la cláusula de Rivaldo. El Depor se quedaba compuesto y sin novia, y, ahora sí, Van Gaal podía trabajar a gusto con su libreta.

Ed Woodward es el vicepresidente ejecutivo del Manchester United y quien atiende las peticiones de su nuevo técnico. Los reporteros del United cuentan que es un teléfono pegado a un hombre y “que se vaya preparando después de la derrota ante el Swansea”. El relevo de Sir Alex Ferguson se encareció con el despido de David Moyes y, como medida de choque, el segundo sucesor tampoco quiere ser devorado por el mito. Su United asombró contra el Real Madrid en la gira estadounidense pero se ha estampado en el debut en Old Trafford. Las imágenes de televisión del pasado sábado fueron demasiado elocuentes: Van Gaal no hacía más que escribir con saña en su libreta secreta, como si estuviera pintarrajeando el batacazo contra el Swansea. Un garabato por aquí, otro por allá; si hubiera un periodista que publicase las páginas de la libreta del sábado, sería digno del Pulitzer. Sin embargo, no hizo falta intuir cómo dibuja sus perturbaciones sobre el papel: “Sí, podríamos hacer más fichajes”, anunció tajantemente en rueda de prensa.

Al Manchester le urge ese Rivaldo que no pueden asumir ni Rooney, al que hay que motivar a cucharaditas, ni Van Persie, que todavía busca el partido de su vida. No obstante, Van Gaal tampoco pide un Eric Cantona que ponga a cien al vestuario, su lista de peticiones no es tan exagerada: Ángel Di María por delante de cualquiera, un central con empaque como el alemán Hummels, el polivalente centrocampista Kevin Strootman y, por si cae, el capricho de Edinson Cavani. Woodward le prometió cien millones para gastar, pero de momento el United se está construyendo en formato ahorro. Todavía no ha llegado ninguno de estos candidatos y puede que se les espere toda la temporada, pero Van Gaal sabe que los cambios de ciclo requieren cambios drásticos: “A Mister Robson le cambiaron el Barcelona en apenas unas semanas sabiendo que entrenaría un año”, suele contar Van Gaal a su gente de confianza. Lo lleva diciendo desde que pidió a Rivaldo en aquel verano de 1997. Él no es uno más, pero tampoco sueña con la inmortalidad de Ferguson: simplemente necesita un par de sus elegidos para que no traspapelar la libreta.

Ryan leyenda Giggs

Mircoles, 7 Mayo 2014

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‘’La derrota de hoy ha sido una lección de aprendizaje para esta temporada. Intentaremos ganarles el próximo año’’. Acababan de perder la final de la Champions y en medio de la amalgama de abatimiento, desconsuelo y cierta resignación, Ryan Joseph Willson Giggs espetó lo que a nadie se le pasaba por la cabeza en ese preciso momento. La fotografía era brutal : Rooney pululaba cabizbajo, el coreano Park casi se ahogaba en su propia llorera y Cristiano Ronaldo oteaba la grada quizá en busca de respuestas a la mala noche. El Barça había tumbado al estratega Ferguson con un jaque mate intachable y de ello se percató el gran capitán. Todavía ahí, plantado en el césped a la espera del galardón de subcampeón, Giggs se exigía un reto para un tío de mentalidad pétrea: replicar al campeón. El mensaje no sorprendió a un hombre, precisamente su tutor, el entrenador que le había dado rienda suelta para que escupiese su desparpajo por la banda izquierda dieciocho años antes.

Sir Alex Ferguson se enteró que el Manchester City tenía un extremo ‘rara avis’ de catorce añitos para el fútbol británico,  ya que Giggs presentaba un currículum cuyas credenciales de cabecera eran  rapidez y gusto por el balón.  Le llegó su oportunidad el día que cumplió diecisiete, allá por 1990, y en la siguiente temporada su físico atlético, derivado de entrenamientos extenuantes, le mantuvo de titular para toda una época. Había desbancado a Lee Sharpe, hasta entonces dueño del ala izquierda, pero al que unas cuantas lesiones y una meningitis le apartarían de tal demarcación para siempre. Inopinadamente, Ferguson había concedido a Old Trafford un regateador cumplidor que siempre dejaba sorpresas descritas en formas de quiebros, fintas, autopases y centros milimétricos. Giggs reunía las condiciones perfectas para hacer funambulismos en la línea de cal y ésa ha sido su virtud más reconocida hasta el día de ayer. Lástima que el entonces seleccionador sub’21 de Inglaterra, Lawrie Mcmenemy, no pudiera persuadirle para renunciar a su querido Gales. Todo lo contrario.

Fue Giggs quien no quiso jugar con Inglaterra. De pequeño vivió en Gales (de allí es su familia materna) hasta que su padre, un jugador de rugby de origen africano, fichó por un equipo de Manchester. Su vida en Inglaterra no fue fácil porque sus compañeros de colegio no aceptaron a un niño casi mulato y con acento galés. Además, la separación de sus padres hizo que Ryan se enfadara con su padre, hasta el punto que renunció a su apellido y tomó el de su madre. Eso le impulsó a jugar con la selección galesa, la de su madre.

Empezó una carrera meteórica cuajada en el inolvidable Manchester de la década de los noventa. Por supuesto fue decisivo en la primera etapa esplendorosa (1993-96) en la que le tocó lidiar en un vestuario muy temperamental con Cantona y Roy Keane de maestros de ceremonia. El propio galés reconoce que ese grupo triunfó por compromiso y que los desmanes del genio francés de solapas levantadas nunca le fueron reprochados, al menos de su parte. Fiel a su carácter prudente y a los exigentes desafíos deportivos, Giggs se centró en lo suyo : agrietar defensas y poner pases de gol a los arietes de turno que le brindó Ferguson. Una buena ristra de goleadores pueden jactarse de haber recogido sus geniales asistencias: desde su compatriota Mark Hugues, pasando por Andy Cole, Dwight Yorke,Teddy Sheringham o el oportunista Solskjaer, hasta Van Nistelrooy, Rooney o el mismo Cristiano Ronaldo. Pero su excelencia en el campo también caló en chavales de la cantera que deseaban emularle: es el caso de Beckham, quien siendo sólo dos años más joven, siempre ha venerado la virtud aristotélica de su ex compañero. Es una pena que el ‘Chicharito’ Hernández se subiese tarde al carro. La edad ha envejecido las cualidades que distinguieron a Giggs y, por eso, Ferguson en los últimos tiempos y David Moyes esta temporada,  le aprovecharon de centrocampista más reservado. Y al igual que le sucedió a Raúl en el Schalke, la astucia del galés ha sido su arma más preciada. Más de novecientos partidos y vivencias infinitas lo corroboran.

Ryan nunca ha traicionado el sentido del United, ni con caprichos de futbolista endiosado o irreverente, ni ambiciones allende el Reino Unido, que podrían ser entendibles. Desde que conoció a Ferguson, entendió  la solemnidad del fútbol inglés y se amoldó a ella. Ha ganado todo lo inimaginable y también ha perdido títulos, como la Champions de Roma contra el Barça. Y ya veis en qué quedó su reflexión: ningún lamento, todo susceptible de ser mejorado. Por eso, a nadie le ha sorprendido que haya dado guerra hasta los cuarenta años….¡si hasta aparecía en los primeros PC Fútbol!

Moribundo David Moyes

Mircoles, 26 Febrero 2014


“Se nos ha lavado el cerebro acerca de que la Premier es la mejor liga; tonterías, es la mejor marca”. No lo dice ningún periodista de masas, sino un futbolista legendario cuyo amor por la Premier y, sobre todo, el Manchester United es impagable. Roy Keane se retorció anoche en su butaca de comentarista de la televisión británica de pago ITV sintiendo pena por su eterno club. No en vano, la liga con mejor marketing del mundo está a punto de dejar a media Asia sin sus equipos favoritos: City, Arsenal y United han acabado moribundos a las primeras de cambio. Pero el cabreo de Keane alcanzó proporciones bíblicas cuando empezó a escupir comentarios que no dejaron títere con cabeza: “hay jugadores que no merecen jugar en el United” o “la entrevista post partido de Carrick ha sido tan plana como él”. Keane en estado puro, pegando delante de un micrófono más de lo que acostumbraba en el campo cuando sacaba a paseo su trilladora. No es para menos, la ilusión de este Olympiakos al más puro estilo Moneyball intuía un milagro griego en Atenas; claro que a costa de un Manchester desguazado, con estrellas oxidadas que “sólo esperan la paga de final de semana”, tal como aseveró el ex centrocampista irlandés.

Y por delante de todos, Wayne Rooney, el fornido y a veces formidable goleador que siempre parece peleado con el mundo. Quizá desde la semana pasada no tanto, porque en un alarde de ojo clínico (ironía) el United le ha renovado cinco años más a razón de 18 millones por temporada. Suena a reconocimiento vitalicio para el hijo que en 2010 quiso largarse de Old Trafford harto de sir Alex Ferguson por su nulo tratamiento de estrella. La comparación de Gary Lineker de anoche fue escandalosamente maravillosa: “Rooney es como Cuba Gooding Junior en Jerry Maguire: ama el deporte pero no tanto como el Show me the Money!”. Ni los reporteros ingleses más ingenuos imaginaban una victoria de los diablos rojos, pero tampoco habrían adivinado un bofetón tan vergonzoso. En medio de su calamitosa Premier, el bombo de la Champions no fue nada caprichoso con ellos: unos octavos contra el equipo de Míchel les daba margen para sobrevivir en la competición de los mayores y, así, conjurar la magia del Teatro de los Sueños hasta cuartos o, quizás, semifinales. Y aunque todavía falta la vuelta en Old Trafford, sin la clarividencia de Juan Mata el Manchester es un boxeador sonado de peso pesado que lanza directos al aire. Su técnica es mala y, de momento, su entrenador se esconde detrás de la esquina del cuadrilátero por miedo a asomar la cabeza.

Si anoche la ciudad de Atenas rendía pleitesía a un Míchel que ha sabido dar a sus seguidores lo que la coyuntura social les ha esquilmado, David Moyes no podrá evitar encontrarse en las puertas de Old Trafford con un muñeco de Alex Ferguson cubierto por una caja de plástico al estilo de un extintor y que reza ‘Romper en caso de emergencia’.  La idea fue de una casa de apuestas por internet y, a tenor del desastre permanente del equipo, no ha sido mala: después de la estatua de bronce del escocés, el muñeco de Fergie es la atracción más fotografiada por los aledaños del estadio. Fiel a la tradición británica, Moyes firmó un contrato largo para que le diese tiempo a macerar un proyecto grandioso, pero con el inconveniente que debía asumir la inevitable comparación con el mister de las 26 temporadas.

Otra figura carismática como Gary Neville se atrevió a profetizar el futuro a corto plazo después del último varapalo contra el Chelsea  (hat trick de Eto’o incluido): “Al City le doy más opciones que nadie para ganar esta Premier y creo que algún entrenador se irá en verano”. Neville no quiso desvelar el nombre de su candidato. Lo único cierto es que la frase que aparece en la reciente autobiografía de Ferguson sobre su sucesor pierde fuerza a pasos agigantados: Quiero ayudar a David Moyes, como Sir Matt Busby me ayudó a mí. Ha sido un comienzo difícil, pero saben algo, Manchester United es el único club en la Premier que puede remontar para quedar campeón”. Al escocés le aguantaron cuatro años antes de ganar nada, Moyes puede que no tenga ni un par de temporadas, ni siquiera con la ayuda del más famoso mascador de chicle de todos los tiempos.

El comienzo tenebroso de Ferguson

Sbado, 11 Mayo 2013

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El fútbol regala momentos de inflexión que cambian para siempre la vida de ciertos personajes: le sucedió a Iker Casillas salvando la Novena en Glasgow con varias paradas milagrosas; el brasileño Ronaldo regresó al estrellato gracias a una cantada de Kahn en la final del Mundial del 2002; Vicente Del Bosque fue elegido entrenador interino en el año 2000 y consiguió contra todo pronóstico la Champions de París contra el Valencia y Louis Van Gaal salvó su cabeza por un cabezazo de Xavi Hernández en Valladolid, valga la redundancia. El ya mítico Sir Alex Ferguson también estuvo a punto de ir directo al cadalso si su jugador Mark Robins no hubiese marcado el gol más decisivo de la historia contemporánea del Manchester United. Sucedió en el estadio City Ground de Nottingham, donde los diablos rojos afrontaban con piel de cordero la tercera ronda de la Copa inglesa del 90. El técnico escocés intuía el duelo como un ultimátum a su gestión fallida; directiva y afición se habían hartado de tres temporadas sin botín alguno y no iban a tolerar la solera de otro año más a ciegas. El ambiente no podía estar más inflamado; sobre todo, a raíz de una derrota contra el City en liga por 5-1 que motivó en Old Trafford la exhibición de una pancarta de proporciones considerables que rezaba: ‘Tres años de excusas y esto todavía es basura”.

El propio Ferguson describe sus principios al frente del United como su “etapa más oscura”. Aquella agónica victoria con el cabezazo de Robins eliminó al Nottingham y puso en órbita a un Manchester que rompería el maleficio de los títulos en Wembley, en la reedición de la final de desempate contra el Crystal Palace. Años más tarde, el legendario Gary Pallister, íntimo amigo del entrenador, desveló en público una conversación que mantuvo con su mister en la víspera de Nottingham y en la que le insinuó que una derrota más y “el periodo de Alex Ferguson habría sido uno de los más lamentables en los anales de la historia”. La sombra del idolatrado Matt Busby era demasiado alargada para Ferguson, a quien la prensa sensacionalista no paraba de recordarle las gestas del mejor entrenador de la historia del Manchester. El escocés fue tragando quina hasta que un día rompió su diplomacia con los periodistas: “Muchos en los medios creen mis errores han contribuido a este descalabro”, afirmó después de un empate contra el modestísimo Luton Town que relegó al Manchester a la segunda plaza del campeonato en favor del Leeds. A pesar de la Recopa de la campaña anterior contra el Barça de Cruyff y la Copa de la Liga del 92, los directivos del United exigieron a Ferguson una liga inglesa que no conseguían desde hacía ¡veinticinco años!

Paul Ince, uno de los jugadores franquicia del Manchester a principios de los noventa, comentó una vez a un corrillo de periodistas que la hegemonía liguera del Liverpool era “un hecho del que podían presumir en Anfield” y que, por qué no confesarlo, “daba envidia sana”. Sus palabras venían propiciadas por una pancarta que, precisamente, la grada The Kopp de Anfield desplegó en un Liverpool-United de enero de 1994 y que decía: ‘Au revoir Cantona y Manchester United, Volved cuando ganéis 18’. A partir de ese instante, el pensamiento de Ferguson sólo contemplaba una obsesión: “Mi gran reto no tiene nada que ver con lo que está pasando, mi reto más grande es bajar al Liverpool de su puta posición, Y puedes imprimir eso”, espetó en una entrevista. Su colega y paisano del Liverpool, Graeme Souness, soltó una carcajada cuando le contaron el reto de Ferguson; no hizo falta ni una sola réplica. En 2011, cuando Alex se coronó rey de las Islas con la Premier número 19 del club (13 particular), preguntó con socarronería si Souness no tenía nada que decir ahora.

Superar al Liverpool ha sido la gran liberación de Ferguson, pero no la única. Cuando un entrenador va adquiriendo demasiada relevancia pública, las comparaciones con los antecesores se hacen odiosas. Tal cual le sucedió con su admirado Matt Busby que falleció en 1994. Alex soñó que, al igual que Busby, él también podría ser reconocido Sir por la monarquía británica. Su aportación al mundo del fútbol era más evidente a medida que el Manchester extendía su dominio en Reino Unido. Pero faltaba la culminación definitiva, que sólo podía comprenderse ganando en el viejo continente. “No puedo creerlo, no me lo creo. Fútbol. Maldita sea”. Fueron las únicas palabras que pudo articular Ferguson sobre el césped, después de que el mundo hubiese observado en el Camp Nou los tres minutos más locos de la historia de la Champions. El entrenador del United escupió su enésimo chicle (dicen que ha mascado más de catorce mil) cuando Solskjaer batió a Kahn y conseguía la remontada más milagrosa jamás imaginada. Entonces supo que había llegado su hora, el momento de ser recibido en Buckingham Palace para alcanzar el carisma de Sir Matt Busby. La reina Isabel II le nombró caballero de la orden del Imperio Británico: ya era Sir Alex. Precisamente, fue en ese acto donde reveló la arenga que había soltado en el vestuario durante el descanso de la final, cuando el Bayern de Munich ganaba por 1-0: “Al final de este partido, la Copa de Europa estará solo a unos metros de vosotros pero no podréis ni tocarla si perdemos. Para muchos de vosotros ésta será la mejor oportunidad de vuestra carrera. No os atreváis a volver aquí sin haberlo dado todo”.

Haber sido nombrado Sir reportó a Ferguson un estatus diferente; se había convertido en uno de los grandes personajes públicos de la sociedad inglesa. Tanto fue así que cuando el primer ministro Tony Blair dudaba qué hacer con Gordon Brown, pidió consejo al entrenador del United, laborista acérrimo. “¿Qué harías tu si tu mejor futbolista, por muy brillante que sea, hiciera lo que le diese la gana sin escucharte?”, le preguntó Blair: “Apartarle del equipo”, respondió con contundencia el escocés. Poco le importaba trasladar su ingenio a asuntos políticos e, incluso, musicales. El archifamoso Liam Gallagher, del mítico grupo Oasis y fiel seguidor del Manchester City, resumió una victoria de su equipo en un derbi diciendo que a Ferguson “las luces le debieron cegar porque se debió pasar por el whisky”. Informado de estas declaraciones, Sir Alex contraatacó: “¿Y éste qué demonios pinta aquí?”. Otra vez, cuando Nicolas Anelka jugaba en el Arsenal,  fue preguntado si le gustaba la forma elegante de correr que tenía el delantero francés, parecida a la de un puma. La salida de Ferguson fue genial: “Yo recuerdo la primera vez que vi a Ryan Giggs, tenía trece años y flotaba por el campo como un cocker spaniel detrás de un papel de aluminio que lleva el viento”. Una vida de genialidades dentro y fuera del campo, que siempre agradecerá a la cabecita de Mark Robins.

El Apocalipsis tendrá que esperar

Mircoles, 6 Marzo 2013

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Sir Alex Ferguson mascaba chicle cada vez más enrabietado mientras su dedo apuntaba con total descaro al turco Cüneyt Çakir. Y de repente, el vjejo John Benjamin Toshack, colaborador de COPE Deportes, llama a la redacción y dice que el arbitraje no le sorprende porque él ya le sufrió durante su etapa en el Besiktas. “Este Çakir viene a ser el Ansuátegui Roca de Turquía”, dice con su habitual sorna el galés; “lo que es inaceptable es que un Manchester – Real Madrid en Old Trafford no sea arbitrado por alguien de las grandes ligas, un alemán o italiano”. Razón no le falta a Toshack ni empatía a Mourinho, quien entendió a la perfección el cabreo de proporciones bíblicas de su amigo Ferguson. Justo después del partido, la sala de prensa del United se abarrotó, más que por la siempre morbosa comparecencia pública de Mourinho, por la ristra de barbaridades que podía escupir el técnico escocés; el comité sancionador de la UEFA ya se estaba frotando las manos por el trabajo que le esperaba. Pero Fergie anduvo listo no saliendo a la palestra y el árbitro Çakir salió ileso, mal que le pese a los periodistas que esperaban una rajada similar a aquella antológica de “¿Por qué Ovrebo?, ¿por qué Busacca?, ¿por qué De Bleeckere?, ¿por qué Stark?”.

Es innegociable que la expulsión de Nani cambió el panorama del partido. El Madrid buscaba un resorte que le espabilase y lo encontró por accidente; a partir de ahí, le quedaba media hora de acoso y derribo, justo lo que no había hecho la primera hora de partido, ni siquiera con el gol en propia puerta de Sergio Ramos. Hasta entonces, Ferguson había convencido al mundo de que, verdaderamente, sí tenía un plan de choque contra los blancos: Cristiano apenas podía avanzar metros sin el incordio de tres pivotes rojos y sin su galope el resto del equipo se oxida. Entonces, al césar lo que es del césar: a Mourinho se le ocurrió conceder a Modric la oportunidad de su vida (ésa que tantas veces ha tenido Kaká) y callar a los bocazas que no dejan de incordiarle por su PVP. Sí, pocos futbolistas justifican cuarenta millones de euros, y casi ninguno lo hace de un plumazo. Sin mediar palabra y sólo con un latizago que reventó el palo de De Gea, Modric le hizo saber a su entrenador que en el Tottenham era el mejor por sus méritos de mediapunta, no de centrocampista, tal como le ordenó jugar Croacia en la pasada Eurocopa. Por fin, Davor Suker no será tomado por un loco, harto de repetir que su compatriota también había nacido para jugar en el Real Madrid.

Todavía faltaba el momento CR7. El sublime homenaje que le rindió Old Trafford en los prolegómenos del partido podía reblandecer su instinto asesino, así lo advirtió Mourinho. Pero si de algo le ha valido esta temporada es de aprovechar su inmenso ego al servicio del equipo. Y como el Madrid no puede alimentarse constantemente de sus tomahawks , también aparecen en escena figurantes como Modric. Sin embargo, la nueva y mejorada versión portuguesa aún conserva su ‘yo’ más íntimo e intransferible: debía acabar siendo el protagonista sí o sí. Y así lo entendió el público inglés cuando su ex ídolo finiquitó los octavos de final: en cualquier otro estadio el nivel de decibelios de los silbidos habría sido ensordecedor, pero en Inglaterra sí pueden fardar de lo que el Barça llama valors . El fútbol británico respeta a sus mitos, hayan o no cometido alta traición.

O sea que el Madrid ha actuado como el mejor funámbulo del Circo del Sol. Si hace un mes, la prensa le dibujaba un destino apocalíptico: desahuciado en Liga, retado en Copa por el Barça de las mejores estadísticas y con un supuesto fin de trayecto en el suntuoso Old Trafford; hoy resurge un equipo que ha recuperado su mística de la única forma posible: callando a gente de su talla. Hay directivos en el club satisfechos con que Mourinho desquicie al Barcelona, pero el presidente Florentino soñaba con desempolvar el traje de las noches legendarias. Y lo mejor es que los tintes épicos no han llegado por una reverencia a su fútbol, al revés, dejó mucho que desear, sino porque, al estilo de Brad Pitt en Malditos bastardos, el Madrid necesitaba cortar la cabellera de un general con galones, para infundir miedo, y el United desde luego lo ha propiciado. En definitiva, para los agoreros, el Apocalipsis tendrá que esperar.

El miedo de Ferguson

Martes, 12 Febrero 2013

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Fernando Redondo nunca olvidará el primer Real Madrid-Manchester United de la era moderna. Sucedió en el Bernabeu en la primavera del 2000, cuando un Madrid acribillado por el Bayern en la fase de grupos se medía al claro favorito de esos cuartos de final. Y tal como esta temporada, los merengues lo habían apostado todo a una carta y, para más inri, los malos resultados cosechados en Liga habían desalentado al madridismo. “Para este partido nos colgaron el papel de víctimas, casi nos desahuciaron y hemos demostrado que se equivocaron”, dijo Redondo después de aquel empate a cero. No en vano, el United era el vigente campeón de Europa y, por qué no reconocerlo, la opinión pública no daba ni un duro por el Madrid, quizá porque la última gran noche europea estaba guardada como una vieja reliquia en las videotecas. El contraste era tremebundo: se enfrentaba el equipo de moda en el continente, con un centro del campo majestuoso acompasado por Scholes y unas bandas perfectamente pertrechadas con las internadas diabólicas de Ryan Giggs por la izquierda y los centros calibrados al milímetros de Beckham, sin olvidar la pillería de la pareja goleadora Cole-Yorke. Por contra, los blancos contemplaban el ocaso de la generación de ‘la Séptima’ con un entrenador, Del Bosque, más interino que consolidado y la enorme frustración de haberse gastado 5.000 millones de pesetas en Anelka, indisciplinado hasta la médula que se había mofado del club entero. Los pronósticos eran palmarios.

“No es normal que nos piten porque el Manchester nos haya dominado cinco minutos. Por favor, que tomen nota de otra afición cuyo equipo está al borde del abismo y no para de animar un instante”. Las declaraciones de Iván Helguera gustaron poco a la directiva de Lorenzo Sanz por su clara alusión al Atlético de Madrid; pero el central santanderino lejos de echar más gasolina al fuego que se había propagado desde principio de temporada, tan sólo había pedido un mínimo margen de confianza. Precisamente, la que se había ganado el Madrid con su exhibición colosal ente Alex Ferguson y a la que sólo le faltó el gol. La prensa española intuía una eliminatoria fatídica y Redondo se encargó de aplacar la fatalidad: “Si lo hacemos en Old Trafford como aquí, es obvio que tenemos que pasar a semifinales”. Para el vestuario la suerte estaba echada: se creían mejores que los ingleses y sólo el milagro de Bosnich (el portero australiano que jugó aquella noche en el Bernabeu) evitó que el resultado no acabase en “4-1, 4-2 o 5-2”, como reconoció Del Bosque.

Tanto ha cambiado la historia que, entonces, Raúl, Redondo y compañía se lamentaron de haber dejado escapar vivo al Manchester. Incluso, Ferguson acabó con un cabreo monumental porque sus ‘diablos rojos’ habían fallado la misión de perforar la portería del novato Iker Casillas; sin duda, el entrenador escocés no se fiaba del Madrid visitante porque, jugara bien o mal, la premisa de que el Madrid siempre marca nunca fallaba. Y así fue, a tenor de los acontecimientos posteriores. Las sensaciones fueron parecidas a las de mañana, salvo que eclipsados por el efecto Mourinho de la actualidad, periodistas y aficionados no verían con malos ojos un empate a cero. Primero y fundamental, no encajar ni un solo gol, ése es el objetivo indiscutible del portugués; después, si el Madrid marca, bienvenido sea. Lo que es obvio es que el Madrid siempre va a marcar un gol en campo ajeno…lo supo Ferguson en aquella noche del 2000 y le aterra seguir pensándolo.

Rooney y Cristiano, unidos en el plan

Viernes, 14 Septiembre 2012

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Wayne Rooney esperó a que Cristiano Ronaldo abandonase el United para pergeñar su plan. Sir Alex Ferguson, entrenador y mentor a la vez, fío el liderazgo del equipo al delantero inglés. De repente, se había convertido en el ídolo de masas único y exclusivo, por delante del carismático Rio Ferdinand, quien en 2002 protagonizó el fichaje más caro de un defensa en el fútbol mundial (45 millones de euros). Asumir tales galones no sólo incluían la pleitesía de la prensa y la atracción del merchandising, sino también asumir críticas, habitualmente furibundas en el caso de la opinión pública británica. Y así lo fueron durante la primera temporada sin Cristiano, salvo que los mísiles de The Sun, Daily Mirror o The Guardian no apuntaron a Rooney, quien marcó 34 goles en todas las competiciones, sino a una plantilla en general que se había quedado coja tras la compra ‘cienmillonaria’ de Florentino Pérez.

La fiabilidad que había mantenido Rooney a base de goles le sirvió como coartada para pedir su consiguiente aumento salarial. Obviamente, el líder del club que siempre ocupa el primer puesto de las listas Forbes no podía figurar con ‘apenas’ 5,3 millones de euros al año; y más, cuando Cristiano ingresaba unos 10 kilos en el Real Madrid. En consecuencia, Rooney activó la maquinaria: la excusa oficial ante el director general del club, David Gill, fue que sus compañeros no tenían la competitividad que exigía la Liga de Campeones. Tal como desveló el propio Rooney cuando anunció la bomba de su marcha, la única razón para quedarse era “rodearse de primeras figuras mundiales”. Haber revelado que todo respondía a más dinero le habría enemistado con una afición muy pasional, cuyos ídolos se mueven por el color de la camiseta y no del dinero. En ese momento, Ferguson no podía permitirse otra fuga, no para un club que, cuesta decirlo, si no gana Premier o Champions, se le considera un fracaso. Por eso, la intención de Rooney pegó un giro de 180 grados en una semana: no sólo no quería irse, sino que el United “colmaba todas sus aspiraciones”…y sin haber fichado a ninguna estrella mundial. El nuevo contrato de 13,8 millones bien valía un buen puñado de críticas y decepciones. Su jugada maestra fue pasto de los tabloides ingleses: The Sun publicó que “la pataleta de Rooney indignaba a Inglaterra”, mientras que Daily Mirror  se preguntaba si había hecho tantos méritos para un súper contrato. Suerte que el United conquistó la Premier de esa temporada y jugó la final de Wembley contra el Barcelona para que la prensa olvidara la trama de Rooney.  

Cristiano Ronaldo también ha pergeñado un plan, el de la ‘tristeza’. Pero él ha arriesgado más: la semana pasada anunció en el facebook que su bajón no respondía a la codicia y que así quedaría demostrado con el tiempo. Que aún no haya desvelado el motivo responde a cierto tacto con sus seguidores, pues si hubiera utilizado las cámaras para pedir un aumento su popularidad se habría estrellado contra el parqué de la Bolsa. Sin embargo y aunque chirríe en la susceptibilidad de la gente, Cristiano tiene argumentos de peso para pedir una mejora tal como está construido el mundo del fútbol. No es lógico que su nómina y la de Kaká sean equivalentes, el primero lidera al Madrid y el segundo se esfuerza para que Mourinho no le eche; la estrella del club más mediático debe figurar en los primeros puestos de los mejores pagados del mundo, y apenas se cuela en el top ten; sus méritos en el campo, habiendo marcado ¡149 goles en 150 partidos!, deberían responder al segundo mejor sueldo, por detrás de Messi.

Paco González adelantó hace días que el Madrid no va a tocar el contrato de Cristiano durante esta temporada. Y mientras siga Kaká con su nómina de parado galáctica, CR7 deberá esperar, quizá sin tener que hacer esfuerzos tan titánicos sobre el césped. Porque el asunto de los mimos del presidente y el reconocimiento internacional está demasiado oxidado; de lo contrario, que mire en su vestuario, allí hay un portero que lo merece todo y no suelta declaraciones enigmáticas. Simplemente para balones.