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Aquella Intercontinental de Tokio

Martes, 20 Diciembre 2011

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“Lo que más me duele es pensar que posiblemente nunca más lleguemos a disputar otra Intercontinental”. Guardiola nunca ha ocultado que la derrota del 92 ante el Sao Paulo fue un bofetón para el mejor equipo de aquel momento. La visita a Tokio debía ser la rúbrica del proyecto más elegante jamás inventando en Barcelona; el fútbol de primer toque necesitaba popularidad y la final en tierras asiáticas brindaba a Cruyff la ocasión de reivindicar un estilo vanguardista. Enfrente, el Sao Paulo de Raí se presentaba con dos credenciales puramente brasileñas, virguerías e imponente físico, pero sobre todo con el hermano pequeño de Sócrates quien, por entonces, era el brasileño de moda. El propio Cruyff nunca lo utilizó como coartada, pero el cansancio acumulado por el jet lag y los escasos tres días de preparación atenazaron al Barça a medida que Raí fue soltándose. Y eso que los azulgranas se adelantaron con gol de Stoitchkov, quién sabe si más preocupado por llevarse el Balón de Oro por delante de Van Basten que por seguir rindiendo pleitesía al mandato más prolífico del presidente José Luis Núñez.

Lo peor de aquella derrota no fue haber sido inferior al Sao Paulo, a pesar de que Cruyff comentase que perdieron “no porque el rival fuese mejor sino porque por el Barça había estado irreconocible”. La digestión de la decepción se alargó 27 horas, tiempo que duró la odisea de aeropuertos de Tokio a Barcelona. Cuando la expedición aterrizó en El Prat el 14 de diciembre de 1992, Guardiola apareció extasiado, atontado por el viaje más molesto e inútil de su carrera…”sólo puedo decir que toca cambiar el chip y a otra cosa. Fue casi bonito cuanto duró”. Nunca se lo he escuchado públicamente pero quizás esta última expresión le vino a la cabeza justo hace dos años, cuando sobreexcitado por su primer Mundialito de clubes, rompió a llorar de alegría. Sin duda, aquella remontada ante Estudiantes de La Plata desbordó el estado de ánimo de Guardiola, no por el título en sí, sino por la dificultad de llegar a competirlo,  como reconoció en Abu Dabi en ese 2009 y ha repetido esta semana en Yokohama. Entonces, Guardiola culminó el mejor ciclo de un novato en el banquillo, aunque lo único que espetó entre tanto llanto fue un “no soy el rey del mundo, sólo una persona feliz y cansada”. Y precisamente por eso, “mientras haya felicidad, el entrenador continuará”, tal como lo ve Cruyff.

La soba al Santos no fue tan emotiva para Guardiola, al menos mientras las cámaras le escudriñaron durante la entrega del título y la posterior rueda de prensa. Ni siquiera para Raí, a quien el 4-0 no le ha sorprendido aunque lo haya calificado como una “provocación al fútbol brasileño”. Curiosamente, el Sao Paulo del 92 idolatró a Raí tanto como este Santos a Neymar; pero hace dos décadas la estrella paulista quedó flipado porque Cruyff no le puso ningún marcaje durante todo el partido y el pasado domingo su joven compatriota de la cabeza gacha y la cresta alta pidió a Guardiola, como un niño enrabietado, que le fichase para participar en la juerga futbolística. El título número 13 de 16 puede quedar en anécdota si la voracidad no se agota, pero durante aquel 13 de diciembre de 1992 Guardiola se marcó un reto…”hemos tenido mucho tiempo para pensar”, comentó resignado a la vuelta de Tokio. Y puede que con el tiempo le doliese no volver a ganar una Intercontinental en el césped; no obstante, el destino le ha premiado con ese reto agigantado hasta el infinito.