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El milagro del Hércules

Jueves, 30 Abril 2015

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“¿Y por qué no se repite lo del Hércules?”. Es el comentario entre el vacile y el milagro de un directivo del Real Madrid con memoria muy selectiva. Es el clavo ardiendo de Alfredo Relaño al que se agarran los blancos. La ecuación de EGB es para ingenuos: el Córdoba se juega su orgullo propio contra el Barça y de ello dependerá la motivación del Madrid en el Pizjuán. Tarea suicida para el club que preside Carlos González, socio abonado del Bernabéu que acompañó a Lorenzo Sanz en dos elecciones presidenciales. No es la sensación del vestuario merengue, sólo una reflexión a vuelapluma de un miembro de la planta noble de Chamartín que invita a recordar cómo un muerto tumbó al Barça en la llamada I Liga de las estrellas. Sucedió en junio de 1997. El campeonato se lo disputaban los dos grandes, unos con Fabio Capello en plan Sargento de Hierro de Clint Eastwood y los culés con el Ronaldo Nazario más estelar que haya recordado el fútbol. En la antepenúltima jornada, el Madrid goleó al Extremadura creyendo que el Barça sacaría el rodillo en el Martínez Valero ante un Hércules sentenciado. Las quinielas no se equivocaron al principio porque Luis Enrique preparaba la goleada con un disparo seco en los primeros minutos. Pero aquel partido no contó con Ronaldo y el Barça se dedicó a sestear con el marcador. Fue entonces cuando explotó el bombazo liguero: el Hércules volteó el resultado, dejando groguis a los azulgranas. De repente, habían dejado escapar la Liga contra un Segunda División que reivindicó su profesionalidad y quién sabe si una motivación extra.

Aquel Barça salvó un buen puñado de resultados con las galopadas titánicas de esa “manada de búfalos” (descripción inolvidable con la que Valdano deleitó a Ronaldo). Este Barça no tiene mastodontes pero ha logrado formar la tormenta perfecta. Por la derecha Leo Messi vuelve a ser el goleador imparable que preocupa a Guardiola; por el centro Luis Suárez se ha puesto el ‘9’ de Anfield y saca las pistolas en escorzo, cayéndose o lanzado misiles inteligentes. Y por la izquierda, Neymar dribla bosques de piernas hasta plantarse delante de la portería. Es el Barça más estético de los últimos años, desde que el entrenador rival de Champions dejara el club por hartazgo. La Liga tiene favorito y la Champions, también. El milagro de Hércules se cumplió una vez casi sin ánimo de reeditarse. No parece que este Barça sufra despistes repentinos. El infierno de Anoeta acabó esfumándose cuando Messi dijo basta, y hoy el barcelonismo vive en un edén donde hasta Xavi Hernández disfruta de su segunda juventud. Incluso, Dani Alves, tan lejos de Can Barça hace escasas semanas, ahora ha decidido quedarse porque no quiere perderse la fiesta. El Paris Saint Germain intenta persuadirle con petrodólares pero sólo el Barça le garantiza proyecto ganador. El milagro de Hércules es un cuento de hadas que ni Toñín ‘el torero’ se cree. Quizás porque el favor del Atleti suena más a Spielberg que la hombrada del Córdoba.

 

 

 

  

Romario, el martillo pilón de la FIFA

Martes, 10 Junio 2014

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“Romario ataca, Ronaldo responde y Bebeto calla”. No es la crónica de un partido de la canarinha, sino el grotesco panorama político que ha causado el inminente Mundial. Así lo describe Alexandre Martins, amigo de Romario y ex agente de Ronaldo. Las manifestaciones populares que claman estos días por los recortes sociales las advirtió ‘O Baixinho’ hace meses, antes de que el gobierno brasileño superase su límite de 11.000 millones de dólares para organizar el Mundial, y la FIFA anunciase a todo el mundo que Brasil estaba “muy bien” acicalado para celebrar el campeonato. Joseph Blatter, quizá intuyendo el martillo pilón de Romario, puso en el escaparate a Ronaldo y Bebeto como los personajes mediáticos del torneo. “O Ronaldo y Bebeto no saben lo que está pasando, o lo saben y están fingiendo que no lo saben. De cualquier forma, los dos son unos ignorantes”. Fue el primer directo que el político Romario (ahora de profesión) lanzó a la mandíbula de sus ex compañeros de selección. Tantas concentraciones compartidas, tantas sambas bailadas en vestuarios de medio mundo y lo que se presuponía una fiesta común de fútbol ha destrozado el buen rollo de estos magos del fútbol. Al menos, ellos lo fueron con las botas puestas.

Romario es el hombre del momento en su país. Se ha subido a la ola populista desde su escaño de diputado del Partido Socialista Brasileño, una división pequeña pero que se sensibiliza con toda la ciudadanía por un propósito plausible: apoyar los derechos de los 45 millones de brasileños que sufren alguna minusvalía. Romario tiene una hija con síndrome de down, de nueve años, que suele recibir a todos aquellos paisanos que se acercan a su despacho de congresista en Brasilia. Entiende que la causa de su hija Ivy merece un respaldo político y unas leyes que coloquen a su nación a la vanguardia de las ayudas a los discapacitados. Pero los tentáculos de la FIFA con obras faraónicas interminables en los estadios y la desesperación social por gente a la que no le llegan los reales para comprar leche y pan han terminado por irritar al ex delantero diminuto del Barça. Dice que Ronaldo ha incumplido una promesa de 32.000 entradas del Mundial para los más desfavorecidos y, claro, el ‘Fenómeno’ no tardó en responder hace pocos meses: “Es lamentable que Romario me responsabilice por cosas que no me competen”.

Dos ídolos del pueblo peleándose delante de las televisiones, mientras Bebeto, también metido en política, se queda al margen. El ex deportivista no quiere líos que le puedan perjudicar en su carrera como asambleísta del Partido Democrático Laborista. Ha acudido a todos los actos previos del Mundial, se ha recorrido las obras de las doce sedes y nunca ha dejado de esbozar su eterna sonrisa. “¿Romario? Lo que importa es que los brasileños disfruten del Mundial”. Palabras vacías de un Bebeto que va cogiendo el tranquillo de la oratoria política. Es obvio que a tenor de las sacudidas diarias entre manifestantes y la policía, el país se ha visto forzado a elegir entre sus mitos futbolísticos: se queda con Romario sin pensarlo. Porque Ronaldo y Bebeto, aún si tener designado un sueldo oficial, huelen a FIFA de pies a cabeza; ponen la cara del Mundial ante el mundo y tratan de esconderse de fronteras para adentro. Allí reina ‘O Baixinho’ con sus lanzamisiles preparados por tierra, mar y aire, esté quien esté delante. “Ya consiguieron lo que vinieron a buscar: dinero”. Palabra de Romario da Souza Faria, quién sabe si próximo alcalde de Río de Janeiro y, en un futuro no muy lejano, O presidente.

El hambre de un tigre enjaulado

Mircoles, 28 Mayo 2014

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Mundial de Alemania 2006. Brasil debuta con una victoria pírrica ante Croacia por un gol a cero y su seleccionador, Carlos Alberto Parreira, lanza la primera advertencia a su vestuario: “No vamos a ganar el Mundial con las cinco estrellas de la camiseta”. Parreira quiso suturar la herida antes de que el batallón de periodistas brasileños enviados al Olímpico Berlín provocara la primera hemorragia. La constelación de estrellas invitaba a presenciar un espectáculo propio del Circo del Sol; Ronaldinho, Ronaldo, Kaká (entonces pletórico), Roberto Carlos y Robinho intuían una versión mejorada del Brasil campeón del 2002 contra la robotizada Alemania que no podía defraudar a toda una nación. Sin embargo, el seleccionador de la canarinha no compartía el entusiasmo popular: algo chirriaba y no era precisamente la mala puntería. “Insisto, ésta no es la manera de competir fuerte”, fue la segunda advertencia de Parreira en la rueda de prensa posterior a la segunda victoria amarga del torneo, contra la cenicienta Australia. Tuvo que ser el suplente Fred quien matara el partido con un segundo gol agónico, porque los australianos metieron el miedo en el cuerpo de Brasil hasta en tres córners. “Japón ha sido el mejor contrincante, pero no basta para jugar la final”. La prensa brasileña se sorprendió por la tercera advertencia del entrenador: Ronaldo, por fin, había perforado la portería y ésa era la coartada que necesitaba la torcida para creer en su equipo.

La goleada a Ghana en octavos provocó un estado de éxtasis engañoso. Aquel Brasil se parecía mucho al Real Madrid, con galácticos a granel que goleaban casi con desgana, por inercia. Y a Parreira no le hizo ninguna gracia. Sobre todo, cuando supieron que Francia se les cruzaba en cuartos de final.  Ellos habían liquidado a España tirando de oficio, Ghana sólo era un caramelo sin más aspiraciones que haber pasado la primera ronda. “A los franceses sólo se les puede ganar jugando en bloque, con la mirada del tigre”, aseguró Parreira en plan motivador. Rápidamente, los telediarios brasileños abrieron sus previas con escenas de Rocky, la frase del seleccionador había dado demasiado juego para cuentos épicos. ¿Quién estaba en lo cierto: el pesimista Parreira o la ruidosa afición brasileña que festejaba todos los goles aún sin su habitual ritmo de samba? La Francia de Zidane disiparía las dudas. Y vaya si lo hizo.

El Mundial de Alemania se recordará por ‘la victoria de la nada” (frase con la que Santi Segurola tituló en El País la conquista de Italia) y la gran última actuación de ‘Cinexin’ Zidane. Un puñado de controles davincianos, regates imposibles y pases estratosféricos tumbaron a una calcomanía muy barata de Brasil. El gol de Henry originado por el pasotismo de Roberto Carlos retrata la autocomplacencia que apabulló a la canarinha. Salir sin sudar la camiseta fue el viejo tópico que temió Parreira desde el principio en un vestuario que, sencillamente, no tenía que demostrar nada al mundo. Sólo presumir, sólo fardar. “Estuvimos desconectados, como si jugáramos un amistoso”, reflexionó el que fuera entrenador de la campeona del 94.

Vicente Del Bosque seguramente no pensará en los miedos de Parreira, pero su primera advertencia recuerda a la de su colega brasileño. “Los ojos de los jugadores no son los mismos que cuando empezaron”, alertó el seleccionador español contra la relajación. Dos Eurocopas, Sudáfrica y, lo más trascendental en el tiempo, el legado de la belleza estética, pueden anestesiar el apetito de otra selección que aspira a un récord inimaginable incluso a dos semanas de empezar el Mundial. Las habladurías de barra de bar dicen que los del Madrid ya han cumplido su misión; los colchoneros llegan baldados y hechos trizas, y los barcelonistas pendientes de sentirse importantes en el nuevo proyecto de Luis Enrique. Falta jugar, claro, pero esta vez no existe la sensación del hambre del tigre enjaulado de antaño.

El primer partido del siglo

Martes, 18 Marzo 2014

El primer partido del siglo, patentado por la prensa española, fue el Real Madrid – Barcelona de diciembre de 1996. La opinión pública lo llamó así porque fue el año en que blancos y culés asaltaron la banca; ambos venían de una temporada de transición, aprovechada por el Atlético para gestar su ‘doblete’, y decidieron romper las leyes del mercado aprovechándose del famoso caso Bosman que eliminó el cupo de extranjeros. Hasta la fecha sólo podían contar con cuatro foráneos en plantilla y, mientras en el Barça el trío Stoitchkov-Koeman-Laudrup, con la aparición estelar de Romario,  se había oxidado en el ocaso del Dream Team, Ramón Mendoza apenas acertó en los noventa con los remates del Bam Bam Zamorano y la finura danesa del tránsfuga Laudrup. La ley Bosman permitió a los dos grandes colocar ojeadores por todo el continente y convencer a un buen puñado de futbolistas a base de talonario. Fue una época en la que sólo Madrid, Barça y los grandes equipos italianos podían comprar a quienes se les antojase.

En el Madrid, el presidente Lorenzo Sanz decidió levantar una plantilla ruinosa con varios golpes de efecto: el primero fue Pedja Mijatovic, estrella del Valencia y comprado por 1.200 millones de pesetas. Después, el líder del Sevilla, Davor Suker, por quien Sanz extendió un cheque de 600 ‘kilos’. Sin embargo, el nuevo entrenador Fabio Capello exigió reconstruir el esqueleto entero: Bodo Illgner vino sobre la campana por 300; Roberto Carlos apenas despuntó en el Inter pero el presidente Moratti sacó por él 600 millones, la misma cantidad que costó un jovencísimo Clarence Seedorf. Aquel año el Madrid ni siquiera jugó la Copa de la UEFA, pero las exigencias de Capello no acabaron ahí: decepcionado y harto del lateral portugués Secretario, de quien el italiano contó en círculos privado que no tenía nivel ni para jugar en el filial blanco, pidió el fichaje exprés de Panucci (otros 600) en Navidades. El del italiano y el de Ze Roberto, que tampoco salió barato.

José Luis Núñez decidió acabar con cualquier vestigio de Johan Cruyff. Sin el holandés en el banquillo, la llamada ‘Quinta del Mini’ fracasó en un intento de emular a la promoción dorada de las cuatro ligas y la Copa de Wembley. La Masía fabricó una proeza del fútbol llamada Iván De la Peña y con él ascendieron, quizá demasiado rápido, los hermanos Óscar y Roger, Celades y Toni Velamazán. La responsabilidad de los canteranos fue tan gigantesca que el proyecto se desplomó en un solo año. En consecuencia, Núñez y Gaspart ignoraron las tesis ‘cruyffistas’ y tiraron la casa por la ventana. El gran crack de aquella Liga fue Ronaldo, vendido por el PSV por la friolera de 2.500 millones, un P.V.P que se quedó bastante corto por los méritos del brasileño. Ronaldo se convirtió en una atracción mundial y el anzuelo perfecto para vender el Madrid-Barça del Bernabéu como la primera guerra de los mundos. Pero el brasileño tan sólo fue la punta de un iceberg que formaron Giovanni (1000 millomes), el de las butifarras; el portero Vitor Baia (850), Fernando Couto (400) y la recompra sorpresa de Stoitchkov al Parma por 400. El colmo del despilfarro fue el fichaje de Amunike, por quien el Sporting de Lisboa sacó una tajada de 500 millones redondos.

Aquel partido de siglo del Bernabéu tuvo la mayor cobertura de fuerzas de seguridad organizada hasta entonces. Las audiencias televisivas se dispararon hasta casi diez millones de espectadores entre los canales autonómicos y La 2 en provincias sin televisión propia. Y la realización televisa imitó a Canal Plus y puso cámaras hasta detrás de las porterías. El seguimiento a jugadores como Ronaldo y Raúl, con formato de pantalla dividida, fue casi un hito de la televisión. Comenzaba una nueva era futbolística en la que iba a ganar quien fichase mejor. No sólo fue partido del siglo, también el primer partido de las estrellas, el que todo el mundo quería jugar. Sin embargo, el reclamo publicitario fue tan genial que la prensa exprimió tanto el eslogan, que el gran público llegó a aborrecer los partidos del siglo. Desde entonces, cada temporada hubo un porrón de esos partidos del siglo, pero el genuino sucedió aquella noche de 1996.

El extraño caso de Gabi Milito

Viernes, 27 Diciembre 2013

Gabi Milito celebró anoche por todo lo alto su jubilación del fútbol en Avellaneda. Y como tantos otros argentinos campeones en su país, Independiente le vendió hace una década con el cartel de enésimo discípulo de Daniel Passarella, considerado por la FIFA como uno de los mejores defensas del fútbol sudamericano contemporáneo. En 2003, Jorge Valdano, entonces director general del Madrid, se fijó en él como sustituto del recién despedido Fernando Hierro. El acuerdo estuvo cerrado hasta que una mala decisión médica echó por tierra los sueños del que era considerado mejor central argentino del momento. Zaragoza, primero, y luego el Barça no encontraron ningún tornillo mal puesto en la rodilla del futbolista. El doctor merengue Alfonso del Corral, prevenido por lo que pudo ser una negligencia médica con el brasileño Ronaldo un año antes, fue tajante en el reconocimiento del argentino: “Milito no puede fichar por el Real Madrid porque esa rodilla no va a aguantar dos partidos por semana”. Valdano, cariacontecido por la opinión de los expertos, declinó ficharle.

Las opiniones de Del Corral eran sagradas en el club: con Ronaldo la evaluación exacta fue que tenía la rodilla “destrozada, pero…”; en ese momento eran las palabras que el presidente Florentino necesitaba oír, el tiempo y las estampidas del delantero sobre el césped del Bernabéu dieron la razón al doctor. Sin embargo, el Madrid no quería seguir jugando a funambulismos con Milito y las consecuencias de su no fichaje fueron desastrosas: sin Hierro en el equipo, Helguera y Pavón se las apañaron para dirigir la defensa en Liga, Champions y Copa. Ellos, más un Raúl bravo improvisado y un jovencísimo Rubén González que sufrió los peores quince minutos de su vida en Sevilla. El martirio de los centrales durante el año del galacticidio de Queiroz forzó al Madrid a remover rápido el mercado; el elegido fue el inglés Jonathan Woodgate, a quien el Newcastle no puso ningún impedimento para salir de Las Islas. Los ingleses sabían que Woody tenía fecha de caducidad o, por lo menos, no colmaría las exigencias de un club de Premier con partidos de liga, Copa y Carling Cup. Los médicos del Madrid fueron conscientes de que tenían delante otro ‘caso Milito’, pero a tenor de la gran progresión de éste en el Zaragoza, decidieron no cometer el mismo error dos veces. Del Corral y su equipo intuyó que la rotura fibrilar de Woodgate se curaría pronto; evidentemente, jamás imaginaron una recaída tan lastimosa. Woody fichó lesionado y así continuó un año entero. Su muslo izquierdo dio innumerables problemas para un central de veinte millones de euros.

Y como el fútbol es demasiado caprichoso, Milito pudo resarcirse de la falta de confianza del Madrid esa misma temporada. El Zaragoza arrebató a los blancos la tan ansiada Copa del Rey y, preguntado por los periodistas durante la celebración, Milito mandó un recado a “quienes creyeron que tenía una rodilla de juguete”. Valdano siempre se mortifica cuando le recuerdan el caso de Milito: tuvo atado a un verdadero líder, quién sabe si buen émulo del mismo Hierro, y un maldito chequeo médico tumbó cualquier expectativa. El Madrid no sólo iba a fichar a un buen central para mejorarlo, traía a un “hombre de club”, tal como le calificó el propio Valdano en aquel verano. Nunca tuvo tanta razón: anoche en la despedida de Milito en el estadio Libertadores de América una gigantesca pancarta rezaba: ‘Me hablaron de amor por la camiseta. Les hablé de Gabriel Milito’.

Los peajes del campeón

Mircoles, 20 Noviembre 2013

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Ronaldo Nazario se quejó una vez de los “peajes que debía aguantar la campeona del mundo”. Se refería a los viajes pesados que debía soportar la selección brasileña como campeona del 2002. Tailandia, Japón otra vez, Australia, Canadá, Rusia y hasta Marruecos fueron los carteles de exhibición para un combinado cuyo caché había aumentado exponencialmente con el éxito del Mundial de Corea y Japón. Y, claro, Ronaldo, entonces flamante fichaje del Real Madrid, suponía el cebo mediático para contentar a todos esos países que querían presumir de un amistoso contra el mejor equipo de todos. Precisamente, a Ronaldo no le hizo ni pizca de gracia pasearse por medio mundo con una rodilla hecha trizas y una recuperación milagrosa a base de piscina y muchas carreras por la antigua ciudad deportiva de La Castellana. “Es el alto precio de la victoria”, dijo molesto Ronaldo en una entrevista para Brasil. Sus declaraciones no gustaron al seleccionador Carlos Alberto Parreira, un hombre leal a su federación, obsesionado con que cualquier partido de la canarinha paraliza la nación, por encima de los intereses nimios de los clubes. Lo que no sabía Parreira es que Ronaldo había dado su palabra a Florentino Pérez que se cuidaría y centraría en el Madrid como compensación a la oportunidad que le ofrecían los blancos.

España es la vigente campeona y, como tal, no puede mantenerse fuera de la burbuja comercial que sostiene al fútbol de estos tiempos. Su nombre se cotiza en cualquier país al nivel de Nike, Adidas o Coca Cola, por eso, cualquier país le quiere como gancho publicitario. “No hay mejor reclamo para una selección que ganar a España…igual que antes Italia, Brasil Francia, etc”, reflexionó Luis Aragonés en el diario MARCA, en una de las escasísimas entrevistas que ha concedido desde que abandonó el cargo. Hasta un ganador del Balón de Oro como Fabio Cannavaro puso el grito en el cielo en un viaje sin sentido al Lejano Oriente, durante la época en la que Italia gozó del respeto del planeta. Aquel viaje se convirtió en un auténtico marrón porque la selección italiana viajó a Japón para exhibirse ante chavales y entrenar con promesas amateur, no para jugar al fútbol. “¿Qué voy a decir? Italia es la campeona”, comentado resignado Cannavaro.

La aventura relámpago a Guinea Ecuatorial y el baño de masas en Sudáfrica han dejado tiritando a varios jugadores de la selección. Demasiados aviones en tan pocas horas y en unas fechas metidas con calzador por las repescas mundialistas. Las quejas no se hacen en público porque, afortunadamente, la selección es el maná de la Federación. La demanda es tan elevada que nunca faltan sparrings que contentar, aunque alguno como Guinea pareciese de cartón-piedra y en la práctica pegase como Mike Tyson en sus mejores combates. Curiosamente, ese amistoso resultó ser la tercera opción: la primera apuntaba a la Rusia de Capello en Emiratos Árabes y la segunda fue Gabón. Ninguna fructificó y sin ninguna explicación pública.

El caso es que, salvo Cristiano, Ibrahimovic o Ribery por motivos decisivos, el resto de Europa (y casi del mundo) estaba disperso por el globo. Y la situación en La Roja no es la más adecuada para que los futbolistas se borren de las convocatorias: los delanteros porque sienten en su cogote la presencia, todavía espiritual, de Diego Costa, y los porteros están sometidos al juego de la silla: una para tres, Casillas no es titular en el Madrid, Reina sí pero no, y Valdés se ha roto en otro intento por reivindicar ante el seleccionador su excelso estado de forma. Xabi Alonso sí fue convocado con el cuerpo todavía en taller y a punto estuvo de averiarse para siempre; Iniesta debía viajar sí o sí porque fue la figura indiscutible de aquel 11 de julio de 2010. Al final, Xavi Hernández fue el más listo. Siempre habrá quejas, pero para un campeón del mundo son esos peajes de los que se quejaba Ronaldo ‘el gordito’.

 

Protegiendo a los cracks

Domingo, 20 Octubre 2013

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Ronaldo Nazario de Lima nunca olvidará su cariñosa bienvenida a la Liga española. Vestido de azulgrana, se estrenó en el extinto Carlos Tartiere con una expectación todavía mayor que la causada por su compatriota Romario años antes. Ronaldo era el fichaje estrella del campeonato y el Oviedo se intuía presa fácil para el voraz delantero. Sin embargo, lejos de sacar a paseo la manada de búfalos, las televisiones captaron la misma imagen una y otra vez, como si fuera un bucle. Ronaldo conoció a fondo al central César y a Gamboa; ambos sacaron sus respectivas trilladoras y advirtieron al ‘Fenómeno’ que España se parecía poco a la liga holandesa o brasileña. Entre los dos oviedistas pararon a un Ronaldo que no discutió las tres primeras faltas recibidas, pero que, a la cuarta, miró fijamente al árbitro Barrenechea Montero. La quinta infracción fue tan descarada que César vio amarilla. El equipo carbayón enseñó al mundo que la única forma de frenar la potencia sin control del nuevo era mediante patadas.

Noureddine Naybet, el central marroquí del Depor, aprendió al dedillo la lección de César y Gamboa: a Ronaldo se le paraba por lo civil o lo criminal, y así se lo hizo pagar la noche del Depor-Barça. La jugada que desnudó el vía crucis sufrido por el brasileño durante meses se produjo casi al final: cogió el balón en una de sus míticas arrancadas y penetró en el área, mientras Naybet, Djukic y Helder le pegaban a diestro y siniestro. La honradez de Ronaldo y su cuerpo fibroso impidieron su caída, por lo que continuó la jugada mandando el balón al poste. Dos días después, el portavoz y traductor del entonces técnico azulgrana, Bobby Robson, mandó un recado a la Liga y a los árbitros. Sí, un joven e inexperto José Mourinho salió a la palestra pidiendo justicia…”Hay que proteger a los cracks, y Ronaldo lo es”. Las estadísticas no engañaban: Ronaldo era el futbolista de Primera que más faltas recibía, una cada quince minutos. Una media simplemente escandalosa. Mourinho fue el primero que levantó la voz porque su jugador no se atrevía a quejarse en público. Eso, y el ansia de rematar cualquier jugada con palos por medio y, a veces, hasta dos o tres tráilers de frente, como en aquel golazo estratosférico de Compostela.

Neymar no dispone del físico granítico del primer Ronaldo y quizás, por ello, entre la gente queda la sospecha de sus supuestas ‘piscinas’. Y aunque es cierto que su cuerpo menudo es proclive al derribo, los números pueden ser un arma demasiado persuasiva para el Barcelona. Su rutilante crack ha recibido 35 faltas en las primeras diez jornadas; es decir, carnaza fresca para las defensas contrarias. No obstante, el brasileño asume su rol de neófito en esta nueva experiencia: juega y calla…hasta que reviente harto de tanta cuchilla. De momento, es su entrenador quien hace de escudo humano: Tata Martino no se calla y ya ha lanzado una indirecta bien clara: “A Neymar le pegan patadas”. Sucedió en Pamplona y, por supuesto, contra cualquiera que quiere birlarle la pelota por el atajo más fácil. A Neymar le falta muscular su figura para evitar esa caída fácil que algún árbitro ignorará. Y aunque duela de verdad, nada cambiará mientras siga mordiendo césped. Es injusto, sí; los números defienden su teoría, también; pero mientras el club pataleé, el poso de Neymar en la calle es la del formidable jugador que se cae con el roce. Una jugada como la de Ronaldo en Compostela podría ser la solución, sólo hace falta que se invente una igual.

El martirio de los médicos merengues

Domingo, 13 Octubre 2013

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Agosto de 2002. A dos días del cierre de mercado, el Madrid trabajaba a contrarreloj para fichar a Ronaldo. El presidente, Florentino Pérez, le había perseguido durante todo el verano, obsesionado con proseguir su genuina idea de galácticos y nadie más. La prensa intentaba informar de cada movimiento en la gestión y la ilusión entre la afición era inversamente proporcional a la preocupación de un solo hombre que, lejos de querer torpedear el fichaje, se ciñó a su criterio médico para explicarle al presidente la cruda realidad. “Tiene la rodilla destrozada”, diagnosticó el doctor Alfonso Del Corral a Florentino. Lo sabía él, los galenos de la selección brasileña y, por supuesto, los servicios médicos del Inter de Milan, que habían sido testigos de la última operación del ‘Fenómeno’. Su rodilla casi biónica no pintaba bien para Del Corral, pero la decisión, costase lo que costase, estaba tomada: Ronaldo sí o sí. Era el fichaje. Firmó por el Madrid en el último suspiro y pidió un mes para su puesta a punto. Cada día que pasaba en la piscina o en el gimnasio era un martirio para Del Corral, consciente de que una recaída de su rodilla pondría su trabajo en el ojo del huracán. Por suerte, Ronaldo se entrenó con disciplina espartana y su maldita rodilla aguantó los galopes de toda esa manada de búfalos, tal como le describió Jorge Valdano.

Una temporada después y prevenido por lo que podría haber sido una negligencia médica con Ronaldo, Del Corral fue más tajante con el fichaje que quería acometer el club: el central Gabi Milito. El argentino apuntaba alto y Valdano, entonces director general, fue quien recomendó traerlo. Pero el reconocimiento no dejó ninguna duda para los médicos: “Milito no puede fichar por el Real Madrid porque esa rodilla no va a aguantar tres partidos por semana”. Valdano, cariacontecido por la opinión de los expertos, declinó ficharle. El Madrid no se la quería jugar y las consecuencias fueron desastrosas: sin Hierro en el equipo, Helguera y Pavón se las apañaron para dirigir la defensa en Liga, Champions y Copa. Ellos, más un Raúl bravo improvisado y un jovencísimo Rubén González que sufrió los peores quince minutos de su vida en Sevilla. El desastre de los centrales durante el año del galacticidio de Queiroz forzó al Madrid a remover rápido el mercado; el elegido fue el inglés Jonathan Woodgate, a quien el Newcastle no puso ningún impedimento para salir de Las Islas. Los ingleses sabían que Woody tenía fecha de caducidad o, por lo menos, no colmaría las exigencias de un club de Premier con partidos de liga, Copa y Carling Cup. Los médicos del Madrid también supieron que la rotura fibrilar de Woodgate se curaría pronto; evidentemente, jamás imaginaron una recaída tan lastimosa. Woody fichó lesionado y así continuó un año entero. Su muslo izquierdo dio demasiados problemas para un central de veinte millones de euros.

Nuri Sahin es otro caso espectacular de negligencia médica. Se lesionó con el Borussia Dortmund en la primavera de 2011 y fichó por el Madrid en mayo de ese mismo año. Los informes de los médicos alemanes sobre su rodilla derecha eran halagüeños: Sahin no tendría problema alguno para exportar su inmenso talento a la Liga española. Sin embargo, la fatalidad volvió a cebarse con los merengues: en su segundo entrenamiento de pretemporada se hizo un esguince en la rodilla buena y ahí acabó su aventura en España; porque el esguince recayó en rotura parcial de ligamento y Mourinho no auguró ninguna esperanza en recuperar a quien había sido elegido mejor futbolista de la Bundesliga.

El ‘Pipita’ Higuaín jugó con lumbalgia los primeros meses de la era Mourinho, hasta que aguantó lo imposible en un Madrid-Athletic. Los dolores de espalda le impidieron jugar el fatídico 5-0 del Camp Nou y su imagen andando por el aeropuerto de El Prat presagiaba que estaría KO un puñado de meses. Los médicos le diagnosticaron hernia de disco lumbar y recomendaron un tratamiento conservador, como en el 90% de estos casos; tan sólo se opera en casos de extrema urgencia. El delantero blanco quiso evitar el quirófano, con la autorización de los servicios médicos, pero al final hincó la rodilla y fue operado en Estados Unidos. Naturalmente, el cabreo de Mourinho fue monumental porque consideró que Higuaín había perdido un tiempo precioso de recuperación.

El viejo John Benjamin Toshack comentó en COPE hace unos meses que el fichaje de Gareth Bale tenía “ciertos inconvenientes”. El galés había sufrido dos lesiones muy importantes en el Tottenham: una en los ligamentos del tobillo derecho que le mantuvo fuera de juego más de medio año y, meses más tarde, un desgarro en la rodilla izquierda. “Los clavos en el tobillo debieron dolerle mucho tiempo”, dijo Toshack. Pero parecía agua pasada, a tenor de las extraordinarias tres temporadas que le han colocado en el estrellato. Gracias al diario MARCA, este fin de semana los servicios médicos del club han tenido que confesar que el fichaje de los 91 o 100 millones, según la versión del comprador o vendedor, sufre una “protrusión discal”, pero nunca una hernia. Es decir, que podría o no sufrir una hernia discal, aunque así jugó en Inglaterra. Médicamente y como ha dicho Del Corral en Tiempo de Juego, no es alarmante; el problema es que Bale ha costado una millonada y si la “protrusión” la sufriese Illarramendi, apenas ocuparía un breve en la página doce de los periódicos deportivos. Por eso, el club, temeroso de que esa supuesta hernia inunde los informativos, se apresuró el sábado a sacar a la palestra a su jefe médico, Carlos Díez, para calmar al público. Maniobra hábil pero chirriante, porque el Madrid nunca ha dejado hablar a sus doctores. La incertidumbre deportiva del equipo y el ansia por acoplar al galés en el once titular desde luego que no ayudan. Pero pensar que Bale es un juguete roto por una contractura de la que se está recuperando huele a sensacionalismo. Demasiado.

Ronaldo soñó con la Décima

Lunes, 22 Abril 2013

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“Si no gano la Décima ahora, no la gano nunca”. Antes que Tomás Guasch  hubo un galáctico de Florentino obsesionado con la Copa de Europa. Porque dentro de los anales de la historia, a Ronaldo Nazario, el ‘gordito’, siempre se le achacará no haber conquistado la competición de clubes con más solera: quizá su error más flagrante fue haber huido del Barça en el mejor momento de su carrera, habiendo ganado la Recopa del 97 y preparado para asombrar a Europa entera en la siguiente Champions. Pero el Inter de Milan se le quedó pequeño para sus expectaciones y la de sus representantes, que sacaron buena tajada a los italianos con un traspaso  de 4.000 millones de pesetas que José Luis Núñez no pudo frenar a tiempo. Cinco temporadas después y cansado del lastre de las lesiones, Ronaldo convenció a Florentino para ser elegido el siguiente crack de la lista después de Figo y Zidane. El presidente, prendado de él después de un Mundial sublime, le dio la última gran oportunidad de su vida: el delantero temía que su rodilla biónica se averiase en el fútbol italiano y, encima, el Madrid más faraónico de todos los tiempos le iba a regalar el último rato divertido de su carrera.

Ronaldo llegó a Madrid sin forma ni fondo y con los ligamentos de la rodilla tiritando. Fue él quien suplicó al presidente por un último voto de confianza. Florentino peleó la negociación con Moratti y bajó la inalcanzable pretensión de 80 millones a 45. Tales eran las ganas del jugador que no le molestó perdonar cuatro millones de euros por temporada. Le importaba renacer y en el horizonte un título: la ‘Décima’, sobre todo por él. Así se le confesó a la corte de recuperadores y fisioterapeutas que le acompañaron a la piscina durante sus primeras semanas en Madrid. Había fichado in extremis, casi al cierre del mercado, pero su puesto a punto iba a requerir mucha paciencia, demasiada. Ronaldo aprendió a trabajar con paciencia estoica y motivado por la final de Old Trafford (allí se proclamaría el campeón).  Le daba igual nadar cincuenta o cien largos: cualquier sacrificio merecía la pena por escuchar el himno solemne de la Champions. Dicho y casi hecho.

El Madrid se plantó en semifinales con el propósito de mantener la hegemonía del continente y reeditar un título con una foto que inmortalizarse el imperio que el presidente había levantado. La Juventus visitaba el Bernabeu y a Ronaldo se le agolpaban las entrevistas: no era el hecho de ser un experto en el Calcio, sino que esa Champions le ilusionaba a él más que a nadie. Todas sus respuestas eran un corta y pega continuo…”Quiero ganar la Champions”, “Llevo muchos años pensando en la Champions”, “Sólo hay un título que me haga el más feliz del mundo”,etc. Cualquier declaración dejaba de ser una hipérbole en boca del brasileño; al final, él mismo delataba sus terribles ansias por levantar la ‘orejuda’.

En una entrevista que Ronaldo concedió a la televisión brasileña O Globo años más tarde, desveló que sólo había llorado dos veces en el Madrid: de alegría cuando el Inter le dejó marchar al Madrid en agosto de 2002 y un puñado de meses después, cuando una lesión muscular le dejó KO durante la ida de aquellas fatídicas semifinales contra la Juve. Ronaldo se lesionó cuando su equipo ganaba 1-0 con gol suyo y apenas pudo moverse los siguientes días. Los servicios médicos planearon una recuperación a contrarreloj que no tuvo éxito y el brasileño llegó muy tocado a la vuelta de Delle Alpi. Del Bosque, consciente de que si le alineaba titular podía obsequiarle con una retirada prematura, decidió mantenerle en el banquillo por si el resultado se torcía. Y no tardó en hacerlo: Ronnie salió al rescate para intentar igualar una eliminatoria casi perdida y en un instante su eterna presencia inquietante surtió efecto: provocó un penalti que falló Figo. A partir de ese momento, el Madrid hincó la rodilla y el astro brasileño se perdió en el limbo. El sueño de la Champions se volvía una quimera. Aquella derrota marcó para siempre a Ronaldo y, por eso, en estos días, que va de conferencia en conferencia, evita contagiarse de la ‘Décima’, no vaya a ser que se torne un virus para el madridismo.

 

Barça dichoso y condenado

Jueves, 11 Abril 2013

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“Sin Ronaldo este equipo no sería nada extraordinario”. La profecía del traductor de Sir Bobby Robson se cumplió en apenas una semana. Fue el tiempo que pasó el Barça de jugarse una liga maratoniana contra el Madrid de Fabio Capello a quedarse en la estacada; fue la diferencia de tumbar al Deportivo con un gol estratosférico de Ronaldo (imposible imaginarse entonces que pasaría a ser recordado como el gordito) a perder el campeonato contra el Hércules en el Rico Pérez. Sí, José Mourinho ya demostraba hace quince años que su franqueza políticamente incorrecta iba a ser un incordio. Pero al presidente José Luis Núñez, lejos de molestarle la impertinencia de su empleado, le halagaba que le reconocieran un fichaje tan determinante: el brasileño era el mejor delantero del planeta y sólo él había tenido el ojo avizor de traerlo para el Barça.

Ronaldo dejó boquiabiertos a sus compañeros, al Madrid y, ¡qué demonios!, al resto del mundo. Aquel Barcelona siempre será recordado como uno de los más competitivos que jamás han existido: Figo, Guardiola, Luis Enrique, De La Peña (entonces la gran promesa de La Masía), Giovanni, Laurent Blanc,…pero por delante de todos y a una distancia sideral, Ronaldo. El club lo sabía y montó en colera cuando el seleccionador Mario Lobo Zagallo le convocó un buen puñado de días antes para la Copa América de Bolivia. El Barcelona se quedaba compuesto y sin Ronaldo, y desde Madrid el imponente Capello resoplaba aliviado. Sin duda, Mourinho se había atrevido a anunciar la irreverencia que todos temían en Can Barça. ¿Cómo era posible que una plantilla tan cara y con un fondo de armario tan espléndido dependiese de un único talento? Ronaldo se hartó de demostrarlo con fantasía e imágenes para la posteridad: la del medio equipo que se regateó en Compostela o la de la cadera que le desencajó al colchonero Geli con una finta imposible, pasando por los muros que atravesó contra Valencia o Deportivo. Eso sí que eran verdaderos dibujos animados y no los de Romario, tal como describió en su día Valdano.

Iniesta cayó en renuncio sin darse cuenta en la víspera del Paris Saint Germain. Confesó que el Barça tiene “messidependencia” y, a continuación, matizó la importancia del resto. No obstante, sirvió en bandeja el titular a la prensa y el PSG se encargó de corroborar la evidencia. Por si había dudas, Messi no sólo es el mejor sobre el césped sino que su presencia calentando en la banda le da al equipo otro aura: la de tener cerca a su tótem espiritual. Por eso, aunque la prensa de Madrid se indigne con el esoterismo con el que los médicos azulgranas gestionan las lesiones de ciertos futbolistas, es entendible por qué cada contratiempo que sufre Messi se convierte en cuestión de estado.

La lectura simplona indica que sin Messi el Barça estaría ahora contentándose con el escaso botín de una liga, irrisorio para las expectativas culés. Ibrahimovic y los suyos habían urdido un plan perfecto: dejar morir al rival en la orilla y saquearle a contragolpes. Pero la entrada del mesías argentino les eclipsó de tal manera que parecían petrificados por la mirada de Medusa. Entonces, Ibra no pudo hacer de Perseo, demostrando así que su díscolo talento jamás podrá igualar la figura de quien una vez fue su enemigo de vestuario. Porque, cuando se trata de jugar al fútbol ni más ni menos, todos son mortales ante Messi. Es la dicha y la condena de este Barcelona.