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“Tanto vídeo, tanta mierda y para nada”

Viernes, 28 Agosto 2015

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“Quédense con un nombre: George Weah. La puede armar”. Benito Floro advirtió hasta diez veces a su vestuario de la amenaza desconocida. Ni un solo jugador de la primera plantilla había oído hablar del fenómeno que se agigantaba en el país vecino. Incluso, hubo un periódico español que entrevistó a Rappel para dar la exclusiva: ¿quién ganaría esa morbosa semifinal: Real Madrid o Juventus? “Es el año del Madrid”, profetizó el vidente. Poco importaba que los blancos tuvieran que lidiar en cuartos contra el desconocido Paris Saint Germain de Artur Jorge. Uno de los ojeadores del Madrid trajo una pila de vídeos a la vieja ciudad deportiva de La Castellana y comentó a Floro con cierta preocupación las dos trampas del enemigo anónimo. “Arriba juega un liberiano que podría esprintar los 100 metros y en la banda izquierda un malabarista del balón”. El entrenador merengue se quedó con la copla y, junto a su cuerpo técnico, consumió largas tardes en un cine para diseccionar a la presa. Manolo Sanchís sólo necesitó medio minuto de una cinta para enterarse de que iba a bailar con la más fea. George Weah corría con una zancada descomunal y en un contraataque podía desnudar al entonces capitán. Entre Ramis y él debían contener al delantero africano, atándole en corto y aplicando la mítica frase de otro ilustre central, Spasic: “Conmigo pasa el jugador o el balón pero nunca los dos”. A Nando, que jugaría de lateral derecho, le tocaba el otro marrón: frenar a un extremo espigado llamado David Ginola que mareaba el balón hasta descoser las costuras.

El miedo escénico de Valdano empequeñeció al PSG en el Bernabéu. Sanchís aprendió al dedillo sus deberes y, aplicando el manual de buen central, desesperó a un Weah que, a su vez, desesperó al árbitro con tanta queja. “Agarrarle la camiseta, incordiarle, tocarle las…pero no en modo literal”, el ex madridista todavía recuerda su marcaje piel a piel con el liberiano. Recuperando fragmentos del partido, Sanchís imitó a aquel Chendo que secó a Maradona en la semifinal Madrid-Nápoles del 88. Los que suspendieron fueron Ramis y Nando, incapaces de robarle la pelota a Ginola. Afortunadamente, el centro del campo parisino se cortocircuitó antes de que el extremo desplegase el Circo Del Sol entre sus piernas. Bernard Lama, el portero de pantalones largos, detuvo tres y encajó otros tres. Fue el mejor de los suyos y, al acabar el partido, espetó en un corrillo de periodistas que ahora les tocaba jugar en “su Bernabéu”. ¿Hablaba en serio? Las carcajadas de los reporteros apuntaron a vacilada. Nadie intuía la emboscada que se preparaba en El Parque de los Príncipes. El 3-1 de la ida había relajado tanto al Madrid que, incluso, el presidente Ramón Mendoza insinuó a los familiares de sus directivos que acudiría a la elitista tienda Hermés de París para ir de punta en blanco al palco presidencial. Nunca se llegó a contrastar la información.

La caldera parisina no bulló hasta que Weah colocó un cabezazo suicida en la escuadra de Buyo. La bronca entre Ramis y Nando alcanzó proporciones bíblicas hasta que Míchel, agazapado en el primer palo por donde el balón entró como un mísil, puso la paz. El Madrid espabiló con un Bam Bam Zamorano muy espídico ante las paradas felinas de Lama. Fue entonces cuando llegó el fatídico minuto 80: la defensa blanca achicaba cualquier fuga de agua hasta que Ginola cazó un trallazo que rompió la red. El estadio, los Campos Elíseos y la Torre Eiffel patas arriba en una noche histórica en París. El Madrid se desangró con un tercer gol; Zamorano lo sacó de la U.V.I casi en el descuento y otro cabezazo mortal del PSG volatilizó al equipo español. Artur Jorge había obrado el milagro y el Madrid perdió porque ni un solo futbolista repitió las chuletas personalizadas preparadas por el cuerpo técnico. “Tanto vídeo, tanta mierda, y para nada”, soltó Benito Floro en el avión de vuelta. “Al menos hemos puesto en órbita a estos parisinos, míster”. Sólo Míchel (siempre él) se atrevió a soltar la gracia.

El hombre que nunca traicionó su camiseta

Sbado, 12 Julio 2014

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A Florentino Pérez le entusiasmó que Fernando Hierro, Raúl y Mijatovic viajasen a la final de Lisboa como emblemas del Real Madrid. No sólo eran historia viva, tampoco simples motivadores de un vestuario que se jugaba el éxito o el fracaso en un solo partido. No, el presidente por fin entendió que a las grandes figuras había que cuidarlas y que en su mano estaba reparar el prestigio dañado en el pasado. De Florentino siempre se ha dicho que no tuvo ningún tacto para despedir a futbolistas convertidos en mito por el madridismo: con Hierro protagonizó la noche de los cuchillos largos instantes después de ganar la Liga del 2003 al Athletic en el Bernabéu. Al capitán todavía le escocía el trato de la directiva a su amigo y compañero Fernando Morientes, quien se mantuvo en la plantilla por petición expresa del propio Hierro y Raúl durante una conversación con Florentino en Mónaco en agosto de 2002. La maldita noche empezó con una bronca entre el malagueño y Jorge Valdano, entonces director deportivo, dentro del vestuario del coliseo merengue. El argentino les obligó a salir al césped a celebrar la Liga con la grada y Hierro poco menos que le mandó a esparragar. Horas después, las caras largas en el Mesón Txistu provocaron la chispa que hizo saltar todo por los aires: Hierro y Del Bosque despedidos, y Morientes cedido al Mónaco días después.

Tampoco Raúl tuvo la despedida de sus sueños. Dieciséis años de servicio blanco quedaron reducidos a una fría despedida durante una mañana de julio, y una rueda de prensa seca y sin apoyo institucional. Mourinho le pidió que se quedara para exprimirle sus dotes de liderazgo y eterna comunión con la afición, pero Raúl sabía que las heridas de guerra tardarían demasiado en cicatrizar. Guti, capaz de lo mejor y lo peor, tampoco se marchó en loor de multitud; casi siempre en el alambre, la prensa le había anunciado fuera del Madrid casi todos los años. Fue su talento lo que siempre le salvó. Claro que si con Raúl apenas se acicaló la sala de prensa, a Guti no se le iba a agasajar con la menor intención desde el club. En cambio, Zidane, uno de los hombres del presidente, sí tuvo su partido de homenaje: no fue ningún amistoso, ni siquiera un trofeo Santiago Bernabéu. El club aprovechó su anunciada despedida para rendirle tributo en el último partido liguero del 2006 en casa contra el Villarreal. El estadio se llenó y Zizou fue sustituido sobreexcitado por la fiesta. Por último, Manolo Sanchís, capitán de capitanes, declinó la oferta a un homenaje en 2001. Él fue el primer mito que se retiraba en tiempos de Florentino y fue Butragueño, ya directivo blanco, quien le llamó de parte del presidente para sugerirle una fiesta por todo lo alto. Sanchís, poco dado a fastos multitudinarios, no quiso su partido y el Madrid le brindó un pequeño gesto sobre el césped al término del último partido contra el Valladolid de la temporada 2000-2001.

Estos jugadores habrían merecido sendos amistosos, como sí los tuvieron Hugo Sánchez y ‘el Buitre’. Quizá por ello, Florentino con los años se ha dado cuenta que a los protagonistas de la historia centenaria del club hay que mimarles. Raúl recibió su homenaje el verano pasado, tarde pero muy cuidado. Incluso, el Rey Juan Carlos acudió al palco de honor a abrazar al ‘7’. Y Hierro no se vestirá de corto pero podrá disfrutar de una vuelta más emotiva: dirigir al equipo a las órdenes de Carlo Ancelotti. Experiencia en el banquillo apenas tiene, por eso viene como aprendiz. No obstante, sus pinitos después de colgar las botas han sido casi perfectos: como director deportivo de la Federación manejó extraordinariamente bien la transición entre Luis Aragonés y Del Bosque (fue Hierro quién eligió al actual seleccionador). Y en un Málaga arruinado convenció al jeque Al-Thani para que pusiera al frente del despacho deportivo a su amigo Antonio Fernández, quien construyó las bases del ‘EuroMálaga’ con Van Nistelrooy, Baptista, Isco, Joaquín, Toulalan, etc.

Hierro es puro madridismo porque nunca traicionó su camiseta. Su jerarquía en el vestuario pudo gustar (Raúl) o irritar (Iván Campo), pero siempre fue indiscutible. Cuando prensa y afición murmuraron que sus días de gloria tocaban a su fin, dejó su cuerpo en manos del mejor fisioterapeuta, Pedro Chueca, para que se lo devolviera con un motor diesel. Y funcionó. Su astucia le ha permitido cuidar su imagen pública, la de no delatarse como un hombre vengativo y rencoroso por el pasado. Jamás habló mal del Madrid, directamente lo ignoró. Sin embargo, no ha querido cortar de cuajo ese cordón umbilical: junto a Sanchís ha presidido en estos años la asociación de veteranos, con partidos por medio mundo y los Classic Match del Bernabéu. Ancelotti le ha pedido como sustituto de Zidane porque es un tipo que entiende los vestuarios donde se amontonan tantos egos. Y con el añadido extra de que Sergio Ramos, Pepe y, sobre todo, Varane, tendrán en unos días al profesor más laureado de su asignatura. “Con Hierro se puede hacer un máster acelerado de cualquiera cosa, pero los centrales se van a frotar las manos”. Palabra de Manolo Sanchís.

El mundo quiere jugar como España

Mircoles, 27 Marzo 2013

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“El mundo quiere jugar como lo hace España y nosotros cambiar de estilo. Es increíble”. La preocupante reflexión de Gerard Piqué para El País en la víspera de la toma de París invita a sentar en el diván a la prensa española. El desliz contra la pandilla finlandesa, trivial para cualquier selección del planeta salvo para la española por extraño que parezca, evidencia el maniqueísmo que sufre la imagen de ‘La Roja’: todo pinta blanco o negro. Así somos. Afortunadamente, Pedro, el goleador silencioso, ha barnizado el tapete con tonos cálidos y alegres; pero si Víctor Valdés no llega a recrearse a sí mismo con aquella sublime actuación ante Thierry Henry en la final de Champions de Paris contra el Arsenal, entonces la imagen de Del Bosque habría acabado hecha un cristo. Todo se simplifica al balón, “el pasado parece que no importa”, tal como denunció Sergio Ramos la pasada semana. Y es una pena porque tenemos delante de nuestras narices la mejor generación que ha parido España y desperdiciamos las tertulias periodísticas queriéndola mandar al garete: ya sabéis, el morbo siempre vende más que cualquier estado de felicidad, por consiguiente, aburrido.

Manolo Sanchís dijo una vez que “no hay nada más bonito que un país pueda disfrutar de su selección cuando es la mejor del momento”. No lo decía por España, sino con cierto tono de envidia sana; no en vano, la última vez que ambos países se enfrentaron en fase clasificatoria, en 1991, el ex capitán del Real Madrid tuvo que aguantar estoicamente como Jean-Pierre Papin y Eric Cantona aplastaban al combinado de Luis Suárez con un repaso monumental en el Parque de los Príncipes. Entonces, a nuestra selección no se le apodaba ‘La Roja’, sino un pobre enfermo con el síndrome de cuartos de final. Y a veces ni eso. Aquella España cincelada por la Quinta del Buitre jugó en París por debajo de sus posibilidades y perdió; evidentemente, era incomparable a ésta, por eso Sanchís no entiende cómo se le puede disparar ni la más mínima crítica a Del Bosque. Será el adn español con ese estúpido bipolarismo que, tal como describe Piqué, indica que “nuestra cultura está en crisis si pierdes un partido después de hacer lo que no ha hecho nadie: Eurocopa, Mundial y Eurocopa”.

La victoria de anoche es rotunda para un equipo que se mofa de los escépticos, y también para Del Bosque, a quien esos mismos le acusaron en Gijón de ser un nulo estratega. Cierto es que el seleccionador no dio con el martillo para destrozar el muro de hormigón de Finlandia, pero en París la gran novedad del once fue Pedro y la consecuencia no pudo ser más satisfactoria. Las teorías del fin de ciclo quedan aparcadas hasta la próxima convocatoria, precisamente contra los escandinavos. Entonces, hacer algo extraordinario, o sea no ganar, alimentaría a los mentideros periodísticos con otra palabra muy manoseada estos días: autocomplacencia. ¿Pero de qué? Si la madre de todos los retos ya la han confesado los propios futbolistas: retar a Brasil en territorio hostil. El Maracanazo del 2014 se aproxima, después poco importarán los ciclos finitos o la continuidad de Del Bosque.