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El botón del off

Domingo, 23 Febrero 2014

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El ‘Tata’ Martino dijo en el Etihad Stadium que los errores arbitrales a favor del Barça se repetían “diecisiete veces más” que las acciones en contra. Quizá por la efervescencia del jaque mate al City no fue el momento de apostillar que sus derrotas también se dimensionaban pero veinte o treinta veces más que cualquier victoria; lógico por otra parte en un equipo que apenas pierde un puñado de partidos cada temporada. Sin embargo, si el propio técnico reconoce fallos de pizarra, suceden dos consecuencias: su afición le reconoce honestidad y la prensa barcelonista muerde nuevamente la carnaza de su muñeco favorito de pim, pam, pum. Fue la primera vez que Martino intuyó mal la táctica y, peor aún, no supo rectificar a tiempo la atrofia que él mismo había creado. Jugándose media Liga, sorprendió que el argentino dejara fuera a Xavi y Cesc Fábregas cuando el Barça afronta limpia la próxima semana. Pero el matiz más chirriante fue ver a Alex Song detrás de Busquets, al estilo Makelele en el Madrid galáctico.

En uno de sus múltiples alardes de sinceridad, Samuel Eto’o dijo que Song no tenía suficiente nivel para jugar con Camerún; entonces, sonó a pataleta de niño receloso, pero el tiempo le ha dado la razón al delantero del Chelsea. Song pasará por Barça con la misma pena que Mahamadou Diarra o Emerson lo hicieron por el Bernabéu: no se sabe cuál es su rol exacto y cada vez que toca un balón, inquieta al resto de compañeros. Paradojas del fútbol, es la primera derrota liguera del Barça con Song en el césped desde que fichó hace año y medio. Una estadística estúpida dado la poca o nula trascendencia del camerunés en los onces. Emilio Pérez de Rozas, periodista de El Periódico y Sport, auguró hace tiempo que Song tendría la misma potra que Christian Karembeu en el Madrid: muchos títulos sin apenas pegar una patada a un bote. La pequeña gran diferencia es que Karembeu tuvo dos intervenciones decisivas en la séptima Copa de Europa, mientras que Song se deja llevar por la inercia orgiástica de los suyos sin molestar demasiado. Más bien, él siempre ha sido un mero portador de vino en esas bacanales romanas a las que se ha acostumbrado el Barça cada fin de semana.

Los patinazos del Barcelona solían ocurrir por sobrecarga de tiqui-taca. La probabilidad ofrecía a modo de sacrificio alguna derrota culé para demostrar que no existen equipos puramente perfectos ni siquiera en números. Eso pasaba antes. Con el ‘Tata’ Martino sucedió lo mismo en San Mamés ante el empuje fiero de los leones del Athletic, pero no contra Valencia y Real Sociedad. Sus dos últimos sopapos llegaron por desactivación total de la maquinaria pesada: el Barça juega y de repente alguien presiona el botón de off. Ni esfuerzo, ni ganas, ni interés por jugar; más bien, una dejación brutal de los pies a la cabeza. Demostraciones artísticas como la protagonizada por la Real dan ciertas esperanzas a esta Liga, que ya no es esa ‘liga de mierda’ acuñada por José María Del Nido, ni un torneo en el que Messi resuelve un aprieto cuando le necesitan. Anoche el argentino iba camino de ello hasta que sus colegas de camiseta y él mismo apagaron el interruptor.

Da la sensación que el Barcelona es una olla a presión en la que el pitorro puede volar en cualquier momento. Las críticas a la nebulosa futbolística del equipo, la investigación judicial del caso Neymar y la fragilidad institucional de la planta noble del Camp Nou hierven el agua más rápido, quizá demasiado. Pero tampoco es plan de pintar un futuro apocalíptico, ni siquiera con el Madrid por delante casi dos años después. Nuestro problema, el de la prensa en general, es que regalamos Balones de Oro con la misma facilidad que repartimos estopa diestro y siniestro. Las teorías aristotélicas del ‘punto medio’ se han quedado en la Edad Antigua.