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El Valencia de Mongolia

Viernes, 26 Agosto 2016

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El Valencia Club de Fútbol desapareció en el instante que Amadeo Salvo vendió su alma al diablo. Ahogado por sus acreedores, sin vender Mestalla y con el nuevo estadio paralizado, el ex presidente tomó el único atajo que le ofrecieron: convertir un club con solera en una empresa de compraventa de jugadores. De repente, el universo Jorge Mendes engullendo una ciudad como una tormenta de arena; de repente, un multimillonario singapurés comprando a distancia un juguete roto para emular a los dueños ricachones de la Premier. El mejor agente del mundo inaugurando oficinas en Monaco y Valencia,  bazares para comprar jugadores anónimos con ínfulas de estrella y vender a diestro y siniestro sentimientos y pasiones. Porque no importa el nombre, sudar en el césped o haber jurado amor eterno a la ‘terreta’. Paco Alcácer queda como el enésimo proscrito de un club que soñó (y logró) incordiar a Barça y Madrid, y que desde hace demasiado tiempo es una torre de babel de empleados que trabajan para cobrar a fin de mes. Paco siempre quiso levantar las Ligas de David Albelda y recolocar al Valencia en el mapa, pero nunca imaginó que su casa acabaría convertida en una multinacional de importación y exportación. La operación se hizo pública hace pocos días, pero Mendes y Peter Lim la habían ejecutado con antelación; el Barça rastreaba un delantero de refresco y el nuevo Valencia rapiña billetes como un buitre. Podría jugar el campeonato de Mongolia y en la calle nadie se habría dado cuenta. No surgen manifestaciones espontáneas, no hay cabreos, sólo indeferencia, resignación ante un dueño marciano que ha ganado una subasta.

A Lay Hoon, brazo armado de Lim, le aconsejaron ganarse a las masas. Su discurso populista estaba precalentado en un microondas: ‘Paco Alcácer no está en venta’, cuando el santo y seña de la afición ché ya tenía su asiento reservado en el vestuario del Camp Nou. A Pako Ayestarán le prometieron un bloque pétreo, sin fisuras, y él creyó a sus jefes: no está en condiciones de exigir al estilo Fabio Capello porque nunca ha dejado de ser itinerante. Su banquillo huele a carnaza para tiburones, los que se preparan para escuchar las futuras llamadas de Mendes. Vendido André Gomes (55 millones) y Mustafi (41 al Arsenal), la coartada del Fair Play Financiero no necesitaba la venta de su goleador. Lejos del fervoroso Mestalla, aquello es ahora una nave industrial desmantelada porque cualquiera que salga a la calle y pregunte por un par de futbolistas del Valencia se va a llevar una desagradable sorpresa. Si acaso, Parejo, el tristón ex capitán que deambula por el campo sin entender por qué no le dejaron irse al Sevilla; ¿Gayá? Sí, sonó para el Madrid, pero renovó y desde entonces es una sombra de sí mismo. De la noche a la mañana, a ese Valencia que peleaba con el Atlético por el tercer puesto de España en la década de los noventa le sometieron a una transfusión sanguínea. En el pasado fue el Valencia de Lubo Penev,, de Mijatovic, del mismo Albelda y Mendieta, de David Villa….había estrellas para cada generación.  Alcácer se marcha a escondidas, sin una última ovación y con el lloro desconsolado de tropecientos niños que hoy habrán roto su póster de la pared: no lo planeó así pero su carrera es más importante que seguir en esta sociedad ANÓNIMA. En el sentido más literal de la palabra.

De la UVI a la morgue

Domingo, 7 Febrero 2016

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Gary Neville, amigo íntimo de David Beckham e hijo predilecto de Sir Alex Ferguson. En el dorso de sus credenciales también figura como socio inversor de Peter Lim en el modesto Salford City. De repente y contra todo pronóstico, el Valencia anunció al Fergi boy  el pasado diciembre; las expectativas de Laudrup, Spalleti o el mismo Lubo Penev saltaron por los aires a la fuerza. La idea fue fichar a un entrenador ajeno al universo Mendes (instrucciones de la presidenta Lay Hoon Chan), pero no del holding empresarial de Lim. Después de tres meses y un buen puñado de frustraciones, la grada de Mestalla todavía no ha digerido que su Valencia se haya convertido en una multinacional con cuartel general en Singapur. El dueño tiene la última palabra desde su teléfono rojo en el sudeste asiático, y la inversión en Neville ha sido menos rentable que sus acciones en la escudería Mclaren. El mosqueo de la masa social está alcanzado proporciones bíblicas, porque si el Valencia Club de Fútbol acaba hundiéndose como el Titanic, Lim actuará como fondo buitre y revenderá las acciones a otro postor. La propiedad pasando de unas manos a otra, sin oficio ni de momento beneficio. Nuno se hartó en secreto antes de empezar la temporada con aquella sonora pitada durante el trofeo Naranja; Neville, comentarista estrella en la BBC hasta hace pocas fechas, sigue siendo el paracaidista que aterriza en Vietnam, sin saber dónde está el norte y el sur.

Rafa Benítez dejó el pabellón tan alto que cualquier resultado que no sea reeditar tiempos añejos sabe amargo. La paradoja es que el propio Mister Rafa acabó firmando el divorcio. Como Héctor Cúper, Quique Sánchez Flores, Unai Emery, Pizzi y cualquier sospechoso habitual en ese banquillo. El caso de Ronald Koeman pertenece a sucesos paranormales: un vestuario destrozado por una guerra de trincheras (Koeman vs Albelda y Cañizares) conquistó la última copa del Valencia. Desde entonces, la maldición de Bela Guttman personificada por el propio Koeman: ”El Valencia no volverá a ganar ningún título”, dijo en El partido de las 12  en 2012. Pero lo último que necesita este equipo es pensar a lo grande; por ahora, basta con sentar a cada futbolista en un diván para que el psicólogo les convenza de que la salvación se alcanza con cuarenta puntos. Ése es el objetivo como si no hubiese mañana.

De Neville, un culpable más de la caótica realidad ché, se esperaba el estilo escocés de su padre sentimental: mano dura y una buena pinta de cerveza para arreglar las crisis. Sin embargo, el técnico ni siquiera puede mantener un diálogo de besugos: él habla dentro de la caseta y su traductor actúa casi simultáneamente. El mensaje lo entienden cuatro futbolistas (mejor no mencionar sus nombres), para el resto es como una visita guiada a un museo en horario escolar. No obstante, tarde o temprano Neville no será más que otro cadáver que pase por delante de la puerta de Mestalla, y la plantilla un enfermo que pasará de la UVI al morgue antes de verano. Nadie ha tenido que sugerir a Lim una flagrante intervención quirúrgica con bisturí: fumigará la mitad del vestuario, la otra mitad dependerá de una decisión demasiado impopular: Jorge Mendes. Y su Valencia, una empresa de compra-venta de jugadores desde la llegada del magnate singapurense, ha entrado en un bazar turco del que es difícil salir sin regatear alguna baratija con botas.

El esfuerzo no se negocia

Domingo, 4 Enero 2015

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El valencianismo más cachondo pidió por redes sociales a Peter Lim una invitación permanente al Coritiba para el Trofeo Naranja. El club brasileño mantiene a salvo el récord histórico de victorias consecutivas porque el Real Madrid no supo meter mano a un partido ‘canchero’, el que propuso Nuno Espirito Santo y que recordó a Mestalla los tiempos gloriosos de Rafa Benítez. Quizá la efervescencia del Mundialito de clubes y la pachanga de Dubai despistaron demasiado a un Madrid falto de intensidad, la única herramienta válida para desatornillar a este Valencia. Desde el estropicio de Anoeta, los blancos no habían jugado tan cegados, sin mando en plaza a causa del fallón Kroos y con la pólvora mojada, tanto la del inoperante Cristiano como la de Gareth Bale que, viendo el caótico panorama, decidió lanzarse al abismo con galopadas suicidas. Cuando los blancos no salen a arrasar como El increíble Hulk, necesitan la picada letal que les dé la victoria. Bale falló un mano a mano claro y Benzema se asomó a aquella versión (en pasado) de Monsieur l’empané.

No fue la derrota del Madrid sino la remontada de un Valencia generoso en el compromiso. Ésa es la esencia en una plantilla que, copiando la fórmula de moda de Simeone (el esfuerzo no se negocia), juega quien pelea a tumba abierta. Por ejemplo, José Luis Gayá, otro correcaminos de la factoría ché. Primero fue Jordi Alba, luego Bernat; parece que el club les fabrica de serie con el mismo molde. Gayá descosió a Carvajal al tiempo que Barragán y Parejo se deshacían de Marcelo por el ala derecha. La arriesgada decisión de jugar con tres centrales encumbra a Nuno y demuestra que su equipo puede cambiar el dibujo táctico con una facilidad pasmosa. Hay muchas similitudes entre el Valencia de Lim y el que hace años se inventó de la nada Benítez. Entonces, las diferencias con los dos poderosos no eran tan abismales en tesorería, aunque la esencia es la misma. Otamendi revivió aquellos misiles que el ratón Ayala conectaba con la cabeza en el área. Centrales poco altos para su posición pero con una potencia de salto al estilo de Iván Zamorano o José Mari Baquero. Poco pudo hacer Casillas ante el tomahawk que se le vino encima; precisamente, Ayala marcó un cabezazo calcado en el Bernabéu la noche del Ushiro Nage.

Pero al Madrid nunca se le puede mandar a la morgue antes del pitido final. Como dijo muy acertadamente Iñako Díaz-Guerra, cronista del diario AS, en twitter, “al Madrid hay que reconocerle que como villano es terrorífico: pierde 2-1 en el minuto 90 y todos los que quieren que pierda, firmarían sin dudar el empate”. Sergio Ramos pudo revivir el milagro de Lisboa pero el balón no vio portería, mientras que Isco metió la cabeza pero mandó el balón al muñeco, es decir, a Diego Alves. Precisamente, Isco se echó todo el Madrid a su espalda durante el rato que le duró la gasolina; el resto fueron seres inertes que no entendieron el duelo como mejor lo hacía la Quinta del Buitre en las históricas noches del Bernabéu: con dos…

Barça, como el resto de los mortales

Lunes, 1 Diciembre 2014

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“Ganamos como el resto de los mortales”. No es un comentario soberbio, sino la reflexión medio en broma medio en serio de una leyenda del barcelonismo. Ahora comenta en Bein Sport y, como el Barça actual, también sufrió un “bajonazo” de estilo: del primer toque de Cruyff a golear por lo civil o lo criminal con Bobby Robson. Esta voz autorizada en Can Barça cuenta que el Camp Nou les llegó a pitar instantes después de que marcaran el sexto gol al Valladolid en un partido liguero. El Barcelona de Luis Enrique sigue siendo un niño probeta experimentado partido a partido; y sí, ahora gana como el resto, remangándose la camiseta en el fango. El 0-1 de Mestalla es de los resultados imprescindibles en su videoteca si el Barça acaba ganando la Liga finalmente. En un combate de boxeo, habría ganado con un directo decisivo a la lona, pero a los puntos habría perdido porque el Valencia no mereció ese sopapo en el último suspiro. Marcelino, entrenador del Villarreal, se quejó hace unos días que estaba “hasta los cojones de jugar bien y perder”; Nuno no fue tan gráfico pero pensó lo mismo cuando Busquets ejecutó a Diego Alves después de una parada con la cara made in David Barrufet.

Casualidades de la televisión (o no), Cuatro emitió a la misma hora del Valencia-Barça una entrevista en profundidad con Cruyff en  la que repasó su vida con anécdotas, unas conocidas y otras inesperadas. Preguntado por una visión simplona del fútbol, el holandés respondió sin vacilar: “En un partido sólo hay un balón, y si lo tengo yo, mando yo”. Luis Enrique no comparte esa idea de que la mejor manera de defender es tener la pelota; sus partidos de alta alcurnia tienen pinta de ser carruseles de ida y vuelta en los que Claudio Bravo tiene mucho que decir. Sucedió en Paris donde jugó y cantó Ter Stegen, en el Bernabéu y, por supuesto, ante un Valencia preparado para una nueva instrucción en Europa. Y eso que la alineación del asturiano chirrió cuando el club anunció a Busquets y Mascherano en el centro del campo. Demasiado hormigón para un estilo afiligranado de pases rápidos y milimetrados. Guardiola fió su éxito al método de escuadra y cartabón de Xavi Hernández; ahora tiende más al típico Madrid (no éste) que gana pegando más duro. Del ‘’flota como una mariposa y pica como una abeja’ de Muhammad Alí al puñetazo seco de George Foreman.

De momento Luis Enrique necesita llenar el saco de goles y aguantar los palos del estilo. Con Messi reactivado y Luis Suárez olfateando el área, sólo le falta cuadrar el sudoku, el asunto más difícil. Hasta que lo consiga, las comparaciones seguirán siendo odiosas. Y más, con un Madrid en plan avasallador que no perdona ni una y va directo contra el récord de Frank Rijkaard. Dieciocho victorias son palabras mayores, pero aquel Barça las hizo fáciles sacudiendo a cualquier rival con un máster acelerado de fútbol estético impartido por el gran Ronaldinho, cuyo ímpetu fiestero le privó de ganar un puñado de Balones de Oro. Entonces era un Barça que levitaba sobre el césped, aunque tampoco es la idea que ansía Luis Enrique; él nunca echaría la bronca que Guardiola le pegó a Schweinsteiger por disparar fuera del área antes de intentar meterse con el balón hasta la cocina. Cuestión de estilos, pensará el asturiano; falta de tacto, dirá Cruyff. 

El Madrid ignoró a Di Stéfano

Lunes, 5 Mayo 2014

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“Dani Parejo es el mejor talento que ha dado La Fábrica”. Palabra de Alfredo Di Stéfano, quien dejó de ir a Valdebebas tras la marcha del canterano al Queens Park Rangers. Algo tenía Parejo que enamoró a ‘La Saeta’, quizá su actuación de anoche evidencia que el Madrid debió hacer caso a su presidente honorífico. Y Parejo, genio apático por naturaleza, volvió al Bernabéu para reivindicar que su antiguo club también fabrica jugones. Él lo es al tran tran, un ritmo que mató la hipervelocidad de los blancos. Ningún quinielista se habría jugado si quiera un doble en este partido: el Valencia venía moribundo, casi metido en el tanatorio, y con unos jugadores agotados; el Madrid, en cambio, recibió el chute moral de la derrota del Atlético. Sin embargo, los ché suelen gustarse en el Bernabéu porque salen excitados, unas veces por su odio sarraceno a todo lo que huela blanco y otras por escándalos arbitrales. No obstante, no era la visita más indicada para darle otro costalazo a la Liga.

Los caprichos de las matemáticas descubrieron un inopinado seguidor merengue: los colchoneros. El 1-2 estremeció al Atleti hasta el punto de imaginarse toda una temporada a la carta del Camp Nou. Por suerte para ellos, Cristiano alivió sus temores y enterró bajo tierra las gigantescas posibilidades que había cobrado un Barcelona que, de repente, había pasado de zombi a máximo favorito. Y con el empate a dos, al Madrid aún le quedaba una bala en la recamara, una ocasión imposible de esas que a veces levantan al Bernabéu. La tuvo el ‘bicho’ en un cabezazo manso y la aplaudió casi todo el fútbol español, encantado con alargar el morbo hasta la última jornada. La “liga de mierda” (Del Nido dixit) se ha sacudido su cariñoso apelativo gracias al discurso plomizo de Simeone y a las cagadas impensables de Madrid y Barça. Y con o sin maletines por medio, Javier Tebas, presidente de la LFP, debe agradecer a equipos “sin motivación” dejarse la piel en trámites que sólo les toca su profesionalidad.

Es el caso del Levante, creado en pequeñito  a imagen y semejanza del Atlético, y con el amor propio de un club de Champions. Caparrós supo asfixiar a un extenuado líder que no estaba para más batallas esta semana. Y si Koke no está fino, su Atleti se gripa; de ahí la trascendencia de un centrocampista que tendrá que sentarse a sopesar la pila de ofertas que le están llegando de media Europa. Pero Koke es santo y seña del club, como lo fue Fernando Torres… hasta que acabó hartándose.

Game over. Fue la expresión más recurrida en twitter para describir el cataclismo del Barça. Busquets habló y tiró la Liga por el retrete; Xavi también la metió en el sumidero y, por si se había obturado en la cañería, el ‘Tata Martino’ terminó de empujarla hasta el vertedero. Incluso, el entrenador argentino tuvo la gentileza de adelantar a la prensa su fecha de caducidad. Quizá se quiera borrar ya del marrón de la próxima temporada, ése que se comerá Zubizarreta, según anunció la directiva frotándose las manos. La jugarreta es fácil: si la política de fichajes fracasa, Bartomeu y todos sus directivos medio interinos (¡elecciones ya!) tendrán su cabeza de turco. Y mientras Messi sigue andando por el césped, la prensa culé apunta a tres despojos fáciles de liquidar: Song, Alexis y Cesc Fábregas. Este último metido en una extraña bronca de la grada. Cesc es un incomprendido porque cree que su afición no agradece haberse mutado constantemente: de centrocampista organizador con Wenger a falso nueve de Guardiola, terminando en media punta forzado. Él pensó que el club de su vida le fichaba para aprovechar su máster acelerado del Arsenal, lástima que se confundiera.

 

 

La eterna “situación irreversible” del Valencia

Mircoles, 18 Diciembre 2013

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La guadaña alcanzó a Djukic. Su soga estaba preparada desde el momento que salió Braulio y llegó Rufete a la dirección deportiva. La directiva sospechó del serbio desde el principio a sabiendas que la plantilla quizá era la menos competitiva  de los últimos tiempos (y más con la venta del killer Soldado). El presidente Amadeo Salvo lo vio demasiado claro, ¿la razón? La de siempre: “una situación irreversible”. Sin embargo, los desencuentros entre Valencia y sus entrenadores comenzaron su edad moderna con la salida de Rafa Benítez. Dos ligas no fueron suficiente recompensa para una grada que, por fin, presumía de un equipo a la altura de la oligarquía de nuestro fútbol. Aquel Valencia de Rafa ganaba por su contundencia táctica, pero su opinión pública exigía un juego que compensase pagar una entrada en Mestalla. Benítez tuvo que aguantar pitos aunque, al menos, nunca escuchó ese famoso ‘¡vete ya!” que sentenció a Carlos Parreira, Jorge Valdano o el mismísimo Hector Cúper, quien metió al Valencia en dos finales consecutivas de Champions contra todo pronóstico.

El italiano Ranieri, simpático para la afición por su socarronería en su primera etapa,  también fue purgado durante segunda versión porque emular a Benítez se convirtió en un auténtico marrón para cualquier entrenador que osara a entrenar en Valencia. Por supuesto, tampoco escapó del cabreo de la afición. Y Quique Sánchez Flores, que cumplió al dedillo el cometido de mantener al Valencia en Champions, también pasó por el cadalso. Tardó en escuchar el sobrecogedor ‘¡vete ya!’, pero en su tercera temporada una victoria (encima, victoria) pírrica contra el Valladolid hartó a la gente. El entonces presidente Juan Soler tenía la escopeta cargada y aprovechó una goleada del Sevilla en el Pizjuán para ejecutar al entrenador. Sólo se habían disputado nueve jornadas y el Valencia era cuarto en la clasificación, pero la directiva ya había preparado el terreno de la enésima “situación irreversible” justificando que a Quique “le había superado el descontrol del vestuario”.

Hubo un personaje que ni se inmutó por las críticas, y mucho menos por las continuas pañoladas. El Valencia de Ronald Koeman sufrió una debacle deportiva en Liga que no se recordaba desde el descenso del 86. El técnico holandés exprimió la confianza de la directiva hasta el punto de defenestrar a dos vacas sagradas como Albelda y Cañizares. Y consciente de que su etapa en el club era cuestión de meses, conquistó la Copa contra el Getafe y se rió de todos (directivos, jugadores y aficionados) diciendo que el Valencia “tardaría muchos años en volver a ganar un título”. En el caso de Koeman, la afición fue poco dura porque aguantó a un déspota que había rajado de todos menos de sí mismo. Entre tanto baile de entrenadores, el que menos balazos recibió fue Unai Emery, que cumplió escrupulosamente su misión: meter al Valencia en Champions cada año. Pero su obsesión permanente quedó reducida a una frase: “Intentamos que los pañuelos de la gente vuelvan a los bolsillos”.

La temporada pasada Mauricio Pellegrino también caminó al borde del abismo nada más aterrizar en Valencia. Fue elegido a dedo por el presidente Manuel Llorente y en poco rato se dio cuenta que el proyecto con el que se le convenció ni tenía nombres ni hombres comprometidos. Su despido sucedió por un calentón del presidente, curiosamente después de un 2-5 contra la Real Sociedad en Mestalla, partido en el que la grada reventó los oídos del presidente al grito unánime de ‘Llorente, vete ya’ y ‘Los jugadores no sienten los colores’. Pero la bala de la “situación irreversible” estaba preparada en el día de su adiós. Al menos, ésa fue la explicación del entonces director deportivo, Braulio Vázquez. Siempre la misma situación y siempre con pocas ganas (o talento) de darle la vuelta. 

Saber rajar

Mircoles, 16 Enero 2013

Justo hace ocho años el Valencia visitó el Bernabeu también en unos cuartos de final de Copa del Rey. Entonces, el Madrid de Queiroz todavía no había caído en el galacticidio, mientras que el equipo de Rafa Benítez se presentaba como un bloque granítico casi imposible de tumbar. Era el contraste entre un elenco de estrellas supeditado a los zapatazos de Beckham, los centros calibrados de Figo y los esprints cortos de Ronaldo (Zidane no jugó esa noche), y el prodigio táctico de un Valencia que funcionaba como un reloj suizo, más o menos a lo que aspira el ‘Txingurri’ Valverde estos días. Aquella noche Mista hizo de Jonas y falló ese tipo de goles que remuerde la conciencia para siempre y, por supuesto, no faltó el temor más sospecho de los ché: el cuento de las confabulaciones arbitrales del Bernabeu. Tal como sucedió ayer con Manuel Llorente, el entonces presidente Jaime Ortí se presentó delante de un micrófono en un pispás para destapar la caja de los truenos: “Es un resultado brutal, lo más injusto que he visto en mi vida. Y encima el árbitro mancha lo que ha sido un gran partido, con un penalti que no existe y dos fueras de juego dudosos”. Vicente hizo estragos el carril derecho de Míchel Salgado y pudo plantarse solo dos veces delante del meta César si el árbitro Medina Cantalejo no hubiera sido tan clemente con un despistado Raúl Bravo. Después de la goleada por 3-0, Albelda, que ya practicaba ante la prensa sus lecciones de sinceridad, no se cortó: “Ronaldo te mata si le dejas suelto, y el árbitro más de lo mismo”.

Albelda presenció el partido de anoche desde la grada y no pudo reprimirse más cuando Albiol tiró mal un fuera de juego que Múñiz Fernández sí le pitó a Soldado. No le hicieron falta luces y taquigráficos, para algo se ha inventado twitter…”El mejor del Madrid ha sido Di María, ¿Qué soy llorón? Pues vale”. Es una regla tácita del fútbol que Barça y Madrid pataleen y, al instante, gocen de bula papal; en el caso merengue, sí es cierto que el catálogo de perjurios durante esta temporada, ésta, abarca varios partidos. Mourinho lo dejó entrever el sábado (“en las primeras jornadas sucedieron cosas pero no las voy a comentar”) y Di María dio la estocada definitiva en la previa de Copa. Maldita casualidad para el Madrid que, precisamente, sea el Valencia el protagonista de este culebrón Dallas cuyo JR Ewing casi siempre es el árbitro de turno. ¿Quién no recuerda el famoso episodio del Ushiro Nage de Marchena a Raúl y el posterior berrinche de Ortí con aquel antológico esta Liga ya la ha ganado el Madrid?

Quizás a Manuel Llorente le falta la experiencia de saber rajar; esta mañana toda la prensa recalca su frase más hiriente: “Cuando no son los árbitros, son los árbitros”. No parece una declaración a tomar en cuenta por los comités. Pero, desde luego, el Valencia le ha hecho un gran favor a Mourinho: poco importa que el Madrid tampoco jugase anoche a casi nada ni que Cristiano dejase a un lado su condición de jedi blanco; ni siquiera Jonas será llevado al cadalso por haber pifiado media eliminatoria con dos goles cantados. El pim, pam, pum contra los árbitros lo eclipsa todo y, lo que es peor, cada semana da carnaza fresca a la prensa mediante rajadas extraordinarias o subliminales o con portadas de escuela Superdeporte. Este circo lo montamos todo.

 

 

 

 

La ingenuidad de Gago

Jueves, 6 Diciembre 2012

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“Os habéis equivocado destituyendo a Pellegrino. A partir de diciembre no contéis conmigo”. Los calentones repentinos de Fernando Gago comienzan a ser habituales. El periodista Hugo Ballester, de COPE Valencia, adelantó el pasado lunes el pataleo del argentino instantes después de que Manuel Llorente comunicase al vestuario el cambio de entrenador. Gago aterrizó en el Real Madrid con ínfulas de futbolista endiosado y, seis años después, aún cree que su actitud ácrata le va a reportar portadas en MARCA, AS o Superdeporte. Desde luego, su entorno, perpetrado por el avispado representante Marcelo Lombilla, nunca ha dejado de armar mucho ruido para enchufar a Gago en clubes donde su fútbol ha dejado mucho que desear. Precisamente, Lombilla organizó un mitote a escala nacional cuando el Madrid se fijó en el mediocampista de Boca Juniors a finales de 2006. Entonces, Gago era otra de esas promesas fabricadas en serie por el fútbol argentino y vendidas al público como los ‘nuevos Maradonas’. En el caso del xeneize, su presidente Mauricio Macri le puso el cartel del ‘nuevo Fernando Redondo’; y para ir más lejos y encarecer el producto, comentó que Boca “prefería a Gago y no a la plata”, es decir, que desechaba veinte millones de euros redondos.

La sagacidad de Lombillla le llevó a negociar a dos bandas el fichaje de Gago. Tan sólo había jugado una temporada completa en Boca, pero los títulos del Apertura y Clausura sirvieron de coartada al agente para seducir a Madrid y Barça. Fue al comienzo de la 2006-2007 cuando MARCA publicó el interés merengue por el volante argentino; curiosamente, pocas semanas después, el diario Sport anunciaba un viaje del entonces director deportivo Txiki Beguiristain para ver el ‘superclásico’ River-Boca y una información todavía más morbosa: una cena entre Macri y Joan Laporta para negociar la venta de Gago al Barça la siguiente temporada. Finalmente, el redoble de tambores acabó con Lombilla diciendo que “no se puede decir no al Madrid si quiere a Gago ahora”. Y ese “ahora” suponía una jugosa comisión por la transacción de los veinte kilos. Pero el problema de Gago es que llegó a Madrid con el puesto de titular asignado, sin haberlo jugado. A priori, el pack argentino Gago-Higuaín incluía un producto bueno (el de Boca) y otro con muchas sospechas, el ‘Pipita’. Sin embargo, un puñado de partidos fue la prueba irrefutable de que Boca había logrado uno de los negocios más rentables de su historia: el ‘5’ argentino nunca pasó ni siquiera del 4 sobre el césped.

Fabio Capello siempre prefirió a Emerson; Schuster alternó entre el argentino y Mahamadou Diarra; Juande Ramos puso en sus onces a Lass, fichaje exprés de mercado invernal y Pellegrini comprobó que Gago era muy limitado en comparación con Xabi Alonso. Harto de tantas suplencias y los silbidos del Bernabeu, Gago anunció que quería irse. Lejos de animarse a mejorar e intentar adaptarse al estilo que proponía el fútbol de Cristiano, Kaká y Benzema (los tres ases de la reentré de Florentino), la versión barata de Redondo pataleó para volver a Boca, de donde salió para vivir un “futuro provechoso”. A partir de entonces, el Madrid buscaría la astucia que utilizó Macri en su día para quitárselo de encima, empezando por sus dos millones y medio de sueldo.

Y como ningún club se atrevió a pagarle la ficha, el año pasado fue cedido a la Roma no sin antes descolgarse con unas declaraciones de futbolista resentido en la ESPN argentina…”El Barça es el mejor equipo de la historia, muy por encima del Madrid, y la afición no se quiere dar cuenta”. Mourinho no le quiso desde un principio y Gago, despreocupado totalmente por salirse de la doctrina mourinhista, no le importó soltar que “los madridistas pensaban que se le podía ganar al Barça y eso era imposible. No querían admitirlo”.

La penúltima parodia de Gago sucedió en su puesta de largo como fichaje estrella del Valencia. En época de pocos dispendios, el Valencia batió el mercado intentando localizar talentos desaprovechados por otros equipos…o por sí mismos, como en el caso del argentino. Además, éste aceptó rebajarse el sueldo casi a la mitad, indicio de que quizá Gago había cambiado. Sin embargo, su carta de presentación recordó su versión más soberbia: “Vengo con el objetivo claro de ganar títulos. Toda mi carrera he ganado títulos”. Al menos, tiene a su lado gente como Albelda, que sugieren a tipos como Gago coger la puerta si no están comprometidos. Es obvio que el ex madridista fue, es y será aquel chaval que salió de Buenos Aires demasiado confiado en comerse el mundo.

La angustia de lidiar con Mestalla

Lunes, 3 Diciembre 2012

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“Haremos que los pañuelos vuelvan a los bolsillos”. Fue la respuesta más inteligente de Unai Emery minutos después de escuchar una de las pitadas más descomunales que ha reventado Mestalla.  Y sucedió no hace mucho, en la primavera pasada, cuando el Valencia se hizo el harakiri contra un Zaragoza colista que empezaba su milagrosa remontada. Entonces, el valencianismo llevaba demasiado tiempo de uñas: se había tragado la eliminación en Champions y en Liga peleaba por el tercer puesto como gato panza arriba. De ahí, el mérito de Emery con una plantilla que renqueaba por la última fuga de talentos, la de Juan Mata al Chelsea. Pero las credenciales del entrenador no admitían discusión: en un mundo bipolar en el que Barça y Madrid se declaraban año tras año la guerra mundial, el Valencia siempre se aprovechaba del botín más insignificante para los dos grandes: el tercer puesto para la Champions.

Los desencuentros entre Valencia y sus entrenadores comenzaron su edad moderna con la salida de Rafa Benítez. Dos ligas no fueron suficiente recompensa para una grada que, por fin, presumía de un equipo a la altura de la oligarquía de nuestro fútbol. Aquel Valencia de Rafa ganaba por su contundencia táctica, pero la opinión pública exigía un juego que compensase pagar una entrada en Mestalla. Benítez tuvo que aguantar pitos aunque, al menos, nunca escuchó ese famoso ‘¡vete ya!” que sentenció a Carlos Parreira, Jorge Valdano o el mismísimo Hector Cúper, quien metió al Valencia en dos finales consecutivas de Champions contra todo pronóstico.

El segundo experimento del italiano Ranieri duró poco más de media temporada, porque emular a Benítez se convirtió en un auténtico marrón para cualquier entrenador que se atreviese a ello. Tampoco escapó del cabreo de la afición. Y Quique Sánchez Flores, que cumplió al dedillo el cometido de mantener al Valencia en Champions también pasó por el cadalso. Tardó en escuchar el sobrecogedor ‘¡vete ya!’, pero en su tercera temporada una victoria (encima, victoria) pírrica contra el Valladolid hartó a la gente. El entonces presidente Juan Soler tenía la escopeta cargada y aprovechó una goleada del Sevilla en el Pizjuán para ejecutar al entrenador. Sólo se habían disputado nueve jornadas, pero la directiva ya había preparado la excusa de que a Quique “le había superado el descontrol del vestuario”.

Hubo un personaje que ni se inmutó por las críticas, y mucho menos por las continuas pañoladas. El Valencia de Ronald Koeman sufrió una debacle deportiva en Liga que no se recordaba desde el descenso del 86. El técnico holandés exprimió la confianza de la directiva hasta el punto de defenestrar a dos vacas sagradas como Albelda y Cañizares. Y consciente de que su etapa en el club era cuestión de meses, conquistó la Copa contra el Getafe y se rió de todos (directivos, jugadores y aficionados) diciendo que el Valencia “tardaría muchos años en volver a ganar un título”.  En el caso de Koeman, la afición fue poco dura porque aguantó a un déspota que había rajado de todos menos de sí mismo.

Anoche Mestalla no animó a Pellegrino a coger la puerta. El blanco de las iras fue el presidente Manuel Llorente, quien había olvidado rápido el esfuerzo hercúleo del equipo contra el Bayern diez días antes. Quizá todavía con el resquemor por el 4-0 de Málaga o impactado por la bengala del palco, Llorente quiso zanjar de un plumazo otra semana terrorífica. Es lógico que el entrenador argentino deduzca que su despido se debe a un “calentón”; apenas ha dispuesto de cierto margen de confianza en un proyecto sin nombres y con pocos hombres comprometidos, y eso que su nombre fue elegido a dedo por el propio Llorente entre las candidaturas de Djukic y Caparrós. El periodista de Canal 9, Fermín Rodríguez, coincide con el gran público y apunta al palco…“Que se dejen de fichajes caros como Cissokho o Víctor Ruiz y que tiren más por ‘Soldados y Bernats”. Es obvio que a Pellegrino no le han puesto las cosas fáciles, como a ninguno de sus anteriores colegas.

 

 

 

¿Quién divierte más?

Domingo, 4 Noviembre 2012

“Podemos y debemos jugar mejor”. Mourinho entiende el malestar del Bernabeu porque no es la primera vez que reconoce el bajonazo futbolístico de su equipo. Si la temporada pasada cada partido era una orgía de goles y jugadas al primer toque estilo Dream Team de Cruyff, en este curso liguero los rivales parecen ser un marrón que apenas motiva al Madrid. En el caso de ayer, la grada agradeció que se presentara un sparring valiente, pero en esta liga, la española, basta que el grande pegue dos guantazos para acabar con cualquier atisbo de incertidumbre. El Zaragoza sirvió como prueba de fogueo para la trascendental visita del Dortmund: los jugadores lo sabían y el público se lo temía, de ahí que el Madrid volviese a mostrar su versión más somnolienta y, por eso, los silbidos de la segunda parte. Y sin que urgiese Xabi Alonso, siempre se nota su ausencia; a pesar de los ímprobos esfuerzos de Essien, el ghanés vale como coche-escoba pero le falta la perspectiva de un centrocampista nato: Alonso es imprescindible porque sólo él sabe otear el fútbol desde su atalaya. En cambio, Modric sí se agradece porque le gusta jugar con el balón, aspecto que hace poco no era primordial en la tácticas de Mourinho.

Por cortesía profesional, Mourinho debería ofrecer a sus seguidores algún argumento con gracia: por ejemplo, Kaká. Con 2-0 y el Zaragoza sorprendentemente volcado al ataque, al brasileño le venía el partido como anillo al dedo. Si su entrenador se ha propuesto recuperarle, ocasiones como la de ayer son las más recomendables para que Kaká intenté recuperar alguna migaja de aquel talento que fascinó a Berlusconi. De momento y sin la continuidad que necesita, su aura galáctica seguirá a años luz de la que creyó Florentino cuando se gastó 65 millones.

El Barcelona de Tito no atisba, ni de coña, esos ‘problemillas’ de entretenimiento que rodean al Madrid. En cuestión de tres meses, los azulgranas han tocado todos los palos: goles sobre la bocina, remontadas imposibles, castigos sin piedad  y victorias al tran tran. Este último género es el que tocó ayer en el Camp Nou y eso que el Celta, como el Zaragoza, se puso gallito con el empate a uno. Parecía, entonces, que el partido emulaba al de Riazor, es decir, que podía acabar como el rosario de la aurora. Pero al líder le basta con pequeñas dosis de fútbol de salón para dejarse de tonterías. Y la mejor noticia de todas es que David Villa ha vuelto a entrar en el baile. La jugada de su gol invita a pensar que ya está en la onda de Iniesta, Xavi y Messi; así que lesión olvidada y a sumar los minutos y goles que exige una temporada larga. También ha pillado el tranquillo Jordi Alba, quien con su fisonomía de galgo ha encajado a la perfección en la idea de Tito. Recuerda a Roberto Carlos en su tendencia a corretear la banda de fondo a fondo; el problema es que a veces no distribuye bien la gasolina y sucede que la defensa se queda desnuda, como en el gol del Celta.

¿Y el Atleti? Pues hincó la rodilla en la fecha más señalada, la del primer aspirante a algo. Mestalla debía ser el partido bisagra para que los rojiblancos declararan oficialmente su candidatura al título, pero falló por falta de oficio. Y el próximo panorama pinta aterrador: con Barça y Madrid en el horizonte. El Valencia consiguió enjaular a Falcao, en parte porque su socio Arda no estuvo inspirado. Y aunque el botín conseguido por Simeone ha sido demasiado abundante, hay que ser quisquilloso con sus chicos porque el fútbol, la gente, espera que el Atleti incordie a los dos grandes hasta el final de Liga.