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Así es la Champions

Jueves, 10 Marzo 2011

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“El Barça siempre gana por los árbitros”. Modo ironía activado en las palabras de Mascherano. Ayer MARCA y AS matizaron la victoria del Barcelona; coincidieron en que fue justo vencedor (faltaría más cuando el Arsenal ni se atrevió a chutar) pero recalcaron la contribución de Massimo Bussaca. Quizá la expulsión de Van Persie sí fue rigurosa, pero si un equipo sale con dos líneas de cinco tíos obsesionados en el que el balón no pase, tarde o temprano el fútbol de billar le acaba machacando. Porque emular la proeza táctica del Inter del año pasado se antojaba quimérico y así fue: ni el Arsenal sabe defender a la italiana ni el Barça se dejaría engañar por otra argucia corrosiva para la Champions, La majestuosidad de la competición a veces queda empañada por apuestas grotescas como la que, inopinadamente, propuso Arsene Wenger. Esperaba de él algo más alentador; en su defensa entiendo que sin Walcott el contraataque se devalúa, pero el concurso de Cesc, Van Persie y la nueva esperanza británica Wilshere presagiaban un Arsenal guerrillero. No fue así o, más bien, no pudo ser.

Me gustó mucho una metáfora del maestro Xabier Azkargorta en el último programa de El día después, “no es que el Barcelona canse al rival, es que es la pelota la que acaba con la lengua fuera”. El ex entrenador vasco atinó a la perfección: con una posesión del 75 por ciento es fácil que hasta los espectadores acaben mareados de tanto seguir el balón. Y ése es el gran valor del Barcelona: por encima de los títulos, este equipo ha creado una marca imborrable ya en los anales de la historia. Sí,  el Arsenal salió cobarde y, aunque se hubiera puesto chulo, se habría llevado el bofetón. La única imputación que le achaco es su actitud chirriante, no en vano el Arsenal es el mejor pregonero del balón al pie en Las Islas, es la idea de Wenger. ¿Abjuró de su estilo?  Puede, pero es que el Barça es infinitamente superior por talento de grupo y por Messi, a quien hay que exigir un mundial definitivo, pues parece que el resto de torneos le quedan chicos.

No obstante, la Champions es traicionera. Ganarla requiere determinación, la que tuvo el Oporto de Mourinho en 2004; fidelidad a un estilo, el del Inter de Mou del año pasado; dominio del tempo de la competición, como el que tuvo el Madrid del 2000 cuando eliminó al Bayer habiéndole ganado uno de cuatro partidos; osadía, la que puso el Liverpool en la legendaria remontada de Estambul 2005; oficio, la gran cualidad que tenía mismamente el Milan; suerte, la del Barça en Stamford Bridge con el gol antológico de Iniesta o todas juntas, como la de otro Barça, el de Ronaldinho, o el Madrid de Zidane. La Champions no obedece a la lógica y por ello es tan amada. Hay campeones que han sabido exprimir alguna de las citadas cualidades y perdedores que se han ido a la lona con su juego de salón: el Milan de Capello (1993), el Ajax de Van Gaal (1996) o los ‘galácticos’ de Queiroz (2004). La presente edición nos deja en cuartos invitados inesperados, por de pronto Shakhtar, Tottenham y Schalke. Los primeros tiran mucho de bloque y recuerdan al Dinamo de Kiev, sólo que sin Shevchenko; el Tottenham alardea de fútbol puro británico, además de abrillantar a la bala Bale y al gigantón Crouch, aunque anoche se defendió descaradamente a la italiana contra el Milan, y dicen que el Schalke es el más facilón, pero la segunda juventud de Raúl y el entusiasmo de seguir pasando rondas les ha  colocado en el siguiente escalón.

Precisamente, el Schalke pasó porque se desenvolvió mejor que el Valencia en el barro, porfió en trabajar en toda las partes del campo y dejó a Emery sin recursos.  Al Valencia le hacen falta figuras para aspirar a la élite: Aduriz pudo sentenciar por dos veces, aunque es verdad que la eliminatoria no ha evidenciado un Schalke superior. Pero ha competido mejor que el equipo ché y de ahí el premio. No obstante, los compis de Raúl son muy dóciles y no se espera de ellos mucho más recorrido. Además, como dijo Paco González en Tiempo de Juego, el Schalke “no parece muy alemán”…”hace años los alemanes salían a arrasar los primeros diez minutos”. Cierto, el folclore germánico ha cambiado y en su insistencia por la modernización ha perdido esa aptitud guerrera. Pero ahí están, uno en cuartos y el Bayer con todas las de ganar para tumbar al vigente campeón. Así es la Champions.

Y Cesc se lo está creyendo

Mircoles, 29 Diciembre 2010

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“Tengo muchas dudas que vayamos a ganar algo, Chelsea y Manchester siguen muy fuertes”. Así de taxativo se confesaba Cesc Fábregas a la COPE fuera de antena en una noche otoñal londinense. Entonces, hace más de dos meses, él daba una impresión poco alentadora: no hablaba con pasión de la nueva temporada; es más, su frustración por no haber acabado en el Barça era más que descarada. Intuía que le tocaría otro año de transición, otro más resignado a los experimentos fútiles de su mentor, así nos lo contó en aquella cena de octubre.

Desde luego, nadie de los que estuvimos presentes en esa cita le desmintió o discutió sus conjeturas: sí, era obvio que la Premier pintaba para un nuevo pulso Chelsea-United con los figurantes de siempre. Pero Cesc nos habló con mucha franqueza, pues no nos recibió para soltar la perorata de cualquier futbolista; en eso ya le vi especial. Fábregas  siempre ha crecido más rápido que los de su quinta, y no hablo de su prematuro traslado a Londres con sus consecuentes dificultades idiomáticas, culturales, etc. Si bien maduró a la vera de Patrick Vieira y quedó prendado del halo majestuoso de Henry, pronto le tocó a él también tutelar esa ingente cantidad de niños imberbes a los que Wenger mete por ley en el equipo de los mayores. Quizá sea eso lo que ha frenado la ambición del catalán por alcanzar éxitos más jugosos en clubes con más solera; Wenger supo en su día inocularle ese sentimiento paternalista que se le debe presuponer al ‘profe’ de la escuela gunner. Y Cesc lleva dos años siendo el modelo de la cantera o, por lo menos, intenta interpretar su rol.

Quizá una liga en los últimos tiempos hubiese cambiado el estigma del Arsenal, al que todos los folclóricos admiran pero del que nadie se fía. Cesc está harto de escuchar a aduladores que homenajean su estilo, pero que luego van diciendo que nunca gana nada. Y para mayor escarnio, las estadísticas de los últimos años manifiestan que su equipo está hecho nada más que para primeras vueltas, sin fuelle cuando entra la primavera. Eso es evidente, son los números. Pero esta Premier sabe distinta.

Alexander Song, uno de los discípulos más adelantados de Cesc y peón indiscutible en el once titular, se molesta cuando oye susurros sobre una posible salida de su capitán. Su fe en el español roza la creencia religiosa. Este joven camerunés de 23 añitos es un entusiasta más de la doctrina de Wenger y la puesta en escena encomendada a Fábregas. Prueba de ello fueron sus declaraciones el pasado verano en las que espetó sin titubeos que sólo con su capitán lucharían por el título a finales de temporada. Parecía otro infantilismo más de otro ingenuo más absorto por las quimeras de su entrenador.

Pues bien, la primera vuelta ya ha concluido y el Arsenal ha cumplido con lo estimado: se ha marcado una primera vuelta sobresaliente y está a rebufo del líder, el Manchester. Hasta ahí lo previsto. Pero, insisto, esta edición es diferente, porque el Arsenal ha aprendido a codearse con los aspirantes; sabe a lo que juega y sus ‘peques’ tienen instructores experimentados. El primero es Cesc, pero luego están Van Persie, que jugó precisamente ante su compañero la final de Sudáfrica, y Theo Walcott, quien deslumbró siendo un muchachito por su extraordinaria rapidez, y eso que sólo tiene 21. Después, aparecen secundarios de lujo como Clichy (Barça y Madrid se le han insinuado), Wilshere (una fotocopia cuasi perfecta de Cesc) y Nasri, la ultimísima esperanza de la selección francesa. Todos estos actores se han unido en una causa común: acabar con los tópicos y no sólo aparentando fútbol circense, sino también con esa flema británica que respiran United y Chelsea.  

Y vaya si se lo ha tomado en serio el ‘equipito’ de Cesc. Al Chelsea le dieron antes de ayer un meneo tan antológico, que Abramovich ya ha advertido a Ancelotti a modo de ultimátum. En el campo del City rindieron tributo al fútbol y reivindicaron que los petrodólares aún no se canjean por victorias, y al United no le ganaron de milagro. En resumen, Cesc ha sabido zafarse de quienes le consideraban el  tuerto en el país de los ciegos. Cierto es que la ha tocado la china con el Barça en octavos de Champions, pero el duelo valdrá para calibrar si este Arsenal no va de farol. De momento, en Inglaterra se han dado cuenta de que vaciles, los justos. Y Cesc se lo está creyendo…a pesar de sus palabras en aquella noche londinense.