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Archivo de la categoría ‘Zamorano’

El portero que se divertía con un palo y una piedra

Mircoles, 28 Enero 2015

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Iván Zamorano nunca olvidará aquel Real Madrid – Rayo. “Chutamos por tierra, mar y aire, y fue imposible. Wilfred sacó mil tentáculos (…) Incluso, Míchel maldijo a Wilfred porque no había fallado ningún penalti desde la Copa del Rey ante el Atlético”. El propio Willy  (como le llamaba su fiel amigo Jesús Cota, santo y seña del Rayo) siempre dijo que el Bernabéu catapultó su fama hasta el punto que algunos culés madrileños le agradecieron “haberle tocado las pelotas al Madrid”. Los blancos volvieron a caer esa temporada en Tenerife, su isla de los horrores; el Dream Team de Cruyff repitió título y el Rayo de José Antonio Camacho se convirtió en ‘matagigantes’ con Wilfred Agbonavbare como el Benjamin Price de Vallecas. Los ojeadores de Primera División no fueron ajenos a las proezas de un Wilfred que se divertía “con un palo y una piedra”, tal como confesó innumerables veces. Traducido a la jerga del fútbol, Willy era feliz cuando se vestía con el jersey de portero y se ponía sus míticos guantes Uhlsport. En un reportaje de televisión sobre porteros de los noventa, Andoni Zubizarreta comentó que le impresionaba cómo despegaba los pies del suelo su colega nigeriano, un armario de 1, 89 y casi noventa kilos de peso.

Bondadoso hasta la desesperación, Cota cuenta que Wilfred nunca se cansaba de pedir perdón durante los entrenamientos. Daba igual que fuese un encontronazo involuntario en un córner o una parada imposible, todo merecía un perdón. José Antonio Camacho, entrenador del nigeriano en la temporada 92-93, recuerda el pique sano entre Wilfred y el goleador austriaco, Toni Polster. “Antes de ir a la ducha, Polster preparaba varios balones fuera del área y los golpeaba con rabia. Solía ganar Wilfred, sin recochineos y con muchos ‘perdones’. Manolo Sánchez Delgado, pichichi del Atlético de Madrid en el 92, también esboza una sonrisa cuando piensa en Wilfred: “Recuerdo una victoria sufrida ante el Rayo en el Calderón por 1-0 y nuestro portero Abel me vaciló en el vestuario porque había fallado tres mano a mano con Wilfred”. Los delanteros se sentían liliputienses ante la presencia imponente del meta nigeriano porque, como dice Manolo, “picarle el balón era un suicidio. Lo mejor era intentar colársela entre las piernas”.

Su vida y milagros han aparecido en todas las rotativas. La devoción por su mujer y el tratamiento de su cáncer de mamá agotó los ahorros del futbolista; sus trabajos en Barajas como mozo de cargas y en una empresa de mensajería le mantuvieron en Madrid, la ciudad donde decidió quedarse para siempre desde un caluroso 17 de junio de 1990, el día que pisó Vallecas por primera vez. Camacho le advirtió que la titularidad se ganaba “sudando la camiseta y nada más”. Esas dos últimas palabras convencieron a Willy de que no habría prejuicios racistas en la alineación. No en la plantilla del Rayo pero sí en el Bernabéu, donde llegaron a gritarle ‘¡Negro, cabrón, recoge el algodón! Lejos de inyectarle el dramatismo que merecía el desprecio, Wilfred contestó como un bonachón: “Hoy me ha salido un gran partido y soy un portero de color. Entiendo que estén molestos”.

El Rayo fue su vida y la selección nigeriana el ansiado sueño. Fue convocado para el Mundial de Estados Unidos 94 como portero suplente de Rufai, pero la inolvidable generación de Finidi, Amokachi, Oliseh y Amunike encontró en Wilfred al amigo perfecto que animaba al grupo instantes antes de salir del vestuario y que consolaba a los titulares uno a uno la tarde maldita contra Italia. Precisamente, Amunike compartió habitación con él durante la concentración americana y cada noche el ex barcelonista escuchaba un cuento diferente antes de dormir. No eran las fábulas de Hansel y Gretel de niños sino un detallado análisis de cada portero rival, el último de Luca Marchiegani, el meta italiano con el que se enfrentaban en octavos. “Habría sido el mejor entrenador de porteros de la historia”. Es una pena que ningún club tomara en serio la carta de recomendación de Amunike.

 

 

El carrito de Alexis

Domingo, 5 Enero 2014

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Iván Zamorano fue su mejor relaciones públicas cuando aterrizó en Barcelona. “Destaca por tres virtudes: fuerza, compañerismo e invencible en el uno contra uno”. El Camp Nou nunca sospechó de su fuerza bruta, desde el principio Guardiola le colocó en la banda o como un boya de waterpolo, peleándose con defensas contrarias a codazos y empujones. Solidario como el que más, Messi supo que tenía un buen socio de ataque, aunque en sus dos primeras temporadas se le comparase con la última versión de Kluivert en el Barça: el delantero que fallaba más que una escopeta de feria. Precisamente, ése fue el detalle que vendió mal Zamorano, porque Alexis Sánchez solía causar murmullo en la grada cuando debía ejecutar la jugada. El chileno era una especie de ‘Pipita’ Higuaín, el ariete del casi gol. Y para echar más leña al fuego, su P.V.P de 40 millones con los que Udinese cerró su negocio de siglo salían a la palestra cada vez que marraba un gol, costumbre habitual en las dos primeras temporadas.

Alexis nunca tuvo feeling con Guardiola, sobre todo cuando el técnico le gritó en sus narices: “¡La concha de mi madre para mi Alex!, ¡90 minutos!, ¡usa la cabeza!”. En plena batalla por la Liga contra el Madrid, el chileno sufrió su enésima lesión muscular y Pep le recriminó haber jugado tres días antes un amistoso completo contra Ghana en Philadelphia. Su martirio parecía que iba a cambiar con Tito Vilanova, de quien habló maravillas en una entrevista al Sport el pasado octubre: “Me ayudó mucho en mi carrera, tanto como persona y jugador. El año que supuestamente yo estaba más perdido, él me apoyó y no quería que me fuera”. Sin embargo, siguió inmerso en una odiosa discreción y el público del Camp Nou comenzó a perder la paciencia: lejos de ser el ‘Niño Maravilla’, las malas sensaciones indicaban que el Barça había caído en la trampa del Udinese con otro delantero del montón que sólo valía para equipos de medio pelo. Sus estadísticas fueron nefastamente demoledoras: marcó su primer gol en Liga en febrero y su tope fueron ni más ni menos que once, o sea, una insignificante propina para todo un delantero del Barça. Alexis se convertía en carnaza  para la prensa.

Pero esta temporada está siendo distinta para él, en parte por su nuevo entrenador y por la catarsis interna que se ha propuesto el chileno. Una de las primeras intenciones que se propuso ‘Tata’ Martino fue recuperar al “Alexis de la Chile de Bielsa”. Le dio minutos, confianza y el jugador lo ha aprovechado en su nuevo borrón y cuenta nueva. Supuestamente eclipsado por la efervescencia de Neymar, el golazo de vaselina al Madrid y otros tantos decisivos de Alexis han sorprendido al barcelonismo. No está Messi, pero el chileno no es que haya sacado la escopeta sino que tiene una auténtica kalashnikov. Su cartel de generoso en el esfuerzo había caducado, faltaban los goles para reconciliarse con la afición. Dicho y hecho. Ahora ocupa portadas, ni qué decir tiene las de este lunes. Sencillamente, muchos nos hemos subido al carrito de Alexis.

 

Higuaín, el delantero del ‘casi’

Viernes, 26 Julio 2013

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El columnista David Gistau suele contar que fue testigo directo de la eclosión de Gonzalo Higuaín en un River-Boca del torneo Apertura 2006. El ‘Pipita’ marcó dos goles, uno de ellos escandaloso, y eclipsado por el acontecimiento, Gistau preguntó a sus amigos porteños qué pinta tenía ese delantero. La respuesta fue escueta: ‘Pseé’’. Blanco y en botella: Higuaín era uno más del montón. Quizá por esa sensación de mediocridad, poca gente entendió que el ex presidente Ramón Calderón pagase doce millones y medio por un delantero desconocido para el gran público y que, ni siquiera, venía con esas ínfulas maradonianas con las que los dirigentes argentinos suelen tasar a sus promesas. Tampoco ayudó que un tótem en el Bernabeu como Alfredo Di Stefano comentase un día en forma de chascarrillo que “Higuaín necesitaba varios disparos para clavar una”, respondiendo al sambenito del ‘delantero del casi’ que la grada le había encasquetado. Sin embargo, lejos de acobardarse y dejarse engullir por la exigencia imposible de un club como el Madrid, el delantero entendió a sus diecinueve años que su actitud debía ser la de los deportistas serbios que pelean y pelean hasta la extenuación por un objetivo común casi divino, la grandeza de su nación; en el caso de Higuaín, lucharía para no decepcionar a su ego ni a su padre, Jorge, también ex futbolista que sólo llegó a jugar en el Brest francés.

Pero la actitud guerrillera de Higuaín no sólo viene de sus ansias por demostrar al mundo que no es un paquete. En un día de pretemporada con Manuel Pellegrini, el entonces director general Jorge Valdano se acercó a su compatriota y le contó una anécdota que el ‘Pipita’ jamás  olvidaría, al menos, hasta su reciente salida del club. Cuando Valdano fue nombrado entrenador merengue en el verano de 1994, su ayudante Ángel Cappa y él pidieron al presidente Mendoza el fichaje de Eric Cantona para colocarle de delantero. En principio, el técnico había dejado claro que Zamorano iba a ser su “quinto delantero”, declaración de la que se arrepentiría durante la pretemporada de aquel año en Nyon. A Valdano le gustaba participar en las pachangas de sus chicos para sentir más cerca la intensidad con la que entrenaban; y de repente, en un lance, el entrenador recibió un balón y justo fue rebañado por el chileno tumbándole sobre el césped. Desde el suelo, Valdano le preguntó:”¿Siempre entrenas así o sólo cuando odias a tu entrenador?”. Aquel mensaje le llegó al alma a Bam Bam, que peleó en cada sesión como si le fuera la vida en ello.

Higuaín comprendió que su talante era precisamente el de Zamorano, el mismo que les había valido a Fabio Capello, Bernd Schuster, Pellegrini y también a Mourinho, quien nunca decidió deshacerse de él, ni siquiera el pasada verano, cuando el Paris Saint Germain estuvo a punto de preparar una oferta mareante. “Quien quiera a Higuaín, que prepare los 150 millones de su cláusula”, así zanjó el asunto un Mourinho que siempre sospechó del pasotismo de Benzema. El argentino no ha dejado de sortear obstáculos desde aquellas navidades del 2006: sus goles milagrosos del primer año en el Vicente Calderón y, sobre todo, en la agónica remontada contra el Espanyol contrastan con los malos tragos que le han ido restregando en la cara tanto la prensa como parte de la afición en forma de pitos. Uno por encima de todos: el fallo clamoroso contra el Lyon a puerta vacía en la Champions del 2010, y otros igual de trascendentes pero menos gráficos, como el disparo a boca jarro que rechazó el portero del Borussia Dortmund la noche de la ‘casi remontada’ hace dos meses.

Sí, Higuaín es el delantero del ‘casi’, el de ‘muchos goles en partidos de chichinabo’ y, así, innumerables vaciles. Pero el Madrid no ha sabido desprenderse de él ningún año, a pesar de las ganas de Florentino Pérez por fumigar cualquier vestigio de la anterior presidencia. No hay que olvidar que Pedja Mijatovic fue su único valedor para traerlo a Madrid. Sin embargo, dejando los resquemores al margen, el actual presidente tendría que agradecer a la anterior gestión su fichaje: vino como un adolescente por un puñado de millón es y se va hecho un hombre con mil heridas de guerra en la mejor operación del Madrid (37 millones que podrían ascender a 40) desde la venta de Robinho al Manchester City por 43 ‘kilos’ o la de Anelka al PSG por 30. El antiguo tesorero de River Plate, Héctor Grinberg, justificó su fichaje por el Madrid diciendo que “por seis temporadas y media a razón de doce millones, la venta de Higuaín no había sido buena, sino buenísima”. Florentino no puede sentirse más orgulloso de sí mismo.