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Dos entran, uno sale

Jueves, 4 Agosto 2016

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Dos entran, uno sale, como en la Cúpula del Trueno de Mad Max. Es la eterna pelea por el puesto más codiciado de un equipo. Y no es el goleador. Luis Enrique maneja una elección tan volátil como seguir alternando a dos de los mejores porteros del momento o hacer caso de la vieja escuela y apostar todo a la bola roja. Por merecimientos, Claudio Bravo dio media final a Chile en la Copa América con dos intervenciones sublimes y ha ganado las dos Ligas que ha disputado. Firme debajo de los palos, su mandato es parar con los guantes, primero, y dominar sus botas, después. Expeditivo, entrena el pase corta a su primer defensa y también el patapum p’arriba (guiñol de Javier Clemente dixit) en circunstancias inevitables. Bravo es capitán de un país campeón que no entendería una suplencia gratuita. Apenas canta, controla el mano a mano con infinitos tentáculos que empequeñecen la portería y repele cabezazos magistrales. Lucho no debería encontrar motivos para romper costumbres.

Al otro lado del ring, Ter Stegen, el sofisticado guardameta alemán que parece haber mamado la escuela cruyffista. Lleva guantes, pero podría pasar por centrocampista elegante. Sus reflejos no le suelen traicionar, pero sí esas jugadas poco ortodoxas que buscan sobreexcitar a la grada. Vino del Moenchengladbach porque el Barça necesitaba una garantía en la portería que no envejeciera. Él estaba preparado para el gran reto, pero le trajeron a Bravo y Luis Enrique optó por la decisión salomónica. El chileno jugaría todos los fines de semana para mantener su regularidad, y a Stegen le regalaba la competición de los mayores, en la que un fallo te manda a casa. Cometió uno grosero en París durante la primera fase de su primera Champions, y se resarció en aquella semifinal contra el Bayern de Guardiola, en la que fue pesadilla de Lewadowski. Los balones a quemarropa son su especialidad, los regates suicidas su debilidad y los balones aéreos un calvario que necesita demasiado entrenamiento. “El portero del futuro” fue el eslogan que le colgó Zubizarreta, entonces director deportivo, para olvidar rápidamente la sospechosa salida de Víctor Valdes. Llegó a Barcelona entre un aluvión de odiosas comparaciones: de Zubi a Valdés y de éste a Ter Stegen. Por el camino, porteros espantapájaros y guitarristas de club de la comedia. Zubi le trajo porque la fiabilidad alemana vende, y mucho. Salvo aquel Timo Hildebrand del Valencia que, en efecto, fue un timo en toda regla. Desde siempre, el Barça ha jugado en campo contrario, con la zaga en la medular y la necesidad de que cualquier portero bordease el precipicio de José Francisco Molina, el escurridizo arquero del Atlético de Madrid que salvaba media docena de ocasiones por jugar a cuarenta metros de su portería. Ése es el Ter Stegen que prefiere controlar un balón con el pecho a blocar con las manos.

Suplente de Alemania, la sombra de Neuer se puede alargar hasta la posteridad. Stegen necesita jugarlo todo porque está en fase de crecimiento, y así lo transmitió en las oficinas del club esta semana. Y como en estos casos, el fuego cruzado de versiones interesadas se dispara sin piedad, nadie sabe a ciencia cierta si amenazó con ultimátum o sólo pidió una explicación para imaginarse en su cabeza el panorama de esta temporada. Dicen (nunca se sabe quién) que Guardiola le espera en Manchester porque no se fía del cantarín Joe Hart. Esto último es información, lo primero simple palabrería. O no. Pero el Barça no vende a su “portero del futuro” porque si el alemán puede con la presión de Bravo, no habrá copia de las llaves de la portería. Sin embargo, el chileno viene más emocionado que nunca, habiendo vencido a Messi en dos finales consecutivas y con el desafío de jugar Europa. La Liga no es consuelo. El Real Madrid no rota porteros, ni el Bayern, ni el United, ni el Atlético, que también tiene a dos muy buenos. Dos entran, uno sale.

  

Mascherano, líder silencioso

Mircoles, 27 Julio 2016

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Líder silencioso para el gran público y padrino en el vestuario de un grupo huérfano desde la retirada de Carles Puyol. La mejor noticia para el Barcelona es que los más jóvenes aún tendrán que aguantar el taladro de Javier Mascherano para que no pierdan la cabeza como cualquier estrella de rock. Nunca farda de palmarés, ni siquiera de una eterna alabanza como la de Diego Armando Maradona, cuando siendo seleccionador de Argentina en 2009 dijo aquella mítica “La Albiceleste serán Mascherano y diez más”. Por supuesto, Leo Messi venía incluido en el montón. El ´jefecito´se jubilará en el Barça porque Luis Enrique necesita su brújula y ordenar a sus compañeros como piezas de ajedrez durante la celebración de un gol. Como Bill Shankly, él también piensa que el fútbol es algo mucho más importante que una cuestión de vida o muerte (perdón por desordenar la cita): “Sólo disfruto en los entrenamientos. En los partidos siento demasiada presión porque no puedo salir relajado, como Piqué”. Dentro de tres temporadas concluirá su nuevo contrato y en la calle apenas recordarán que él siempre prefirió jugar en el centro del campo, conteniendo como Fernando Redondo. Curiosamente, la Juventus le ofreció este verano reeditar su viejo oficio y Masche se lo pensó dos veces. Sin embargo, su espectacular Copa América y la jerarquía en la zaga azulgrana de los últimos tiempos han pesado en su decisión. Cumple años pero no pierde frescura; sus piernas no pesan y, con permiso de otro veterano como el madridista Pepe, no hay mejores centrales que ellos al corte.

No viste esmoquin ni se regodea en los flashes de un photocall. No busca las cámaras pero cuando le toca hablar, es tan sincero como Samuel Eto’o;  bueno, quizá eso sea imposible. Se desvive por su escudo, pero no entiende el fanatismo. No en vano, esta temporada no escatimó elogios para el entrenador del Real Madrid, Rafa Benítez, cuando confesó en una entrevista para la Gazzetta que Rafa le “había sacado de un pozo de veinte metros”. Agradecimiento por haberle fichado para el Liverpool y decirle a la cara que aún teniendo a Xabi Alonso, Gerrard y Sissoko, él tenía más calidad que los tres.  Ha cumplido 32 años pero le sobra mercado: pocos clubes cuentan con bulldozers que puedan cubrir cincuenta partidos o centrales con cicatrices de grandes guerras. Mascherano vale para cualquiera rol, incluso de conferenciante al estilo brillante y pausado del maestro César Menotti. Que se lo pregunten a Guardiola, con quien mantuvo largas pláticas en las tediosas concentraciones. Es un hombre de fútbol que vive y estudia su profesión, como el médico de cabecera que tiene que preparar una charla a sus residentes; a los ayudantes de Guardiola les pedía pilas de vídeo de sus rivales para intuir sus debilidades, cómo defender a sus delanteros o cortocircuitar sus tácticas. Se entrena dos horas, lo que dura cualquier entrenamiento en España, pero respalda la costumbre anglosajona de trabajar días enteros en las ciudades deportivas. Así se lo comunicó al ‘Tata’ Martino.

Amigo íntimo de Messi, sabe que sin D10S buscaría un plan de jubilación en cualquier otro lado. La infinita timidez de Leo le obliga a veces a hablar por él. Incluso, un periodista francés que sigue al Lyon confiesa que Umtiti tiene ganas de entrenar con Mascherano para que “le imparta doctrina”. Sin protagonizar portadas de prensa, selfies de instagram o tuits provocativos, la gente del fútbol habla de él. Las galas le excluyen porque no pertenece a ese celuloide donde saber jugar es tan importante como ser guapo, rico y famoso. Pero no le importa que le digan que es de la vieja escuela o, como presumen los culturetas, futbolista vintage. Gente como Mascherano es necesaria para que este mundillo no se acartone del todo entre tanta pasarela. Hacen que nos sigamos creyendo al fútbol.  

 

Dani Alves, Samuel Eto’o….gente imprescindible

Viernes, 3 Junio 2016

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“Si Guardiola me dice que suba al tercer anfiteatro y me tire, pensaría que algo bueno debe haber ahí abajo”. Dani Alves es un tipo agradecido a quien le ha dado la fama; “que la gente mire lo que hago dentro del campo, no fuera, que es mi vida. Y si bailo, así soy yo”. Dani Alves es tan sincero como Samuel Eto’o, el primer culé que puso patas arriba el Camp Nou al son de correré como un negro para vivir como un blanco; “Hay mucho racismo en el fútbol. En España se venden como un país del primer mundo, pero en algunas cosas están muy atrasados”. Dani Alves es tan gráfico, que es capaz de comerse un plátano tirado desde la grada y servir de inspiración a media humanidad; “Ser del Barça es recomendable para la salud”. Dani Alves no necesita haber jugado en La Masía para presumir de ADN azulgrana; “A mí me pone cachondo mi chica, no un partido en el que te golpean”. Y Dani Alves se siente futbolista, pero sobre todo un privilegiado de la vida. Genio y figura hasta la sepultura, los periodistas esperamos las ruedas de prensa de Alves como un rottweiler con espuma en la boca en busca del mordisco. Armamos la metralleta y a la primera que suelta un titular demoledor vaciamos el cargador. Es brasileño pero entiende que la rivalidad hay que calentarla a la antigua usanza, como Stoichkov y Míchel, Gaspart y Mendoza. Con él se va uno de los personajes de nuestro fútbol y eso que todavía tenemos nostalgia de Eto’o, Guti, Schuster…Aborrecidos de tanta sota, caballo y rey en las salas de prensa, siempre nos quedarán Piqué y Cristiano Ronaldo cuando se alinean los planetas.

Dani Alves había firmado su defunción azulgrana un año antes, cuando retó en público a la directiva y renovó en plena efervescencia del triplete. Digno sucesor de Cafú, ha sido, de lejos, el mejor lateral derecho de la última década. Sus cabalgadas por la banda convencieron a Guardiola para inventarse un carrilero con esencia de extremo; tan pronto defendía su área como se inventaba centros con escuadra y cartabón. Monchi le descubrió donde ningún otro ojeador buscó, en un modesto club llamado Esporte Clube Bahía que lo vendió al Sevilla por menos de un millón de euros. Cuatro temporadas después y con un buen zurrón de títulos, el Barça le compró por 35 millones, hasta entonces el segundo fichaje más caro de la historia azulgrana, sólo superado por el del holandés Overmars. El Real Madrid se quedó con la miel en los labios, a pesar de que el propio Alves inmortalizó una de esas frases que tanto gustan a Florentino Pérez, “¿a quién no le hace ilusión jugar en el Madrid?”. La única verdad indiscutible es que el Barça no despilfarró el dinero porque al brasileño le bastó un puñado de partidos para agenciarse la línea de cal. Proeza de la genética, Guardiola llegó a preguntarse públicamente que para qué necesitaba un jugador delante de Dani si valía para todo. La estadística es sobrecogedora: cierra su ciclo firmando más asistencias que ¡¡Xavi Hernández!! Pongámonos en pie.

Nunca engañó a nadie ni dentro ni fuera del césped. Jugaba cada partido como si no hubiese mañana, y las redes sociales delataron su vida alegre, con ese eterno vacile que no pretende ser hiriente. Logró tanto en tan poco tiempo que bajó las revoluciones en el campo: en el último año de Pep, a Dani se le había nublado la mirada del tigre. Sus centros se quedaban cortos o largos por milímetros, y el lateral a veces se convertía en un coladero delante de un media punta escurridizo. No en vano, el propio Guardiola recomendó su traspaso porque se había desgastado demasiado. Pero Alves es un luchador que sólo se motiva con retos gigantescos (“si no me enfrentara a los mejores, estaría en el equipo de mi pueblo”); se acercó a su versión más exagerada con Tito Vilanova para amortiguar todas esos chismorreos que le escaneaban con lupa,  y acto seguido volvió a dejarse llevar. En los últimos años ya no era esa tanqueta que recorría la banda de fondo a fondo con un motor diesel; jugaba como si estuviese agotado, distraído en jugadas absurdas. Como a cualquiera, le ha llegado su fecha de caducidad: ocho años en el Barça y el suculento honor de ser el tercer futbolista con más títulos de la historia…¡del fútbol mundial! Sólo detrás de Ryan Giggs y Vitor Baia. Quédense con el legado de Dani Alves, una trituradora de trofeos y la mejor rotativa que podría tener cualquier medio de comunicación. Que siga la fiesta en Turín.

 

Pico, pala y goles

Domingo, 15 Mayo 2016

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Armó el Kalashnikov y en el día señalado no se le encasquilló. Luis Suárez regaló la Liga al Barça y pidió permiso a Messi para posar delante en la alfombra roja de Hollywood. Disparó antes de preguntar en Los Cármenes porque sabía que un gol suyo abriría la lata y evitaría cualquier calvario que perturbarse al vestuario. Entendió mejor que nadie la inspiración de Neymar (¡por fin!) y se hinchó a desmarques mortales. Era su momento y ni siquiera los goles de Cristiano que aparecían en el videomarcador le descuadrarían el día perfecto. Jordi Alba dio con la tecla en zona mixta: “Luis es el mejor no porque meta goles, sino porque también trabaja para el equipo”; es la opinión generalizada en el club. El uruguayo sale al campo a tumba abierta, como si quisiera reivindicar que la FIFA metió la pata hasta el corvejón con su mordisco a Chiellini. De enemigo público a ídolo de masas con el revolver más rápido del Oeste. Desenfunda tan rápido que los más puristas se ponen de pie cuando le mencionan, y eso sólo ocurrió con Stoichkov, Romario y Ronaldo Nazario. Todos ellos Balones de Oro. Cuando la temporada intuía el enésimo Barça de Messi más diez, apareció el ‘caimán’ justo cuando la MSN se oxidaba. Precisamente, D10S agradece que su delantero centro remate, centre, abra huecos, baje al barro para pelearse con las defensas y persiga el balón como un rottweiler con los ojos inyectados. El mundo le considera una estrella, él se siento minero: pico, pala y los goles llegarán a borbotones.

Suárez llegó al Barça olvidándose de su ego personal y ensayando la mejor de las sonrisas delante del espejo. Ha superado a Neymar en decibelios de aplausos porque sigue jugando de crack silencioso, goleando y ejerciendo de samaritano (22 asistencias en toda la temporada). A Pep Guardiola le habría encantado contar en el Bayern con este ejecutor, híbrido entre un ‘falso nueve’ y un boya de waterpolo. Sus movimientos son demasiado escurridizos como para pegarle a la chepa un Gattuso de turno; su colocación recuerda a la de Karim Benzema, tan productiva fuera del área como letal en la cocina, quizá más. Luis ha asimilado que sólo hay un gallo en el corral y, además, él se ha convertido en su mano derecha. Con Messi suele armar el taco porque se ven de reojo y telegrafían la jugada. Sus habituales cenas familiares son festejadas en la planta noble del Camp Nou (esto es información y no opinión): admiran la simbiosis de ambos porque al mismo tiempo espantan viejos fantasmas. Por de pronto, los del discotequero Ronaldinho y el ególatra Ibrahimovic. Uruguayo y argentino son tipos normales que huyen de las cámaras, hasta el punto de torcer el gesto si el que les graba con Periscope es el mismísimo Piqué.

Diego Torres publicó en El País  hace dos temporadas que varios directivos del Real Madrid disuadieron a Florentino Pérez de fichar a Luis Suárez. “Un delantero de ochenta millones no sólo tiene que marcar goles”, comentaron los ejecutivos, según el periodista. Daban a entender que el club necesitaba a Benzema o una versión aproximada del francés, lejos del típico delantero como Falcao, que remata (o remataba) hasta un microondas desde el punto de penalti. Pensaron que el carácter inflamable de Suárez colisionaría con el libro blanco de conducta del club; por encima de todo, la imagen. Y sí, el uruguayo está forjando su leyenda buscando goles por tierra, mar y aire; desde el fútbol de alcantarilla para listos hasta el Circo del Sol llamado Fútbol Club Barcelona. A él le deben la Liga número 24. Y las que quedan.

Así de injusto, así de real

Lunes, 9 Mayo 2016

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De repente cayó el Atleti. Con grilletes en las botas tras la batalla de Munich, el Levante emuló a aquel descendido Hércules que en la Liga del 97 mandó al Barça de Ronaldo (sin Ronaldo) a la lona. Un aspirante menos para un título que los azulgranas han alargado demasiado. En el vestuario rojiblanco la consigna no era proclamar la Liga; al fin y al cabo, su misión era subir al podio y permanecer en el torneo de los mayores, en la Champions. Nadie se sorprenderá, entonces, de que hayan tirado sus opciones al retrete. Perdieron, como dijo Koke, porque no tuvieron la misma intensidad de los diez primeros minutos; la intensidad es el primer sacramento de un equipo que violó el segundo: el esfuerzo no se negocia. En las charlas de barra de bar se comparte el concepto de ‘cholismo’ que definió Roberto Palomar en MARCA: “Perder significa ganar”. Cierto.  No hay fracaso en la temporada del Atleti porque no se le exigen copas. Y Simeone usa ese disfraz delante de las cámaras porque se siento cómodo sin asomarse al abismo.

Roger Federer silenció las críticas que le incordiaron hace 2 temporadas cuando batió a Andy Murray en la final de Wimbledon 2014“Parece que todo lo que no sea ganar, es un fracaso; y eso es bastante duro”, sentenció el suizo después de levantar su decimoséptimo Grand Slam. Es la diferencia del Barça y el Madrid con el Atlético. Johan Cruyff motivó el debate y Guardiola lo confirmó: los azulgranas están en esa tesitura en la que perder es fracasar. Y si el equipo más perfecto de los últimos tiempos no ha llegado a la final de la Champions, el doblete (casi nada) se reduce a una escasa guarnición. Así de injusto, así de real. La memoria del fútbol quema capítulos a tal velocidad que la heroicidad del triplete quedó para las videotecas. La gente recordará que Luis Suárez se reivindicó como mejor goleador del año; una liga más para este Barça que las engulle a puñados sólo es una mera estadística. Así de injusto, así de real. Por cierto, los ansiosos de la segunda edición del ‘Tamudazo’ no se han detenido a pensar ni un segundo que este Espanyol no tiene ni a Tamudo ni a De La Peña. Son unos pericos de Hacendado.

Si al Barça le esperan con la recortada en la esquina, el Madrid vive en un Apocalipsis permanente. En diciembre era el ejército de Pancho Villa (comparado con los culés, claro) y  hoy le quedan menos de veinte días para triunfar con el enésimo proyecto faraónico. O todo o nada. Ganar en Milan o morir. Es la “exigencia absoluta que distingue al Madrid”, tal como dijo Arbeloa ayer a pie de campo. Los blancos usaron al Valencia como pista de pruebas y no derraparon del todo porque Kiko Casilla detuvo cuatro balones imposibles. Bueno, el árbitro y él. El portero catalán ha esperado a la penúltima jornada para convencer a Zidane de que no urgen porteros nuevos este verano. Keylor puede eclipsar a De Gea, y Kiko asume con paciencia estoica que lo suyo son la Copa y las migajas ligueras. Pero si en un par de partidos falla o, dicho simplonamente, no para, se le cambia y punto. Así de injusto, así de real.

Primero dispara y luego pregunta

Jueves, 21 Abril 2016

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No hubo pájaras en la subida al Tourmalet. Los tres escapados ni siquiera se miran de reojo; casi que pedalean con plato grande. El líder ha vuelto a pegar un arreón cuando ha sentido en el cogote el aliento de los otros; su descalabro sonaba a los de Jan Ullrich en aquellas peleas gloriosas contra Armstrong y el ‘Pirata’ Pantani. Pero el Barça se ha descubierto como la locomotora americana que, lejos de desfallecer, ha vuelto a imponer un ritmo brutal. El que ha querido y le ha dejado un Depor demasiado relajado. El 0-8 es la coartada perfecta para reclamar como accidente la derrota contra el Valencia. El campeón entró en barrena y salió de la crisis de la manera más contundente: asustando como Mike Tyson. Resulta que Luis Enrique, enemigo público número uno de la prensa y casi de la calle, quizá tuviese razón: no fallaba el físico sino la puntería, porque en Anoeta Gero Rulli salvó a la Real Sociedad y el pasado domingo Diego Alves se convirtió en Duckadam, no parando penaltis pero sí disparos por tierra, mar y aire. El Barça espanta fantasmas y Luis Suárez se declara ganador en el debate de quién ha sido el mejor de la MSN. Desde luego, el killer uruguayo no sólo destroza sus propios récords (ya lleva 50 goles esta temporada) sino que garantiza a su equipo el mejor delantero centro del momento. Golea y da asistencias, rechazando las teorías de los ‘falsos’ nueves. Calibró su Kalashnikov cuando más lo necesitaba, y en cualquier palmo del área ataca al balón como un velociraptor a su presa. Tendría su enjundia verle en un equipo de Guardiola, con tantos delanteros móviles que, de repente, cambian a media puntas o interiores. Suárez es el delantero que pivota en el punto de penalti para rematar hasta un microondas (bonita expresión de Jorge Valdano); fuera del agua se muere porque, al contrario que Benzema, él no entiende el fútbol como un mecano donde la jugada empieza a construirse desde la banda.

A Romario le preguntaron en O Globo quién era su favorito de este Barça. Y cuando todo el mundo intuía que tiraría de inercia patriótica con Neymar, el senador más transgresor del parlamento brasileño sorprendió con Luis Suárez. “Me recuerda a mí, con mi instinto pero sin mis regates”. O Baixinho sigue pendiente del negocio del balón y sabe que el club azulgrana compró la mejor semiautomática del mercado. El Camp Nou la disfruta, como lo hizo Anfield en el año que casi les devuelve la Premier League. Por eso, el mito del Liverpool, Kevin Keegan, avisó hace tiempo al barcelonismo:No saben de qué es capaz el monstruo”. Entre sus diabluras de extremo derecho y delantero centro, se sacó dos Balones de Oro. Al igual que Suárez, ‘Super ratón’ Keegan triunfó en la Premier alejado del estereotipo de tanqueta goleadora (tal honor le correspondió a J.B.Toshack). Los regates del uruguayo son una vintage de aquellas fintas del gran ariete de los setenta. Keegan cambió la idea simplona y folclórica de los inventores del fútbol, mientras que el uruguayo no ambiciona tanto, si acaso, un recuerdo como el de Hristo Stoichkov, de quien le han dicho que puede aspirar a lo mismo: un Balón de Oro. Casi nada. Luis plantea cada partido como un duelo en el Lejano Oeste. Dispara nada más recibir, sin pensar, sin imaginar el ángulo. Le da igual a bote pronto o en pirueta, remata el balón como Hugo Sánchez. Y cualquier aroma añejo siempre es bienvenido. Suárez es el goleador del momento, que dio pistas en Amsterdam y se consagró en Inglaterra. Si Football Leaks desvelase que el Real Madrid le tuvo tan a tiro…

Felix Baumgartner

Domingo, 10 Abril 2016

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Estadio Luis II de Mónaco; abril de 2004. Zinedine Zidane se acerca a su compatriota Ludovic Giuly en el túnel de vestuario durante el descanso y le suelta un susurro cómplice: “Estamos muertos, agotados”. El Madrid plantea la segunda parte de aquella fatídica Champions con grilletes en los pies, sin físico para la reacción. De repente, el Mónaco del exiliado Morientes voltea los cuartos de final y el proyecto faraónico de Florentino Pérez entra en barrena en el famoso ‘galacticidio’. El equipo construido para barrer en Europa comienza a arrastrarse sobre el césped monegasco sin amago de ruletas de Zidane ni manadas de búfalos (Ronaldo). Es entonces cuando la prensa aduladora dispara toda su metralla contra Carlos Queiroz y su nulo ojo clínico, porque el Madrid galáctico fueron once titulares, con Solari y Guti como banquilleros de lujo; rotar a las estrellas no estaba autorizado en el reglamento del club. Primero fue el sopapo del Zaragoza en la final de Copa; días más tardes la catástrofe de Mónaco y, a continuación, cinco derrotas ligueras que desmontaron la plantilla como si fuese un lego.

El madridismo recuerda en estas horas su fatal recuerdo. Anhela que al Barça le suceda la misma Apocalipsis, ese paso del cielo al infierno a la misma velocidad que bajó Felix Baumgartner desde la estratosfera. Desde la Ciudad Condal surge cierta corriente pesimista que rememora el victimismo ochentero culé: son varios ex jugadores como Jose Mari Bakero los que se acuerdan del descalabro de Queiroz. Sus declaraciones off the record no cambian nada de las públicas: son cautos porque el ocaso del Dream Team les forjó su cautela. Sin embargo, en el vestuario azulgrana se aferran a la palabra de su capitán Iniesta: necesitaban un colchón demasiado mullido para amortiguar la caída. Visto desde fuera, el Barça se agrieta porque Luis Enrique no ha embadurnado con antioxidante a su MSN. El ritmo de partidos es brutal desde la Supercopa de agosto, sin apenas descanso y con un puñado de viajes transatlánticos que atenaza los músculos. Existe cierto temor en la planta noble del Camp Nou (esto es información, no opinión) a que el equipo se desmorone como el del ‘Tata’ Martino, que se quedó sin gasolina para el esprint final de temporada y con Leo Messi en las portadas por sus arcadas y no su Circo del Sol.

Por pura estadística, el Barça tenía que sufrir la pájara en su Tourmalet. Por pura estadística, los jugadores no podían aguantar el fútbol ciclónico de estos meses. Por pura estadística, Messi, Neymar o Luis Suárez tenía que quebrar. No ha sido el uruguayo, cuyo letalidad sostuvo a todos ante el Atlético. Y del mejor jugador del mundo tampoco se duda porque, al fin y al cabo, él decide el destino del Barça y no al revés. Curioso, entonces, que el mejor año de Neymar se ennegrezca ahora con escapadas disolutas (aceptadas por Luis Enrique); y como este deporte olvida su memoria en pocas horas, el brasileño necesita devolverse a sí mismo a las favelas donde le descubrieron. Allí encontrará el catálogo de regates que asombró al mundo hace…..¡tres semanas! De locos. Por pura estadística y sin fanatismos, el Barça sigue siendo favorito para todo. Tampoco lo olviden.

Busquets, el ‘huracán tranquilo’

Viernes, 12 Febrero 2016

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Debutó en 2008 siendo ‘el hijo del portero’, pero con los años a papá Busi le han terminado conociendo como ‘el padre de Sergio’. Vicente Del Bosque le rindió un tributo inolvidable en Sudáfrica defendiendo sin rubor que si fuera futbolista, le gustaría parecerse a Busquets. No acapara portadas porque cualquier gesto de Messi o Neymar acaba siendo trending topic, ni tampoco suele ser cómplice en el césped de los prodigios de Iniesta. Sin embargo, supera a casi todo el vestuario en las notas de los cronistas: suele sacar sobresaliente y apenas baja al notable; de lo contrario,  el Barça entraría en mayday!  Como dice el maestro César Menotti, “es el coche escoba que limpia la alfombra para que el resto de esos locos bajitos hagan sus diabluras”. La voracidad de nuestro periodismo deportivo, que escanea con lupa hasta la roña que puedan tener en la uñas Cristiano Ronaldo o Messi, se olvida a posta de la clase media. Y Busquets representa esa clase obrera de tarea poco glamurosa. Fue el peón decisivo que ansiaba Mourinho durante su época merengue; no en vano, un directivo de la planta noble del Bernabéu sugirió más de una vez intentar un segundo caso Figo, claro que no tan bullicioso.

Este Barça sufre de algún modo el ‘síndrome Makelele’: el francés aguantaba el equilibrio galáctico hasta que se hartó del ninguneo y se largó. El Madrid le consideró intrascendente y Zidane, Figo, Raúl y Ronaldo se estrellaron en aquel galacticidio. Ellos vendían el fútbol total y Makelele sostenía la viga maestra del tinglado táctico. Sólo cuando las piezas se desacoplaron, el proyecto faraónico de Florentino comenzó a resquebrajarse. Desde la irrupción meteórica de Guardiola, el Barça ha tensado un cable que Busquets mantiene firme para que, por una parte, su retaguardia no se encuentren de bruces con una invasión enemiga y por otra, Messi y el resto de alquimistas se liberen de cualquier marrón. “Es el mejor centrocampista del mundo”, espetó Guardiola en Munich. Pista más que fiable para que el resto de todopoderosos le quieran tentar. Busquets recibió dos ofertas el pasado verano de Chelsea y Paris Saint Germain, pero el Barça le había prometido un contrato de estrella de rock. Media temporada después, ni ha estampado la firma ni le han dado turno en las oficinas del Camp Nou. Y Busquets, que conoce los trapos sucios de este negocio, ya ha deslizado en la ESPN que le debe media vida a Guardiola: “Sólo mi mujer y Guardiola me harían dejar el Barça”. ¿Hora de cobrar el favor?

“Busquets arrasa con todo si el físico no le traiciona”, palabra de Frank Rijkaard. No lo dice uno de los entrenadores más decisivos de la historia moderna del club, sino uno de los mejores centrocampistas defensivos que ha visto el fútbol mundial: el ‘huracán tranquilo’, tal como le calificaron en un artículo de FIFA.com. “Todo fútbol, el rácano o el más vistoso, necesita fontaneros”, lo sabe bien Fabio Capello, que nunca ha querido cambiar la llave inglesa por un pincel. Y, desde luego y a pesar de las apariencias melindrosas, Guardiola siempre mete la llave pesada en su caja de herramientas. Busquets es imprescindible antes, ahora y siempre; sin duda, es otro ‘huracán tranquilo’. 

“Ponte detrás de Messi”

Martes, 20 Octubre 2015

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“Busquets es innegociable en el doble pivote”. La cabezonería de Vicente Del Bosque terminó cuando Xabi Alonso se despidió en Brasil. Luis Enrique, por su parte, no ha tenido tanta paciencia: Busquets siempre ha confesado que su hábitat termina un puñado de metros por delante de la defensa. Ahí es donde encuentra oro y mirra. Sin embargo, su entrenador se empeña en usar el comodín por cualquier palmo del campo; a la antigua usanza, como el polifacético Miguel Ángel Nadal, de profesión central del Dream Team y de afición delantero centro en situaciones imposibles. La primera parte de Borisov fue la prueba de que el algodón no engaña: perdido de interior izquierdo y, mirando cómo Mascherano oteaba plácidamente la colina, Busquets ni siquiera se postulaba como la amenaza fantasma. El 0-0 del descanso tenía coartada, Luis Enrique no.

Busquets es el fontanero del Barça y, por eso, no figura entre los 23 candidatos para el Balón de Oro. A la FIFA no le conviene por estética elegir a futbolistas que se ensucian en el fango. Busi se embarra en el juego oscuro, ése que el equipo necesita entre bambalinas. Y aunque el BATE no requirió sus servicios, sí evidenció que el catalán sólo ha nacido para comerse marrones. Y a mucha honra. Como Neymar, que presionado en la condición de líder interino, ignoró el photocall con susmejores fintas y bicicletas. Suya fue la internada que acabó con asistencia a Rakitic en el balcón del área, y también facturó el segundo pase de gol. Y cuando los mentideros de Barcelona todavía dudaban si Neymar acabaría engullido por su egocentrismo (como le sucedió al ex madridista  Robinho), de repente imitó a Leo Messi. El vestuario azulgrana nunca ha sospechado del brasileño; simplemente refunfuñaba cuando quería la patente de todas las jugadas. De Neymar se cuentan demasiadas fábulas, cada una de ellas sellada con el prejuicio sobre su entorno juvenil. Su grupo de amigos, los ‘toiss’, suelen disparar los rumores de una vida disoluta; sin embargo, su verdadero círculo lo forman dos personas: su padre, Neymar, y el representante de toda la vida, Wagner Ribeiro. Un Jorge Mendes brasileño que controla cualquier promesa con ínfulas de Pelé.

“Eres carismático en Brasil, aprende ahora a ser líder en el Barcelona: ponte detrás de Messi”. Fue el primer consejo de Ribeiro a su futbolista minutos después de la presentación ‘hollywoodiense’ que le brindó el club en el verano del 2013. De hecho, Neymar nunca se avergüenza en confesarlo delante de un micrófono: “Messi es único y luego estamos todos para ayudar”, contó a Canal Plus después del Atlético 1-Barcelona 2 de esta Liga. Sabe que la pole position está reservada por los siglos de los siglos, o al menos hasta que D10S deje de rifarse los Balones de Oro con Cristiano. De momento, expediente cumplido: el Barça casi en octavos y Neymar gustándose como en el Santos, pero sin sentirse tan estrella de rock. Allí la táctica recordaba a la escena de Evasión o Victoria en la que, precisamente, el preso de guerra Pelé traza su jugada en una pizarra de portería a portería. El Barça es distinto a todo. Este Neymar también.   

“Pedro es el más espabilado con y sin balón”

Sbado, 1 Agosto 2015

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“Cuando todos fallan, él acierta. Es un futbolista al que le sale todo bien”. Minutos después del baile de Wembley, Guardiola respondió a un periodista británico en la sala de prensa interesado en la actuación de Pedro Rodríguez, entonces Pedrito. El Barça acababa de desquiciar al Manchester United en una de las finales de Champions más descaradas de la historia. Fue 3-1 porque los azulgranas así lo quisieron, con un fútbol delicatessen sólo apto para románticos del ‘cruyffismo’. Y no fue Messi quien comenzó la juerga, sino ese veinteañero tímido delante de las cámaras, y escurridizo y pícaro con las botas puestas, que batió a Van der Sar con una especie de putt perfecto y dejó en muy buen lugar a su descubridor, el ojeador canario Sixto Alfonso. “No es bueno porque le suele salir todo, sino porque siempre elige bien”, se ufana en contar el cazatalentos. Coincide Guardiola, quien aposto por él, al igual que por Busquets, como productos de edición limitada de La Masía.

Pedro ha jugado más de 300 partidos, 200 de titular y 98 goles oficiales. “Siempre cumple. No se puede decir lo mismo de muchos otros”, espetó Tito Vilanova en una entrevista a Barça TV.  Claro que su nombre no vendía periódicos ni camisetas; por eso, tuvo que batirse el cobre con personajes de escaparate de Quinta Avenida: en su primer año llegó Ibrahimovic, a continuación David Villa y tiempo después el sueño pernicioso del ex presidente Rosell: Neymar. Cualquier otro habría pedido el exilio, pero ningún entrenador, incluido el ‘Tata’ Martino, quiso desprenderse de un auténtico obrero del fútbol. “Es de los delanteros que mejor me entienden el pase al hueco”, aseguró Xavi Hernández; su primer gol en el Bernabéu (0-2 en la 2009/2010) y el que abrió el cinturón metálico del United en Wembley lo atestiguan. Quizá el mejor cumplido, el que más le gusta a él, se lo sugirió su amigo Busi: “Es el futbolista más espabilado que conozco con y sin balón”. Quizá sea ese el secreto por el que el Barça se resiste a venderlo; también Guti tuvo el suyo que le mantuvo en el Real Madrid década y media.

El Manchester United supuestamente ha pujado fuerte por Pedro (el Barça lo niega) porque no quiere ser el “mejor cuarto delantero del mundo”. Así le considera Luis Enrique cuando le explicó que delante tiene a los “tres mejores del mundo”. Él lo asume con la misma facilidad con la que quiere que el club le agilice una despedida sencilla. Porque así es su vida fuera de un vestuario repleto de egos ‘hollywoodienses’. Su intención es jugar el puñado de minutos que no le descarte para la próxima Eurocopa, ya que Del Bosque insiste en que “la agresividad de Pedro rompe con el molde de España de jugar al pie”. Y de paso, probar otras ligas, por ejemplo la Premier. Allí puede que se rencuentre con el tipo con quien más ha disfrutado y aprendido en los entrenamientos: Thierry Henry, que vive en Las Islas. Fue un solo año de convivencia, pero dio para un máster acelerado con monsieur Tití. Por si acaso, los interminables rumores del mercado también apuntan al Bayern de Guardiola. Caché no le va a faltar, es el currículum que se ha currado el único futbolista de la historia (sí, de la historia) en marcar en todas las competiciones imaginables de clubes en una sola temporada. El Pedrito del Barça quiere alzar el vuelo, sólo que ahora será Pedro. Sencillo, punto.