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El Terror del Garden

Domingo, 27 Noviembre 2016

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Regresó el ‘Terror del Garden’ al Bernabéu. Mientras medio país le estaba animando a un plan de jubilación demasiado adelantado, su pegada confirmó que sin él todo huele a tierra quemada. Es el derecho divino que sólo se le puede atribuir al digno sucesor de Alfredo Di Stéfano. Las coartadas de los ingratos caen como castillos de naipes: 1) que si no marcaba goles decisivos. El de Lisboa valió una Champions, el hat trick del derbi enterró al sector cafre de twitter; 2) que si su físico se oxida. Quizás, pero mientras Benzema, Bale y medio vestuario visita a menudo la enfermería, los médicos tienen que convencerle para dosificar sus ansias. Cristiano Ronaldo ya no tiene la explosividad de Bale, de acuerdo, pero su instinto depredador sigue intacto. Ancelotti le sugirió amablemente probar de delantero centro y el portugués lo rechazó sin titubeos. Prefiere seguir cabalgando a treinta metros de la portería y no perder el oficio de francotirador. Con los años Leo Messi ha retrocedido su posición (acabará en la baldosa desde donde se manejaba Xavi Hernández) y Cristiano ahora es más decisivo rematando hasta un microondas desde el punto de penalti.

A Cristiano le suelen preguntar en zona mixta por qué nunca descansa. “Estoy bien, no hay motivo para parar”. Lo dice el mejor profesional de su oficio; entregado al culto de su cuerpo mañana, tarde y noche; obsesionado con romper la barrera del sonido y sacudirse las habladurías de segundón. En sus primeros años Rafa Nadal descansaba entre punto y punto lanzando bolas a los recogepelotas; era su manera de mantener el ritmo. Para CR7, cada jugada requiere su presencia porque él siempre está dispuesto a pedir el balón: un salto imposible, un paso atrás para cargar el tomahawk…Un ex peso pesado del vestuario cuenta que, durante las dos primeras temporadas de Mourinho, su fijación con ser el número uno llegaba a límites insospechados. Por ejemplo, cenar durante una concentración viendo al Barça en televisión, y tirar la servilleta al suelo instantes después de un gol de Messi. Y aunque su egolatría le ha causado odios por muchos campos, las ansias de superación mantienen su voracidad de tiburón blanco, sin que ningún Jefe Brody lo haya arponado todavía. A partir de hoy calibrará sus fusiles para la cacería del Camp Nou, y anoche le demostró a Florentino Pérez una teoría peligrosa para un club de casi 600 millones: el Madrid es Cristiano por tierra, mar y aire. Sin él, se asoma al Apocalipsis. Aunque lo misma dirán los merengues del Barça sin Messi. Sólo la estrella lusa puede evitar un cataclismo en el club y las supuestas terribles consecuencias en la planta noble del Bernabéu.

Rompe récords a la misma velocidad que agita pasiones y odios. Cristiano superó a Raúl con un promedio brutal y todavía arrastrará grilletes. Las plumas más afiladas le recriminan que trescientos y pico goles sólo han regalado una liga en siete años; su guardia pretoriana justifica la existencia de su antihéroe, Leo Messi, como Sebatian Coe necesitó a Steve Ovett para agigantar su grandeza. Le han llamado “goleador de partidos pequeños”: la memoria a corto plazo ignora su salto de gimnasta en aquella final de Copa de Mestalla o el último gol que enmudeció al Camp Nou y metió al Madrid en una liga inimaginable. Hay gente para todo. Llegará a cuatrocientos goles y aún sonará ese runrún ensordecedor y casposo de que juega para sí mismo. Es el tendido siete del Bernabéu que llegó a sospechar del mito Di Stéfano. Ya lo repite Manolo Sanchís hasta la saciedad: “Si han pitado a ‘La Saeta’, quién se puede librar”.

Pegamento en la bota

Martes, 22 Noviembre 2016

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“La próxima vez no hagas tantos malabares con el balón y centra al área más rápido”. Fue el consejo de Fabio Capello a un imberbe Víctor Sánchez del Amo después de un Real Madrid-Depor del 97. El equipo blanco se había volcado al ataque con empate a dos, quedaba media hora de partido y en una contra Víctor intentó driblar defensas usando el comodín de las famosas bicicletas que Robinho patentó posteriormente. De repente, Mijatovic y Suker levantaron los brazos en el área esperando ese balón inteligente que nunca llegó. La reacción del entrenador merengue fue volcánica: saltó del banquillo como un resorte y sus aspavientos hacia Víctor se vieron hasta en la antigua grada del ‘gallinero’. Preguntado en la rueda de prensa, Capello aplaudió la actuación del canterano pero aprovechó la ocasión para darle una colleja: “Me gusta el fútbol práctico y Víctor tiene que aprender a serlo”.

Isco se reencontró con su ‘yo’ más apoteósico del Málaga de Pellegrini. Sin caer en ese barroquismo que desespera al Bernabéu, como cuando Fernando Redondo pasaba el balón en horizontal, las expectativas del malagueño han subido como la espuma hasta el punto de reducir a James a una versión liliputiense. Convirtió el derbi en un Circo del Sol cada vez que cogía la pelota. Sí, parece que la lleva “pegada con pegamento”, como suele insistir Morata, pero Zidane le pide que a ratos que la suelte más rápido para leer la jugada. Cuando lo consiga un puñado de partidos, hasta Zizou sentirá nostalgia del pasado, aunque suene a palabras mayores. Si Isco amaga rápido y traza pases con escuadra y cartabón, quizá entonces la BBC no sea tan innegociable. Lopetegui siente predilección por su canterano porque ama el tráfico ordenado de balón. Cuanta más movilidad, mejor; la práctica habitual de Iniesta. Y si entre medias corren los “velocistas” (Guardiola dixit), el malagueño inaugura autopistas. No es su estilo, pero entiende este arma de destrucción masiva que tan bien usa el Madrid. Si fuese delantero, tendría dejes de Butragueño: finta, cambio de velocidad y el balón escondido detrás del talón. Fútbol en extinción.

“Isco regatea en un metro cuadrado como Paul Gascoigne”. Es una cita de Antonio Fernández, director deportivo que le convenció para trasladarse de la cantera de Paterna al Málaga. Como en otros casos sonados, Unai Emery ignoró los kilates que tenía en la cantera y nunca le dio la oportunidad de sacar ese joystick de Playstation que colapsó al Atleti. Y para mayor escarnio che, el propio Isco pidió renovar al entonces presidente Manuel LLorente, pero éste no aceptó unas condiciones calificadas por él mismo como “inasumibles”. Fue en ese preciso momento cuando Antonio Fernández convenció a la familia Alarcón de que  en Málaga su hijo comenzaría la carrera por ser un Von Karajan del fútbol. Lo sabía Pellegrini, que le llamó personalmente por teléfono para ficharle para el City, y también Del Bosque, que le dio galones de jefe aunque delante de las cámaras le tratara como becario.

 

James ‘efecto Robinho’

Viernes, 18 Noviembre 2016

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“James es un Di María con diez kilos más de peso y motor diesel”. Carlo Ancelotti encontró la definición perfecta para justificar la salida del ‘Fideo’ porque el Bernabéu se empezaba a acostumbrar al guante de seda que escondía un cañón inteligente. James Rodríguez había marcado un golazo descomunal a Uruguay en el pasado Mundial, y Florentino Pérez dio la orden definitiva: jugaría en el Real Madrid para convertirse en galáctico. Su adaptación fue vertiginosa, clavando balones en las escuadras con cartabón. Sí, el equipo había perdido velocidad sin Di María, pero había recuperado la elegancia de la zurda de Davor Suker. El colombiano suplía al principio los irritantes aspavientos de Cristiano y las eternas lesiones de Bale; quizá por eso, la grada le cogió cariño. El Madrid no ganó títulos pero sí una inversión con un P.V.P desorbitado pero demasiado rentable. En la planta noble del estadio decían que James era un David Beckham versión latina, con fútbol delicatassen en las botas y patrocinadores cayéndole de los bolsillos. Sin los alardes de una estrella de rock, James sofocaba los incendios de la ‘BBC’ en calidad de actor de reparto. Terminaba con la camiseta empapada y se comía el césped palmo a palmo. En menos de una temporada se había contagiado del ADN del madridismo. El de Juanito.

Y de repente y con efecto permanente, de la galaxia al ‘galacticidio’. Se fue Ancelotti y James se desnortó. No simpatizó con Rafa Benítez porque, con Carletto, se había acostumbrado a flotar como una mariposa y picar como una avispa. Su mundo se había encorsetado con un entrenador más siderúrgico y que apenas dejaba tiempo libre para el pincel. Además, una desafortunada lesión con Colombia le relegó al vagón de cola. No pertenecía a la guardia pretoriana de Benítez pero jugó el demoledor 0-4 del clásico por aclamación popular. Tarde o temprano la guadaña tenía que caerle. Fue entonces cuando el Doctor Jekyll mutó en señor Hyde. Con una silueta sospechosamente ensanchada, James dejó de entrenar como si no hubiera mañana y prestó demasiada atención a la noche madrileña. El runrún en el club y en las charlas de barra de bar cada vez era más insistente. Su sensacionalismo recordaba al de Robinho, ese brasileño con ínfulas de Pelé que remató su egolatría en una rueda de prensa inolvidable: “Me voy del Real Madrid para ser el mejor jugador del mundo”. El City fue su destino…y su perdición.

Desquiciado con el árbitro en el Argentina 3-Colombia 0 de esta semana, James vuelve a Madrid queriendo irse. Lleva tiempo atrincherado en su realidad y huye de la prensa como de la peste. Intentó lucir abdominales a la salida de una de esas cenas de conjura para demostrar que no está gordo, y aguantó el silenzio stampa con la persecución policial por la M-40 hasta que el club le exigió explicaciones públicas.  Mucho estiércol y poco fútbol; líos a diestro y siniestro, y ninguna crónica generosa sobre el césped. Hace unos meses, en una convocatoria internacional de Colombia, lanzó un tomahawk  pero fuera del campo: mandó un  recado a Zidane porque allí se siente futbolista y rey Midas de los anuncios.  Pero con su actual entrenador aún no ha entendido que la ópera es demasiado selecta. Si no juega y, peor, no suda, los oídos le seguirán pitando. Hasta Sanchís dijo anoche en El Partidazo que “tiene que mover el pandero”. El galimatías de su cabeza empieza y acaba en él. O en el diván de un psicólogo que le recuerde por qué Florentino Pérez escuchó su nombre en Brasil no hace demasiado tiempo. Como dice Paco González, “es increíble que el Madrid no saque más provecho de este jugadorazo y más aun que él no saque provecho de sí mismo”. 

 

¿A qué juega el Madrid?

Domingo, 6 Noviembre 2016

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Ramón Mendoza despidió a su entrenador Radomir Antic porque “el Bernabéu se aburría cada domingo, incluso en las goleadas”.  La prensa no entendió por qué el equipo que lideraba la Liga agitaba el banquillo sin crisis por medio ni rebeldías de vestuario, pero el entonces presidente creyó que si el Dream Team de Cruyff se parecía al Circo del Sol, su Madrid merecía por lo menos la misma distinción. Mendoza fulminó a Antic y puso a Leo Beenhakker, cuyo funesto epílogo acabó en la primera Liga de Tenerife. Perdieron el campeonato en 45 minutos, pero una encuesta elaborada por la revista Don Balón entre los entrenadores de Primera concluyó que el Barça fue el justo campeón. ¿A qué juega el Madrid? Suele ser debate de barra de bar. Cualquier aficionado merengue espera que el club más mastodóntico de España divierta delante del televisor; quizá, no que juegue como el último Barcelona de Guardiola, pero sí que dé la impresión de rodillo, de sensación de acordeón que se pliega y despliega con estilo. En nuestro periodismo deportivo, cada vez más degradado, opinar del Madrid significa atacarle: porque uno puede decir que el aburrimiento es el patrón de juego y por inercia moral se moviliza una marabunta de tuiteros y/o haters restregándote que Zidane está invicto. Si osas escribir que Cristiano Ronaldo se tiene que desoxidar, de repente te avasallan con infinitas estadísticas de sus infinitos goles. Es la guerra mediática Madrid-Barça que ha cavado dos trincheras en las que no hay sitio en tierra de nadie; bueno, sí, quedarse callado. Opinar de ambos para bien o para mal es vivir una batalla entre jedis y siths, o estás conmigo o contra mí. Si hablas del mal de los blancos, aunque sólo de lo que suceda en el campo, prepárate para el pelotón de fusilamiento.

Una crónica poco marciana sería que un resumen televisivo de 1 minuto explica de sobra por qué el Madrid salió a contemplar cómo el Leganés se dejaba engullir por el “miedo escénico”. Hay jugadores cuyo P.V.P rondan los cien millones porque con apenas dos amagos sentencian un partido. Es el caso de Gareth Bale, en un estado de gracia que está salvando la marca BBC. Ajeno a cualquier odiosa comparación con Ronaldo, Florentino le fichó de número dos y su representante, Jonathan Barnett, le aconseja calma: el protagonismo absoluto estará a tiro en unos años. Su carácter hermético, demasiado anglosajón fuera de las Islas, impide que la prensa le dediquemos más tinta con esas chorradas que tanto nos gustan. Por ejemplo, los movimientos de CR7 sobre el césped no importan, sí su cabreo volcánico en la jugada que termina fallando Bale. Así es el negocio: o lo tomas o lo dejas. Por eso, se agradece que algún protagonista se harte y escupa un titular. Morata salió delante de las cámaras y ante la pregunta de su desafío con Benzema, no especuló: “Estoy cansado de lo de revulsivo”. Gran respuesta. Morata es el delantero centro que Cristiano no quiere ser y él  se aprovecha de esas ‘migajas’. Y mientras Benzema continúe en el limbo,  el canterano seguirá agradeciendo ese máster acelerado que le regaló la Juventus.

Sí, el Madrid ni pierde ni enamora. Quizá sea la poca motivación que supone reventar el cuento de hadas del Leganés, pero la grada merece cierta gratitud. Y la mejor forma de respetar al fútbol es intentar golear sin piedad a cualquiera, como en la noche de la Cultural. Viendo la primera media hora de partido, un ‘entrenador’ aficionado, o sea todos nosotros, pensaríamos que este Madrid se aburre atacando como si fuera un equipo de balonmano. Iniesta y Xavi Hernández podían sobar el balón hasta desgastar el cuero; en este equipo hasta Toni Kroos, pelotero por excelencia, recibe y suelta el balón en décimas de segundo. La leyenda de la posesión se va reduciendo a una mentira popular porque no es superior quien más pelota toca. Recuerdo una goleada del Barça al Rayo de Paco Jémez en la que los vallecanos sólo ganaron esa estadística, y parecía una gesta homérica. Zidane ha entendido que tiene una plantilla ergonómica para salir en estampida desde su propio campo; ¿qué el Madrid no puede jugar así? Pues con Mourinho marcaron 120 goles durante una temporada. La anarquía de los blancos está inspirada en los Harlem GlobeTrotters: el talento de cada crack cubrirá las lagunas tácticas del equipo hasta que Zizou inspire al vestuario con el emocionante discurso de Al Pacino en Un domingo cualquiera: “O nos curamos ahora como equipo o moriremos como individuos”. Sólo así es posible.

El Madrid de la calle

Jueves, 27 Octubre 2016

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Del Madrid galáctico apenas se escribieron crónicas sobre aquella clase media que se remangaba para la fontanería, reparando las averías en las que Zidane, Figo o Ronaldo no querían pringarse. El rebufo formado por Makelele, Michel Salgado, Helguera o Mcmanaman hicieron entender al vestuario que no siempre podían tirar de Los Vengadores de Marvel. De vez en cuando, un Morientes de la vida aliviaba cualquier amago de ‘galacticidio’; no en vano, la salida de Makelele provocó el choque del Titanic contra el iceberg. Este Madrid, también de Florentino Pérez, ha tardado en cuidar su nueva hornada de albañilería. Son peones que calientan banquillo sin fruncir el ceño, sin pataletas ante la prensa y con la única obsesión de aprovechar los minutos de la basura. El mismo Zidane que se iba a desvivir por la alfombra roja de Hollywood, se ha percatado de que ciertos partidos se resuelven en el barro. Y ahí Nacho Fernández, Morata y Lucas no suelen fallar. Ya no hay un Di María que asquee la Copa o miedo a que Jesé saque toda su bilis delante de un micrófono. El segundo batallón de infantería se desvivió en el Reino de León como lo hará en un clásico o cuando Zidane decida negociar con la BBC.

Honraron al fútbol porque golearon sin piedad a la Cultural. Sin espaldinhas, vaciles ni chulerías, el Madrid atacó sin árnica hasta que el árbitro finiquitó el castigo. Demasiado que perder y sólo unas cuantas palmaditas en la espalda que ganar. Quizás (o sin él), este equipo se identifica con el madridista de la calle más que el vedetismo mastodóntico con el que la gente asocia al Madrid de hoy. Jugadores españoles (lo que siempre ha reclamado Iker Casillas) que celebran la volea de Nacho como si reventaran la Champions; tipos cercanos que hacen olvidar rápido a marcianos como Özil, Khedira o Di María, poco amigos de las entrevistas y de la normalidad que deben darle a este negocio de estrellas de rock. Puede que no ganen en el Camp Nou, pero es un plan B muy competitivo para dar la vara en Europa. Aunque jugando Marco Asensio todo es discoteca: la pisa, divisa, dribla, calibra y suelta uno de esos latigazos a los que nos estamos acostumbrando. Futuro del Madrid…y de la selección. La falta sonreír en sus celebraciones, cuestión de que el siguiente gol puede mejorar al presente.

Lucas Vázquez va camino de ser “otro de los nuestros”, de la escuela de Callejón. Se desvive en los entrenamientos y acaba los partidos jadeando de esfuerzo. Es un banquillero de lujo como Savio o Santi Solari, porque oxigena el ataque cuando Bale detiene la cuadriga de caballos. Lucas disfrutaría demasiado en el fútbol ochentero del 4-4-2 con extremos clásicos: rueda el balón por la banda derecha buscando el centro perfecto o un regate que desnude defensas. Y si el lateral se pone farruco, caracolea para otro lado. El Bernabéu acusaba a Mcmanaman de no encarar al rival; de repente, sus zigzagueos de Anfield desaparecieron por una cuestión psicológicaMacca no regateaba ni a una farola y siempre la pasaba en horizontal para desesperación de la grada. Vázquez no tiene ese problema: busca el balón pensado en el próximo quiebro con ese cuerpo tan escurridizo. Sabe cómo jalear a las masas

Un golfista en el Bernabéu

Viernes, 14 Octubre 2016

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De repente, un golfista en el Bernabéu que se llama Toni Kroos.  Su putt es una de las pocas maravillas que le faltaba por ver al público merengue; su dirección asistida no desmerece la de Xabi Alonso. Llegó en plena efervescencia mundialista del 2014 y, sin apenas trote de pretemporada,  se comió la pizarra de Ancelotti en aquella Supercopa de Cardiff contra el Sevilla. Jupp Heynckes le definió como una “proeza genética”, no del perfil velocista de Cristiano sino de un panzer que cubre cualquier palmo del césped. “Te pone un centro orientado de cuarenta metros al pie”, dijo Bernd Schuster; a lo que otro todoterreno alemán como Uli Stielike añade que “es un discípulo adelantado de Xabi Alonso, pero más atrevido en ataque. Te monta él solo las jugadas”. Una hoja de recomendación completa a la que sólo le falta la firma de Pep Guardiola. Precisamente, el técnico del Bayern intentó retenerle hasta que Uli Hoeness y Rummenigge le disuadieron de su idea. Guardiola estaba enamorado de un Kroos que no quiso ignorar la llamada del Madrid; desgraciadamente para el Bayern, sus dueños no pensaron lo mismo.

Minuto 15 de la vuelta de semifinales de Champions entre Madrid y Bayern en 2012. Cristiano marca el 2-0, resultado que metía a los blancos en la final de Munich. En medio del estruendo del Bernabéu, Heynckes llama a un imberbe Toni Kroos para que se acerque a la banda. “Dile a Basti (Schweinsteiger) que cojáis el balón y entre los dos os pongáis a mover al equipo”. Dicho y hecho, Kroos se montó a la espalda toda una mole como el Bayern y repartió el balón de norte a sur y de este a oeste. Poco a poco, los bávaros se sacudieron la estampida inicial del Madrid y Kroos se doctoró en master de liderazgo y motivación en uno de los estadios con más solera. Lejos de arrasar en ventas de la tienda oficial del club, Kroos ha confirmado que es tan “esencial” como reclamaba el legendario Effenberg cuando el Manchester United ofreció 40 millones por su fichaje. Si James Rodríguez fue consecuencia del éxtasis mundialista por un golazo estratosférico a Uruguay, Kroos ya estaba cerrado antes de Brasil: con o sin Xabi Alonso, el presidente Florentino y José Ángel Sánchez habían elegido a dedo a su futuro arquitecto.

“Kroos no se anda por las ramas, coge el balón y lo pasa cortito y al pie, o cambiando el juego de un lado a otro”. Es la descripción del ex portero y campeón mundial Bodo Illgner, hoy comentarista de Bein Sport para Liga española y Bundesliga. Todos los grandes futbolistas coinciden en su gran prestación: el Bernabéu le rinde pleitesía cada vez que suelta un pase cruzado de banda a banda, o un centro milimétrico de treinta metros al pecho de un compañero. Su simbiosis con Modric es cuasi perfecta porque desde hace tiempo el madridismo soñaba con una pareja versión 2.0 de la que formaron Seedorf y Fernando Redondo. Y eso ya no son palabras mayores. Dice Schuster con su habitual tono medio vacilón medio bromista que Kroos será su “alter ego cuando pierda toda la vergüenza”. Quizá lo diga en serio, con Bernd nunca se sabe. Sin embargo, Alemania sigue buscando a su nuevo Lothar Matthäus y el madridista es el primero de la lista. 

James volvió a sus orígenes

Lunes, 19 Septiembre 2016

 

Sin armar ruido, sin lanzar más recados delante de una cámara y sin cabreos caprichosos de estrella de rock, James Rodríguez acabó su rehabilitación mental en Cornellá. Reclamaba en los entrenamientos una sola oportunidad para gritar con desgarro su P.V.P (80 millones) y los certificó en el césped, donde se lo exige Zidane. Éste lo reiteró por activa y pasiva durante la pretemporada: “cuento con James. De aquí no se va nadie”. Nosotros, la prensa, nos hemos encargado de vender la ‘pole’: que si detrás de Marco Asensio, primero, o de Isco hace unas semanas. Cualquier fechoría para sacarle del Madrid y declararle pufo oficial de la década, con permiso de Kaká. Lejos de pergeñar jugarretas mediáticas, James no fichó por un golazo de casualidad (a Uruguay en el Mundial de Brasil) ni despertó emociones porque le sonó la flauta en sus primeros meses. Su cabeza decide. No se le exige que tenga la azotea tan bien amueblada como la de Rafa Nadal, pero tampoco se le autoriza a despendolarse por Madrid como una noche loca en Las Vegas. Los focos dejaron de alumbrar al colombiano cuando su talento desapareció; fue entonces cuando bajó al barro y descarriló por completo.

James ha reseteado su actitud, como si se hubiera tumbado en un diván para contar al psicólogo sus problemas. Sus piernas flaquearon porque su silueta se ensanchó demasiado; dicen que de la mala noche y porque no es un obseso del culto al cuerpo, como su amigo Cristiano Ronaldo. La tanqueta colombiana que se movía por el campo sin detenerse, con motor diesel, se frenó en seco; aquel chaval imberbe que buscaba el balón jadeando, como un rottweiler que muerde con espuma en la boca, dejó de pelearY el Bernabéu se dio cuenta, porque dejarse el alma por su camiseta es el primer mandamiento del sentimiento madridista, innegociable se llame Zidane o un Pavón cualquiera del la vida. James necesitaba un punto de inflexión, una charla de tú a tú, sin pataleos de estrella, de espartano a espartano. En julio de este año visitó durante sus vacaciones Envigado, un pequeño municipio cerca de Medellín donde comenzó su carrera profesional. Allí se entrenó con una veintena de aspirantes a profesionales que ansían el sueño de James Rodríguez; al menos su lado atractivo, no el reverso tenebroso. En Envigado sintió una vuelta a sus orígenes y charló con antiguos entrenadores que le recordaron por qué sacrificó su vida por el fútbol. Es la escena incansable del boxeador campeón que pierde la cabeza y regresa a su primer gimnasio maloliente para recuperar sensaciones.

En plena efervescencia por la victoria madridista en San Siro, James sólo concedió unas palabras, trajeado sobre el campo, para confirmar que triunfaría en el Real Madrid. El presidente entendió que no podía soltar a uno de sus pretorianos sin una segunda oportunidad; por eso, insistió off the record todo el verano en que no se vendía. Ni era la pretensión del club, ni la del jugador. No sólo era una cuestión de marketing (James es el Rey Midas de los anuncios en su país), había demasiado orgullo propio en juego. El Madrid aceptó el reto de James y a éste no le importa andar esta temporada encima de un alambre, sin vértigo de caer al precipicio. Si fracasa, game over: se acabó su historia en el Madrid. Pero lejos de imaginar dramatismos, James está aprovechando cada minuto como si no hubiera mañana; se siente como uno de esos canteranos que se entrenan un día con los mayores cegados por complacer al entrenador. En Envigado le aconsejaron prestar toda la atención a su actitud, su zurda haría el resto. No se equivocaron.

Cafetero sin ínfulas galácticas

Martes, 23 Agosto 2016

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Él quiere quedarse, el presidente le quiere retener y su país le suplica que emigre. James Rodríguez, ídolo de barro en el Bernabéu y de masas en Colombia, no quiere se recordado como otro pufo de dimensiones bíblicas (de momento, Kaká se lleva el dudoso honor). Ya no arrastra esa silueta ensanchada de la que sospechó Colombia, y su azotea quizá no esté tan bien amueblada como la de Rafa Nadal, pero tampoco precisa del diván de un psicólogo. James ha captado que su futuro en el Real Madrid depende de esta temporada; merece otra oportunidad porque su P.V.P pesa demasiado (80 kilos en concreto) y sus patrocinadores le insisten que pelee. Para el marketing, no es lo mismo jugar de blanco que con cualquier otro color; si acaso, el Manchester United. Por delante, los 110 metros valla para la titularidad: de repente ha aparecido en escena Marco Asensio, invitado sorpresa que ha sudado en una pretemporada las mismas camisetas que James en un año. Además, permanece Isco, su competidor natural, de ritmo guadiano (aparece y desaparece) pero que genera en la grada intriga con el balón en los pies. El mejor James tumbaría las dudas; el de ahora es carné de todos esos tiburones que huelen la sangre con cualquier fichaje elegido a dedo por Florentino Pérez.

Necesitado de cariño, James se aferra a la nostalgia del pasado. Aquel golazo estratosférico a Uruguay en el Mundial de Brasil le valió de pasaporte al Madrid, y lo suele recordar para decirse a si mismo que no puede haber empeorado tanto. El James novato lanzaba tomahawks y pasaba pelotas con escuadra y cartabón; su versión acomodada se despista en los desmarques, calibra mal las asistencias y ha perdido caballos en el motor. “James es un Di María con diez kilos más de peso”, la definición perfecta de Ancelotti hecha realidad. Salvo que antes jadeaba por el campo como un bulldog con tacto, y ahora arrastra grilletes en las botas. El madridismo tuerce el morro porque no tiene paciencia, y en la directiva han sugerido al presidente escuchar cualquier oferta obscena; es decir, de cincuenta para arriba. Sonó como jugador de Balón de Oro y la exageración se lo comió: se dispersó cuando se sintió estrella del star system de la capital y estas semanas las afronta como el juvenil que sueña con agradar a su entrenador y salirse de la criba. James ha bajado a la Tierra porque en el Real Madrid los aduladores te meten en un cohete Sputnik directo a la luna. Ha vuelto el cafetero y sin ínfulas galácticas. A eso se le llama un buen principio.

 

Sin galácticos

Domingo, 14 Agosto 2016

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La web del Real Madrid no anuncia ninguna presentación faraónica. No quedan galácticos en el mercado y la noticia es que Florentino Pérez no ha leído ningún ‘sí’ en forma de garabato pintarrajeado en una servilleta. Eso lo estrenó Zidane para darle brillo al casting de Hollywood que empezó Luis Figo. Sonó Paul Pogba como si fuese a cambiar el fútbol para siempre; su P.V.P. ponía muy cachondo al madridismo, su talento apenas excita a los propios franceses. El Manchester United necesitaba un golpe de efecto para encender al ‘mourinhismo’ y su fichaje de tronío era necesario para olvidar la época ominosa de Van Gaal. El Madrid vio el movimiento desde la barrera, sin volverse loco ni atender las mastodónticas condiciones del agente Mino Raiola. Su representado habría sido una bomba en los despachos y un petardo sobre el césped. Generoso en el esfuerzo, no demostró ninguna condición sobrehumana durante la Eurocopa; no en vano, fue cuestionado en la primera fase por su sospechosa apatía hasta que dejó de estar en el limbo. La nueva cresta de oro (sucesora de la de Neymar) jugará en la Premier con grilletes pesados, y esos 120 millones (o 110 según versiones) no los levanta ni Lidia Valentín. A Gareth Bale le sigue costando; James es una causa perdida.

Tic, tac, tic, tac. Al mercado le quedan dos semanas y en la planta noble del Bernabéu no suenan llamadas interesantes. Ni siquiera la de Moussa Sissoko, un trotón de marca blanca que ha suplicado su fichaje a la BBC (“Estoy esperando la llamada del Real Madrid”).  Humo, es otro de los cien mil jugadores que creyeron nacer para jugar en el Real Madrid. Bernd Schuster dijo una vez que “las portadas del MARCA en verano tenían más morbo que Falcon Crest”. Y no le falta razón porque hubo una época en la que una exclusiva podía alterar el sistema nervioso de la gente. Por ejemplo, una en la que aparecía Figo bajo el titular ‘Es feliz’ después de una supuesta discusión con Florentino, u otra en la que Ronaldo Nazario se descubría ante el público español vestido con traje de astronauta al son de ‘Fichaje galáctico’. Venía al Barcelona, no al Madrid. Recuerdos de la infancia, Ramón Mendoza revolucionó el verano de 1994 con Valdano en el banquillo, y Laudrup y Fernando Redondo como figuras mediáticas (sólo faltó Eric Cantona, petición de Ángel Cappa); y al año siguiente un verano desértico en las oficinas del club. Como que ese Madrid ya no ilusionaba sin caras nuevas. Incluso, el Barça más perfecto de Guardiola compró cromos para seguir alimentando la orgía culé: Ibrahimovic, David Villa, Alexis Sánchez…Pero el mérito se lo llevó el difunto Jesús Gil con innumerables proyectos y sus ansias de fumigar el vestuario cada mes.

Por una vez el Madrid no ha sido Billy El Niño desenfundando. Ningún representante, ni siquiera Jorge Mendes, ha salido de Concha Espina con un billete dorado (éste es el verano de Riola). El presidente susurró públicamente a Zidane que estaban “enredando”: ¿Pogba, el tal Gabriel Jesús? Basta que se descubra la talegada que se ha llevado al agente de Pogba para responder. No hay plan renove (Lorenzo Sanz dixit) porque la plantilla sólo necesita chapa y pintura en el banquillo. Casemiro es una proeza de la genética, pero a nadie le dura el diesel cincuenta partidos; la solución se miraba abajo, en Valdebebas, y se llamaba Marcos Llorente. Se fue al Alavés. Sin recambio de ‘5’ y con overbooking de media puntas: Marco Asensio suena como una taladradora, Isco aún no ha sacado el último conejo de la chistera, pero James aburre y se aburre a sí mismo. Depende de su volátil cabeza y eso en el Madrid no tiene futuro. En las charlas de sobremesa ponían David Alaba, hasta que Marcelo se espabiló este verano, y Julian Draxler porque es otro artista aseado que no le importa inventar caños y bicicletas con la osadía de Denilson. Pero no es lo que busca el entrenador. Ni el presidente. Los equipos están rastrillados y las cláusulas blindadas, no queda tiempo para que nadie se rebele. Alguien que merezca la pena, claro.

El mejor lateral del planeta

Domingo, 31 Julio 2016

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Noviembre de 2006. Real Madrid anuncia la última renovación de Roberto Carlos y termina el comunicado oficial añadiendo el fichaje de Marcelo Vieira, un lateral zurdo que había despuntado en el Fluminense pero que, a tenor de los vídeos que llegaron a España, tenía más pose de jugador de fútbol-sala. Ramón Calderón le fichó para cubrirse las espaldas por si al correcaminos más famoso de la historia le faltaba fuelle hasta su fecha de caducidad definitiva. Incluso, Pedja Mijatovic, entonces director deportivo, y Fabio Capello pensaron en mandarle al Castilla para que se fogueara en el fútbol español: “Era muy arriesgado sacarle tan pronto en el Bernabéu por miedo a que la sombra de Roberto Carlos se alargase demasiado”, comentaron en aquella época Pedja y su adjunto, Carlos Bucero. Durante la siguiente temporada, Schuster confío en Marcelo porque tampoco encontró más soluciones: el ‘gringo’ Heinze rendía mejor de central zurdo que de lateral y Drenthe ya había demostrado sus dotes de bufón con una comedia distinta cada vez que amagaba con hacer algo medianamente estético.

Marcelo siempre ha confesado su profunda admiración por Roberto Carlos y tampoco olvidará la oportunidad que le dio Juande Ramos. Sucedió en El Molinón, en febrero de 2009…el Madrid había cogido velocidad de crucero en la Liga a la caza del Barça y el técnico blanco no podía contar con Arjen Robben por el enésimo problema con su rodilla de cristal. Se decidió por Marcelo para cubrir el flanco izquierdo, de ese modo podría tontear con el balón sin riesgo de merodear su propia área. Marcelo se gustó a sí mismo y a su entrenador, porque no sólo se esmeró en florituras sino que se convirtió en puñal cada vez que rajaba la banda izquierda desde el interior. Juande había encontrado una alternativa diferente a la de esperar que Robben cogiese el balón en la línea de cal y desplegase el álbum de regates y fintas. Marcelo proponía asistencias de gol y disparos a media distancia, y el equipo había descubierto a un interior izquierdo más que prometedor. Con el tiempo el brasileño maduró su manejo del balón, capaz de enlazar varios quiebros en pocos metros y regatear en un palmo al estilo del gran Paul Gascoigne; en ataque se suele despendolar (para bien) cuando es liberado de responsabilidades defensivas. El problema de los últimas temporadas ha sido esa crisis existencial entre lateral o interior, que él ha intentado arreglar imitando a Roberto Carlos. No obstante, ha comprendido que ni tiene el turbo ni el diesel de su ídolo para ocuparse de toda la banda. Además, su mimo por la pelota a veces le juega malas pasadas, porque tan pronto inventa un zigzag sublime como le cogen la espalda en un contraataque.

Algunos cenáculos madridistas susurran que este Marcelo tapa las carencias de Cristiano Ronaldo. Él, Marcelo, es quien revienta los candados escondiendo la pelota al defensa; de repente aparece en el córner y en un pestañeo se cuela hasta la cocina. Quizá por despiste de los rivales o porque CR7 todavía es el enemigo público número uno para cualquier marcador,  ningún entrenador ha considerado colocarle un perro de presa que le haga sudar noventa minutos. Marcelo se está entendiendo con Marco Asensio durante esta pretemporada porque, como dice Jorge Valdano, “el brasileño juega en el mismo patio que Messi o Neymar”. No es una comparación, sino la opinión de que cualquier Brasil del 70 siempre sorprende más que una Italia siderúrgica. Sin discusión, Marcelo es el mejor lateral del planeta hasta que su silueta no vuelva a ensancharse, aunque los nostálgicos consideren obsceno compararle con el mejor Roberto Carlos. Pero mientras haya samba, ahí estará él bailando entre bosques de piernas. Es el secundario del que todo el mundo habla.