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Si no lo leo no lo creo

Quizá alguno de vosotros os hayáis preguntado alguna vez cómo los descubrimientos y avances científicos son conocidos por la sociedad en general, cómo salen del laboratorio y se hacen públicos, y -tal vez lo más importante-, cómo sabemos que las innovaciones científicas y técnicas lo son de verdad, y no son meras ocurrencias de algún lunático ocioso.

Sin entrar en demasiados detalles el proceso sería más o menos el siguiente: un científico o investigador desarrolla un nuevo experimento, o formula una nueva teoría o anuncia un nuevo descubrimiento. Entonces lo remite para la llamada revisión por pares a una serie de organismos y publicaciones científicas, que lo someten a un examen previo, si lo estiman le dan el visto bueno, y el descubrimiento sale a la luz mediante su publicación en una de las llamadas revistas arbitradas (en la actualidad, las más importantes son Nature y Science). Este proceso, que se sigue de forma prácticamente obligatoria sólo desde mediados del siglo pasado, persigue dos objetivos principales:
Primero. Posibilitar una revisión del trabajo propuesto hecha por científicos de igual o mayor entidad académica que el proponente, para detectar fallos metodológicos, incoherencias técnicas, etc.
Segundo. La posibilidad de que la comunidad científica en general pueda replicar dichos experimentos, o confirme los descubrimientos propuestos, de forma y manera que éstos queden como verdaderos avances.

 Revistas arbitradas Nature y Science

 (Para saber más sobre la revisión por pares puede consultarse este enlace de la Wikipedia)

Aún siendo este un proceso de revisión y publicación bastante riguroso y controlado, siempre hay excepciones a la regla. Por ejemplo, algunos de los más importantes trabajos de Albert Einstein no fueron revisados, se publicaron directamente. En otras ocasiones se dan lugar a fraudes, no demasiados numerosos pero que tienen gran alcance mediático. Otras veces, en fin, se dan situaciones grotescas, como en el llamado caso Sokal, en el que este eminente físico se rió de la comunidad científica americana al publicar un artículo en una revista especializada que tan sólo contenía una serie absurda de frases hechas y vocabulario pseudocientífico convenientemente revestidos de estudio serio y concienzudo.

Podemos decir que ningún avance o descubrimiento científico lo es sino desde el momento en que es publicado en una de estas revistas de revisión y es posteriormente examinado y aceptado por la comunidad científica.

Visto esto, vayamos a lo nuestro. Pululan por el mundo una serie de personajes que se autotitulan como “investigadores” (hinbestigadores, más bien) que se enorgullecen de sus trabajos y descubrimientos, suelen ser muy críticos con la ciencia que ellos denominan despectivamente “ortodoxa” (a la cual, sin embargo, no dejan de acudir cuando se les pone en un brete y, frecuentemente, para hacer suyos los términos científicos más rimbombantes y  desconocidos, sin saber nunca de qué rayos están hablando) y tienen como norma pasar olímpicamente del método científico y de la comprobación de resultados, de la revisión por pares y de las revistas arbitradas. Publican sus hinbestigaciones en revistas del calibre y prestigio científico de Año Cero, Más allá, Anuario astrológico, etc, o se publicitan en programas de televisión del rigor de Cuarto Milenio (y su sosias radiofónico Tercer Milenio), y son objeto de innumerables simposiums, conferencias y celebraciones organizadas por rimbombantes Sociedades parapsicológicas de carácter nacional o local, excusa inmejorable para montarse saraos diversos, alertas ovni y otras convocatorias descacharrantes y absurdas. Sólo mencionarles la palabra “Nature” o “método” les produce a estos individuos una alergia  ejemplar, se les erizan los pelos del colodrillo y enseguida comienzan a remugar de la malvada ciencia ortodoxa, de los científicos vendidos a las multinacionales y de los escépticos comeniños.

Aún así exigen para sus actividades el máximo respeto, consideración social, prestigio académico y, cómo no, subvenciones estatales y hasta homologaciones universitarias para sus cursillos de medio pelo . Aún resultando que jamás de los jamases se ha conseguido publicar en una revista arbitrada ni una sóla de estas hinbestigaciones chuscas[1], ni se ha aportado prueba alguna sobre la existencia de los llamados fenómenos paranormales (primero deberían definirse como tales, cosa que tampoco han conseguido sus seguidores tras años y años de… ¿estudiarlos?) pretenden que se les tome tan en serio como a los verdaderos científicos.

La Ciencia y sus progresos siguen un camino comunmente reglado y aceptado por la comunidad científica y por la sociedad en general. ¿No resulta raro que ninguna de esas pretendidas hinbestigaciones y descubrimientos asombrosos, como las sicofonías, el hombre-polilla, la telekinesis, la telepatía, la homeopatía, el reiki, el fengshui, la acupuntura o la astrología hayan sido objeto de alguna revisión por pares o se hayan publicado en revistas preceptivas? Conociendo los precedentes a mí no me resulta extraño, todo lo contrario.

[1] A decir verdad, esto no es del todo cierto. Algunas hinvestigaciones sí han sido publicadas, por ejemplo en Nature, pero fueron demostradas y desechadas como fraudes tan rápidamente que ninguno de sus promotores lo ha vuelto a intentar. Al respecto, puede consultarse este fragmento del documental sobre el famoso caso Benveniste, o de cómo la homeopatía no resistió un examen riguroso por parte de  científicos designados por Nature….¡y de un mago!

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