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Archivo de Febrero, 2009

Homeopatía por correspondencia

Lunes, 23 Febrero 2009

Debo reconocer que, últimamente, y a pesar de sus proverbiales raíces deminonónicas, la homeopatía se está apuntando a la corriente de la modernidad. Así, ya no sólo se imparten cursos mediante teleformación –a distancia, a base de CDRoms y asesoría por teléfono*-, sino que también se emiten diagnósticos y remedios por correspondencia. Dentro de nada los homeópatas tendrán en el e-mail su instrumento más certero de prescripción y veremos inundada la Red de historias clínicas, todas ellas con nombre y apellidos.

Por extraño que pueda parecer, fué uno de los fundadores de la corriente homeopática denominada unicista quien determinó la aprobación y práctica de la homeopatía por correspondencia.

El Dr. James Tyler Kent estableció que la enfermedad se produce como consecuencia de la desarmonización de las energías vitales del cuerpo, y que en ella influyen tanto los síntomas locales como los globales. El paciente debe ser objeto de estudio en su integridad, física e intelectual, y en todo lo referente a su salud y a su vida en general, hábitos, costumbres, modo de vida, relaciones personales, vecinales, institucionales, hábitos alimentarios, etc. El estado general del paciente -agudo, crónico, leve…- determina la dosificación del medicamento, en este caso únicamente el Simillimum, es decir, el que produzca sintomas similares en una persona sana.

Y en esto que el Dr. Tyler va y escribe en un artículo lo siguiente:

Para conseguir este resultado deseable cada caso tiene que ser individualizado, cada síntoma desde la cabeza hasta a los pies, tiene que ser indicado, cada variación de la salud tiene que ser conocida. Cualquier cosa que no esta como tendria que estar es un síntoma y tiene que ser apuntada. La imagen completa de la enfermedad no puede siempre ser indicada en un relato escrito, entonces el médico tiene que ver el paciente al menos una vez. Pero como muchos pacientes quieren ser curados por correspondencia, de hecho en ciertas circunstancias el mismo buen resultado puede ser conseguido por el paciente escribiendo sus síntomas mas sobresalientes, marcados, peculiares y característicos de la misma enfermedad.” [La negrita es mía]

El Dr. Tyler elaboró a tal fin un cuestionario en el cual se fijaban las preguntas mínimas a las que el paciente, cómodamente desde su domicilio, tenía que responder por escrito para explicar su dolencia y permitir al doctor emitir un diagnóstico certero.

Esto puede parecer una solemne tontería, y en verdad que lo es, ya que normalmente es dificilísimo para un lego explicar, y menos aún describir epistolarmente, algunos síntomas o padecimientos concretos. Imaginad a un afectado por hemorroides explicarle por carta al doctor cuáles son sus síntomas: el tamaño, color y hedor de las pústulas, la localización exacta de las mismas, si siente dolor al aplicar presión en la zona, y cómo de grande es dicha presión, si es mucha o poca o muy poca o una barbaridad, si le impide sentarse con normalidad o no o hacia qué lado del sillón inclinarse para no sentir molestias, si sangra mucho o casi nada (¿cuánto es “mucho”?)… En fin, multitud de síntomas que, independientemente de la enfermedad de que se trate, suelen ser en muchas ocasiones más consecuencia de la subjetividad y el sentimiento del paciente que muestras efectivas y concluyentes de que se padece alguna enfermedad.

Pero esto, aún siendo grave y paradójico, no lo es tanto si revisamos los postulados y principios de la homeopatía, y su práctica digamos forense. En efecto, uno de los fundamentos más sólidos con los que cuenta esta pseudociencia, aspecto incluso reconocido como virtud por la mayoría de sus detractores, es el contacto directo con el paciente, la relación personal, la afectividad, el trasiego de ida y vuelta de confianza y fe entre homeópata y paciente. Esta cercanía no sólo procura en el paciente un sentimiento de empatía, y que nadie duda que contribuye en gran manera al posterior desarrollo y eventual mejora de la enfermedad, y que además refuerza enormemente el efecto placebo en el que se basa toda esta práctica, sino que es fundamental para que el homeópata pueda desarrollar toda su sapiencia interrogatoria y practicar de manera descarada lo que se llama lectura en frío.

Efectivamente, en la mayoría de interrogatorios, por lo menos a los que yo he tenido acceso, es el homeópata quién pregunta antes de que el enfermo explique sus dolencias, o inmediatamente después de una sucinta y rápida enumeración de afecciones. Es muy fácil de esta manera influir en el paciente para que reconozca que tiene un síntoma que se le había pasado por alto, o que tal o cual episodio fue en realidad de mayor o menor importancia que la que le dió en su momento, o incluso dotar de nombre a un síntoma que el propio paciente no ha sabido explicar con precisión, y del que sólo el homeópata conoce su verdadero significado. Así cualquiera se siente comprendido y satisfecho. Si te han “adivinado” todos tus síntomas y te han “dirigido” hacia la curación, lo raro sería salir de la consulta sin el convencimiento de que la homeopatía te va curar. “Esto sí funciona, no como esos medicuchos del seguro que ni siquiera te miran a la cara y que te despachan en apenas dos minutos… Si ni siquiera me ha mirado…”, reza un aforismo popular.

Bueno, pues eso, que por birli birloque los homeópatas vuelven a olvidarse de sus bases doctrinales y hacen lo que les da la gana, o lo que les viene más cómodo. Item más, los homeópatas unicistas se atribuyen ser los más acérrimos seguidores del método puro de Hahnemann, en contra de otras corrientes dentro de la homeopatía no tan ortodoxas.

Muchísimos pacientes, algunos con razón y otros sin ella, se quejan de que el actual sistema sanitario, masificado y pobremente dotado, imposibilita el contacto personal entre médico y paciente, lo que influye decisivamente en una mala calidad de la medicina pública. ¿Se imaginan que dirían estos mismos pacientes si de pronto los médicos se pronunciaran a favor del diagnóstico y cura por correspondencia?

[El cuestionario, rico en descripciones, puede consultarse desde aquí mismo]

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*¿Se imaginan adónde iría a parar el sistema sanitario de nuestro país si la carrera de Medicina y Cirugía, en su especialidad por ejemplo de Cirugía Vascular, se impartiera en CDRoms interactivos, o se enseñara a operar en el interior de un cerebro mediante vídeos formativos y tutoriales animados? Pues parece ser que a cierta gente en cuyas manos muchos de ustedes ponen su salud sí se les permite.

Conversaciones con Indalecio

Sbado, 14 Febrero 2009

“La Radiestesia es la técnica que maneja la detección del espectro completo de las radiaciones que emiten, tanto los cuerpos de cualquier naturaleza, como las diversas formas de energía. Se le llama radiestesista al practicante de la radiestesia.
Se detecta la manifestación de las radiaciones a través de instrumentos, siendo los más usados el péndulo y las varillas.
El poder del péndulo tiene aplicaciones en todos los campos de la vida. La Radiestesia facilita hacer consciente lo que es inconsciente, es decir, hacer racional lo que no es racional aún, pero que ha sido detectado, intuido o descubierto por el sexto sentido, las percepciones extrasensoriales y otras funciones del hemisferio cerebral del lado derecho, que la ciencia ha empezado a explicar en los últimos años, pero que han sido ejercidas por los seres humanos desde el origen de la especie”.
http://www.biocyber.com.mx/radiestesia.htm

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- Hola, buenos días.
- Buenos días, buenos días.
- Así que usted es el famoso Indalecio, del que dicen que puede encontrar agua con su varita de avellano…
- Pues sí señor, para servirle a usted.
- Ah, qué interesante…. Y dígame, ¿puede encontrar sólo agua, o también petróleo o cualquier otro líquido?
- No, sólo agua no, cualquier cosa que corra como el agua… cualquiera que sea líquido, vaya. Y a veces también topo con otras cosas…
- Caramba, qué interesante. Dígame, ¿está aquí hoy por un encargo o algo?
- Sí, sí señor, me han pedido que les encuentre un pozo, porque en el pueblo están pasando mucha pena, sin agua para regar ni comer ni asearse, y en cuanto me han llamado pues aquí que me he venido.
- Ah, fenómeno. ¿Y me podría explicar cómo funciona la cosa?
- Sí, claro, mire usted: yo cojo la varita con las manos, asín, y voy paseando tranquilamente por entre los olivos, apuntando al suelo. Entonces hay veces que siento como una rampa o algo que me sube por los brazos y la varita ésta empieza a temblequear y a volverse como loca de aquí pallá, y entonces ya sé que ahí abajo hay agua, que corre un río o un manantial. Luego se cava y ya está.
- Ya…. Oiga, permítame otra pregunta….
- Dígame.
- Verá, tengo curiosidad por saber cómo es que sabe la varita esa que está usted buscando agua y no otra cosa…
- ¿Cómo dice?
- Este… que cómo distingue la varita que usted busca agua y no, por ejemplo, petróleo.
- Coño, jejeje, pues porque he venido a buscar agua… por qué va a ser…
- Ya, ya… pero eso lo sabe usted, la varita no. ¿Cómo se lo hace saber, se lo dice en voz alta, o cómo?
- Coño, pues ya se lo he dicho, he cogido la varita y me he venido a buscar agua, no de lo otro que dice usted…
- Bueno, pero cuando la varita se mueva está usted seguro de que habrá encontrado agua y no petróleo?
- Toma, pues claro…
- Ya, entiendo, eso es que debe tener una varita para cada ocasión…
- No no, de eso nada, sólo tengo ésta, con ésta me apaño yo bien….
- Pues me va usted a perdonar, pero no lo acabo de entender… ¿La varita sabe que ha venido usted a por agua? ¿Cómo sabe eso un pedazo de avellano seco?
- Oigame, mire usted, esta varita fué de mi padre, y a mi padre se la dió su padre, y así hasta los abuelos de mis abuelos, y siempre ha servido para encontrar agua, y la encuentra, vaya que sí….
- Aunque no sepa usted cómo lo hace….
- ¡Y yo cómo voy a saber….! Se mueve se mueve y digo yo: “Ahí hay agua”. Y en paz. Y la encuentro.
- ¿Siempre, no falla nunca?
- No señor, siempre no, a veces no topamos, pero eso es porque hace tiempo que no llueve o está demasiado enterrada.
- Oiga, también me han comentado que usted es capaz de encontrar agua en otras fincas, a distancia, sin moverse de su casa. ¿Es eso verdad?
- Sí señor, es cierto.
- ¿Y me podría decir cómo es eso?
- Claro, mire usted. Primero que nada necesito el péndulo, para estas ocasiones la varita no sirve. Mire, este es el péndulo, ¿lo ve? Bueno, pues me voy a la mesa del comedor, pongo encima el mapa de donde está la finca esa, y entonces paso el péndulo por encima así despacico y cuando empieza a moverse de lado a lado…¡zas!, ahí hay agua seguro.
- Vaya, eso es muy interesante. Lo podría hacer a lo mejor para otras provincias, o incluso otros países.
- Sí, sí señor. La cosa es que el péndulo se mueve igual si busco aquí como si es para otros lugares.
- Pero entonces -si usted me lo permite- ¿está seguro de que el péndulo encuentra el agua en el sitio que indica el mapa o la que habría debajo de él, debajo de su casa? ¿Qué ocurre, que de alguna manera el mapa impide al péndulo detectar el agua que habría debajo de usted?
- No le entiendo.
- A ver, ¿cómo sabe el péndulo que está encima de un mapa, y no en el campo?
- Hombre, pues no sé, me imagino que el péndulo verá el mapa éste, o lo leerá, o qué sé yo… Yo de eso no entiendo, lo que sí sé es que siento como una rampa que hace moverse la cuerda, asín como de vaivén…
- Ya…. Oiga, ¿y si yo le encargara que viniera a mi finca a buscar petróleo, vendría?
- Sí claro, por qué no…
- ¿Con ésa misma varita o con otra?
- Cojones con la varita… ya le he dicho que con ésta, no tengo otra.
- Ya, ¿pero entonces cómo sabrá la varita que esta vez busca petróleo y no agua como ahora?
- ¿Se quiere usted ir al cuerno con tanta pregunta ya? ¿No le he dicho mil veces que la varita sabe lo que está buscando: si yo busco agua la varita encuentra agua, y si busco petrólio la varita encuentra petrólio. ¿Qué no me explico bien?
- Sí, sí, bueno, hombre, no se me enfade, que no es para tanto, sólo preguntaba….
- Joer con el petrólio y la varita de la puñeta….

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Para saber más sobre el tema:
- En la Wikipedia
- Agua y varillas
- Experimento con zahoríes (Video - 1ª parte)
- Experimento con zahoríes (Video - 2ª parte)
- Y para acabar, el postre

Levitho-yo, levita-thú

Viernes, 6 Febrero 2009

Cuando un cantamañanas se presenta ante los medios de comunicación para participarles de un descubrimiento, un experimento o algún misterio desvelado gracias a su pericia, inmediatamente una mosca me revolotea detrás de la oreja. No es que tenga prejuicios, al revés: cientos de falsos casos, de falsas pruebas, de falsos misterios han sido presentados y publicitados, todos con resultados tan penosos que han logrado que uno se prevenga ante lo que quieren embutirle como el summum de lo incógnito.

Algunos lo hacen guiados por la ignorancia, otros por la buena fe, otros por la pasta… El cuento de siempre, vaya, no os descubro nada nuevo. ¿O sí?

Veréis: creo que existe un cierto tipo de cabestro que, no contento con intentar convencernos de lo imposible, se moja la oreja y el rabo y se mete en camisa de once varas, utilizando pruebas esta vez sí irrefutables -un video real, auténtico, sin trucar- y poniéndolas a disposición del público en general, aún a sabiendas de que le va a salir el tiro por la culata, y de que la intención que llevaba al principio se le va a rebelar en su contra, dejándolo en el más abochornante de los ridículos. “Tendrá que ser poco menos que idiota para tirarse piedras sobre su propio tejado”, pensaréis la mayoría. Pues no, el grado de idiocia a veces se sale del idiotómetro muchos grados por arriba.

Hace poco os ponía el ejemplo de Manuel Iglesias Pérez, el descubridor de la teoría de la unificación universal, a costa de toda la ciencia y física modernas. Su ingenuidad, tanto por la exposición y desarrollo de su teoría como por la esperanza de que alguien le fuera a soltar mil millones de pesetas por ella, era aparentemente insuperable. Sorpresas nos da la vida, mis amigos, aún hay quien le pasa tres pueblos: nada menos que la Maharishi University Management, especie de universidad privada de lo idiota creada por el famoso y sexualmente inestable Maharishi Mahesh Yogui (si quieres saber realmente de lo que estamos hablando, lee esta entrada y comprenderás mejor de qué va el tema).

En esa Universidad enseñan a meditar y a….. levitar. Coñe, no os riáis, que va en serio. Mediante estudios sesudos y años y años de experiencia con la meditación y otras artes exóticas los más avanzados alumnos del Mahaleches consiguen levitar, osease, levantarse del suelo, desafiando la ley de la gravedad, sin ayuda mecánica de ningún tipo. ¿Cómo es posible, será cierto? Lo es, lo es, luego lo veréis en el video adjunto.

Lo que ocurre es que lo que váis a poder ver es tan chusco, tan barato, tan desopilante, tan memo y tan pedorro que uno debe a la fuerza preguntarse si estos tipejos creen estar hablando con imbéciles congénitos o qué. Y que encima tengan el morro de ofrecerse a la BBC para que les haga un documental es ya para ponerse a mear y no echar gota. Pero pedazos de bestia, ¿no véis que se va entonces a descubrir toda la patraña que intentáis colarnos, no véis que hasta un niño de corta edad va a pensar de vosotros que estáis todavía media crudos?

Pues nada, que no, que allá van los tíos y permiten que les filmen en plena meditación y en plena “levitación”. Hay que ser sinvergüenza, botarate y todo lo que se os ocurra para que alguien con dos dedos de cerebro en condiciones pueda caer en ese engaño tan evidente. Pero en fin, ahí están los tíos, con su universidad, sus tuniquitas, sus salmos y bien forraditos de pasta, meditabundos y levitando.

No digáis luego que no os lo advertí.

(Actualización de última hora: encontré lo que buscaba, pero porque me dijeron dónde estaba: vida y obra del “gordito” Maharishi aquí. Thks, Mauricio)

No espere a mañana para empezar a pensar

Martes, 3 Febrero 2009

Firma invitada:
Mauricio J. Schwarz
El retorno de los charlatanes

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Yo soy muy malo para admirar a la gente, y eso parece caerle en la punta del hígado a las personas que viven de la admiración de otros. Como “seguidor” sigo poco, cuando sigo lo hago a mi ritmo, y con frecuencia me aparto del camino indicado.

Vaya, obviamente hay personas a las que admiro, pero no de manera ciega. Admiro a Janis Joplin porque era una cantante de niveles aún no repetidos, pero no por haber caído repetidamente en la adicción a las drogas hasta que éstas ganaron la batalla. Creo que Isaac Asimov fue un gran divulgador de la ciencia, pero como escritor de ficción me parece plano, acartonado y literariamente simplón. Admiro a Bertrand Russell como filósofo, matemático, pacifista, racionalista y libertario, pero como educador fue lamentable. Admiro a Arthur Conan Doyle como el creador de uno de los más asombrosos personajes de la historia de la literatura, Sherlock Holmes, el amo de la razón, pero hallo patético al buen Sir Arthur como creyente de cualquier estupidez esotérica, al grado de que buena parte de los dineros que le dio Holmes lo tiró en las fauces de médiums y espiritistas fraudulentos (hummm…, ¿acaso hay médiums y espiritistas no fraudulentos? Pues hasta hoy nadie ha visto a ninguno). Admiro José María Morelos como visionario que hizo un gran proyecto de nación en tres pedazos de papel (Los sentimientos de la nación), pero no como general despiadado y estricto.

Me parece claro que no solamente se debe ser crítico con los desvergonzados que se dedican al engaño y a la falsedad esotéricas, ocultistas y transnaturales, contra los anticientíficos y los antimédicos, contra los fascistas y racistas, contra los violentos y los embusterios, sino también con las personas a las que les encontramos grandes valores.

Ser “incondicional” de algo es renunciar a la propia capacidad de analizar los hechos. Yo no soy incondicional ni de las Chivas Rayadas del Guadalajara (el Rebaño Sagrado), mi equipo de fútbol de toda la vida.

¿Pensar críticamente?

El pensamiento crítico y libre, la aproximación racional a los hechos, no es algo privativo de los científicos, como quisieran hacer creer los que viven de denostar a la ciencia, sino que son patrimonio de la humanidad, una forma peculiarmente nuestra de mirar el mundo, tratar de entenderlo y poner a prueba nuestras ideas, algo que, hasta donde sabemos, sólo nuestra especie tiene.

Nadie mandó a Heráclito a una facultad de ciencias para que pudiera observar el mundo y darse cuenta, por primera vez, de manera clara y absoluta, de que el cambio es una realidad inescapable, una constante en todos los procesos del universo. La inteligencia preclara de Heráclito siempre me ha asombrado.

Por otro lado, quien quiera ser científico hoy, 2600 años después de Heráclito, tiene que estudiar ciencia, no sólo para enterarse de lo que ya se sabe y no ponerse a redescubrirlo de nuevo, sino, y de manera muy importante, para aprender los errores cometidos en el pasado y no volver a cometerlos. Para encontrar la verdad del legado egipcio no basta ser hotelero o periodista, hay que estudiar historia, arqueología y egiptología. Un periodista honrado va y entrevista a los que saben, a los que estudian, a los que están allí descubriéndonos las maravillas reales de esa civilización, con trabajo duro cotidiano, no a un hotelero como Von Däniken que pasó dos semanas en El Cairo y con eso adivinó un montón de conocimientos que nadie había visto porque todos los científicos son imbéciles y Von Däniken no, cosa que sabemos porque lo dicen Von Daniken y los soplapiteros que lo atienden.

Sí, claro, le creemos. E hizo una máquina de tiempo en la cochera, ¿no te jode?

(Bueno, lo de la máquina del tiempo es otra historia, con otro protagonista, pero la dejamos para otro día.)

Pero, sin necesidad de ser científicos ni de estudiar ciencia, pensar crítica y racionalmente es algo que todos hacemos en muchos aspectos de la vida y sin importar nuestra preparación académica o nuestro nivel sociocultural. El problema es que los medios, los negociantes interesados, las editoriales, los brujos en todas sus variedades, los detentadores del poder político, social y económico, y las presiones sociales nos empujan a dejar de pensar críticamente respecto de ciertas cosas, de ciertas afirmaciones, de ciertas percepciones “aceptadas” sepasumadre por quién pero promovidas por todos lados.

Daré un ejemplo a sabiendas de que es políticamente incorrecto, y precisamente por eso.

Un gobierno descubre que no puede resolver problemas como la salud pública, las pensiones, el pleno empleo, las muertes ocasionadas por el alcohol, la explotación del trabajador local o inmigrante, o la protección del consumidor contra la voracidad empresarial, que no puede mejorar la seguridad, defender a las mujeres víctimas de palizas, promover la cultura y el pensamiento crítico, integrar al inmigrante, elevar el nivel de la educación pública o cualquier cosa similar. Peor aún, si es un gobierno que dice ser de izquierda resulta que tiene, por ese solo hecho, determinados compromisos sociales con las mayorías que, de pronto, descubre que no puede o no le conviene cumplir.

Entonces ofrece “salvar” a los ciudadanos del humo de tabaco. ¿Por qué? Porque los “fumadores pasivos” se enferman. ¿Cómo lo saben? Porque lo dijo un estudio de 1993 de la Agencia de Protección Ambiental estadounidense. ¿Que el congreso estadounidense halló que el estudio era deficiente y finalmente se dictaminó legalmente que tal estudio era anticientífico, interesado y desprolijo, y por tanto carente de toda validez, movido por intereses del integrismo protestante puritano estadounidense? No saben, no contestan. También lo saben, dicen, por un informe de la OMS, pero resulta que tal informe dice exactamente lo contrario: no hay pruebas de que el humo del tabaco en el ambiente afecte la salud de los niños, y las evidencias sobre un posible daño en los adultos son estadísticamente no significativas. ¿Eso lo ignoran los expertos del gobierno y sus asesores en salud o se están haciendo tontos? Tampoco saben, tampoco contestan.

El gobierno lanza una campaña de propaganda, inventa cifras (o las copia de Estados Unidos, como los “50.000″ no fumadores fallecidos al año por el humo de los fumadores que es totalmente fantasiosa en Estados Unidos, pero es un insulto a la inteligencia del público en un país con la quinta parte de habitantes), menciona otros “estudios” que no cita, suma muertos que saca de nadie sabe dónde y, saltando por los campos de florecitas del brazo de la derecha desestabilizadora, autoritaria y medieval, lanza una ley contra los desagradables y malvados fumadores, le avienta al problema un poco de dinero (mismo que le quita a la labor de controlar la alcoholemia en carretera que sí sabemos cuánta gente mata, a los atropellos en el empleo, a las mujeres golpeadas, a los propios estudios y tratamientos para curar a los adictos a la nicotina, etc.) y se siente guapísimo y súperpoliticamente correcto… al estilo Stalin.

(Si quisieran salvar a los fumadores, ¿no sería una estrategia menos boba investigar más, desarrollar mejores tratamientos y ponerlos al alcance de los fumadores en lugar de expoliar económicamente y someter al escarnio a quienes ya son víctimas?)

¿En qué confía un gobierno así? En que es políticamente incorrecto decir que no está probado que los fumadores pasivos estén muriendo o enfermando por el humo ambiental del tabaco y en que la gente se avergüenza de decir que fumar es su derecho, como es el de otros atragantarse de comida basura hasta tener las arterias como velas de sebo, usar perfumes lamentables, conducir autos contaminantes y hacer otras muchas cosas dañinas y desagradables.

La estrategia es el miedo: nadie se atreverá a decirlo o será mal visto socialmente, y el hipotético (por poco escribo “hipócrita”) gobierno en cuestión quedará bien. Como el fumador ya se siente mal por ser adicto a una droga (y sobre la fuerza de la adicción a la nicotina sí hay estudios confiables), acepta su lugar de paria y baja la cabeza sin defenderse. Como “todo el mundo sabe” que el humo ambiental es malo, y esto se repite aunque nadie lo sepa en realidad, el gobierno sonríe y dice que nos cuida la salud promoviendo la indefensión de los adictos al tabaco.

Por favor.

Sobre qué pensar críticamente

Todo debe criticarse. Y sólo vale la pena aceptarlo si supera la prueba de una crítica razonada y bien fundamentada y estructurada.

El pensamiento crítico no es sólo para los científicos, pero tampoco para quienes ocupamos algo de tiempo en desenmascarar engaños, mentiras, embustes y negocios hediondos del ocultismo. No se aplica sólo a un taradito que dice que por ser periodista puede corregir lo que saben todos los paleoantropólogos del mundo, o a un payaso primo suyo que se pasea por el mundo con una rama de perejil en la oreja. Se refiere a todo.

Es más, el pensamiento crítico se debe aplicar a todo: a las promesas de los políticos y a las promesas de empleo, a las palabras melosas al ligar y a las recomendaciones de curaciones milagrosas, a los anuncios de pisos de contactos y a la elevación a los altares de cualquier pisateclas que la industria editorial decida convertir en bestseller, a los vendedores de autos usados y a las inmobiliarias, a la televisión informativa y a la de entretenimiento, a los que anuncian desastres atroces y a los que dicen que el mundo va bien, tralalá… TODO debe someterse al análisis crítico racional, fundamentado, metodológicamente sólido y que no incurra en falacias.

El conformismo y la pasividad no crean seres humanos libres, crean esclavos.

¿Que una ministra con aspecto de fugada de un episodio de “Vaca y Pollo” dice que una guerra es fantástica porque bajarán los precios del petróleo? ¿Por qué la sociedad a la que quiso embaucar, incluidos sus compañeros de partido, no está llamando hoy a su puerta y pidiéndole que explique por qué carajos el petróleo está más caro que nunca?

¿Que Nostradamus dijo que oriente destruiría a occidente en 1999? ¿Entonces por qué los editores se lanzan felices a mercar libros de mamarrachos despreciables que siguen “interpretando” las profecías de Nostradamus sobre occidente en 2006? ¿Cuáles profecías, carajo? Si el asunto se acababa en 1999, ¿cómo es que hay profecías de Nostradamus para después de ese puto fin? El charlatanazo francés se equivocó, y a la mierda con él, supondría uno.

Pero el negocio Nostradamus sigue, y los adivinos y sus defensores y promotores perfumados se ponen como la loca si alguien les dice que están mintiendo, y las exministras siguen medrando en la política y comiendo y bebiendo fino de los impuestos de sus súbditos.

Ahora suponga usted que llegara a una editorial un “libro de historia” que dijera con toda seriedad que Tutankamón fue alcalde de Navalperal de Pinares en tiempos de Aníbal y que Isabel la Católica era licenciada en contabilidad y comercio titulada en Cambridge… ¿Lo publicarían? Es de dudarse. Y si lo hicieran, ¿no habría más de una nota en los periódico diciendo que ese libro miente? ¿Cómo veríamos si el autor de tal obra de la estupidez-historia reaccionara diciendo que las críticas tienen por objeto “azuzar” a las chusmas para “matarlo”, o que son producto de la “envidia”?

En el mundo del ocultismo sí pasan esas situaciones absurdas y, para remate, los interesados exigen que no se les critique. Cuando alguien lo hace, entran en ataques de histeria prolongada y ruidosísima, arrancándose a puñados los pelos de los sobacos y gritando que los “inquisidores” (léase, los que no están de acuerdo con ellos y demuestran que mienten) persiguen a las pobrecitas víctimas que son ellos y sus millones.

Pero las cosas del ocultismo no son tan complicadas.

Vea desapasionadamente una de las Caras de Bélmez®. ¿Es una cara? ¡NO! Véala bien. No es una cara. No es como una fotografía. No es una representación fiel como un retrato de un pintor medianón. No tiene ni la calidad de los retratos que nos pueden hacer al carboncillo en Las Ramblas de Barcelona por unos pocos euros. ¡Es un patético dibujete malhechote de una cara! Nada más.

Vea alguna foto de ovnis: ¿son fotos de naves extraterrestres? ¡NO! Son fotos de borrones, manchitas, luces u objetos que tal vez se deban estudiar, pero no partiendo de la base de que son naves llenas de extraterrestres de otras galaxias que hacen el viaje para hacer espectáculos bobos con el único objeto de que los misteriólogos tengan plata para comprarse trajes caros.

Pero los medios, los profesionales del misterio y una cierta presión social se ocupan no sólo de perpetuar las supersticiones, sino de multiplicarlas, defenderlas y difundirlas.

Los misteriosos escépticos y el pensamiento crítico

En Estados Unidos, la voz de la razón ante las tonterías sociales e institucionalizadas han sido generalmente personajes, digamos, entrañables, educados, atentos, corteses y urbanos. Paul Kurtz, presidente de CSICOP (el Comité para la investigación científica de las afirmaciones sobre lo paranormal) y fundador del Center for Inquiry, es un filósofo racionalista de primer orden, pero también es un caballero de conducta exquisita, amable, simpático y que no tiene una palabra dura para nadie.

Esa organización escéptica a la que los más ruines llaman “secta terrorista paramilitar de ultraderecha” (qué suerte tienes, Manolo, que se lo dices a otro y te teleportan ante un juez tan rápido que dejabas atrás los caros zapatitos) fue fundada por ése y otros personajes entrañables, sencillos, diplomáticos y serios.

Conozco a algunos. Ray Hyman es un psicólogo de amabilidad sin fronteras, pero que sabe estadística suficiente como para detectar fraudes científicos o paranormaleros. James Alcock es psicólogo social, mago aficionado y tiene un posgrado en física, con un claro aspecto y trato académicos. Mario Bunge es un brillante físico, filósofo y epistemólogo argentino y académico de primerísima línea, pero que no levanta la voz así le pisen un callo. Joe Nickell es un psicólogo y verdadero investigador de lo paranormal que es quizá un poco más duro porque tiene que enfrentar a los embusteros en su terreno con gran frecuencia.

Hay otros que no conozco o no conocí, como el matemático y divulgador Martin Gardner, Isaac Asimov, a quien nadie odió nunca porque “el buen doctor” era un pan recién hecho, o Carl Sagan, el científico sonriente que difundió la poesía del conocimiento y que ni en El mundo y sus demonios perdió la compostura.

El “bulldog” del grupo es James Randi, al menos en el sentido en que Thomas Henry Huxley fue el bulldog de Charles Darwin en la defensa de la teoría de la evolución de las especies. Pero James Randi es mucho más suave que Huxley, no es tal “bulldog” y lo saben todos los que lo conocen.

Randi es pequeño y canadiense, dos cosas que en Estados Unidos ya juegan contra uno. Debe medir 1,65 y es ahora un hombre de avanzada edad, pelo y barba blancos, ojos azules y una gran compasión por las víctimas de la charlatanería. Su “gran pecado” ha sido decirle a los charlatanes “charlatanes”, a los embusteros “embusteros” y a los héroes parapsicológicos de los medios como Uri Geller, “magos de escenario prostituyendo el noble arte del ilusionismo”. Pero lo dice muy suavemente, e incluso pone al alcance de los paranormaleros un millón de dólares si pueden demostrar con hechos sus fantasías, todo sin darle puñetazos a la mesa, basado en sus largos años como mago en los escenarios, en una época bajo el mote “El Asombroso Randi” (los verdaderamente imbéciles dicen que Randi “se cree asombroso”, sin saber que era un simple nombre escénico).

El emperador va desnudo

No sé en qué momento de mi vida me di cuenta de que no podía ser tan sereno, diplomático y ecuánime como otros. Las injusticias me cabrean y reacciono ante ellas con urgencia. Cuando se batalla así sea con palabras e ideas por la libertad, la educación o la salud de otros, lo que se juega es demasiado valioso como para perder el tiempo en caravanas a los que son, precisamente, enemigos de la libertad, la educación y la salud de otros.

La cortesía es el gran lubricante social y debe usarse, bien y en gran cantidad, en el trato o interacción social: con los amigos, con un camarero, mesero, dependiente de tienda o cualquiera que trabaje ante el público, con clientes y proveedores, en lugares públicos, en fin. Uno debe ser educado y respetuoso cuando debe.

Pero cuando no se trata de interaccionar socialmente, sino de denunciar embustes, la cortesía es no sólo innecesaria, sino profundamente hipócrita. Resulta muy difícil respetar a depredadores de la salud ajena que se fingen hipnotizadores y venden productos milagrosos, o que viven de promover “el misterio” animando a la gente a abandonar su capacidad de pensar críticamente.

Por eso me importa un rábano pequeño, rancio y podrido que algunos que cobran por engañar a la gente digan que “soy muy maleducadote”. Debería serlo más, considerando el daño atroz que algunos le causan a sus víctimas y la urgencia que en ocasiones reviste el denunciarlos públicamente como un peligro para la salud, la educación y el libre pensamiento de las sociedades en las que medran. Y deberían avergonzarse por lo que hacen antes de andar dando clases de protocolo.

Enviarle una atenta notita al emperador informándole muy respetuosamente que se está paseando por las calles de la ciudad desprovisto de vestimenta alguna puede ser algo muy prudente y diplomático, pero para que todo el pueblo se entere de que no sólo el rey, sino todos los habitantes del pueblo han sido engañados por unos vendedores de paños con propiedades parapsicológicas, y por un rey más crédulo que un redactor de revista soplapitera, que no deberían dejar que los convirtieran en víctimas y que quizá aún pueden alcanzar a los sastres misteriólogos que han huido por allá con el oro de todos, es necesario gritarlo.

A mí me gusta como pocos personajes de la literatura el niño que grita: “¡El emperador va desnudo!” Y mientras más fuerte lo grite, mejor.

Sin proponérmelo, eso he hecho como periodista, como escritor, como persona activa en política y en mi trabajo contra el embuste concertado. Me enfurecen la injusticia, el engaño y la falsedad, me duelen las víctimas a las que he visto perder dinero y salud a manos de falsarios sin corazón, me indignan profundamente las víctimas emocionales, sexuales, económicas y morales de los gurús y de los que viven de hablar y escribir a favor de los falsísimos “misterios” de tales gurús. Me cabrean la guerra, la muerte, el hambre, la injusticia, el racismo, el sexismo, el engaño, la prostitución del periodismo, la falta de libertades civiles y mil cosas más. Y por más que lo pienso no encuentro motivo para ser hipócrita ante un embustero, cuando lo que me parece correcto hacer es decirle, y demostrar, claro, que es un embustero y que mientras más fuerte lo diga y más gente se entere, menos víctimas tendrá.

Con medio siglo a cuestas, no veo motivo para cambiar y sí veo muchísimos motivos para seguir siendo bruscamente sincero. Si opino que alguien es un soplapitos potente con el cráneo lleno de telarañas y una mala fe del tamaño del Coliseo romano, no tengo por qué decir que “tengo alguna duda de su capacidad y sinceridad”. Si veo que alguien es un mentiroso descarado, desvergonzado y altanero, no pienso señalar que “es posible que falte a la verdad”. Es un puto mentiroso descarado, desvergonzado y altanero, no hay más, y hay que decirlo y demostrarlo en voz muy alta, para que lo oigan quienes corren el riesgo de creer en sus mentiras.

No puedo menos que entusiasmarme ante otros que gritan sin duda más fuerte y mejor que yo.

El pensamiento crítico y Penn & Teller

Penn and Teller son un dueto de magos estadounidenses que se decantaron siempre por lo escandaloso, por hacer trucos con sangre, vísceras o moscas, o por practicar ilusiones peligrosas que le han costado la vida a más de una docena de ilusionistas: aquélla en la que el mago “atrapa con los dientes” una bala que se le dispara a una distancia de pocos metros.

Penn and Teller no sólo entretienen, buscan dejar huella y provocar el choque en el público, el escándalo y la sorpresa. Ambos son humanistas, ateos, racionalistas y admiradores de Houdini y de Randi. El alto y gritón del dueto, Penn Jilette, es además un libertario político muy activo, Teller es un libertario un poco menos ruidoso, pero no menos apasionado.

Como aficionado al ilusionismo que siempre he sido, cuando vi por primera vez los números de Penn y Teller hará unos 20 años, me parecieron (y a muchos) lo primero realmente novedoso, propositivo y original que se veía en la magia de escenario en mucho tiempo.

Hace algunos años, me enteré que Penn y Teller eran miembros del plácido y amable CSICOP (no es crítica, para nada, los admiro y respeto a todos, reconozco el valor del trabajo que ha hecho la organización y a algunos como Kurtz y Randi los estimo de corazón, pero están muy lejos de ser los monstruos que pinta la mitología ocultista paranoide e interesada).

Hace quizás un año supe que Penn y Teller habían hecho un programa llamado Bullshit! (literalmente “mierda de toro”, y, en lenguaje coloquial, forma grosera y bastante poco educada de decir en inglés “mentira”, “pamplinas” o “falsedad”). Pensé en UN programa único como es el caso de sus especiales de magia (digamos Off the deep end), pero pronto me enteré que se trataba de una serie de la que se han producido ya tres temporadas (2003, 2004 y 2005) y que iniciará su cuarta temporada en abril de 2006, y pude ver los DVD de las tres primeras temporadas.

El programa ha tenido un éxito asombroso, pese a transmitirse en un canal de cable especializado (Showtime) y de abundar en advertencias sobre el “lenguaje adulto”, “contenido sexual”, “contenido sexual fuerte” y “desnudez”, que que se utiliza porque no sería razonable hacer un programa sobre los mitos referentes a la sexualidad, el cuento del yoga tántrico o los puticientos productos falsos para el “crecimiento del pene” que se ofrecen, sin mostrar gente desnuda, supone uno, pero eso sigue siendo aterrador en el país del puritanismo. Se habla del programa en muy diversos foros, se distribuye en plataformas P2P usadas para compartir contenido sin permiso de los autores, como Emule, Bittorrent y otras, se le cita, interesa, ha ganado premios.

Me parecieron programas geniales. Me divirtieron enormidades, como me divierten Penn y Teller haciendo magia. Me gustaron pero, por encima de todo, me parecen una labor de divulgación de primerísimo nivel y de una enorme importancia para cualquier sociedad del siglo XXI, aunque hay pocas esperanzas de verlo en las pantallas hispanoparlantes (América Latina y España), dado su lenguaje y estilo general.

¡Eso es ser ya no un bulldog, sino un mastín!, es lo primero que pensé. No se detienen en cortesías, no pierden el tiempo en diplomacia vacía al estilo Chamberlain. Gritan (bueno, Penn grita, Teller nunca habla en el escenario ni ante las cámaras) “¡El emperador va desnudo!”, o más bien gritan: “¡El hijo de puta del emperador que se da la gran vida con los impuestos que nos arranca vilmente va en bolas, enseñando el pito y quedando como un descerebrado porque le han visto la cara de pendejo dos tejedores de paños paranormales!”

Que es lo que también hay que hacer, sin excluir otras formas de divulgación de los hechos desnudos del emperador.

No solamente enfrentan la bullshit, las mentiras cochinas de los “síquicos” o videntes, de la hipnosis, de los contactos extraterrestres y demás platillos habituales del menú ocultista, sino que tocan otros temas de las pamplinas del siglo XXI, como los engaños crecepelo, el agua embotellada (el timo del siglo), el negociazo de “la autoayuda”, los milagros para hacer crecer el pene, la “defensa de los animales” mal entendida, las histerias medioambientales y un larguísimo etcétera.

¿Estoy de acuerdo en todo lo que han dicho Penn & Teller en los 39 programas de media hora ya emitidos? Por lo dicho al principio de esta entrada, es obvio que no. Quienes compartimos la pasión por el pensamiento libre y crítico no compartimos todas las opiniones y todos los pensamientos de los demás en lo social, en lo politico, en asuntos de fútbol o de puericultura, por decir algo. Eso no sería pensamiento crítico ni libre, sería como hacen los paranormaleros, misteriólogos, brujoides, ovniorates y demás fauna ocultista que se apoyan ciegamente entre sí y nunca aceptan que alguno de sus colegas sea un soplaflautas.

No estoy 100% de acuerdo con todo lo que diga ninguna otra persona. Pero sí estoy de acuerdo con la gran mayoría de los enfoques de Penn y Teller, y estoy totalmente de acuerdo con su estilo como forma de televisión útil para transmitir un mensaje importante.

El mensaje “A usted lo quieren engañar” me parece lo bastante importante. El mensaje “No debe tener miedo a pensar críticamente” me parece esencial. El mensaje “Algunas estupideces le pueden costar la vida, la salud, la libertad o parte de ella” es urgente hoy en día.

Los capítulos de Bullshit! sí me parecen un ejemplo excelente de lo que debería ser la presencia de los defensores del pensamiento crítico y libre en los medios de comunicación: disecar vacas sagradas sin piedad alguna, en un tono divertido, irreverente y directo, y al mismo tiempo ofrecer datos contundentes y demostraciones claras, echar mano de los científicos pero no pretender ser académico y, en resumen, comunicar claramente conceptos bien sustentados que puedan entender, sobre todo, los jóvenes.

Los medios tienen sus códigos, y Penn & Teller han conseguido usar los códigos de la televisión de manera brillante, con un estilo visual claro y singular, con una visión sin concesiones a la estupidez y sin considerar al televidente ni como tonto ni como consumidor, sino invitándolo desde el principio a que ejerza el libre pensamiento crítico que ya tiene y usa en otros casos para analizar cualquier tema, sin censuras ni falsos desmayos falsamente virginales, en un lenguaje duro, tan duro como sea necesario por la urgencia social que reviste el impulso conjunto de las pseudomedicinas y antimedicinas, del creacionismo, de los personajes mediáticos vendedores de basura paranormal y de una educación pública en picada.

A no dudarse, eso sí, los soplapitos españoles, de piel tan delicadita que no toleran que les digan “ignorantes” pero que no tienen problema en llamar a sus críticos “cabrón de mierda”, “fascista” o “miembro de ETA”, romperían a llorar en los hombros de sus abogados si se les describiera con toda precisión lingüística como Penn & Teller describen a los sacaplata estadounidenses.

Quizá algún día en otros países tengamos nuestro “Bullshit!”, según nuestra forma de ser y ver el mundo, pero siempre diciendo que todos tienen el derecho a pensar, y todos tienen derecho a pensar críticamente sobre todo, y el derecho a hacerlo con base en los hechos y no en las fantasías de cualquier asno arrogante y pomposo con alergia al trabajo que, si se le mira con un poco de objetividad, queda claro que es menos confiable que un paracaídas de papel higiénico.

Tales asnos arrogantes y pomposos pueden autoproclamarse “investigador”, “vidente”, “brujo”, “telépata”, “médico alternativo”, “ufólogo”, “contactado” o cualquier otra chifladura, y reclaman el uso en exclusiva de los medios para alimentar sus fantasías al público, con la coartada de que sus estupideces y mentiras venden publicidad y libros… ¡como si no hubiera cosas un poco más importantes que conseguir que un periodista prostituido venda cositas y se sienta importante o que cualquier friki haga lo propio con cualquier trola que se le ocurra!

Si usted llegó hasta aquí, el único punto es éste: No espere a mañana para empezar a pensar sobre los asuntos que le dan por hecho y que “todo el mundo sabe”. Quizá no sean ciertos.