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Árbitros y políticos

Un año más, yo: un año menos, yo. 2018: acaba en ocho. El ocho es el número del magnetismo, el genio y la inspiración.

-Chorrada.

Puede que sí, puede que no. En la vida, ser chorra o decir chorradas, es cosa bastante común.

-El fútbol, si bien se mira, es una chorrada; y el fútbol, sin embargo, es también, como el cava o la sidra cuando se descorchan, espumoso de alegría y emoción.

La Liga, en España, según los auguradores de toga y bonete, es más barcelonista que nunca.

-Hoy por hoy –opina el secesionista Guardiola- el Barça, con mucho, es el mejor de todos.

Aritméticamente, sí.

-Oiga, y estéticamente. Teje fútbol de magia y arte.

Quizá también. Pero el fútbol, amén de eso, magia y arte, es también emoción.

-Sin emoción, el fútbol aburre.

Si las películas de miedo no generan miedo, no son películas de miedo. Son , sencillamente, una birria de películas. La emoción, digámoslo así, es el “miedo” del fútbol. La gente llena los estadios atraídos por la emoción de la pugna y el miedo a perder.

-¡A ver si ganamos!

Con catorce puntos de ventaja sobre el Real Madrid, ¿qué interés de asistencia va a tener a partir de ahora el coliseo azulgrana? Por cierto, esta temporada, según leo, no se llena hasta la bandera

-Y eso –me susurran- preocupa a la junta directiva.

Sin democracia no hay ley, frase favorita de Rajoy, y sin emoción sufre una de las leyes del fútbol, el dinero. Lo cual que sería estupendo, para la buena salud financiera del Barça, que el “nuevo” Atlético 2018 con Diego Costa al lado de Griezmann se aproximase al Barça. La valla de puntos que los separa es más endeble.

-No estaría mal, la verdad, financiera y competitivamente.

En España, políticamente, es herejía tener sentido común, como demuestra el día a día de los padres de la patria. En el fútbol español, en cambio, también como demuestra el día a día, hay más sentido común, a pesar, incluso, de los fallos de los árbitros.

-Los fallos de los árbitros, usualmente, son fallos no deseados. El árbitro se diferencia del político en que tiene que que decidir al instante. El político se diferencia del árbitro en que decide sus errores tras muchos y argos días de meditación.

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