Carta de una pianista.
No sólo me quedé sin piano, el agua barrió con todo, era un agua turbia y terrosa que desbarató los pocos muebles del salón, la cama, el colchón. No poseo nada. El viento arrasó con parte del techo. Sólo me puedo asir de las paredes, y cerrar los ojos, e imaginar algunas notas de Chopin.
Tuve que amarrarme a una soga, para cruzar la calle, el agua me arrastraba, apenas tenÃa fuerzas, hacÃa dos dÃas que no comÃa nada, nada. Sólo bebÃa agua con azúcar. En la parte Oriental, ya sabes, todo es mucho más difÃcil. Entonces salà a buscar algo de comer, unos vecinos compartieron conmigo lo suyo, bien poco, lo que les quedaba, fueron muy generosos.
Mi única fortuna era mi piano, mis manos lo aguantaron hasta que se me escapó, y tuve que dejarlo ir, porque si no lo hacÃa serÃa a mà a la que encontrarÃan dÃas más tardes con el cuerpo hinchado y los dientes desencajados como las teclas de mi piano.
No poseo nada, me quedé en cero, varada en este destino, y sin poder gritar, amordazada por la dictadura, que ni ayuda, ni deja ayudar a los demás. Acepta sólo la ayuda que les conviene y veremos a ver si de verdad nos la entregan algún dÃa o la venden después en las diplotiendas, en dólares o en euros.
Lo mejor habrÃa sido haber hecho del piano un bote y haberme dejado bregar a merced de la corriente.
No, no cometeré ninguna locura, aunque ya todo es pura locura, intentaré una vez más sobrevivir, sin mi piano, sin mi casa, sin mi paÃs, sin mÃ.






17 Septiembre 2008 a 8:07
SOLO QUERIA DECIRTE, ZOÉ QUE YO MAS QUE UNA CRITICA POLITICA, VEO EL COMIENZO DE UN LIBRO QUE ME GUSTARIA SEGUIR LEYENDO. ¡QUE BIEN ESCRITO! ¡qUE SENSIBILIDAD!
ENHORABUENA