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El Señor de los Graffitis

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El señor de los Graffitis ha vuelto a dejar mensajes en los alrededores de la galería: una niña saca la lengua detrás de una verja, una extraña cabeza nos observa con la geométrica desproporción de sus ojos, otras tres cabezas redondas sonríen desde su extraña circularidad. Hoy decidí no tomar el metro, necesitaba pasearme por la ciudad antes de que volviera a llover como ayer, a cántaros. Y entonces descubrí la huella fresca del Señor de los Graffitis, él deja sus dibujos y yo le escribo mensajes al lado. Y de este modo, tan absurdo, comunicamos. Me recuerda a Remedios Varo con sus cartas a desconocidos.

Digamos que son cartas murales que duran meses, entre una respuesta y otra; a veces semanas. Y por supuesto, nunca, nunca, nos hemos visto de frente. Pero puedo adivinar su sombra, su silueta recorriendo las paredes, como aquellas sombras que me dieron la bienvenida en mi primera estancia parisina, o como la sombra de Peter Pan, cosida a su espíritu.

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Es probable que en alguna oportunidad nos encontremos él y yo, y nuestras manos se junten en mismo dibujo, o en una misma palabra. Yo pasaré a ser su sombra, o él la mía. Y bailaremos un tango, un vals, o un bembé, de tejado en tejado, de chimenea en chimenea, y el invierno entonces se nos ocurrirá más leve.

Esta noche, antes de acostarme, tomaré un libro, y cuidadosamente copiaré versos en un cuaderno, mañana a primera hora los plasmaré en el muro, allí, “donde quedaremos retratados, en la posición del sueño.” Como en aquel viejo poema, que escribí cuando aún no había descubierto la húmedad suavidad de las paredes.

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