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Verano indio

Todavía hace buena temperatura en París, y por momentos el sol se impone y calienta tibiamente, a este fenómeno se le llama “été indien”, verano indio, y nadie como Joe Dassin para cantarle, con palabras amorosas y ritmo cadencioso. No es más que una especie de extensión del verano en pleno otoño. Las terrazas de los cafés siguen abiertas, y las muchachas se sientan a fumar con las piernas cruzadas, medio desnudas, o envueltas en medias de redecilla o de encajes. Los hombres lucen vaporosos trajes de oficina. Los niños corretean a la salida de los colegios. Los adolescentes, esquivos, sigilosos, evadiéndose a una sala de cine de ensayo, antes que todas cierren.Libros nuevos con sus brillantes cubiertas nos invitan a la lectura de autores reconocidos y al descubrimiento de escritores que se estrenan en el oficio. Septiembre es también el mes de la “rentrée littéraire”. París retoma su ritmo habitual, suspendido durante las vacaciones “largas”, que son las de verano.

La política y sus representantes reanudan el pulso, también detenido a medias. Nada nuevo, los mismos rostros, bronceados bajo los efectos de los rayos solares, fatigados de playas lejanas; todos parecen ahora más avejentados. Ninguna idea que deslumbre, sólo “efectos especiales” deprimentes, como en las peores películas de ciencia ficción.

Y entre tanto, las calles se llenan de mendigos, de familias enteras de rumanos, niños incluídos; la pobreza reina en las calles de los barrios más chics del Tout Paris. Pero la vida continúa, como si todavía pudiéramos llamarla vida. Demasiado cara, harto hipócrita, descalabrada, escachada por las puntas, abofada por ciertos lados, amoratada. La vida, quoi.

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